De manera paralela e independientemente del Supermanager clásico, durante las cuatro trepidantes jornadas de finales de diciembre e inicios de enero se ha disputado el ya habitual SuperManager de Navidad 25-26, con un premio para el ganador final que es el único que motiva a May a que dedique unos minutos a esta gran afición: un viaje para dos personas con gastos pagados a Punta Cana, en la República Dominicana, cortesía de Azulmarino.
Y no hemos estado lejos de disfrutar de la experiencia caribeña. El equipo Feliz Navidaz ha quedado en el top 10 de la clasificación general final, a menos de treinta puntos del ganador del juego.
En las cuatro jornadas disputadas ha obtenido puntuaciones de 213,80, 176,00, 165,20 y 194,20 puntos, respectivamente.
Posiblemente, el fichaje de nuestro querido Dylan Ennis en la jornada 12 fue la clave. No nos hubieran servido los 13 puntos de valoración de Duarte de esa jornada pero sí los 32 de Batemon, que de haber sido incorporado al equipo habría terminado con 778,8 puntos, en cabeza de la clasificación general. No deja de ser una conjetura, pero ya en su momento nos dimos cuenta de la trascendencia de aquel fichaje.
En otra ocasión será. No desesperamos en conseguir la quinta victoria de jornada en el Supermanager clásico y de brillar en estas ediciones, pero cada vez es más difícil por el nivel mostrado por los participantes en este exitoso juego patrocinado por la Liga Endesa.
A finales de 2015 empecé la (buena) costumbre de publicar un collage formado por 16 fotos, 16 momentos, a modo de instantánea, de los muchos acontecidos fuera del aula (y algunos dentro), considerando que la clase supone el producto científico y creativo más importante que todo docente elabora.
2015
Desde entonces se convirtió en una buena costumbre. Una buena manera de recordar los instantes más recordados (y fotografiados) de cada año natural. 2016, 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023 y 2024 se fueron sucediendo, y recordando.
2016
2017
2018201920202021
2022
2023
2024
En algunos de los últimos años costó un poco más de esfuerzo cumplir con la tradición. El confinamiento, la semipresencialidad y la progresiva vuelta a la normalidad que conllevó la pandemia limitó, y mucho, las actividades no meramente lectivas, pero al fin encontramos esos momentos que recordar.
Con la composición de 2024 pensábamos que había llegado el momento de finalizar esta simpática práctica. Recogía la última clase de Bachillerato, la última práctica de laboratorio, la última clase lectiva, la última Olimpiada de Química, el Aniversario de Investigación, el regreso a Mollina, las inevitables despedidas…
Sin embargo, este 2025 ha supuesto, ahora creemos que sí, el broche final a esta dilatada experiencia profesional. Las exposiciones orales de los dos últimos proyectos de investigación coordinados, el último Congreso Regional de Investigadores Junior, el último (y agridulce) Congreso Nacional de Jóvenes Investigadores, el último Congreso IDIES, el reencuentro con compañeros y amigos del primer destino y del último, y la celebración, íntima y personal, de la jubilación.
Poco a poco, premio a premio, la gastronomía de la Región de Murcia sigue acumulando reconocimientos que subrayan su gran estado de forma. El último, la primera estrella Michelin a Barahonda, con Alejandro Ibáñez al frente, un yeclano que ha sido nominado a cocinero revelación en Madrid Fusión.
Pese a su juventud, aglutina ya la suficiente experiencia a sus espaldas para mezclar en los platos su toque personal con la reivindicación de la gastronomía local, cualidades que, con infinitud de matices, reúnen el menú degustación que, a modo de comida de Navidad, hemos disfrutado. Sin duda, Alejandro ha consolidado una propuesta gastronómica que fusiona técnica y producto de proximidad con una sensibilidad contemporánea.
Barahonda lleva años trabajando para lograr una distinción así desde un paraje privilegiado. Porque no es solo un restaurante, sino una bodega con una historia centenaria. Llevando siempre Yecla por bandera, la cuarta generación de esta empresa, una de las más consolidadas de esta zona de la Región, ofrece una experiencia doble: cocina de autor rodeada de viñedos. Y todo llevando Yecla por bandera. Su filosofía culinaria pone el foco en el producto local y la temporada, evitando artificios innecesarios y resaltando lo que ofrece la tierra murciana.
El Menú Barrica incluye servicio de pan, siete snacks, seis pases salados, un digestivo, tres postres y Petit Fours. Representa un verdadero viaje por la identidad y los sabores del Altiplano murciano, estructurado en pases que evolucionan desde lo mineral y marino hacia lo tierno y reconfortante, para cerrar con toques dulces que guardan memoria sensorial de la tierra.
Los snacks comienzan con el Queso de cabra murciano con hueva de mújol, que ya define el espíritu del menú: productos sencillos elevados a su máxima expresión. La intensidad y la salinidad de la hueva de mújol contrastan con la untuosidad del queso de cabra, un aperitivo estimulante que prepara al comensal para el recorrido. Reaparece más adelante, un guiño lúdico y reafirmante a la coherencia del discurso culinario.
Las Setas de temporada con mantequilla constituyen un plato que celebra la estacionalidad: setas recogidas en su punto, tratadas con delicadeza y enriquecidas con una mantequilla que acaricia sin enmascarar. Es un momento de calma y textura, claramente ligado al entorno natural que rodea Yecla.
La Créme brûlée de pimiento rojo asado y vinagre supone una reinterpretación sorprendente del clásico dulce francés: aquí se convierte en un interludio ácido y ahumado, donde la dulzura del pimiento se corta con la acidez del vinagre, ofreciendo mucha personalidad y creatividad técnica.
Cuesta trabajo reconocer el Caballito murciano de gamba roja. Más cercano al mar, este pase eleva la gamba roja con una ejecución que resalta su pureza y frescura. Es un momento de marejada gustativa, delicado pero con presencia marcada. Riquísimo.
El Lomo de atún rojo y parpatana glaseada, un juego de dos piezas del atún, el lomo y la parpatana (carrillera), ofrece contrastes de textura y sabor: el lomo limpio y firme junto a la parpatana, jugosa y gelatinosa, glaseada para intensificar su riqueza.
Consumida la cerveza con la que iniciamos la comida era el momento de probar los vinos de la bodega Barahonda. May se ha decantado por una copa de El bicho raro 2022, con doce meses en barricas francesas y americanas. Aunque en Barahonda elaboran vinos principalmente con la variedad Monastrell, este es el considerado como su bicho raro al estar elaborado con Tintorera (70%), Syrah (20%) y donde la Monastrell (10%) es la variedad minoritaria. Jugoso e intenso en boca, muestra notas sutiles de crianza y especias sobre fondo de fruta roja, robusto pero amable, con buen cuerpo, armonioso, complejo y único.
Yo he apostado por el Heredad Candela Petit Verdot 2022, diferente, suculento y con carácter propio. En Barahonda apuestan por esta variedad poco común en España, que se expresa aquí con toda su personalidad tras dieciseis meses en roble americano. Aromas de frutos negros y mineralidad en nariz, con una boca compleja, especiada y fresca. Perfecto con carnes rojas, estofados, arroces, quesos o patés. Porque atreverse también es un arte.
Elaborado con uvas 100% de la variedad Petit Verdot. Existen escasos viñedos en España de esta variedad, que a pesar de llevar poco tiempo en nuestro país se aclimata perfectamente. Pasa en barrica de roble americano dieciseis meses. Sus aromas a frutos negros y de toque mineral, dejan pasar en boca a una complejidad que nos muestra sabores y recuerdos a la madera tostada, tonos especiados y frescos. Un vino complejo, diferente y suculento.
La Anguila ahumada con crema de lías de vino blanco es un golpe de profundidad y complejidad: el ahumado de la anguila, con su potencia, y las lías aportan notas terrosas y vinícolas que conectan la cocina con el ADN de la bodega.
El digestivo Helado de hoja de higuera es una pausa refrescante y verde, casi aromática, que limpia el paladar con un perfil vegetal sutil, recordando el paisaje mediterráneo que bordea el restaurante.
El Chato murciano con ajo negro y uvas encurtidas es el primer pase de carne. Un plato intenso y contundente en el corazón del menú, con el cerdo autóctono murciano como protagonista. El ajo negro aporta umami profundo mientras las uvas encurtidas infunden un contrapunto ácido y dulce.
Para terminar los platos salados, no podían faltar las Peloticas yeclanas, un auténtico guiño al recetario local. Estas pequeñas albóndigas reinterpretan un clásico con precisión técnica, sosteniendo la identidad cultural del menú sin caer en la nostalgia.
El paso dulce hacia los postres empieza con una reinvención del primer aperitivo. Queso de cabra murciano con hueva de mújol, otra vez, ahora a modo de prepostre.
La Manzana asada, canela ahumada y sidra representa una exquisita combinación aromática: la manzana caramelizada se siente familiar, la canela aporta confort y la sidra despierta acidez frutal.
Finalizamos el menú con Miel de Chinchilla con maíz tostado y naranja, un broche dulce y mediterráneo. El maíz tostado añade un juego de texturas, la miel floral se alía con la naranja cítrica para cerrar con luminosidad.
Los ya típicos Petit Fours, tres pequeños bocados que prolongan el final, están destinados a acompañar el café y a dejar una última impresión amable y delicada.
