San José 2018 (2)

El Sendero de Los Genoveses constituye un trayecto lineal de algo más de dos kilómetros de longitud.

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El desembarco histórico de una flota genovesa en el siglo XII dejó una profunda huella en la toponimia local. La ensenada donde sucedió el acontecimiento tiene una de las playas más emblemáticas del parque natural, buscada y disfrutada por turistas de todos los continentes, que además de sol y playa valoran los paisajes y la riqueza del patrimonio natural y cultural.

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El sendero recorre la playa de norte a sur, desde el cerro Ave María hasta el Morrón de los Genoveses, dos cimas accesibles desde donde pueden contemplarse hermosas vistas de la costa.

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Desde la privilegiada ubicación de nuestro hotel, junto a la Playa de San José, comenzamos a andar en dirección al Camino de Mónsul, hacia el suroeste. Unos trescientos metros adelante desde que se acaba el revestimiento asfáltico, sale un camino a la derecha cerca del molino de Los Genoveses. En el cruce se inicia el sendero.

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El restaurado molino de viento fue construido en mampostería de piedra revocada con cal o yeso. Su nivel superior está cubierto por un chapitel o tejadillo de tablas de madera, que alberga parte de la maquinaria de transmisión de la energía eólica a la molienda del cereal.

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Partimos, por tanto, en dirección suroeste, al pie del cerro del Ave María, de 133 metros, que dejamos a nuestra izquierda. El cerro es el extremo norte de la ensenada en la que está la playa de los Genoveses, utilizada como fondeadero.

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En frente, mirando al sur, se ve el extremo contrario, el Morrón de los Genoveses, adentrándose en el mar. Tierra adentro se distingue a continuación una duna fósil, el Cerro del Barronal y tras los llanos del Romeral la sierra volcánica del Cabo de Gata.

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Seguimos andando por una vereda que nos lleva hacia la playa. A unos setecientos metros encontramos un cruce de caminos con hileras de pinos en sus márgenes, que llaman la atención entre los parajes desarbolados que son aquí comunes, con una cubierta vegetal formada por arbustos (palmito, cornical, bufalaga, rascamoños, pita o chumbera) y plantas herbáceas de vida fugaz, aprovechando momentos favorables.

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Más adelante, ya muy cerca de la playa, pasamos por la desembocadura de una pequeña rambla, en la que crecen eucaliptos de formas caprichosas. Llaman también la atención las plantaciones de chumberas en los balates de los campos de cultivo del cortijo del Romeral.

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Continuamos andando hasta llegar a las ruinas de un búnker ya en el borde de la playa, que cuenta con una serie de dunas fijas y móviles en las que crece una vegetación típica compuesta principalmente por el barrón y las algodonosas. También distinguimos a nuestro frente una zona más deprimida, propensa a la inundación, en la que abundan plantas adaptadas a medios salinos (halófitas), entre ellas los tarajes.

A pesar del calor resulta ser una caminata de lo más agradable, con la playa siempre a la vista. Y el baño merece la pena y andar no esa, sino una distancia todavía mayor.

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Era el momento de regresar a San José desandando el camino andado a la ida. Buscando un lugar donde comprar agua pasamos por la plaza del pueblo, que tiene mucha vida, repleta de establecimientos de restauración con sus terrazas y alguna tienda.

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Habíamos intentado reservar mesa en 4 Nudos, en el Puerto deportivo, pero fue imposible para aquella noche. Tampoco era cuestión de repetir freiduría, aunque al estilo de Cádiz en El Cucurucho (Calle del Puerto, 43) tal vez hubiera estado bien.

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Al final optamos por la Pizzería Rione Trastevere (Calle del Puerto, 132) y la elección fue más que acertada. Una pizza y un plato de pasta, acompañado de una botella de cava en honor a la “autora intelectual” de la escapada nos dejaron más que satisfechos.

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Apetecía tomar la brisa en el paseo después de un caluroso y soleado día de final de agosto en estas latitudes. Un día que había resultado completo, algo que no era de extrañar…

A pesar de que no era necesario madrugar a la mañana siguiente, y que tampoco había salido a correr, un poco después de las ocho estábamos desayunando. Queríamos ser uno de los 124 vehículos que encontrara plaza en el aparcamiento de la Playa de Mónsul, aquella que recordábamos (eran otros tiempos) por nuestra acampada libre en el horario permitido para ello, cuando dejaba de pasar la vigilancia…

La playa de Mónsul es una de las más atractivas de cabo de Gata, por su ambiente virgen y sus característicos perfiles que dibujan la duna y las rocas volcánicas, como la conocida roca de La Peineta.

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Las nueve y media de la mañana no era una hora para empezar a disfrutar de la playa. Por ello, una buena opción era realizar el Sendero Vela Blanca que, desde la cala, salva los 185 metros de desnivel y los 3,4 kilómetros de distancia que la separa de la Torre de la Vela Blanca.

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Emprendimos el camino por la misma pista por la que habíamos llegado, continuándola en dirección oeste. A unos doscientos cincuenta metros pasamos la desviación que nos llevaría a la ensenada y playa de la Media Luna.

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Al cabo de otros ochocientos metros hacemos una curva atravesando el barranco del Mónsul, de donde sale el camino a cala Carbón, una preciosa playa cerrada al sur por Punta Redonda, cuyo roquedo tiene su origen en coladas de lava bruscamente enfriadas al entrar en contacto con el agua. Se llaman andesitas y sus características formaciones columnares son una de las más interesantes de todas las existentes en el parque natural.

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Junto a la parada donde finaliza el recorrido del autobús a las playas de Mónsul y Genoveses pasamos la barrera de acceso restringido a vehículos que hay por encima de cala Carbón, desde donde tenemos una excelente vista de la misma.

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Ganando algo de altura, en unos cuatrocientos metros llegaremos a una curva desde la que se tiene una magnífica vista del tramo de costa que acabamos de dejar con playa Barronal al fondo.

Continuamos nuestro ascenso hasta que divisamos, hacia poniente, la punta de la Vela Blanca, allá abajo en el mar, y la torre en la parte más elevada. Las abruptas paredes de andesitas poseen multitud de pequeñas y medianas cavidades, producidas por la erosión, frecuentes en estas rocas volcánicas.

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A la altura de Punta Colorada cambiamos de rumbo, alejándonos de la costa en busca del lugar adecuado para superar el barranco de Parra, que no puede ser otro que su cabecera. En sus laderas podremos ver un espléndido palmital y encontrar algunas de las joyas botánicas del parque, como el dragoncillo del cabo, la zamarrilla del cabo o la clavellina del cabo, e incluso el chumberillo.

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Se tienen noticias de la existencia de una torre en este lugar en textos del siglo XII, pero es posible que desapareciera sin dejar rastro. Posteriormente se levantó otra que también fue derribada por los corsarios moros poco después de su construcción, pero volvió a ser levantada en 1593, aunque sólo duró hasta mediados del siglo XVII, estando ya en estado de ruina antes del terremoto del 31 de diciembre de 1658. Hacía 1720 se utilizaba el promontorio para vigilancia, pero como la torre estaba arruinada los vigías se refugiaban en una cueva cercana.

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En 1767 se acomete la construcción de la nueva torre, junto con la de Cala Higuera. Debido a su alta ubicación y la dificultad de su acceso, parte de la cantería fue sustituida por ladrillo. Ambas torres fueron financiadas por el Contador de la Isla de Santo Domingo, a cambio de un destino para su hijo en las tropas reales destacadas en aquella isla.

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A mediados del siglo XIX la torre se encontraba en buen estado y fue traspasada al cuerpo de Carabineros para vigilancia de la costa. En 1941 pasó a depender de la Guardia Civil. Hacía 1960 fue vendida a un particular que la habilitó como vivienda. En 1987 quedó dentro del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar.

