Menú Rojo de Pablo González

La velada comenzó con esa luz dorada que cae sobre la Terraza Buenavista cuando el día empieza a retirarse sin prisa. Celebrábamos el santo de May allí, con el murmullo suave de las conversaciones y el aire templado de julio. Todo parecía dispuesto para una noche especial.

El Menú Rojo de Pablo González, en su tercera edición, se presentaba como una travesía en cuatro actos, cada uno con su propio ritmo, su propia intención, su propia forma de contar el atún rojo.

Comenzamos el menú con un aperitivo de bienvenida, consistente en una mantequilla de wasabi, mientras contemplábamos este nuevo espacio de universo Buenavista.

Zarpamos con los dados de atún rojo, impecables en corte y brillo, que llegaban casi helados por dentro, con esa textura tersa que solo se consigue cuando el producto es extraordinario. El gazpacho de jalapeños no era un golpe de picante, sino una caricia ardiente, un calor que se expandía sin dominar, mientras los matices cítricos -lima y algún toque de piel de limón- abrían el paladar y lo preparaban para lo que venía. Era un arranque fresco, vibrante, que equilibraba mar y huerta con una precisión casi matemática.

El tartar de atún rojo de cuchara elevó la complejidad. Aquí el atún se presentaba más graso, más profundo, mezclado con la grasa de vaca madurada, que aportaba un sabor umami intenso, casi de mantequilla animal, sin restar protagonismo al pescado. La yema de huevo, gelificada, actuaba como un hilo conductor que unificaba la mezcla, dándole untuosidad y suavidad. La sardina ahumada, en pequeñas láminas, aportaba un golpe salino y ahumado que despertaba el conjunto. Era un plato para comer despacio, para dejar que cada cucharada revelara un matiz distinto.

En Navegamos, el menú se volvió más técnico. El tataki de atún rojo estaba marcado con una precisión quirúrgica: apenas unos segundos por cada lado, dejando el interior rojo, vibrante, casi crudo. La velouté de col sorprendía por su delicadeza: una crema ligera, sedosa, con un punto dulzón que abrazaba el tataki sin cubrirlo. Era una combinación inesperada, vegetal y marina, que funcionaba como un diálogo tranquilo entre dos mundos.

El sashimi de ventresca era pura delicadeza. La ventresca, cortada en láminas gruesas, mostraba esas vetas de grasa que se funden en boca sin esfuerzo. La caponata de berenjena aportaba un contrapunto mediterráneo: dulzor, acidez, textura melosa. La salsa tonnata, reinterpretada, añadía una capa cremosa y ligeramente salina que unía el plato con una elegancia sorprendente. Era un sashimi que no se limitaba a ser sashimi: era una composición que jugaba con contrastes y armonías.

Con Encendemos los fuegos, el menú entró en su fase más golosa. El canelón de cola de atún rojo en escabeche era un guiño a la cocina tradicional, pero llevado a un terreno más fino. La cola, melosa y sabrosa, se deshacía dentro de una pasta delicada, mientras el escabeche, ligero, aromático, sin excesos de vinagre, aportaba profundidad y memoria. Era un plato que olía a cocina de siempre, pero que se sentía contemporáneo.

El ninyoyaki de solomillo de atún rojo adobado era el pase más juguetón. Esa masa esponjosa, casi de bocado, escondía un interior jugoso, con un adobo que recordaba a brasas, a cocina viajera, a mercados asiáticos. El contraste entre la suavidad del exterior y la intensidad del interior hacía que cada pieza fuera una pequeña sorpresa.

El morrillo de atún rojo a la bordalesa fue el momento más rotundo del menú. El morrillo, una de las partes más melosas del atún, llegaba cocinado con una técnica que respetaba su textura casi gelatinosa. La salsa bordalesa, profunda, oscura, con notas de vino y reducción, envolvía el pescado con una contundencia deliciosa. La patata panadera, la escarola y los rabanitos aportaban equilibrio: tierra, frescor, crujido. Era un plato que podría haber sido de invierno, pero que en pleno verano funcionaba como un abrazo cálido, perfecto para una celebración como la vuestra.

El último pase, Terminamos con el rojo, incluía un postre de chocolate y frutos rojos cerraba el menú con una mezcla de frescor y profundidad. El chocolate, en varias texturas, aportaba la parte golosa, mientras los frutos rojos (frambuesa, grosella, arándano) refrescaban y limpiaban el paladar. Era un final sencillo en apariencia, pero muy bien equilibrado, que dejaba un eco dulce y ligero.

La noche, celebrando el santo de May, se convirtió en una suma de detalles: el producto (el Atún Rojo de Fuentes) impecable, la técnica (del 2 Estrellas Michelin y 3 Soles Repsol, Pablo González Conejero) contenida, la narrativa del menú y la emoción de compartirlo. Un viaje rojo, marino, íntimo, que se vivió tanto como se degustó.

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La noche más disco

El 15 de julio de 2026, la plaza de toros de Murcia amaneció con ese brillo especial que solo dejan las noches que se convierten en recuerdo. Porque lo de anoche, “La Noche Más Disco”, no fue solo un homenaje a la era del disco: fue, sobre todo, un viaje emocional hacia la historia viva del pop, guiado por dos de sus últimos guardianes, Jackie y Marlon Jackson, y acompañado por la sombra luminosa de quien ya no está pero sigue siendo omnipresente: el indiscutible rey del pop, su hermano Michael.

La velada comenzó con la energía contagiosa de Maizie Williams, que apareció envuelta en lentejuelas y con esa elegancia que solo tienen quienes saben que forman parte de la memoria colectiva del pop europeo. Su espectáculo, una ráfaga continua de éxitos de Boney M, encendió la plaza desde el primer compás.

“Sunny” abrió la noche como un disparo de salida. La banda sonaba compacta, cálida, con un groove que invitaba a moverse incluso a quienes aún estaban buscando su asiento. “Daddy Cool” y “Ma Baker” mantuvieron el ritmo alto, mientras “Gotta Go Home” y “Brown Girl in the Ring” transformaron el ruedo en una pista de baile improvisada.