El Menú Barrica no es solo una secuencia de platos, sino un relato construido alrededor de la tierra, el viñedo y la temporada. Cada pase responde a la filosofía del chef de usar ingredientes cercanos, sin artificios ostentosos, pero sí con técnica depurada y sentido emocional hacia el comensal. El resultado es un menú con equilibrio, ritmo y personalidad; uno que, sin duda, contribuye a que Barahonda sea merecedor de su primera Estrella Michelin.
El 25 de abril de 2025, en el salón de actos del IES «Francisco Ros Giner» de Lorca, se celebró la defensa de los trabajos de investigación seleccionados por el Jurado del III Certamen de Investigación «Esther Sánchez».
El trabajo de Lucía García López, ¿Picará mucho? ¿Picará poco?, fue uno de los seleccionados entre los 35 trabajos presentados. Tras una presentación excepcional de los resultados de su investigación sobre la molécula de capsaicina, fue galardonada con el Primer Premio en la Modalidad de Agricultura, Ciencias de la Salud y Tecnología, dotado con 300 euros.
En el día de hoy, 17 de diciembre de 2025, hemos asistido al acto de entrega de la publicación de los trabajos finalistas del III Certamen de Investigación Esther Sánchez, en el que hemos celebrado la culminación de esta edición y se ha reconocido el esfuerzo, la creatividad y el compromiso de nuestros jóvenes investigadores. El evento ha contado con la presencia de los alumnos finalistas, sus tutores, familiares y amigos.
Los trabajos finalistas incluidos en la publicación son los siguientes:
Premio Especial ‘Andamur’
¿Son nuestras carreteras una oportunidad de reciclaje? Estudio de viabilidad de la incorporación de plásticos reciclados en mezclas bituminosas para su uso en firmes en la Región de Murcia. Andrés González Sánchez. IES Francisco Ros Giner.
Premios ‘Agricultura, Ciencias de la Salud y Tecnología’
1º Premio – ¿Picará mucho? ¿Picará poco? Lucía García López. IES Alcántara. Coordinado por José María Olmos Nicolás y Josefa Vidal Gómez.
2º Premio – La capuchina, un nuevo alimento: Bueno, bonito y barato. Estudio nutricional de la Tropaeolum majus.Mª de Lourdes Déniz Barnés. IES Francisco Ros Giner.
3º Premio – Inteligencia artificial aplicada a la criptografía: Generación y descifrado de claves. Samuel García Girón. IES Francisco de Goya.
Premios ‘Ética y Sociedad’
1º Premio – Sala de gestión emocional para alumnos del IES Francisco Ros Giner. Marta Boceta Salas. IES Francisco Ros Giner.
2º Premio – Desde el feed hasta el espejo: Un estudio sobre la autopercepción adolescente y los cánones de belleza en Instagram y anuncios publicitarios. Ariana Senkovec Senkovec. IES Francisco Ros Giner.
3º Premio – Diseño y comunicación de los festivales de la Región de Murcia. Marina Belmonte Liza. IES Floridablanca.
Como suelen decir en Pucela: «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…«, nos acercamos al río tras realizar las últimas compras y acercarlas al coche. El río Pisuerga es el más importante de la ciudad, tanto pos su caudal y todos los beneficios que el conlleva, como por haber sido durante muchos años el límite de la ciudad, pues hasta los años 70 no se empezó a construir al otro lado del río.
Lo cierto es que May no había visitado Valladolid desde que tenía trece años y sentía cierra morriña del Pisuerga…
La Iglesia de San Miguel y San Julián no quedaba lejos y había sido una recomendación de nuestra guía en la visita panorámica a la torre de la catedral. Su origen está en la fundación de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús en 1542 por los Padres jesuitas Pedro Fabro y Antonio de Araoz, que vienen desde Lisboa a traer la devoción de San Antonio de Padua, poniendo la casa bajo su advocación.
La Capilla de San Antonio de Padua conserva la descripción pictórica del siglo XVII. El retablo es de estilo barroco con influencia rococó del siglo XVIII. En la hornacina central se halla una escultura de vestir de San Antonio de principios del siglo XVII que, por su estilo, encaja en los primeros trabajos de Gregorio Fernández. El niño Jesús es posterior, del siglo XVIII, y anónimo.
La Capilla de la Buena Muerte, retablo barroco del siglo XVIII, presenta influencias de la escuela de retablos andaluza, granadina concretamente. El Cristo crucificado con rasgos del estilo de Juan de Juni, probablemente obra de algún discípulo, está acompañado de San Juan, la Virgen y Santa María Magdalena abrazada a la cruz.
La Capilla de la Inmaculada Concepción, retablo rococó del tercer cuarto del siglo XVIII, fue realizado unos años antes de la expulsión de los jesuitas. La talla de la Inmaculada es del círculo de José de Rozas, realizada hacia 1670 e inspirada en una pintura, ya que se dispone con el manto estirado en un plano. Está acompañada de dos esculturas de jesuitas, de autor anónimo del siglo XVIII.
Los ensambladores del retablo de San Francisco Javier fueron Cristóbal, Francisco y Juan Velázquez, tomando por modelo la decoración que diseñó en 1610 Girolamo Rainaldi para la fachada de San Pedro de Roma. Las esculturas y los bustos relicarios son obra de Gregorio Fernández y de su taller, realizados entre 1612 y 1622. Destaca la magnífica escultura de San Francisco Javier, obra de Gregorio Fernández, policromada por Marcelo Martínez en 1623.
El retablo de San Ignacio de Loyola hace pareja con el anterior y en él intervinieron en su ejecución los mismos artistas. Destaca la escultura de San Ignacio, con el atributo de llevar la Iglesia en la mano. Se cuenta que el rostro está sacado de una mascarilla de cera del propio santo en el momento de morir.
El retablo del altar mayor es de Adrián Álvarez y por su estructura responde al modelo de El Escorial, reducido en un cuerpo, siguiendo la traza de Juan de Herrera. En el ático se hallan los monumentales escudos de los Condes de Fuensaldaña. En el banco, en unos relieves apaisados, las cuatro virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza), extraordinariamente ejecutivas, realizadas por Adrián Álvarez en colaboración, probablemente, con Gregorio Fernández. En cuatro grandes tarjetones, unos alto-relieves: la Adoración de los pastores, la Circunscisión de Jesús, la Resurrección y Pentecostés, obra de Adrián Álvarez. En el ático, los cuatro evangelistas y un calvario con San Juan y la Virgen, del mismo autor.
Accedimos a la capilla-sacristía de la Compañía de Jesús, una gran sala que conserva toda la decoración barroca del siglo XVII, con una impresionante colección de pintura. El cuadro de mayor tamaño, “La Apoteósis de la Eucaristía”, es obra de Felipe Gil de Mena.
Esta gran sala, aparte de servir de magno vestuario, está preparada para el culto divino. Por ello, en la cabecera se contempla una gran pintura mural que finge un retablo, un trampantojo. Se trata de una gran obra pictórica, desarrollada en el muro, aunque el tabernáculo está realizado en tabla recortada y un lienzo donde está pintada la Inmaculada y, a los lados, San Joaquín y Santa Ana, de color oro, atribuido todo el conjunto a Felipe Gil de Mena. En el vano de la ventana superior se halla una gran escultura de San Miguel, del círculo de José de Rozas, del siglo XVIII.
En la actualidad, la capilla-sacristía expone una muestra de la contigua capilla relicario, que contiene un rico patrimonio con pequeños relicarios tipo arquetas, brazos, bustos, estatuas, pirámides, entre otros.
El retablo relicario y los evangelistas son de la escuela de Gregorio Fernández. En la calle central se halla un crucifico de bronce con cruz de madera de ébano, una Virgen con el Niño que sustituye a la original, un San Miguel pequeñito que se colocaría cuando vino la parroquia a ocupar el templo, y una estatuilla de la Virgen con el Niño, de alabastro, obra del siglo XV, conocida como la Virgen de Trapani. Existen otras muchas piezas de valor en esta estancia.
A la salida nos dirigimos a la Casa de José Zorrilla, el inmortal autor de Don Juan Tenorio, que nació aquí el 21 de febrero de 1817. Pasó en ella su infancia y a ella regresó en 1866. El Ayuntamiento de Valladolid adquirió el inmueble en 1917 para convertirla en Casa-museo en la que recibir los enseres del poeta donados, entre otros, por su viuda.
En su interior, la Casa recrea a la perfección el ambiente romántico del siglo XIX. Su magnífico jardín es uno de los rincones más hermosos de la ciudad.
Aunque puede ser visitada, de forma guiada y gratuita, durante todo el año, el día de nuestra visita se hallaba cerrada por la celebración de un recital de poesía.
De camino al centro pasamos por la iglesia de San Martín y San Benito el Viejo, en la que se celebraba el Triduo a la Virgen de la Piedad, además de la entrega del VI Premio Francisco Javier Cartón, al que asistimos motivados por la posibilidad de asistir a la celebración religiosa con la participación de una coral de reconocida prestancia.
Ya en la misma calle del hotel hicimos un alto para el tapeo de rigor en El Farolito. Había que preparar el equipaje para el regreso a tierras murcianas que se produjo sin mayores incidencias, y sin la temida nieve, que se quedó en tan solo una amenaza. La obligada parada en la Roda a la hora de comer y en casa, a tiempo para recoger a Sara.
Alquimia se convirtió en noviembre de 2022, tras Trigo, en el segundo restaurante de Valladolid capital en obtener una estrella Michelin.
