Habíamos adquirido una entrada conjunta para visitar la Colegiata y las iglesias del Santo Sepulcro, San Lorenzo el Real, San Sebastián de los Caballeros y San Salvador de los Caballeros, iniciando nuestra ruta por esta última.
San Salvador de los Caballeros es una iglesia románica en ladrillo del siglo XIII. Originalmente perteneció a la Orden de los Templarios como se puede comprobar en la puerta sur del edificio al aparecer la cruz símbolo de esta Orden. Se caracteriza por ábsides con largas arquerías ciegas que evitan así la superposición.
A partir del siglo XIV se empezó a conocer con el nombre de San Salvador «El Pintado» haciendo alusión a las pinturas que aparecen en el interior de los ábsides.
Actualmente acoge el Museo de Escultura Medieval, con una interesante colección de tallas románicas y góticas pertenecientes a Toro y su Alfoz.
La siguiente estación fue la Iglesia de San Sebastián de los Caballeros. A principios del siglo XVI, fue reedificada en su totalidad por Fray Diego de Deza.
Lo realmente significativo de esta iglesia es que contiene las pinturas murales del Real Monasterio de Santa Clara.
Son pinturas de estilo gótico, aunque conservan rasgos del románico y pudieron ser obra de una mujer, ya que en la última pintura se lee «Teresa Dieç me fecit«.
Toro tuvo dos recintos de murallas. Actualmente no quedan restos de las murallas, sólo de las puertas de acceso a dichos recintos. En el primer cinturón de murallas se situaba la puerta del mercado, actualmente llamada Torre del Reloj por la esbelta torre barroca del siglo XVIII que se asienta sobre la antigua puerta. Cuenta la leyenda que el mortero de la torre se amasó con vino porque abundaba más que el agua en la ciudad.
La Plaza Mayor de Toro es el centro neurálgico de la ciudad. Destacan en uno de sus lados casas con soportales, típicas de las plazas castellanas. En esta misma plaza se encuentra el edificio del Ayuntamiento, proyecto de Ventura Rodríguez de 1778 en estilo barroco-clasicista, y justo enfrente está situada la iglesia del Santo Sepulcro.
La Iglesia del Santo Sepulcro, de estilo Románico-Mudéjar del siglo XII, perteneció a la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro y a finales del XV pasó a depender de la Orden de Malta. Destaca por su planta de tres naves y su portada Gótico-Mudéjar.
En su interior está el Cristo barroco de la expiración y varios pasos de la Semana Santa de Toro. También destaca la armadura de par y nudillo de la nave central, el alfarje del coro y una pintura de un pantocrátor románico.
Nos dirigimos al Palacio de los Condes de Requena, situado en la Calle de la Concepción, de estilo gótico de finales del siglo XV, al que accedimos por el patio del siete, llamado así por su curiosa forma.
Sus dependencias se disponen en torno a un claustro central de piedra labrada, en la que abundan las escenas de caza y tauromaquia. Sobre la portada lucen dos blasones y tiene anexionada una capilla. Actualmente es sede del Consejo Regulador Denominación de Origen «Vino de Toro».
Terminamos nuestra visita express a Toro en la Iglesia de San Lorenzo El Real, de estilo románico-mudéjar, del siglo XII-XIII. Es una iglesia construida de ladrillo que consta de una sola nave, capilla mayor y ábside poligonal.
A la izquierda la Capilla Mayor, se encuentra el ostentoso sepulcro de estilo gótico flamenco de don Pedro de Castilla y de su esposa Beatriz de Fonseca.
Conserva un retablo del siglo XVI del pintor gótico español Fernando Gallego, el más destacado del estilo hispano-flamenco en la zona de Salamanca y su área de influencia. Esta es una obra de madurez, de gran calidad, el último de los retablos pintados por el autor.
Para la misma iglesia pintó Cristo bendiciendo, que actualmente se encuentra en el Museo del Prado.
La ciudad de Toro, la más monumental de la provincia de Zamora, después de la capital de provincia, a medio camino entre Zamora y Valladolid, posee una situación estratégica desde la que domina el río Duero. Aparcamos en la Plaza de San Agustín, junto a su alcázar, símbolo de la importancia estratégico-militar de Toro en el Medievo, que fue construido sobre una terraza en la margen derecha del río. Testigo de importantes acontecimientos históricos, el Alcázar de Toro constituye un hito destacado en el conjunto de la ciudad.
En su primera fase formó parte del recinto amurallado del siglo X, del edificio primitivo subsisten tan sólo los muros exteriores. En la actualidad presenta planta romboidal, rodeada de un foso colmatado, posee siete cubos macizos situados en las esquinas y en la parte central de cada lienzo, realizados con forro de mampostería caliza. En el lado sur se abre la puerta de acceso al recinto, con portada del siglo XVIII, ocupando el lugar donde se ubicó la torre del homenaje demolida en el siglo XIX. Los restos de la puerta original se encuentran a la izquierda de la actual, lugar en el que se aprecia un arco cegado.
Tras la muerte del rey de Castilla y León, Alfonso VII, Toro queda en manos de su hijo Fernando II formando parte del reino leonés. Su sucesor, Alfonso IX, entregará la villa de Toro a su mujer doña Berenguela, como dote de su matrimonio. Fue precisamente Alfonso IX quien otorgó a Toro su primer fuero en 1222 y quien construiría el alcázar entre 1188 y 1195. Su hijo, Fernando III, sería coronado en el alcázar como rey de León en 1230, lo que supuso la unión definitiva de los reinos de Castilla y León. La forma actual fue configurada a partir de 1283, fecha en la cual Sancho IV donó Toro y su alfoz a su esposa María de Molina. Más tarde se realizarían varias obras de mejora como las llevadas a cabo entre 1397 y 1410 o en 1463, de la mano de Enrique IV. El alcázar de Toro fue testigo de las luchas por los derechos de sucesión de Enrique IV, el 1 de marzo de 1476, tuvo lugar la histórica Batalla de Toro entre partidarios de Isabel la Católica y Juana la Beltraneja.
A las puertas del alcázar se encuentra uno de los «monumentos» emblemáticos de la ciudad, su «Toro de Piedra», una figura esculpida en granito perteneciente al grupo de esculturas denominadas «verracos», monumentos de la etapa final de la Edad de Bronce y principios de la Edad de Hierro, signo reconocible de los Vettones, un pueblo prerromano de cultura celta asentado en el territorio entre los ríos Duero y Tajo. El término «verraco», viene del latín «verres», y significa «cerdo padre», aunque las esculturas agrupadas bajo este término de verraco, no sólo representan cerdos, sino también toros, como es el caso de esta escultura. Hay diferentes hipótesis sobre su finalidad: como hitos que establecían los límites del territorio o demarcadores de la zona de pasto, figura de culto para proteger al ganado o incluso alguno las consideran monumentos funerarios.
Desde el alcázar paseamos hasta la Colegiata por el Paseo del Espolón, con magníficas vistas sobre la vega del río Duero y el puente medieval, aunque en Toro se le llama romano porque quizás se asentara sobre un puente anterior de esa época. El actual data del siglo XII y es de estilo románico tardío, con sillería y arcos apuntados.
La Colegiata de Santa María la Mayor es un buen testimonio de la importancia de Toro en la Edad Media. Los volúmenes grandiosos de la fábrica, realzados por su ubicación, a unos cien metros sobre el río Duero y la vega, la convierten en el principal punto de referencia de la ciudad.
Se tiene constancia de que en 1139 se había decidido promover esta iglesia, por un documento en el que Alfonso VII le donó la villa de Fresno de la Ribera; pero las características del edificio acreditan que aquella decisión no llegó a materializarse en tan temprana fecha. Probablemente las obras comenzaron en el último tercio del siglo XII, en días de Fernando II de León, con la cooperación de éste y concurriendo la importancia militar que recobró Toro al separarse de Castilla y León y quedar como plaza fronteriza de este último reino.
En la primera fase constructiva quedó acabada en piedra caliza la cabecera triabsidal, espléndida, y definidos los elementos sustentantes del resto, labrados en el mismo material a altura decreciente hacia los pies del templo. En el segundo periodo se abovedaron los primeros tramos de las naves laterales con soluciones de crucería cuyas ojivas son de traza semicircular, remitiendo a remotos patrones de París, y no agudas, como las empleadas en las catedrales de Salamanca y Zamora.
Una tercera fase se abriría en la década de 1230, al poco de la proclamación de Fernando III el Santo como rey de León; los tramos posteriores de las mismas se cerraron entonces con bóvedas de ascendencia angevina, probablemente inspiradas en Ciudad Rodrigo, como la ventana postrera del alzado septentrional.
A continuación se volteó también el arcaizante cañón apuntado de la nave central, donde los pilares estaban concebidos para recibir nervaduras, y, a la postre, desechando la opción de cubrir el crucero con una solución de crucería similar a la que tuvo el monasterio cisterciense de Moreruela, se levantó un cimborrio espectacular que imita con demérito al salmantino, al que sobrepasa sólo en dimensiones.
Después los trabajos se centrarían en la torre, cuya mitad superior se arruinó en 1510, fue reconstruida entonces por Juan Perea siguiendo una traza de Pedro Martín, y tuvo que ser rehecha de nuevo a partir de 1753 por el famoso artista toresano Simón Gavilán y Tomé, autor de la traza del último cuerpo, que ejecutó Francisco Escudero.