Con “Rivers of Babylon”, la plaza se convirtió en un coro gigantesco; miles de voces cantando al unísono, creando un eco que parecía rebotar en las gradas como una ola. Y el cierre con “Rasputin”, acelerado, luminoso, explosivo, dejó al público en un estado de euforia perfecta para recibir lo que venía después.

Porque lo que venía después era historia.

Cuando Jackie y Marlon Jackson pisaron el escenario, la plaza entera se puso en pie. No era solo respeto: era la conciencia de estar ante dos piezas vivas de un legado que cambió para siempre la música popular. Porque hablar de The Jacksons es hablar de un linaje que nació como The Jackson 5 en los años sesenta, que conquistó Motown con armonías perfectas y coreografías milimétricas, y que más tarde redefinió el pop y el R&B con una mezcla de talento, disciplina y magia irrepetible.

Jackie, el mayor de los hermanos, conserva esa elegancia clásica, ese porte de artista que sabe que no necesita exagerar para dominar el escenario. Marlon, más eléctrico, más físico, más cercano, aporta la chispa que convierte cada movimiento en un guiño al pasado y cada gesto en una celebración del presente. Juntos forman un equilibrio perfecto: la tradición y la energía, la memoria y la vida.

El concierto de The Jacksons fue un recorrido por algunas de las canciones que definieron generaciones. Cada tema era un pedazo de historia, una puerta abierta a momentos que todos reconocían.

“Can You Feel It”: el arranque fue monumental. Ese himno, con su mezcla de épica y groove, convirtió la plaza en un coro gigantesco. Jackie marcaba el tempo con gestos amplios, y Marlon, siempre en movimiento, hacía que cada compás pareciera una invitación a unirse a la fiesta.

Con “Blame It on the Boogie” la plaza explotó. Es imposible escuchar ese ritmo sin moverse, y ellos lo saben. Las coreografías, perfectamente sincronizadas, recordaban a los grandes años de la familia en los escenarios.

“I Want You Back”, “ABC” y “The Love You Save” fueron pura nostalgia. Las primeras notas de “I Want You Back” provocaron un rugido que parecía venir de todas las edades a la vez. Jackie, con una sonrisa amplia, marcaba las armonías; Marlon, más juguetón, hacía pequeños guiños a las coreografías originales.

“Enjoy Yourself” es un tema que, en directo, se convierte en una celebración absoluta. La plaza bailaba como si el suelo fuese una pista de los años setenta. “State of Shock” supuso el momento más rockero de la noche. Jackie y Marlon se movían con una seguridad que demostraba que este repertorio no es solo memoria: es músculo, es presente, es vigencia.

Durante todo el concierto, el recuerdo de Michael Jackson estuvo presente. No como ausencia, sino como luz. Cada vez que su imagen aparecía en la pantalla del escenario (una sonrisa, un paso, un gesto, un fragmento de videoclip) la plaza estallaba en aplausos y vítores. Era un homenaje constante, delicado, respetuoso, pero también lleno de emoción.

Incluso se permitieron un lujo que pocos esperaban: interpretar “Rock With You”, uno de los primeros grandes éxitos de Michael en solitario. La plaza se volvió un susurro emocionado. Jackie tomó las armonías con una suavidad casi ceremonial; Marlon, más cálido, más cercano, dejó que la melodía fluyera con una elegancia que recordaba, sin imitar, la esencia del original. Fue un instante precioso, un puente entre lo que fue y lo que sigue siendo.

El cierre fue el que todos esperaban, el que convirtió la plaza en una tormenta de luz y movimiento. “Shake Your Body (Down to the Ground)” estalló como un trueno. Desde la primera línea de bajo, la plaza entera se convirtió en una masa en movimiento. Jackie marcaba las armonías con una precisión casi ceremonial, mientras Marlon (incansable, eléctrico, contagioso) dirigía al público como si fuera un director de orquesta del funk.

La banda aceleró el pulso, las luces giraron en espirales y los hermanos, perfectamente sincronizados, ejecutaron esos pasos que son parte del ADN del pop. No era nostalgia: era pura vigencia. Un recordatorio de que el estilo Jackson no es solo historia, sino una forma de estar en el escenario que sigue siendo insuperable.

Cuando llegó el último estribillo, la plaza rugió. Miles de voces gritando “Shake it!” al unísono, brazos arriba, móviles grabando, y esa sensación de comunión que solo se produce cuando una canción atraviesa generaciones. Jackie sonrió con esa serenidad elegante que lo caracteriza; Marlon, más efusivo, lanzó un último giro, un último gesto, un último estallido de energía que dejó al público completamente entregado. Cuando se esperaban los bises entendimos que el show había finalizado. Con todo, no hubo un corazón que no sintiera que acababa de vivir algo irrepetible.

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The Reflection Tour

Hay promesas que se firman con fuego y canciones que se convierten en contratos de fidelidad eterna. Pero anoche, en la Plaza de Toros de Murcia, esa promesa tomó una forma distinta: la de un artista que regresó a un escenario con la misma mezcla de nostalgia y elegancia británica que lo convirtió en icono. Cuando Rick Astley apareció sobre el ruedo, impecable con su camisa con motivos florales y con esa sonrisa que parece iluminar cualquier recinto, abrió la noche con Together Forever, y la plaza entendió de inmediato que estaba ante un acontecimiento, no ante un simple concierto.

El ambiente venía caldeado desde las 20:30, cuando OBK había encendido la mecha con un repaso vibrante a los himnos del tecno-pop español. A las 22:00, con el cielo murciano ya convertido en una bóveda de verano perfecta, Astley tomó el relevo y transformó la plaza en un auditorio pop de primera magnitud. Su voz, intacta, se desplegó con autoridad en Lights Out, y el público, una mezcla fascinante de veteranos de los ochenta y nativos digitales que lo conocieron por el fenómeno del Rickroll, respondió como si cada verso formara parte de su propia biografía.

