Costa Oeste 2017 (8) – Arizona baby

Había que levantarse temprano para hacer el checking out, pues abandonábamos la ciudad del pecado, a la que sólo regresaríamos para tomar el avión que nos trasladaría a San Francisco. En la espera, alguna tuvo tiempo de “matar el gusanillo” y de no irse de Las Vegas sin jugar un dólar en las máquinas del casino.

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Con los baúles de la Piquer en los coches pusimos rumbo al que sería para muchos “la joya de la corona” de este viaje, el Parque nacional del Gran Cañón.

Teníamos que estar en el Grand Canyon National Park Airport, en las inmediaciones del parque, a las dos y media, hora de Arizona, y nos separaban 270 millas de nuestro destino, distancia que recorreríamos en algo más de cuatro horas, sin contar paradas.

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De hecho, sólo hicimos un par de paradas. La primera, en una gasolinera, donde no repostamos pero sí desayunamos (no había que perder las buenas costumbres). Buena y contundente bollería, por cierto, una buena dosis de azúcar porque, como era habitual, no sabíamos si comeríamos ese día.

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Algunos aprovecharon para aprovisionarse de algo de comer, otros para probar fortuna con los MegaMillions de la Arizona Lottery y Jose para comprarse el gorro oficial del viaje, el de la “Route 66”. Al otro Jose y a Moisés les faltó tiempo para copiar la idea. Lo cierto es que fue un acierto, para las gélidas temperaturas que nos recibirían en el cañón.

Mientras tomábamos el desayuno, en la calle, resguardados por el edificio de la gasolinera, bautizamos a May con el sobrenombre de “Barbie Grand Canyon”, que ya no dejaría a lo largo del viaje, aunque cambiara de apellidos según el escenario. El estreno se produjo en compañía del “diablo sobre ruedas”.

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La siguiente parada fue para repostar, en Seligman, un lugar fundamental de la mítica ruta 66. De hecho, toda la ciudad es un museo de la que fue la principal ruta motera hacia California. No estaría mal como próximo destino…

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Llegamos al helipuerto con tiempo más que suficiente después de un viaje raudo y veloz por la US-93 S primero y la I-40 E después. Cuando llegaron Ana, Alberto, Arturo y Jose recibimos las pertinentes nociones de seguridad y nos dispusimos a sobrevolar el Gran Cañón del río Colorado.

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Tras despegar del aeropuerto del Gran Cañón en Tusayan, Arizona, realizamos una espectacular visita en helicóptero de unos treinta minutos de duración.

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Tras recorrer el Bosque Nacional de Kaibab nos adentramos en la parte más profunda y ancha del Gran Cañón, su región central, donde la geografía alcanza su diversidad máxima, con una anchura cercana a los 18 kilómetros y una profundidad de casi 1,6 kilómetros.

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Disfrutamos de unas vistas impresionantes del poderoso río Colorado de camino hacia el Borde Norte del cañón.

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En el camino de vuelta por Dragon Corridor, vimos Tower of Ra y Vishnu Schist, antes de aterrizar de nuevo en el helipuerto.

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Ya en tierra, entramos en el parque nacional y nos dirigimos a los dos lugares de alojamiento, en Grand Canyon Village, Bright Angel Lodge (9 Village Loop Drive, Grand Canyon Village) y Maswik Lodge South Hotel (202 Village Loop Drive, Grand Canyon Village).

Después de hacer el ckecking in contactamos con Lali por teléfono, pues el grupo formado por ella, Carmen, Lucía y Moisés se había adelantado mientras volábamos y disfrutaba ya de las espectaculares vistas del cañón. De hecho, esperaban el atardecer en Hopi Point, y hacia allá nos dirigimos.

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Durante las siguientes horas nos paramos muchas veces en el borde del cañón para maravillarnos con sus vistas. Para muchos, su magnitud y su belleza nos humillan. Su eternidad contrasta inevitablemente con nuestra breve existencia. En sus espacios infinitos, muchos encuentran el consuelo para sus agitadas vidas.

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El Gran Cañón que estos días visitamos es un regalo recibido de las generaciones pasadas. Teníamos el tiempo justo para disfrutar de este regalo, para sentarnos y observar los cambiantes juegos de luces y sombras, para sentir la luz del sol y el viento en nuestro rostro, para saborear el atardecer y el amanecer.

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Nos encontrábamos en South Rim, abierto todo el año, en la época del año con menos visitantes (de noviembre a febrero) por el clima del invierno. El North Rim (abierto desde mediados de mayo hasta mediados de octubre, si las condiciones del tiempo lo permiten) se encuentra a 215 millas (350 km) del Extremo sur, y queda pendiente para nuestra próxima escapada a este maravilloso rincón del mundo.