Al frente de la cocina de Alquimia está Alvar Hinojal, uno de los cocineros más talentosos de la ciudad. En ella encontramos dos propuestas diversificadas en dos espacios diferentes, Laboratorio (comedor principal) y Crisol (zona de barra y mesas altas).
El Laboratorio es la zona de alta cocina y en él se asienta uno de los proyectos más valientes, ambiciosos y conceptuales de la ciudad. Sus tres menús (Noradrenalina-Adarsa, Serotonina y Dopamina) constituyen una rotunda y estimulante apuesta compuesta por un buen puñado de snacks, una trilogía de bocados, de seis a nueve platos según el menú y los postres.
Múltiples técnicas, juego de texturas, moléculas, equilibrio en el sabor, y presentaciones elegantes, cromáticas y depuradas son la seña de identidad de la cocina de Alvar. Platos modernos que beben de distintas fuentes y una cocina viajada que despliega por completo sus notas foráneas en la zona Crisol, en donde conviven de forma desenfadada platos con influencias asiáticas y latinoamericanas.
Nuestra elección fue el menú Serotonina, un menú de dieciséis pases con los que todos nuestros sentimos se pusieron en guardia para lo que estaba por llegar…
Nos ofrecieron, para empezar, el servicio de pan y aceite, compuesto por dos tipos de pan artesano (obrador artesano Vienalabaguette & Panes con alma, Madrid) y AOVE de la Sierra de Ronda malagueña, que aceptamos sin dudar. Una placa Petri y un vidrio de reloj hacían de recipientes de estos primeros productos.
El menú comienza con la sección Átomos, formada por ocho snacks (Bloody Mary, Patata Brava, Mejillon Escabeche, Gilda, Piedra De Foie, Gamba Blanca, Caviar, Pizza Frita, Manitas, Bbq Coreana). Disfrutamos de la versión libre de la Gilda, donde destacaba el sabor de la anchoa y el toque de los encurtidos; para sentir seguidamente el ambiente de los domingos en las tabernas disfrutando del intenso sabor de la Patata brava.
Exquisita la Piedra de Foie, una exquisita elaboración clásica de este restaurante.
Cada plato sorprende por su presentación y su sabor jugando con las texturas, como sucede con la gamba blanca acompañada de caviar o la pizza frita.
La sección Precipitado incluye el plato Crucíferas, en sus diferentes versiones.
En el apartado Concentración-Dilución degustamos un plato de temporada, setas, yema y castañas.
La Ósmosis vino representada por dos platos: raya, chirivía, tom yum y alubias, calamar.
Fue el momento elegido para degustar un vino de autor, M1 MABE, del viñador y enólogo Daniel Martínez Benito. Procede de viñedos de 15 y 30 años de edad, situados a una altitud de 840-850 metros; suelos franco-arcillosos y laderas con orientación Sur. Una mezcla de 84% Tempranillo y 16% Merlot. La vendimia comenzó el 26 de septiembre de 2023, y para este vino se recogieron 6.754 kg de uva, elaborándose 5.733 botellas de 0,75 L.
En su elaboración se ha realizado una vendimia manual y maceración prefermentativa a baja temperatura. Posteriormente, una fermentación alcohólica, maloláctica y crianza sobre sus lías finas en depósitos de hormigón. Su crianza, acorde con el potencial de la añada para respetar la personalidad del vino. En este caso, ha realizado la FML y la crianza en barrica de 225 L. de roble francés y americano de segundo vino.
La Isomería nos permitió disfrutar del sabor del capón de Mazapozuelos, acompañado de puerros; y del cordero lechal, con su correspondiente ensalada.
Los Disacáridos incluyen los postres del menú. Comenzamos con una elaboración a base de zanahoria, coco y naranja sanguina para terminar con una sorprendente combinación de sabores y texturas con varios protagonistas, pistacho, yuzu y albahaca.
Decidimos terminar nuestras copas de vino con la tabla de quesos antes de finalizar esta placentera sobremesa con el café y los ya típicos Petit Fours.
Sin duda, una interesante propuesta gourmet en el corazón de la ciudad. Con la cocina vista y unos detalles decorativos propios de la cocina molecular que dan sentido a ese apelativo de Laboratorio, el chef Alvar Hinojal brilla con luz propia, sorprendiéndonos con cada bocado.
La tarde anterior, de camino al hotel, descubrimos una chocolatería cercana a la catedral, de idéntico nombre, y fue la elegida para comenzar nuestro recorrido por la ciudad esa mañana.
La fachada de la Universidad de Valladolid es uno de los mejores ejemplares del Barroco en nuestro país. Su edificio medieval se renovó a principios del siglo XVIII, cuando la portada adquirió su aspecto actual.
Está cargada de alegorías relacionadas con la educación universitaria. Así, en la calle central, sobre cuatro enormes columnas, están representadas las principales asignaturas: Retórica, Geometría, Derecho Canónico, Derecho Civil, Astrología, Medicina, Filosofía, Historia y Teología. Sobre ellas, aparece la Sabiduría que vence a la Ignorancia y, junto a la escena, el lema de la Universidad de Valladolid, “Sapientia aedificavit sibi domum”. Culminan la fachada los monarcas que protegieron la institución: Alfonso VIII, Juan I, Enrique III, y Felipe II.
Delante de la fachada aparece un atrio delimitado por pilares rematados con figuras de leones sosteniendo escudos reales y de la Universidad. Debes tener mucho cuidado con contarlos, pues dice la leyenda que quien se atreve a ello no consigue terminar sus estudios.
Nos dirigimos a la Plaza Zorrilla, que se encuentra ubicada por un marco incomparable, entre la Academia de Caballería, El Campo Grande o la Casa Mantilla. De ella parte la avenida principal de la Ciudad, además de confluir las calles de Santiago, de Miguel Íscar, de María de Molina, y la Acera de Recoletos.
Durante siglos, fue denominada Puerta del Campo y abarcaba desde la actual plaza hasta casi todo el Campo Grande. El nombre de Puerta del Campo se debe a una puerta situada en la unión calles Santiago y Claudio Moyano, desde finales del siglo XIII hasta principios del siglo XVII. Desde la Plaza se da acceso al principal parque de la Ciudad El Campo Grande, a través de la llamada Puerta de Marte. En la Puerta del Campo se desarrollaron diversas actividades, desde la Edad Media que había duelos de honor y exhibiciones militares, constituyendo así un espacio para paseos, diversiones y juegos. En este lugar emblemático tenían lugar las ejecuciones de los reos de la Inquisición, de la justicia militar y de la ordinaria.
Con la muerte de José Zorrilla, el Ayuntamiento puso su nombre al actual Paseo de Zorrilla. Pasado el tiempo se plantea el hacer una plaza, al final del paseo de Zorrilla y comienzo del Campo Grande, elaborando así un proyecto para la actual Plaza y los paseos que parten de ella. La Plaza está presidida por José Zorrilla, una estatua en la que la parte inferior es un memorial que representa a la poesía.
La Academia de Caballería está ubicada en el principio del Paseo de Zorrila, la Academia de Caballería de Valladolid impresiona tanto por su función histórica como por su imponente presencia. Fue inaugurada en 1922 tras la destrucción del edificio original en un incendio. El arquitecto Adolfo Pierrad proyectó un edificio de aire neoplateresco que no escatima en detalles: torres, escudos, columnas y un extenso programa decorativo.
Desde entonces, este centro ha formado generaciones de oficiales, convirtiéndose en un símbolo de la tradición castrense en España. En su interior, además de salas de formación y alojamiento, alberga un museo que repasa la historia de la caballería española. La estatua ecuestre frente al edificio, dedicada al general Shelly, completa el conjunto monumental que conecta con el pasado glorioso de este cuerpo militar.
El Campo Grande es el enclave romántico por excelencia de Valladolid y limita con las tres zonas más emblemáticas del siglo XIX: la calle Acera de Recoletos; el paseo de los Filipinos y el paseo de Zorrilla.
Los jardines acogen casi noventa especies diferentes de árboles, arbustos y más de treinta especies de aves, que cuentan con tres enormes pajareras. A lo largo de sus paseos se han instalado esculturas conmemorativas de personajes ilustres (Miguel Íscar, Rosa Chacel o Leopoldo Cano) y fuentes monumentales (de la Fama y del Cisne), junto con un estanque con cascada.
El Campo Grande de Valladolid es uno de los pocos jardines de España en los que se pueden encontrar pavos reales en libertad. Acostumbrados a tener público, no es extraño que se acerquen a los curiosos. Al igual que las simpáticas ardillas.
Nos acercamos al Convento de San Benito. Este monasterio fue el más importante de la orden benedictina, con filiales en otras ciudades de España, en Inglaterra, en Austria, en Portugal y en el Nuevo Mundo. Gracias a la riqueza que obtenían del cultivo de la viña y la venta de vino, la orden se permitió hacer encargo a los mejores artistas del momento, llegando a atesorar obras de incalculable valor, como el retablo de Alonso Berruguete o la sillería de autores como Andrés de Nájera, que hoy pueden verse en el Museo Nacional de Escultura.