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Ya en la cumbre divisamos, desde lo alto, todo el paisaje disfrutado el día anterior, con el faro al fondo. Si desde la base es espectacular, desde esa altura la vista es impresionante.

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De nuevo a desandar el camino. Es lo que tienen los recorridos lineales…

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En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el aparcamiento recogiendo los bártulos (no todos…) para pasar la mañana en Mónsul y disfrutar de la playa más famosa del parque natural, con el permiso de la de Genoveses, por haber aparecido en multitud de películas y anuncios comerciales.

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Esta playa debe su singularidad a las formaciones de lava erosionada que la rodean, a la belleza de su arena fina y a su agua cristalina.

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En ninguna otra parte del parque queda mejor reflejado el origen volcánico del mismo. Las rocas que rodean la playa son enormes lenguas de lava que llegaron hasta el mar y que el agua y el viento han ido erosionando para formar esta playa y tallar este diamante del mar Mediterráneo.

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En el centro de la playa nos encontramos una enorme roca que la caprichosa naturaleza ha dejado en medio de la arena, y que sirve de refugio para los bañistas que en los días más calurosos se cobijan bajo su sombra.

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San José 2018 (1)

Tal vez sea exagerado decir que nuestros recuerdos del Cabo de Gata son en blanco y negro. Pero no mentimos si, en su lugar, decimos que son analógicos y no digitales.

El Parque Natural Cabo de Gata-Nijar es un lugar muy singular en cuanto a paisajes y belleza, que ha merecido nuestra atención en varias ocasiones. La última de ellas puede que fuera hace ya la friolera de treinta años, coincidiendo con mi llegada a Vera, mi primer destino. Antes incluso, fue visitado en compañía de Charo y Juan Antonio en una celebración de fin de año…

Cuando May comentó la posibilidad de visitar el Cabo de Gata en estos últimos días de verano antes del difícil otoño que se avecina se me vino a la cabeza un “ir y venir” dada la cercanía a casa. Pero resulta que no pensaba en “pasar un día” sino “dos noches” en San José…

Pero antes de instalarnos en San José teníamos toda una mañana por delante. Y hacía un par de años que realicé una visita guiada a las inmediaciones del faro de Cabo de Gata con un grupo de alumnos que me descubrió un paraje singular y espectacular.

En este faro termina el sur oriental de la península. Junto al mirador de las Sirenas, que está a su lado, se construyó en el morrón del cabo, el punto geográfico exacto donde se emplaza este accidente geográfico, ya conocido en época de griegos y fenicios y utilizado durante toda la historia como punto de referencia para navegantes.

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El faro que hoy contemplamos es de construcción relativamente moderna, pues se construyó en 1863 y el resto de dependencias que lo completan son ya del siglo XX. Se edificó sobre las ruinas del castillo de San Francisco de Paula, que formaba parte de la batería de defensa marítima existente en la costa almeriense y que fue destruido durante la Guerra de la Independencia.

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Construido sobre un acantilado de 50 metros y con una altura de torre de 18 metros, los destellos del faro son visibles a 30 millas de distancia. Se construyó como aviso a navegantes de la presencia de la peligrosa Laja del Cabo, un arrecife que se encuentra a una milla marítima dentro del mar frente al faro, causante de numerosos naufragios durante toda la historia. El pecio más visitado por los submarinistas es el del buque checoslovaco Arna, que naufragó en 1928 al chocar contra la Laja del Cabo y que transportaba mineral de hierro.

El arrecife de las sirenas debe su nombre a la presencia de focas monje que habitaban en él y que los antiguos navegantes podían confundir con sirenas, aunque en la actualidad actualmente ya no hay presencia de estos mamíferos en estas costas.

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Las formaciones del arrecife que se elevan por encima del nivel del agua son antiguas chimeneas volcánicas que deben su color oscuro al material volcado por ellas. Accedimos al arrecife a través de una pequeña bajada y al llegar allí encontramos un tramo de guías para embarcaciones oxidado y en desuso, en una diminuta cala que permite disfrutar de la envolvente sensación de las formaciones rocosas de los acantilados y de la visión de las caprichosas formas que despuntan del agua.

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Nos dirigimos ahora a Punta Baja, una pequeña isla unida por un estrecho tramo de tierra a la costa. Aunque parece que es el faro, resulta que este es, realmente, el punto más al sureste de la península ibérica.

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La formación de esta península es volcánica y tiene una antigüedad de unos 14 millones de años, caracterizada por las formas basálticas de sus rocas que dan a este espacio un aire único.

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Estos basaltos son rocas de origen volcánico, con formas de pilares hexagonales normalmente que se han formado tan característicamente por el proceso de enfriamiento y fractura de la lava basáltica, dando forma a estas rocas de una manera característica y maravillosa.

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La vegetación está casi ausente en este espacio, aunque la escasa que aparece es de una belleza salvaje.

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Estos pilares hexagonales parecen brotar de la tierra y se reparten por todas partes. Aunque las zonas más bajas están erosionados por la acción del agua, en las zonas altas observamos basaltos en forma de racimos a punto de desprenderse de la montaña por el transcurso del tiempo. Es obvio que no es la Calzada de los Gigantes, pero es un lugar único en la península.

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Junto a Punta Baja se encuentra Cala Arena. A esa hora del día, y con esa temperatura, la ocasión la pintaban calva… Todo un lujo darse un baño rodeado de fondos rocosos, praderas de poseidonia, pulpos, salemas, vaquillas, meros, sargos y morenas; en una de las seis zonas de reserva marina integral que encontramos en el parque natural.

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Antes de volver divisamos a lo lejos Cala Rajá y el arrecife del dedo.

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Aunque la idea inicial era llegar a San José, instalarnos en el hotel y salir a comer, habíamos disfrutado tanto de la mañana que el tiempo había pasado volando. Cambio de planes. ¿Por qué no probar las croquetas de choco del Restaurante El Faro, a escasos metros de donde teníamos estacionado el coche?

Dicho y hecho. Dimos buena cuenta de una ración de croquetas y de una parrillada de pescado con la Cala del Corralete a nuestros pies.

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Era el momento de llegar a San José es considerado la capital del Parque Natural, por ser la población más grande dentro de él. Forma parte del municipio de Níjar, y tiene censados unos 800 habitantes, duplicando o triplicando este número en verano.

Recordábamos San José como un pueblecito dedicado a la pesca, totalmente distinto al que nos encontramos, que centra su actividad fundamental en el sector turístico, siendo así, que se han construido todo tipo de servicios como el puerto deportivo.

Después del ckeck in en el hotel nos dimos un baño en la piscina antes de hacer el itinerario que teníamos pensado para la tarde.

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Y es que la belleza y la fama de las playas de Mónsul y Genoveses son tan innegables que reciben cada año miles de visitantes en busca de lugares privilegiados donde tomar un baño.

Esta afluencia de turistas, insostenible en verano, hizo plantear a las autoridades la necesidad de acotar el número de vehículos que utilizaban el camino del Campillo del Genovés para llegar a las playas y, desde 2010, todos los veranos se instala una barrera a la entrada del camino que limita el paso de vehículos particulares cuando los estacionamientos de las playas ya están llenos.

Una vez bajada la barrera la única posibilidad de acceder a las playas es andando, en bicicleta o en transporte público. Y de la primera de las maneras era como íbamos nosotros a acercarnos a la playa de Genoveses esa tarde…

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Rambla del Cañar

Había transitado en varias ocasiones por la rambla, en bicicleta, eso sí, pero nunca la habíamos recorrido a pie. Era el momento.

Desde La Azohía al Rincón de Tallante  se puede recorrer la Rambla del Cañar, que en su día fue lugar de paso de los trabajadores de la mina y que, por ello, algunas de sus sendas se han llegado a conocer como el camino de los mineros.