La noche avanzó con un equilibrio perfecto entre nostalgia y renovación. Cuando sonó Dippin’ My Feet, del álbum Are We There Yet?, Astley demostró que su giro hacia el soul-pop no es un capricho tardío, sino una evolución natural. En Waiting On You y She Wants to Dance With Me, la plaza se convirtió en una pista de baile intergeneracional, mientras que Hold Me in Your Arms devolvió al ruedo ese romanticismo elegante que solo él sabe administrar sin caer en la cursilería.

La complicidad con su banda fue absoluta, pero el verdadero motor del espectáculo fue la cercanía del británico con la grada. Con el eco del reciente España–Bélgica flotando en el ambiente, Astley se arrancó varias veces con un «¡Olé, olé, olé!» que la plaza devolvió multiplicado. Entre canción y canción, desplegó un humor británico delicioso, riéndose de su edad, de su retiro voluntario para priorizar a su familia y de la carambola cósmica que lo convirtió en el meme más famoso de internet. Lejos de renegar del Rickroll, lo celebró como un puente generacional que lo mantiene vigente.

El tramo central del concierto fue pura energía. Dance y Cry for Help sonaron con una potencia que sorprendió incluso a quienes ya lo habían visto en directo. Keep Singing y Never Gonna Stop reforzaron esa idea de segunda juventud musical que Astley lleva años construyendo con paciencia y talento. Y cuando llegó Whenever You Need Somebody, la plaza entera se convirtió en un coro unánime, como si el tiempo no hubiera pasado desde 1987.

Uno de los momentos más celebrados llegó con Highway to Hell, donde Astley se colocó a la batería y desató un estallido colectivo. El medley As It Was / Juice confirmó que el británico sabe dialogar con la música contemporánea sin perder su esencia, y que su carisma funciona igual sobre clásicos del rock que sobre éxitos del pop actual.

El delirio absoluto, claro, quedó reservado para el final. En cuanto sonaron los primeros compases de Never Gonna Give You Up, la plaza se transformó en una marea de teléfonos móviles, brazos en alto y gargantas entregadas. No fue solo un cierre: fue una celebración colectiva de cuatro décadas de fidelidad, un recordatorio de que algunas canciones no envejecen, sino que se incrustan en la memoria cultural.

Rick Astley se despidió de Murcia bajo una ovación atronadora, dejando claro que su segunda juventud musical no es fruto de la casualidad, sino del talento, la naturalidad y una conexión con el público que sigue intacta. Fue una noche de pop vibrante, nostalgia bien entendida y, sobre todo, de un artista que demostró que el verdadero éxito no es no bajarse nunca del escenario, sino saber regresar a él para ser aún más feliz que antes.

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Premios del Supermanager 2025/26

Como recordamos en un post anterior, un equipo ha conseguido entrar en el top20 de la clasificación general del Supermanager 2025/26, «Amedeo Avogadro», con un total de 6.455,6 puntos. Su brillante temporada le supuso el triunfo, además, en varias ligas privadas, muchas de ellas patrocinadas por «gurús» del juego, así como un segundo puesto en una de las principales ligas privadas premium del SuperManager ACB 25-26, la Liga Privada oficial de Gigantes del Basket.

A mediados del mes de junio recibimos por agencia el premio que nos correspondía por ese segundo puesto.

Antes, casi a la finalización de la temporada del Supermanager, recibimos el juego que nos correspondió por ganar una prestigiosa liga privada que quedó fuera del radar de la ACB, en este caso la patrocinada por Territori Fonteta, un prestigioso medio de comunicación y comunidad de aficionados especializado en el seguimiento informativo del Valencia Basket.

El premio conseguido, la camiseta oficial de Valencia Basket, la recibimos en casa pocos días después.

Esperemos que la próxima temporada podamos volver a repetir triunfos como el de esta y, si es posible, la quinta victoria de jornada en el Supermanager ACB, que ya toca.

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Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar 2026 (y 3). Terraza Carmona 🌞

Volver a Vera siempre me ilusiona. Es como abrir una puerta que lleva años cerrada y descubrir que el aire sigue oliendo igual: a comienzos, a ilusión, a ese vértigo dulce del primer destino de trabajo. Allí aprendí, me equivoqué, crecí… y, con el tiempo, he terminado mirando todo aquello con un cariño que no se desgasta.

En ese mapa de recuerdos hay un lugar que brilla con luz propia: la Terraza Carmona. Alli pasé tardes de cañas y tapas con los compañeros, conversaciones que empezaban hablando de trabajo y acababan en risas y planes que nunca sabíamos si cumpliríamos. Ese rincón fue refugio, celebración y pausa necesaria.

Esta vez, la vuelta tuvo un significado distinto. Me senté a la mesa con May, con quien en pocos días celebro nuestro 33° Aniversario. Y de pronto, el regreso no fue solo nostalgia: fue un cruce de tiempos. El que fui, recién llegado a Vera, se encontró con el que soy ahora, acompañado de la misma persona que ha estado a mi lado en cada etapa, en cada cambio, en cada celebración.

Comer allí con May fue como cerrar un círculo. El pasado y el presente se dieron la mano, y yo pude mirar todo lo vivido con una gratitud serena: por lo que aprendí, por lo que quedó atrás y, sobre todo, por lo que sigo compartiendo con ella.

Para la ocasión elegimos el menú degustación «El Portalón», una propuesta concebida como un recorrido por los sabores, los productos y la identidad culinaria de Almería.

La experiencia comenzó con un guiño a la huerta almeriense a través de una delicada crema fría de tomate acompañada de jamón reserva de Serón. Un aperitivo sencillo en apariencia, pero capaz de resumir dos de los grandes tesoros gastronómicos de la provincia: la extraordinaria calidad de sus hortalizas y la tradición charcutera de la Sierra de los Filabres.