A ella se sube mediante un sistema de semáforos. En la parte superior se tienen unas buenas y cercanas vistas del cimborrio de la Colegiata, de la ciudad y del cercano puente sobre el río Duero.
El pórtico occidental y la gran portada que alberga se acabaron en el reinado de Sancho IV (1284-1295), gracias al mecenazgo de este monarca y de su esposa María de Molina.
Concluido el edificio, por impulso de los mismos monarcas esta antigua parroquia de Santa María la Mayor, fue elevada al rango de Colegiata, que mantuvo, con los títulos de Real e Insigne, hasta su supresión por efecto del concordato de 1851, tras haber perdido la ciudad la condición de capital de provincia en 1833.
De notoria calidad son los trabajos escultóricos de la primera etapa constructiva, centrados en los capiteles de la cabecera y en la Puerta Septentrional, que acusa la huella del gran legado que el maestro Mateo hizo a Santiago de Compostela y aporta un rico muestrario de instrumentos musicales tañidos por los Ancianos del Apocalipsis en torno a una manifestación de la divinidad de Cristo, flanqueado por los santos intercesores, la Virgen y Juan.
La Portada occidental, denominada De la Majestad, fue labrada y policromada en el último cuarto del siglo XIII, y es una de las más importantes manifestaciones de escultura monumental del período gótico en Castilla.
Fue planteada en estilo románico en días de Fernando III y proseguida hasta su terminación en gótico por dos maestros formados en León, durante el reinado de Sancho IV. Su preceptor, el franciscano Juan Gil de Zamora, idearía sus dos densos y originales programas iconográficos. Uno, dedicado, en consonancia con el incremento de la devoción mariana en el siglo XIII, a la exaltación de la Virgen y de la Iglesia por ella simbolizada en su paso por la tierra, su muerte, asunción y coronación en el cielo. El otro, sobre el tímpano, una representación selectiva de la Iglesia triunfante se sucede en las arquivoltas: ángeles, apóstoles, mártires, obispos y abades, vírgenes y dieciocho músicos con un variado e interesante repertorio de instrumentos.
En la última arquivolta se exponen en posición radial las figuras del ciclo del Juicio Final: un Cristo Juez humanizado por el espíritu risueño del gótico, ángeles con los instrumentos de la Redención, la Virgen y san Juan en actitudes intercesoras, la resurrección de los muertos, asexuados, y, en hileras divergentes, bienaventurados y réprobos camino del cielo y del infierno.
El lenguaje brutal en que se expresan los tormentos de los condenados contrasta con la dicha de los elegidos, acogidos amablemente por el Padre Eterno en un lugar ameno, en el jardín del Paraíso, que difiere de las representaciones usuales del cielo y carece de precedentes escultóricos tan acabados. Muy original resulta también la presentación del Purgatorio como lugar físico, comunica con el Paraíso, al que con ayuda de san Pedro acceden las almas purificadas por las llamas.
Por fortuna se ha conservado gran parte de su policromía original, concebida como complemento natural de la escultura; se debe al pintor Domingo Pérez, que dejó constancia de su labor en el dintel, donde se dice criado del rey don Sancho.
A ambos lados de la Capilla mayor se hallan diversos sepulcros murales pertenecientes a la familia Fonseca, labrados hacia 1500 en piedra arenisca y en estilo hispano-flamenco. La reja que protegió el coro desaparecido, procedente de San Ildefonso, fue ejecutada hacía 1583 por Juan Tomás Celma y Diego de Roa.
Dentro del templo destacan cuatro esculturas de mediados del siglo XIII adosadas a las columnas del segundo tramo de la nave central, que representan a San Gabriel, la Virgen embarazada, Santiago y San Juan, dos de las cuales habíamos ya contemplado en la Iglesia de San Cipriano como parte de la exposición de Las Edades del Hombre.
El retablo mayor, en forma de templete, fue ensamblado por el artista toresano Simón Gabilán Tomé, y entre su decoración lleva las esculturas de las virtudes teologales y cardinales. La talla de la Asunción de la Virgen es obra del escultor Manuel de Lara Churriguera, y fue adquirida por la Colegiata a la catedral nueva de Salamanca.
Destacan también el Retablo de los Santos Juanes, encargado por los testamentarios de Juan Rodríguez de Fonseca, arzobispo de Burgos, con destino a la capilla del hospital que fundara en Toro y el Retablo de San Julián. Éste retablo, que actualmente se expone en el ábside meridional del edificio, procede de la sacristía de la iglesia de San Julián de los Caballeros. Contiene diez pinturas dedicadas a la infancia y la pasión de Cristo, que se atribuyen al artista local Luis del Castillo, que las pintaría en el segundo cuarto del siglo XVI.
En cuanto a pintura, sobresale la excelente tabla flamenca de la Virgen de la Mosca, del círculo de Jan Gossaert; merecen mención el retablo renacentista de la Asunción y los santos Juanes, del pintor local Lorenzo de Ávila, unas tablas de Gaspar de Palencia, varias copias desiguales de Ribera entre las que destaca el lienzo de san Jerónimo y un plagio de Caravaggio (Duda de Santo Tomás).
En una cámara fuerte se muestra casi toda la platería de las parroquias, una amplia y rica serie de piezas entre las que destaca la gran custodia procesional de la Colegiata, acabada en 1538 por el platero toresano Juan Gago, robada en 1890 y expuesta hoy en la sacristía.
Tras la comida volvimos al hotel para descansar antes de dirigirnos a la Plaza Mayor, lugar de inicio de nuestra visita guiada a la Zamora Monumental.
Una forma distinta de ver muchos de los lugares que habíamos recorrido por nuestra cuenta, conociendo su historia y detalles, algo que siempre complementa los pasos previos andados.
Regresamos, de nuevo, al Mirador del Troncoso, con sus increíbles vistas del río Duero y el Puente de Piedra.
May volvió a pasar por la Calle del Troncoso, una de las más antiguas de Zamora, situada en el casco antiguo y cercana al río Duero. Yo lo hacía por vez primera. Esta calle no solo un lugar de tránsito, sino un punto de encuentro entre la historia y la belleza natural de Zamora.
La visita terminó en el Portillo de la Traición, ahora llamado Portillo de la Lealtad, el lugar, según la tradición, por el que Vellido Dolfos entró en la ciudad después de haber dado muerte al Rey Sancho II El Fuerte siendo perseguido por El Cid, en el año 1072 durante el episodio del Cerco de Zamora.
Es una de las puertas integrantes del primer recinto amurallado y se sitúa en los jardines del Castillo, entre la Catedral y la Iglesia de San Isidoro. Es alta y estrecha, está rodeada de vegetación y se levanta sobre una quebrada, en uno de los tramos más irregulares del perímetro de la muralla y contiene un arco de medio punto. Más que por su valor artístico es recordado por su valor histórico.
Del romancero zamorano proviene la historia que marca esta puerta. Se cuenta que, cuando el Rey Don Sancho se encontraba en Zamora, mientras le puso cerco y en la ciudad las condiciones de vida se hacían difíciles, un gallego que se encontraba allí, Vellido Dolfos, salió de la ciudad y se declaró vasallo del rey, quien le tomó bajo su protección. Un día, bajo el pretexto de enseñar al rey una puerta por donde acceder a Zamora y romper su cerco, se alejó con él del campamento sin más compañía. El rey sintió una repentina necesidad y se bajó del caballo para entregarle su daga a Vellido Dolfos, momento en que éste aprovecho para hundírsela en el pecho y emprender una galopada hacia el portillo. El Cid presenció la escapada desde lejos y montó su caballo, pero no logro alcanzarle. El rey murió poco después en el campamento, acusando de su muerte al gallego, y los castellanos, ya sin rey, levantaron el cerco de Zamora.
Teníamos el tiempo justo de visitar la Iglesia de Santiago del Burgo antes de la hora de cierre. Existen varios testimonios documentales que confirman su existencia ya en el siglo XII. En 1168 un Diego Román donó a la catedral la cuarta parte. En 1176 García García y su hermana María dieron a la misma institución la parte de la iglesia que les correspondía; dos años después lo hacen Pedro y Teresa López.
No obstante se ha cuestionado que estas noticias aludan a este templo, afirmándose, por el contrario, que se relacionan con el de Santiago el Viejo o de los Caballeros. De esa época y comienzos del XIII será el edificio actual, que tiene la particularidad de ser el único templo románico de Zamora, a excepción de la catedral, que conserva las tres naves, de cuatro tramos, con algunas cubiertas de la época y otras rehechas.
La visita a Zamora estaba, prácticamente, culminada. Quedaba hacer las típicas compras de rigor y volver a tapear por la ciudad. El objetivo inicial era la calle de los Herreros pero, incluso con las bajas temperaturas de estas latitudes, abrían todos a las ocho y media. Demasiada espera. Por este motivo acabamos en Alfonso de Castro, dejando el Bar Bambú y sus tiberios para una próxima visita y eligiendo el uno de los Bares El Abuelo (vimos más de uno en nuestros paseos por la ciudad) donde, delante de una copa de buen tinto, descubrimos el secreto de la típica frase ¡Uno que síiii, tres que nooo! -con canturreo y alargamiento de la «í» y la «o» incluidos-, cuya traducción para alguien como nosotros, todavía no habituados al tapeo zamorano sería «Un pincho moruno que pique y tres que no«. Muy ricos, por cierto.
