Cantabria, País Vasco 2018 (y 11)

Último día, el de regreso. Prácticamente estaba todo preparado desde la noche anterior. Quedaba desayunar y hacer el check out antes de coger el coche para desandar lo andado seis días antes, cerca de novecientos kilómetros si no nos desviábamos de la ruta marcada, pero nos íbamos a desviar…

No éramos más que unos aficionados, pero el hecho de pasar tan cerca de la Rioja Alavesa era una tentación demasiado grande como para no realizar un poquito de enoturismo y disfrutar del apasionante mundo del vino.

Salpicada de villas medievales, la región tiende su manto desde la ladera de Sierra Cantabria hasta la sonora ribera de los ríos que le dan personalidad, el Oja y el Ebro, que marca parte de la frontera natural entre La Rioja y el País Vasco, y que hacía que siguiendo la carretera lo mismo estuviéramos en una como en el otro. Gracias a esa orografía, goza de un microclima privilegiado para el cultivo de la vid.

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Lo cierto es que alguno de los quince municipios que abarca la ruta del vino por la que discurríamos se merece algo más que pasar de largo, y Labastida podría ser un buen ejemplo, aunque no el único.

A nuestro paso se iban sucediendo las bodegas que hemos visto en infinidad de buenas botellas de vino (Dinastía Vivanco, en Briones), pero era imposible realizar la ruta de vuelta a casa y, desgraciadamente, había que limitarse a una o dos de ellas.

Nuestra primera parada fue en Villabuena de Álava, en las Bodegas Luis Cañas. En 1994 inauguraron una nueva y moderna bodega dotada de los mejores sistemas de elaboración.

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Aprovechamos para disfrutar de la singular orografía del paisaje que nos rodeaba prácticamente a pie de viña y para comprar una caja de su crianza que nos permitiera traer a casa un trocito de sus productos.

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De ahí a Elciego, separado algo más de siete kilómetros de Villabuena.

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Ahí se encuentra la Ciudad del Vino, un complejo turístico dentro de las bodegas Herederos Marqués de Riscal que incluye, además del hotel de lujo creado por Frank Gehry, un restaurante y un balneario con tratamientos de esencia de uva.

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El edificio del canadiense-estadounidense consiste en tres bloques de piedra de la región tocados por una estructura voladiza de aluminio y titanio de los colores del vino. Gehry quiso crear «una criatura maravillosa que flotase sobre la viña» y para ello recurrió a las ondas metálicas que ya usó en el Guggenheim de Bilbao.

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Según sus propias palabras, «las curvas existen desde que alguien pensó que un objeto no debe ser decoración, sino movimiento. La idea ya estaba en Fidias, en las esculturas danzantes de Shiva… Es un secreto muy antiguo: expresar sentimientos con un material inerte«. En Elciego, lo que quería contar es que «el vino es algo festivo, que trata del placer y la alegría«. Por eso el edificio es una explosión de luz en el apacible paisaje.

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En nuestros planes iniciales no entraba visitar la bodega, pues hay que adquirir la entrada con antelación y elegir día y hora. Sin embargo, al preguntar en la tienda por las visitas nos indicaron que en diez minutos comenzaba una en castellano y que podíamos realizarla.

Dicho y hecho. Al momento estábamos colocándonos la tarjeta que te identifica como visitante y a las doce, una vez reunido el grupo, comenzaba la visita con la proyección de un video promocional y el recorrido por el exterior del fascinante hotel, inaugurado en 2006.

Aunque sólo se ve por fuera, es simplemente espectacular. Las formas, los colores, el reflejo de la luz en la superficie metálica, el contraste de la modernidad del hotel y la zona antigua de Elciego al fondo, es un deleite para la vista.

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El edificio diseñado por Gehry está recubierto de titanio, aunque en este caso, el arquitecto ha querido impregnar su obra de los colores representativos de la bodega: rosa, como el vino tinto, oro, como la malla de las botellas, y plata, como su cápsula.

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Las últimas vistas del hotel las realizamos desde un pequeño viñedo contiguo al mismo, donde comenzaron a explicarnos el proceso de elaboración del vino.

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Del viñedo pasamos a la primera bodega de Marqués de Riscal, que se construyó en 1858 y se amplió en 1883. En su porche se lleva a cabo el proceso de elaboración del vino con el despalillado y el estrujado para la elaboración del mosto.

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El mosto se pasa a unos depósitos en los que comienza la fermentación y el proceso de extracción del característico color del vino gracias a los hollejos.

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De estos primeros depósitos se pasa a otros dónde termina el proceso de fermentación, y de aquí directamente al mercado (vino joven) o a barricas para la crianza y envejecimiento, dependiendo de la calidad del vino.

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La zona en las que tienen todas las barricas es un auténtico lujo para la vista. Pero faltaba por ver “el tesoro de la bodega”, la botellería, en la que se conservan botellas de vino que van desde la primera añada de Marqués de Riscal, en 1858, hasta la última.

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A continuación observamos el lugar donde se realiza el proceso de embotellado y las zonas de almacenamiento de las botellas y etiquetado, aunque al ser día no laborable toda la maquinaria estaba parada.

Nos quedaba la cata de los dos vinos incluía en la visita, un Marqués de Riscal Verdejo (D.O. Rueda) y un Marqués de Riscal Reserva (D.O. Rioja), una perfecta combinación para aquella hora del día, de hecho alguna botella de ambos se vino también para casa.

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Nos pareció una buena idea terminar de comer en la cafetería de la bodega antes de iniciar el regreso y tener que parar al poco tiempo.

Teníamos dos opciones para ello. La ruta Logroño-Zaragoza-Teruel-Valencia y la de la ida (Burgos-Madrid-Albacete). No dejamos que la eligiera la Señorita Garmin y optamos por la segunda.

Una parada al salir de Madrid para repostar combustible y espirar las piernas… y a las nueve de la noche en casa.

Nuestra escapada había llegado a su fin. Seguro que habíamos dejado cosas, y rincones, en el tintero, pero habíamos tenido la oportunidad de conocer una de las zonas más bellas de España. El viaje había tenido (casi) de todo: historia, prehistoria, cultura, arquitectura, arte, turismo, enoturismo, naturaleza, geología, biología, química, física, paisajismo, mar, playa, montaña, cueva, mina, puerto, devoción, magia, talasoterapia, gastronomía, geografía,…

Una experiencia para repetir.

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Cantabria, País Vasco 2018 (10)

No podíamos dejar la oportunidad de correr por Zumaia… Las previsiones meteorológicas daban algo de lluvia, pero un previsible “chirimiri” se convirtió en un auténtico chaparrón que nos acompañó durante todo el recorrido, haciendo innecesario el baño posterior, pues llegamos al hotel calados hasta los huesos.

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Esa pertinaz llovizna nos acompañaría buena parte del día y desluciría nuestra visita a San Sebastián y a Elorrio. Con ella llegamos a Donosti. Tras desayunar, comenzamos la visita en uno de los puntos más bonitos de la ciudad, el Monte Igueldo, desde donde pudimos contemplar posiblemente las mejores panorámicas de la bahía.

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Aunque se puede subir a la cima en coche propio, decidimos hacerlo en funicular, tal vez por los buenos recuerdos de Como y su lago. Este lleva en funcionamiento desde 1912 y es el más antiguo del País Vasco. La entrada al funicular se encuentra al final de la playa Ondarreta, justo antes de llegar al Peine del Viento.

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La atracción principal de la cima del Monte Igueldo, además de Akelarre, es un viejo parque de atracciones que abrió sus puertas en 1911. Junto al parque se eleva una torre llamada “el Torreón”.

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Construida originalmente en el siglo XVI, la torre sirvió como faro de San Sebastián hasta que se construyó uno nuevo en 1854. A principios del siglo XX, el Torreón fue renovado y se le añadió un piso extra, además de una terraza panorámica, aunque las vistas no son mucho mejores que las que se pueden ver desde las terrazas.

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Las vistas desde Igueldo son realmente inmejorables, abarcando la bahía de La Concha, el islote de Santa Clara y, al otro lado, el monte Urgull.

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Tras bajar nos acercamos a ver el Peine del Viento, uno de los emblemas de la ciudad y uno de los sitios más bonitos de San Sebastián. El Peine del Viento es un conjunto de esculturas de Eduardo Chillida sobre una obra arquitectónica del arquitecto vasco Luis Peña Ganchegui.

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Sus tres piezas de acero suman treinta toneladas y están sobre las rocas del mismo mar. En días de mucho viento, el aire y el agua salen a la superficie gracias a unos orificios que hay en la propia plaza, aunque, escuchando atentamente, pudimos oír el rugir del mar.

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Un paseo de seis kilómetros conecta las tres playas que se enfrentan al Cantábrico. Partiendo desde los pies del Monte Igueldo, bordeando la Playa de La Concha, llegando al Puerto de los pescadores y avanzando hasta el Kursaal y la playa de Zurriola. No los recorrimos esta vez. Una vez disfrutado de esta parte de la bahía, tomamos el coche y, tras dar casi las mismas vueltas que en Bilbao, conseguimos aparcar en el centro.

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Era viernes y visitamos Bilbao un lunes. No sabemos si este era motivo suficiente. Pero la cantidad de gente que paseaba por el centro de San Sebastián superaba, con creces, al que lo hacía en el Bocho.

Nos acercamos a la actual catedral de San Sebastián, que es la iglesia del Buen Pastor, edificada en el siglo XIX como templo neogótico que fue posteriormente elevada en el siglo XX a la categoría de catedral.

