Cáceres, Mérida 1994 (y 7)

La última gran etapa del viaje nos llevó a Trujillo, una ciudad que impresiona incluso antes de entrar en su casco histórico: aparece sobre un cerro granítico coronado por un castillo medieval y rodeada de un paisaje austero, luminoso y profundamente extremeño. Trujillo es, sobre todo, una ciudad de piedra e historia, donde cada palacio, cada arco y cada callejuela recuerdan que aquí nacieron figuras tan decisivas para la historia global como Francisco Pizarro y Francisco de Orellana.

El corazón de Trujillo es su Plaza Mayor, una de las más monumentales de España, renacentista, irregular y rodeada de soportales y palacios del siglo XVI.

En su centro se alza el símbolo indiscutible de la ciudad: la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, realizada en bronce por el escultor estadounidense Charles Cary Rumsey en 1925 y de seis mil quinientos kilos de peso. Es una imagen poderosa: Pizarro, sobre un caballo cubierto con armadura, apuntando hacia un horizonte que un día quiso conquistar. La obra, donada a Trujillo, tiene una réplica exacta en Lima, recordando el vínculo transatlántico entre ambas ciudades.

Desde la plaza se contempla un conjunto de palacios que forman un collar de piedra renacentista. El Palacio de los Duques de San Carlos, con galería porticada plateresca. El Palacio del Marqués de la Conquista, con su famoso balcón de esquina, mandado construir por Hernando Pizarro, hermano del conquistador.

El Palacio de Piedras Albas, con influencias florentinas y crestería gótica. y la Iglesia de San Martín, edificio gótico‑renacentista que da solemnidad al espacio.

Desde la Plaza Mayor comenzamos el ascenso hacia la parte alta del casco histórico, declarado Conjunto Histórico‑Artístico en 1962. Las calles empedradas serpentean entre casas solariegas que pertenecieron a familias vinculadas a la conquista de América. La Casa de Francisco Pizarro, una vivienda del siglo XV convertida hoy en museo. El Palacio de Juan Pizarro de Orellana, con patio plateresco y galería adintelada. La Casa Orellana, donde nació el descubridor del Amazonas. La Casa Chaves, Casa Hinojosa y Casa Escobar, que rodean una aljaba árabe del siglo X, un depósito de agua de 11 metros de profundidad que funcionó como baño público hasta 1935.

La subida al Castillo de Trujillo es un viaje directo a la Edad Media. La fortaleza, construida entre los siglos IX y XII, se asienta sobre una antigua alcazaba y conserva torres califales, aljibes y murallas que dominan todo el territorio circundante.

Uno de los momentos más emotivos del recorrido por Trujillo fue la visita a la Casa de Francisco Pizarro, el caserón del siglo XV donde nació el conquistador del Perú. El edificio, situado muy cerca de la subida al castillo, es una construcción sobria y maciza, con muros gruesos de granito y una estructura propia de la arquitectura doméstica extremeña de la Baja Edad Media. La casa ha sido transformada en museo, pero conserva buena parte de su autenticidad: patios interiores, escaleras de piedra desgastada y estancias austeras que hablan de una familia hidalga pero no opulenta. La visita permite comprender mejor el origen social de Pizarro, muy diferente del lujo y la monumentalidad que caracterizarían su vida posterior en el Nuevo Mundo.

También se muestran reproducciones de documentos, crónicas y escenas que contextualizan la compleja figura del conquistador: su ambición, sus contradicciones, su violencia y su legado histórico. No se trata de una exaltación, sino de una exposición que intenta situar al personaje en su tiempo y explicar el impacto que su figura tuvo tanto en España como en América. La visita a la casa añadió una dimensión humana a la monumentalidad de Trujillo: permitió entender que, detrás de los grandes palacios renacentistas y de la imponente estatua ecuestre de la Plaza Mayor, hubo un origen humilde, casi rústico, en una ciudad que aún conserva la esencia de aquel tiempo.

Trujillo no es solo una ciudad medieval con palacios renacentistas: es un punto clave para entender la historia atlántica. Desde aquí partieron expedicionarios cuyo impacto alteró la historia del mundo. La presencia de Pizarro, Orellana y sus linajes sigue impregnando la ciudad, no como apología, sino como rastro histórico indeleble.

La Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo es de estilo románico tardío, su construcción se inició en el siglo XIII, fue reconstruido y ampliado en los siglos XV y XVI en estilo gótico. Se cree que se edificó en el mismo lugar donde anteriormente existía la mezquita alhama de Torgiela musulmana que se utilizó hasta el siglo XIII. Tras la reconquista cristiana el 25 de enero de 1232 se consagró a la Virgen María en el misterio de su Asunción.

El campanario de la Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo hubo de ser reconstruido en el siglo XVI en estilo gótico prácticamente en su totalidad. En 1871 el campanario tuvo que ser demolido; a fines del siglo XX se decidió reconstruirlo, siguiendo fielmente grabados y fotografías de época.

El escudo del Athletic Club aparece esculpido a modo de capitel en su estructura. Tal como el astronauta o el dragón que come un helado que aparecen en la Catedral Nueva de Salamanca, es un añadido reciente: Antonio Serván, el artesano a cargo de realizar los cincuenta y ocho capiteles en piedra, decidió hacer del equipo de sus amores el colofón de su obra.

