La última gran etapa del viaje nos llevó a Trujillo, una ciudad que impresiona incluso antes de entrar en su casco histórico: aparece sobre un cerro granítico coronado por un castillo medieval y rodeada de un paisaje austero, luminoso y profundamente extremeño. Trujillo es, sobre todo, una ciudad de piedra e historia, donde cada palacio, cada arco y cada callejuela recuerdan que aquí nacieron figuras tan decisivas para la historia global como Francisco Pizarro y Francisco de Orellana.
El corazón de Trujillo es su Plaza Mayor, una de las más monumentales de España, renacentista, irregular y rodeada de soportales y palacios del siglo XVI.
En su centro se alza el símbolo indiscutible de la ciudad: la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, realizada en bronce por el escultor estadounidense Charles Cary Rumsey en 1925 y de seis mil quinientos kilos de peso. Es una imagen poderosa: Pizarro, sobre un caballo cubierto con armadura, apuntando hacia un horizonte que un día quiso conquistar. La obra, donada a Trujillo, tiene una réplica exacta en Lima, recordando el vínculo transatlántico entre ambas ciudades.
Desde la plaza se contempla un conjunto de palacios que forman un collar de piedra renacentista. El Palacio de los Duques de San Carlos, con galería porticada plateresca. El Palacio del Marqués de la Conquista, con su famoso balcón de esquina, mandado construir por Hernando Pizarro, hermano del conquistador.
El Palacio de Piedras Albas, con influencias florentinas y crestería gótica. y la Iglesia de San Martín, edificio gótico‑renacentista que da solemnidad al espacio.
Desde la Plaza Mayor comenzamos el ascenso hacia la parte alta del casco histórico, declarado Conjunto Histórico‑Artístico en 1962. Las calles empedradas serpentean entre casas solariegas que pertenecieron a familias vinculadas a la conquista de América. La Casa de Francisco Pizarro, una vivienda del siglo XV convertida hoy en museo. El Palacio de Juan Pizarro de Orellana, con patio plateresco y galería adintelada. La Casa Orellana, donde nació el descubridor del Amazonas. La Casa Chaves, Casa Hinojosa y Casa Escobar, que rodean una aljaba árabe del siglo X, un depósito de agua de 11 metros de profundidad que funcionó como baño público hasta 1935.
La subida al Castillo de Trujillo es un viaje directo a la Edad Media. La fortaleza, construida entre los siglos IX y XII, se asienta sobre una antigua alcazaba y conserva torres califales, aljibes y murallas que dominan todo el territorio circundante.
Uno de los momentos más emotivos del recorrido por Trujillo fue la visita a la Casa de Francisco Pizarro, el caserón del siglo XV donde nació el conquistador del Perú. El edificio, situado muy cerca de la subida al castillo, es una construcción sobria y maciza, con muros gruesos de granito y una estructura propia de la arquitectura doméstica extremeña de la Baja Edad Media. La casa ha sido transformada en museo, pero conserva buena parte de su autenticidad: patios interiores, escaleras de piedra desgastada y estancias austeras que hablan de una familia hidalga pero no opulenta. La visita permite comprender mejor el origen social de Pizarro, muy diferente del lujo y la monumentalidad que caracterizarían su vida posterior en el Nuevo Mundo.
También se muestran reproducciones de documentos, crónicas y escenas que contextualizan la compleja figura del conquistador: su ambición, sus contradicciones, su violencia y su legado histórico. No se trata de una exaltación, sino de una exposición que intenta situar al personaje en su tiempo y explicar el impacto que su figura tuvo tanto en España como en América. La visita a la casa añadió una dimensión humana a la monumentalidad de Trujillo: permitió entender que, detrás de los grandes palacios renacentistas y de la imponente estatua ecuestre de la Plaza Mayor, hubo un origen humilde, casi rústico, en una ciudad que aún conserva la esencia de aquel tiempo.
Trujillo no es solo una ciudad medieval con palacios renacentistas: es un punto clave para entender la historia atlántica. Desde aquí partieron expedicionarios cuyo impacto alteró la historia del mundo. La presencia de Pizarro, Orellana y sus linajes sigue impregnando la ciudad, no como apología, sino como rastro histórico indeleble.
La Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo es de estilo románico tardío, su construcción se inició en el siglo XIII, fue reconstruido y ampliado en los siglos XV y XVI en estilo gótico. Se cree que se edificó en el mismo lugar donde anteriormente existía la mezquita alhama de Torgiela musulmana que se utilizó hasta el siglo XIII. Tras la reconquista cristiana el 25 de enero de 1232 se consagró a la Virgen María en el misterio de su Asunción.
El campanario de la Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo hubo de ser reconstruido en el siglo XVI en estilo gótico prácticamente en su totalidad. En 1871 el campanario tuvo que ser demolido; a fines del siglo XX se decidió reconstruirlo, siguiendo fielmente grabados y fotografías de época.
El escudo del Athletic Club aparece esculpido a modo de capitel en su estructura. Tal como el astronauta o el dragón que come un helado que aparecen en la Catedral Nueva de Salamanca, es un añadido reciente: Antonio Serván, el artesano a cargo de realizar los cincuenta y ocho capiteles en piedra, decidió hacer del equipo de sus amores el colofón de su obra.
Finalizaba nuestro viaje por Extremadura. Esta comunidad autónoma nos mostró tres ciudades distintas (Cáceres, Plasencia y Mérida, culminadas por Trujillo) y cada una de ellas ofreció una manera diferente de mirar el tiempo. Con Trujillo se cerró el círculo: desde la antigüedad romana hasta la expansión atlántica, pasando por la Edad Media y el Renacimiento. Pocas regiones permiten un viaje tan completo.




































































































































