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La Rambla del Cañar llegó a formar parte del desarrollo económico característico de la zona. En sus tierras se pueden cultivar con cierta facilidad hortalizas, oliveras, algarrobos, almendras, palmitos, cebada, avena y guisantes, además de ser lugar de paso y pasto de rebaños de corderos.

La flora de esta zona es peculiar. Se pueden admirar pinadas, olmos, plátanos, eucaliptos, pinos doncel, higueras centenarias, palmeras, ágaves, grandes lentiscos y acantos salvajes, estos últimos muy extraños en el litoral murciano.

En esta ocasión no tomamos el paseo que sale desde San Ginés hacia la localidad de Isla Plana, sino la carretera entre ambas. Junto al camping de los Madriles, nos adentramos por un camino asfaltado junto a unos invernaderos, en dirección Noreste.

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El asfalto termina junto a la depuradora y el camino se introduce en la rambla del Cañar, entre el cerro de la Panadera y el Cabezo del Horno, bajo la cueva del Caballo.

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Nada más iniciar la marcha por la rambla nos encontramos, a la izquierda, una cascada procedente, casi sin duda, de la depuradora.

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El camino por el fondo de la rambla está muy marcado y tiene bastante vegetación. Dejamos a la derecha las ruinas de un molino del siglo XIX y los restos de la antigua ermita, del siglo XVII.

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Cuenta la leyenda que al pastor que llevaba a abrevar su ganado se le apareció la Virgen bajo un fuerte resplandor, pidiéndole que levantara en aquel lugar una ermita para su culto, motivó que se iniciase la advocación de Nuestra Señora de la Luz y su romería el segundo domingo de enero.

Vemos en la ladera la Cueva del caballo, un enclave documentado sobre ocupaciones de grupos de cazadores y recolectores del final del Paleolítico.

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La vegetación se hace más frondosa cuando llegamos a la fuente del Cañar, donde se conserva un gran humedal, que da sustento a pinos, álamos y encinas, además de la típica vegetación de rambla, compuesta por cañaverales y baladres.

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Atravesamos el Cañizal del Cañar y, más tarde, el acueducto de una antigua tubería de agua, contemplando las paredes de las Lomas de las Carrascas y su pico, Peñas Blancas, cuyo pico más alto alcanza los 627 metros de altura.

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Es la cumbre más elevada de Cartagena, y está constituida por una pared calcárea de un kilómetro de longitud y una altura mínima de 80 metros. Desde ella se divisan las geografías de Cabo Cope, La Azohía y las sierras almerienses, pudiéndose llegar a ver en días despejados la costa de Orán, la Sierra de María, Cabo de Gata y Sierra Nevada.

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Geológicamente se trata de un espejo de falla, ya que aunque su nombre lo recibe por su apariencia blanquecina su color es terrizo y sus capas blancas las debe a un liquen que la cubre en algunas zonas, un caso de criptógama compuesta, un alga microscópica y un hongo que viven sobre la superficie de las rocas.

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Durante el recorrido es posible encontrar conejos, tejones, variedades de reptil y una vegetación formada por pinos, álamos, encinas, algarrobos, higueras, eucaliptos, palmitos, cañaverales, baladre, además de plantas aromáticas de tomillo, romero y lavanda.

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Entre vegetación de cultivos de secano, seguimos por el disperso caserío de El Cañar eludiendo el atajo a la ermita, pasando un pequeño pozo. Finalizamos la rambla (en duro ascenso por una rampa asfaltada al Collado de la Cruz), con un pequeño encinar a nuestra derecha.

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De regreso, en sentido inverso, tomamos el desvío que nos conduce a la nueva Ermita de la Virgen de la Luz, ante uno de los núcleos de población más importantes de la zona.

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Ya sólo nos queda desandar el camino, teniendo cuidado, eso sí, de no interponernos en la trayectoria de las bicicletas que descienden de la rambla a considerable velocidad.

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Esta vez, de regreso, abandonamos la carretera de Isla Plana y caminamos por el sendero que discurre junto a la playa.

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Llegamos a casa tras recorrer más de 17 kilómetros en algo menos de cuatro horas.

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Cabezo del Horno

Tantos veranos, de paso a La Azohía, contemplando el Cabezo del Horno, en Isla Plana, y ha tenido que ser este año el que nos hayamos decidido a subirlo…

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Como se trata de una ruta corta, tomamos la decisión de partir de San Ginés, pues nuestro objetivo es visible desde casa.

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Tras bajar al paseo, ponemos rumbo a Isla Plana por la ruta de senderismo que va desde la iglesia o ermita de Isla Plana a la de La Azohía, que forma parte del sendero GR-92.

Ya en Isla Plana, tomamos la calle Isla Tabarca, hasta que esta finaliza, girando a la izquierda para poder continuar nuestro ascenso. Tras abandonar las últimas viviendas de Isla Plana, llegamos hasta el camino en el que comienza la ascensión.

El camino pasa junto a una balsa, vacía, y comienza a ascender. Es la primera señal de que seguimos correctamente el itinerario.

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Al llegar a una zona con bastante láguena, tomamos el desvío a la derecha y seguimos ascendiendo, viendo en todo momento la torre metálica situada en lo alto del Cabezo del Horno, nuestra meta.

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Seguimos ascendiendo y, al llegar a un pequeño collado, encontramos un nuevo cruce en el que volvemos a tomar el camino ascendente de la derecha.

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Este camino está en bastante mal estado pero para ir andando no presenta mayor dificultad.

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Tras una empinada subida, el camino se acaba y continúa una senda que nos lleva, tras un corto recorrido, hasta la torre metálica que hemos estado viendo todo el rato. La torre de hierro, una construcción de obra y un poste de electricidad son los restos que quedan de algo que habría aquí en su día, pero que ahora solo son ruinas.

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Junto a ellos, el vértice geodésico, que ése sí se conserva bien, salvando alguna que otra pintada, tal vez por la advertencia de que su rotura está castigada por la ley.

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La ascensión de estos «escasos» 285 metros merece, y mucho, la pena. Y es que las vistas desde aquí son… increíbles, asombrosas, estupendas. A esta hora de la mañana, y en un día tan claro y con una atmósfera tan limpia, contemplamos desde Cabo Tiñoso hasta la costa andaluza…

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Bajamos por el mismo sendero que nos ha conducido a la cumbre. Eso sí, aprovechamos el paso por Isla Plana para realizar algunas compras, lo que hace que recorramos al final algo más de diez kilómetros en menos de dos horas y media.

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Puedes contemplar un video de la subida, elaborado por Apala007:

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Castillo de la Asomada

Los senderistas tienen en la Región de Murcia infinitas posibilidades. Es posible caminar durante horas por los viejos caminos de mineros y pescadores a lo largo de la costa, entre Cabo de Palos y Portmán, Cartagena y la Bahía de Mazarrón o en el Parque natural de Calnegre y Cabo Cope, con la siempre grata visión de un mar infinito y azul a nuestro lado.

Cerca de Murcia, el parque natural del Valle y Carrascoy ofrece una multitud de senderos para la práctica de esta actividad. Justo en el Puerto de la Cadena, tenemos un lugar emblemático por su historia y su belleza, el Castillo de la Asomada, un castillo árabe construido en el siglo XII y que nunca fue terminado.

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Su planta es cuadrangular, con muros de mortero y argamasa, aljibe de emergencia. Tuvo tres torres dirección norte y una entrada orientada al sureste. Se alza a 531 metros sobre el nivel del mar y a 320 metros sobre la Rambla del puerto.

Durante la Edad Media, el Puerto de la Cadena fue una de las vías de acceso a Murcia desde la costa. En 1432 se llevaron a cabo obras de acondicionamiento para facilitar el paso de las carretas, y en 1480, Alonso de Sevilla, «maestro de calzadas«, realizó las reformas pertinentes «a cambio del usufructo del camino y el cobro de la renta que produjera durante cinco años«. Por ello se pagaba un portazgo por pasar por este camino.