La primera sorpresa llegó con la tortillita de chanquete y algas fritas. Ligera y crujiente, ofrecía un interesante contraste entre el sabor marino de los pequeños peces y los matices salinos de las algas. Un bocado que conectaba directamente con el Mediterráneo y que preparaba el paladar para una sucesión de platos donde el producto local sería el auténtico protagonista.

Entre los clásicos de la casa destacó el rosco de pulpo al ajillo con espinacas salteadas, una elaboración que demuestra cómo la cocina tradicional puede mantenerse vigente cuando se trabaja con técnica y respeto por la materia prima. El pulpo aparecía tierno y jugoso, perfectamente integrado con los aromas del ajo y el contrapunto vegetal de las espinacas. La berenjena rellena de anchoas y gambas constituyó otro de los momentos destacados del menú. La combinación de la suavidad de la berenjena con la intensidad de las anchoas y el dulzor natural del marisco daba lugar a un plato equilibrado y profundamente mediterráneo, heredero de una cocina que históricamente ha sabido unir huerta y mar en una misma elaboración.

Uno de los aspectos más interesantes del menú fue el apartado denominado «Cocina con raíces», una degustación de recetas tradicionales almerienses que reivindica el patrimonio culinario de la provincia. Más allá del valor gastronómico de los platos, esta propuesta permite comprender la estrecha relación existente entre la cocina popular, el territorio y la historia de sus habitantes.

La sección dedicada al litoral almeriense alcanzó un nivel sobresaliente con el lomo de gallo Pedro horneado al aroma de Jerez, acompañado por tallarines de calamar, gamba roja y alga codium. El pescado, delicado y perfectamente cocinado, se enriquecía con un conjunto de matices marinos que aportaban profundidad sin eclipsar al protagonista. Se trataba de un plato elegante, técnicamente muy bien ejecutado y representativo de la cocina mediterránea contemporánea.

Tras un refrescante sorbete de cítricos, concebido como transición entre los sabores marinos y los platos de carne, llegó la propuesta procedente de las dehesas andaluzas: pluma ibérica cocinada a baja temperatura con setas silvestres y trufa. La textura melosa de la carne y la intensidad aromática de la trufa componían un final salado contundente y refinado, donde la larga cocción permitía apreciar toda la calidad del producto.

El apartado dulce mantuvo el nivel del resto del menú. La célebre Tarta Borracha de la casa, vinculada a antiguas recetas transmitidas por los Padres Mínimos, aportaba una interesante dimensión histórica a la experiencia gastronómica. Junto a ella, el bizcocho de dátiles y el buñuelo de chocolate con frutas naturales ofrecían un cierre equilibrado, sin excesos de azúcar y con protagonismo para los sabores tradicionales.

Más allá de la calidad individual de cada elaboración, lo que convierte al menú «El Portalón» en una experiencia recomendable es su capacidad para contar una historia. A través de sus platos desfilan la huerta, el mar, la sierra y las dehesas andaluzas, componiendo un relato gastronómico coherente que permite comprender la riqueza culinaria de Almería. Una comida pausada, elegante y profundamente arraigada al territorio que constituyó el broche perfecto para nuestra escapada por el Cabo de Gata y el Levante almeriense.

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Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar 2026 (2)

A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos dirigimos hacia Agua Amarga, uno de los rincones más elegantes y apacibles de toda la costa almeriense. Su nombre, relacionado con la existencia de antiguos manantiales de agua ligeramente salobre, aparece documentado desde hace siglos y refleja la estrecha relación entre el asentamiento humano y las difíciles condiciones ambientales de esta región semiárida.

Al llegar, nos encontramos con una amplia bahía de aguas tranquilas protegida por suaves colinas que descienden hasta el mar. Las casas blancas, perfectamente integradas en el paisaje, conservan la estética tradicional de los pueblos mediterráneos y crean una imagen de gran armonía visual. A diferencia de otros destinos costeros más urbanizados, Agua Amarga mantiene un carácter sereno que invita a pasear sin prisas por sus calles y su paseo marítimo.

Desde distintos puntos del pueblo es posible contemplar algunos de los rasgos geográficos más característicos del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar: la aridez extrema del terreno, la escasez de vegetación arbórea y las formas redondeadas de los relieves volcánicos modelados durante millones de años por la erosión del viento y del agua. Este paisaje, tan diferente al de otras zonas del litoral español, confiere a la zona una personalidad única.

Nuestra ruta continuó hacia Carboneras, población situada en el extremo oriental del parque natural. Históricamente vinculada a la pesca y a las actividades marítimas, Carboneras ha desempeñado un papel fundamental en el desarrollo económico de esta parte de la provincia. Su puerto, sus amplias playas y su animado ambiente urbano contrastan con la tranquilidad de los pequeños núcleos que habíamos visitado durante la mañana. La proximidad de espacios tan emblemáticos como la Playa de los Muertos o la Mesa Roldán recuerda la extraordinaria riqueza paisajística que caracteriza a esta franja costera.

Entre Carboneras y el Algarrobico encontramos una inesperada ciudad de piedra junto al mar. No figuraba en los mapas históricos ni aparecía en los libros de arte. Era una obra nacida de la paciencia y del equilibrio, construida piedra a piedra frente al Mediterráneo. Mientras contemplábamos aquellas estructuras efímeras comprendimos que, en ocasiones, los lugares más memorables no son los más antiguos ni los más monumentales, sino aquellos que surgen simplemente del deseo humano de crear belleza.

Nos encontrábamos en el llamado Templo Hippie de la Playa de la Galera. Todo comenzó alrededor de 2020, cuando Miguel Ángel («Ángel el Madrileño«), un policía local jubilado de Carboneras, empezó a apilar piedras en la playa como ejercicio de relajación y meditación. Lo que inicialmente fue una actividad personal acabó convirtiéndose en una auténtica obra de arte al aire libre.