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Es un enorme edificio neogótico con planta de cruz latina de tres naves, crucero y cabecera sin girola. Los pilares de sustentación son cruciformes con semicolumnas adosadas y el alzado está constituido por tres niveles. El primero es el de los arcos formeros apuntados, seguido por un muro decorado con arcos entrecruzados simulando un triforio y, por último, un piso de claristorio formado por enormes ventanales bíforos.

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Paseamos por sus amplias calles peatonales hasta el Ayuntamiento, situado entre la playa de La Concha y el Casco Viejo, uno de los edificios más majestuosos de San Sebastián.

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Disfruta de una magnífica ubicación, junto al mar y los cuidados Jardines de Alderdi Eder. El ayuntamiento fue construido originalmente en 1882 como casino y acogió en su día las fiestas de la Belle Époque, cuando la burguesía y aristocracia europeas veraneaban en San Sebastián.

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Estábamos en el puerto. El Museo Naval, el Aquarium y los bares y tascas del puerto guardan la esencia marinera de San Sebastián. Cuando San Sebastián era todavía una isla unida a tierra firme por una estrecha lengua de tierra, existía una barriada de pescadores abrigados al resguardo del monte Urgull. La Parte Vieja no solo es la heredera directa de esa barriada, sino que es el centro vital de la ciudad, con sus incontables bares, restaurantes y sociedades gastronómicas.

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Al final del paseo se encuentra el Acuario de la ciudad, uno de los más importantes de España. Fue además el primer museo de ciencias naturales del territorio español y hoy en día es el museo más visitado de todo Guipúzcoa.

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Se acercaba la hora de comer y nos dirigimos a la parte vieja de la ciudad. Tuvimos tiempo de visitar la Iglesia de Santa María, emplazado en un espacio donde se habían sucedido varios templos desde el siglo XII.

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El que estábamos contemplando ahora fue construido por Francisco e Ignacio de Ibero entre 1743 y 1774, años de prosperidad en la economía donostiarra. Aquí se celebran las festividades más importantes de la ciudad.

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Admiramos su portada rococó, con gran profusión de decoración y con un marcado carácter teatral, en contraposición a la sencillez y escasa decoración del resto de la fachada.

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Diego de Villanueva realizó en el siglo XVIII el retablo central, dedicado a la Virgen del Coro y a San Sebastián, los dos patrones de la ciudad.

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El arte contemporáneo también está presente en la Basílica como muestra de la religiosidad de la sociedad actual. Digna de mención es Gurutz III, una obra realizada por Eduardo Chillida en 1975.

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La contraposición de las distintas texturas del alabastro (en bruto y pulido) unido al juego de la luz, en el material, el vacío y la creación de espacios generados por el vacío dan a la obra toda su fuerza.

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Ahora sí que era ya la hora del almuerzo, y decidimos disfrutar de algunos de sus pintxos y continuar con la visita después. Los pintxos son uno de los mayores atractivos de la ciudad y una actividad que no puedes dejar de hacer, como no lo habíamos dejado ni en Bilbao ni en Santander.

El Casco Viejo de San Sebastián es famoso por poseer la mayor concentración de bares del mundo, y una buena oportunidad para hacer un alto y disfrutar. Imposible ir a todos los que nos habían recomendado personalmente y los que recomiendan centenares de webs.

Haciendo caso a una de las recomendaciones que nos había hecho nuestra buena amiga Carmen comenzamos por La Cuchara de San Telmo, un pequeño bar que siempre estaba lleno de gente. Logramos entrar y hacernos un hueco, lo que nos permitió degustar unas kokotxas de bacalao y un foie con compota de manzana espectaculares.

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Comenzó a llover con fuerza mientras esperábamos que saliera el foie. Era una señal que nos indicaba que debíamos terminar allí la comida. Pero decidimos seguir nuestra ruta con algunos pintxos y que no fueran todo raciones. El lugar elegido fue el Gandarias, otro bar tradicional de la Parte Vieja.

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Tras el helado de rigor (que sería añorado días más tarde) visitamos la Plaza de la Constitución, una plaza de estilo neoclásico construida alrededor del antiguo ayuntamiento.

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Salimos por la parte de atrás del Casco Viejo, camino del Paseo Nuevo, un bonito paseo junto al mar famoso por las olas que en él suelen golpear cuando hay mareas vivas. Este paseo va desde el acuario hasta la zona del Kursaal y el Boulevard.

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El Kursaal es un edificio formado por dos cubos con fachada de cristal, construido sobre el antiguo casino de la ciudad. Actualmente es un palacio de congresos dónde se celebran exposiciones, conciertos y ferias.

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A su lado se encuentra la Playa de la Zurriola… que vimos más que de pasada porque la lluvia que caía a esa hora de la tarde sobre la ciudad era torrencial, tanto que tuvimos que buscar resguardo en la cafetería del Kursaal con la excusa de tomar un reconfortante café.

Salimos cuando parecía que aminoraba la intensidad de la lluvia, pero era un espejismo. El hecho de haber visitado la mayoría de nuestros objetivos y tener únicamente que renunciar a la subida al monte Urgull nos convenció de coger el coche y finalizar nuestra estancia en esta preciosa ciudad.

Quedaba mucha tarde por delante y decidimos visitar Elorrio, aunque en algún momento la gran cantidad de agua que caía casi hace que desistamos del intento. Pero al final llegamos.

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Llegar a Elorrio es sumergirse en un entorno privilegiado de naturaleza y legado histórico en el que árboles centenarios conviven con espectaculares construcciones como palacios, monasterios e iglesias. Su riqueza patrimonial incluye una amplia muestra de construcciones medievales y de la Edad Moderna, entre los siglos IX y XVIII.

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La Basílica de la Purísima Concepción es el mayor templo de Bizkaia en cuanto a volumen. Los vecinos de Elorrio promovieron su construcción alegando la lejanía de San Agustín de Etxebarría.

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De estilo gótico en su primera etapa, se alzó en estilo renacentista y el interior se completó en estilo barroco. En su interior se encuentran el retablo barroco de La Purísima, del siglo XVIII, y el altar levantado en 1906 con motivo de la beatificación del elorriano Balentín de Berrio-Otxoa.

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Los 24 palacios, que datan del siglo XVI hasta el siglo XIX, y los 69 escudos heráldicos en las fachadas de algunas casas inundan las calles de Elorrio. Vimos algunos de ellos, pero la lluvia impedía que disfrutáramos de esta villa como se merece.

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Al llegar a Zumaia había dejado de llover y aprovechamos para hacer las casi últimas compras. En cenar y comenzar a preparar el equipaje para el regreso se nos fue lo que quedaba del día.

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Cantabria, País Vasco 2018 (7)

Los trece kilómetros de acantilados del geoparque mundial UNESCO de la Costa Vasca, a lo largo de los municipios de Mutriku, Deba y Zumaia, guardan una espectacular formación de capas de roca llamada flysch que, a modo de una gran enciclopedia, nos muestras más de sesenta millones de años de la historia de la Tierra.

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Aquella mañana decidimos cambiar la sesión de running por una buena caminata por el flysch, primero por los acantilados y después por la playa, con la ermita de San Telmo como testigo.

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Flysch es el nombre que recibe una formación de capas rocosas de origen sedimentario con unas características determinadas, paleontológicas (fósiles) o litológicas (composición mineral, geometría).

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En un flysch se alternan capas de rocas duras (calizas, pizarras o areniscas) con capas de materiales blandos (margas y arcillas) de modo que la erosión desgasta más fácilmente las capas blandas y deja expuestas las capas duras.

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Las capas duras, al quedar expuestas, son también erosionadas, al tiempo que dan algo de protección a las capas blandas. Se trata de un proceso de erosión diferencial y el resultado a la vista es como el de una tarta de milhojas.

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El origen de la formación de las capas es el acúmulo sedimentario de materiales de diferente densidad en el fondo oceánico, de forma laminar, que por determinados fenómenos geológicos han aflorado a superficie, donde son erosionados.

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Después del desayuno cambiamos la indumentaria de “explorador” por la de “refinado visitante” para desplazarnos hasta Zarautz. El tramo de carretera entre Zumaia y Zarautz, con vistas a la mar y a viñedos de txakolí, es realmente una maravilla para ir en coche.

Y a medio camino se encuentra Getaria, patria de un marinero ilustre, Juan Sebastián Elcano, pero también de Balenciaga, modisto internacional.

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Por el monumento al primero comenzamos nuestra visita, inaugurado el 10 de octubre de 1924, obra de los arquitectos Aguirre y Azpiroz y del escultor Victorio Macho. Representa un gran mascarón de proa, inspirado en la “Victoria de Samotracia”, y recrea la heroica gesta del ilustre navegante.

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Sus concurridas calles nos condujeron a la Iglesia de San Salvador, considerada como una de las grandes joyas góticas del País Vasco, que desde 1985 ostenta el título de Monumento Nacional.

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Construida en los siglos XIV y XV sobre el emplazamiento de un primitivo templo, posee tres naves y, debido a la inclinación del terreno sobre el que se asienta, la planta del templo se halla cuesta arriba.

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Desde la balaustrada del puerto contemplamos el monte San Antón, conocido popularmente como “Ratón de Getaria”. Hasta el siglo XV fue una isla, pero quedó unido al pueblo mediante un istmo artificial. Fue atalaya para la caza de la ballena, así como importante baluarte defensivo de la villa, en el que se emplazaban varias baterías.

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Aprovechamos la visita a Getaria para adquirir víveres para la cena, pues la comida se esperaba “contundente”. Txakolí tinto, Idiazábal, paté… sin olvidarnos de las anchoas de Santoña.

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Cantabria, País Vasco 2018 (6)

La última noche y el último amanecer en Laredo. Hora de ultimar el equipaje y desayunar para salir hacia nuestra próxima base de operaciones: Zumaia. Eso sí, pensábamos aprovechar el traslado, aunque esperábamos que esta y las jornadas siguientes no fueran tan intensas como las precedentes, pues la escapada al norte había empezado con fuerza.