El Extremo sur tiene una altura promedio de 7.546 pies (2.300 m) sobre el nivel del mar, mientras que el Extremo norte alcanza una altura superior a los 8,858 pies (2,700 m). El río de Colorado, que talló al Gran Cañón, describe su curso unos 4.921 pies (1.500 m) debajo del Extremo sur. Debido a la profundidad del Gran Cañón, el río sólo puede ser visto desde algunos puntos panorámicos.

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Para muchas personas, una visita al Grand Canyon es una oportunidad singular en la vida. Para nosotros lo fue, sin duda.

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No se puede explicar con palabras la experiencia de ver atardecer en Hopi Point. Tampoco las fotografías que tomamos recogen la inmensidad del paisaje ni la magia del momento. Si lees estas líneas, no podemos hacer otra cosa que recomendarte encarecidamente que no pierdas la ocasión de vivir esta experiencia.

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A pesar de la baja temperatura, que helaba nuestras manos, disfrutamos del momento como se merecía, extasiados tras ver el sol ponerse tras el Grand Canyon y las paredes incendiadas en un mar de rojos, uno de esos momentos de tanta belleza que se te quedan grabados en la retina y que repetirías una y mil veces.

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De vuelta al hotel nos encontramos una sorpresa en medio de la carretera, un enorme alce (un elk, que no es lo mismo que un moose, un alce todavía más grande).

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Tras las fotos de rigor quedamos para cenar todos juntos en el restaurante del Lodge donde, atendidos por Brenda, hicimos la comida del día para pasar después al Lounge para escuchar algo de música y tomarnos una copa, algunos, mientras otros pensaban ya más en el merecido descanso después de esta emocionante jornada.

Elegimos para esta entrada una película de los Hermanos Coen de 1987, “Arizona Baby”, con Holly Hunter y Nicolas Cage en los papeles protagonistas, una tierna y enloquecida road movie que recordaba nuestro road trip.

Podríamos haber optado por “Thelma & Louise”, pero resulta que la mítica escena final, aunque pueda parecer que se realizó en el Gran Cañón, no fue así, pues se hizo en Dead Horse Point, un pequeño cañón próximo a Moab.

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Costa Oeste 2017 (7) – Resacón en Las Vegas

¿Pizza para comer? ¿Por qué no? Pieology, en MGM Grand, pintaba bien. “Design, build, eat”. Buen slogan, sin duda. Cada cual eligió sus ingredientes, aunque algunos abusaron del picante…

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En la sobremesa, y gracias a Ana y Alberto (al que sólo le faltó imprimir la numeración de nuestra tarjeta de crédito en algún luminoso de la ciudad), reservamos plaza en el helicóptero que sobrevolaría el cañón al día siguiente (¡¡gracias de nuevo!!). Interesante el «momento smartphone» captado en esta imagen.

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Tras algunas compras en la MGM Grand Harley-Davidson Clothing y después de visitar varias plantas del MGM Grand Parking Garage salimos a la calle con las últimas luces de la tarde. Estaba a punto de producirse la transformación de Las Vegas diurna a nocturna y empezamos a recorrer la Strip en dirección a los espectáculos de los grandes hoteles mientras parábamos en una y otra tienda.

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Decidimos que no nos podíamos perder el espectáculo de agua, música y luz de las Fuentes del Bellagio, uno de los más conocidos en Las Vegas, en parte por la gran cantidad de veces que lo hemos visto en la gran pantalla (como en el remake de Ocean’s Eleven) y, en parte, por sus impresionantes espectáculos con las fuentes.

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Cada espectáculo es único en su expresión e interpretación, y esto se consigue por la coreografía entre todos los elementos que lo componen. En el apartado musical, la selección de canciones va desde la ópera a temas de musicales muy conocidos, pasando por clásicos de la canción. Nuestras dos primeras fueron “All that jazz”, de la pelicula Chicago, y “Uptown funk”, de Bruno Mars.

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Toda una obra de ingeniería ante nuestros ojos, una red de tuberías con más de 1.200 boquillas coordinadas con más de 4.500 luces, lanzando el agua a alturas increíbles.

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Bien vale la pena darse una vuelta por el vestíbulo del hotel Bellagio, más en fechas tan cercanas a la época navideña, con una espectacular decoración. Su techo, inmortalizado en innumerables fotografías, muestra la compleja instalación artística Fiori di Como creada por Dale Chihuly, que combina más de 2.000 flores de cristal tintado elaboradas a mano.