Manzano Martínez, en uno de los últimos estudios realizados sobre el castillo, apunta que la hipótesis más razonable es la de considerar que, en un periodo determinado que se sitúa en época islámica, comenzaron a construirse la fortaleza de la Asomada y las edificaciones del Portazgo Superior e Inferior, quedando todos las obras inconclusas.

Tal y como refiere el arqueólogo citado, estas fortificaciones responden a un modelo con paralelos en otras partes de al-Ándalus. Se trata de castillos que hunden sus raíces en fortalezas de fundación estatal, destinadas a la representación del poder sobre extensas áreas y dispuestas en importantes nudos de comunicaciones para el control de mercancías y personas.

Sus antepasados andalusíes fueron levantados en época omeya a modo de caravansares y como base del sistema postal del estado, al tiempo que representaban al estado musulmán en los medios rurales.

El castillo de la Asomada hubo de ser construido hacia mediados del siglo XII. La presencia de las torres de esquina, en una inconfundible disposición arquitectónica, puede indicar la fecha de fundación en esta época. Manzano Martínez precisa que este elemento parece ser típicamente local, mostrando un régimen autónomo e independiente, tal y como fue el del rey musulmán de Murcia Ibn-Mardanís, a cuyo frente la taifa murciana intentó resistir la invasión almohade. Precisamente, es muy posible que la obra inconclusa demuestre el colapso del régimen mardanisí y su final claudicación a los invasores norteafricanos.

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Según las investigaciones y hallazgos del equipo del especialista en historia de la Edad Media y doctor en Arqueología, Antonio Vicente Frey Sánchez, las ruinas del puerto de la Cadena se corresponden con el panteón real donde fueron enterrados varios emires murcianos de la tercera taifa y posiblemente de la segunda.

Entre los emires enterrados se encontraría Aben Hud, quien rindiera la ciudad de Murcia en 1266 ante el futuro rey Alfonso X el Sabio. Posiblemente también hubiera sido sepultado en el morrón, el mencionado “rey lobo”.

Las investigaciones del profesor Frey Sánchez, arrancan en el Llibre dels Feyts (Libro de los Hechos), escrito por Jaime I en 1266. El monarca aragonés escribe que es en un peñón, en dirección a Cartagena, donde enterraban a los reyes de Murcia, entre ellos Aben Hud. Las siguientes prospecciones arqueológicas desarrolladas durante meses, han permitido identificar el panteón de los emires murcianos.

En estas excavaciones, no se han encontrado restos de enterramiento, ni se espera encontrarlos. Del mismo modo que hizo Boabdil en La Alhambra cuando entregó Granada a los Reyes Católicos, es posible que Abu Bakr b. Hud, último emir de Murcia, desmontara el panteón en 1266, y se llevara los restos de sus antepasados al exilio.

El Castillo de La Asomada es un recinto rectangular que mandó edificar Ibn Mardanish. Su planta es muy similar al Castillo de Monteagudo y al primitivo palacio de Santa Clara La Real, que hay bajo el actual museo. Sin embargo, la tipología del edificio no parecía ajustarse a la de un edificio militar, sino más bien a un edificio civil. Hasta ahora no había prueba que permitiera saber de qué tipo.

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Su situación geográfica es excepcional. Desde el castillo se puede ver todo el campo de Cartagena, el Mar Menor, las Vegas del Guadalentín y del Segura.

Durante el recorrido podemos observar grandes masas de pino carrasco, algunos pinos negros, palmito, lentisco, coscoja, especies como romero, tomillo y pequeñas superficies de orégano. Con respecto a su fauna, en las charcas se pueden ver cangrejos de río y el sapo común. Entre las aves podemos ver el águila real, el ratonero común y el búho real; y entre sus mamíferos destacan la ardilla y el conejo.

Tras dejar el coche en el parking que hay en la nueva zona recreativa del Puerto de la Cadena, comenzaremos el acercamiento y la posterior ascensión al Castillo de la Asomada. Justo en el comienzo de la pista forestal, hay un cartel de hierro indicador del comienzo y de la ruta.

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Bajamos un pequeño terraplén y estamos en la Rambla del Puerto de la Cadena. Enfrente, a la izquierda, comienza una magnífica senda de tierra firme. El camino es un PR (sendero de pequeño recorrido), que surge desde la rambla, a menos de un kilómetro de las casas del Portón. Durante todo el recorrido, nuestra guía serán las marchas de este PR, marcas de color blanco y amarillo.

La cuenca de la Rambla del Puerto de la Cadena, mantiene un flujo de agua casi permanente durante todo el año. Según la época, podremos ver varias charcas o pozas con un agua limpia y fresca. Junto a ellas observamos gran cantidad de adelfa, cangrejos de rio y ranas.

Una vez pasadas la rambla, continuamos por la senda que encontramos a nuestra izquierda, en sentido paralelo a la autovía. Encontramos un paso de troncos para evitar el agua, cruzaremos y continuaremos la senda, siguiendo las marcas de PR.

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Iniciamos una suave pendiente bien marcada y de firme de tierra con piedrecillas sueltas, encontrando gran cantidad de palmitos, eucaliptos y otras variedades de flora, rodeados de unos magníficos pinos carrascos.
Seguimos una pista bien marcada, muy suave, firme de tierra y piedrecillas sueltas, de fácil andar. Continuamos por ella y vemos una gran piedra y unas marcas sobre ella, la típica de un PR (blanca y amarilla) y una flecha amarilla doble.

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En este punto podemos elegir una ruta más corta y dura, u otra ruta más larga pero más suave a la vez que preciosa. La primera es una gran pendiente ascendente que nos lleva en poco más de 200 metros casi a la base del castillo. La segunda va dando la vuelta a toda la falda de la montaña, pasando cerca de la autovía y llegando a la cara Sur (S) de la misma.

En las dos ocasiones que he ascendido al castillo optamos por la primera opción. Dejamos para otra vez la segunda, para muchos más bonita, menos dura y que consigue que el recorrido dure algo más de tiempo.

Subiendo una gran cuesta nos encontramos el Collado Mosquera, suna zona llana y con un claro que permite el descanso tras el esfuerzo.

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Desde este punto, en un día despejado, las vistas llegan a la costa. Y si hay nubes, el paisaje es también espectacular…

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Hay que coger fuerzas puesto que el tramo que queda es un poco menos inclinado que el anterior, pero incluye unos metros en roca que necesita el uso de las manos para asegurar una correcta y segura subida. Aquí hay que tener cuidado con los resbalones.

Una vez superado este tramo que puede resultar más difícil sólo queda seguir las indicaciones para acabar entrando al Castillo de la Asomada por un lateral sin pared accesible y disfrutar de las vistas.

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Para bajar, nada más salir del castillo y siguiendo la senda, vemos que hay una bifurcación, en dicho lugar tomaremos hacia la derecha y bajaremos hasta una explanada donde veremos un hito de color blanco.

Pasado esta pequeña destrepada tendremos una cómoda y fácil senda la cual desemboca en la explanada del Collado.

Podemos bajar por el mismo lugar por el que subimos, o coger una pista que, recorriendo una mayor distancia, nos conducirá al lugar de partida pasando por las Casas del Portazgo y la Finca lo Perdiguero y el Jardín de Sal.

Características de la Ruta:

  • Inicio y Final : Casas del Portazo-área recreativa
  • Recorrido: Lineal
  • Distancia: 5 km, ida y vuelta (10 km si la bajada se realiza por las Casas del Portazgo)
  • Duración: 2 h (se incrementa con la bajada alternativa)
  • Dificultad: Fácil
  • Desnivel: 340 m
  • Itinerario: Casas del Portazgo-área recreativa, Fuente del Caño, Rambla del Puerto, senda de la Umbría, Collado Mosqueras (enlace PR-MU23), Castillo de la Asomada (S-XII) o cumbre del Puerto.