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Volvimos a cruzar Bilbao para dirigirnos a una de las “joyas” del viaje, San Juan de Gaztelugatxe.

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En un solo día nuestros ojos contemplarían los dos escenarios que, fusionados y reconvertidos, conforman Rocadragón, la fortaleza ancestral de la Casa Targaryen donde nació en medio de la impresionante tormenta que le dio nombre Daenerys, La que no arde, Rompedora de cadenas, Madre de dragones: Zumaia y San Juan Gaztelugatxe.

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Daenerys “de la Tormenta” por fin regresa a Poniente. A vista de dragón, emocionada y escoltada por Tyrion Lannister, Varys, Missandei y Gusano Gris, desembarca en la playa de Zumaia. Un flysch inconfundible dota a la escena de la ruda pero majestuosa esencia de la sempiterna fortaleza. Pero el arenal no es más que la antesala. Tras unas colosales puertas incrustadas en la piedra y custodiadas por dos dragones de pura roca se abre la escalera de San Juan de Gaztelugatxe para ascender a una fortificación digna de su nombre. Y allí, en lo alto, la Sala Principal y la Cámara de la Mesa Pintada desde donde la Madre de Dragones planeará la conquista del Trono de Hierro.

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Pero San Juan de Gaztelugatxe no es un mero decorado. Es fe, naturaleza y magia. El mejor remando de paz en medio de la bravura del mar.

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Forma parte de la historia de Bermeo, de los pescadores… y de cualquiera. Una vez que se visita no se olvida.

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Esa campana que hoy dicen que nos da suerte, era la que antiguamente avisaba de que alguien atravesaba su puerta, o de que había tempestad. Ha sido testigo o confidente de muchas tragedias, pero también ha visto desde el punto más bello imaginable la relación de un pueblo con el mar.

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Es, además, un entorno natural protegido, por su biodiversidad marina y terrestre y su innegable valor paisajístico.

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Un bello sendero desciende en fuerte desnivel desde Urizarreta a la base de la península donde, tras cruzar un curioso puente de tres arcos, deja paso a los 241 escalones que hay que ascender para alcanzar la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Según cuenta la leyenda, el santo únicamente necesitó de tres pasos para llegar desde Bermeo a la ermita.

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Los rituales religiosos de Gaztelugatxe van intrínsecamente unidos al mar. Dentro de la ermita se pueden ver objetos colgados: maquetas de barcos, pinturas, fotos… Son ofrendas que hacen los marineros y pescadores al santo como agradecimiento de que sus embarcaciones estén protegidas.

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La isla de Akatx es el santuario de un gran tesoro ya que es el hábitat del pájaro de las tormentas (Hydrobates pelagicus). No es fácil divisar este pájaro nocturno diminuto a no ser cuando hay tormenta, ya que se acerca a la costa a por protección. En Akatx hay un cierto número de olivos salvajes, reminiscencias de un clima mucho más suave.

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El sendero realmente es bello, y el paisaje inigualable, así como la experiencia de la subida a la ermita; pero te deja casi exhausto. No olviden estas palabras los lectores, porque las recordarán cuando visiten San Juan de Gaztelugatxe, una visita que hay que hacer.

Siguiendo la línea de costa que nos acompañaría todo el día llegamos a Bermeo, uno de los pueblos pesqueros más emblemáticos de la costa vasca. Paseamos, y descansamos, en su animado puerto viejo, sobre el que se sitúa la torre Ercilla, que acoge el Museo del Pescador, uno de los pocos museos de todo el mundo exclusivamente dedicado a la vida y el trabajo de los pescadores.

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Pasamos por Mundaka, otro pequeño y encantador pueblo marinero, referente en el mundo surfero por su “ola izquierda”, una de las diez mejores del mundo.

Comimos en Elantxobe, un singular pueblo pesquero que fue creciendo como pudo en la la ladera este de cabo Ogoño. El perfil de Elantxobe parece ser el de una cascada de tejados y de calles empinadas que protegen un pequeño puerto.

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La vista desde el puerto de Elantxobe es hermosa por su excepcionalidad y gracia natural, que ha integrado sin grandes problemas la arquitectura al perfil del terreno. Sus calles, que serpentean por la peña esconden rincones y edificaciones con carácter propio, como la iglesia de San Nicolás de Bari.

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Tras la comida era el momento de llegar a nuestro hotel en Zumaia. No dudamos del itinerario marcado por la Señorita Garmin que, de nuevo, eligió un bonito, aunque revirado, recorrido por la costa vasca que nos llevó a, literalmente, atravesar el centro urbano de poblaciones como Lekeitio, Ondarroa, Mutriku y Deba.

Una vez en Zumaia, instalados en el hotel, con su privilegiadísima ubicación, era el momento de tomarse un respiro. A pesar de que “lucía el sol”, la “opción playa” tenía más contras que pros, y eso que la de Itzurun estaba a nuestros pies.

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Por ello, la elegida fue el “Circuito Talaso de Puesta en Forma” del hotel, un recorrido marino ideal para personas, como nosotros, que buscaban un momento de relajación.

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Piscinas, jacuzzis, saunas, contrastes,…, logrando a través de chorros y temperaturas efectos relajantes y tonificantes. Un espacio donde se aúnan los beneficios del agua de mar de Itzurun, rica en yodo, con la puesta en forma.

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Tras el spa, teníamos el tiempo justo para llegar al centro de Zumaia y reservar nuestra visita en barco al flysch del día siguiente. Era el momento de visitar el casco histórico, en el que destaca la Iglesia de San Pedro, levantada tras la fundación de la villa en 1347. El exterior tiene el aspecto austero de una fortaleza.

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Cerca de ella se encuentra la Casa-palacio de Olazábal, construida por Juan de Olazábal, secretario del rey Felipe IV y contador general del Consejo Supremo de la Inquisición. Lo más llamativo de este edificio del siglo XVII es su fachada principal, construida en sillería de arenisca. En ella se disponen la entrada y los balcones de hierro forjado de la planta noble. Jalonando el balcón central se sitúan dos bellos escudos del linaje de los Olazábal, tallados en piedra caliza.

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El nivel gastronómico de la cena bajó bastante al que traíamos de días anteriores. Se ve que veníamos muy mal acostumbrados. Teníamos tiempo, y luz, para tener nuestra primera aproximación al flysch.

El sendero para llegar al espectacular acantilado del flysch se inicia en la Ermita de San Telmo, ubicada en su borde, sobre la playa de Itzurun.

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La primera referencia escrita sobre ella data del año 1540. Su santo titular es patrono de marineros, razón por la que, desde el siglo XVII, esta ermita fue sede de la Cofradía de Mareantes de San Telmo. Hoy es una de las imágenes más fotografiadas de la costa vasca, sobre todo ahora que ha sido escenario de la boda de los protagonistas de “Ocho apellidos vascos”.

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Llegar al final de este acantilado es una experiencia inenarrable. La belleza del flysch se confunda con la del mar, a la que se suma la del atardecer. Algo difícil de olvidar…

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Regresamos al cercano hotel con más ganas de flysch, ganas que dejamos para el día siguiente.

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Cantabria, País Vasco 2018 (5)

Disfrutábamos de las vistas de unos preciosos valles y de un paisaje tan diferente al de nuestro entorno más cercano, dominado por el color verde. Y el gris, no lo olvidemos, pues el tiempo seguía amenazando lluvia constantemente.

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Hicimos una breve parada en el camino para contemplar, desde los miradores del Poeta y el Collado, el río Nansa antes de que la Señorita Garmin, pasando de autovías y carreteras nacionales, nos llevara por bellas carreteras secundarias a San Vicente de la Barquera.

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La puebla vieja de San Vicente es un conjunto monumental plagado de interesantes edificios que le han merecido la declaración como bien de interés cultural de Cantabria desde 1987. Nos llamó la atención uno de sus puentes, otro de los signos de identidad de esta villa, el de la Maza, con 28 ojos, que fue construido por mandato de los Reyes Católicos en el siglo XVI.

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Un ligero paseo nos condujo a su centro urbano para visitar sus edificios más significativos, entre los que se encuentra el Castillo del rey, del siglo XIII y uno de los pocos que se conservan en la cornisa cantábrica; la Torre del Preboste; el hospital de la Concepción y la iglesia de Santa María de los Ángeles.

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Nuestro próximo destino era Comillas, una pequeña villa con multitud de bellas casonas, pertenecientes la mayoría de ellos a los indianos que regresaron tras hacer fortuna en América, y con preciosas playas de las que no pudimos disfrutar por no disponer de tiempo ni por permitirlo el tiempo. Cuestión de tiempo, todo sea dicho…

Tuvimos suerte de poder aparcar sin dar excesivas vueltas porque, a diferencia de Laredo o Santoña, Comillas sí que presentaba un aluvión de visitantes a esa hora del día. Nos dirigimos, en primer lugar, al Palacio de Sobrellano, pero las visitas eran guiadas y la próxima se iniciaba a las seis y media de la tarde. Si nos organizábamos bien, podíamos aprovechar el tiempo que faltaba y regresar para la misma. Y la jugada salió redonda…

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Más tarde, en la visita al Palacio, entenderíamos por qué Comillas se convirtió, casi, en capital nacional del modernismo, gracias a Antonio López y López, que terminaría recibiendo el título de Marqués de Comillas. Al quedar huérfano de padre, pasó todo tipo de miserias durante su infancia y a los 14 años marchó a América a probar ventura, haciendo fortuna, y de qué manera.

