Desde Cáceres emprendimos una excursión de un día a Plasencia, ciudad fundada por Alfonso VIII entre 1186 y 1189 con el lema ut placeat Deo et hominibus (“para agradar a Dios y a los hombres”), concebida como una fundación estratégica y episcopal sobre el antiguo asentamiento de Ambroz. Su origen vinculado a la repoblación regia aún se percibe en su trazado amurallado y en la importancia de sus instituciones religiosas.
Plasencia mantiene amplios tramos de muralla medieval, con accesos como el postigo de Santa María, que conduce directamente al complejo catedralicio. Adentrarse en la ciudad intramuros es encontrarse con un casco antiguo lleno de vida, con plazas luminosas, soportales y un tejido urbano que conserva su carácter episcopal y señorial.
El gran protagonista de Plasencia es su insólito conjunto catedralicio: Catedral Vieja y Catedral Nueva, dos templos construidos en épocas diferentes pero adosados entre sí.
La Catedral Vieja, iniciada a principios del siglo XIII y completada en el XV, es un hermoso ejemplo de transición del románico al gótico, con su famosa Torre del Melón como sala capitular. Participaron en su construcción maestros como Juan Francés, Juan Pérez y Diego Díaz.
La Catedral Nueva, comenzada en 1498, responde al impulso artístico del gótico final y el renacimiento, con arquitectos de renombre: Enrique Egas, Francisco de Colonia, Juan de Álava, Diego de Siloé, Covarrubias y Rodrigo Gil de Hontañón. No llegó a completarse, lo que crea esa unión tan característica entre ambas, donde siglos de diferencia quedan a apenas unos centímetros.
A pocos minutos a pie del conjunto catedralicio aparece otra joya del patrimonio placentino: el Palacio del Marqués de Mirabel, el edificio civil más importante de la ciudad y símbolo de la poderosa Casa de Zúñiga.
Construido en el siglo XV por Álvaro de Zúñiga y Isabel Pimentel, Duques de Plasencia, este palacio exhibe un magnífico patio renacentista en dos alturas con arcos de medio punto y los blasones de la familia Zúñiga‑Mirabel. El interior conserva piezas arqueológicas romanas, azulejos procedentes del monasterio de Yuste y el célebre busto de Carlos V obra de Pompeo Leoni.
El palacio está unido al antiguo convento de Santo Domingo mediante un jardín colgante abierto a la plaza de San Nicolás, decorado con columnas y esculturas procedentes de Cáparra y Mérida. En su parte posterior destaca un balcón plateresco, único en Plasencia, pieza muy fotografiada por su elegancia y singularidad. Aunque hoy es propiedad privada de la familia Falcó, el edificio abre ocasionalmente al público y, casualidades de la vida, aprovechamos para visitar su interior, además de su imponente fachada y el cañón de acceso, que permiten hacerse una idea de su grandeza histórica.
La iglesia de San Vicente Ferrer es un anexo convento de frailes dominicos. De grandes proporciones, el segundo templo más grande tras la propia Catedral y muestra la riqueza y poderío que tuvieron los dominicos en la ciudad. Se encuentra sobre el terreno sacro de los judíos en la ciudad, ya que se encontraron restos de religión judía cuando se realizaron las obras de adecuación del Parador, fortaleciendo la tesis de que en ese espacio estaba la primera de las sinagogas de Plasencia. Además se encuentra anexa por el otro lado al Palacio de los Marqueses de Mirabel
Después de visitar las catedrales y acercarnos al Palacio de Mirabel, continuamos hacia la Plaza Mayor, animada y funcional, donde la torre del reloj marca el ritmo cotidiano. Entre calles estrechas, soportales y antiguos palacios episcopales, Plasencia muestra un carácter cercano, auténtico, que complementa bien la solemnidad de sus grandes monumentos.
En la Plaza Mayor de Plasencia, formando parte del conjunto de fachadas que rodean la plaza, se encuentra la Casa de Chocolate (o Casa del Chocolate), un inmueble catalogado como edificio singular dentro del casco histórico.
Plasencia es una ciudad para pasear sin prisa: para entrar en un claustro silencioso, admirar un capitel románico, o detenerse ante un balcón plateresco. El contraste entre lo religioso (las catedrales), lo nobiliario (el Palacio de Mirabel) y lo cotidiano (su Plaza Mayor) crea una experiencia equilibrada y memorable. Tampoco podía faltar la foto delante del Palacio de Justicia.
Visitar Alcántara es viajar directamente al corazón de la ingeniería romana. El pueblo, tranquilo y lleno de historia, se abre paso hacia su joya más célebre: el Puente Romano de Alcántara, una obra monumental del siglo II d.C., levantada bajo el mandato del emperador Trajano y obra del arquitecto Cayo Julio Lacer.
El puente impresiona desde cualquier ángulo: seis arcos gigantes, casi 200 metros de longitud y más de 58 metros de altura sobre el río Tajo, todo construido en sillería granítica que aún hoy conserva su majestuosidad. Caminar por su calzada es sentir el peso de dos milenios de historia bajo los pies, mientras el arco triunfal central recuerda su origen romano y su poder simbólico.
Los alrededores del puente ofrecen miradores perfectos para contemplarlo en toda su altura, especialmente al atardecer, cuando la luz dorada realza la piedra. Una vez cruzado, merece la pena pasear por el pueblo: el convento de San Benito, las callecitas silenciosas y la cercanía del Parque Natural Tajo Internacional completan una visita que combina paisaje, patrimonio y calma.
Nuestro día terminó con la sensación de haber estado en una ciudad viva, orgullosa de su historia y con un patrimonio que sorprende incluso al viajero más experimentado.
































