El tercer día despertó silencioso, con un cielo limpio que anunciaba buen tiempo. Después de un desayuno sin prisas decidimos dirigirnos hacia Trevélez, uno de los pueblos más altos de España y una visita imprescindible en la zona.
El trayecto se convirtió en otro momento memorable: la carretera serpenteante nos regaló vistas espectaculares del barranco de Poqueira y de las montañas cercanas. Cada curva ofrecía un nuevo paisaje, y más de una vez alguien decía: “¡Parad el coche aquí, que esto hay que verlo!”.

Trevélez nos recibió con su habitual mezcla de autenticidad y calma. El pueblo se divide en tres barrios (bajo, medio y alto) y pasear por ellos es como recorrer un museo vivo al aire libre.
Visitamos algunas tiendas de jamones, donde el aire fresco y seco del lugar se convierte en aliado perfecto para el curado. El aroma era inconfundible, y no faltó quien hizo acopio de “recuerdos comestibles”. Unos, para ser degustados ese mismo día. Otros, para algún encargo realizado desde casa.
Desde los miradores, el paisaje era sobrecogedor: montañas majestuosas, casas blancas encaramadas a la pendiente y ese silencio que solo se escucha en los pueblos de alta montaña. El grupo se tomó su tiempo para disfrutar, charlar y dejarse llevar por el entorno.
Decidimos comer de regreso a Bubión. La mesa fue un festival: platos típicos de la zona, brindis improvisados y anécdotas que iban apareciendo una tras otra. El buen humor y la complicidad entre el grupo eran ya parte esencial del viaje.
Elena y José Antonio discutían qué mirador era el mejor; Paqui y Ginés contaban historias del trabajo que casi los deja sin viaje; May y Jose buscaban siempre el ángulo perfecto para las fotos. Y entre todos, un ambiente cálido, familiar y lleno de bromas.
Regresamos al atardecer, paseamos por las cercanías de la casa rural y disfrutamos de un descanso merecido. Fue una tarde tranquila, perfecta para reflexionar sobre el viaje, para conversar sin prisa y para sentir que esos días en la Alpujarra habían sido un verdadero regalo.
El viaje de vuelta lo hicimos por Guadix, pero en esta ocasión por un tortuoso camino que atravesaba la sierra pasando por el Puerto de la Ragua, completando así un recorrido diferente y variado. El paisaje cambió radicalmente: de las cumbres blancas pasamos a las tierras rojizas y onduladas de la zona, salpicadas de casas cueva que llamaron nuestra atención.
Mientras el coche avanzaba, el grupo recordaba los mejores momentos: Fuente Agria, las vistas desde Trevélez, las noches en la casa rural, las bromas, las fotos imposibles y esa sensación de paz que solo dan las montañas.
Fue un viaje corto, sí, pero lleno de momentos intensos. Cuatro días bastaron para desconectar, para respirar aire puro, para reír en buena compañía y para llevarnos un pedazo más de la Alpujarra en el corazón.
Hay viajes que se planean con mapas y rutas, y otros que se construyen con personas, momentos y emociones. Esta escapada a Bubión, en el corazón de la Alpujarra, pertenece sin duda a la segunda categoría. Cuatro días que, sin preverlo, se convirtieron en una pequeña pausa del mundo, un paréntesis de calma, amistad y naturaleza.
Al final, este fue más que una escapada rural. Fue un recordatorio de lo que importa: la compañía, la conversación, el aire limpio, las montañas silenciosas, los pueblos llenos de historia, los pequeños gestos que hacen grande un viaje.
Nos fuimos de la Alpujarra con la sensación de haber encontrado algo valioso: tiempo compartido, calma, belleza y la certeza de que volveremos.






