Además, a su regreso a España, su hija primogénita desposó con el empresario catalán Eusebi Güell, el más importante mecenas de Gaudí y que encargaría al genial arquitecto catalán varias de sus obras más famosas. Es así como Antonio López se pone en contacto con el modernismo catalán y con sus más destacados protagonistas.

Aunque Antonio López se instaló en Barcelona tras regresar de Cuba, siempre tuvo presente su población natal. Por ello, encargó la construcción de uno de los palacios privados más espectaculares de toda la Península, el Palacio de Sobrellano, patrocinó la creación de un fabuloso Seminario, también de estilo modernista, e incluso alzó un precioso panteón familiar, donde el marqués y su familia están enterrados.

Fue Alfonso XII, rey de España, quien otorgó a Antonio López el título de Primer Marqués de Comillas como agradecimiento a las ayudas financieras prestadas durante las distintas guerras de independencia de Cuba.

Antonio López se puso en contacto con los mejores exponentes del modernismo catalán, de manera que esta tarde estábamos a punto de visitar algunas obras de Lluís Domènech i Montaner y Antoni Gaudí, entre otros.

Gaudí dejó su impronta en esta población en el que es conocido como Capricho de Gaudí y que en su momento recibió el nombre de Villa Quijano, pues fue Máximo Díaz de Quijano, un joven abogado encargado de llevar los asuntos legales del marqués, el que encomendó al entonces joven arquitecto el diseño de su palacete.

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El Capricho fue una de las primeras obras que firmó Gaudí quien, según parece, no llevaba los trabajos sobre el terreno. En él ya encontramos algunos de los elementos que harían de Gaudí el más grande de los arquitectos del modernismo catalán: el uso de la madera, las cerámicas, el predominio de la curva, el hierro forjado…

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La villa disponía de unas siete estancias en la planta baja que se disponen alrededor de un invernadero. Una solución bien curiosa. En el desván del primer piso se encontraban las zonas de servicio. Actualmente es ocupado por una colección de muebles gaudinianos procedentes de otros lugares.

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Teníamos tiempo de visitar el casco viejo de Comillas. Justo en la plaza en la que se localiza el Ayuntamiento encontramos la Fuente de los Cuatro Caños, alzada como homenaje a Joaquín del Piélago, hijo político de López por haberse casado con su hija Luisa y promotor de la canalización de las aguas en Comillas durante los últimos años del siglo XIX. Es esta otra de las obras diseñadas por Domènech i Montaner en Comillas.

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Nos acercamos a la Iglesia Parroquial de San Cristóbal, que fue físicamente construido por sus propios habitantes, quienes reservaron, durante los años que duraron las obras, un día a la semana para trabajar en el proyecto después de la escena ocurrida con el administrador del Duque de Infantado en la antigua iglesia que se erguía en el acantilado de la playa de los Muertos (el actual cementerio). También su coste fue compartido por todo el pueblo.

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De planta cuadrangular y cabecera rectangular, con tres naves e imponente torre prismática, de cuatro alturas, rematada en el siglo XVIII con una balaustrada y acabada en un pináculo piramidal, está realizada en piedra de mampostería con sillería en los contrafuertes, en los esquinales y en los cercos de los vanos.

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Llegamos a tiempo para la visita al Palacio de Sobrellano y a la contigua Capilla-Panteón. El palacio fue mandado construir por Antonio López como residencia estival en el momento que la familia residía en Barcelona. Fue Joan Martorell el arquitecto encargado del diseño del palacio aunque la práctica totalidad de artesanos que tomaron parte en el mismo, ya fuera para el diseño y manufactura de vidrieras o elementos decorativos, eran también catalanes. Incluso parte del mobiliario llevaría la firma de Antonio Gaudí.

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Se trata de un palacete básicamente neogótico, aunque a menudo se adscribe al movimiento modernista. Y es que este movimiento bebió frecuentemente de fuentes medievalistas, incluido el goticismo.

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Se distribuye en tres plantas, de altos techos y fastuosa decoración, con una entrada principal fabulosa que permite la distribución, a derecha e izquierda, de las estancias de la planta baja y con una escalera también bellísima que permite acceder a la primera planta. La segunda, sin embargo, era la dedicada al servicio.

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Contemplamos el mobiliario, la tracería de las formas neogóticas, los techos, las vidrieras y las fabulosas pinturas de salón más importante de este palacio, donde se representan algunos de los momentos más importantes en la vida del Marqués de Comillas.

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Junto al Palacio de Sobrellano se localiza la también neogótica Capilla-Panteón, concebida como una catedral a pequeña escala, dotada de girola. Cumple la función de mausoleo familiar pero también de templo donde celebrar oficios en su interior. Su construcción es anterior al Palacio. El proyecto se realizó en julio de 1878 y el edificio fue consagrado el 28 de agosto de 1881, durante la visita de Alfonso XII y la reina María Cristina a la villa de Comillas.

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El mausoleo, situado en la girola, alberga los monumentos funerarios de la familia. El panteón dedicado a la memoria de su hermano, Claudio López y López, y su esposa, Benita Díaz de Quijano, muestras las estatuas de la “Plegaria” y la “Resignación” de José Llimona. El panteón de Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, muestra el excepcional Cristo yacente del escultor Agapito Vallmitjana; y el panteón de Antonio López López, primer Marqués de Comillas, y su esposa, María Luisa López Bru, muestra un relieve de Venancio Vallmitjana, diseñado por Joan Martorell.

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Entre la ornamentación interior destaca el altar, realizado en los talleres de Francisco Paula Isaura y Fragas. El juego lumínico proporcionado por las vidrieras polícromas de Eudald Ramon Amigó que resaltan sobre los robustos muros laterales de la capilla. El sitial, los reclinatorios y los bancos fueron diseñados por Antonio Gaudi.

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Contemplamos a lo lejos la Antigua Universidad Pontificia de Comillas y actual centro CIESE. Se trata de otro de los grandes lugares cuya edificación se debe al empeño de Antonio López en devolver a Comillas parte de lo que la vida le había regalado. En este caso, su idea era la de alzar una obra pía destinada a la enseñanza para niños pobres que serían becados.

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Ya en el coche, buscando la salida hacia Santander, nos encontramos el Cementerio de Comillas, situado en lo alto de otra de las colinas de la localidad y asentado sobre las ruinas de las antiguas ruinas góticas de la que fuera iglesia de la población.

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Las obras de ampliación se deben a Lluís Domènech i Montaner e incluye varios mausoleos francamente bellos. Una de las obras más célebres es la escultura del Ángel Extermindor, obra de Joan Llimona, que fue inicialmente diseñado para el mausoleo del hijo primogénito del Marqués de Comillas aunque finalmente fue donado al pueblo.

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Ángel Pérez, amigo de Antonio López, donó un prado en otra de las colinas de Comillas para que fuera alzado un monumento dedicado al más importante de los hijos de la población. Se trata de otra obra cuyo diseño se atribuye al genio de Domènech i Montaner y que pudimos contemplar también en la lejanía.

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Al final, para salir de Comillas tuvimos que visitar sus playas y volver al centro, pues era el camino marcado para dirigirnos a Santander. Una vez allí, dimos un paseo por la que es, sin duda, su calle más emblemática y transitada, el Paseo de Pereda, declarado Bien de Interés Cultural, en la categoría de Conjunto Histórico, en 1985.

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Situado en el centro urbano, alberga un largo paseo paralelo a línea del muelle, y llega hasta Puertochico, permitiendo contemplar a lo largo del mismo todo el esplendor de la bahía de Santander.

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En él se encuentran muchos edificios históricos y señoriales del siglo XVIII principios del XX, destacando especialmente por su monumentalidad y envergadura el que se destina a sede central del Banco Santander.

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Otro atractivo importante del lugar, son los jardines de Pereda. Tanto el paseo como los jardines fueron dedicados al novelista cántabro José María de Pereda. Los actuales jardines se levantan sobre el antiguo puerto de la ciudad y sus muelles mercantiles y se caracterizan por las arboladas que sirven de refugio desde septiembre a marzo a miles de pequeños estorninos, típicos del invierno de Santander.

Nos acercamos a la Catedral de Santander. En realidad, el actual edificio son dos iglesias superpuestas de estilo gótico. La inferior, construida en el primer tercio del siglo XIII, es la parroquia del Cristo. La superior se construyó durante dicho siglo y ha tenido que ser reconstruida y ampliada, pues en 1941 Santander sufrió un incendio que afectó a esta parte de la Catedral.

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Era difícil entender que tomáramos algo aquella noche después de la (copiosa) comida en Casa Jandro. Pero habrá que aclarar que uno de los motivos para visitar Santander aquel día era volver (uno) y conocer (otra) Casa Lita, un bar que dispone de aproximadamente trescientos pinchos diferentes, entre fríos y calientes, elaborados al día y con materia prima de la mejor calidad, todo un deleite para el paladar. Y no defraudó…

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Al final llovió, de nuevo, camino de Laredo. Realmente, parecía que estaba instalada allí la galerna del Cantábrico.

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Cantabria, País Vasco 2018 (4)

Amanecía lo que para aquellas fechas y aquellas latitudes era un “día radiante”. Y repetimos el circuito de la mañana anterior, finalizando la sesión de running con un baño en el Cantábrico que no tiene precio, uno de esos pequeños caprichos que rara vez puede darse uno. Un buen presagio del intenso e interesante día que nos esperaba por Cantabria.

Después del desayuno cogimos el coche para empezar a recorrer los más de doscientos kilómetros previstos para esta jornada, dirección a Santillana del Mar y el cercano Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira.

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La historia del museo tiene su origen en la creación de una Junta de Administración en 1924. El primer edificio al servicio de la cueva de Altamira fue una casa montañesa construida para exponer y conservar los objetos hallados en las excavaciones y para servir de vivienda a su primer guarda.

