Tras la comida nos dirigimos a la Ciudad Encantada, situada en un extenso pinar en medio de la Serranía de Cuenca, cerca del pueblo de Valdecabras, uno de los más bellos parajes calcáreos creado por los caprichos de la naturaleza. En un laberinto de formaciones rocosas aparecen fantásticas figuras bautizadas por la imaginación popular con nombres de animales y objetos.
Todo el recorrido está señalizado, resultando su visita un agradable paseo. Con sus puentes calles plazas y moradores pétreos esta ciudad imaginaria fue declarada Sitio Natural de Interés Nacional el 11 de junio de 1929. Su formación geológica se remonta a la Era Secundaria.
La Ciudad Encantada se sitúa en la comarca más húmeda de la provincia, muy variada y de complicada topografía, donde los ríos han labrado profundos valles que la fragmentan en una serie de mesetas «muelas» y cumbres más o menos planas, alternadas por profundos valles denominados «hoces» de increíble y sorprendente belleza, labrados por los ríos, Júcar, Escabas, Cuervo y Guadiela.
Las formaciones más representativas que podemos encontrar se encuentran todas indicadas con un cartel identificativo, entre las que destacan El Tormo Alto, un monolito de veinte metros, milagro o juego de equilibrio, emblema de la Ciudad Encantada. El perro, guardián de una ciudad petrificada, asemeja un fox terrier.
La Cara del hombre, un monumental busto de nariz aguileña y boina. El Puente romano, un arco Horadado en la roca, arquitectura natural. La foca, una enorme figura imaginaria que representa una foca haciendo juegos malabares con su hocico.
Los Osos, unos enormes pedruscos que recuerdan dos osos. El tobogán, un estrecho y largo callejón rocoso de varios desniveles. El mar de piedra, una plana y extensa superficie rocosa donde la erosión del agua creó formas que simulan olas y ondas marinas.
La Lucha del Elefante y el Cocodrilo, unas enormes y caprichosas rocas que asemejan la encarnizada lucha de un elefante que lanza su trompa a las fauces de un cocodrilo. El Hipopótamo, una inmensa roca zoomorfa que recuerda un hipopótamo.
El Convento, un arco ojival en una pared rocosa nos transporta a la edad media. Los Hongos, enormes bloques de piedra asemejan hongos gigantes entre los pinos. La Tortuga, la abertura en lo alto de una inmensa roca parece una tortuga con su cabeza fuera del caparazón.
Los Amantes de Teruel, bloques de roca que parecen los bustos de un Hombre y una mujer intentando besarse. Los barcos, tres enormes moles de piedra, una flota invencible anclada en la sierra.
De vuelta a la ciudad, a las afueras del pueblo de Villalba de la Sierra, encontramos el Mirador del Ventano del Diablo, un imponente balcón abovedado excavado en la roca por la mano del hombre, con unas espectaculares vistas al cañón del Río Júcar, cuyas aguas frías y cristalinas avanzan alegres y sinuosas precipitándose a su encuentro con la ciudad de Cuenca.
Desde aquí arriba es fácil ver el elegante vuelo de los buitres leonados que habitan en los roquedos colindantes, pero el verdadero protagonista es un Río Júcar limpio, transparente y bellísimo que se pierde en la inmensidad del abismo, allá donde acaba la frondosa pinada.
Ya en Cuenca, paseamos por los alrededores del hotel y aprovechamos para tapear en una céntrica calle.








































