Cáceres, Mérida 1994 (1)

Aterrizamos en Cáceres en 1994 con esa curiosidad de viajero que te agudiza los sentidos. Nuestro “hogar” durante aquellos días fue el antiguo Hotel Meliá Cáceres, instalado en el Palacio de los Marqueses de Oquendo, un edificio del siglo XVI situado en plena Plaza de San Juan. Aquel palacio, rehabilitado a fondo en 1990 para recuperar su valor arquitectónico, pasó a ser hotel en los noventa y, ya en 2008, iniciaría su nueva etapa como NH Collection Cáceres Palacio de Oquendo.

El propio palacio rezuma historia desde la fachada almohadillada, donde se aprecian los escudos de Ulloa y Narváez, heráldica de los Marqueses de Oquendo, propietarios hasta 1980. Tras el zaguán, un patio sereno conserva un gran escudo marmóreo instalado en 1997 con las armas de Ovando, Flores, Cárdenas y Gutiérrez, enlazadas por la Cruz de Alcántara: un guiño a los linajes que habitaron aquí desde el XVII.

Dormir entre muros tan sobrios, con techos abovedados y piedra vista, era una forma íntima de entrar en la ciudad monumental. Al amanecer, la Plaza de San Juan se desperezaba con la silueta de la iglesia del mismo nombre, terrazas que se preparaban para el trasiego local y esa luz extremeña que lima los contornos de la piedra. La ubicación del palacio, a dos pasos de la Plaza Mayor y del Arco de la Estrella, nos ponía literalmente en la antesala del recinto intramuros.

Cáceres te atrapa rápido. Su Ciudad Monumental, reconocida por la UNESCO en 1986, conserva un conjunto urbano excepcional donde conviven huellas romana, islámica, gótica septentrional y renacimiento italiano; de las viejas defensas almohades quedan aún una treintena de torres, con la Torre de Bujaco como emblema. Pasear de la Plaza de San Juan a la Plaza Mayor y cruzar el Arco de la Estrella es, de facto, un salto en el tiempo.

La muralla divide el casco en dos ámbitos (intramuros y extramuros) y, al franquearla, emerge un rosario de palacios y templos: la Concatedral de Santa María, las casas solariegas (Golfines, Sol, Mudéjar), el Palacio de las Veletas o la propia Torre del Bujaco, todos en un estado de conservación que ha hecho de Cáceres uno de los conjuntos medieval‑renacentistas mejor preservados de Europa.

Ese primer atardecer entendimos por qué muchos hablan de la “luz dorada” de Cáceres: cae de lado, enciende los sillares y deja las plazas en penumbra suave. No necesitas un plan rígido; basta con dejarse llevar por Calles Ancha, Pereros o Cuesta de Aldana, destacados como rincones modélicos en su traza medieval.

Volver a la Plaza de San Juan al anochecer tenía su liturgia: atravesar los soportales, escuchar el rumor de las conversaciones, y sentarse a observar cómo la ciudad moderna se entiende con su pasado. En ese diálogo también participa el propio hotel: la prensa ha subrayado cómo el Palacio de Oquendo integra hoy hospitalidad y memoria, recordándote que aquí, más que dormir, habitas un capítulo de la historia local.

Y si algo nos quedó claro desde el primer día es que Cáceres no es solo piedra y silencio: su carácter mestizo, cristiano, musulmán y judío, explica su condición de Ciudad Patrimonio.

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