El impresionante pórtico-fachada, obra de Rodrigo Gil de Hontañón en el siglo XVI, contaba con dos cuerpos más. La altura del templo era, sin duda, impactante; pero los problemas de estabilidad obligaron a desmontar parte del pórtico en el siglo XIX. No obstante, las dimensiones de su fachada siguen impactando. Los enormes arcos están flanqueados con gigantescos pilares octogonales, que nos dan la bienvenida a un interior diáfano, amplio y que arroja sensación de verticalidad. El escudo que se sitúa justo encima del portón es el único tallado en piedra que se conserva en España con las armas de José Bonaparte, que reinó como José I. Prácticamente todos fueron destruidos después de la Guerra de la Independencia, pero este permaneció oculto bajo una gruesa capa de yeso hasta la restauración llevada a cabo en 2001.
Hoy es la sede de una de las Oficinas de Turismo de la ciudad, a la que acudimos con la intención de reservar una visita guiada por la tarde. Al final, el personal de la oficina nos convenció para que fuera sustituida por una visita panorámica en el ascensor de la catedral.
De camino a la catedral visitamos la Iglesia de la Vera Cruz. Es la sede de la cofradía penitencial más antigua de la Semana Santa de Valladolid, vinculada, en su origen, al cuidado de los enfermos contagiosos. Los cofrades encargaron la obra a Pedro de Mazuecos en 1581, obligado a respetar y conservar en la fachada el arco que existía al fondo de la calle Platerías. No es este su aspecto original, pues la iglesia ha vivido intervenciones como la del prestigioso Diego de Praves, quien añadió un balcón en la fachada hacia 1595, o una ampliación de la nave ya en el siglo XVII.
La iglesia estuvo a punto de desaparecer en varias ocasiones: en 1806, a causa de un incendio; en 1936, cuando el Ayuntamiento aprobó un proyecto de Gran Vía que nunca se llevó a cabo, y en 1938, por un nuevo proyecto urbanístico que insistía en su desaparición. Afortunadamente, ninguno se llevó a cabo, pues la vista que nos regala desde la entrada de la calle de las Platerías completa una estampa digna de ser fotografiada.
Atesora un valiosísimo conjunto de retablos y esculturas en madera, como las realizadas por Gregorio Fernández o un paso de La Borriquilla del siglo XVI realizado en madera y papelón. Su símbolo más emblemático es la Cruz de Mayo, con una reliquia de la Cruz, que sale en procesión cada 3 de mayo.
La visita a la torre de la Catedral de Valladolid nos descubre sus entrañas (el mecanismo de su reloj, la sala de las campanas o la antigua garita del campanero son algunos de los curiosos enclaves que custodia) y, posiblemente, las mejores vistas de la ciudad, a setenta metros de altura, o, lo que es lo mismo, diecisiete pisos que los visitantes salvan gracias al ascensor inaugurado en 2014.
Esta torre no es la reconstrucción de la que se derrumbó en 1841 sino que fue elevada entre 1880 y 1924, tras abandonar la idea de recuperar la que se apodó como “la buena moza”, a la que se accedería por la capilla de San Juan Evangelista. Sin embargo, nuestra visita arranca en el lado opuesto, en la capilla de San Miguel. Tras una parada intermedia para contar la historia de la catedral ascendimos a la sala de las campanas, donde repican las moles de metal a en punto, y media y en los cuartos. Todas ellas datan de finales del siglo XIX o principios del XX, coincidiendo con los años en los que se edificó la torre, y su peso oscila entre los cien kilos y las dos toneladas. Se sabe que cinco de ellas fueron fundidas en Bilbao (Delta Español), otras dos en Francia y otras dos en Valladolid (taller de Eduardo Portilla Linares).
La guía nos explicó cuáles son las inmovilizadas (sin yugo) desde su instalación, aunque ninguna voltea desde hace años. Pudimos ver el nombre de alguna, grabados sobre el metal (con excepción de una campana “anónima”).
En esta misma estancia se encuentra la antigua garita del campanero, la vasta estructura de metal que sujeta la estatua del Corazón de Jesús y que conduce las filtraciones de agua hasta un depósito, y accedimos a la zona descubierta de la torre.
La privilegiada vista de Valladolid que ofrece el mirador de la torre, solo superado en altura por el edificio Duque de Lerma, permite ver, como si de maquetas se tratasen, la Antigua, la Universidad, la Iglesia de San Pablo, el Monasterio de San Benito, las torres de la iglesia de Santiago y del Salvador, la Plaza Mayor o el Campo Grande.
Completado el recorrido circular en torno a la cúpula y contemplado muy de cerca el Sagrado Corazón de Jesús que remata la torre, la visita continúa con paradas en los restantes cuerpos, a los que accedimos por la estrecha escalera de caracol.
El siguiente alto tiene lugar frente a la pulcra maquinaria del reloj traída de los talleres franceses Terraillon y Petitjean, los mismos que fundieron dos de las campanas, y montada a principios del siglo XX por el relojero vallisoletano García del Olmo.
La siguiente estancia, un piso más abajo, está ocupada por el sistema de pesas que mueve el reloj. Pese a que este cuenta con modernos sistemas de precisión, acumula cada semana cierto retraso.
El último tramo de la visita se detiene en la matraca de la Catedral. En su origen, este enorme instrumento de percusión era empleado en el ya desaparecido oficio religioso de Tinieblas, durante la Semana Santa, días en los que estaba prohibido tañer las campanas. Unas vueltas a la pesada caja y el sonido atronador del aparato ponen fin a la visita a la torre de la Catedral.
Quedaba tiempo para visitar la Iglesia de las Angustias antes de la comida. Construida entre 1597 y 1606, su sereno estilo herreriano se inspira en la Catedral y presenta las características propias de un templo penitencial acondicionado para el cobijo de pasos procesionales y con un balcón-tribuna para uso de los cofrades.
En su interior alberga valiosos tesoros, como el retablo mayor, con pinturas de Tomás de Prado y escultura de Francisco de Rincón, y un conjunto de excelentes obras de arte de los siglos XVII y XVIII, de autores como Gregorio Fernández o Juan de Juni.
Un paseo por las inmediaciones de la catedral antes de dirigirnos al restaurante Alquimia-Laboratorio para nuestra segunda experiencia Michelin en la capital pucelana.
La creación del Museo Nacional de Escultura se remonta al año 1933. En la primera sede elegida para su ubicación, el Colegio San Gregorio y la capilla funeraria de su fundador, Fray Alonso de Burgos, se logró reunir e instalar un importante conjunto de esculturas y pinturas que, procedentes del antiguo Museo Provincial de Bellas Artes, constituyeron su núcleo inicial.
En las siete décadas transcurridas desde entonces, han sido mucho los cambios que la institución ha debido asumir. El importante crecimiento de sus colecciones, unas mayores exigencias en el cumplimiento de las funciones de conservación e investigación, un fuerte incremento de su actividad cultural y la necesidad de nuevos servicios de atención al público han obligado a ampliar su superficie con edificios adyacentes (Palacio de Villena y Casa del Sol) y a abordar un programa de renovación de infraestructuras y mejora de instalaciones museográficas que actualmente está siendo aplicado a su sede principal, el Colegio San Gregorio.
La colección del Museo Nacional de Escultura está integrada por un extraordinario conjunto de escultura y pintura de los siglos XIII al XIX que permite apreciar la evolución formal de la plástica hispana a lo largo de los siglos: Gótico, Renacimiento, Manierismo, Barroco y Rococó.
Los ricos fondos que la componen son una muestra elocuente de la calidad que alcanzaron las formas artísticas en nuestro país, expresión viva de un complejo entramado de relaciones internacionales, de circulación de influencias y artistas geniales que dieron como resultado un magnífico conjunto patrimonial.
El núcleo primitivo de esta colección procede de los conventos desamortizados de Valladolid y su entorno. La transcendencia histórica de la ciudad en épocas pasadas, está en el origen de la importancia de las creaciones artísticas atesoradas por esta vía, producto de una larga tradición de mecenazgo y protección de las artes. A estas aportaciones hay que añadir donaciones, depósitos y, sobre todo, adquisiciones del Estado orientadas a completar una visión global de la escultura española con todos sus matices, dentro de unos límites geográficos que exceden los peninsulares.
Retablos, sillerías, monumentos funerarios, pasos procesionales, son algunas de las tipologías a las que pertenecían en origen este importante conjunto de obras. Los variados materiales en los que fueron realizadas (barro, piedra, bronce y, sobre todo, madera policromada) se nos presentan hoy como privilegiados vehículos de las ideas, sentimientos y emociones de la sociedad en la que se gestaron.
Las peculiaridades de la escultura en cuanto a tipologías (retablos, sillerías corales o escultura funeraria) y también en lo que se refiere a materiales (madera, bronce, piedra, mármol o marfil), alcanzan en España uno de sus puntos álgidos con el uso de la madera policromada, una auténtica síntesis de las artes, de volumen y color, de esfuerzo por lograr mayor verismo y transmitir auténticas sensaciones. La secuencia cronológica permite conocer lo que supuso en cada periodo, la evolución de los géneros artísticos como reflejo de la sociedad en la que se creó. Importación, comercio, talleres locales y corrientes estilísticas dieron lugar a formas singulares llenas de interés.
Las primeras salas del museo permiten observar como durante el reinado de los Reyes Católicos en el arte castellano convive el gótico tardío, el realismo flamenco y el nacimiento del humanismo. Además de la monarquía, la actividad artística fue promovida por nuevos mecenas como la burguesía, príncipes, obispos o mercaderes para decorar sus capillas, residencias civiles o catedrales. Muchas obras encargadas para decorar estos espacios provenían de talleres europeos donde, los focos de producción más activos, se encontraban principalmente en Flandes, Borgoña, Suabia o Bohemia. Por otro lado, aunque la mayoría de las obras son anónimas en este periodo de transición los artistas más avanzados comienzan a ser conocidos por su nombre.