Ya en el hotel tocaba dejar prácticamente ultimado el equipaje para la partida del día siguiente. A temprana hora bajábamos a desayunar a una cafetería cercana para hacer rápidamente el ckeck out, coger el coche en el parking y poner rumbo a Valladolid, previa parada en Toro.
La mañana había comenzado con el tradicional chocolate con churros de los viajes por España en la Chocolatería Malú, junto al Mercado Central, en obras.
Al salir de la exposición Las Edades del Hombre continuamos nuestra visita por la ciudad, saliendo del recinto amurallado por la Puerta del Obispo, también llamada Óptima o de Olivares, construida en el siglo XI.
Servía de entrada a la ciudad por el lado sur, accediéndose a la zona de la Catedral. Es un arco de medio punto rebajado, con imposta lisa. Esta rematada por tejadillo de doble vertiente, roto por un remate en forma de poliedro irregular.
Se encuentra junto a la Casa del Cid, también llamada Palacio de Arias Gonzalo por ser la casa donde se criaron, junto con el Cid y bajo la tutela de Arias Gonzalo, los infantes de León y Castilla, hijos de Fernando I. Se trata de un edificio civil de estilo románico, siendo de los pocos que quedan en España.
Las Aceñas de Olivares, constituyen un conjunto de molinos de origen medieval que fueron la primera industria de la ciudad. Se levantaron hasta siete ruedas para la molienda del trigo con sus correspondientes presas o azudes. Estas instalaciones, entre los siglos X y XII, pasaron a ser propiedad de la iglesia y así se mantuvieron hasta la desamortización de Mendizábal.
A lo largo del tiempo han sufrido diversas reconstrucciones, hasta que en el siglo XIX, perdieron el uso molinero que se le venía dando.
Después de una rigurosa y muy minuciosa restauración, las Aceñas fueron inauguradas en julio de 2008. Gracias a ello, no sólo se ha recuperado su arquitectura, las tres aceñas, e ingenios que ya de por sí justifican una visita, sino también brinda ahora la oportunidad a los visitantes y habitantes de caminar sobre el Duero, escuchar su fuerza, y disfrutar de sus vistas.
En la primera aceña, completamente reconstruida, se ubica la recepción de visitantes, mientras que en cada una de las otras tres aceñas se ha reconstruido un martillo pilón, un batán y un molino respectivamente. La parte de arriba se ha dedicado casi exclusivamente a museos.
Dando un agradable paseo por la orilla del Duero llegamos al Puente de Piedra, construido en el Siglo XII y reformado en varias ocasiones, que une el centro de la ciudad con los barrios situados en el margen opuesto del río.
Es el más antiguo conservado y durante muchos siglos fue el único paso del río en la ciudad. Cuenta con dieciséis arcos apuntados que cruzan una de las zonas más anchas del río Duero. Tiene dieciséis grandes bóvedas apuntadas con distintos aliviaderos a modo de arquillos sobre las pilas. Los tajamares que presenta son de planta triangular.
Los desaguaderos encima de los pilares se hicieron al modo de los puentes romanos y en el siglo XX desaparecieron los elementos defensivos, fueron desmontadas sus torres y eliminadas sus almenas de los pretiles; la norte era un arco triunfal y fue rehecha en 1614 tras una gran riada y la del lado sur se reformó en 1556 a la manera renacentista añadiéndole un chapitel flamenco.
En 1712 fue reconstruido por los maestros Antonio de Teja y Pedro Durante. Se hizo popular por su veleta, que representaba a la Fama y que los zamoranos bautizaron con el nombre de “La Gobierna”, así como los distintos escudos, inscripciones y medallones. De la destrucción se salvó la famosa “Gobierna” hoy expuesta en el Museo de Zamora.
De camino al centro pasamos junto a la Iglesia de Santa Lucia, situada en la plaza del mismo nombre, en el límite de los denominados “Barrios Bajos” o “Puebla del Valle”, dentro del tercer recinto amurallado de la ciudad de Zamora.
Junto al Palacio del Cordón, forman el conjunto museográfico del Museo de Zamora, destinándose ésta a almacén visitable, donde se custodia un interesante conjunto lapidario, especialmente estelas funerarias romanas procedentes de Villalcampo, Muelas del Pan y Villalazán, piezas escultóricas, heráldica, sarcófagos medievales, etc.
Su planta responde a un rectángulo irregular, fiel reflejo de las diversas reformas arquitectónicas llevadas a cabo, especialmente en los siglos XVII y XVIII, las cuales minimizaron su origen románico. De este momento solo conserva parte de la fachada norte, con dos ventanas saeteras enmarcadas en arco de miedo punto ciegos y sencillos canecillos tipo capiteles vegetales, y un tercio del testero de los pies.
La Calle Balborraz, acceso directo al centro de la ciudad para cuantos viajeros atravesaban el Río Duero por el Puente de Piedra, sirvió de lugar de instalación de muchos comerciantes y artesanos (algunas calles inmediatas reciben los evocadores nombres del Oro, la Plata, la Zapatería, Caldereros o la Plaza del Trigo). Un tramo llano que finaliza en un recodo y una empinada cuesta nos condujo hasta la Plaza Mayor.
A ambos lados de la calle se alzan edificios de estrechas fachadas escalonadas, que conservan ornatos con sabor decimonónico y ecléctico, cuyos bajos resultan idóneos para desarrollar todo tipo de actividades. Pero las transformaciones urbanísticas experimentadas por la ciudad a partir de la década de 1960, dieron al traste con la vitalidad menesterosa de la Cuesta de Balborraz y sus numerosos establecimientos.
Encontramos abierta, por fin, la Iglesia de San Juan de Puerta Nueva de Zamora. Aunque su epígrafe y declaración se concreta en las portadas, habría que referirse sintéticamente al edificio, así llamado porque a su lado existió “la puerta nueva” de las murallas.
Su vida ha estado unida no sólo al ensanche de la primitiva ciudad, sino incluso a las sucesivas reformas de la Plaza Mayor, cuyas casas han ocultado su cabecera hasta hace pocos años. Documentalmente sabemos de su existencia en 1172 y por ese año, e incluso algo antes, estaría en obras que se prolongaron en el siglo XIII. En origen, como otros templos zamoranos, tuvo tres naves, reducidas a una, lo que parece que se hizo en 1559, pero permanecieron las tres capillas de la cabecera, reformadas también en el XVI con bóvedas de terceletes, ligaduras y combados.
Estas obras fueron motivadas por la ruina de la torre en cuyo remedio, según Fernández Duro, trabajaron Pedro de Ibarra y Martín Navarro. Antes, en 1531, había intervenido Rodrigo Gil de Hontañón. Reparos e informes técnicos se documentan a lo largo de los siglos siguientes a cargo de Hernando de Nates, Pedro Martín, Martín Barcia, Castellote, Segundo Viloria y Joaquín de Vargas.
El interior, quitadas las bóvedas barrocas puestas en el siglo XVIII, luce un buen artesonado de par y nudillo, pero el objeto de este apartado es la fachada meridional, no sin antes citar el hastial de poniente con un gran ventanal gótico con claraboyas y parteluces.
El lienzo sur, el mejor conservado, queda enmarcado por dos torrecillas; y la puerta propiamente dicha, ligeramente avanzada sobre la línea del muro, por dos esbeltas columnas que sostienen un tejaroz con canecillos triangulares. El hueco va volteado por tres arquivoltas de las cuales las dos exteriores apean sobre trio de columnas, rematadas con capiteles vegetales, análogos a los catedralicios y a los de la iglesia arciprestal; los fustes son lisos unos, helicoidales y almohadillados otros. Estas dos roscas lucen flores labradas de ocho pétalos inscritas en trapecios y la interior también se orna con motivos vegetales, pero apea sobre jambas.
Encima se rasgó un rosetón, calificado por Ramos de Castro como el más bello que tenemos en el románico zamorano; ocho columnillas a modo de radios lo estructuran en su perfil interior lobulado y animado con pequeños botones; en el centro, una cruz patada.
Menor interés tiene la portada septentrional que voltea arcos redondos sobre columnas acodilladas rematadas con capiteles de cesta.
El hastial de poniente fue reformado en 1759 y se le añadió una portada, de José de Churriguera, eliminada en una de las últimas restauraciones, pero si se conservó la obra gótica en la que destaca el monumental y bello ventanal.
Nos acercamos a la Puerta de doña Urraca, como se la conoce en la actualidad, pues antes se la llamó de Zambranos, y desde el siglo XIV, de la Reina; recibió también el nombre de Puerta de San Bartolomé, por la iglesia que allí existió.
Dos grandes cubos cilíndricos, de buenos sillares con marcas de canteros, defienden por los lados el arco de la puerta, semicircular, con dovelas pequeñas. Encima existe una lápida, como muy antigua del siglo XVI.
Tal y como ha llegado a nuestros días está incompleta, pues le faltan los remates de los torreones; por otra parte volteaba un segundo arco, como en las murallas de Ávila, del que sólo permanecen huellas de los arranques, y ventanas góticas, pues así aparece en un cuadro de finales del siglo XVII de la iglesia de San Antolín, y así se publicó un dibujo en la Revista Zamora Ilustrada.
Recorríamos los barrios periféricos al recinto amurallado sin prisa, buscando un sitio para comer.