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Seguíamos paseando por la Strip, subiendo y bajando escaleras, contemplando todas aquellas construcciones que hacían que te encontraras tan pronto en New York como en París, Roma o Venecia…

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Moisés seguía a cada paso ensayando su nuevo monólogo: “Las Vegas fue Vietnam”, que sustituiría a Lionel Ritchie cuando este acabase sus conciertos en la ciudad. Basado en ¿Es el enemigo?, el monólogo más conocido de Miguel Gila, relata la espartana instrucción militar que seguíamos en el viaje, durmiendo poco, comiendo lo justo y dándonos terribles caminatas como la de aquella tarde-noche por la Strip. Si todos los espectadores eran como May, el éxito estaba garantizado.

Y llegamos hasta The Venetian y su conjunto de canales, con una preciosa reproducción del Palacio Ducal, el Puente de los Suspiros y el Campanille.

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Próxima parada: el volcán del hotel Mirage, otra de las más conocidas y famosas atracciones del Strip de Las Vegas. En 1996 se le dio un plus de espectacularidad al añadirse efectos de luz y sonido. El volcán en sí cuenta con dos partes diferenciadas, una laguna y un lanzallamas, que escupe bolas de fuego que pueden llegar a los cuatro metros, todo ello rodeado por las cascadas y piscinas que forman parte de la atracción.

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El volcán del Mirage es la única atracción en el Strip que combina fuego con música y coreografía, donde se ven las bolas de fuego moverse a ritmo muy armónico gracias al sistema computerizado que las orquesta. Su creadora afirma haberse inspirado en las danzas de las tribus que viven en las zonas próximas a los volcanes, con la ayuda de Hart (batería del grupo Grateful Dead) y el músico de origen hindú Zakir Hussain.

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Volvíamos al hotel buscando un lugar donde cenar. Probamos, infructuosamente, en el barrio parisino. Finalmente terminamos en The Park (Park Ave), después de intentarlo en el restaurante de sushi Sake Rok Las Vegas y sentándonos en Beerhaus, aunque alguno se trajo la comida del Bruixe.

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Las varias vueltas que dimos quedan reflejadas en el itinerario de vuelta desde The Venetian al Excalibur, de casi cuatro kilómetros de longitud, sólo de vuelta, lo que da muestra del paseíto que nos habíamos dado aquella tarde.

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El sector murciano se adelantó en su vuelta al hotel. El sector catalán se quedó un rato más degustando su cena y, por lo que parece, probó fortuna al final de la velada en la ruleta, con el mismo resultado que la noche anterior.

Resacón en Las Vegas” (2009) es la película elegida para esta entrada, aunque no llegamos a visitar el Caesars Palace. Globo de Oro a la mejor película (comedia o musical) y nominada a los Premios BAFTA en la categoría de mejor guión original, es la historia de una desmadrada despedida de soltero en la que el novio y tres amigos se montan una gran juerga en Las Vegas.

Como era de esperar, a la mañana siguiente tienen una resaca tan monumental que no pueden recordar nada de lo ocurrido la noche anterior. Lo más extraordinario es que el novio ha desaparecido y en la suite del hotel se encuentran un tigre y un bebé. Un inesperado y gigantesco éxito de taquilla que consiguió convertirse en la comedia para mayores de 18 años más taquillera de la historia del cine en los Estados Unidos (superó los 260 millones de dólares) obteniendo, además, buenas críticas.

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Costa Oeste 2017 (6) – Superman

Las emociones vividas ese día hicieron que cayéramos en un sueño profundo rápidamente. Un sueño en el que rememorábamos los acontecimientos vividos en aquellas primeras 72 horas de viaje. Se había partido el grupo, se había vuelto a unir y habíamos pasado el primer día juntos (aunque Lucía en LA fue lo más parecido al Guadiana: aparecía y desaparecía sin solución de continuidad).

Parecía que había transcurrido un mundo pero habíamos visitado Los Angeles, paseado por el Paseo de la Fama, Hollywood Blvd, Sunset Blvd, Beverly Hills, Rodeo Dr… Habíamos posado delante de “You Are the Star” y “Hollywood sign”, contemplado la ciudad de Los Angeles desde el Observatorio Griffith y deambulado por Santa Mónica y Venice Beach. Habíamos comido en Farmers Market Place y cenado en el Grand Central Market, junto al Edificio Bradbury, después de contemplar los más emblemáticos edificios del Downtown.

Y ahora descansábamos en “sin city”, después de dos vuelos, y de haber apostado en la ruleta del casino. Bueno, la ruleta no llegó a tiempo, pues nuestros párpados ya estaban cerrados para ese momento.