Por aquel entonces, Miguel Ángel atravesaba una etapa en la que necesitaba desconectar y encontró en el sencillo acto de mover y equilibrar piedras una forma de concentración y tranquilidad mental. Día tras día fue ampliando las composiciones, añadiendo nuevas formas y creando senderos delimitados con guijarros.

Con el tiempo aparecieron torres de piedras equilibradas, figuras de animales, símbolos como el Indalo almeriense, piedras pintadas y grabadas, pequeños espacios de contemplación y mensajes relacionados con la paz, la naturaleza y la felicidad.

La ubicación no parece obedecer a ningún motivo religioso concreto. La Playa de la Galera es una cala tranquila, formada en gran parte por cantos rodados, situada entre Carboneras y la playa del Algarrobico. El abundante material pétreo disponible y la relativa tranquilidad del lugar la convertían en el escenario ideal para este tipo de creaciones.

Quizá lo más interesante es que la obra nunca está terminada. Los temporales destruyen parte de las estructuras, algunos visitantes añaden nuevas piedras y el propio Miguel Ángel reconstruye o modifica elementos constantemente. Por eso, quienes regresan meses después suelen encontrar un «templo» diferente al que vieron en su visita anterior.

Abandonando ya el ámbito del parque natural, nos dirigimos hacia Garrucha, localidad profundamente ligada a la actividad pesquera. Su puerto continúa siendo uno de los más importantes del litoral almeriense y constituye el corazón económico de la población. La fama de la gamba roja de Garrucha trasciende las fronteras provinciales y se ha convertido en uno de los grandes referentes gastronómicos de Andalucía oriental.

Pasear por el frente marítimo permite descubrir una localidad dinámica que ha sabido conservar su identidad marinera. Las embarcaciones que regresan al puerto, las lonjas y los restaurantes especializados en pescado y marisco recuerdan la importancia que el Mediterráneo sigue teniendo en la vida cotidiana de sus habitantes.

La última etapa de la jornada nos llevó hasta Vera, una de las poblaciones con mayor peso histórico del Levante almeriense. Aunque muchos viajeros la asocian principalmente a sus playas, la ciudad posee un notable patrimonio cultural. Tras la conquista cristiana de finales del siglo XV, Vera fue reconstruida en su emplazamiento actual después de que un terremoto destruyera gran parte del asentamiento anterior.

Su casco histórico conserva interesantes edificios religiosos y civiles que testimonian la relevancia que alcanzó la localidad durante la Edad Moderna. Pasear por sus plazas y calles permite descubrir una faceta menos conocida de la provincia de Almería, alejada de los paisajes volcánicos de Cabo de Gata pero igualmente vinculada a la historia y al desarrollo del litoral mediterráneo.

Con la visita a Vera concluyó nuestra escapada por la costa almeriense. En apenas dos días habíamos recorrido un territorio extraordinariamente diverso, donde volcanes extinguidos, arrecifes fósiles, pueblos pesqueros, miradores naturales y ciudades cargadas de historia se suceden a escasa distancia unos de otros. Un viaje que nos permitió comprender mejor la riqueza natural y cultural de uno de los espacios más singulares del Mediterráneo español.

Pero no nos podíamos ir de Vera sin aprovechar para comer en la Terraza Carmona…

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Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar 2026 (1)

Las circunstancias, nuestras circunstancias, impidieron realizar en la semana del 8 al 14 de junio de 2026 el ya planificado en varias ocasiones viaje a Navarra. Después de un complicado inicio de semana decidimos “intentar” disfrutar los días 11 y 12 de junio de una escapada por uno de los espacios naturales más singulares de Andalucía: el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. Establecimos nuestro campamento base en Las Negras, una pequeña localidad costera que conserva el encanto de los antiguos pueblos pesqueros y que se encuentra rodeada por un espectacular paisaje de origen volcánico.

Las Negras debe su nombre, según diversas teorías, al color oscuro de las coladas volcánicas que caracterizan buena parte de este tramo del litoral. Desde sus calles blancas y tranquilas, el Mediterráneo aparece enmarcado por abruptas montañas áridas que ofrecen una imagen muy diferente a la de otros destinos costeros españoles.

Nuestra primera caminata nos llevó hasta la Cala del Cuervo, situada a escasa distancia del núcleo urbano. El sendero discurre junto a los acantilados y permite contemplar la fuerza geológica que modeló esta costa hace millones de años. La cala, de aguas transparentes y ambiente tranquilo, constituye una excelente muestra de las pequeñas ensenadas escondidas que hacen tan especial este parque natural.

A la hora de comer nos decantamos por un arroz con bogavante en el Restaurante Sotavento, acompañado de sus correspondientes entrantes.

Tras la comida, y ante la imposibilidad de bajar a la playa por el viento reinante, decidimos dirigirnos a Rodalquilar, un antiguo núcleo minero cuya historia está estrechamente ligada a la explotación de oro durante buena parte del siglo XX. Muy cerca se encuentra El Playazo de Rodalquilar, probablemente una de las playas más espectaculares de Cabo de Gata. Su amplia extensión de arena dorada y su carácter relativamente aislado crean un entorno de gran belleza paisajística. En esta maravillosa playa no pudimos más que remojarnos los pies.

Por ello, decidimos acercarnos paseando a las ruinas del Castillo de San Ramón, fortificación defensiva construida en el siglo XVIII para proteger la costa de los frecuentes ataques de piratas berberiscos. Aunque el paso del tiempo ha dejado huella en sus muros, la silueta de la fortaleza continúa aportando un carácter histórico único al paisaje.

Mientras caminábamos junto a las ruinas descubrimos que el verdadero monumento histórico no era únicamente la fortaleza del siglo XVIII. Bajo nuestros pies aparecían centenares de fósiles incrustados en la roca, testigos silenciosos de un mar tropical desaparecido hace millones de años. Aquel paisaje, aparentemente árido y desolado, escondía una historia mucho más antigua que cualquier construcción humana.