En cuanto a la temática, en el arte medieval, se supera la prohibición bíblica de fabricar y rendir culto a las imágenes permitiendo dar rienda suelta a la creación de todo el imaginario del cristianismo y se produce un avance hacia el naturalismo emprendido por algunos focos artísticos centroeuropeos. Todos estos grandes cambios anuncian la llegada de la Era Moderna.
Algunas de las obras medievales de mayor interés del Museo Nacional de Escultura poseen una cronología avanzada como la Piedad procedente del Monasterio de San Benito el Real (Valladolid), el retablo flamenco la Vida de la Virgen procedente del desaparecido Convento de San Francisco (Valladolid), el Retablo de San Jerónimo obra de Jorge Inglés, la Silla de Coro de Rodrigo Alemán o La Muerte obra del flamenco Gil de Ronza.
Durante los primeros años del siglo XVI conviven dentro del espíritu renacentista distintos estilos como el clasicismo italiano, la tradición flamenca y el Manierismo de Alonso Berruguete. Dentro de la colección artística de este siglo, se puede contemplar el Retablo de la Pasión de Cristo, obra de fray Rodrigo de Holanda, representativo de la estética flamenca, la Sagrada Familia, de Diego de Siloé o la Virgen con el Niño de Felipe Vigarny.
A esta época corresponde también la Sillería del Coro Bajo de San Benito el Real, contratada en 1525 para celebrar los Capítulos Generales de los benedictinos en Castilla, cuyo principal centro era el monasterio de San Benito el Real de Valladolid. Su diseño y ensamblaje fue encargado a Andrés de Nájera. El conjunto está integrado por cuarenta sitiales; de ellos treinta y cuatro corresponden a los monasterios de la Congregación y el resto a benefactores de la misma. En cada sitial figura el nombre del monasterio en su respaldo, su titular, el fundador o un personaje relacionado con el monasterio en su tablero y el escudo en el remate. El único sitial policromado es el que pertenece al monasterio de Valladolid, haciendo constar su importancia sobre los demás. La sillería baja está formada por veintiséis sitiales decorados con episodios de la vida de Cristo y la Virgen. El conjunto presenta una rica ornamentación renacentista a base de grutescos, medallones, mascarones y trofeos.
Por último, en dos espacios diferenciados del resto, se expone parte de la producción artística de los dos autores más importantes del Manierismo expresivo castellano del siglo XVI; Alonso Berruguete y Juan de Juni. Asimismo, se exponen obras de los directos discípulos de estos autores como Francisco Giralte (San Francisco), Leonardo de Carrión y Diego Rodríguez (Las tentaciones de San Antonio Abad).
El retablo procedente de la iglesia del monasterio de San Benito el Real de Valladolid ocupa tres salas del Colegio, las antiguas aula de Artes, la cocina y el refectorio. El retablo fue encargado por el abad fray Alonso de Toro en 1526 a Alonso Berruguete y terminado en 1532. Debido a su gran volumen y la ausencia de algunas piezas el conjunto se presenta fragmentado.
En su montaje original, consta de un gran cuerpo central semicircular y dos alas rectas laterales. Verticalmente se reparte en once calles y horizontalmente en dos grandes cuerpos y un banco o predela. Dentro de esta gran estructura se encuentran las figuras de bulto, relieves y pinturas siguiendo un esquema dirigido a un espectador capaz de comprender su mensaje como eran los monjes benedictinos en cuya iglesia se albergaba el conjunto.
En la calle central del retablo se disponían de arriba abajo los temas: El Calvario, La Asunción de María y San Benito. Los elementos restantes se distribuyen en tres bancos o niveles. En el primero, se hallarían catorce esculturas representativas del Antiguo Testamento como El sacrificio de Isaac, Jacob y sus doce hijos en representación de las doce tribus de Israel. Sobre los patriarcas del Antiguo Testamento, en el segundo nivel, se hallan alusiones al Nuevo Testamento en referencia a las figuras de los doce apóstoles que rodean relieves con escenas de la infancia de Cristo: Nacimiento, Adoración de los Reyes Magos, Presentación en el templo y Huida a Egipto. En el tercer nivel, se hallan escenas de la vida de San Benito y figuras del santoral cristiano.
De la obra de Juan de Juni destaca El entierro de Cristo. Procedente del desaparecido convento de San Francisco, desamortizado, está formado por siete esculturas de tamaño mayor que el natural, en el centro de la escena se encuentra la figura de Cristo yacente, mientras que el resto de los personajes proceden a su amortajamiento; retirando espinas, perfumando el cuerpo o limpiando las heridas.
Otras obras del maestro francés son El Calvario, procedente del palacio de los Águila de Ciudad Rodrigo; la escultura de San Antonio de Padua y una excelente Santa Ana, que se halla desde 1843 en el Museo.
La escultura barroca está ampliamente representada en el museo donde, al servicio de la ofensiva contrarreformista del Papado, se encuentran artistas como Gregorio Fernández, los Carducho, Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena o Francisco Ribalta. Valladolid, Granada y Sevilla fueron focos muy activos donde el mensaje moral y devoto se encontraba en obras de gran verismo donde abundaron temas como el éxtasis de santos, las visiones celestiales o la representación macabra de la muerte. Toda esta temática tuvo una ferviente dedicada al Barroco acogida donde la representación de lágrimas, sangre o la morbidez de los cuerpos ayudaba al engaño de los sentidos del espectador y sugería una visión sobrenatural.
La Iglesia se convierta en el principal cliente de los artistas para imponer la temática y dirigir el pensamiento hacia la propagación de milagros y el culto de reliquias. En toda esta promoción artística las órdenes religiosas, especialmente de los jesuitas, jugaran un papel esencial para impulsar la canonización de mártires contemporáneos (Teresa de Ávila, Pedro de Alcántara o Diego de Alcalá) y popularizar el culto de fiestas de devoción popular como la Inmaculada Concepción.
Asimismo, un capítulo importante de esta centuria es el de los retablos barrocos donde, obras que en la actualidad se exhiben descontextualizadas del contexto eclesiástico o se presentan en soledad, formaban parte de grandes conjuntos (retablos y sillerías de coro). Las proporciones y la riqueza de los conjuntos visibles en determinadas salas del museo sirven de referencia para evocar el lugar que ocuparon originalmente otras obras escultóricas de la colección.
Si hay un nombre en la escultura española del barroco ese es Gregorio Fernández. Tuvo buenos maestros, como Berruguete o el mismísimo Juni y supo plasmar en sus obras la expresividad y el dinamismo que había aprendido de ellos y llevarlo al culmen escultórico. Entre las principales obras que alberga el Museo Nacional de Escultura de este autor está el Cristo yacente de 1627. Cristo, ya cadáver, es un auténtico ejemplo de escultura anatómica, con un gesto de dolor, patético y una expresividad única.
Son varias las obras que se pueden ver en el museo. Además de varios pasos procesionales, una Santa Teresa, un San Pedro en Cátedra o el Bautismo de Cristo.
La Piedad o La Sexta Angustia (1616) es una obra manierista que estaba destinada a la Iglesia de Angustias y que reposa desde el siglo XIX en el museo. Recuerda mucho a la expresividad y la majestuosidad de las Piedades de Miguel Ángel o Juan de Juni, pero con una impronta manierista muy acusada.
Una obra emblemática de la escultura española de todos los tiempos es la Magdalena Penitente de Pedro de Mena. La obra, muy similar o casi idéntica a la del museo del Prado, de 1664, es una bellísima representación de la Magdalena despojada de vestiduras y tan solo cubierta con una estera empuñando una cruz. Una figura sencilla, simple y a su vez un rostro de una expresividad de dolor y reflexión en el diálogo con Cristo en la Cruz que emociona.
Por otro lado, una de las colecciones más representativas de la escultura barroco española que custodia y conserva el Museo Nacional de Escultura son los pasos de Semana Santa de Valladolid, un grupo de figuras dispuestos sobre una plataforma, que escenifican un determinado episodio de la Pasión de Cristo. Como un hecho singular museístico desde 1922 accede al préstamo de varios conjuntos escultóricos a las cofradías de la Semana Santa vallisoletana. En total, son 104 imágenes procedentes de sus fondos las que se integran en los correspondientes pasos.
En origen las imágenes de este espectáculo procesional, que se exhibe anualmente por las calles de la ciudad, se realizaban en materiales de carácter efímero hasta que se generalizó la talla en madera policromada que se complementaba con postizos de cristal o marfil. Francisco del Rincón, Gregorio Fernández o Andrés Solanes fueron los principales artistas de renombre encargados de satisfacer la demanda de las cofradías vallisoletanas de una imaginería barroca que, por su escenografía y figuras a tamaño natural, impactaba y servía para adoctrinar a los fieles.
Esta práctica de la religiosidad católica que, condensa los rasgos más característicos del gusto barroco, perduró hasta el siglo XVIII cuando la secularización de la población y el avance de la mentalidad ilustrada hicieron que mermará el interés por esta costumbre que, fue relanzada, hacia 1920 por la Iglesia.