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El creciente número de visitantes desde mediados del siglo XX hizo necesaria la construcción de una nueva sede y en los años setenta se construyeron tres pabellones para la recepción de visitantes. Fue en 1979 cuando se creó el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira por parte del Ministerio de Cultura. El fin fue constituir un instrumento científico y administrativo para la mejor gestión y conservación de la cueva de Altamira.

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La sede actual del museo se inauguró el 17 de julio de 2001, en un edificio proyectado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg. La protección de la cueva de Altamira fue el principal condicionante para su ubicación, concepción y construcción.

El Museo está dedicado a la conservación, la investigación y la difusión de la Cueva de Altamira y la Prehistoria. Su sede actual, inaugurada, con su Neocueva, ofrece una prodigiosa reproducción científica de Altamira.

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Este proyecto permite a visitantes como nosotros conocer el contexto prehistórico arqueológico del lugar, al tiempo que se han podido mejorar las condiciones de conservación de la cueva original que, para los interesados, posee un régimen de acceso controlado y limitado que consiste en una visita a la semana para cinco personas de 37 minutos de duración bajo un estricto protocolo de indumentaria e iluminación, y con un recorrido y tiempos de permanencia definidos para cada zona de la cueva.

Esta visita tiene lugar todos los viernes a las 10:40 horas y pueden participar en el procedimiento de selección las personas mayores de 16 años que se encuentren visitando el museo entre las 9:30 y las 10:30 horas de ese mismo día.

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Altamira es enormemente rica en muestras de arte paleolítico, las cuales se distribuye por casi toda la cueva, siendo el vestíbulo y la denominada cola de caballo (galería final de la cueva), las zonas de mayor concentración. La Sala de los Policromos, sin duda el panel más conocido del Arte Paleolítico mundial y que ha sido denominada la Capilla Sixtina del arte cuaternario, contiene un gran conjunto de bisontes, aproximadamente una veintena, de gran tamaño y generalmente bicromos y grabados. Junto a ellos, y con las mismas técnicas de realización, hay una gran cierva, dos caballos y varios signos, entre ellos grandes claviformes en rojo con protuberancia central.

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También aparecen en la sala algunas manos en negativo moradas, varios caballos y bisontes en negro y un gran conjunto de grabados con ciervos, signos y varios antropomorfos. En las galerías del interior, y en la sala central, son muy frecuentes las grabados naturalistas, representando sobre todo ciervos y caballos y las pinturas negras de animales y signos. En la conocida como cola de caballo, destacan las conocidas máscaras, realizadas aprovechando las protuberancias de la roca y pintadas en negro. Además, hay un gran grupo de cuadrangulares en negro, ciervas incisas y varios grupos más de grabados y pinturas negras naturalistas.

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Altamira contiene santuarios de varias épocas. Los motivos más antiguos parecen ser los del interior de la cavidad, que irían del Solutrense Superior al Magdaleniense Arcaico. Los polícromos se sitúan en torno al 14.500 antes del presente (Magdaleniense inferior).

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Finalizamos nuestra visita con tiempo suficiente (gracias a que conseguimos acceder a la Neocueva a una hora bastante anterior a la que inicialmente nos asignaban y teníamos reservada) para desplazarnos a la Cueva El Soplao, a unos 45 kilómetros de Altamira.

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Al llegar, la gran afluencia de visitantes nos hizo desistir de adelantar la visita, prevista para la una y media. Teníamos tiempo suficiente de contemplar las vistas de los Picos de Europa (si las nubes lo permitían) cercanos y de realizar algunas compras antes de acceder a la cueva.

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La cueva guarda en su interior un auténtico paraíso natural conformado por impresionantes formaciones con grandes superficies tapizadas de aragonitos, falso techo, estalactitas, estalagmitas y especialmente elípticas o excéntricas que desafían la ley de la gravedad y que provocan todo tipo de juego de luces y sombras, sensaciones, colores y olores.

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Para facilitar el acceso se ha construido un tren minero, que después de recorrer unos 400 metros, deja al visitante en la entrada de la misma cueva para el inicio del recorrido. Abandonando el tren a la entrada de la cueva, ya bajo el subsuelo, se recorren unos 60 metros a través de una antigua galería minera que se dirige a la cueva propiamente dicha, donde disfrutamos de unas maravillosas formaciones a lo largo de unos 1.500 metros de recorrido dentro de la cueva, cuya longitud total es de más de 20 kilómetros de galerías.

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La abundante y compleja diversidad de formaciones excéntricas que atesora es lo que realmente hace de esta cueva una cavidad única, ya que, si bien se encuentran en otras cavidades, nunca con la abundancia, belleza y espectacularidad de ésta.

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No podemos olvidar las pisolitas, más conocidas como perlas de las cavernas. Estas curiosas formaciones deben su nombre a su similitud con las perlas de las otras. En la cueva se presentan como mantos cubriendo una superficie de varios metros, o a modo de nidos, pero nunca aisladas.

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Especial mención merece el denominado falso suelo, una zona considerada como la Capilla Sixtina del mundo subterráneo, por su grandiosidad, disposición y conservación. Es en realidad una galería baja cuyo techo se encuentra tapizado de increíbles excéntricas de aragonito. El suelo de esta galería es, en realidad, el techo (o falso techo) de una pequeña sala inferior y se da la circunstancia de que este suelo-techo se encuentra roto en dos puntos, creándose dos ventanas desde las que es posible ver el techo de excéntricas desde la sala inferior.

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Además de su valor geológico, la cueva y su entorno albergan un excepcional patrimonio de arqueología industrial minera. La actividad minera también ha dejado su huella en el espacio exterior: castilletes, hornos de calcinación, lavaderos y talleres. Las labores mineras se orientaron a la extracción de blenda y galena, dos de las mejores menas para la obtención de zinc y plomo, respectivamente.

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Habíamos planeado comer en Celis después de la visita a la cueva, en el corazón del Valle del Nansa, una zona que realmente se merece mucho más tiempo para su disfrute del que disponíamos. El lugar elegido fue Casa Jandro, un sitio que sorprende, de esos de comida de cuchara de toda la vida, con unas más que generosas raciones, tanto que si nos descuidamos nos sobra hasta la cena.

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Pedimos de primero un cocido montañés, plato típico de la zona, y unas aluvias con venado. Después de ellos, sólo fuimos capaces de compartir un solomillo de jabalí al tostadillo de Potes y un arroz con leche con los cafés.

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Cantabria, País Vasco 2018 (3)

Callejeando de nuevo por el Casco Viejo de Bilbao nos acercamos a la Plaza Nueva, la primera plaza construida en la ciudad en 1849.

Inicialmente se llamó Plaza de Fernando VII en conmemoración de la visita que este rey hizo a Bilbao. En ella funcionaron importantes instituciones públicas, entre las que estaba el edificio principal del Gobierno de Bizkaia, lo que convirtió a la plaza en el centro cívico y comercial de la ciudad.

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Podemos describir la plaza como una planta cuadrada rodeada de tres pisos con balcones, sostenidos por 64 arcos separados por columnas dóricas. En el centro de la Plaza estuvo la estatua del fundador de Bilbao, Don Diego López de Haro, que fue trasladada a la Plaza Circular. Anteriormente hubo una magnífica fuente de juegos de agua, compuesta de dieciocho surtidores que arrojaba agua a unos siete metros de altura.

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La Plaza Nueva era el punto perfecto para terminar un recorrido por la hermosa Villa y para probar los típicos pintxos. Los probamos en el Café Bar Bilbao, fundada en el año 1911 y restaurada en 1992; en el Bar Sorginzulo y terminamos en Zezen Gorri el recorrido “pintxero” por Bilbao.

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Un paseo por las calles del centro y la ría nos condujo al parking. Cogimos el coche y, cruzando el Puente de la Salve y despidiéndonos del Guggenheim, abandonamos el centro de la ciudad.

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Nuestro próximo destino era Getxo, un municipio a orillas del mar Cantábrico formado por Las Arenas, Romo, Algorta, Neguri y Santa Maria de Getxo. Getxo representa históricamente la suma de dos ámbitos diferentes: el campesino en torno a la iglesia de Santa María, y el marinero cerca del puerto de Algorta.

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Aparcamos en las inmediaciones del Puente Colgante o Puente de Bizkaia que es, desde el 13 de julio de 2006 el único monumento de Euskadi incluido en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, y el único incluido dentro de la categoría de Patrimonio Industrial de todo el Estado. Fue el primer puente transbordador del mundo y lleva funcionando desde su inauguración, en 1893.

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El puente colgante permite el paso de pasajeros y vehículos desde la orilla derecha del Nervión en Las Arenas a la izquierda de Portugalete. Llama la atención por su construcción en hierro y su gran parecido con la Torre Eifiel. Corresponde a un diseño conjunto entre el arquitecto vizcaíno Alberto de Palacio y el ingeniero-constructor Ferdinad Ardonin, discípulo del mismísimo Eifiel.

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Las obras comenzaron el 4 de agosto de 1890 y su inauguración al público tuvo lugar tres años después, el 28 de julio de 1893, en medio de un fuerte temporal. Con sus 63 metros de altura y 160 metros de longitud funciona los 365 días del año y las 24 horas del día como servicio de transbordador de pasajeros y vehículos. Dos de aquellos pasajeros fuimos nosotros, que cruzamos el Nervión de Getxo, donde se encuentra la maquinaria, a Portugalete, y de Portugalete a Las Arenas instantes después.