El lugar elegido, extramuros. Portillo (Cocina a traición), en la Calle Cervantes, perfecto para comer de una forma distinta y tranquila, con unos platos magníficos.
El pasado 16 de octubre de 2025, Zamora acogió la inauguración de la XXVIII edición de Las Edades del Hombre, “EsperanZa”, una exposición que reúne 85 obras maestras del arte sacro procedentes de diversas diócesis españolas y portuguesas, entre ellas piezas de El Greco, Velázquez, Goya, Zurbarán, Picasso o Baltasar Lobo. Veinte de las obras pertenecen al patrimonio de la Diócesis de Zamora, entre ellas el emblemático Cristo de las Injurias.
La exposición se desarrolla en tres sedes: la Catedral del Salvador, la iglesia de San Cipriano y el Carmen de San Isidoro, este último espacio dedicado a actividades didácticas y educativas. Por primera vez en su historia, Las Edades del Hombre se celebra de otoño a primavera, permaneciendo abiertas las puertas de la muestra hasta el 5 de abril de 2026.
El lema elegido, “EsperanZa”, con la “Z” mayúscula destacada en alusión a la ciudad anfitriona, quiere ser “una llamada a reconocer en Zamora una tierra que no se resigna, sino que mira al futuro con esperanza y fe”.
Hay conceptos que solo pueden evocarse sin palabras. El arte ha demostrado que la belleza completa eficazmente el hueco de la escritura. El pincel y la gubia, el genio y la inspiración muestran su fecundidad para descubrir nuevos sentidos a partir de una historia, la de la fe expresada en imágenes, construida y tallada por artistas que contribuyen a dar razón de las convicciones cristianas.
En consonancia al Año Jubilar convocado por el papa Francisco, la XXVIII edición de Las Edades del Hombre tamiza la esperanza a través del patrimonio, haciendo que el visitante lleve consigo una experiencia sempiterna de luz eterna.
No es azaroso que la esperanza y Zamora se den la mano. No es accidental que esta exposición se desarrolle en esta tierra hoy de nuevo quemada, despoblada y herida. Una tierra que experimenta un horizonte de incertidumbre. Es aquí, asumiendo la debilidad y la fragilidad, la vulnerabilidad y el sufrimiento, donde tiene sentido hablar de esperanza.
Los tres Momentos de la exposición (Momento Pasión, Momento Resurrección y Momento Misión) y los tres Movimientos de cada uno de ellos, junto con el Preludio de la Iglesia de San Cipriano, predisponen al visitante en una dinámica que supera todo miedo y alienta al ser humano ante las dificultades con la certeza de que Dios está y estará siempre con nosotros.
En el templo románico de San Cipriano, la exposición pone en el centro de este Preludio la cruz. La cruz está vacía porque lo es todo. La cruz vacía expresa la esperanza en que la carne herida, la llaga abierta y el mal infligido no tienen la última palabra. Por eso, en la cruz no hay nadie, para que pueda verse clavado a cualquiera. La cruz sin crucificado justo aquí, en el comienzo de la exposición, simboliza que el crucificado ha resucitado. Este es el centro de la fe y la fuente de la esperanza
Aquí se concentran ocho piezas procedentes de seis diócesis de la región que tienen como hilo conductor «los sentimientos y sensaciones» asociadas a la temática de la muestra.
La bienvenida la dan dos impresionantes alegorías, la Fe y la Esperanza, de Gregorio Fernández (Madera pintada y policromada. Iglesia parroquial de los Santos Juanes, Navas del Rey, Valladolid) que miran hacia el pasado, hacia una singular cruz patriarcal de entorno a los siglos XI y XII de San Miguel, San Esteban de Gormaz en Soria, y también hacia el futuro. Un devenir que preside la gran cruz de luz suspendida que invita a la reflexión.
Tras el madero se encuentran un óleo sobre lienzo de El Greco, Salvador, procedente del Monasterio de la Asunción de la Madre de Dios (Descalzas Reales) de Valladolid; una pieza de alabastro, Esperanza, de Gil de Siloé, procedente de la Real Cartuja de Miraflores de Burgos y una obra de Vasco de la Zarza, Santa Faz (Ecce homo), expuesto en la Catedral de Ávila.
Destaca el conjunto pétreo de la Anunciación, de principios del siglo XIV, atribuido al Maestro de la Virgen de la Calva (escultor) y Domingo Pérez (pintor), en piedra arenisca policromadada, procedente de la Colegiata de Toro que por primera vez se exhibe en público, en palabras del comisario científico de «EsperanZa», Sergio Pérez Martín.
En la segunda sede de «EsperanZa», en la seo, el recorrido de «Pasión» comienza con arte contemporáneo.
Una mirada a nuestro mundo parecería ser el mejor argumento para desistir de la esperanza. Guerras, crímenes, injusticias, enfermedades, catástrofes… ¿Por qué deberíamos seguir esperando? El sintentido se ha apoderado de nuestras gentes. Es como si lo humano hubiera dado ya todo de sí. ¿Cabe, entonces, alguna esperanza?
Un tríptico de Antonio Pedrero que refleja la vida en el campo contrasta con tres obras de Satur Vizán, unidas en una, que aluden al individualismo de la ciudad y una sociedad azotada por, entre otros problemas, la baja natalidad con alusiones a la maternidad, ejemplificada, entre otras obras, en un bronce de Baltasar Lobo.
La esperanza de la nueva vida frente al desconsuelo que transmite un impresionante tondo de Ele Pozas, efectuado este año. Ese cuadro enlaza con un lienzo de grandes dimensiones de Ángel Luis Iglesias. El primer movimiento concluye en una sala bautizada como «vacío» en alusión al sinsentido más profundo del que surgen las preguntas más existenciales a las que el discurso cristiano da respuestas.
El siguiente ámbito recorre la historia del sufrimiento por la entrega a la causa de Cristo. Pero no una historia cronológica, sino cualitativa, que culmina en el sacrificio de los sacrificios: el del propio Hijo. Santas mujeres, apóstoles, discípulos, Juan Bautista, Abraham y María conforman este trayecto de las experiencias reales de quienes esperan a pesar de que ello conlleve la entrega real y cruenta de la vida
Lo hace a través de piezas de martirios, como el de San Sebastián pintado por Zurbarán, procedente de la sacristía del convento de Nuestra Señora de Gracia de Lisboa; una cabeza de San Juan Bautista de Juan de Juni, procedente de la Iglesia de San Martín de Tours de Aldeamayor de San Martín (Valladolid) o un grupo de santas mártires (Bárbara, Lucía, Apolonia, Margarita, Catalina, Cecilia, Águeda e Inés) en madera policromada, obra de Gregorio Fernández y su taller, que se encuentra en la Real Iglesia parroquial de San Miguel y San Julián de Valladolid.
Destaca la Dolorosa de Francisco Salzillo, una pieza venida de la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol de Lorquí.
A continuación encontramos un interesante encuentro entre esculturas de Diego de Siloé. Dos de este autor y una tercera de Felipe Bigarny, cedidas por la Catedral de Burgos, dialogan con el Cristo de las Injurias, casi a oscuras y situado muy cerca del visitante.
Francisco Rincón (presuntamente con la colaboración de Gregorio Fernández), junto a Tomás de Prado (policromía) son los autores de la Piedad que se venera en la Iglesia penitencial de Nuestra Señora de las Angustias de Valladolid.
La pasión de Cristo está materializada en un conjunto de relieves del taller de Nottingham del siglo XV de alabastro policromado, venidos de Lugo. El calvario de bronce de Tomás Crespo Rivera precede a un yacente de Gregorio Fernández «tallado completamente», en palabras del comisario científico de la exposición, Sergio Pérez Martín.
La resurrección abre la vida a una nueva vida. Y esa patria celestial que esperamos proyecta sobre el mundo la necesidad de iluminar las sombras y ofrecer un nuevo sentido a la realidad. Lo incompleto y fragmentario de nuestro ahora apunta a un mañana en el que todo será eterno y perfecto
Bajo la denominación de «Resurrección» figura un impresionante óleo sobre tabla de Diego de la Cruz, Cristo entre dos ángeles, perteneciente al Museo-Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias (Burgos) rodeado, entre otras obras, por un óleo sobre madera de tilo de Juan de Flandes, Resurrección, que ha viajado desde la catedral de Palencia.
En este punto del discurso, Las Edades del Hombre ha integrado el coro del primer templo diocesano, que está abierto, donde se ha colocado un Resucitado que habitualmente se encuentra en una capilla de la seo, así como obras alusivas a los sacramentos, como un impresionante tríptico del bautismo de Cristo venido de la diócesis lusa de Santarém.
El tercer movimiento, «Bienaventurados seréis», reúne cuatro capiteles románicos de las diócesis de Soria y Burgos que condensan la iconografía de «cómo se entendió el paraíso en la Edad Media». Tras ellos una instalación del sepulcro vacío que invita a mantener la esperanza.
El amor es el único camino. El único antídoto contra el miedo. Porque el que ama no agota su amor en el ahora amante, sino que lo proyecta para siempre. La experiencia de los buscadores de Dios está constituida por una llamada a la confianza. No tengas miedo, resuena una y otra vez en el camino de la fe. No tengas miedo porque el Señor está contigo
El último capítulo de la exposición, «Misión», presenta tres anunciaciones: un altorrelieve de Juan de Badajoz el Viejo de la Catedral, otra de El Greco y una tercera pintada por un joven Pablo Picasso.