Una de las sedes adyacentes del Museo Nacional de Escultura, el Palacio de Villena, conserva el mayor Belén Napolitano de España. Se trata de una obra con seiscientas veinte figuras y multitud de piezas animales, objetos, edificaciones creada en el siglo XVIII. Es increíble no sólo lo imponente del conjunto si no el detallismo con el que se tratan las figuras y los objetos que tienen todo tipo de decoraciones y representan fielmente objetos de la época.
Los edificios, muchos de ellos inspirados en el Nápoles del siglo XVIII, representan la Palestina del Nacimiento de Cristo. Las vestimentas, sin embargo, tienen mucho que ver con la época en la que se elaboran. Hay todo tipo de personajes, desde los Reyes Magos, hasta músicos en la calle, taberneros, vendedores de todo tipo de viandas y objetos.
El origen de la colección de vaciados que ostenta desde noviembre de 2011 el museo procede del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas. Con su ingresó no solo aumentaron los fondos escultóricos del museo sino que se amplió el marco cronológico de la colección histórica centrada en la escultura devocional de madera policromada de los siglos XV a XVIIII. Parte sustantiva de esa colección se puede ver en la Casa del Sol convertida, tras su rehabilitación, en tercera sede del museo (junto al Colegio de San Gregorio y el Palacio de Villena).
Toda esta colección de copias recoge obras míticas de diversas civilizaciones al poseer ejemplares que reproducen estatuas de toda la cultura occidental, es decir, de la Antigüedad clásica, medievales, renacentistas, barrocas y una serie de conjuntos arquitectónicos de diversos periodos. En cuanto a los materiales, destaca principalmente el yeso, pero también, los bronces y las terracotas. En conjunto son una representación del proceso de imitación realizado mediante medios mecánicos para obtener una copia idéntica de una obra realizada por un escultor a través de la talla directa. Y por contraste, el vaciado, otorga la posibilidad de establecer relaciones entre el trabajo original y personal de un artista con la reproducción.
Las reproducciones, además de exhibir la subsistencia del legado clásico, se exponen temporalmente junto a creaciones escultóricas de artistas modernos para generar distintos diálogos. Entre las piezas destacadas se encuentran reproducciones de obras como el Laocoonte, la Máscara de Agamenón, el Torso Belvedere o el Discóbolo, que muestran como ese interés por la antigüedad comenzó en el Renacimiento y se extendió hasta el siglo XVIII y XIX con el descubrimiento de Pompeya, Olimpia y de Micenas.
Iniciamos nuestra visita a Valladolid, antes de comer en Trigo, paseando por la calle de San Ignacio, apodada “calle de los palacios”. Destacan los de los Arenzana, el del Marqués de Valverde y el Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid, que atesora un pequeño jardín arqueológico.
El Palacio de los Marqueses de Valverde fue construido hacia 1503, encargado por don Juan de Figueroa, siendo sometido a una gran reforma en ese mismo siglo. La fachada ofrece un equilibrio estilístico donde conviven elementos renacentistas de inspiración florentina (la puerta de medio punto con almohadillado, antepecho decorado con mascarón y los escudos de los Marqueses de Figueroa/Valverde, dos figuras de hombre y mujer dispuestas a los lados, ventanas de esquina superpuestas rematadas por las figuras de dos mujeres en medallones típicamente manieristas), junto a otros procedentes de las reformas efectuadas en los siglos XVII y XVIII (yeserías). Fue restaurado en 1981 y mantiene su uso para viviendas.
En 1576 Fabio Nelli de Espinosa, banquero vallisoletano hijo del acaudalado banquero sienés Alfonso Nelli, manda construir el palacio que lleva su nombre. El edificio se presenta como símbolo del poder, riqueza y cultura de su propietario, acorde a la idea renacentista de permanecer en la Historia. El resultado es un bello exponente de la arquitectura clasicista vallisoletana. Juan González de la Lastra elabora los planos en 1576. La portada, obra de Pedro de Mazuecos en 1595, tiene motivos platerescos e introduce elementos de inspiración italiana: fachada simétrica con dos torres y acceso en el centro en línea con la entrada al patio. Las pretensiones del rico banquero quedaron plasmadas en el arco del triunfo romano que acoge la fachada, símbolo de poder, y en los motivos que representan la riqueza de su linaje (angelillos victoriosos, cestos con fruta, el dios del vino Baco o una máscara al gusto italiano). Sobre la portada se grabó la enigmática inscripción “Soli deo honor et gloria” (Solo a Dios honor y gloria).
En esta misma vía hacemos un alto para descubrir la plaza del Viejo Coso, con acceso a través de un antiguo cuartel. Como curisosidad, es uno de los escenarios de la película musical “Voy a pasármelo bien”, basada en las canciones de Hombres G.
Cerca de la plaza de Fabio Nelli estuvieron las casas del conde de Salinas que, una vez derribadas, dieron lugar a la Plaza de Toros vieja, construida en 1833. Fue, después, cuartel de la Guardia Civil. En la década de 1980 se rehabilitó para uso residencial; una intervención que mantuvo su peculiar planta octogonal y su esencia, transformando palcos en balcones que adoptaron la forma de “corralas” en los pisos superiores. La plaza, como zona residencial, es de uso privado a partir de las 22.00 horas.
Seguimos caminando hasta llegar a la Plaza de San Pablo, epicentro del Valladolid de la corte y corazón del Valladolid más monumental. Pocos lugares en Valladolid concentran tanta historia y monumentalidad como la Plaza de San Pablo. Presidida por la imponente fachada de la iglesia del mismo nombre, esta plaza ha sido testigo de algunos de los episodios más relevantes de la ciudad: desde bautizos reales hasta visitas imperiales.
La portada de la iglesia, auténtico retablo pétreo del gótico isabelino, es sin duda la gran protagonista. Pero no está sola. A su alrededor se alzan edificios como el Palacio Real, antigua residencia de Felipe III, y el Palacio de Pimentel, donde nació Felipe II. Todo en esta plaza habla de poder, arte e historia.
La magnífica fachada, con un entresijo ornamental digno de admiración, es un auténtico retablo en piedra. Originalmente solo contaba con el cuerpo inferior (hasta el rosetón) y el frontón superior, que se separó y se elevó hasta su ubicación actual en el siglo XVII a instancia del Duque de Lerma, quien se procuró varios homenajes incluyendo su escudo en el cuerpo nuevo.
En la parte baja aparecen representadas (de izquierda a derecha) Santa Margarita con un dragón a sus pies, María Magdalena, Santa Catalina y una santa dominica que bien podría ser Santa Catalina de Siena. La ornamentación incluye abundantes angelillos, animales y motivos vegetales. El espacio bajo el arco está dedicado a la exaltación de la orden dominica. Sobre la puerta, aparece la Coronación de la Virgen con fray Alonso de Burgos en la escena, el fundador del Colegio de San Gregorio, en cuya fachada también se hizo retratar, y confesor de Isabel la Católica, acompañado por San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El emblema de Alonso de Burgos, la flor de lis, también aparecía en los escudos que sujetan los angelillos, pero fue sustituido por la barra y las estrellas del Duque de Lerma.
Caminamos hacia la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los edificios más emblemático de Valladolid a pesar de que nunca llegó a completarse. La suya es una historia desafortunada. Era el templo llamado a sustituir a la antigua colegiata (las ruinas que están adosadas a la altura de la plaza de la Universidad) ante el crecimiento de la ciudad.
Las obras comenzaron en 1527 con planos de arquitectos como Gil de Hontañón y, en 1580, apenas se habían construido los cimientos. Ante esta situación, el proyecto se encargó al mejor arquitecto de la Corte, Juan de Herrera, quien diseñó un nuevo edificio aprovechando la planta del anterior. Los primeros progresos fueron rápidos pero los apuros económicos hicieron que apenas pudiera levantarse hasta la altura del crucero. Finalmente, en 1668, el templo se abre al culto. Para celebrar los oficios se cierra la cabecera, una solución “provisional” que, sin embargo, se mantiene hasta nuestros días. En ochenta años desde que arrancasen las obras bajo la batuta de Herrera, apenas se había construido un tercio del proyecto.
Uno de sus rasgos más característicos, que refuerza la sensación de desarraigo, es su solitaria torre. No fue la primera, pues a mediados del siglo XVII se construyó su opuesta en la fachada, en el lado izquierdo si miramos a la Catedral desde la calle Arribas. La vida de la apodada “la buena moza” fue efímera, pues en 1755 se vio gravemente dañada por el terremoto de Lisboa (se dice que, incluso, repicaron las campanas) y tuvo que ser reforzada con cadenas de hierro. Sin embargo, se hundió en 1841. El desmontaje, dado lo peligroso de la tarea, lo lleva a cabo un preso a cambio de su libertad.
La torre que hoy conocemos se construyó a principios del siglo XX, con una forma muy alejada del proyecto original de Herrera. De planta octogonal se remata en 1923 con el Sagrado Corazón de Jesús, de ocho metros de altura.
En su interior se aprecia la magnitud del estilo herreriano, sus imponentes dimensiones y la sobriedad en formas y ornamentos.