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Podéis ver los puntos fundamentales de la subida en este video de FerreHogar:

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El Relojero

Cierto es que el que suscribe se convirtió al running hace un par de años. Por algo se ha convertido en el deporte de moda ya que es fácil de practicar y genera importantes beneficios para la salud.

Sin embargo, celebrities como Kendall Jenner o Taylor Swift se han pasado al senderismo, el complemento perfecto a una rutina de fitness. Para los que no pueden correr, los que no consigan engancharse o quienes no disfrutan de una carrera, el senderismo como alternativa al running es una muy buena opción.

El senderismo es una actividad perfecta para reducir el estrés y efectiva para la mejora del sistema cardio-respiratorio. Además, permite disfrutar del entorno natural que nos rodea, nos acerca las personas al medio natural y al conocimiento de la zona a través del patrimonio y de los elementos etnográficos y culturales tradicionales. Por si fuera poco, nos pone en forma y mejora nuestro estado físico, resistencia y capacidad pulmonar, beneficiando la musculatura del tren inferior.

Al ser un deporte aeróbico en el que activamos la circulación, es un ejercicio ideal para prevenir enfermedades cardíacas, ya que este tipo de actividad fortalecerá nuestro corazón. Además, por esta misma razón, hacer excursiones por la montaña es ideal para reducir la tensión alta. Al estar en contacto con la naturaleza, lejos del ruido de la ciudad, el estrés y la presión, sentiremos una paz interior que nos relajará mucho para afrontar de nuevo los retos que tengamos por delante.

Siempre hemos sido aficionados al senderismo. Por eso, si hemos empezado a reseñar nuestros logros en el campo del running, vamos a hacerlo también con aquellas rutas que, en los últimos tiempos, nos han permitido conocer y disfrutar nuestro entorno más cercano.

Y comenzamos con la subida al Pico del Relojero, que realizamos en un par de ocasiones, «en modo nocturno«, hará ya casi un año, en septiembre de 2017, acompañados de Juan Carlos, que hizo las veces de guía.

Para realizar esta ruta de senderismo debemos llegar hasta el albergue situado en El Valle, dentro del Parque Regional El Valle y Carrascoy. Una vez en el albergue y frente a él, hay una pista de tierra cerrada al tráfico, tomamos la senda que hay a la derecha.

Para alcanzar el Pico del Relojero tenemos dos alternativas desde aquí, una sería una ruta lineal de ida y vuelta con un total de nueve kilómetros y la otra sería circular. En cualquier caso es más recomendable la ruta circular pues el camino de vuelta desde el Relojero coincide con la ruta lineal y además es más divertida y recorres zonas diferentes y te perderías la Senda de las Columnas y el Collado de la Piedra, de un gran valor paisajístico.

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Siempre, visitar el Pico del Relojero merece la pena para disfrutar del entorno y sus bellas vistas, murallas de King-Kong, paisaje lunar…

Una vez en la senda y a unos 150 metros encuentras a la derecha un desvío marcado como PR-MU21 “Senda de las Columnas”, pero «ojo» es muy fácil pasártelo si no conoces el camino pues las indicaciones las encuentras una vez iniciado el sendero. Si continúas recto realizarías la ruta lineal.

Todo el camino es cuesta arriba hasta llegar al Collado de la Piedra. El sendero está perfectamente acondicionado y señalizado. Un poco más adelante pasamos por una zona de escalada y pudimos disfrutar de las vistas en el “Mirador del Valle”.

Continuando por el sendero y, a unos 5,2 kilómetros del punto de partida, encontramos un cruce y el monolito con el mapa de la zona. Continuamos a nuestra izquierda dejando a la derecha la pista que conduce al Puerto de la Cadena “Ruta Casa Venta Los Civiles a Pico del Relojero, tramo sendero PR-MU23”.

A 200 metros a la derecha está el sendero que conduce al Relojero, hay una gran piedra en la esquina marcada que indica que es el camino a seguir y también una cruz indicando que es el final del GR-92 por esa ruta. Al alcanzar la parte más alta se empieza a ver el Relojero.

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Cuando comienza a bajar por el lado contrario se deja la pista para tomar el sendero que tenemos enfrente y cuando veamos una casa en ruinas cogemos el sendero de la derecha. Encontramos por el camino la pista de tierra “Camino del Sequén”, muy transitada por ciclistas de montaña, debiendo coger los senderos alternativos que aparecen a la izquierda y llegaremos al punto de partida.

Características de la ruta:

  • Inicio y Final : Albergue El Valle
  • Recorrido: Lineal
  • Distancia: 11,58 km
  • Duración: 2 h 45 m
  • Dificultad: Media
  • Desnivel: 512 metros
  • Itinerario: Centro de Visitantes El Valle, Albergue, Senda de las Columnas, Cerro de las Columnas, Collado de la Piedra, Pico del Relojero, Camino del Sequén

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Puedes reconocer el recorrido en este video de Fuerzas y piernas:

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Ardales 2016 (y 2)

Tras el desayuno nos dirigimos al Centro de Interpretación de la Prehistoria, ubicado en el antiguo Museo Municipal de Ardales, a la entrada del municipio. El centro ofrece a los visitantes la posibilidad de descubrir los modos de vida de nuestros antepasados desde tiempos prehistóricos, su expresión gráfica a través del arte rupestre, sus creencias y sus relaciones sociales.

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Alberga una exposición permanente en seis salas: los orígenes y evolución humana; la Cueva de Ardales; los pastores y campesinos del Neolítico; los poblados de la Edad de los Metales; los distintos rituales de la muerte; y la cultura y el arte.

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Cuenta con un espacio audiovisual en el que se proyecta un documental sobre la Prehistoria del Guadalteba y la excavación ”in situ” de una necrópolis de la Edad de Bronce. Se trata de un recorrido por los vestigios de nuestros antepasados, así como un punto de partida de la Ruta de la Prehistoria que incluye, además de los yacimientos vinculados, el Centro de Interpretación Tartessos en Guadalteba, situado en la localidad de Almargen.

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Era el punto de partida de nuestra visita a la Cueva de Ardales y a su arte rupestre Paleolítico…

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La Cueva de Ardales, o de Trinidad Grund, fue descubierta en 1821 gracias a un terremoto que dejó libre la actual puerta de entrada. Trinidad Grund la adquirió y condicionó para su visita a mediados del siglo XIX, como complemento de su negocio termal instalado en la vecina Carratraca.

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Citada en el Diccionario de Madoz de 1850, en 1918 recibe una visita por dos ocasiones del Abate Breuil, quien publica estudios de varias de las figuras pintadas y grabadas destacando su relevancia. A pesar de los estudios, la cueva cae en el olvido hasta 1985 en que se protege, se estudia y se reabre al público.

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La Cueva conserva más de 50 figuras y otros símbolos pertenecientes al Paleolítico Superior (Solutrense y Magdaleniense, 18.000-14.000 a. de C.), casi todos localizados en la Galería del Calvario. Son figuras de animales, ciervas, caballos, cabras y un pez, grabadas en su mayoría con punzones o buriles de sílex. Otras están pintadas en negro, rojo y ocre-amarillo. También se han encontrado restos de época epipaleolítica (8.000 a. de C.) y del Neolítico-Medio-Final (4.000 a. de C.) en la Sala del Saco y en la Sala de Las Estrellas. En las Galerías Altas se conservan restos de enterramientos del Calcolítico. En general, los grabados y pinturas datan del Paleolitico Superior hace unos 20.000 años.