De hecho, la zona de El Playazo de Rodalquilar y las ruinas del Castillo de San Ramón constituye uno de los lugares geológicamente más interesantes de todo el Parque Natural de Parque Natural Cabo de Gata-Níjar. Aquí confluyen dos elementos muy singulares: el origen volcánico de Cabo de Gata y la presencia de antiguos depósitos marinos repletos de fósiles.

Hace entre quince y siete millones de años, durante el Mioceno superior, gran parte de la actual costa almeriense se encontraba sumergida bajo un mar cálido y poco profundo. Mientras la actividad volcánica modelaba el relieve de Cabo de Gata, en el fondo marino se acumulaban sedimentos ricos en restos biológicos.

Con el paso de millones de años, esos sedimentos se compactaron formando rocas calcareníticas y areniscas calcáreas que hoy afloran en numerosos puntos de Rodalquilar. Caminando por los alrededores del castillo, en realidad estábamos pisando antiguos fondos marinos elevados posteriormente por movimientos tectónicos.

Los fósiles más frecuentes de la zona pertenecen a organismos marinos que habitaron aquellas aguas: moluscos bivalvos (similares a almejas y vieiras), gasterópodos marinos, fragmentos de erizos de mar, corales y organismos constructores de arrecifes y restos de algas calcáreas. En algunos estratos pueden apreciarse incluso concentraciones tan abundantes de conchas que la roca parece formada casi exclusivamente por fragmentos fósiles.

Uno de los momentos más memorables de la jornada llegó en el Mirador de la Amatista. Desde este balcón natural se obtiene una de las panorámicas más impresionantes del parque.

Los acantilados volcánicos descienden abruptamente hacia el mar, creando contrastes de colores que van desde los ocres y rojizos de la roca hasta los intensos azules del Mediterráneo. La vista permite comprender por qué Cabo de Gata es considerado uno de los mejores ejemplos de vulcanismo costero de Europa.

Tras disfrutar de las vistas desde el Mirador de la Amatista, continuamos la ruta hacia la Isleta del Moro, uno de los pueblos más emblemáticos y fotogénicos de Cabo de Gata. Su reducido caserío blanco se asoma a una pequeña bahía protegida por un islote de origen volcánico que da nombre a la localidad. El lugar conserva intacta su esencia marinera, con pequeñas embarcaciones de pesca descansando junto al puerto y un ambiente tranquilo que invita a detenerse y contemplar el paisaje.

La historia de este enclave está ligada a la presencia de piratas norteafricanos que frecuentaban estas costas durante siglos, circunstancia que dio origen a su peculiar denominación. Desde el paseo marítimo se obtienen magníficas vistas de los acantilados y de los arrecifes volcánicos que emergen del mar, configurando uno de los paisajes más característicos del parque natural.

Nos habíamos ganado un breve descanso para hidratarnos. Parecía que no pero, a pesar del viento, el sol se nos estaba pegando, y mucho, casi sin darlos cuenta.

La jornada concluyó regresando a Las Negras, donde nos dimos el primer baño en la piscina del hotel, pues el viento dominante ese día lo hacía imposible en cualquiera de las muchas calas que habíamos visitado. Más tarde pudimos disfrutar del ambiente relajado de sus terrazas y del sonido del mar al caer la tarde, tras cenar en una agradable pizzería. Entre paisajes volcánicos, antiguas fortificaciones, pueblos marineros y playas prácticamente vírgenes, este primer día nos confirmó que Cabo de Gata sigue siendo uno de los grandes tesoros naturales del litoral español.

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Supermanager 2025/26

Como ya es tradición, procedemos a dejar constancia de la finalización de una nueva temporada del Supermanager ACB. Como buen aficionado a las estadísticas son muchos los datos que guardaba de mis quince participaciones completas en el juego. Uno de ellos es la mejor clasificación histórica, un quinto puesto, conseguido en la pasada temporada.

En esta temporada, posiblemente más que en ninguna ocasión, han sido determinantes las modificaciones experimentadas en el juego en las últimas temporadas. Ya nos hemos acostumbrado a los viernes de cambios, sábados de cambios, domingos de cambios… Es lo que toca desde hace ya cuatro años, en los que nunca llega la hora del cierre definitivo.

Durante tantos y tantos años, la famosa «limitación de equipos» fue el mantra del Supermanager. Esta modificación vino con los cambios de interfaz y la introducción de la app. Para ser honestos, digamos que a los equipos de jomolni les hemos seguido añadiendo los de las «marcas blancas». Eso sí, siendo fieles al juego y haciendo, como siempre, que todos esos equipos disputen cada jornada con las máximas aspiraciones.

En esta ocasión, uno de ellos, asignado al usuario jomolnic, ha conseguido entrar en el top15 de la clasificación general tras varias semanas manteniendo un interesantísimo pulso con los mejores del juego en esta ocasión. Tras una sucesión de buenas jornadas, un poco antes del final de la primera vuelta el equipo Amedeo Avogadro alcanzó el top100.

Semanas más tarde, en la jornada 28, conseguía entrar por primera vez en el top20, alcanzando el puesto 19º.

Puesto 14º en la jornada 29, puesto 10º en las jornadas 30 y 31, el más alto conseguido.

Puesto 11º en la jornada 32, puesto 13º en la jornada 33 y, finalmente, ese puesto 14º definitivo. Obviamente, finaliza en el primer puesto de la clasificación de la Comunidad con sus 6.455,6 puntos, lo que implica una media de 18,99 puntos por jornada y jugador.

Este es el equipo con el que finalizó la temporada y consiguió retener esa brillante clasificación.

En cuanto a las clasificaciones parciales de cada jornada, en ocho ocasiones hemos finalizado en el top100, en siete en el top50, en cuatro en el top25, una en el top10 y una en el top5. La mejor clasificación la obtuvo el equipo Leyenda jubilada (jomoolni) en la jornada 23, ocupando la cuarta posición.