Como era habitual estos días, estábamos despiertos a primerísima hora de la mañana. Y ya puestos… ¿por qué no hacerse unos kilómetros por Las Vegas Blvd? Con el mismo vientecillo que la noche anterior salimos a la calle, dispuestos a recorrer la zona más emblemática del Strip de Las Vegas, la calle más conocida de la ciudad, en la que se encuentran los hoteles y casinos más famosos.

Pero un sinfín de pasarelas y escaleras mecánicas nos hicieron desistir del intento, por lo que cambiamos de rumbo y nos dirigimos hacia la salida de la ciudad, pasando por debajo del obelisco del Hotel Luxor, junto al hotel Mandalay Bay y al ya famoso cartel de “Bienvenido a Las Vegas”. Tal vez no tan excitante como la primera sesión en Los Angeles, pero igual de espectacular…

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Esa mañana hicimos dos turnos para el desayuno y para la visita de la mañana: Hoover Dam.

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Pero hagamos un poco de historia. El azar llevó en 1829 a un viajero llamado Rafael Rivera a descubrir, en medio del inmenso desierto de Nevada, un oasis al que dio el nombre de Las Egas (los prados). En las décadas subsiguientes, la región fue una escala en el camino de los pioneros en busca de yacimientos mineros. A finales del siglo XIX, la elección de Las Vegas como punto de paso de la vía férrea que une las dos costas de Estados Unidos impidió que a la joven ciudad le tocara la misma suerte que a las ciudades fantasmas de la región.

Las Vegas debe su reputación a la legislación permisiva que introdujo el estado de Nevada en materia de juego, prostitución y divorcio. Desde 1931 se legalizaron los juegos por dinero. Y las facilidades para el divorcio hacen de Las Vegas la capital de las uniones y separaciones instantáneas en cualquiera de las doscientas cincuenta «capillas de casamiento» (incluidas las drive in, donde uno puede casarse sin salir del coche). En ellas, pastor, testigos, músicos, e incluso dobles de Elvis, están permanentemente a disposición. Mucho de bodas se había hablado en los meses anteriores al viaje y muchas se habían planificado, pero a la hora de la verdad, nada de nada…

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La construcción del hotel Flamingo por Benjamin «Bugsy» Siegel en 1946 fue el punto de partida de la moderna Las Vegas, que pasó a ser leyenda y se convirtió en símbolo del glamour estadounidense, el lugar de los espectáculos y andanzas de estrellas como Frank Sinatra o Elvis Presley.

No podemos olvidar que la ciudad también debe su prosperidad al gobierno de Estados Unidos. La construcción de la muy cercana represa hidroeléctrica Hoover Dam, uno de los proyectos más espectaculares del New Deal, transformó hondamente al sudoeste estadounidense. El dominio de las aguas del río Colorado permitió impedir la sequía física y financiera de Las Vegas. El Mead, creado en la huella del mismo proyecto, es el lago artificial más grande del país y alimenta las gigantescas fuentes, piletas y otros proyectos acuáticos que abundan en el desierto de Nevada.

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La Presa Hoover es una presa de hormigón de arco-gravedad, ubicada en el curso del río Colorado, en la frontera entre los estados de Arizona y Nevada, a 48 km al sureste de Las Vegas.

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Se construyó en el periodo de tiempo comprendido entre el 20 de abril de 1931 y el 1 de marzo de 1936, durante la época de la Gran Depresión. Antes de su construcción, la cuenca del Río del Colorado se desbordaba con el deshielo de las Montañas Rocosas, que ponía en peligro a las comunidades agrícolas río abajo.

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Además de la prevención de inundaciones, la presa hizo posible la extensión de la agricultura de regadío en esta árida región, y supuso el suministro constante de agua para Los Angeles y otras comunidades de California del Sur.

Los proyectos iniciales para la fachada terminada de la presa y de la central eléctrica consistieron en una pared simple, sin adorno de hormigón, coronada con una balaustrada de inspiración gótica, y una central eléctrica que parecía un depósito industrial, tal vez demasiado simple para este faraónico proyecto.

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Por ello, se contrató a Gordon B. Kaufmann para diseñar el exterior, aerodinamizando los edificios y aplicando un estilo de Art Deco elegante al proyecto con torrecillas esculpidas que se elevan sin costuras de la cara de presa, y caras de reloj sobre el juego de torres de entrada para husos horarios de Montaña (UTC-7) y Océano Pacífico (UTC-8).