Finalizaba nuestro viaje por Extremadura. Esta comunidad autónoma nos mostró tres ciudades distintas (Cáceres, Plasencia y Mérida, culminadas por Trujillo) y cada una de ellas ofreció una manera diferente de mirar el tiempo. Con Trujillo se cerró el círculo: desde la antigüedad romana hasta la expansión atlántica, pasando por la Edad Media y el Renacimiento. Pocas regiones permiten un viaje tan completo.

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Cáceres, Mérida 1994 (6)

Entre el Teatro, el Anfiteatro y los otros monumentos (el Templo de Diana, el Puente Romano, el Circo, los Columbarios, los acueductos de Los Milagros y San Lázaro) comprendimos por qué Mérida se considera un museo vivo. La ciudad moderna respira sobre la antigua: caminas por una avenida y, de pronto, surge un lienzo de muralla romana; giras una calle y aparece un pórtico, un capitel, una inscripción. La convivencia de lo antiguo con lo cotidiano es parte esencial de su encanto.

A un paso del Puente Romano se levanta la Alcazaba de Mérida, una imponente fortificación construida en 835 d.C. durante el dominio musulmán. Es considerada la fortaleza musulmana más antigua conservada en la Península Ibérica, y se erigió directamente sobre estructuras romanas y visigodas anteriores, lo que permite ver en un mismo recinto la superposición de culturas y épocas.

Dentro de la Alcazaba pudimos recorrer un tramo extraordinario de calzada romana, conservado junto a un largo muro defensivo. También estos de casas y tabernas romanas, con fragmentos de mosaicos, relojes de sol y estructuras domésticas que muestran cómo era la vida cotidiana en Augusta Emerita.

Y las murallas y torres árabes, desde las que se obtiene una vista privilegiada del Puente Romano, especialmente evocadora al atardecer.

La Alcazaba es un ejemplo perfecto del carácter palimpséstico de Mérida: cada muro encierra tres ciudades distintas (romana, visigoda y musulmana) sin perder coherencia.

Frente a la Alcazaba se despliega el Puente Romano de Mérida, una de las obras de ingeniería más impresionantes del mundo antiguo. Con casi ochocientos metros de longitud, apoyado sobre unos sesenta arcos, es uno de los puentes romanos más largos que se conservan y fue esencial en la fundación y el desarrollo de la ciudad.

El puente, construido a finales del siglo I a.C., definió el emplazamiento mismo de Augusta Emerita, ya que permitía cruzar el Guadiana y conectar la nueva colonia con la Vía de la Plata y los caminos hacia Olissipo (Lisboa), Corduba, Toletum y Caesaraugusta. Al recorrerlo se advierte la magnificencia de sus doce metros de altura y la regularidad de sus arcos, muchos de ellos originales. También los tajamares que los romanos construyeron para frenar la corriente del Guadiana, creando una isla central que fue incluso espacio para ferias de ganado en la Antigüedad. Cruzarlo es literalmente caminar sobre dos milenios de historia.

También hubo algo de tiempo en nuestra última jornada en Mérida para disfrutar de las magníficas instalaciones del hotel. En pleno verano, con el calor extremeño, un baño en su maravillosa piscina era más que bien recibido.

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Cáceres, Mérida 1994 (5)

El día dedicado al área monumental de Mérida no terminó en el Teatro y el Anfiteatro. Hubo un tercer hito que, de hecho, convirtió la jornada en una experiencia completa: la visita al Museo Nacional de Arte Romano, una parada imprescindible para entender la antigua Emerita Augusta no sólo como un conjunto arqueológico, sino como una cultura material viva, profundamente sofisticada y aún deslumbrante.

El Museo fue inaugurado en 1986 en su ubicación actual, en un extraordinario edificio diseñado por Rafael Moneo, considerado uno de los paradigmas de la arquitectura española del siglo XX. El museo custodia más de treinta y siete mil obras procedentes de la antigua ciudad romana, articuladas como un relato completo de la vida pública y privada en Augusta Emerita.

El continente es, en sí mismo, una obra maestra. Concebido entre 1980 y 1986, Moneo construyó un edificio que evoca deliberadamente la arquitectura romana mediante altos muros paralelos de ladrillo macizo, repetidos casi hasta el infinito, que remiten a la escala de la edilicia pública romana; arcos de medio punto que generan una nave central semejante a una basílica o gran calzada interior; luz natural filtrada por aperturas superiores que crea un ambiente solemne, cálido y casi litúrgico; y una cripta arqueológica que preserva in situ restos del barrio suburbano romano hallados en el solar: tramos de calzada, un acueducto y estructuras domésticas.

Moneo no construyó un escenario “a la romana”: creó una arquitectura contemporánea que prolonga la historia del lugar, uniendo la Mérida moderna con la antigua en una continuidad espacial y conceptual excepcional. Él mismo describió el museo como “el episodio más reciente de la historia del solar”, integrándose en la secuencia de la ciudad.

Entrar en la gran nave del museo produce una emoción muy parecida a la que se siente en el Teatro Romano: un espacio que impone, que ordena la mirada, que invita a caminar lentamente.

El Museo presenta un recorrido donde cada pieza aporta un fragmento del mundo romano. Entre las más memorables destacan esculturas monumentales, como la Ceres sedente (siglo I d.C.), ejemplo de la calidad artística de los talleres emeritenses.

Mosaicos extraordinarios, entre ellos el Mosaico Báquico o el Mosaico de las Tiendas, que permiten imaginar la riqueza de las domus locales.

