La velada comenzó con esa luz dorada que cae sobre la Terraza Buenavista cuando el día empieza a retirarse sin prisa. Celebrábamos el santo de May allí, con el murmullo suave de las conversaciones y el aire templado de julio. Todo parecía dispuesto para una noche especial.
El Menú Rojo de Pablo González, en su tercera edición, se presentaba como una travesía en cuatro actos, cada uno con su propio ritmo, su propia intención, su propia forma de contar el atún rojo.
Comenzamos el menú con un aperitivo de bienvenida, consistente en una mantequilla de wasabi, mientras contemplábamos este nuevo espacio de universo Buenavista.
Zarpamos con los dados de atún rojo, impecables en corte y brillo, que llegaban casi helados por dentro, con esa textura tersa que solo se consigue cuando el producto es extraordinario. El gazpacho de jalapeños no era un golpe de picante, sino una caricia ardiente, un calor que se expandía sin dominar, mientras los matices cítricos -lima y algún toque de piel de limón- abrían el paladar y lo preparaban para lo que venía. Era un arranque fresco, vibrante, que equilibraba mar y huerta con una precisión casi matemática.
El tartar de atún rojo de cuchara elevó la complejidad. Aquí el atún se presentaba más graso, más profundo, mezclado con la grasa de vaca madurada, que aportaba un sabor umami intenso, casi de mantequilla animal, sin restar protagonismo al pescado. La yema de huevo, gelificada, actuaba como un hilo conductor que unificaba la mezcla, dándole untuosidad y suavidad. La sardina ahumada, en pequeñas láminas, aportaba un golpe salino y ahumado que despertaba el conjunto. Era un plato para comer despacio, para dejar que cada cucharada revelara un matiz distinto.
En Navegamos, el menú se volvió más técnico. El tataki de atún rojo estaba marcado con una precisión quirúrgica: apenas unos segundos por cada lado, dejando el interior rojo, vibrante, casi crudo. La velouté de col sorprendía por su delicadeza: una crema ligera, sedosa, con un punto dulzón que abrazaba el tataki sin cubrirlo. Era una combinación inesperada, vegetal y marina, que funcionaba como un diálogo tranquilo entre dos mundos.
El sashimi de ventresca era pura delicadeza. La ventresca, cortada en láminas gruesas, mostraba esas vetas de grasa que se funden en boca sin esfuerzo. La caponata de berenjena aportaba un contrapunto mediterráneo: dulzor, acidez, textura melosa. La salsa tonnata, reinterpretada, añadía una capa cremosa y ligeramente salina que unía el plato con una elegancia sorprendente. Era un sashimi que no se limitaba a ser sashimi: era una composición que jugaba con contrastes y armonías.
Con Encendemos los fuegos, el menú entró en su fase más golosa. El canelón de cola de atún rojo en escabeche era un guiño a la cocina tradicional, pero llevado a un terreno más fino. La cola, melosa y sabrosa, se deshacía dentro de una pasta delicada, mientras el escabeche, ligero, aromático, sin excesos de vinagre, aportaba profundidad y memoria. Era un plato que olía a cocina de siempre, pero que se sentía contemporáneo.
El ninyoyaki de solomillo de atún rojo adobado era el pase más juguetón. Esa masa esponjosa, casi de bocado, escondía un interior jugoso, con un adobo que recordaba a brasas, a cocina viajera, a mercados asiáticos. El contraste entre la suavidad del exterior y la intensidad del interior hacía que cada pieza fuera una pequeña sorpresa.
El morrillo de atún rojo a la bordalesa fue el momento más rotundo del menú. El morrillo, una de las partes más melosas del atún, llegaba cocinado con una técnica que respetaba su textura casi gelatinosa. La salsa bordalesa, profunda, oscura, con notas de vino y reducción, envolvía el pescado con una contundencia deliciosa. La patata panadera, la escarola y los rabanitos aportaban equilibrio: tierra, frescor, crujido. Era un plato que podría haber sido de invierno, pero que en pleno verano funcionaba como un abrazo cálido, perfecto para una celebración como la vuestra.
El último pase, Terminamos con el rojo, incluía un postre de chocolate y frutos rojos cerraba el menú con una mezcla de frescor y profundidad. El chocolate, en varias texturas, aportaba la parte golosa, mientras los frutos rojos (frambuesa, grosella, arándano) refrescaban y limpiaban el paladar. Era un final sencillo en apariencia, pero muy bien equilibrado, que dejaba un eco dulce y ligero.
La noche, celebrando el santo de May, se convirtió en una suma de detalles: el producto (el Atún Rojo de Fuentes) impecable, la técnica (del 2 Estrellas Michelin y 3 Soles Repsol, Pablo González Conejero) contenida, la narrativa del menú y la emoción de compartirlo. Un viaje rojo, marino, íntimo, que se vivió tanto como se degustó.











































































































































