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Nadie se había percatado de la diferencia horaria entre los estados de Nevada y Arizona. Fue la visita a Hoover Dam, esta maravilla de la ingeniería tal vez convertida en atracción turística por la cantidad de películas que se han rodado en este lugar (la principal, “Superman”, en la que la explota), la que evitó algún problema al día siguiente para la visita al Gran Cañón en helicóptero…

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La Presa Hoover también fue construida como un cruce vial para la U.S. Route 93 (Nevada). Fue en octubre de 2010 cuando el espectacular puente Mike O’Callaghan-Pat Tillman Memorial, que cruzaríamos al día siguiente, fue inaugurado como parte del Proyecto de Carretera de la presa.

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Regresamos a Las Vegas, aprovechando para recorrer el Strip a la luz del día, una de las avenidas más fotografiadas y visitadas del mundo. No dejábamos de sorprendernos ante lo que pasaba ante nuestros ojos, admirando los majestuosos hoteles y sus infinitos atractivos.

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Teníamos noticias de Ana y los chicos y quedamos en la puerta principal del Excalibur para comer todos juntos. En la espera, Moisés mostró sus primeras habilidades para el monólogo (que se lo pregunten a May). No sabemos si tenía en mente quedarse en Las Vegas y montar su propio espectáculo, pues esa tarde confirmaría su talento para la comedia.

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Ya todos juntos nos dirigimos al Resort MGM Grand, inmortalizando al grupo, por primera vez, frente al New York New York y su réplica de la Estatua de la Libertad de 46 metros de altura y su montaña rusa de 180º.

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Terminamos esta entrada con “la película de la semana”, “Superman: The Movie”, la primera de la posterior saga, estrenada en 1978, dirigida por Richard Donner, con música de John Williams y con Christopher Reeve (Clark Kent) y Margot Kidder (Lois Lane) en los principales papeles, junto al incombustible Marlon Brando.

La película consiguió tres nominaciones a los Oscar (BSO, montaje y sonido), consiguiendo el premio especial por sus efectos visuales. También fue nominada como mejor banda sonora original en los Globos de Oro y el Premio BAFTA al mejor actor revelación (Christopher Reeve).

Se trata, sin duda, de una famosa adaptación del cómic sobre el más popular de los superhéroes. Un gran reparto y una entretenida historia para un clásico del cine que supuso para mí uno de los primeros acercamientos a la gran pantalla en aquel ya desaparecido Cine Coy, donde también asistí a la primera entrega de “La Guerra de las Galaxias”.

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Costa Oeste 2017 (5) – Ocean’s 11

Salimos del Observatorio Griffith a la hora de comer, aunque el tardío desayuno invitaba a seguir la visita a Los Angeles en este, nuestro último día en la ciudad.

Nos dirigimos a Venice Beach, al sur de Santa Mónica. Esta comunidad nació en 1905, desarrollada por el excéntrico millonario Abad Kinney, quien modeló la ciudad como Venecia, su ciudad italiana favoritas, pudiendo disfrutar brevemente de sus canales antes de poner rumbo al aeropuerto.

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Hoy en día, Venice es más famosa por los extravagantes caminos a lo largo de su icónico paseo marítimo, donde artistas y vendedores callejeros crean una escena inolvidable con personajes locales y representaciones.

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Tan metidos estábamos ya en este ambiente que incluso se demandaban nuestros servicios como fotógrafos para inmortalizar la presencia en esta peculiar playa…

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A esa hora de la tarde había mucho ajetreo a lo largo del Ocean Front Walk, el “paseo” de Venice Beach. Numerosos artistas callejeros -entre músicos y cantantes, hasta acróbatas y magos- intentaban entretener a las multitudes.

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En Muscle Beach observamos a los culturistas y fanáticos del fitness, esculpiendo sus músculos en máquinas al aire libre, sin saber a ciencia cierta si estaban entrenando o simplemente, exhibiendo sus cuerpos a todo (y toda) aquel (aquella) que se detenía a ver el espectáculo.

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Y es que el deporte es una actividad muy popular aquí. Contemplamos gran cantidad de pistas de voleibol y de baloncesto en la playa y sus alrededores, sin olvidar el largo paseo para practicar ciclismo y patinaje que se extiende desde Venice Beach hasta Santa Mónica.

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En el cruce entre Pacific Ave y Windward Ave se encuentra el famoso cartel de Venice. También pudimos disfurtar de uno de los atractivos de Venice Beach, al margen de su gran ambiente callejero, sus grafitis.

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Paseábamos a lo largo del paseo marítimo bajo las palmeras cuando una muchedumbre llamó nuestra atención.

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Realmente, el ambiente en Venice es realmente espectacular…. artistas, bailarines, músicos… y gente de todo tipo. Alberto fue reclutado para formar parte del show. El que escribe rehusó amablemente la invitación, pues no se puede decir que el baile sea su fuerte.