Epígrafes funerarios y votivos, arae, inscripciones oficiales y lápidas que ponen nombre y rostro a los habitantes de la colonia. Pinturas murales, restos domésticos, cerámica fina, objetos de culto y elementos de la vida cotidiana que muestran hasta qué punto Mérida fue una ciudad sofisticada.

El museo no sólo expone: narra, explica y prepara la mirada del visitante para comprender mejor tanto el Teatro, el Anfiteatro, el Circo o el Templo de Diana como la vida real que los rodeaba. Lo que se ve en piedra en el exterior cobra sentido en las salas del MNAR.

La visita al Museo Nacional de Arte Romano fue, sin duda, uno de los momentos más bellos del viaje. El diálogo entre contenido (los testimonios de la antigua ciudad) y continente (la arquitectura de Moneo, solemne, precisa, llena de luz y proporción) produce un efecto poderoso: uno comprende Mérida no sólo como ruina, sino como ciudad viva, habitada por miles de historias. Salimos del museo con la sensación de haber atravesado no solo un edificio, sino un puente temporal entre el presente y la Roma de Hispania.

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Cáceres, Mérida 1994 (4)

De Cáceres pusimos rumbo a Mérida, antigua Emerita Augusta, fundada en el 25 a.C. como capital de la provincia romana de Lusitania. La impresión al llegar fue inmediata: Mérida es una ciudad donde la presencia romana no es un vestigio aislado, sino un paisaje constante que aparece entre avenidas, plazas, parques y barrios modernos. Su monumentalidad no es solo arqueológica: es parte de su vida cotidiana.

En 1994 nos alojamos en el entonces Hotel Tryp Mérida, situado en la Avenida de Portugal, un edificio moderno que hoy conocemos como AZZ Mérida Medea Hotel. Este hotel, con arquitectura inspirada en líneas clásicas, se integra sorprendentemente bien en el ambiente general de la ciudad, donde la monumentalidad del pasado convive con la vida del presente.

Sin duda, uno de los monumentos que más profundamente nos impresionó fue el Teatro Romano, una de las construcciones escénicas más sobresalientes del Imperio en Hispania y uno de los símbolos más reconocibles de la antigua Emerita Augusta.

Lo visitamos por primera vez una mañana luminosa. Desde el acceso inicial ya se adivina su grandeza: una estructura que, aunque parcialmente reconstruida, conserva la esencia arquitectónica concebida hace más de dos mil años.

El Teatro Romano de Mérida es una joya del urbanismo del siglo I a.C., monumentalizado durante el periodo de Augusto. Su imagen más célebre, la impresionante scaenae frons con columnas superpuestas y mármoles, es uno de los mejores ejemplos conservados en todo el mundo romano, según las fuentes arqueológicas consultadas.

La estructura general del teatro sigue el modelo clásico. Cavea: las gradas divididas en ima, media y summa cavea, orden social reflejado en piedra. Orchestra: espacio semicircular reservado a autoridades y elementos rituales. Escena monumental: columnas, estatuas y un sistema de puertas destinado a enfatizar la magnificencia del poder imperial.

El teatro se integra parcialmente en la ladera natural, lo que facilitaba la construcción y mejoraba la acústica, una técnica que los romanos perfeccionaron magistralmente.

Este teatro no era un mero edificio de espectáculos: era el gran foro cultural de la capital lusitana. Representaciones dramáticas, recitados, actos públicos y ceremonias cívicas se celebraban aquí, como parte de la política imperial que fomentaba la romanización a través de la cultura. La magnificencia del teatro reforzaba el mensaje de Roma: orden, civilización y poder.

En nuestro paseo resultaba fácil imaginar la vida de entonces: senadores locales en la ima cavea, veteranos y comerciantes en la media, esclavos y libertos en la parte alta, todos compartiendo ritos escénicos que articulaban la identidad ciudadana.

A unos pasos del teatro se encuentra el Anfiteatro, inaugurado el año 8 a.C., formando parte del mismo complejo monumental. Esta proximidad física refuerza la idea de un gran distrito dedicado al ocio público.

El anfiteatro, con su planta ovalada (126 × 102 metros) y aforo de unos catorce mil espectadores, acogía espectáculos muy distintos a los del teatro: luchas entre gladiadores, venationes (cacerías de fieras) y exhibiciones que mezclaban fuerza, destreza y dramatismo.

La arena presenta una gran fosa central, oculta bajo tarimas en época romana, utilizada para jaulas, maquinaria escénica y preparativos de los juegos.

Aunque visitamos ambos monumentos el mismo día, el contraste es radical: solemnidad y arte en el teatro; contundencia, violencia ritual y espectáculo masivo en el anfiteatro.

El teatro y el anfiteatro están integrados hoy en el Conjunto Arqueológico de Mérida, declarado Patrimonio de la Humanidad por su excepcional estado de conservación y por representar uno de los complejos romanos mejor preservados de Europa.

Lo que más nos sorprendió fue la viva relación entre estos monumentos y la Mérida contemporánea. A diferencia de otras ciudades donde las ruinas quedan aisladas, aquí los restos arqueológicos se encuentran totalmente integrados: caminos modernos que bordean basamentos romanos, jardines que rozan muros de opus caementicium, paneles explicativos que permiten entender cómo era la ciudad al completo. Es prácticamente imposible caminar sin toparse con un fuste, un arranque de arco o una inscripción latina.

Hay un momento que nunca olvidaremos: situarnos frente a la scaenae frons, imaginando el bullicio del público, el murmullo previo al inicio de una tragedia o una comedia. Este lugar no es solo arqueología: es un espacio vivo.