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El recorrido interior de la cueva es superior al kilómetro y medio. En el destacan la Gran sala, la Galería del Arquero, la Sala del Lago, la Galería del Espolón, la Galería de los Grabados y la sala de las Manos, además de encontrarnos con laberintos de columnas, lagos permanentes y bellas formaciones de estalagmitas.

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Finalizaba nuestra estancia en Ardales a media mañana y teníamos toda una jornada por delante. Nuestro próximo destino era Ronda, separada de Ardales unos cincuenta kilómetros por una carretera no en muy buenas condiciones.

El origen de Ronda se remonta más allá del Neolítico, ya que en la Cueva de la Pileta pueden encontrarse vestigios de arte rupestre. Tras pertenecer a los romanos y a los musulmanes, fue en el siglo XVIII cuando se construyó el monumento más emblemático de la ciudad, el Puente Nuevo, junto con la plaza de toros de Ronda.

Tras aparcar nos dirigimos al parque de la Alameda del Tajo, situado en las inmediaciones de la plaza de toros, la definición de la Ronda taurina por antonomasia. Se inauguró en 1795 y se considera Bien de Interés Cultural (BIC).

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De ahí al mirador de Ronda y el balcón del “coño”, tan alto que no podrás evitar decirlo.

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Nos dirigimos al centro de la ciudad buscando un sitio para comer. Una pizzería en la Plaza del Socorro fue el sitio elegido, y la cosa tendría «guasa» para unos cuantos días, incluyendo una visita al dentista.

Tras la comida continuamos nuestra visita por el puente más bonito del mundo (o casi),  el Puente Nuevo. Junto al Arco de Felipe V, ambos conectaban el distrito de la ciudad con el distrito Padre Jesús (actual). Antes de la construcción de este puente, en el periodo medieval, la entrada a la ciudad se hacía desde el puente árabe o viejo, situado al lado de los baños árabes.

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Antes de volver al coche pudimos contemplar el Palacio de Mondragón y la parroquia de Santa María Mayor.

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Tomábamos, ahora sí, el camino de vuelta a casa. Pero no quisimos dejar pasar la ocasión de visitar la laguna de Fuente de Piedra, la más grande de Andalucía, que ofrece un privilegiado enclave para la reproducción del flamenco rosa, invernada y el paso migratorio de diversas aves.

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Alberga la mayor colonia de flamencos en la Península Ibérica y la segunda en importancia en Europa. Con una extensión de 1.486,59 hectáreas, se encuentra situada en el municipio de Fuente de Piedra y pertenece al conjunto endorréico de lagunas de la zona de Antequera.

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Debido al tipo de sustrato, la evaporación del agua hace que la sal quede cristalizada sobre la superficie. La explotación de este recurso, que se abandonó hacia la década de los cincuenta, se remonta hasta la época romana. Los antiguos diques, muros y canales empleados para tal fin resultan ser hoy imprescindibles para la nidificación del flamenco y de otras especies de aves acuáticas.

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El paisaje de esta zona, de relieve muy suave y cubierto de campos de olivos y cereal, está dominado por la enorme laguna, en la que el interés ecológico por la importante colonia de flamencos que alberga, se le une la belleza paisajística de su extensa lámina de agua.

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La cercanía a Mollina invitaba a pasar por ella. Primero, por adquirir unas botellas de su vino dulce natural («Carpe Diem«). Y segundo, por el cariño que le hemos tomado a esta pequeña localidad malagueña, sede del Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores, que tantas alegrías nos ha dado desde la implantación del Bachillerato de Investigación en el IES «Alcántara».

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Dicen que fuimos, en octubre de 2015, el primer grupo escolar que transitó por el Caminito del Rey tras su reforma integral y su apertura al público por parte de la Diputación de Málaga el 28 de marzo de ese mismo año.

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La festividad de Santo Tomás de Aquino, a finales de enero de 2016, era una ocasión perfecta para repetir visita, esta vez en familia. Para la ocasión nos alojamos en Ardales, el que fue impenetrable reducto del rebelde Omar ben Hafsun. Una bella localidad desde la que a punto se estuvo de cambiar la historia de España.

Rodeada de bellos entornos naturales e importantísimos yacimientos arqueológicos, en sus cercanías se perdió el corazón del más grande rey de Escocia.

Tras partir hacia tierras andaluzas después de finalizar el trabajo, comimos en Venta Quemada. Lo cierto es que comimos tanto que nos fue imposible cenar, una vez instalados y paseando por las calles de la localidad.

Conocido es por todos nuestra tendencia natural a la escalada en los primeros instantes de nuestras escapadas… «Por suerte», Ardales está al pie de una gran peña con ruinas de viejo castillo, en las cercanías del río Turón, a caballo entre las estribaciones norteñas de la Serranía de Ronda (sierra de Alcaparaín) y la depresión de Antequera (complejo de embalses del Guadalhorce).

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La fisonomía que presenta es de calles sinuosas y casas blancas encaladas de dos plantas. El monumento más notable es la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Remedios, de finales del siglo XVI. En 1720 se construyó otra nueva Iglesia sobre la anterior y en su arquitectura destaca su portada barroca y un bello frontón curvo partido y cuyos brazos flanquean una hornacina. La torre es cuadrada con balaustrada y rematada con un capitel revestido de azulejos. El interior es de tres naves, con la principal cubierta de armadura de madera, y una bóveda ochavada en el presbiterio.

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En la parte baja del pueblo se levanta el convento de los Capuchinos, de los siglos XVII y XVIII, cuya iglesia tiene en su exterior una espadaña rematada por almenas.

Nada dejamos de ver en esta primera jornada, en la que anocheció enseguida, y en la que el frío tampoco alentaba mucho estar en la calle.

A la mañana siguiente visitábamos el Caminito del Rey. Llegamos con tiempo más que suficiente para visitar el embalse Conde de Guadalhorce, que empezó a construirse en 1914 bajo la dirección del ingeniero Rafael Benjumena, a quien se le concedió posteriormente el titulo de Conde de Guadalhorce.

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En esta ocasión sí localizamos el “Sillón del Rey”, un conjunto de dos bancos, un sillón y una mesa, todo hecho en piedra, que fue construido para que el rey Alfonso XIII firmara la culminación de las obras del embalse Conde de Guadalhorce el 21 de mayo de 1921.

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El Caminito del Rey es un paso construido por la Sociedad Hidroelectrica del Chorro en el desfiladero de los Gaitanes, a principios del siglo XX, para comunicar dos centrales hidroeléctricas, la del Salto del Gaitanejo y la del Salto del Chorro.

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Las obras se llevaron a cabo entre 1901 y 1905. Su nombre proviene de la visita de Alfonso XIII en 1925 para la inauguración de una presa cercana. No se sabe si lo cruzó entero pero si que al menos lo visitó por lo que se le empezó a llamar Caminito del Rey.

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Esta senda sirve hoy de límite entre los términos municipales de Ardales, Álora y Antequera.

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El Caminito no es una senda cualquiera. Se trata de una pasarela peatonal colgada de la roca y en ocasiones a más de 100 metros. Desde ella se ve un paisaje impresionante que siempre ha atraído a muchos visitantes, más si cabe desde su reforma y apertura al público.

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Con el cierre de las centrales, el Caminito del Rey quedó abandonado a su suerte durante bastantes años. Poco a poco se fue deteriorando a medida que la zona se hacía más conocida tanto para excursionistas como para escaladores que lo utilizaban para acceder a las múltiples zonas de escalada que hay por la zona.

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En los años 90, presentaba un estado de deterioro extremo que desaconsejaba transitar por el. Aun así muchas personas seguían haciéndolo e incluso había empresas de turismo activo que lo publicitaban utilizando su peligrosidad como un aliciente más.