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Decidimos, de regreso a Laredo, visitar Castro Urdiales. Nos costó trabajo convencer a la Señorita Garmin de que no queríamos utilizar el transbordador para dirigirnos a nuestro destino…

Castro Urdiales es una preciosa localidad situada en el extremo más oriental de Cantabria, muy cerca de Vizcaya, que junto a Laredo, Santander, Santillana del Mar y San Vicente de la Barquera forma parte de la vía secundaria del Camino de Santiago que recorría la costa del Cantábrico.

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La primera imagen que contemplamos ya merece la visita. A orillas del mar, dominando la bahía y protegido por los Picos de Europa que presiden las verdes montañas de la Cordillera Cantábrica.

Comenzamos la visita por su conjunto monumental, también conocido como Puebla Vieja, que fue declarado Conjunto Histórico Artístico en el año 1978. Su estampa más emblemática, que parece una postal, es el conjunto que forman la iglesia de Santa María de la Asunción, el castillo-faro que se encuentra junto a ella, el puente medieval y las ruinas de la iglesia románica de San Pedro.

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La impresionante iglesia de Santa María de la Asunción, con trazas de catedral, es el mejor ejemplo del gótico clásico que encontramos en todo el Cantábrico.

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Comenzó a edificarse a principios del siglo XIII, bajo el mandato del rey Alfonso VIII de Castilla, que repobló y fortificó las villas de esta costa, y sus trabajos se prolongaron hasta el siglo XV.

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Destaca la imagen gótica de piedra policromada de Santa María la Blanca, del siglo XIII, el lienzo del “Cristo de la Agonía”, atribuido a Francisco de Zurbarán, y El Cristo crucificado, en madera y tamaño natural, del siglo XIV.

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El Castillo de Santa Ana está en el cerro de Santa María y en su tiempo estaba unido a la Iglesia formando parte de la fortificación de Castro Urdiales. Se comenzó a construir en el siglo XIII hasta el siglo XIX y representa uno de los pocos castillos medievales conservados de la región. Fue un punto clave para la defensa de la villa. En 1853 se construyó el Faro que por su ubicación dentro del castillo es muy pintoresco.

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Castro Urdiales combina el encanto de un pueblo pesquero con su pasado ilustre como uno de los destinos estivales preferidos de la burguesía cántabra y vizcaína. A nuestro paso por la antigua Flavióbriga romana, que sirvió de origen a esta villa medieval, encontramos sus casas con balconadas de madera, el Ayuntamiento y edificaciones de finales del siglo XIX y principios del XX como la Casa de los Chelines.

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Por cierto, visitábamos Castro Urdiales un 16 de julio. Y no podemos olvidar que habíamos empezado el día felicitando a una María del Carmen…

La Virgen del Carmen es la patrona de los marineros y, como no podía ser de otra forma, en Castro Urdiales goza de gran devoción.

Todos los años, un día como hoy, 16 de julio, la imagen de La Virgen es sacada en procesión a pié desde la Iglesia de Santa María hasta La Escala del Rey del Parque Amestoy donde es embarcada.

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Tras la nave que porta a la Virgen van todas las embarcaciones del puerto en procesión marinera, ocupados por multitud de castreños.

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Los barcos van engalanados y adornados con ramos de flores, se realiza una ofrenda floral al mar en honor de los marineros fallecidos y, posteriormente, la imagen de La Virgen es devuelta a la iglesia, donde se celebra una misa en su honor.

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Embargados por la emoción, asistimos al recorrido de la Virgen por el puerto, disfrutando de aquella oportunidad que nos había proporcionado el azar, pues la visita a Castro Urdiales no entraba en el cronograma inicial de visitas. Todo un acierto pasar aquella tarde en esta bonita localidad.

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Todavía tuvimos tiempo de bajar a la playa al llegar a Laredo, aunque esta vez no apetecía tanto el baño como la tarde anterior. Tras pasar un agradable rato en la orilla nos pusimos de tiros largos pues había que celebrar el Santo de aquel día como la ocasión merecía, gastronómicamente hablando.

Volvimos al Bar Revellón, pues en nuestra primera visita dejamos pendiente probar unas espectaculares navajas y los percebes de la zona, que venían precedidos por su fama. Junto a las rabas que ya degustamos el día anterior, disfrutamos de la cena, regada por unas copas de Albariño.

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Un paseo por un desierto Laredo antes de dirigirnos al hotel para descansar. Nos esperaba al día siguiente (vaya novedad) una intensa jornada…

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Cantabria, País Vasco 2018 (2)

A diferencia de lo que ocurrió en la Costa Oeste, esta vez las zapatillas para correr estuvieron dentro de la maleta desde el principio. A las seis y media de la mañana estábamos listos para recorrer la playa de Laredo “del Puntal a punta”. No llovía a esa hora, pero al salir del hotel la sensación era, claramente, de frío. Nada que ver con las temperaturas que acompañaban nuestras sesiones de running por la mota del río a diario.

Acompañados de la brisa, e intuyendo el mar a nuestro lado, pues las dunas lo ocultaban en buena parte del recorrido, llegamos hasta el Parque de los Tres Pescadores, en el centro de Laredo, para volver hasta nuestro lugar de partida y un poco más lejos, hasta el Puntal de Laredo. Una saludable manera de comenzar una mañana que, de momento, despertaba con nubes pero sin lluvia.

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Tras el desayuno y la entrega de los «regalos sorpresa» pusimos rumbo a Bilbao, al que llegamos en menos de una hora tras recorrer los algo más de sesenta kilómetros que la separan de Laredo. Después de alguna vuelta de más para dejar el coche en el parking, junto al Ayuntamiento, y antes de la visita al Guggenheim teníamos tiempo para pasear por el Casco Viejo, el núcleo de la ciudad, contemplando en primer lugar el Teatro Arriaga.

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Cuando se fundó la Villa de Bilbao, hace más de 700 años, sus habitantes vivían del regadío y la pesca, y la Ría empezaba ya a conformarse como la mejor vía de comunicación con el exterior. El corazón de ese Casco Viejo estaba rodeado de murallas y formado por tres calles paralelas. Tiempo después se hizo necesario derribar las murallas y trazar cuatro calles más perpendiculares a la Ría que, junto con las tres primeras, componen lo que hoy se conoce como las Siete Calles.

Desde el año 1979, esta zona es peatonal, convirtiéndose en un figurado centro comercial de 240.000 metros cuadrados, con cientos de establecimientos comerciales, bares y restaurantes. En el recuerdo, la mayor catástrofe que ha sufrido la ciudad de Bilbao, las inundaciones de 1983, que asolaron el casco histórico hasta destruirlo por completo. Pese a la devastación, el Casco Viejo logró resurgir y convertirse en una de las zonas más turísticas y comerciales de la ciudad.

El Casco Viejo, con calles de nombres prácticos como Lotería, Correo, Perro o Pelota, es una red comercial intensa en la que todavía se encuentran establecimientos tradicionales y muchos bares, “segunda residencia de los hombres bilbaínos” en expresión del novelista Pedro Ugarte.

Obligada era la visita a la catedral gótica de Santiago, el edificio más antiguo del Casco Viejo, que recuerda la era de las peregrinaciones mientras la plaza Nueva acoge a otros peregrinos, los txikiteros, que se refugian bajo sus arcadas en días de lluvia.

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La Catedral de Santiago en Bilbao se encuentra en el centro del Casco Viejo de la villa, en la plaza que lleva el mismo nombre en honor al patrón de Bilbao: El Apóstol Santiago el Mayor. Esta Catedral, que también es Basílica Menor, forma parte de la peregrinación del Camino de Santiago, específicamente del ramal de la costa.

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Es un templo gótico edificado entre el último cuarto del siglo XIV y principios del siglo XVI, por lo que es uno de los edificios más antiguos de la ciudad. La fachada principal y la torren datan del siglo XIX y fueron diseñadas por el arquitecto Severino de Achúcarro, presentando un estilo neogótico. Fue edificado en el mismo punto donde se había establecido la primera ermita de la villa abdicada al apóstol Santiago y que ya existía antes del año 1300, año de fundación de Bilbao.

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A pesar de sus pequeñas dimensiones (51,5 m de largo, 22,3 m de ancho, 22,5 de alto en la nave mayor y 1.100 m² de superficie) es de una gran belleza por sus rasgos góticos, el detalle del pórtico, la Puerta Principal, la Puerta del Ángel o Puerta de los Peregrinos y la portada meriodional, sus naves, triforios y vitrales. Además destacan su Capilla Mayor, el Coro, el Claustro y la Cripta construida sobre la ermita original y sus 15 capillas consagradas.

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Una vez terminada la visita nos dirigimos por la Calle Somera hasta el Mercado de la Ribera, ubicado junto a la Ría de Bilbao, una referencia comercial para toda Bizkaia. Desde sus comienzos, en el siglo XIV, ha convertido sus alrededores en un importante entramado económico-social.

De ahí nos acercamos al núcleo primitivo de Bilbao para visitar la iglesia y el puente de San Antón, tan antiguos que figuran en el escudo de la ciudad.

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Casi trescientos años antes de que se levantara la primera iglesia en este lugar ya existía en el mismo un almacén de mercancías, construido sobre una roca junto al vado de la Ría por el que cruzaban las caravanas cargadas con lana procedente de Castilla, así como un pequeño puerto. Cuando en 1300 Don Diego López de Haro otorgó Carta Puebla a la villa la antigua lonja fue incorporada al recinto urbano, delimitado por una potente muralla que servía tanto de defensa como para proteger de inundaciones.

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Los cimientos de esa muralla han sido excavados y resultan visibles al visitante en la parte del altar, donde también se aprecian restos de la cabecera de primera iglesia. También se han recuperado restos del antiguo cementerio que albergó el interior de la iglesia desde sus orígenes hasta el siglo XIX.