De hecho, la ciudad se preparaba para el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que se celebra cada verano, haciendo que el teatro recobre su función original, convirtiéndose quizá en el mejor ejemplo de continuidad cultural en un monumento romano.

Nuestro día en el área monumental nos enseñó que Mérida no solo alberga ruinas: custodia la memoria urbana de la Roma imperial. El Teatro y el Anfiteatro son dos piezas esenciales de esa historia, pero también son espacios donde pasado y presente conviven de forma extraordinaria.

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Cáceres, Mérida 1994 (3)

Desde Cáceres emprendimos una excursión de un día a Plasencia, ciudad fundada por Alfonso VIII entre 1186 y 1189 con el lema ut placeat Deo et hominibus (“para agradar a Dios y a los hombres”), concebida como una fundación estratégica y episcopal sobre el antiguo asentamiento de Ambroz. Su origen vinculado a la repoblación regia aún se percibe en su trazado amurallado y en la importancia de sus instituciones religiosas.

Plasencia mantiene amplios tramos de muralla medieval, con accesos como el postigo de Santa María, que conduce directamente al complejo catedralicio. Adentrarse en la ciudad intramuros es encontrarse con un casco antiguo lleno de vida, con plazas luminosas, soportales y un tejido urbano que conserva su carácter episcopal y señorial.

El gran protagonista de Plasencia es su insólito conjunto catedralicio: Catedral Vieja y Catedral Nueva, dos templos construidos en épocas diferentes pero adosados entre sí.

La Catedral Vieja, iniciada a principios del siglo XIII y completada en el XV, es un hermoso ejemplo de transición del románico al gótico, con su famosa Torre del Melón como sala capitular. Participaron en su construcción maestros como Juan Francés, Juan Pérez y Diego Díaz.

La Catedral Nueva, comenzada en 1498, responde al impulso artístico del gótico final y el renacimiento, con arquitectos de renombre: Enrique Egas, Francisco de Colonia, Juan de Álava, Diego de Siloé, Covarrubias y Rodrigo Gil de Hontañón. No llegó a completarse, lo que crea esa unión tan característica entre ambas, donde siglos de diferencia quedan a apenas unos centímetros.

A pocos minutos a pie del conjunto catedralicio aparece otra joya del patrimonio placentino: el Palacio del Marqués de Mirabel, el edificio civil más importante de la ciudad y símbolo de la poderosa Casa de Zúñiga.

Construido en el siglo XV por Álvaro de Zúñiga y Isabel Pimentel, Duques de Plasencia, este palacio exhibe un magnífico patio renacentista en dos alturas con arcos de medio punto y los blasones de la familia Zúñiga‑Mirabel. El interior conserva piezas arqueológicas romanas, azulejos procedentes del monasterio de Yuste y el célebre busto de Carlos V obra de Pompeo Leoni.

El palacio está unido al antiguo convento de Santo Domingo mediante un jardín colgante abierto a la plaza de San Nicolás, decorado con columnas y esculturas procedentes de Cáparra y Mérida. En su parte posterior destaca un balcón plateresco, único en Plasencia, pieza muy fotografiada por su elegancia y singularidad. Aunque hoy es propiedad privada de la familia Falcó, el edificio abre ocasionalmente al público y, casualidades de la vida, aprovechamos para visitar su interior, además de su imponente fachada y el cañón de acceso, que permiten hacerse una idea de su grandeza histórica.

La iglesia de San Vicente Ferrer es un anexo convento de frailes dominicos. De grandes proporciones, el segundo templo más grande tras la propia Catedral y muestra la riqueza y poderío que tuvieron los dominicos en la ciudad. Se encuentra sobre el terreno sacro de los judíos en la ciudad, ya que se encontraron restos de religión judía cuando se realizaron las obras de adecuación del Parador, fortaleciendo la tesis de que en ese espacio estaba la primera de las sinagogas de Plasencia. Además se encuentra anexa por el otro lado al Palacio de los Marqueses de Mirabel

Después de visitar las catedrales y acercarnos al Palacio de Mirabel, continuamos hacia la Plaza Mayor, animada y funcional, donde la torre del reloj marca el ritmo cotidiano. Entre calles estrechas, soportales y antiguos palacios episcopales, Plasencia muestra un carácter cercano, auténtico, que complementa bien la solemnidad de sus grandes monumentos.

En la Plaza Mayor de Plasencia, formando parte del conjunto de fachadas que rodean la plaza, se encuentra la Casa de Chocolate (o Casa del Chocolate), un inmueble catalogado como edificio singular dentro del casco histórico.

Plasencia es una ciudad para pasear sin prisa: para entrar en un claustro silencioso, admirar un capitel románico, o detenerse ante un balcón plateresco. El contraste entre lo religioso (las catedrales), lo nobiliario (el Palacio de Mirabel) y lo cotidiano (su Plaza Mayor) crea una experiencia equilibrada y memorable. Tampoco podía faltar la foto delante del Palacio de Justicia.

Visitar Alcántara es viajar directamente al corazón de la ingeniería romana. El pueblo, tranquilo y lleno de historia, se abre paso hacia su joya más célebre: el Puente Romano de Alcántara, una obra monumental del siglo II d.C., levantada bajo el mandato del emperador Trajano y obra del arquitecto Cayo Julio Lacer.

