El verano de 1993 tuvo para May y para mí un significado especial: era nuestro primer viaje juntos (a la Sierra de Cazorla nos acompañó nuestra sobrina Aramar) tras casarnos a finales de junio. Con la mezcla de ilusión y romanticismo genuino de los inicios, decidimos volver a un lugar que yo ya conocía y apreciaba: Huelva y su entorno.
Dos años antes, en abril de 1991, había asistido en Punta Umbría al curso “Problemática industrial: su uso didáctico en la Educación Ambiental”, organizado por el Instituto Andaluz de Formación y Perfeccionamiento del Profesorado. Aquella experiencia, con treinta horas de trabajo y convivencia, me dejó un recuerdo magnífico del entorno: la ría, la luz, la costa, el olor a pinar y marisma.
Así que, recién casados, y con el ánimo de viajar a nuestra manera, nos alojamos en el Camping Aljaraque, uno de nuestros últimos viajes usando tienda de campaña. Fue simple, fue cálido, fue auténtico. Y fue perfecto para esa etapa.
Comenzamos recorriendo Huelva, redescubriendo su marisma, su ambiente marinero y su ritmo pausado. Caminamos por sus calles, disfrutamos del olor a sal y del calor húmedo del estuario. Como en todo viaje onubense que se precie, la gastronomía fue protagonista: pescados recién fritos, puntillitas, mariscos y ese sabor a Atlántico que distingue Huelva.
Después nos dirigimos a Punta Umbría, donde reviví recuerdos del curso de 1991. Volver con May hizo que el lugar adquiriera un brillo nuevo: ya no era solo un recuerdo profesional, sino parte de nuestra historia compartida.
Aprovechamos para acercarnos a la enigmática aldea de El Rocío, con sus calles de arena, sus casas blancas y el entorno marismeño del Parque de Doñana. Para dos recién casados, la atmósfera resultó tan extraña como inolvidable: calma absoluta, un santuario imponente y ese silencio que parece observarlo todo.
Terminamos la jornada en la Playa de la Bota, un arenal interminable y abierto al océano. Las olas golpeaban con fuerza y la luz del atardecer pintó la arena de cobre. Nos quedó pendiente un baño, pero el paseo por aquella costa ancha y ventosa valió por sí solo el día.
El segundo día lo dedicamos a cruzar el Puente Internacional del Guadiana, una frontera simbólica y luminosa que nos llevó directamente al Algarve portugués.
Nuestro destino era Faro, una ciudad histórica rodeada por la laguna de la Ría Formosa, uno de los humedales más importantes del país, con marismas e islas que forman un ecosistema protegido de gran valor natural.
Comenzamos nuestra visita en la Marina, donde las barcas, las terrazas y la cercanía de las aves de la Ría Formosa crean un ambiente relajado. Desde aquí parten los barcos hacia las islas del parque: Barreta (Deserta), Culatra, Armona, o la península de Ancão.
Cruzamos el Arco da Vila, puerta neoclásica del siglo XIX con la imagen de Santo Tomás de Aquino. Este arco se alza sobre una antigua entrada árabe del siglo XI, la Porta Árabe, único arco de herradura original que se conserva en el Algarve, integrado en la muralla del siglo IX construida por Ben Bekr, gobernador de la antigua Ossonoba
Una vez dentro de la Cidade Velha, caminamos por sus calles empedradas y blancas, que conservan la trama medieval. En esta zona se concentran los principales monumentos.
La Catedral de Faro (Sé de Faro), una mezcla de estilos gótico, renacentista y barroco, considerada uno de los monumentos más importantes de la ciudad. La Plaza de la Catedral (Largo da Sé) y sus edificios históricos, que forman la postal más reconocible del centro antiguo.
El Arco do Repouso, un antiguo acceso de la muralla vinculado a leyendas medievales y uno de los rincones más evocadores de Faro.
Las Torres Bizantinas, restos defensivos de los siglos VI–VII que muestran la superposición de culturas que forjaron la ciudad.
Faro nos regaló un día de historia, calma, luz y arquitectura, y el Algarve completó la jornada con su geografía de islotes, marismas y horizonte azul.
Después seguimos ruta por la franja algarvía, apreciando su paisaje: dunas, marinas, acantilados dorados y el ritmo costero tan característico de Portugal.
Regresamos a Huelva al atardecer, cansados, felices y con la sensación de estar inaugurando una larga vida juntos.


























