Galicia 1991 (2)

Llegamos a Salamanca ya entrada la tarde. Pasear por su centro histórico fue como adentrarse en un escenario de piedra dorada. La ciudad tenía una luz especial, casi cálida, incluso al caer el día. Dormimos allí, con la sensación de estar en un lugar que merecía algo más que una visita apresurada.

El miércoles 27 fue enteramente salmantino. La Plaza Mayor nos acogió como solo ella sabe hacerlo: abierta, armónica, viva. Entramos después en la Catedral Vieja y el Patio Chico, donde el tiempo parecía detenido, y pasamos a la Catedral Nueva, monumental y solemne. El palacio de Anaya, la Clerecía y la Universidad nos hablaron de saber, de historia y de generaciones enteras dedicadas al estudio. En las Escuelas Menores y ante la Casa de las Conchas, sonreímos con esa alegría tranquila que da el turismo sin prisas, compartido.

Salamanca no fue solo una ciudad que visitamos; fue un lugar que se nos fue metiendo dentro poco a poco. Aquella tarde del martes, cuando empezamos a recorrer su centro histórico, sentí que caminábamos sobre siglos de historia viva. La piedra dorada de sus edificios parecía absorber la luz del atardecer y devolverla suavizada, casi como si la ciudad respirara con nosotros.

La Plaza Mayor fue el corazón de ese descubrimiento. No es una plaza que se imponga, sino que acoge. Nos sentamos allí un rato, observando a la gente, escuchando conversaciones ajenas, sintiendo que formábamos parte, aunque solo fuera por unas horas, del pulso cotidiano de la ciudad. Al día siguiente volvimos con calma, recorriéndola despacio, admirando su equilibrio perfecto, esa armonía que solo logran los espacios pensados para ser vividos.

Los medallones que decoran los cuatro lados son una de las características más destacadas del lugar. En ellos se representan personas que vivieron en Salamanca, con repercusión en la historia de España. Reyes como la reina Isabel la Católica, exploradores, como Hernán Cortés o Cristóbal Colón y escritores como Miguel de Unamuno, o Antonio de Nebrija la decoran.

La ciudad de Salamanca cuenta con dos catedrales, una vieja y una nueva. La Catedral Vieja data del siglo XIII y la nueva del siglo XVI. Los templos comparten un muro y la torre más alta. La Fachada del Domingo de Ramos tiene entre la decoración un astronauta, detalle que dejó el restaurador de la fachada en el s. XX. Del interior destaca el Cristo de las Batallas, del Cid, y el retablo y capillas de la Catedral Vieja. La catedral vieja nos impresionó por su recogimiento. Al pasar a la catedral nueva, el contraste fue inmediato: la monumentalidad, la altura, la sensación de pequeñez que provoca lo grandioso. Recuerdo levantar la vista y pensar en las manos que, durante generaciones, habían levantado piedra sobre piedra.

El Patio Chico, casi escondido, nos ofreció un rincón de silencio y sombra donde el tiempo parecía suspendido.

El palacio de Anaya y la Clerecía nos hablaron del poder y del saber, de una ciudad construida alrededor del estudio y la fe.

En la Universidad sentimos algo especial. No era solo un edificio; era la conciencia de que por allí habían pasado miles de jóvenes persiguiendo un futuro, cargados de dudas y esperanzas.

En la calle Libreros se encuentra el campus medieval de la Universidad de Salamanca. El edificio histórico, con su famosa fachada plateresca, no deja a nadie indiferente. Nos entretuvimos, como buenos turistas, en encontrar entre toda la decoración la famosa rana escondida. Según la leyenda, si puedes encontrar la rana sin ayuda, te traerá suerte. Sin embargo, como decía Miguel de Unamuno, “No es lo malo que vean la rana, sino que no vean más que la rana”.

Visitamos el interior para conocer el claustro, la biblioteca y el aula de Fray Luis de León, intacta.

El Patio de Escuelas Menores estaba destinado a ser instituto, lugar de formación para acceder a la universidad. En él se encuentra el Cielo de Salamanca, un fresco del siglo XV que representa las constelaciones y que se utilizaba para enseñar astrología, además de decorar la biblioteca antigua.

La Casa de las Conchas, tan singular y simbólica, cerraron para nosotros una Salamanca que ya entonces intuía que volveríamos a visitar. Es el palacio más famoso de Salamanca. Su decoración exterior de conchas hace las delicias de todos los que la visitan. Se terminó de construir cuando Rodrigo Maldonado se acababa de casar con Juana Pimentel. De hecho, según una teoría, la decoración de conchas se debe al amor de Rodrigo por su mujer, quien quiso utilizar uno de los símbolos del escudo de Juana (la concha) para llenar la fachada.

Por la tarde pusimos rumbo a Galicia. El trayecto hasta Vigo fue largo, pero la llegada tuvo algo de recompensa. Cenamos una estupenda mariscada en el restaurante Rías Baixas II, y aquel momento quedó grabado con una nitidez especial. La mesa se llenó de mariscos que para nosotros, en aquel entonces, tenían algo de lujo y de ceremonia. Recuerdo a May frente a mí, disfrutando no solo de la comida, sino del ambiente, del murmullo del local, de la sensación de estar exactamente donde queríamos estar. Compartíamos miradas cómplices, comentarios tranquilos, esa manera tan nuestra de disfrutar sin estridencias.

Buena y Ara aportaban entusiasmo y curiosidad, comparando sabores, celebrando cada plato, especialmente Buena, que demostró sus dotes con nécoras y bueyes de mar. Apareció por vez primera el Albariño, fresco y vibrante, acompañando la conversación y reforzando la sensación de estar viviendo algo especial. No fue una cena cualquiera: fue uno de esos momentos en los que el grupo se cohesiona, en los que el viaje deja de ser itinerario para convertirse en experiencia compartida.

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