El puente impresiona desde cualquier ángulo: seis arcos gigantes, casi 200 metros de longitud y más de 58 metros de altura sobre el río Tajo, todo construido en sillería granítica que aún hoy conserva su majestuosidad. Caminar por su calzada es sentir el peso de dos milenios de historia bajo los pies, mientras el arco triunfal central recuerda su origen romano y su poder simbólico.

Los alrededores del puente ofrecen miradores perfectos para contemplarlo en toda su altura, especialmente al atardecer, cuando la luz dorada realza la piedra. Una vez cruzado, merece la pena pasear por el pueblo: el convento de San Benito, las callecitas silenciosas y la cercanía del Parque Natural Tajo Internacional completan una visita que combina paisaje, patrimonio y calma.

Nuestro día terminó con la sensación de haber estado en una ciudad viva, orgullosa de su historia y con un patrimonio que sorprende incluso al viajero más experimentado.

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Cáceres, Mérida 1994 (2)

Si algo define a Cáceres es la manera en que su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986, conserva un conjunto urbano capaz de transportar al viajero a siglos remotos. La ciudad monumental mantiene un extraordinario equilibrio entre estilos y épocas: romano, islámico, gótico septentrional y renacentista italiano se entrelazan en una armonía poco común, como señala la UNESCO. Este cruce histórico-cultural se percibe a simple vista en las murallas, torres, plazas y palacios que se suceden sin quiebros, componiendo uno de los cascos medieval‑renacentistas mejor preservados de Europa.

El recorrido natural comienza en la Plaza Mayor, centro de la vida civil desde la Edad Media. Aquí se alza la Torre de Bujaco, emblema de la ciudad y una de las cerca de treinta torres heredadas del periodo musulmán, muchas de ellas conservadas gracias a su sólida fábrica almohade. La plaza, escenario histórico y comercial durante siglos, está rodeada por casas señoriales, soportales y la muralla romana reforzada en época árabe, cuyos tramos pueden observarse desde distintos puntos del perímetro.

Cruzando el Arco de la Estrella (la entrada más reconocible al recinto monumental, abierta en el siglo XVIII sobre un acceso más antiguo) penetras en un trazado medieval irregular donde las calles estrechas, empedradas y sinuosas conservan la lógica defensiva de su origen islámico y románico.

El corazón del casco antiguo está constelado de palacios que narran la historia de los grandes linajes locales. Entre los más notables se encuentran el Palacio de los Golfines de Abajo, ejemplo sobresaliente de arquitectura nobiliaria con elementos góticos y renacentistas.

Ha sido propiedad de los Golfines desde el siglo XV hasta el fallecimiento de la última descendiente de este linaje, doña Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno y Seebacher, VIII Condesa de Torre Arias con Grandeza de España, Marquesa de Santa Marta y Marquesa de la Torre de Esteban Hambrán, primera presidenta de la Fundación que lleva su nombre.

Fue en el reinado de Enrique IV cuando comienza la primera fase constructiva levantándose una casa-fuerte, tan propia del Cáceres del siglo XV para defenderse de los ataques de otros nobles, hoy identificable gracias a los matacanes que defienden los laterales de su torre. El resto de la fachada corresponde a la segunda fase de edificación, la obra que comenzaba Alonso Golfín en el siglo XV se concluiría a principios del S XVI en tiempos de su hijo Sancho de Paredes Golfín, a quien se debe la finalización del edificio y su fachada plateresca.

El Palacio de las Veletas alberga el Museo de Cáceres y conserva un aljibe árabe excepcional. La casa es de finales del siglo XV, aunque tiene muchos elementos de las sucesivas reformas posteriores hasta el siglo XVIII, como las gárgolas y remates de cerámica esmaltada de la cubierta.

En el Museo se disfruta de un paseo por la historia de Cáceres. Paleolítico, Neolítico, fantásticas estelas de piedra de la Edad del Bronce, algunos mosaicos romanos, y salas de etnografía te esperan. El colofón es el aljibe.

La Casa del Sol y Casa de los Becerra, ambas con reminiscencias medievales y ornamentación heráldica que evoca las luchas de facciones de los siglos XIV y XV. La Casa Mudéjar, testimonio visible de la presencia artística de las comunidades cristiana, musulmana y judía que habitaron la ciudad.

Al recorrer Calle Ancha, Cuesta de Aldana, Calle Pereros o la recoleta Plazuela de la Monja, señaladas por el Ministerio de Cultura como espacios de especial valor dentro del recinto amurallado, el viajero percibe cómo se superponen estratos de historia desde época romana hasta el Renacimiento.

En la Plaza de Santa María se erige la Concatedral de Santa María, una mezcla de gótico y renacimiento que concentra buena parte de la riqueza espiritual y artística de la ciudad. Su interior, con retablos, frescos y capillas de distintas épocas, refleja la evolución religiosa de Cáceres desde la reconquista cristiana.

La Iglesia de San Francisco Javier se ubica en la Plaza de San Jorge. Su fachada con los dos grandes campanarios blancos, el frente barroco, las escalinatas que suben a derecha e izquierda formando una gran figura geométrica en piedra oscura hacen que parezca un rincón de Oporto traído a Cáceres.

San Jorge es el patrón de Cáceres desde 1229, cuando la ciudad fue conquistada por las tropas de Alfonso IX. Puedes rendirle homenaje o hacerte una foto con él en su famosa pose de “matador del dragón” en el centro de las escaleras que suben a la iglesia.