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El espectáculo se alargaba y la hora de partir hacia el aeropuerto se acercaba. Teníamos que “rescatar” a Alberto si queríamos divisar los canales con tiempo suficiente para dejar los coches en la central de reservas primero y facturar después.

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Ya en el aeropuerto, con los pasajes en la mano, recordamos que no habíamos comido. Tomamos algo en la zona de embarque y, viniendo de un vuelo de más de doce horas, realizamos uno bastante más plácido de cuarenta y cinco minutos de Los Angeles a Las Vegas.

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Plácido si exceptuamos el aterrizaje, bastante violento, no sabemos por qué. Después de las dos horas que nos costó abandonar el aeropuerto de Los Angeles, en este vuelo interno todo se hizo muy deprisa. Antes de que nos diéramos cuenta habíamos recogido el equipaje y nos dirigíamos a recoger los coches contratados.

Al salir a la calle entendimos el porqué de la violencia del aterrizaje. Menudo huracán nos recibió en Las Vegas. La lanzadera de turno nos trasladó al lugar donde debíamos recoger los vehículos. Una vez cargado el equipaje nos dirigimos al Excalibur Hotel & Casino (3850 S Las Vegas Blvd), extasiados por la luz que emitía la “ciudad del pecado”, que se autodefine como «fabulosa» en el cartel luminoso que desea la bienvenida a sus treinta y tres millones de visitantes anuales, diez de los cuales observaban absortos este majestuoso espectáculo.

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Ya instalados dimos una vuelta por el casino del hotel. Tomando una cerveza decidimos que no podíamos recorrer la enorme distancia que nos separaba de este rincón del mundo y no jugar a la ruleta en Las Vegas. Al fin y al cabo, tan solo teníamos que poner las fichas en alguna casilla y esperar a que la bolita dictara su veredicto.

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En esta primera noche fuimos Arturo y yo los que nos lanzamos al ruedo. Con cincuenta dólares en fichas y una apuesta mínima de diez de ellos empezó el espectáculo en una mesa en la que coincidimos con una chica que parecía tener muy buena suerte. De hecho, decidimos repetir sus apuestas las primeras ocasiones.

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Sabíamos que no dejaba de ser un mero entretenimiento y que era muy probable que perdiéramos el dinero tarde o temprano y así nos lo tomamos, como una diversión, No nos importaba que la banca tuviera mucha ventaja, más que en la mayoría de otros juegos. No nos íbamos a ganar la vida jugando a la ruleta y disfrutamos el momento degustando, además, una cerveza, la única cortesía que tuvo la casa…

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Tras dar una vuelta por las mesas de póker decidimos irnos a descansar repitiendo esa popular frase de “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, aquí donde la diversión empieza cuando el sol se esconde y las luces de las avenidas, edificios y casinos…

Seguro que más de uno está esperando que la película de esta entrega sea la protagonizada por la pareja Esteso-Pajares, en la que van al bingo y acaban ludópatas perdidos. Una pseudopelícula que, vista con amigos, puede llegar a ser hilarante. No ganó la Palma de Oro en Cannes -ni siquiera fue- pero, sin duda alguna, es la obra maestra del cine «casposo».

Nos quedamos con Ocean’s Eleven (Ocean’s 11), la original de 1960, protagonizada por algunos de los grandes de aquella época (Frank Sinatra,  Dean Martin,  Sammy Davis Jr.,  Peter Lawford y Angie Dickinson, entre otros).

Una comedia de intriga en la que once amigos, compañeros de armas en la II Guerra Mundial planean robar, en una sola noche, cinco de los mayores casinos de Las Vegas. Nosotros éramos diez, y nuestro objetivo era simple y llanamente seguir disfrutando de esta maravillosa aventura por la Costa Oeste.

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Costa Oeste 2017 (4) – La La Land

Amanecía nuestro último día en Los Angeles. Los Angeles… si alguien nos hubiera preguntado unos meses atrás si pensábamos alguna vez visitar esta bonita ciudad, ¿qué le habríamos contestado?

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La incorporación al grupo de Lali y Moisés hacía obligado nuestro último paseo por el ídem de la fama. De Hollywood Blvd descendimos a Sunset Blvd pues la idea era desayunar en The Waffle (6255 Sunset Blvd), que más que en el 6255 parecía estar en el 625500000, pues llegamos a él después de recorrer las tres cuartas partes del boulevard y casi llegar a Ontario, en el condado de San Bernardino…

Días más tarde descubriríamos la pasión de los estadounidenses por tomar un delicioso y pausado desayuno los días festivos, ¡¡ y hoy era domingo !! Consecuentemente, el local estaba hasta los topes y había que esperar un considerable tiempo para sentarse en una mesa, tiempo del que no disponíamos si queríamos despedirnos de LA cómo se merecía.