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Varias desgracias personales, la última de ellos en el año 2000, hicieron que la Junta de Andalucía demoliese un tramo de unos diez metros en cada uno de los accesos e impusiera fuertes multas al que transitase por el Caminito de Rey o por las vías del tren cercanas que en aquella época se utilizaban para salir de la zona.

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Tras un largo proceso administrativo de más de diez años, el Caminito del Rey fue totalmente reconstruido y preparado para los visitantes. La nueva instalación abrió en marzo de 2015 y desde entonces es un éxito a nivel de visitantes.

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Una vez pasado el punto de acceso que se halla en la entrada norte, nos dispusimos a recorrer, sin prisas, esta senda aérea construida en las paredes del Desfiladero de los Gaitanes, un camino adosado al desfiladero con una longitud de tres kilómetros, a una distancia media de 100 metros sobre el río.

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Realmente, el recorrido total del Caminito es de 7,7 kilómetros., de los cuales 4,8 son de accesos y 2,9 de puerta a puerta de las pasarelas.

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El hecho de que el recorrido sea lineal y no circular nos obligó a utilizar el servicio de lanzaderas de autobús que nos condujo al parking donde habíamos dejado el coche a tiempo justo para comer.

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Tras la comida nos dirigimos a Bobastro, un conjunto arqueológico medieval que data de los siglos IX y X, entre los que destaca la iglesia rupestre mozárabe, de planta basilical con tres naves y arcos de herradura, toda ella excavada en la roca y anexa a un complejo eremítico conventual, construida en torno al año 917 después de Cristo.

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Fue descubierta por F.J. Somonet en 1869 y excavada por G. de Mergelina en 1927. Bobastro fue la ciudad que construyó Omar ibn Hafsún en un lugar inexpugnable como centro de operaciones en su lucha contra el emirato de Córdoba.

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Aunque el templo es la parte más conocida y quizá la más espectacular, el yacimiento ocupa lo que es todo el entorno de “Las mesas de Villaverde”, que es como se conoce este lugar. El yacimiento engloba el templo rupestre y una pequeña cantera situada junto a éste, todo ubicado en el lugar donde se encuentra el templo.

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Visitamos Álora en un «abrir y cerrar de ojos». Sin bajar del coche, vamos, pues no vimos ni el lugar ni el momento para aparcar.

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De vuelta en Ardales nos dirigimos a «La tienda del turista«, una coqueta cafetería donde, amablemente, María del Mar, de Ardalestur, que también gestionó las entradas al Caminito, nos había invitado a merendar. Aunque no pudimos saludarla en persona, sí que le transmitimos nuestro agradecimiento a su familiar que regentaba esta cafetería.

Teníamos tiempo suficiente para realizar alguna compra y terminar de visitar Ardales antes de que cayera la noche.

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Habíamos reservado mesa en Daluan (Callejón Carcel, 4), con un pequeño pero cuidado comedor que intenta ofrecer al cliente una cocina tradicional con detalles, cuidadas carnes, buenos pescados y unos postres elaborados.

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Lo cierto es que disfrutamos de unas materias primas de primerísima calidad, una originalidad sin igual en la presentación y un servicio impecable, sin esperas.

Tomamos el «Menú de la trufa«, compuesto de unos entrantes de carpaccio de trufa y un gazpacho «transparente» más que original con esferificaciones de tomate y pimiento.

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De los muchos platos que degustamos citaremos la coca de berenjenas, queso y verduras, unas típicas empanadillas morellanas, el bocado de vieira trufada, el consomé trufado, un rissoto de patata y calçot y un huevo a dos cocciones con alcachofas y trufa.

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Un arroz meloso de setas y trufa Atún rojo ahumado con tomillo y un tournedó de lechal con foie y trufa pusieron el toque final ante de los originales postres dominados por los cítricos y el chocolate.

Después de la comida y de la compra de los productos típicos de la tierra visitamos el museo “De Sis en Sis”, situado en la antigua Iglesia de San Nicolás, que pretende dar a conocer la fiesta más importante de Morella que se celebra cada seis años en honor a la virgen de Vallivana desde el año 1672.

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También el museo “Temps de Dinosaures”, situado en la antigua Capilla de San Miquel, que contiene una reproducción a tamaño gigante de un ejemplar de Iguanodon, una especie de dinosaurio. Aunque parezca mentira los valles alrededor de Morella estuvieron cubiertos por agua que dejaron varios restos de fauna marina y hoy en día puedes ver algunos de ellos en este pequeño museo, que alberga varios huesos de dinosaurios.

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El sol, y el calor, nos recibió a nuestra llegada a Peñíscola. Decidimos pasear por los exteriores del castillo, cuyas murallas se mecen en el mar, antes de regresar al hotel y prepararnos para la visita al mismo.

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El del Papa Luna fue el último castillo templario que se construyó antes de la disolución de la Orden del Temple, entre 1294 y 1307. Sabedores de su debilidad, la debieron levantar pensando en que se convirtiera en su último refugio.

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Empezamos la visita en las estancias más bajas, pasando por el patio de armas, abierto al mar,- hasta que llegamos a la parte más alta, donde se disfruta de unas maravillosas vistas de Peñíscola, los jardines del Parque de Artillería y del mar…

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Estos muros también dieron cobijo a Benedicto XIII, “el Papa Luna” que pasó en esta fortaleza sus últimos años, entre 1411 y 1423, transformando el castillo en palacio pontificio y defendiendo su legitimidad como Papa hasta su muerte.

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Venidos de diferentes lugares, tiempos y circunstancias, aquí encontraron su refugio la Orden del Temple y el Papa Luna; aquí encontraron la piedra para construir, el agua dulce, las huertas fértiles y la bendición de la sal y el mar.

El tiempo se volvió contra sus aspiraciones. La decepción y la tragedia se abatieron sobre ellos, pero fue tal su empeño y su tenacidad que unos y otro, los templarios y Benedicto XIII, sobrevivieron a su propia tragedia, se elevaron sobre su propia realidad y tienen hoy su lugar en la Historia, en las leyendas populares y en los misterios que, siempre sin resolver, se trasmiten de generación en generación.

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La noche se venía encima y debíamos dejar la visita al Parque de Artillería para la mañana siguiente. Aparte de ser un maravilloso escenario de cine con siglos de historia y de su extraordinaria ubicación junto al mar, Peñíscola tiene mil rincones con encanto. Bajamos del castillo paseando por las callejuelas de casas encaladas y ventanas azules…

Después de la opípara comida, cambiamos la cena por una cerveza junto al mar en el «Entre dos aguas«.

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Y por la copa de rigor en nuestra terracita, desde donde teníamos noticias de los alumnos de segundo curso de Bachillerato de Investigación, que celebraban en estos momentos su acto de graduación. Por ellos brindamos.

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Viernes, día grande de Alcantarilla. Tras el desayuno y terminar de preparar el equipaje nos dispusimos a completar la visita al castillo, con el Parque de Artillería, un área militar, con baterías, túneles y rampas que conectan con la zona marítima en el exterior del recinto. Los jardines que las rodean fueron realizados en el siglo XX.

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En la zona inferior pudimos contemplar las fortificaciones construidas en tiempos de Felipe II, en el último cuarto del siglo XVI, con el fin de modernizar las defensas del castillo medieval y poder combatir los ataques de la piratería y de la armada turca, que representaban en esos momentos una gran amenaza en el litoral de Levante.

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La zona superior de fortificaciones y jardines, conecta con el castillo medieval y con la zona el faro.

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El mundo medieval no tiene nada que ver con el Renacimiento, época de Carlos V y de su hijo Felipe II, que en el apogeo de su poder ordena construir esta muralla. Es en ese momento cuando en el imperio español “nunca se pone el sol”. A su muerte comenzaría la decadencia del imperio, pero en esos momentos era la primera potencia mundial.

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Llegaba el momento de regresar. Teníamos el tiempo suficiente para comer de vuelta a casa y retomar nuestras obligaciones de todos los viernes.