Estas tres creaciones ocupan la capilla de San Bernardo, mientras que en la capilla de San Ildefonso o del cardenal, donde puede contemplarse las tablas de Fernando Gallego y en las hornacinas los grupos escultóricos tallados por Juan de Montejo, se exhiben un extraordinario bronce titulado «Gran profeta» de Pablo Gargallo o un báculo de Pedro II de hacia 1300 que apareció, años atrás, al destaparse uno de los lucillos sepulcrales de la seo.
La difusión de la palabra tiene espacio en la muestra mediante esculturas de los padres de la Iglesia Latina, representados en cuatro obras de Francisco de Goya (Los cuatro Padres de la Iglesia Latina: San Agustín, San Gregorio Magno, San Ambrosio y San Jerónimo. Iglesia parroquial de San Juan Bautista. Remolinos -Zaragoza-), pintadas en plena madurez del autor, que dialogan con los doctores de la Iglesia occidental de Esteban de Rueda (Doctores de la Iglesia Occidental: San Gregorio Magno, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Iglesia parroquial de la Asunción de Nuestra Señora. Morales del Vino -Zamora-).
«Amén» representa la recta final de la exposición y bajo este nombre figuran una pintura de Berruguete de la capilla real de Granada o una Inmaculada pintada por un joven Diego de Velázquez.
Amén es nuestra palabra para su Palabra. Amén es la verdad que habla de confianza, de abandono, de entrega. Y por eso la esperanza sólo lo es en quien, al final y cada día, nos repite venid a mí los cansados y agobiados. Nuestra esperanza está en su regazo, en su mesa. La espera culmina en la esperanza cumplida
A su vuelta, descubrimos al Cristo de la paciencia de Nicolás Salzillo o bien un gigante cuadro de Teresa Peña que culmina en el Cristo en majestad rodeado de santos del primer templo diocesano.
En la Iglesia de San Pedro y San Ildefonso conocimos la existencia de la llamada “Milla Románica”, un conjunto de trece iglesias y museos visitables mediante una entrada colectiva al precio de seis euros. Por la exposición y por el calendario (no todas abren todos los días) no sería posible visitarlas todas pero veríamos algunas de ellas.
Tras un posible origen visigótico, la iglesia en la que comenzábamos la ruta fue reedificada a finales del siglo XI. Se reformó y amplió a fines del siglo XII y a lo largo del XIII. En el siglo XV fue renovada y se cambió la estructura y fisonomía del templo, sustituyendo las tres naves por una cubierta con cuatro bóvedas alargadas de crucería y fue preciso poner los arbotantes.
A principios del siglo XVII se reedificó la sacristía y se reformó la capilla mayor. Entre 1721 y 1723 Joaquín de Churriguera hace reparos interiores y se construye la portada Oeste. A finales del siglo XVIII se construyó la portada neoclásica del Norte.
La bóveda es estrellada, con abundantes claves. En la fachada Oeste en la portada se ha abierto una hornacina presidida por una escultura de San Pedro, y a cada lado del frontón se hallan los dos cuarteles del escudo de la ciudad, enmarcados por gruesas labores vegetales y sostenidos por parejas de niños.
En la sacristía se guarda un magnífico tríptico flamenco del primer tercio del XVI. También se conservan objetos litúrgicos de gran valor. En esta iglesia se encuentran sepultados, según la tradición, los restos de San Ildefonso y de San Atilano.
Cerca de ella, en la calle Rua de Los Francos, se encuentra la Iglesia de la Magdalena. Ya se la nombra en un documento de 1157, prolongándose sus obras hasta el siglo XIII. Perteneció a la Orden de San Juan y, según parece, ante su portada se administró justicia. Tiene una sola nave de planta rectangular que se une al semicírculo del ábside por un tramo recto.
Destaca la portada sur con un rosetón de lóbulos con guarnición de puntas de diamantes en la parte de arriba, y en la parte baja la puerta cuyos arcos descansan en cuatro parejas de columnas de capiteles labrados que efigian dragones, aves híbridas con cabezas humanas y animales fantásticos.
Las arquivoltas se cubren con abundante decoración vegetal, y entre ello se esconde un obispo con casulla, mitra y báculo que es tradición buscar.
La orla que guarnece las arquivoltas lleva cabecitas sonrientes enmarcadas por tallos, todo un estudio en piedra de la risa humana. Las otras portadas son más sencillas y austeras.
En el interior del templo hay dos piezas de gran valor que confieren a la iglesia su mayor originalidad y riqueza. En primer lugar los dos tabernáculos incrustados en los ángulos delanteros de la nave y cubiertos con bóveda de cañón y, lo que es más importante, el sepulcro de una dama desconocida cuya figura yacente aparece empotrada en el muro con dos ángeles encima portando su alma.
La Iglesia de Santa María la Nueva, debido a los acontecimientos históricos, pertenece a dos épocas. Una, al románico de finales del siglo XI, que comprende todo el ábside y parte del muro sur. El resto, reconstruido a finales del siglo XII.
En esta iglesia se sitúa uno de los acontecimientos más relevantes, populares y conocidos de la ciudad: el Motín de la Trucha. En este hecho, que tuvo lugar hacia el año 1168, se incendió la primitiva iglesia allí existente, reedificándose con las donaciones populares y dándosele la actual denominación de Santa María la Nueva.
Consta de una sola nave, aunque la iglesia primitiva tuvo tres. El ábside se halla separado por un arco toral apuntado.
Después del incendio, se hizo el arco toral y dos estancias adosadas a ambos lados del ábside central; las tres naves se redujeron a una y se levantó una torre fortaleza con el cuerpo bajo interior abovedado.
Durante la restauración de 1959 se descubrieron restos de pintura mural de estilo gótico lineal realizadas en negro y rojo.
Se acercaba la hora de cierre de las iglesias pero teníamos tiempo de visitar la de Santo Tomé, básicamente románica, excepto el hastial y buena parte del muro Sur, que son obra del siglo XVIII. Hay que reseñar que la iglesia fue monasterio. En el siglo XVII, las tres naves originales se convirtieron en una sola con cubierta a dos aguas, sostenida por dos enormes arcos, siendo objeto de pleito en el siglo XVIII entre el Cabildo y Obispado sobre su jurisdicción.
En la actualidad alberga el Museo Diocesano de Zamora, inaugurado en julio de 2012, donde la Diócesis de Zamora difunde con carácter didáctico los contenidos más importantes de la fe católica mediante la exposición permanente y temporal de obras destacadas de arte cristiano.
La colección permanente está formada por ciento treinta y cuatro piezas de escultura, pintura, orfebrería, metalistería, mobiliario y objetos pétreos. Son obras de arte hispanorromano, visigodo, románico, gótico, renacentista, barroco, neoclásico y colonial, realizadas entre los siglos I y XIX.
Había llegado la hora de la cena. A los zamoranos les encanta salir de pinchos y quien pisa la ciudad se mimetiza en el ambiente del tapeo. Dicen que “a los zamoranos les gusta salir de pinchos porque es gastronomía de primera en raciones pequeñas, unido a la buena conversación, un vino de calidad y un casco histórico ideal para pasear».
Nos dirigimos a la zona de Los Lobos y Horno de San Torcuato, encontrándonos el Bar Lobo “cerrado por vacaciones”. Encontramos La Casa de los Pinchitos y el Bar Caballero, pero al final nos decantamos por Benito and CO, buen sitio para tomar una copa de vino de Toro junto a un espectacular torrezno y unas tostas de sardina ahumada y de jamón.
Era el momento de regresar al hotel y descansar del ajetreado día. Casi siete horas de coche y unos cuantos kilómetros por la Zamora más monumental bien merecía el ansiado descanso.
Nuestros pasos nos llevaron hasta la catedral, no visitable por la mencionada exposición. De estilo románico, severa y armónica, es uno de los edificios más bellos construidos en el siglo XII. Su construcción comenzó en el año 1151 y veintitrés años después fue consagrada.
La planta es de cruz latina con tres naves, las laterales de bóveda de arista y los brazos del crucero de cañón apuntado, la central de crucera simple. En el crucero se alza un hermoso cimborrio, de clara influencia bizantina, decorado con una cúpula gallonada, adornada con escamas de piedra. Este es el elemento más llamativo, bello y original del templo, que presenta un juego de contrastes arquitectónicos verdaderamente interesantes.
La Catedral conserva una de las tres puertas románicas originales, la del Obispo, situada en la fachada Sur y que contiene una de las muestras de mayor calidad de la escultura románica. En el siglo XIII se añadió al conjunto una torre maciza de cinco cuerpos de gran altura y sobriedad y ya en el siglo XVII se reconstruyó el claustro del edificio.
Fue declarada Monumento Nacional por Real Orden el 5 de septiembre de 1889.
Junto a la catedral se encuentra el Castillo de Zamora. De forma romboidal, está formado por una serie de estructuras concéntricas, foso, contrafoso, liza, cuerpo residencial y patio interior. Destacaba la torre del homenaje, la más alta, donde vivía el señor del castillo y último reducto defensivo de la fortaleza. En las fases de recuperación se han encontrado cinco torres más.
