Galicia 1991 (1)

Aquel martes 26 de marzo de 1991 comenzó antes de que amaneciera, con los últimos premiados en la sesenta y tres edición de los Premios Óscar, que tuvo como gran triunfadora a «Bailando con lobos», ganadora de siete premios, incluyendo Mejor Película y Mejor Dirección para Kevin Costner.

Recuerdo especialmente a May aquella madrugada. Mientras cargábamos el coche en silencio, todavía con el sueño pegado a los gestos, su presencia me transmitía una calma serena. No hacía falta hablar mucho: bastaba una mirada cómplice para saber que aquel viaje no era solo un desplazamiento geográfico, sino una experiencia que estábamos empezando a construir juntos.

Buena y Ara aportaban ese punto de energía distinta, complementaria. Entre los cuatro se creó desde el inicio una dinámica natural: comentarios prácticos, bromas suaves para espantar el cansancio, silencios compartidos que no resultaban incómodos. May iba sentada a mi lado, atenta al camino, señalando detalles del paisaje cuando la luz comenzaba a insinuarse. Buena y Ara, delante, alternaban conversaciones animadas con momentos de recogimiento, creando un ambiente equilibrado, familiar, dentro del coche.

Murcia aún dormía cuando cargamos el coche y emprendimos camino hacia el norte. Íbamos May y yo, junto a Buena y Ara, con esa mezcla de expectación y cansancio que solo tienen los viajes largos iniciados de madrugada. Recuerdo el silencio de las primeras horas, roto apenas por la radio baja y por la sensación de estar saliendo, no solo de casa, sino de lo cotidiano.

A media mañana, el Alto de los Leones nos recibió cubierto de nieve. No era una nevada violenta, pero sí suficiente para transformar el paisaje en algo casi irreal. Nos detuvimos allí, abrigados, contemplando aquella frontera natural entre mesetas, conscientes de que el viaje empezaba a adquirir un tono especial. La carretera, el frío y la luz blanca nos hicieron sentir lejos de todo muy pronto.

Ávila fue nuestra primera gran parada cultural. Las murallas, recias y perfectamente recortadas contra el cielo, nos impresionaron por su sobriedad. Todos los datos alrededor de ellas son abrumadores. Desde su antigüedad, más de dos mil años, hasta sus dimensiones con dos mil quinientos dieciséis metros de longitud, sus ochenta y siete torreones, nueve puertas de acceso y un grosor de los muros de tres metros.

Entramos por la puerta de San Vicente (Casa de las Carnicerías), imaginando siglos de pasos antes que los nuestros. Sorprende que aún permanezca en pie esta construcción que tiene su origen en el siglo I a.C. cuando los romanos erigieron las primeras murallas. A lo largo de los siglos han sufrido restauraciones y cambios, pero sin alterar demasiado el diseño que tenía en la Edad Media. El trazado actual data del siglo XI pero se aprovecharon partes de la muralla romana. Como detalle curioso, el cimborrio de la catedral quedó incrustado dentro de las murallas cuando fue erigida en el siglo XII.

La catedral de Ávila sorprende por su aspecto de castillo o fortaleza en el exterior y por un bellísimo interior. Está considerada la primera catedral gótica de España y su construcción comenzó en el año 1172. Al traspasar la puerta principal llama la atención inmediatamente el color de la piedra con la que está construida. Este granito llamado caleño tiene la peculiaridad de tener un veteado de color rojizo por lo que se le conoce como sangrante. Austera y poderosa, nos llevó hasta la capilla de Santa Teresa, donde el silencio parecía tener peso propio.

En la Basílica de San Vicente, románica y solemne, sentimos esa mezcla de recogimiento y admiración que solo provocan los lugares que han resistido intactos al tiempo. Situada fuera de las murallas de Ávila, su exterior es una mezcla de estilo románico y gótico. Su construcción se inició en el siglo XII en honor a tres hermanos que fueron martirizados en el siglo IV.

Lo más interesante del exterior de la Basílica de San Vicente son sus bellísimos ábsides románicos, el pórtico lateral ubicado en la cara sur que en algún momento de la historia albergó un cementerio y la asimétrica fachada que parece inacabada.

Llegamos a Salamanca ya entrada la tarde. Pasear por su centro histórico fue como adentrarse en un escenario de piedra dorada. La ciudad tenía una luz especial, casi cálida, incluso al caer el día. Dormimos allí, con la sensación de estar en un lugar que merecía algo más que una visita apresurada.

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