Muy cerca, la Iglesia de San Mateo, ubicada en otra de las plazas más bellas del casco antiguo según los estudios del Ministerio de Cultura, completa este triángulo sagrado en el que se visualiza la profunda transformación urbana tras la reconquista en 1229.

La Ermita de San Antonio se levanta sobre la antigua sinagoga del Barrio de San Antonio, que fue el corazón de la judería cacereña intramuros. El barrio está documentado como uno de los más antiguos y característicos de la ciudad medieval. Tras la expulsión de los judíos en 1492, muchas antiguas sinagogas fueron transformadas en templos cristianos, y este caso no fue una excepción.

La Casa y Torre de Carvajal data del siglo XV y se levanta junto a la Concatedral de Santa María. La fachada principal es de sillería granítica y destaca su portada en arco de medio punto. Sobre ella se encuentra el escudo de la familia Carvajal. Anexo al palacio se levanta una torre redonda, que se especula que es de origen árabe, de hecho, es el primer elemento que se construye en el del Palacio en siglo XIV, sobre otra torre preexistente.

El casco histórico sintetiza más de veinte siglos de historia, donde conviven restos romanos, huellas de la ciudad islámica y vestigios de la judería antigua. Las murallas, de origen romano y reorganizadas por los almohades, constituyen un ejemplo excepcional de fortificación medieval, reforzadas con torres albarranas como las del Horno, Santa Ana o Postigo.

Este crisol cultural imprime a Cáceres un carácter único: la Judería Vieja, accesible desde el adarve cercano al Arco del Cristo, recuerda la convivencia de comunidades hasta finales del siglo XV, mientras que palacios y conventos levantados en los siglos XV y XVI ilustran el auge de la nobleza local tras la pacificación del territorio.

La Casa de los Durán de la Rocha, ubicada en la Calle Rincón de la Monja, hace esquina con la Cuesta del Marqués, dentro del casco histórico intramuros de Cáceres.

Al caer la tarde, las plazas de San Jorge, San Mateo y Santa María se iluminan con una luz dorada que resalta la piedra berroqueña característica del casco antiguo. La percepción contemporánea coincide con la visión que ofrecen guías y artículos especializados: Cáceres es un auténtico museo al aire libre, donde cada callejuela ofrece una composición arquitectónica distinta y cada escudo, torre o cornisa cuenta un fragmento de su larga historia.

Caminar por este recinto no es solo un ejercicio turístico: es participar de una ciudad que ha sido ruta comercial, plaza militar, enclave fronterizo y sede de familias nobles, y que hoy conserva, como pocas en Europa, la memoria intacta de todas esas etapas.

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Cáceres, Mérida 1994 (1)

Aterrizamos en Cáceres en 1994 con esa curiosidad de viajero que te agudiza los sentidos. Nuestro “hogar” durante aquellos días fue el antiguo Hotel Meliá Cáceres, instalado en el Palacio de los Marqueses de Oquendo, un edificio del siglo XVI situado en plena Plaza de San Juan. Aquel palacio, rehabilitado a fondo en 1990 para recuperar su valor arquitectónico, pasó a ser hotel en los noventa y, ya en 2008, iniciaría su nueva etapa como NH Collection Cáceres Palacio de Oquendo.

El propio palacio rezuma historia desde la fachada almohadillada, donde se aprecian los escudos de Ulloa y Narváez, heráldica de los Marqueses de Oquendo, propietarios hasta 1980. Tras el zaguán, un patio sereno conserva un gran escudo marmóreo instalado en 1997 con las armas de Ovando, Flores, Cárdenas y Gutiérrez, enlazadas por la Cruz de Alcántara: un guiño a los linajes que habitaron aquí desde el XVII.

Dormir entre muros tan sobrios, con techos abovedados y piedra vista, era una forma íntima de entrar en la ciudad monumental. Al amanecer, la Plaza de San Juan se desperezaba con la silueta de la iglesia del mismo nombre, terrazas que se preparaban para el trasiego local y esa luz extremeña que lima los contornos de la piedra. La ubicación del palacio, a dos pasos de la Plaza Mayor y del Arco de la Estrella, nos ponía literalmente en la antesala del recinto intramuros.

Cáceres te atrapa rápido. Su Ciudad Monumental, reconocida por la UNESCO en 1986, conserva un conjunto urbano excepcional donde conviven huellas romana, islámica, gótica septentrional y renacimiento italiano; de las viejas defensas almohades quedan aún una treintena de torres, con la Torre de Bujaco como emblema. Pasear de la Plaza de San Juan a la Plaza Mayor y cruzar el Arco de la Estrella es, de facto, un salto en el tiempo.

La muralla divide el casco en dos ámbitos (intramuros y extramuros) y, al franquearla, emerge un rosario de palacios y templos: la Concatedral de Santa María, las casas solariegas (Golfines, Sol, Mudéjar), el Palacio de las Veletas o la propia Torre del Bujaco, todos en un estado de conservación que ha hecho de Cáceres uno de los conjuntos medieval‑renacentistas mejor preservados de Europa.

Ese primer atardecer entendimos por qué muchos hablan de la “luz dorada” de Cáceres: cae de lado, enciende los sillares y deja las plazas en penumbra suave. No necesitas un plan rígido; basta con dejarse llevar por Calles Ancha, Pereros o Cuesta de Aldana, destacados como rincones modélicos en su traza medieval.