El Castillo de la ciudad de Zamora se encuentra situado sobre una gran roca, bajo la cual confluían los ríos Duero y Valderaduey, creando éstos una vega agrícola magnífica que abastecía a este entorno con una gran variedad de productos. Esta roca natural de piedra arenisca se convertiría en la cantera que iba a proporcionar la piedra necesaria para la construcción de la fortaleza y además, las labores de extracción de la piedra, originaron el primer elemento defensivo, el foso.
El Castillo vivió una época de gran esplendor en la Edad Media, sufriendo una importante transformación en el siglo XVIII para convertirlo en un fortín artillero y adaptarlo así, a los nuevos métodos de ataque y defensa de las ciudades, la artillería.
Es en el siglo XVIII cuando la liza interna de la fortaleza se rellena de tierra para proteger los gruesos muros, que en la Edad Media habían protegido a sus ocupantes de piedras y saetas pero vulnerables ahora ante los nuevos cañones.
Este relleno en la liza va a generar una plataforma por la que subir la artillería al nuevo cuerpo de fusileras, pero también deja oculto el adarve o paseo de ronda primitivo y las escaleras que conducían a él, todo ello recuperado tras las obras llevadas a cabo. Desde los años 30, la fortaleza había sido invadida por los jardines que la rodeaban, originando éstos una serie de empujes sobre la barbacana, además de importantes derrumbamientos en la pared del contrafoso.
Con las obras de recuperación realizadas en los últimos años y dirigidas por el arquitecto zamorano Francisco Somoza, el Castillo ha recuperado parte de su esplendor pasado creando una atmósfera única que evoca tiempos lejanos. A través de las pasarelas de granito se accede a toda la fortaleza y desde la Torre del Homenaje se disfruta de una de las mejores vistas de la Catedral y de la ciudad de Zamora.
Finalizada la visita al castillo nos dirigimos a la Oficina de Turismo para informarnos sobre la exposición “Las edades del hombre”. En ella supimos de la oportunidad de realizar una visita guiada a la zona más monumental de la ciudad al día siguiente por el hecho de adquirir la entrada, que no dudamos en realizar.
Junto a la oficina se encuentra el Mirador del Troncoso, situado encima de las peñas de Santa Marta, desde el que se contemplan unas vistas excepcionales del río Duero y el Puente de Piedra, los barrios de la margen izquierda y diversos pueblos cercanos.
Pasear por la Rúa de los Francos y adentrarse en la plaza de San Ildefonso del casco antiguo de Zamora no sería lo mismo sin Herminio Ramos. El de la escultura es uno de los más fotografiados por los turistas, casi sin saber bien la historia que hay detrás del cronista oficial de Zamora, historiador, profesor, estudioso, investigador, autor de numerosas publicaciones, artífice de la Feria de la Cerámica y, por encima de todo, zamorano.
Si Alice condicionó, y mucho, nuestro viaje a Girona, Claudia lo ha hecho en nuestra escapada a Zamora y Valladolid, gestada precisamente en el viaje de vuelta de la primera. Buscábamos un destino alejado de las lluvias derivadas de la DANA y nos metimos en un laberinto de frío de nieve que, afortunadamente, quedó en algo menos de lo pronosticado, por lo menos la nieve, que hubiera sido un gran inconveniente para alguien como nosotros acostumbrados a la climatología de otras latitudes bien distintas a las de la meseta castellano y leonesa.
Dos noches en Zamora y otras dos en Valladolid, empezando por la capital que concentra el mayor número de edificios románicos por metro cuadrado de una ciudad europea. La sucesión de iglesias románicas, las aceñas desafiando al Duero y la imagen de la bella Catedral coronada por el célebre cimborrio son las señas de una ciudad moderna con un corazón románico de piedra. Como la ciudad histórica que es, Zamora se levanta sobre un cerro estratégico, defendido al sur por el río Duero.
En plena Ruta de la Plata, el promontorio albergó la antigua mansión romana de “Ocellum Duri” y se convirtió en baluarte fronterizo de primer orden en las guerras entre los cristianos del norte y los musulmanes del sur. Fue en la Edad Media cuando la provincia de Zamora se erigió en protagonista de la historia de España. Desde la lucha entre musulmanes y cristianos, cuando (en el siglo IX) la actual capital se convierte en baluarte decisivo de la frontera del Duero, hasta la batalla de Toro (1476), tras la que los reyes Isabel y Fernando ponen las bases de lo que será la futura nación española.
Entre ambas fechas la ciudad de Zamora fue repoblada, destruida y fortificada de nuevo en numerosas ocasiones, llegando a poseer hasta tres recintos amurallados. En los siglos X y XI fue sede real y de Cortes, y durante el siglo XI protagonista principal de los hechos que relata el Cantar del Mio Cid. De su importancia ha quedado un buen rosario de iglesias románicas, de las muchas que existieron en la ciudad. Los tres recintos amurallados que la ciudad poseía en el siglo XIII hicieron que se la conociera como “la bien cercada”. De ellos se conservan el castillo, diferentes cubos y puertas, así como largos tramos de muralla, algunos de los cuales, convertidos en mirador, nos ofrecen bellas panorámicas sobre el Duero y los barrios bajos zamoranos. Del siglo X datan las aceñas o molinos. También el puente de piedra, construido en el siglo XII, con dieciséis arcos apuntados.
A pesar de la temprana hora de partida, un accidente a la salida de Madrid hizo que llegáramos a Zamora con el tiempo justo de hacer el check in en el hotel y dejar el coche en un parking cercano bajo la Plaza de la Marina, más o menos el centro de la ciudad. Desde aquí comenzamos nuestra ruta hacia un sitio donde comer tomando la calle peatonal de Santa Clara, una calle amplia donde se encuentra la zona de tiendas y que conecta el centro de la ciudad con el centro histórico de la misma. Terminamos en la arrocería “Mar y Montaña”, en la Plaza de Santa Eulalia, cercana al hotel. Ahí nos enteramos de la existencia de la exposición “Las edades del hombre”, algo que debemos agradecerle a la chica que nos atendió.
Tras la comida regresamos a la calle de Santa Clara, donde nos encontramos con la primera de las muchas iglesias que hay en Zamora, la Iglesia de Santiago del Burgo, recientemente rehabilitada, enfrente de la plaza de la Constitución, cerrada en este momento y a la que volveríamos.
Casi al final de la calle se encuentra el Palacio de los Momos, sede actual del Palacio de Justicia. Es un edificio renacentista con elementos decorativos del gótico isabelino. Del edificio original solo se conserva la fachada (el resto se vino abajo durante el reinado de Carlos II).
En la plaza de Zorrilla, junto al palacio de los Momos, se encuentra la escultura “Madre y Niño”, de Baltasar Lobo.
Continuando la calle, y antes de entrar en la Plaza Mayor, se accede a la Plaza Sagasta, antiguamente llamada Plaza de la Hierba, lugar donde se hermanan las calles que partían de los derruidos portillos de Santa Clara y San Torcuato, para ir juntas hasta la Plaza Mayor. Fue el espacio ocupado por el mercado callejero de frutas y verduras hasta 1904, cuando entró en funcionamiento el nuevo Mercado de Abastos.
En la Plaza de Sagasta se alzaron algunos de los más importantes edificios urbanos de la ciudad durante el primer cuarto del siglo XX, propiedad de la burguesía y de los rentistas más adinerados, que instalaron señalados negocios en sus bajos comerciales.
En el lateral norte de la plaza se construyeron piezas tan interesantes como la Casa de las Cariátides, seguramente obra de Gregorio Pérez Arribas, otro edificio coronado con un par de efigies aladas que fue reformado por Antonio García Sánchez-Blanco en 1921 y algunos más con ricos detalles eclécticos y modernistas trazados por insignes arquitectos como Francisco Ferriol.
Llegamos a la Plaza Mayor, un emblemático espacio que ha experimentado numerosos cambios a lo largo de su historia. Desde sus orígenes como espacio de mercado extramuros hasta su configuración actual, esta plaza ha sido testigo de la evolución de la ciudad.
En sus primeros días, la Plaza Mayor de Zamora era un área abierta cerca de las puertas principales de la muralla. Aquí se organizaban mercados y ferias, marcando el inicio de su importancia en la vida de la ciudad. La iglesia de San Juan de Puerta Nueva ya existía antes de que la plaza adquiriera su forma actual, y su fachada se transformó con la construcción de soportales en el siglo XVII.
La Iglesia tiene a su vera la estatua del Merlú, nombre que se le da nombre al par de congregantes de la cofradía de Jesús Nazareno que se encargan de congregar a los nazarenos para empezar la procesión. El monumento consta de dos personas, una con una trompeta y otro que toca el tambor.
A lo largo de los siglos, la Plaza Mayor fue testigo de la construcción de edificios significativos. En 1484, se inició la edificación del Ayuntamiento Viejo, marcando el comienzo de las obras para nivelar los taludes y expropiar casas. En 1766, se erigió la Casa de las Panaderas en el lado este, donde se vendía pan en sus soportales. En el siglo XX, se construyó el Nuevo Ayuntamiento frente al edificio original.
Continuamos el camino por la calle Ramos Carrión hasta la Plaza de Viriato donde se encuentra una estatua de Viriato que está muy ligado a la historia de Zamora. Viriato era un pastor, más tarde guerrero lusitano, que en el siglo II a.c. que luchó e hizo frente a la expansión de Roma.
A la izquierda de la plaza se encuentra un mirador de la ciudad, con vistas desde la muralla, junto a la Iglesia de San Cipriano, una de las dos sedes de la exposición “Las edades del hombre”.