Decidimos desayunar, de vuelta al hotel, en el primer lugar que encontráramos. Y el azar nos condujo a Chocolate Bar (1635 Vine St), donde los que optaron por el dulce acertaron, los que optaron por el salado acertaron también, y los que optaron por el dulce y el salado… acertaron el doble.

Era un buen momento para hacer una foto de grupo en el cartel “You Are the Star”, ahora que estábamos todos. El primer intento finalizó con un espectacular selfie del que escribe, que guardaremos en el baúl de los recuerdos para no herir la sensibilidad del lector. El segundo se encontraba en el móvil de Alberto y esperábamos verla algún día, pero ya la tenemos aquí.

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Esto sí que es un ramillete de estrellas, incluida la benjamina del grupo, que estaba detrás de la cámara.

Una vez cogidos los coches, los navegadores pusieron rumbo al más grande de los parques municipales de Los Angeles, el Parque Griffith, que protege 1.704 hectáreas de montañas y cañones en el extremo este de la Sierra de Santa Mónica, una gran fracción de bosque irregular y montañoso en el corazón de una enorme área urbana.

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En una pendiente, contemplando la ciudad de Los Angeles, se halla el emblemático Observatorio Griffith, de estilo Art Deco, una de las mayores atracciones culturales de la ciudad. El observatorio y las exposiciones que lo acompañaban se abrieron al público el 14 de mayo de 1935. En sus primeros cinco días de funcionamiento, el observatorio recibió a más de 13.000 visitantes.

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Su historia comienza con el Coronel Griffith, quien donó 3.015 acres de tierra que rodean el observatorio a la ciudad en diciembre de 1896. En su testamento, Griffith donó fondos para construir un observatorio, una sala de exposiciones y un planetario en la tierra donada con el objetivo de hacer la astronomía accesible al público.

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No necesitamos ni siquiera acceder al Observatorio para convertirnos en científicos por un día, pues el exterior del edificio ofrece una combinación de exhibiciones que atraen la atención y alimentan la imaginación, incluido un modelo de sistema solar, las líneas radiales Sunset y Moonset, y una plataforma de observación en la azotea.

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Casualidades de la vida, nuestra visita coincidió con el rodaje de la próxima entrega de “Misión imposible”. No desaprovechamos la ocasión de ver, en primera persona, como un especialista rodaba una peligrosísima escena en los tejados del observatorio.

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Además, el Observatorio recibe a los visitantes con el Monumento a los Astrónomos, una escultura al aire libre que rinde homenaje a seis de los astrónomos más grandes de todos los tiempos: Hiparco, Copérnico, Galileo, Kepler, Newton y Herschel.

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Antes de acceder al edificio disfrutamos de la vista del famoso letrero gigantesco Hollywood Sign. Las famosas letras son uno de los iconos más reconocibles de la ciudad. Situadas en Hollywood Hills, en la colina Monte Lee, estas letras se instalaron en 1923 y originalmente se leía HOLLYWOODLAND, aunque actualmente sólo se conservan las primeras nueve letras: HOLLYWOOD.

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Durante su construcción, cada letra, mayúscula y de color blanco, medía unos 15 metros de altura y 9 de ancho, repartidas en planchas de metal sujetas por madera por detrás. En total, forman un letrero de 13 metros de altura y 106 de longitud (las letras actuales son un metro y medio más bajas que las originales) que, a lo lejos y por efecto de las colinas, parece adoptar esa característica forma ondulada, pero de cerca se aprecia que son letras rectas.

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A lo largo del siglo XX, el cartel sufrió varios actos vandálicos y graves deterioros, pero desde 1978 está protegido por padrinos, nueve donantes que velan por el cuidado de cada una de las nueve letras: la H (Terrence Donnelly, editor del periódico Hollywood Independient Newspaper), la O (Giovanni Mazza, productor de cine italiano), la L (Les Kelley, ex-deportista), la L (Gene Autry, cantante, actor y empresario), la Y (Hugh Hefner, fundador de la revista Playboy), la W (Andy Williams, cantante), la O (la discográfica de Warner Bros), la O (Alice Cooper, cantante) y la D (Dennis Litdke, empresario).