Volver a la Plaza de San Juan al anochecer tenía su liturgia: atravesar los soportales, escuchar el rumor de las conversaciones, y sentarse a observar cómo la ciudad moderna se entiende con su pasado. En ese diálogo también participa el propio hotel: la prensa ha subrayado cómo el Palacio de Oquendo integra hoy hospitalidad y memoria, recordándote que aquí, más que dormir, habitas un capítulo de la historia local.

Y si algo nos quedó claro desde el primer día es que Cáceres no es solo piedra y silencio: su carácter mestizo, cristiano, musulmán y judío, explica su condición de Ciudad Patrimonio.

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Huelva, Sevilla 1993 (y 2)

El tercer día de nuestro viaje nos llevó a Sevilla, que nos recibió con un calor que no se olvida fácilmente. A pesar de las altas temperaturas, decidimos vivir la ciudad como se merece: con toda su intensidad.

Nuestra primera parada fue La Giralda, antiguo alminar almohade del siglo XII que, tras la reconquista, se transformó en campanario cristiano. Forma parte del conjunto monumental de la Catedral de Sevilla, una de las edificaciones góticas más impresionantes del mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad.

Su fachada monumental y su torre hacen de ella uno de los principales monumentos de Europa. Subir por las rampas interiores de la Giralda (en lugar de escaleras, como mandaba la tradición islámica para permitir el acceso a caballo) os permitió disfrutar de vistas panorámicas excepcionales de la ciudad.

Tras la catedral, nos dirigimos a la imponente Plaza de España, construida para la Exposición Iberoamericana de 1929. Con su forma semicircular, su canal, sus puentes y sus bancos decorados con azulejos, es un ejemplo majestuoso del estilo regionalista andaluz. Las arcadas, la cerámica y el edificio central conforman uno de los paisajes urbanos más impresionantes de España.

Se imponía una parada frente al lugar dedicado a nuestra Murcia. Aun bajo un sol intenso, la belleza del lugar compensa cualquier esfuerzo.

El día concluyó con la visita a la Basílica de la Macarena, templo neobarroco construido entre 1941 y 1949 y declarado basílica menor en 1966 por el papa Pablo VI. En su interior se encuentra la célebre Virgen de la Esperanza Macarena, una talla barroca del siglo XVII–XVIII profundamente venerada.

El templo se sitúa junto al Arco de la Macarena, uno de los pocos vestigios de la antigua muralla de Sevilla, por donde en su día entraban reyes y procesiones solemnes. Además, la basílica alberga un museo que expone mantos, joyas, enseres y pasos procesionales que reflejan más de cuatrocientos años de historia de la hermandad.

Fue el cierre perfecto a una jornada intensa, llena de monumentalidad y de ese carácter sevillano inconfundible.

Aquel día, agotador pero luminoso, cerró un viaje breve pero intenso, marcado por nuestra reciente boda y por la ilusión compartida de descubrir juntos lugares nuevos y paisajes diferentes.

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Huelva, Sevilla 1993 (1)

El verano de 1993 tuvo para May y para mí un significado especial: era nuestro primer viaje juntos (a la Sierra de Cazorla nos acompañó nuestra sobrina Aramar) tras casarnos a finales de junio. Con la mezcla de ilusión y romanticismo genuino de los inicios, decidimos volver a un lugar que yo ya conocía y apreciaba: Huelva y su entorno.

Dos años antes, en abril de 1991, había asistido en Punta Umbría al curso “Problemática industrial: su uso didáctico en la Educación Ambiental”, organizado por el Instituto Andaluz de Formación y Perfeccionamiento del Profesorado. Aquella experiencia, con treinta horas de trabajo y convivencia, me dejó un recuerdo magnífico del entorno: la ría, la luz, la costa, el olor a pinar y marisma.

Así que, recién casados, y con el ánimo de viajar a nuestra manera, nos alojamos en el Camping Aljaraque, uno de nuestros últimos viajes usando tienda de campaña. Fue simple, fue cálido, fue auténtico. Y fue perfecto para esa etapa.

Comenzamos recorriendo Huelva, redescubriendo su marisma, su ambiente marinero y su ritmo pausado. Caminamos por sus calles, disfrutamos del olor a sal y del calor húmedo del estuario. Como en todo viaje onubense que se precie, la gastronomía fue protagonista: pescados recién fritos, puntillitas, mariscos y ese sabor a Atlántico que distingue Huelva.

Después nos dirigimos a Punta Umbría, donde reviví recuerdos del curso de 1991. Volver con May hizo que el lugar adquiriera un brillo nuevo: ya no era solo un recuerdo profesional, sino parte de nuestra historia compartida.

Aprovechamos para acercarnos a la enigmática aldea de El Rocío, con sus calles de arena, sus casas blancas y el entorno marismeño del Parque de Doñana. Para dos recién casados, la atmósfera resultó tan extraña como inolvidable: calma absoluta, un santuario imponente y ese silencio que parece observarlo todo.

Terminamos la jornada en la Playa de la Bota, un arenal interminable y abierto al océano. Las olas golpeaban con fuerza y la luz del atardecer pintó la arena de cobre. Nos quedó pendiente un baño, pero el paseo por aquella costa ancha y ventosa valió por sí solo el día.

El segundo día lo dedicamos a cruzar el Puente Internacional del Guadiana, una frontera simbólica y luminosa que nos llevó directamente al Algarve portugués.

Nuestro destino era Faro, una ciudad histórica rodeada por la laguna de la Ría Formosa, uno de los humedales más importantes del país, con marismas e islas que forman un ecosistema protegido de gran valor natural.

