Cáceres, Mérida 1994 (5)

El día dedicado al área monumental de Mérida no terminó en el Teatro y el Anfiteatro. Hubo un tercer hito que, de hecho, convirtió la jornada en una experiencia completa: la visita al Museo Nacional de Arte Romano, una parada imprescindible para entender la antigua Emerita Augusta no sólo como un conjunto arqueológico, sino como una cultura material viva, profundamente sofisticada y aún deslumbrante.

El Museo fue inaugurado en 1986 en su ubicación actual, en un extraordinario edificio diseñado por Rafael Moneo, considerado uno de los paradigmas de la arquitectura española del siglo XX. El museo custodia más de treinta y siete mil obras procedentes de la antigua ciudad romana, articuladas como un relato completo de la vida pública y privada en Augusta Emerita.

El continente es, en sí mismo, una obra maestra. Concebido entre 1980 y 1986, Moneo construyó un edificio que evoca deliberadamente la arquitectura romana mediante altos muros paralelos de ladrillo macizo, repetidos casi hasta el infinito, que remiten a la escala de la edilicia pública romana; arcos de medio punto que generan una nave central semejante a una basílica o gran calzada interior; luz natural filtrada por aperturas superiores que crea un ambiente solemne, cálido y casi litúrgico; y una cripta arqueológica que preserva in situ restos del barrio suburbano romano hallados en el solar: tramos de calzada, un acueducto y estructuras domésticas.

Moneo no construyó un escenario “a la romana”: creó una arquitectura contemporánea que prolonga la historia del lugar, uniendo la Mérida moderna con la antigua en una continuidad espacial y conceptual excepcional. Él mismo describió el museo como “el episodio más reciente de la historia del solar”, integrándose en la secuencia de la ciudad.

Entrar en la gran nave del museo produce una emoción muy parecida a la que se siente en el Teatro Romano: un espacio que impone, que ordena la mirada, que invita a caminar lentamente.

El Museo presenta un recorrido donde cada pieza aporta un fragmento del mundo romano. Entre las más memorables destacan esculturas monumentales, como la Ceres sedente (siglo I d.C.), ejemplo de la calidad artística de los talleres emeritenses.

Mosaicos extraordinarios, entre ellos el Mosaico Báquico o el Mosaico de las Tiendas, que permiten imaginar la riqueza de las domus locales.

Epígrafes funerarios y votivos, arae, inscripciones oficiales y lápidas que ponen nombre y rostro a los habitantes de la colonia. Pinturas murales, restos domésticos, cerámica fina, objetos de culto y elementos de la vida cotidiana que muestran hasta qué punto Mérida fue una ciudad sofisticada.

El museo no sólo expone: narra, explica y prepara la mirada del visitante para comprender mejor tanto el Teatro, el Anfiteatro, el Circo o el Templo de Diana como la vida real que los rodeaba. Lo que se ve en piedra en el exterior cobra sentido en las salas del MNAR.

La visita al Museo Nacional de Arte Romano fue, sin duda, uno de los momentos más bellos del viaje. El diálogo entre contenido (los testimonios de la antigua ciudad) y continente (la arquitectura de Moneo, solemne, precisa, llena de luz y proporción) produce un efecto poderoso: uno comprende Mérida no sólo como ruina, sino como ciudad viva, habitada por miles de historias. Salimos del museo con la sensación de haber atravesado no solo un edificio, sino un puente temporal entre el presente y la Roma de Hispania.

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