Y la mayor puntuación del año la ha obtenido el equipo Outlander (cobarri), con un total de 285,00 puntos en la jornada 29, incluyendo una valoración de 63,6 puntos de Mario Hezonja,

Tras el 34º puesto conseguido en la clasificación de bróker el año pasado, los resultados obtenidos en esta temporada no han sido nada brillantes, quedando el equipo Santa Elena (jomolni) en el puesto 113.

Para muchos, uno de los mayores alicientes del Superrmanager ERAN las ligas privadas. Tanto que muchos afirmaban que seguían jugando por ellas. Algo muy complicado en estas últimas temporadas.

En esta temporada he vuelto a participar en varias, algunas más que en pasados años. Unas, oficiales de equipos ACB; otras, las de los gurús del juego.

La brillante temporada del equipo Amedeo Avogadro le ha supuesto el triunfo en varias de ellas, algunas de enorme prestigio como las ligas de gurús del Supermanager, vs Víctor Colmenarejo, vs Enrique García, vs Pilar Casado, vs Sergio Martínez Urcelay, vs Jorge Medina, vs Javier Gancedo, vs Jordi Valle, vs cafederick, vs Noelia Gómez Mira, vs La Resistencia del Palau, vs Marc Castillo y vs Sergio Rabinal. También hemos alcanzado la segunda posición en algunas de las ligas de medios (Piratas del basket, Gigantes del basket OFICIAL). Terceros en la liga oficial del Casademont Zaragoza

Este año no sacamos dos privadas con bastante historia. Ni la dedicada al equipo de nuestra tierra, el que nos proporciona más éxitos y sinsabores, nuestro CB Murcia. Ni la Liga privada “West coast” que surgió en nuestro viaje por la Costa Oeste allá por diciembre de 2017.

Sí que haré mención a la Liga privada TERRITORI FONTETA, de este medio que sigue la actualidad de Valencia Basket, y en la que hemos terminado en primera posición.

Y también a la Liga oficial de Gigantes del Basket, una de las patrocinadas por la orgnización del juego, en la que hemos conseguido finalizar en segunda posición, con opción a premio final.

Termina el Supermanager. Ya estamos impacientes porque empiece la próxima edición de este emocionante juego.

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45º Aniversario del Club Deportivo Sanse

El Club Deportivo Sanse nació en 1981 en Alcantarilla, no en un despacho ni en una oficina, sino en los pasillos y aulas del IES Francisco Salzillo. Fue el sueño de un grupo de amigos que compartían estudios, risas y una pasión desbordante por el fútbol sala. Lo que comenzó como una ilusión juvenil pronto se convirtió en un proyecto deportivo que dejaría huella en la historia local.

Desde sus primeros pasos, el Sanse demostró que no solo jugaba con los pies, sino también con el corazón. En el campeonato local de Alcantarilla alcanzó tres subcampeonatos en distintas ediciones, quedándose a las puertas del título, pero ganándose siempre el respeto de rivales y aficionados. Cada final disputada, cada partido peleado hasta el último minuto, fue una muestra de compromiso y orgullo por unos colores que representaban mucho más que un equipo.

El crecimiento del club fue tal que llegó a contar con tres equipos: Sanse A, Sanse B y Sanse C. Una imagen imborrable quedó grabada en la memoria colectiva cuando dos de ellos disputaron una final entre sí. Aquella noche fue mucho más que un partido: fue la celebración de un proyecto compartido. El Sanse C se impuso al Sanse A, pero en realidad ganó el club entero, ganó la amistad y ganó la historia que estaban escribiendo juntos.

Durante varios años, el Sanse dio el salto a la competición federada, alcanzando la segunda división. Fue una etapa de esfuerzo, viajes, sacrificios y aprendizaje, donde el club demostró que podía competir más allá del ámbito local sin perder su esencia.

Y cómo olvidar los campeonatos de 24 horas, auténticas maratones de pasión y compañerismo. Entre madrugadas, bocadillos improvisados y celebraciones al amanecer, el Sanse cosechó numerosas victorias que hoy forman parte del recuerdo más entrañable de quienes vistieron su camiseta.

En 2026, el Club Deportivo Sanse celebra su 45º aniversario. Cuarenta y cinco años después de aquel inicio entre pupitres, el verdadero triunfo no se mide en trofeos ni en ascensos, sino en la amistad que perdura, en las historias compartidas y en el orgullo de haber formado parte de algo que trascendió el deporte.

Hoy, 45 años después, seguimos teniendo lo más importante: la amistad, los recuerdos y el orgullo de haber formado parte de algo que nos marcó para siempre. Por eso queremos hemos querido volver a vernos, aunque no hayamos vuelto a pisar la pista, pero sí a escucharnos gritar un gol del Sanse.

Por ello, el sábado, 16 de mayo de 2026 hemos celebrado una comida de hermandad posterior. Ha sido un reencuentro en el que recordar finales entre el Sanse A y el Sanse C, hablar de aquellos campeonatos y subcampeonatos que supieron a gloria, revivir las 24 horas, las madrugadas eternas y las victorias que celebrábamos como si fueran títulos mundiales.

Porque el Sanse no fue solo un club. Fue una… no una entidad, UNA FAMILIA. Y su historia sigue viva en cada recuerdo, en cada abrazo reencontrado y en cada conversación que comienza con un “¿te acuerdas de aquel partido…?”.

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Úbeda, Baeza, Jaén 2026 (y 10). Dama Juana ⭐

Viajar también es sentarse a la mesa. Y en Jaén, capital de una provincia que empieza a reclamar con fuerza su lugar en el mapa gastronómico, esa mesa tiene hoy un nombre imprescindible: Dama Juana.