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El actual templo se construyó entre 1546 y 1548 en estilo gótico, aunque su bella portada es renacentista y el campanario, barroco. El interior alberga interesantes obras de Luis Paret, Manuel Losada o Guiot de Beaugrant, autor del hermoso retablo plateresco.

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Continuamos por el Arenal hasta llegar al Ayuntamiento y continuamos por el paseo de Uribitarte, que discurre paralelo a la ría y une el puente del Ayuntamiento con el Museo Guggenheim.

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A lo largo del recorrido disfrutamos de diversas esculturas y edificaciones curiosas, como el emblemático puente Zubizuri, diseñado por Santiago Calatrava.

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Se acercaba la hora de nuestra visita al museo, y antes había que admirar el impresionante edificio.

En algún post anterior ya he comentado que Dan Brown nos «ha acompañado» en alguno de nuestros viajes: París (“El código Da Vinci“), Roma (“Ángeles y demonios“), Florencia-Venecia (“Inferno”). No iba a ser menos en esta ocasión. La descripción que el autor hace del Guggenheim y sus obras es digna de elogio. Desde luego, está claro que se documenta de maravilla para sus novelas, y «Origen» es, sin la menor duda, otra prueba de ello.

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En el exterior, en la zona junto a la ría, encontramos a “Mamá”, la araña gigante del Guggenheim diseñada por la escultora Louise Borgoise, la Fuente de Fuego de Yves Klein “apagada”, pues sus cinco fuentes desprenden sus llamaradas de fuego por la noche, y Niebla, de Fujiko Nakaya, un espectáculo de vapor.

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El Guggenheim de Bilbao es el museo de arte contemporáneo diseñado por Frank Gehry. Fue construido entre los años 1993 y 1997 como parte del plan de urbanismo Bilbao Ría 2000, desarrollado con la finalidad de recuperar y reacondicionar aquellas áreas que sufrieron el declive industrial de finales de los 80, y fue inaugurado el 18 de octubre de 1997.

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El innovador y llamativo edificio es ya en sí mismo una increíble obra de arte. Gehry creó una obra arquitectónica, una escultura a gran escala, que está compuesta por más de 33.ooo delgadísimas planchas de titanio, piedra caliza y vidrio, dispuestas en una serie de formas curvilíneas que logran un gran impacto visual.

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El edificio visto, desde la ría, aparenta tener la forma de un barco rindiendo homenaje a la ciudad portuaria en la que se inscribe. Sus paneles brillantes se asemejan a las escamas de un pez recordándonos las influencias de formas orgánicas presentes en muchos de los trabajos de Gehry. Visto desde arriba, sin embargo, el edificio posee la forma de una flor. El acabado rugoso del material de las láminas cambia de tonalidad según la atmósfera, el clima, la luz del día…

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Su colección permanente está constituida por piezas significativas del arte contemporáneo, entre las que figuran algunas de las obras más destacadas de la segunda mitad del siglo XX.

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La primera planta alberga Fragmentos de contemporaneidad, que acerca al público las últimas tendencias. La materia del tiempo es la reflexión más completa de Richard Serra en torno a la fisicidad el espacio y la naturaleza en la escultura.

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Constituida por siete esculturas que se unieron a Serpiente, la obra se encuentra instalada en la sala más grande del edificio.

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La exposición Obras maestras de la Colección del Guggenheim nos permite apreciar el luminoso lienzo Sin título, de Mark Rothko, frente a La gran Antopometría azul de Yves Klein o la imagen icónica de Marilyn Monroe repetida una y otra vez por Andy Warhol, junto a obras llenas de expresividad de Rauschenberg y Cy Twonbly.

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En el aspecto escultórico destacan las piezas de los maestros vascos Eduardo Chillida y Jorge Oteiza, junto a grandes nombres del arte europeo y americano.

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El Museo acoge durante estos meses la exposición Arte y China después de 1989: El teatro del mundo, una revisión del arte experimental del país asiático que comprende el período más transformador de la historia reciente.

Impresionante la obra de Joana Vasconcelos, que presenta Soy tu espejo, un conjunto de espectaculares obras de una de las creadoras portuguesas más influyentes. Utiliza muy diversos elementos de la vida cotidiana, como electrodomésticos, azulejos, tejidos, botellas, medicamentos, utensilios de cocina…

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Con ellos construye imágenes impactantes, lúdicas y directas, que aluden a asuntos sociopolíticos, abordando temas que abarcan desde la inmigración hasta la violencia de género.

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Por último, Chagall. Los años decisivos, 1911-1919, representa una inmersión en la fase de mayor evolución artística del pintor ruso-francés. En 1911 se produjo una decisiva ruptura en la vida del joven Chagall al comenzar una estancia de tres años en parís, donde crearía un conjunto de obras con numerosas reminiscencias del arte popular ruso y de su cultura familiar.

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En 1914, la Primera Guerra Mundial sorprendió a Chagall durante una breve visita a su tierra, donde la situación le mantendría confinado durante ocho años y le conduciría a una fase de búsqueda personal que se reflejará en muchas de las pinturas y obras sobre papel realizadas en aquella época.

Puppy”, un simpatiquísimo perro de flores a gran escala, diseñado por Jeff Koons, nos despidió del museo, que admiramos por última vez desde las inmediaciones del Puente de La Salve.

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Se acercaba la hora de comer y tomamos el tranvía hasta la parada Teatro Arriaga.

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Nunca unos días fuera de casa, en verano, habían comenzado a mitad de julio. El reparto de las vacaciones y el infausto recuerdo de este mismo mes del año pasado nos empujaron, en parte, a ello. Posiblemente también influyó en el destino. Aunque en algún momento se barajaron “foráneos” (Viena, Salzburgo e Innsbruck pintaba bien), los últimos viajes (New York, Costa Oeste, Milán) y la “independencia” que te da el vehículo propio hicieron que nos decidiéramos por parte de la cornisa cantábrica, que se quedó en el tintero y con alguna que otra entrada ya adquirida para agosto del 17 (como las de la Alhambra Experiencias…).

Hacía muchísimo tiempo ya de nuestro viaje relámpago con Juan Antonio y Charo a Santander y el País Vasco se había resistido a nuestros viajes por España, salvando mi visita a Bilbao con motivo de mi paso por el Servicio de Ordenación Académica allá por el inicio de siglo.

Los preparativos se habían realizado con muy poca antelación, por aquello de las eternas dudas. Tal vez tenga algo que ver que, últimamente, cada viaje que planificamos me parece el último. Pero llegó el día de la partida, un día conflictivo para un desplazamiento de este calado, pues coincidía con plena «operación salida«.

Nos separaban de Laredo la friolera de 850 kilómetros y a las seis de la mañana ya estábamos en marcha. Vaya diferencia de los viajes de ida a los de vuelta, como ya habíamos comprobado en nuestra visita relámpago a Biescas de hace justo un mes…

La parada de rigor en Honrubia para tomar un café rápido fue seguida de otra en Burgos para repostar, fuerzas y combustible. De ahí, de un tirón (que no nos lean los que recomiendan hacer una parada cada dos horas…) al Hotel Playamar, junto al Puntal de Laredo, al final de su bonita playa, separados algo más de cuatro kilómetros de su centro urbano.

Un poco después de las dos de la tarde estábamos instalados y era el momento de comer. Nos dirigimos al centro (parecía difícil olvidarse del coche aquel día) y aparcamos sin problemas en el centro. Nos resultaba curiosa la poca masificación de aquel turístico lugar, acostumbrados a las aglomeraciones de las playas del sur. La idea era comer, si lo encontrábamos, en el Bar Revellón, en el número 18 de la calle del mismo nombre, que localizamos sin excesivos problemas.

El lugar no nos decepcionó, más bien al contrario. Unas exquisitas ravas y unas albóndigas de bacalao con un buen vermut de solera nos recargaron las pilas para comenzar al modo que solemos hacerlo en nuestras escapadas… subiendo unas buenas cuestas.

El camino de subida a la Iglesia de Santa María de la Asunción conducía a la Atalaya de Laredo, desde la que disfrutamos de unas espectaculares vistas tanto de Laredo como de la cercana Santoña.

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Se encuentra aquí el Complejo Fortificado de El Rastrillar, que cerraba la bahía frente a posibles ataques de barcos enemigos junto con el Fuerte de San Carlos en Santoña. Este estratégico emplazamiento situado en el Puntal de la playa Salvé estuvo en servicio hasta principios del siglo XX, y sus primeras edificaciones datan del siglo XVI. Declarado Bien de Interés Cultural (BIC), alberga un conjunto de restos arquitectónicos de uso militar y defensivo (baterías, pabellones, trincheras, polvorines….) del cual se conservan murallas y edificios.

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Laredo ocupa la parte oriental de la comunidad autónoma de Cantabria, a orillas del Cantábrico. Su localización le permite disfrutar de arenales de gran belleza y de espacios naturales protegidos. En su casco urbano se encuentra la playa de mayor extensión de todo el litoral cántabro, de más de cuatro kilómetros de extensión, los que nos separaban en este preciso momento de nuestro alojamiento.

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Además, en esta localidad se encuentra la mayor parte del Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, un espacio protegido que incluye el estuario que forma el río Asón y las marismas de Victoria y Joyel.

Nos pareció una buena idea, ya de regreso en el hotel, bajar a la cercana playa, a la que accedimos tras cruzar las espectaculares dunas que teníamos a nuestros pies. Teníamos en mente y en el recuerdo las “frías aguas del Cantábrico”. Pese a la impresión inicial, el cansancio acumulado en el viaje animó a alguno a zambullirse en aquellas aguas, mientras que otras se contentaban con un agradable paseo por su orilla y un apacible rato de lectura, porque el chapuzón en la piscina de la terraza del hotel quedó, también, para mejor ocasión.