Callejeamos hasta llegar al borde del río, en las inmediaciones del Puente de Piedra, el más antiguo de los que se mantienen en pie. Su origen es medieval, mencionándose ya en el siglo XII. En sus primeros años se denominó Puente Nuevo, en contraposición al llamado entonces Puente Viejo, cuyos restos todavía se pueden ver aguas abajo, aunque se arruinó ya en el siglo XIV y posteriormente parte de sus elementos fueron reutilizados en la construcción y reparación de las aceñas de la ciudad.
Pese al vetusto aspecto que presenta, la fisonomía del Puente de Piedra ha evolucionado considerablemente a lo largo de su dilatada existencia. Las grandes avenidas del río y los avatares históricos han obligado a realizar en su estructura numerosas reformas que han ido dejando su impronta. Todavía a principios del siglo XIX disponía de almenas e incluso de dos grandes torres de carácter defensivo situadas en sus extremos.
Durante largo tiempo constituyó el único acceso a Zamora desde la margen izquierda del río, lo que permitió a Pedro I establecer el cobro del pontazgo, impuesto que recaía sobre quienes empleaban el puente para entrar en la ciudad y que se mantendría hasta el siglo XIX.
Por suerte, Murcia ha sido finalmente una de las paradas de este viaje por los temas más escuchados del ya exitoso repertorio de Ismael Serrano, esta vez con un toque sinfónico. Y digo finalmente porque, inicialmente, ocho fueron los conciertos confirmados: Madrid, Oviedo, Sevilla, Buenos Aires y Córdoba (Argentina), Barcelona, A Coruña y Granada.
Pero cuando alguien persigue una ilusión como asistir en directo a la interpretación con, presumiblemente, la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, de estos himnos ahora sinfónicamente arreglados, «los sueños se cumplen» es una de las frases más recurridas, aunque también puede ser dolorosa, porque a veces las ganas no bastan para cumplir ciertos objetivos.
Por suerte, hay anhelos que, por muy imposibles que parezcan, se terminan haciendo realidad. Primero, el anuncio de una nueva fecha en Murcia. Segundo, tener la ocurrencia de pedirlo como «regalo de cumpleaños«, porque que el día elegido, el 15 de noviembre de 2025, fuera un sábado no encajaba, precisamente, con nuestro modo de vida.
Cuentan que Ismael vivía fantaseando con añadir a sus composiciones el toque mágico que solo una orquesta sinfónica puede ofrecer. Este fue el punto de partida de Ismael Serrano. Sinfónico, algo que, en sus propias palabras «se había vislumbrado en algún concierto puntual, pero no en un disco como este y, menos aún, en una gira como la de este 2025«. Y el Auditorio Víctor Villegas fue anoche uno de los destinos de este viaje musical por los temas más representativos de una trayectoria que abarca, ni más ni menos, que treinta años.
«Decía Machado que si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo es despertar«, así arrancaba Ismael su discurso, tras cantar el tema con el que comenzó el concierto, «Sucede que a veces«.
«Los sueños se cumplen, sí, a veces. Al final, todo depende de dónde hayas nacido, en qué clase social, si has recibido herencia o no… Creer no es suficiente, pero sí necesario. Quiero darle las gracias a toda esa gente que ha creído en mí, y a los que me han acompañado en estos 30 años. Vamos a darlo todo, ya lo decía Bill Murray: hagas lo que hagas, da siempre el cien por cien, a menos que estés donando sangre«.
Muchos pensarán que el espectáculo de anoche no se caracterizó por la efusividad de otros conciertos del cantautor, precisamente, porque el brillante sonido de la orquesta hace que parezca que el público no tararea sus canciones, pero no fue así. Además, los aplausos y alguna que otra aclamación retumbaron fuertemente por las paredes del Auditorio Víctor Villegas tras cada tema. Sin duda, lo que protagonizó el concierto fue la emotividad.
Cuando pareció que la pena había tocado fondo, Ismael sugirió que «creo que aún podemos ahondar en la tristeza. Creo que es la canción más triste de mi repertorio, de las canciones escritas en castellano, en el mundo. Es la eterna nominada, pero que nunca gana, así que permítanme que me otorgue este premio«. Así fue como presentó «Recuerdo«.
A lo largo de su actuación Ismael compagina sensibilidad y humor a partes iguales, y además de deleitar con su timbre, nos sorprende con sus ocurrencias entre canción y canción: «Yo hablo mucho. Cuando tienes 20 años, hay muchas cosas que se quedan fuera de una canción y lo que quieres es contextualizar. Cuando tienes 30 o 40, comentas cómo ha evolucionado cada tema, explicas los matices, porque tu forma de ver la vida ha cambiado. Cuando tienes 50 o 60, hablas para darte un respiro«, admitió, dando paso al siguiente tema: Solo me callo cuando aparece ella y me dice «cállate y baila«.
Además de las mencionadas, el setlist estuvo compuesto por clásicos de su discografía, como «La llamada«, «Absoluto«, «Nieve«, «Si se callase el ruido«, «Vine del Norte«, «Vértigo» o «Ana«, entre otros. Parece que, cuando a sus composiciones se le añade el toque sinfónico de una orquesta y un juego de luces que sigue el ritmo de la música, se obtiene como resultado un recital cuya magia recuerda a eso que dicen que transmiten las canciones de Disney.
Algunas piezas con las que nos deleitamos anoche en directo llevaban décadas formando parte de la industria musical, y con las canciones ocurre lo mismo que con las personas: son las mismas, pero, con el tiempo, van cobrando un significado diferente. En esta misma línea, Ismael bromeaba con la idea de que «hay veces que decimos que los primeros temas de un artista eran los mejores, pero, ¿y si lo que echamos de menos no son esas canciones en sí, sino las personas que éramos cuando las escuchábamos? Aunque a veces es cierto que hay artistas cuyas primeras canciones eran las mejores«.
Aunque en ocasiones parezca mentira, las personas evolucionan. Anoche fuimos testigos del crecimiento musical de un artista que lleva más de tres décadas en la música a pesar de que sus «temas no suenan en la radio«, aunque sí lo hacen en mi despacho, en mi coche o en mis caminatas diarias hasta la contrapará, que diría un murciano.
Fue un concierto tranquilo, pero cargado de emociones. Ismael fingió un adiós y pensamos que con la última canción del disco, «Papá cuéntame otra vez«, finalizaba el concierto Puestos en pie despedimos a los artistas que ocupaban el escenario. A Ismael y a nuestra maravillosa Orquesta Sinfónica, a la que acostumbramos oir en otros registros pero que, personalmente, creo que disfrutaron, y mucho, la oportunidad de interpretar estos temas, ya de siempre.
Lo que no sabíamos es que nuestro querido Ismael tenía tres temas guardados como un as en la manga. La velada terminó por todo lo alto. Con «La canción de nuestras vidas» y palmas en cada estribillo de la misma, Ismael puso el broche de oro al viaje musical. Murcia lo hizo con una gran ovación en honor al artista, que, a través de su delicadeza, había logrado penetrar en cada uno de los corazones presentes en la sala.
Hemos tenido la suerte de asistir ya en muchas ocasiones a un concierto de Ismael Serrano. Anoche vivimos, con diferencia, el mejor. El que más hemos disfrutado. Los arreglos ejecutados por Jacob Sureda para las hermosas canciones de Ismael fueron interpretados a las mil maravillas por nuestra fenomenal Orquesta Sinfónica, la de la Región de Murcia y el cantautor puso el alma en cada una de ellas para que pudiéramos vivir una noche mágica.
No siempre se puede elegir tu regalo de cumpleaños. En este caso, ha sido sencillamente maravilloso. Gracias, May.
El Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores, promovido por la Secretaría General de Universidades y el Instituto de la Juventud de España, tiene como objetivo promover la investigación en los centros docentes que imparten enseñanzas previas a la universidad mediante la concesión de premios a trabajos realizados por los alumnos y coordinados por un tutor.
El Congreso Regional de Investigadores Junior, organizado por la Universidad de Murcia, se marca como objetivos promover la vocación del estudiante hacia la investigación científica, humanística, técnica o artística, además de favorecer la capacidad de los alumnos para elaborar, exponer y argumentar de forma razonada proyectos de investigación.
El objetivo del certamen «InvestigArco», promovido por el Excmo. Ayuntamiento de Alcantarilla, es impulsar la investigación, innovación y emprendimiento entre el alumnado, promover el desarrollo de ideas novedosas y respetuosas con el medio ambiente, fomentar el uso de la tecnología y promover el trabajo en equipo.
El IES «Francisco Ros Giner» de Lorca reconoce y recuerda la gran labor realizada por Dª. Esther Sánchez Pérez, impulsora y máxima responsable de los innumerables éxitos que ha alcanzado el alumnado que ha cursado la modalidad de Bachillerato de Investigación en el centro, mediante la creación de unos premios en su honor, con la finalidad de promover la investigación en los centros de la Región de Murcia, en los que se premian trabajos relevantes que tengan un marcado carácter social, y que se engloban en dos categorías: Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, y Ética y Sociedad.
Son varios los alumnos de las distintas promociones de este programa, tutorizados por mi, que han optado a los premios de estos eventos.