El restaurante del chef Juan Aceituno, distinguido con una estrella Michelin, no propone simplemente una comida, sino una experiencia que conecta territorio, memoria y emoción desde el primer minuto. En él se rinde homenaje a la memoria de su abuela, Juana «La chucha«, una mujer valdepeñera que dejó una huella imborrable en su vida y en su pasión por la cocina. En palabras del chef, “con cada plato que servimos, buscamos transmitir las vivencias, las anécdotas y los sabores que compartí con ella, así como preservar y redescubrir los aromas y los gustos de la cocina tradicional de la región”.

Ese primer minuto no ocurre en el comedor. Ocurre en la cocina. Allí nos reciben, entre fogones y miradas cómplices del equipo, rompiendo cualquier distancia previa. Es un gesto poco habitual y muy revelador: aquí no hay solemnidad impostada, sino cercanía y verdad. En ese espacio vivo, donde todo empieza, degustamos los dos primeros pases del menú, entendiendo desde el principio que la experiencia en Dama Juana se vive desde dentro.

Dama Juana es el resultado de un camino largo y meditado. Juan Aceituno ha construido su cocina a partir del respeto absoluto por el producto, el recetario andaluz y la tradición jienense, pero expresados con un lenguaje contemporáneo, preciso y lleno de sensibilidad. El nombre del restaurante no es fortuito: hay algo profundamente maternal en su forma de cocinar, en esa idea de nutrir, de cuidar y de contar quiénes somos a través del sabor. El servicio acompaña esa filosofía con una profesionalidad impecable y, al mismo tiempo, cercana. Todo fluye con naturalidad, sin discursos encorsetados ni explicaciones excesivas, con un equilibrio difícil entre rigor y calidez que permite disfrutar sin tensiones.

Elegimos el Menú Madre, una propuesta que funciona como columna vertebral del proyecto y que rinde homenaje al origen, al producto y a la memoria culinaria. Se compone de tres aperitivos, dos entradas, un pescado, una carne y un postre.

Nuestra experiencia comenzó con un Saam vegetal, colamansi y flores, fresco y aromático, que juega con el contraste entre la acidez cítrica y la fragilidad vegetal. Un bocado delicado, ligero, casi etéreo, perfecto para abrir el apetito y afinar el paladar.

A continuación, la Brandada de bacalao y pimiento rojo asado nos llevó a un registro más reconfortante: cremosa, profunda, con el equilibrio justo entre la salinidad del bacalao y el dulzor ahumado del pimiento. Cocina de raíz llevada a un punto de precisión contemporánea sin perder alma.

Ya en mesa, el Calamar de potero aliñado y frito fue uno de los grandes momentos del menú. Producto extraordinario, fritura impecable y aliño sutil. Un plato que parece sencillo hasta que se prueba, y que demuestra que la alta cocina también puede ser directa y honesta.

Para acompañar a los primeros platos elegimos en esta ocasión un vermouth francés, La Quintinye, de color elegante y brillante, que presenta en nariz una gran complejidad aromática, donde se combinan botánicos y especias con notas de hierbas aromáticas, piel de cítricos, vainilla y flores, sobre un fondo vinoso refinado. En boca es sedoso y equilibrado, con un inicio ligeramente dulce que da paso a un amargor fino y bien integrado, destacando sabores de especias, plantas balsámicas y un toque vínico distintivo. El final es largo, sofisticado y fresco, con recuerdos herbales persistentes.

La Ensalada mixta, lejos de ser un alto en el camino, reafirma el discurso del restaurante: producto de huerta tratado con respeto, equilibrio y limpieza de sabores. Nada sobra, nada falta. Estéticamente perfecto.

Más compleja e intensa resulta la Cuajada de pichón y anguila ahumada, un plato que mira de frente a la cocina gastronómica. Profundo, elegante, con contrastes bien medidos y un ahumado que suma carácter sin imponerse.

Para la ocasión elegimos un tinto de la Ribera del Duero, Cabeza Lobera, de color rojo cereza intenso con ribete granate. En nariz muestra aromas limpios y expresivos de fruta negra madura, mora y ciruela, acompañados de toques especiados, vainilla y un fondo tostado procedente de la crianza. Estructurado y equilibrado en boca, con taninos firmes pero bien integrados, buena acidez y un paso amplio y sedoso. El final es largo y persistente, con recuerdos frutales y notas de madera noble. Un Ribera del Duero con carácter y armonía, ideal para carnes rojas y guisos tradicionales.

La Urta con consomé anisado de sus espinas es pura sutileza. El pescado, en su punto exacto, se acompaña de un caldo delicado que habla de aprovechamiento, técnica y sensibilidad aromática. Un plato sereno y muy bien ejecutado.

Como plato principal, la Costilla de cordero asada, lenteja de Puy y tubérculos aporta estructura y contundencia. Carne melosa, llena de sabor, respaldada por la nobleza de la lenteja y una guarnición que acompaña y equilibra sin distraer.

El cierre dulce llega con Bella Helena, un postre elegante y bien pensado, más emocional que efectista, que pone el punto final al menú con coherencia y ligereza.

Los petit fours prolongan el placer con un arroz con leche cremoso y dulces típicos, servidos junto a una infusión de flores de guisante y un café, casi una infusión de café, elaborados en el momento. Pequeños detalles que confirman que, en Dama Juana, el final de la experiencia recibe la misma atención que el primer bocado.

Durante todo el recorrido, Juan Aceituno está presente. Se acerca, pregunta, explica con naturalidad y escucha. Su trato es cercano, sincero, casi familiar. Da la sensación de que solo le falta sentarse contigo a la mesa para compartir la conversación. Y esa presencia, lejos de resultar protagonista, suma humanidad al conjunto.

Dama Juana no es solo un restaurante con estrella Michelin en Jaén; es un relato bien construido, una cocina con raíces profundas y una experiencia que se vive con calma, desde la cocina hasta el último sorbo.

Salimos con la sensación de haber entendido mejor el territorio y con el deseo inevitable de volver, porque hay viajes que se recuerdan por lo que se ve y otros, los mejores, por lo que se saborea.

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