Muy cerca se halla la Iglesia de Santa María de la Antigua, conocida entre los vallisoletanos simplemente como “La Antigua”, que se levanta sobre uno de los templos más vetustos de la ciudad, del que se habla en un documento del Cabildo de 1177. De esta primitiva iglesia, sin embargo, no se conserva nada. Los elementos más antiguos son del siglo XIII. Se trata del pórtico norte y de la torre, esta última, una de las joyas del Románico de Castilla y León, que destaca por su esbeltez. Siendo tan estrecha, soporta más de cincuenta y cinco metros de altura. El resto del templo, del siglo XIV, es ya de estilo gótico, con notables influencias de la catedral de Burgos. No pudimos contemplar su interior, sobrio y sin ornamento, por más veces que pasamos por sus alrededores. Cede todo el protagonismo a las bóvedas de crucería. Aquí se encontró un retablo de Juan de Juni que en la actualidad se halla en la capilla mayor de la Catedral.
El entorno está cargado de leyenda. La cruz que la precede indica el lugar donde hubo un antiguo cementerio al que se le ha atribuido un milagro: antaño apareció el cuerpo de un niño con vestimenta romana conservado en perfecto estado, se dice que por la arena que fue traída de Tierra Santa.
Continuamos nuestra visita por la calle de las Angustias hasta llegar al Colegio de San Gregorio, actual sede del Museo Nacional de Escultura. Este Colegio de Teología fue impulsado por el fraile dominico Alonso de Burgos, el confesor personal de Isabel la Católica; y aquí fue enterrado, aunque su sepulcro desapareció durante la Guerra de la Independencia. La condensada ornamentación de su fachada hispano-flamenca, atribuida a Gil de Siloé, ha sido objeto de numerosas controversias interpretativas. Justo sobre la puerta se ve al fundador, fray Alonso de Burgos, haciendo una ofrenda a San Gregorio ante San Pablo y Santo Domingo. La flor de lis, emblema de este fraile, que quiso dejar su huella en el edificio; se repite hasta la saciedad en toda la fachada, pero también en el patio, en la escalera y en los artesonados originales que conservan las salas del museo.
En el cuerpo superior aparece una fuente (¿la eterna juventud?) de la que brota un granado (¿árbol de la sabiduría o símbolo de la conquista de Granada?) que cobija el escudo de los Reyes Católicos. En este aparece una granada, lo que nos indica que ya se había tomado el reino nazarí, a diferencia de los escudos que hay grabados en el patio interior, anteriores, por tanto, a 1492.
Curiosos, sin duda, son los salvajes que aparecen a ambos lados, y que han dado lugar a diferentes interpretaciones. No se sabe si representan al hombre puro en la naturaleza, si aluden a la costumbre de disfrazar a los escuderos de salvajes en las fiestas o son, simplemente, guardianes de la puerta. En los cuerpos altos, estas figuras tienen un aspecto más humanizado, sin vello y, alguno, incluso, sin barba: son las primeras representaciones de los indígenas americanos.
Situado enfrente del Colegio de San Gregorio, el Palacio de Villena es una mansión nobiliaria que conserva un magnífico patio renacentista de dos pisos de arquerías en tres de sus lados. La escalera es de grandes proporciones y conserva tanto el artesonado primitivo como la cantería enteramente labrada, destacando el espléndido arco de entrada. La misma calle alberga la Casa del Sol, un palacio renacentista construido por Sancho Díaz de Leguizamo y que destaca a comienzos del XVII por la personalidad influyente de su nuevo propietario, el Conde de Gondomar. Embajador de Felipe III en Inglaterra, erudito y bibliófilo, fue poseedor de una de las bibliotecas más notables de la época. La residencia integró desde el siglo XVI la iglesia de San Benito el Viejo como capilla familiar. Se sabe que la cripta fue un lugar emblemático por su decoración, encargada por Gondomar a los pintores Pedro Díez Minaya y su hijo Diego Valentín Díaz. En el siglo XIX el conjunto abandonó su carácter de residencia privada y pasó a desempeñar otras funciones hasta que fue adquirido por el Estado en 1999 para integrarlo en el proyecto de ampliación del Museo.
Al salir aprovechamos para ver el interior de la Iglesia de San Pablo, en la que fueron bautizados los monarcas Felipe II, Felipe IV y Ana Mauricia de Austria (la reina de Los Tres Mosqueteros); recibieron sepultura el infante Alonso, el rey Juan II y la reina María de Portugal.
Nos dirigimos hacia la Plaza Mayor, modelo de la de Madrid o Salamanca, contemplando lugares que, de noche, tomaban una apariencia distinta.
La actual Plaza Mayor de Valladolid nació del desastre. Un incendio en 1561 arrasó buena parte del centro urbano, y de sus cenizas surgió esta plaza porticada, ordenada y funcional, ideada por Francisco de Salamanca. Se considera la primera plaza mayor regular de España y sirvió de modelo para las de ciudades como Madrid o Salamanca. Su historia está ligada al poder civil. Fue sede del mercado, escenario de celebraciones y también de actos públicos. Hoy, sigue siendo el gran punto de encuentro vallisoletano. Rodeada de soportales, tiendas y cafeterías, alberga en su flanco norte la Casa Consistorial, de estilo ecléctico y construida a principios del siglo XX. Su amplitud, su armonía y su vida cotidiana hacen de ella un símbolo vivo de la ciudad.
Un tapeo en el Corcho, por recomendación de los familiados, finalizó nuestra primera jornada en Valladolid.
No teníamos duda de dónde íbamos a comer en Valladolid. Tras hacer el ckeck in en el Hotel Boutique Catedral y dejar el coche aparcado en el parking de la Avenida Isabel la Católica, el Restaurante Trigo, en pleno Patio Herreriano, distaba de nosotros unos cuantos pasos.
Trigo abrió sus puertas en agosto de 2007. El cocinero Víctor Martín y su mujer, Noemí Martínez, sumiller y responsable de sala, llevan años dando forma a un sueño, un sueño ideado para disfrutar de buenos momentos alrededor de una mesa con una cocina hecha desde el corazón, circunstancia esta que se palpa, se siente, desde que entras al restaurante hasta que lo abandonas. Una carta viva y contemporánea de base tradicional, que se abastece de la rica despensa de Castilla y León, y de los mejores productos de temporada.
Leoneses y residentes en Pucela, el matrimonio cuenta con un sólido equipo, volcado en un proyecto que actualmente crece en dos direcciones: el restaurante gastronómico y Trigo Eventos. Su nueva sede en el Patio Herreriano es amplia, bien iluminada, con una decoración minimalista que marca un nuevo ritmo para la cocina de Víctor. Se trata, sin duda, de una auténtica declaración de madurez, sin perder su raíz.
Víctor Martín es un apasionado de la cocina de toda la vida y siente un auténtico apego al terruño. Formado en las Escuelas de Hostelería de Madrid y Santiago de Compostela, trabajó con Santi Santamaría, en el Racó de Can Fabes (Barcelona) y en Sant Celoni (Madrid) antes de poner en marcha el negocio familiar. Otra etapa importante en su formación se desarrolló en Cataluña, en los restaurantes Ábac, Rúcula o Fonda Sala.
Obtuvo su primera Estrella Michelin en la edición de 2018. Cuenta, además, con dos soles Repsol. Fue finalista al Premio Restaurante Revelación 2009 en el Congreso Internacional de Gastronomía, Madrid Fusión, y finalista al Premio Chef Millesime 2011. Es poseedor de la Nominación 2012 y 2013 al Mejor tratamiento de Vino en Restaurante, Premios Verema y al Mejor Restaurante 2013 por La Academia Castellano y Leonesa de Gastronomía y Alimentación.
Noemí Martínez, responsable de sala de Trigo, dirige un pequeño equipo de personas ilusionadas y profesionales que trabajan con mimo, pensando en la satisfacción del cliente. Además, es la sumiller encargada de la carta de vinos. Una propuesta dinámica y atrevida, que apuesta por referencias nacionales e internacionales para todos los gustos, siempre actualizada con especial preferencia por los pequeños productores.
El restaurante ofrece al comensal tres menús degustación: Menú Como en Casa, Menú Homenaje y Menú Festival. Optamos por este último, compuesto por Aperitivos, Tres Entrantes, Pescado, Carne, Queso, Prepostre y Postre.
Es, sin duda, un menú degustación profundamente ligado al producto de temporada y a la despensa de Castilla y León, mantiene intacta la filosofía de la casa: técnica silenciosa, precisión y una pureza que se percibe desde el primer bocado.
Tras un agradable y sutil cocktail de bienvenida, ligeramente alcohólico, la secuencia de aperitivos abre esta intención con claridad, destacando el foie con frutos rojos, afinado y sin pesadez; un tartar de atún, directo y limpio; y una patata con trucha que resume la personalidad del territorio sin renunciar a la finura.
Sencillamente espectacular el pan que sirvieron, acompañado de una aceituna de AOVE y mantequilla.
A partir de ahí, el recorrido avanza con el sello propio de la casa: verduras tratadas con respeto, pescados en su punto exacto y carnes que conectan con el paisaje castellano. La cocina se mueve en un equilibrio que evita florituras innecesarias. Se nota un deseo de depuración en el que cada plato dice lo que debe decir.
Los entrantes nos parecieron sencillamente fabulosos, empezando por un potente caldo que venía a las mil maravillas para el gélido día que nos acompañó en nuestro primer día en la capital pucelana.
Continuando con otros grandes platos históricos de Víctor Martín y otros de temporada. Espectacular su arroz ibérico y su bogavante sobre una base de patata y ternera. Deliciosos.