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Las fiestas de mayo de la localidad se presentaban como una buena excusa para una escapada de dos días (y medio). Habíamos barajado la opción, novedosa, de Alcañiz y su entorno, pero finalmente nos decantamos por Peñíscola y el suyo, pensando en Morella.

Peñíscola no era un destino desconocido para nosotros. Ya en el verano de 1989 habíamos pasado un fin de semana allí, de camino a Andorra, cuando un viernes, en Benicâssim, conocimos que nuestro primer destino sería Vera y tuvimos que tomar camino del sur para presentarnos en Vera el lunes siguiente…

Miércoles al mediodía, después de finalizar ambos la jornada laboral, cogimos el coche y salvamos los casi 400 kilómetros que nos separaban de Peñíscola. A media tarde ya estábamos instalados en el Hotel Boutique La Mar, cuya ubicación junto a las murallas del castillo y cuya terraza sobre el mar nos habían conquistado.

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La ubicación de la ciudad ya es en si misma un prodigio porque se sustenta sobre una península absolutamente rocosa que está separada del litoral por un istmo de arena que hoy ha desaparecido por la construcción del puerto y otras instalaciones, pero que en tiempo del Papa Luna separaba el peñón de la costa.

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Ya en la calle nos dirigimos a la zona fortificada, pasando por la plaza de Armas y avanzando por la calle de subida hacia el Castillo del Papa Luna, donde está la famosa estatua del Papa con la que todo el mundo quiere fotografiarse.

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Había tiempo para algunas fotos, pues la hora no nos permitía visitar el Castillo, declarado Monumento Artístico Nacional en 1931.

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Junto al castillo se encuentra el faro de Peñíscola, inaugurado en 1899 e integrado totalmente en el casco antiguo de la población.

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Seguíamos paseando por las calles que daban directamente al mar, disfrutando de las maravillosas vistas. Pasamos por el bufador, una curiosidad geológica que consiste en un túnel natural excavado en la roca donde se asienta la ciudad, y por el que las aguas del Mediterráneo entran y salen continuamente, provocando estruendosos bufidos y elevaciones violentas del agua del mar en los días de temporal.

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Es muy probable que al refugiarse en Peñíscola, Pedro Martínez de Luna (Benedicto XIII), considerado antipapa por el Vaticano, se diera cuenta de que este accidente geológico fuera un elemento disuasorio para quienes osaran asaltar el castillo donde se atrincheró.

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Abandonamos, temporalmente, el recinto amurallado por la Puerta de Sant Pere para dirigirnos a la Plaza de Santa María y al paseo de Ronda.

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A cada paso, dentro de las murallas de nuevo, empezamos a pasar por las localizaciones donde se rodaron algunas de las escenas que aparecen en Juego de Tronos.

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Seguro que a alguna le encantó imaginar todo el montaje que supuso hacer allí las grabaciones y sentir la emoción de pasar por donde antes lo habían hecho algunos personajes como Tyrion Lannister o Lord Varys. Otros, por el contrario, eran más del Chiringuito de Pepe

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La Pulpería (Carrer Prado, 18) nos sirvió para reponer fuerzas. Un paseo por la playa y una copa en la maravillosa terraza del hotel pusieron fin a aquella primera tarde.

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Amaneció cubierto la mañana siguiente…

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Teníamos pensado visitar Morella. Situada en el norte de la provincia de Castellón, ha sido siempre un cruce de caminos importante entre el Valle del Ebro y el Mediterráneo y un lugar idóneo para el asentamiento de todo aquel que llegaba a estas tierras: íberos, musulmanes, romanos, cristianos, judíos y hasta algún que otro dinosaurio.

El Puerto del Querol, en la carretera N-232, es la principal vía de comunicación entre las comarcas castellonenses del Maestrazgo y de Els Ports y la aragonesa del Bajo Aragón. Entretenido sí que es, con esa gran cantidad de curvas de radio reducido, y más con la niebla que lo cubría aquella mañana de final de mayo.

Llegamos sobre las 11 de la mañana por la carretera procedente de Vinarós y cuando quedaban unos cinco kilómetros ya divisamos unas vistas espectaculares de la ciudad con el castillo dominando en lo alto, una imagen preciosa.

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Tras aparcar, empezamos nuestra visita por la arteria principal de Morella, encontrándonos de camino el Ayuntamiento de la ciudad, de estilo gótico y que fue la antigua prisión. Seguimos un poco más y vamos a parar a una de las calles más bonitas: Blasco de Alagón, con sus bajos porticados que albergan gran cantidad de tiendas de artesanías, restaurantes y pastelerías.

La Plaza dels Estudis tiene una de las imágenes más bellas de Morella, con las típicas casas con los balcones de madera y el castillo de fondo.

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De ahí nos dirigimos a la Basílica de Santa María la Mayor, de estilo gótico.

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En su interior destaca la escalera que sube al coro y el órgano, considerado el más importante de la Comunidad Valenciana. También encontramos el Museo Arciprestal, que se encuentra en la sacristía.

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Seguimos callejeando hacia el Convento de San Francisco, que durante algún tiempo también sirvió como cuartel militar. El acceso se hace a través del claustro, que fue de lo primero que se construyó.

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La iglesia era el lugar donde antiguamente se guardaban los libros y cuentas de toda la comunidad comarcal en una caja con doble cerradura. Hoy en día ha sido restaurada y se utiliza como sala de conciertos y otros acontecimientos.

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Para muchos lo más destacado de este convento es la sala capitular que alberga en una de sus paredes “La danza de la muerte”, una pintura en la que veinte personas bailan cogidos de la mano alrededor de un fiambre que tiene la tripa abierta, de la boca sale la “Fui quod estis, eritis quod sum”, “Yo he sido lo que sois, seréis lo que soy”.

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Empezamos nuestra escalada hacia el castillo («Comienza puerto«). Hay quien dice que la subida no se hace dura por el hecho de ir haciendo zigzag…

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El castillo data del siglo XIII y grandes civilizaciones y personajes ilustres han vivido en sus entrañas, siendo testigos de asedios y guerras que han ido cambiando el aspecto del mismo.

Se divide en tres niveles. El primero es el más cercano a la población y se integró durante las guerras carlistas. De el destaca la Torre de San Francisco, que recibe este nombre por el convento. A sus pies todavía podemos contemplar los restos de la antigua muralla musulmana. Otros lugares de interés en este nivel son la Puerta Ferrissa, el cuerpo de guardia, la Puerta de Barbacana y el camino cubierto aspillerado.

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En el segundo nivel del castillo se encontraban la mayoría de los servicios, como la puerta principal que daba acceso a la fortaleza y el aljibe dónde se almacenaba todo el agua que se iba filtrando en la roca. Lo más destacado de este nivel es el Palacio del Gobernador, construido en 1713, tras la Guerra de Sucesión y sobre una antigua cueva prehistórica. Dentro se puede contemplar una maqueta que reproduce Morella y una exposición de los personajes que han pasado por el castillo (el Príncipe de Viana, Vinatea, Jaime I, Blasco de Alagón y el Cid).

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También en este nivel encontramos la panadería, la prisión “El Cacho”, el asentamiento de artillería, varios cañones, el polvorín o la Torre de la Pardala, del siglo XIII-XV, que, según cuenta la leyenda, fue dónde estuvo presa durante siete años la heroína morellana Josefa Bosch, más conocida como “La Pardala”, ahorcada más tarde por el ejército francés durante la Guerra de la Independencia.

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El tercer nivel es la parte más protegida del lugar ya que alberga las estancias reales, el cementerio, la torre del homenaje y la plaza de armas desde donde hay unas vistas impresionantes de la ciudad.

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Publicado en 2016, Peñíscola, Viajes, Viajes por España | Deja un comentario