Entre el Teatro, el Anfiteatro y los otros monumentos (el Templo de Diana, el Puente Romano, el Circo, los Columbarios, los acueductos de Los Milagros y San Lázaro) comprendimos por qué Mérida se considera un museo vivo. La ciudad moderna respira sobre la antigua: caminas por una avenida y, de pronto, surge un lienzo de muralla romana; giras una calle y aparece un pórtico, un capitel, una inscripción. La convivencia de lo antiguo con lo cotidiano es parte esencial de su encanto.
A un paso del Puente Romano se levanta la Alcazaba de Mérida, una imponente fortificación construida en 835 d.C. durante el dominio musulmán. Es considerada la fortaleza musulmana más antigua conservada en la Península Ibérica, y se erigió directamente sobre estructuras romanas y visigodas anteriores, lo que permite ver en un mismo recinto la superposición de culturas y épocas.
Dentro de la Alcazaba pudimos recorrer un tramo extraordinario de calzada romana, conservado junto a un largo muro defensivo. También estos de casas y tabernas romanas, con fragmentos de mosaicos, relojes de sol y estructuras domésticas que muestran cómo era la vida cotidiana en Augusta Emerita.
Y las murallas y torres árabes, desde las que se obtiene una vista privilegiada del Puente Romano, especialmente evocadora al atardecer.
La Alcazaba es un ejemplo perfecto del carácter palimpséstico de Mérida: cada muro encierra tres ciudades distintas (romana, visigoda y musulmana) sin perder coherencia.
Frente a la Alcazaba se despliega el Puente Romano de Mérida, una de las obras de ingeniería más impresionantes del mundo antiguo. Con casi ochocientos metros de longitud, apoyado sobre unos sesenta arcos, es uno de los puentes romanos más largos que se conservan y fue esencial en la fundación y el desarrollo de la ciudad.
El puente, construido a finales del siglo I a.C., definió el emplazamiento mismo de Augusta Emerita, ya que permitía cruzar el Guadiana y conectar la nueva colonia con la Vía de la Plata y los caminos hacia Olissipo (Lisboa), Corduba, Toletum y Caesaraugusta. Al recorrerlo se advierte la magnificencia de sus doce metros de altura y la regularidad de sus arcos, muchos de ellos originales. También los tajamares que los romanos construyeron para frenar la corriente del Guadiana, creando una isla central que fue incluso espacio para ferias de ganado en la Antigüedad. Cruzarlo es literalmente caminar sobre dos milenios de historia.
También hubo algo de tiempo en nuestra última jornada en Mérida para disfrutar de las magníficas instalaciones del hotel. En pleno verano, con el calor extremeño, un baño en su maravillosa piscina era más que bien recibido.




