En el caso del Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores, han sido elegidos para participar en el mismo y galardonados con alguno de los premios otorgados seis alumnos pertenecientes a la primera (Mª. Cecilia Rodríguez Mayor), segunda (José Neptuno Rodríguez Giménez, Mª. Belén Belmonte Gómez), octava (Jorge Parra García), decimosegunda (Miguel Menchón Pujante) y decimotercera promoción (Nuria Almela Martínez).
Aunque en el Congreso Regional de Investigadores Junior han participado alumnos de todas las promociones, solo se han otorgado premios en las últimas ediciones. En este evento han sido galardonados tres alumnos pertenecientes a la sexta (Juan Carlos Espín Aguilar y María Férez Puche) y séptima (Allison Elizabeth Clark Gómez). La suspensión de este evento en el curso 2020/21 por los efectos de la pandemia impidió optar a los premios de este Congreso a los alumnos de la novena promoción.
En las ediciones convocadas del Certamen Regional InvestigArco ha sido galardonada una alumna perteneciente a la décima promoción (Estefanía Sakharyk Lysyk).
En las ediciones convocadas del Certamen de Investigación «Esther Sánchez» ha sido galardonada una alumna perteneciente a la decimotercera promoción (Lucía García López).
Siendo estos los galardones más relevantes, por ser obtenidos por los alumnos tras la elaboración y defensa de sus proyectos en segundo curso de Bachillerato, podemos mencionar otros obtenidos por proyectos realizados en primer curso que, en algún caso, son coordinados por investigadores relevantes en los que se ejerce la tarea de tutor en el centro.
Es este el caso de DIES («I+D en Institutos de Educación Secundaria»), un proyecto educativo de iniciación a la investigación cuyo objetivo principal es mostrar al alumnado de primer curso de Bachillerato qué es la investigación y cómo se practica. Este proyecto está dirigido a los alumnos de primer curso del Bachillerato de Investigación y se marca como objetivo principal propiciar en el alumnado la aplicación de las técnicas de investigación a través de trabajos guiados por investigadores. Desde su cuarta edición, en el curso 2016-2017, la Academia de Ciencias de la Región de Murcia otorga sus premios basados en las valoraciones correspondientes a los trabajos presentados, realizadas sobre aspectos tales como la calidad (planteamiento, metodología y resultados), la presentación y la defensa del trabajo.
En las ediciones del Proyecto IDIES en las que la Academia de Ciencias de la Región de Murcia ha otorgado sus premios ha sido galardonado un grupo de alumnas pertenecientes a la decimotercera promoción (Nuria Almela Martínez y Marta Tallón Marín).
Finalmente, cabe mencionar que el Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO) convoca anualmente el concurso nacional: Si eres original, eres de libro, dentro del programa Es de libro. Este concurso pretende fomentar entre los estudiantes de enseñanza secundaria hábitos investigadores responsables con la propiedad intelectual, así como el respeto a los derechos de autor en el entorno digital y premia las mejores investigaciones originales, elaboradas a través del trabajo en equipo. Está dirigido a estudiantes y docentes de bachillerato y ciclos formativos de Grado Medio de toda España. Se trata de promover la realización de trabajos originales de investigación, tutorizados por un profesor.
El jurado de la XV edición del concurso, eres de libro, concedió una mención extraordinaria al trabajo de investigación elaborado por las alumnas de la décima promoción Carlota Martínez Flores, María Luisa Rufete Martínez e Isabel Zapata Hidalgo.
Representan el trabajo de los alumnos y de su tutor. Representan la satisfacción del trabajo bien hecho.
Pondero el esfuerzo y la dedicación de cada uno de los alumnos que han recibido estos premios, porque significa que han ido un poco más allá de lo que se les pide en su trabajo diario. En su momento, tomaron en cuenta todas y cada una de las palabras, los consejos y las correcciones y las hicieron suyas, las tomaron como propias, para dar lo mejor de sí en sus proyectos.
Doy la enhorabuena a los estudiantes premiados, y felicito, en general, a todos los alumnos que han pasado por el programa y han contado con mi tutorización, ya que todos los trabajos elaborados en estos años han sido de gran calidad.
De manera paralela e independientemente del Supermanager clásico, durante las cuatro trepidantes jornadas de finales de diciembre e inicios de enero se ha disputado el ya habitual SuperManager de Navidad 25-26, con un premio para el ganador final que es el único que motiva a May a que dedique unos minutos a esta gran afición: un […]
A finales de 2015 empecé la (buena) costumbre de publicar un collage formado por 16 fotos, 16 momentos, a modo de instantánea, de los muchos acontecidos fuera del aula (y algunos dentro), considerando que la clase supone el producto científico y creativo más importante que todo docente elabora. Desde entonces se convirtió en una buena […]
Poco a poco, premio a premio, la gastronomía de la Región de Murcia sigue acumulando reconocimientos que subrayan su gran estado de forma. El último, la primera estrella Michelin a Barahonda, con Alejandro Ibáñez al frente, un yeclano que ha sido nominado a cocinero revelación en Madrid Fusión. Pese a su juventud, aglutina ya la suficiente […]
El 25 de abril de 2025, en el salón de actos del IES «Francisco Ros Giner» de Lorca, se celebró la defensa de los trabajos de investigación seleccionados por el Jurado del III Certamen de Investigación «Esther Sánchez». El trabajo de Lucía García López, ¿Picará mucho? ¿Picará poco?, fue uno de los seleccionados entre los 35 […]
Como suelen decir en Pucela: “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…“, nos acercamos al río tras realizar las últimas compras y acercarlas al coche. El río Pisuerga es el más importante de la ciudad, tanto pos su caudal y todos los beneficios que el conlleva, como por haber sido durante muchos años el límite […]
Alquimia se convirtió en noviembre de 2022, tras Trigo, en el segundo restaurante de Valladolid capital en obtener una estrella Michelin. Al frente de la cocina de Alquimia está Alvar Hinojal, uno de los cocineros más talentosos de la ciudad. En ella encontramos dos propuestas diversificadas en dos espacios diferentes, Laboratorio (comedor principal) y Crisol […]
La tarde anterior, de camino al hotel, descubrimos una chocolatería cercana a la catedral, de idéntico nombre, y fue la elegida para comenzar nuestro recorrido por la ciudad esa mañana. La fachada de la Universidad de Valladolid es uno de los mejores ejemplares del Barroco en nuestro país. Su edificio medieval se renovó a principios […]
La creación del Museo Nacional de Escultura se remonta al año 1933. En la primera sede elegida para su ubicación, el Colegio San Gregorio y la capilla funeraria de su fundador, Fray Alonso de Burgos, se logró reunir e instalar un importante conjunto de esculturas y pinturas que, procedentes del antiguo Museo Provincial de Bellas […]
Iniciamos nuestra visita a Valladolid, antes de comer en Trigo, paseando por la calle de San Ignacio, apodada “calle de los palacios”. Destacan los de los Arenzana, el del Marqués de Valverde y el Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid, que atesora un pequeño jardín arqueológico. El Palacio de los Marqueses de Valverde […]
No teníamos duda de dónde íbamos a comer en Valladolid. Tras hacer el ckeck in en el Hotel Boutique Catedral y dejar el coche aparcado en el parking de la Avenida Isabel la Católica, el Restaurante Trigo, en pleno Patio Herreriano, distaba de nosotros unos cuantos pasos. Trigo abrió sus puertas en agosto de 2007. […]
Entradas recientes: Bachillerato de Investigación - IES "Alcántara" de Alcantarilla (Murcia). Cursos 2010-2011 a 2023-2024
En el curso 23-24 que acaba de terminar hemos contado con alumnos de primer y de segundo curso (XIII y XII promoción, respectivamente). El grupo de segundo estaba conformado por 28 alumnos, distribuidos del siguiente modo: 20 de la modalidad de Ciencias y 8 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo de […]
En el curso 22-23 convivieron la XI y XII promociones de Bachillerato de Investigación de nuestro centro. El grupo de segundo estaba conformado por 26 alumnos, distribuidos del siguiente modo: 20 de la modalidad de Ciencias y 6 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo de primero estaba conformado a final de […]
En el curso 21-22 contamos, de nuevo, con alumnos de primer y de segundo curso (XI y X promoción, respectivamente). El grupo de segundo estaba conformado por 35 alumnos, seis de ellos repetidores, distribuidos del siguiente modo: 24 de la modalidad de Ciencias y 11 de la modalidad de Humanidades y Ciencias Sociales. El grupo […]
En el curso escolar 2020-2021 realizaron sus estudios los alumnos de la X (primer curso) y IX (segundo curso) promoción de Bachillerato de Investigación. El grupo de segundo estaba conformado por 29 alumnos, uno de ellos repetidor, distribuidos del siguiente modo: 19 de la modalidad de Ciencias y 10 de la modalidad de Humanidades y […]
Iniciábamos este relato comentando que nuestro centro comenzó a impartir las enseñanzas del Bachillerato de Investigación en el año académico 2010/11. En el “atípico” curso escolar 2019-2020 celebrábamos, por lo tanto, nuestro décimo aniversario. Y lo hacíamos, por séptima vez consecutiva, contando con alumnos de primer y de segundo curso (IX y VIII promoción, respectivamente). […]
A lo largo del presente curso se procedió a la exposición de los trabajos de los alumnos de la VII Promoción de Bachillerato de Investigación del IES “Alcántara”. Del 26 de febrero al 7 de marzo de 2019, y con la participación de 29 profesores del Claustro, se constituyeron las comisiones encargadas de la evaluación […]