Comenzamos nuestra visita en la Marina, donde las barcas, las terrazas y la cercanía de las aves de la Ría Formosa crean un ambiente relajado. Desde aquí parten los barcos hacia las islas del parque: Barreta (Deserta), Culatra, Armona, o la península de Ancão.

Cruzamos el Arco da Vila, puerta neoclásica del siglo XIX con la imagen de Santo Tomás de Aquino. Este arco se alza sobre una antigua entrada árabe del siglo XI, la Porta Árabe, único arco de herradura original que se conserva en el Algarve, integrado en la muralla del siglo IX construida por Ben Bekr, gobernador de la antigua Ossonoba

Una vez dentro de la Cidade Velha, caminamos por sus calles empedradas y blancas, que conservan la trama medieval. En esta zona se concentran los principales monumentos.

La Catedral de Faro (Sé de Faro), una mezcla de estilos gótico, renacentista y barroco, considerada uno de los monumentos más importantes de la ciudad. La Plaza de la Catedral (Largo da Sé) y sus edificios históricos, que forman la postal más reconocible del centro antiguo.

El Arco do Repouso, un antiguo acceso de la muralla vinculado a leyendas medievales y uno de los rincones más evocadores de Faro.

Las Torres Bizantinas, restos defensivos de los siglos VI–VII que muestran la superposición de culturas que forjaron la ciudad.

Faro nos regaló un día de historia, calma, luz y arquitectura, y el Algarve completó la jornada con su geografía de islotes, marismas y horizonte azul.

Después seguimos ruta por la franja algarvía, apreciando su paisaje: dunas, marinas, acantilados dorados y el ritmo costero tan característico de Portugal.

Regresamos a Huelva al atardecer, cansados, felices y con la sensación de estar inaugurando una larga vida juntos.

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Alpujarras 1993 (y 2)

El tercer día despertó silencioso, con un cielo limpio que anunciaba buen tiempo. Después de un desayuno sin prisas decidimos dirigirnos hacia Trevélez, uno de los pueblos más altos de España y una visita imprescindible en la zona.

El trayecto se convirtió en otro momento memorable: la carretera serpenteante nos regaló vistas espectaculares del barranco de Poqueira y de las montañas cercanas. Cada curva ofrecía un nuevo paisaje, y más de una vez alguien decía: “¡Parad el coche aquí, que esto hay que verlo!”.

Trevélez nos recibió con su habitual mezcla de autenticidad y calma. El pueblo se divide en tres barrios (bajo, medio y alto) y pasear por ellos es como recorrer un museo vivo al aire libre.

Visitamos algunas tiendas de jamones, donde el aire fresco y seco del lugar se convierte en aliado perfecto para el curado. El aroma era inconfundible, y no faltó quien hizo acopio de “recuerdos comestibles”. Unos, para ser degustados ese mismo día. Otros, para algún encargo realizado desde casa.

Desde los miradores, el paisaje era sobrecogedor: montañas majestuosas, casas blancas encaramadas a la pendiente y ese silencio que solo se escucha en los pueblos de alta montaña. El grupo se tomó su tiempo para disfrutar, charlar y dejarse llevar por el entorno.

Decidimos comer de regreso a Bubión. La mesa fue un festival: platos típicos de la zona, brindis improvisados y anécdotas que iban apareciendo una tras otra. El buen humor y la complicidad entre el grupo eran ya parte esencial del viaje.

Elena y José Antonio discutían qué mirador era el mejor; Paqui y Ginés contaban historias del trabajo que casi los deja sin viaje; May y Jose buscaban siempre el ángulo perfecto para las fotos. Y entre todos, un ambiente cálido, familiar y lleno de bromas.

Regresamos al atardecer, paseamos por las cercanías de la casa rural y disfrutamos de un descanso merecido. Fue una tarde tranquila, perfecta para reflexionar sobre el viaje, para conversar sin prisa y para sentir que esos días en la Alpujarra habían sido un verdadero regalo.

El viaje de vuelta lo hicimos por Guadix, pero en esta ocasión por un tortuoso camino que atravesaba la sierra pasando por el Puerto de la Ragua, completando así un recorrido diferente y variado. El paisaje cambió radicalmente: de las cumbres blancas pasamos a las tierras rojizas y onduladas de la zona, salpicadas de casas cueva que llamaron nuestra atención.

Mientras el coche avanzaba, el grupo recordaba los mejores momentos: Fuente Agria, las vistas desde Trevélez, las noches en la casa rural, las bromas, las fotos imposibles y esa sensación de paz que solo dan las montañas.

Fue un viaje corto, sí, pero lleno de momentos intensos. Cuatro días bastaron para desconectar, para respirar aire puro, para reír en buena compañía y para llevarnos un pedazo más de la Alpujarra en el corazón.

Hay viajes que se planean con mapas y rutas, y otros que se construyen con personas, momentos y emociones. Esta escapada a Bubión, en el corazón de la Alpujarra, pertenece sin duda a la segunda categoría. Cuatro días que, sin preverlo, se convirtieron en una pequeña pausa del mundo, un paréntesis de calma, amistad y naturaleza.

Al final, este fue más que una escapada rural. Fue un recordatorio de lo que importa: la compañía, la conversación, el aire limpio, las montañas silenciosas, los pueblos llenos de historia, los pequeños gestos que hacen grande un viaje.

Nos fuimos de la Alpujarra con la sensación de haber encontrado algo valioso: tiempo compartido, calma, belleza y la certeza de que volveremos.

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