La sala, bajo la dirección de Noemí Martínez, mantiene el estilo que ha distinguido a Trigo desde sus inicios: atención impecable, cadencia medida y un discurso enológico profundo, apoyado en una bodega que supera las doscientas referencias y que en este nuevo espacio adquiere un protagonismo aún mayor.
Bien aconsejados por Noe, decidimos tomar unas copas de Lar de Maía 7º Autor, de la denominación de origen “Vino de la Tierra de Castilla y León” y variedad de uva tempranillo de viñedos centenarios.
En su elaboración se recurre a una vendimia manual. Para la vinificación se realiza la selección manual inicial en viñedo, una segunda selección en bodega y un posterior despalillado. La fermentación maloláctica se lleva a cabo en barricas nuevas de roble francés y americano. La crianza transcurre en barricas de roble francés y americano durante un mínimo de 14 meses y, posteriormente, en botella durante 12 meses.
El resultado es un caldo de color intenso rojo rubí y aromas de fruta negra y roja complementados por matices torrefactos y especiados aportados por el envejecimiento en la barrica. Fresco y potente en boca. Bien estructurado, con buena evolución en botella. En retronasal aparecen los recuerdos de regaliz, frutas negras, notas especiadas, vainilla y café.
Continuamos el menú con el pescado, tierno y fresco, con un toque de pimiento en su parte superior (delicioso, para qué negarlo, aunque ya me dice May que determinados alimentos como el que nos ocupa solo los como en restaurantes de capricho y no en casa). Urta, en este caso, de gran sabor, con un gustoso toque crujiente que daba su piel. El fondo sobre el que se encuentra el lomo es una auténtica delicia, para mojar pan y no dejar nada en el plato.
De carne, pichón de Tierra de Campos y trigo, un imprescindible en la carta de Trigo. Seas o no amante de la caza es un pecado no probar esta ave cuyas pechugas marcan ligeramente a la plancha para después acompañarlas con un sabrosísimo guiso de trigo tierno elaborado a partir del jugo concentrado de sus carcasas. De nuevo tocaba rebañar el plato.
Disfrutamos de los quesos que nos sirvieron. Realmente se agradece que se incluyan en el menú pues cada vez se tiende más a ofrecerlos, como extra, fuera del mismo.
Los postres son una declaración conceptual en sí mismo. El primero, un postre íntegro de maíz (el propio Víctor nos lo presentó como antítesis del nombre de su restaurante, trigo), sobrio, elegante y sorprendente por su capacidad de construir matices dulces sin perder el carácter del ingrediente.
El segundo, muy propio de esta época otoñal, una delicia a base de helado de yogurt, helado de mora y regaliz.
La presentación, espectacular. El sabor, para qué contar. Postres de los que quedan en la retina, y en el paladar, por mucho tiempo. Postres que ponen el colofón a una cocina de calidad.
En el café, mientras degustábamos los Petit Fours, tuvimos la ocasión de charlar largo y tendido con Noe. Llevábamos un par de horas en el restaurante y parecíamos amigos de toda la vida, algo muy de agradecer.
En el colmo de las atenciones, fuimos obsequiados con una botella de Lar de Maía 8º rosado (denominado así porque su elaboración se planificó en agosto, el octavo mes del año). Monovarietal de tempranillo, vendimiado manualmente y con una doble selección, inicial en viñedo y segunda en mesa en bodega.
Nos hubiéramos quedado para la cena, pero era la hora de comenzar nuestra visita a Valladolid. Salimos encantados de una gran experiencia gastronómica, con platos sorprendentes y deliciosos, y de una atención inigualable.
No estamos acostumbrados a que el chef de un restaurante con estrella Michelin nos reciba a la puerta de su restaurante, nos recoja nuestra ropa de abrigo o nos presente en mesa varios de los platos degustados. Mucho menos que a la mañana siguiente te reconozca a primera hora por las calles de Valladolid, te de los buenos días y te desee una feliz estancia en la ciudad.
Valladolid nos pilla un poco lejos, pero prometemos volver cuando Trigo reciba su segunda estrella Michelin.
De manera paralela e independientemente del Supermanager clásico, durante las cuatro trepidantes jornadas de finales de diciembre e inicios de enero se ha disputado el ya habitual SuperManager de Navidad 25-26, con un premio para el ganador final que es el único que motiva a May a que dedique unos minutos a esta gran afición: un […]
A finales de 2015 empecé la (buena) costumbre de publicar un collage formado por 16 fotos, 16 momentos, a modo de instantánea, de los muchos acontecidos fuera del aula (y algunos dentro), considerando que la clase supone el producto científico y creativo más importante que todo docente elabora. Desde entonces se convirtió en una buena […]
Poco a poco, premio a premio, la gastronomía de la Región de Murcia sigue acumulando reconocimientos que subrayan su gran estado de forma. El último, la primera estrella Michelin a Barahonda, con Alejandro Ibáñez al frente, un yeclano que ha sido nominado a cocinero revelación en Madrid Fusión. Pese a su juventud, aglutina ya la suficiente […]
El 25 de abril de 2025, en el salón de actos del IES «Francisco Ros Giner» de Lorca, se celebró la defensa de los trabajos de investigación seleccionados por el Jurado del III Certamen de Investigación «Esther Sánchez». El trabajo de Lucía García López, ¿Picará mucho? ¿Picará poco?, fue uno de los seleccionados entre los 35 […]
Como suelen decir en Pucela: “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…“, nos acercamos al río tras realizar las últimas compras y acercarlas al coche. El río Pisuerga es el más importante de la ciudad, tanto pos su caudal y todos los beneficios que el conlleva, como por haber sido durante muchos años el límite […]
Alquimia se convirtió en noviembre de 2022, tras Trigo, en el segundo restaurante de Valladolid capital en obtener una estrella Michelin. Al frente de la cocina de Alquimia está Alvar Hinojal, uno de los cocineros más talentosos de la ciudad. En ella encontramos dos propuestas diversificadas en dos espacios diferentes, Laboratorio (comedor principal) y Crisol […]
La tarde anterior, de camino al hotel, descubrimos una chocolatería cercana a la catedral, de idéntico nombre, y fue la elegida para comenzar nuestro recorrido por la ciudad esa mañana. La fachada de la Universidad de Valladolid es uno de los mejores ejemplares del Barroco en nuestro país. Su edificio medieval se renovó a principios […]
La creación del Museo Nacional de Escultura se remonta al año 1933. En la primera sede elegida para su ubicación, el Colegio San Gregorio y la capilla funeraria de su fundador, Fray Alonso de Burgos, se logró reunir e instalar un importante conjunto de esculturas y pinturas que, procedentes del antiguo Museo Provincial de Bellas […]
Iniciamos nuestra visita a Valladolid, antes de comer en Trigo, paseando por la calle de San Ignacio, apodada “calle de los palacios”. Destacan los de los Arenzana, el del Marqués de Valverde y el Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid, que atesora un pequeño jardín arqueológico. El Palacio de los Marqueses de Valverde […]
No teníamos duda de dónde íbamos a comer en Valladolid. Tras hacer el ckeck in en el Hotel Boutique Catedral y dejar el coche aparcado en el parking de la Avenida Isabel la Católica, el Restaurante Trigo, en pleno Patio Herreriano, distaba de nosotros unos cuantos pasos. Trigo abrió sus puertas en agosto de 2007. […]
Entradas recientes: Bachillerato de Investigación - IES "Alcántara" de Alcantarilla (Murcia). Cursos 2010-2011 a 2023-2024
En el curso 23-24 que acaba de terminar hemos contado con alumnos de primer y de segundo curso (XIII y XII promoción, respectivamente). El grupo de segundo estaba conformado por 28 alumnos, distribuidos del siguiente modo: 20 de la modalidad de Ciencias y 8 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo de […]
En el curso 22-23 convivieron la XI y XII promociones de Bachillerato de Investigación de nuestro centro. El grupo de segundo estaba conformado por 26 alumnos, distribuidos del siguiente modo: 20 de la modalidad de Ciencias y 6 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo de primero estaba conformado a final de […]
En el curso 21-22 contamos, de nuevo, con alumnos de primer y de segundo curso (XI y X promoción, respectivamente). El grupo de segundo estaba conformado por 35 alumnos, seis de ellos repetidores, distribuidos del siguiente modo: 24 de la modalidad de Ciencias y 11 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo […]
En el curso escolar 2020-2021 realizaron sus estudios los alumnos de la X (primer curso) y IX (segundo curso) promoción de Bachillerato de Investigación. El grupo de segundo estaba conformado por 29 alumnos, uno de ellos repetidor, distribuidos del siguiente modo: 19 de la modalidad de Ciencias y 10 de la modalidad de Humanidades y […]
Iniciábamos este relato comentando que nuestro centro comenzó a impartir las enseñanzas del Bachillerato de Investigación en el año académico 2010/11. En el “atípico” curso escolar 2019-2020 celebrábamos, por lo tanto, nuestro décimo aniversario. Y lo hacíamos, por séptima vez consecutiva, contando con alumnos de primer y de segundo curso (IX y VIII promoción, respectivamente). […]
A lo largo del presente curso se procedió a la exposición de los trabajos de los alumnos de la VII Promoción de Bachillerato de Investigación del IES “Alcántara”. Del 26 de febrero al 7 de marzo de 2019, y con la participación de 29 profesores del Claustro, se constituyeron las comisiones encargadas de la evaluación […]