Nuestra primera escapada tras la maravillosa experiencia de nuestro viaje a Marruecos tuvo como destino Cuenca. Finalizada la jornada laboral pusimos rumbo a esta ciudad castellano manchega a la que llegamos a media tarde para alojarnos en el Hotel Alfonso VIII, en pleno centro urbano, junto al Parque de San Julián. Tras hacer el check in, teníamos el tiempo justo de dar un primer paseo por la ciudad antes de cenar en el restaurante del hotel, ubicado en su terraza, con unas estupendas vistas y con una maravillosa cocina.
En nuestra primera mañana en la ciudad nos dirigimos a la Catedral de Santa María y San Julián atravesando la Plaza Mayor, que era la antigua Plaza de Santa María, debido a su antiguo nombre y al comercio que se ofrecía en aquella época en el que se celebraba un mercado semanal de venta de capachos, esteras, serones y los pescados provenientes de los ríos de la ciudad, principalmente el Júcar (en la época de los romanos se conocía como río Sucro). También fue conocida como plaza del Rollo o de la Picota, pues en ella tenían lugar los castigos públicos. La Plaza Mayor fue el escenario de subastas, procesiones o corridas de toros. Esta plaza se encuentra rodeada de edificios de fachadas de colores, entre los que destaca el Ayuntamiento de estilo barroco y con tres arcos de medio punto, el Convento de las Petras y la impresionante catedral de Cuenca. Además, adosado a la catedral, está el palacio Episcopal que alberga el Museo Diocesano.

La Catedral fue el primer edificio que se construyó en Cuenca tras la reconquista. Se trata de un edificio que, salvo peculiaridades y simplificaciones, se puede incluir en la categoría de Primer Gótico francés, es decir, perteneciente a esa corriente del siglo XII previa al gótico clásico. En el momento de comenzarse a construir la catedral, el estilo imperante en los reinos cristianos era todavía el románico, por lo que no nos debe extrañar que fueran los extranjeros de la corte del rey Alfonso VIII quienes introdujeran los aires góticos en esta catedral.
El exterior destaca por su enorme fachada gótica que tuvo que reconstruirse en el siglo XX, debido a un derrumbe y aunque el exterior impresiona, el interior no se queda atrás con sus más de 20 preciosas capillas, el Coro, la Sacristía Mayor, la Sala Capitular, el Claustro, el Arco de Jamete y la Torre del Ángel.
Nos dirigimos después al Puente de San Pablo, sin duda el mejor punto para sacar la foto más típica de las Casas Colgadas. Este puente, construido en hierro y madera en el año 1902, reemplazó otro antiguo puente de piedra del siglo XVI, que se derrumbó. Además de las impresionantes vistas de las casas de la parte antigua de Cuenca, este puente permite cruzar el río Huécar por la parte más alta gracias a sus sesenta metros de altura.
En plena Hoz del Río Huécar, encima de la carretera que lleva al pueblo de Palomera y justo al otro lado del Parador de Turismo, como si de un cuento de hadas se tratara, se encuentran las Casas Colgadas. Su arquitectura es gótica, y responde a los estándares típicos y populares de otras construcciones conquenses. Es un auténtico símbolo de la villa de Cuenca. Las Casas Colgadas no dejan indiferente a nadie. En el año 2016 fueron declaradas Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento, título más que merecido.
Del conjunto de estas casas sólo tres son visitables: la casa de la Sirena, que aloja un mesón donde degustar la tradición, y las Casas del Rey, que permiten observar elementos originales de construcción en su interior, como la viguería de madera y que albergan, para deleite de todos, «el más bello pequeño museo del mundo”: el Museo de Arte Abstracto Español.
La primera mención de este monumento histórico se remonta al pintor flamenco Antón Van Den Wyngarede, de 1665. En este cuadro se puede ver toda la cornisa de San Martín y la sucesión de los balcones. Se construyeron entre el siglo XV y XVI, aunque su origen es ciertamente desconocido. Algunos afirman que son de origen musulmán y otros, medieval.
Debido al paso del tiempo y su inaudita edificación de arquitectura gótica, muchas fueron derribadas o se cayeron y solo quedan las tres que conocemos actualmente, que compró el Ayuntamiento de Cuenca en los años 20 del siglo pasado para restaurarlas.
En la actualidad, se sustenta con vigas de pino, mampostería y yeso principalmente. Si nos fijamos en la fachada, veremos los adornos de sillería, aparte de las características rejas de los balcones. Sin embargo, lo curioso es que los balcones colgados, se construyeron mucho después que la casa en sí. Fue en 1927 cuando se instalaron y se convirtieron en un referente.
La variedad de nombres de este monumento histórico de Cuenca resulta curiosa. Lo cierto es que la denominación de “Las casa de los Reyes” se origina debido a que era donde se hospedaban los monarcas en sus visitas. Y pese a que eran conocidas por albergar a reyes, fueron lugar de acogida para personas pobres durante muchos años. Tanta fue su fama, que incluso la casa de la moneda y timbre utilizó las casas colgadas. Lo hizo para imprimirlas en una moneda de las antiguas pesetas, quedando en la actualidad como galería del coleccionista. En cuanto a la casa de la sirena, hay una leyenda que lleva siendo contada desde el siglo XVI. La conocida historia se centra en Catalina, una bella dama habitante de Cuenca, que quedó embarazada del Infante Don Enrique. Este luego se convertiría en el rey Enrique II de Castilla. Recluyó a Catalina y a su hijo para que nadie se enterara, hasta que mandó matar a su hijo. La leyenda dice que Catalina gritaba por su hijo hasta que un día se tiró por la Hoz sin soportar el dolor. Los habitantes de Cuenca decían que aún después de tirarse, se la seguía escuchando. Y que esos gritos se asemejaban al llanto de una sirena.
El Museo de Arte Abstracto Español es el resultado de la generosa iniciativa de Fernando Zóbel, que contó desde el principio con la valiosa colaboración de Gustavo Torner y Gerardo Rueda, junto a la de otros artistas. Constituyó una iniciativa pionera, ya que, hasta la década de los ochenta del siglo pasado, España apenas contaba con instituciones dedicadas a coleccionar y exhibir públicamente arte contemporáneo (abstracto, en este caso) en condiciones museográficas modernas.
En ese contexto, la creación de un museo por unos artistas fue toda una sorpresa. Y se entiende que lo fuera, pues se trataba de un verdadero artist-run space, una expresión que entretanto ha hecho fortuna precisamente para definir los espacios creados por artistas en Europa y Estados Unidos a partir de la década de los sesenta, que son aquellos con los que la iniciativa conquense guarda mayor similitud: el museo fue, sobre todo, un lugar enteramente concebido, creado y sostenido por artistas. Que, además, naciera al margen de la política cultural oficial de un país que aún tardaría diez años en vivir en un régimen democrático, en unos espacios muy singulares cedidos por el ayuntamiento de una pequeña ciudad de provincias atrajo rápidamente la atención de todo el mundo.
Pronto se convirtió enseguida en un referente en el panorama museístico nacional e internacional. Por supuesto, por el arte, una selecta colección de pinturas y esculturas comprendidas entre los años cincuenta y ochenta del siglo pasado, pero también por el edificio histórico que la acoge.
En 1980, Fernando Zóbel donó a la Fundación Juan March su colección de pintura, escultura, dibujo y obra gráfica, así como su biblioteca personal y un conjunto con sus diarios y más de ciento treinta cuadernos de apuntes. Desde entonces, la Fundación es titular del museo y responsable de la preservación y actualización del legado recibido, que ha enriquecido con sus propios fondos y con nuevas adquisiciones.


