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La idea para aquella noche era pasear, y cenar, en Santoña. “Tan lejos, tan cerca”, podríamos decir. No sabíamos que era la localidad que veíamos desde nuestra habitación, más que nada porque la Señorita Garmin nos indicaba que teníamos que recorrer diecisiete kilómetros para llegar a ella. Pero lo que no decía nuestra compañera de viaje es que era necesario cruzar la Ría de Treto y parte del citado Parque Natural para llegar en vehículo, mientras que un barco recorría en pocos minutos la distancia “natural” que separaba Santoña del Puntal de Laredo, junto al que nos alojábamos.

No obstante, el chaparrón que nos cayó en Santoña después de la cena hizo que no nos arrepintiéramos de habernos acercado a esta bonita localidad en coche.

Aparcamos junto al Monumento a Juan de la Cosa, oriundo de Santoña, autor del primer mapamundi de la Historia. Tuvimos que abrir el paraguas mientras paseábamos por su paseo marítimo, “extrañados” por la tranquilidad del lugar.

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Santoña es conocida por tener la mayor concentración de fuertes, baterías y polvorines de toda España. Cabe citar entre ellos el Fuerte de San Martín, de Napoleón, y el Fuerte de San Carlos, todos en las inmediaciones del Monte Buciero. El riesgo de un mayor aguacero, y la distancia, nos convenció de no acercarnos al lugar en el que se enclavaba la Virgen de la Roca, y de buscar un lugar para tomar algo.

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No olvidamos que este bonito pueblo típicamente marinero es mundialmente conocido… por sus anchoas. Visitamos un par de tiendas donde adquirirlas y su degustación en la taberna de Alberto, acompañadas de una ración de Idiazabal y de otra de Cabrales, nos convenció de que no podíamos dejar pasar la ocasión de llevarnos unas cuantas latas.

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El posterior paseo por sus calles se vio interrumpido por la llegada de una torrencial lluvia que amenazaba con calarnos hasta los huesos. Y algo nos mojamos hasta llegar al coche, acompañándonos hasta nuestra vuelta a Laredo.

Para ser el día del viaje de ida no nos podíamos quejar. Estábamos en el primero de nuestros destinos; habíamos recorrido Laredo y Santoña; habíamos acertado con la comida y la cena (totalmente recomendables ambos, tanto el Bar Revellón como la Taberna de Alberto) y habíamos comprado anchoas para dar y vender…

Hora de descansar. Nos esperaba uno de los platos fuertes del viaje al día siguiente. Bilbao, su ría, su casco viejo y su Guggenheim.

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Biescas 2018

El bautizo de nuestro primer sobrino nieto, Mario, era el motivo de nuestro viaje relámpago a Biescas, la puerta de entrada al Valle de Tena y punto de conexión entre la comarca de Jacetania y el Sobrarbe, visitado varias veces este último por nosotros.

Biescas se ubica en el entorno natural con pequeñas elevaciones que sirven de antesala a las altas cumbres. Su arquitectura es algo que te deja con la boca abierta. Sus edificaciones son la típica casa del pirineo, en la que destacan las chimeneas troncocónicas que pueden rematar en un espantabrujas. Las solanas y los pequeños ventanales son elementos arquitectónicos que destacan la belleza de estas casas en piedra.

Quien lea estas líneas pensará que nos teletransportamos y que, por arte de magia, aparecimos en Biescas en las primeras horas de aquella tarde. No, terminada la jornada laboral tuvimos que recorrer los más de 700 kilómetros que separan Alcantarilla de Biescas, con una única parada, ya convertida en típica, en Teruel.

Nuestro hotel tenía spa y no habíamos preparado el vestuario adecuado (alguno). Una buena excusa para callejear por sus calles y buscar una tienda donde adquirir un traje de baño (qué fino).

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Nuestros pasos nos dirigieron a la Plaza Mayor, en la que se encuentra el Ayuntamiento, un conjunto urbano de sabor montañés que constituye además el centro neurálgico de la Villa. Un lugar para ver y dejarse ver.

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La colocación del casco urbano es estirada y paralela al río Gállego, que divide a la localidad en dos: al Oeste, el Barrio de San Pedro, zona de ensanche y nuevas construcciones, y al Este, el del Salvador, a su vez formado por el Barrio Alto o “La Peña” y el Barrio Bajo, donde se sitúan los comercios y la administración.

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Llevábamos como “objetivo secundario” conseguir algunas latas de paté de L’Ainsa y buscábamos dónde adquirirlas. El móvil nos dirigía al Museo de la Torraza, la antigua Casa de los Acín, una Casa-Torre del siglo XVI.

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Encontramos también la iglesia de San Pedro Apóstol, de origen románico.

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Volvíamos rápidos al hotel porque nos esperaban para subir a Hoz de Jaca y había que prepararse.

Más tarde nos internábamos en el Valle de Tena, por la carretera de Francia, encontramos el Embalse de Búbal, entrada natural a Hoz de Jaca, que guarda todo el encanto y tipismo de una aldea pirenaica. Allí nos esperaba la familia.

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Hoz de Jaca, con sus 1.270 metros de altitud, colgado sobre el pantano de Búbal, constituye un balcón sobre sus aguas. Nos encaminamos a un espectacular mirador desde donde se puede contemplar prácticamente todo el valle, siendo además el punto de partida de la tirolina doble más larga de Europa.

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Pudimos, por lo tanto, observar la torre desde la que se da el salto hasta recorrer los 950 metros que la separa de la torre de llegada. El recorrido aéreo permite contemplar el valle desde una perspectiva nueva, volando sobre el pantano y descendiendo hasta 115 metros en el aterrizaje. Volveremos para realizar este espectacular vuelo sobre el Valle de Tena.

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Pasamos buena parte de la tarde y noche en el Restaurante El Mirador. El primer partido de España en el Mundial era una buena excusa para tomarse una cerveza delante del televisor. Allí mismo cenamos, teniendo la oportunidad de degustar, entre otros platos, un riquísimo guiso de jabalí.

Hora de regresar a Biescas y descansar. Quedaba un intenso día por delante y un no menos espectacular viaje de vuelta.

Teníamos que madrugar si queríamos aprovechar la mañana, que comenzamos primero en el gimnasio y después en el spa. Tras el ejercicio salimos a la calle para desayunar en un concurrido bar del centro.

Cogimos el coche para dirigirnos a la Ermita de San Bartolomé de Gavín. Abandonamos Biescas en dirección a Ordesa. Una vez pasado el pueblo de Gavín, tras salir de un túnel y cruzar el barranco de San Bartolomé, una corta pista asfaltada a nuestra izquierda apta para todo tipo de vehículo nos condujo a la ermita, solitario resto de lo que debió de ser la parroquia de un desaparecido pueblo.

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Su construcción se data entre 1050 y 1060 y de la misma solo se conservaba la torre y una pequeña porción del muro sur. A partir de lo que restaba se reconstruyó su planta por los propios vecinos de Gavín encabezados por su párroco.

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La edificación se realizó con sillarejo apenas desbastado a base de unos cuantos golpes de martillo. Esta arcaica forma de modelar la materia prima se viene utilizando en la zona desde la época prerrománica hasta nuestros días. Y ello se debe a la abundante disponibilidad de material que los afloramientos eocénicos de los «flysch» del Gállego.

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La torre que contemplábamos es una auténtica sucesión superpuesta de estilos que delatan el cambio en la forma de interpretar el arte sacro medieval. La decoración de rosetones a base de dovelas completando círculos, enmarcadas entre dos molduras horizontales y a su vez enmarcadas por sendas molduras cuadrangulares es única en el románico altoaragonés. Por encima, ventanales de tres vanos, formados con columnitas de despiece en rodajas y coronadas por arcos de herradura.

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Maravillados por la visita y disgustados por el escaso tiempo del que disponíamos para disfrutar del entorno volvíamos a Biescas, con el tiempo justo para comprar los productos típicos de la zona que veníamos buscando, vestirnos para el bautizo y hacer el check out.

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De camino contemplamos desde el coche la Ermita de Santa Elena, Patrona de Biescas y de todo el Valle de Tena. Construida en el siglo XVII, en su pradera se encuentra un Dolmen del periodo Neolítico y muy cerca se sitúa la Morrena y Garganta de Santa Elena, donde se visita a las «Señoritas de Arás», llamadas también Chimeneas de Hadas, que son unas espectaculares formaciones morfológicas del terreno que visitaremos cuando volvamos a tirarnos en la tirolina.

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Llegamos a Hoz de Jaca con el tiempo justo para hacer alguna foto delante de las montañas, todavía nevadas, que la rodean. El bautizo fue corto, pero emotivo. Y el protagonista, como no podía ser de otro modo, fue Mario.

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La celebración unió a los allegados para el acto bautismal seguida de una comida en el Resaturante Saborea, ubicado en el Hotel Tierra de Biescas, en el que nos habíamos alojado.

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Allí degustamos la innovadora propuesta gastronómica diseñada por el chef Toño Rodríguez, quedando gratamente satisfechos de los platos que componían el menú.

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Tras la sobremesa llegaba la hora de las despedidas. Había que coger el coche y regresar.
Todavía tuvimos tiempo de visitar una carnicería de Biescas para no volver de vacío… A las siete de la tarde nos sentamos en el coche con los mismos más de 700 kilómetros por recorrer.

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La misma parada en Teruel, aunque nos encontramos el restaurante “El Milagro” cerrado. Tomamos algo en la siguiente área de servicio y, de ahí, a Alcantarilla, a la que llegamos sobre las dos de la madrugada. Cansados, pero satisfechos por haber asistido al bautizo de nuestro querido Mario y por regresar sin incidencias notables para pasar el domingo con nuestra princesa.

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