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Ya dentro del edificio teníamos a nuestra disposición las principales áreas de exhibición del Observatorio, enfocadas en un aspecto único de la observación: Wilder Hall of the Eye, Ahmanson Hall of the Sky, WM Keck Foundation Central Rotunda, Conexión Cósmica, Gunther Depths of Space, Edge of Space Mezzanine y Exhibits Exterior.

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Deambulamos por las distintas salas contemplando estas maravillas de la ciencia aunque el escaso tiempo del que disponíamos impidió la visita al planetario Samuel Oschin, una de las cúpulas de planetario más grandes del mundo.

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De nuevo en el exterior, seguimos disfrutando de un maravilloso paseo por este privilegiado enclave, en un soleado día, y de todos sus atractivos, como el busto de James Dean. El Observatorio Griffith ha aparecido en numerosos programas de televisión y películas, incluidas dos secuencias principales de “Rebelde sin causa” (1955), protagonizada por James Dean y Natalie Wood.

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Otras apariciones en el cine del observatorio incluyen “The Terminator” (1984), “The Rocketeer” (1991), “The People vs. Larry Flynt” (1996), “Transformers” (2007) y… “La La Land” (2016).

Obviamente, esta última es la película de esta entrada. Galardonada, entre otros premios, con 6 Oscar (incluidos mejor director, actriz y fotografía), 7 Globos de Oro (incluyendo mejor comedia, musical, director, actor y actriz) y 5 Premios BAFTA (incluyendo mejor película y director), es una película romántica y musical escrita y dirigida por Damien Chazelle, una versión moderna de los musicales hollywoodienses protagonizada por Emma Stone y Ryan Gosling.

La La Land fue recibida con elogios de la crítica, dirigidos al guion y dirección de Chazelle, las actuaciones de Gosling y Stone, la partitura musical de Hurwitz y los números musicales de la película. Tom Charity, de Sight & Sound, dijo de ella: «Chazelle ha elaborado esa cosa rara, una comedia genuinamente romántica y, además, una rapsodia en azul, rojo, amarillo y verde«. ​Diana Dabrowska, de Cinema Scope, escribió: «La La Land puede parecer el mundo con el que soñamos, pero también entiende la crueldad que puede salir de (o socavar) esos sueños, es filmada en CinemaScope y, sin embargo, sigue siendo una obra maestra íntima» .​

No todo fueron elogios. También hay quien la critica. Yo me alisto con los primeros. La película me encantó cuando la vi. En gran medida, mi idea del cine coincide al cien por cien con ella. Con ella pasé un maravilloso rato que me hizo olvidarme, por un momento, de la cruda realidad del día a día. Como la mítica frase de la Bruja Truca, “Lo mío es… ¡¡ El cine !!

La película también consiguió el Oscar a la mejor canción original y mejor banda sonora. Prueben a releer esta entrada escuchando “City of stars”…​

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Costa Oeste 2017 (3) – Blade runner

Los “papeles de May” habían dado su fruto esa mañana, y disfrutamos de un agradable paseo por los principales rincones de Los Angeles. La comida también había sido estupenda y la tarde, qué decir de la tarde…

Aunque antes de la salida el que escribe había puesto sus peros a las visitas a las playas de Los Angeles (“playas hay en todos lados, hasta en Murcia”), nunca agradecerá bastante que Ana y May decidieran ver atardecer en Santa Mónica.

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Sin duda es una de las ciudades más bonitas de la zona. Principalmente, su pier, algo indispensable para el viajero. Se trata de una construcción de madera en la que se localiza un pequeño parque de atracciones y muchos restaurantes y tiendas.

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Santa Mónica es el final de la mítica Ruta 66, que comienza en Chicago y que se utilizó en su origen como vía de escape para la gran crisis de los años 20, cuando los habitantes de las ciudades industrializadas del este, marcharon a tierras del oeste para buscar su “American Dream”. No faltaban ganas entre los presentes de hacer enterica la famosísima ruta, aunque nos tuvimos que conformar con comprar algún regalito pensando en los nuestros. Pendiente queda…

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Santa Mónica es una ciudad costera situada en el océano Pacífico, a 30 minutos del centro de Los Angeles. Bueno, a media hora sin atascos, pues tuvimos que soportar una elevada densidad de tráfico a esas primeras horas de la tarde de un típico sábado californiano.

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Realmente es la playa de Los Ángeles, y aunque dicen que es fácil cruzarse con algún famoso en alguno de sus caros restaurantes, con quien nos cruzamos nosotros en el muelle fue con Lucía y sus amigos. El mundo es un pañuelo…

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Llegamos al final del embarcadero entre el bullicio de gente que recorría el muelle y se adentraba en el parque de atracciones contiguo. Allí esperamos la hora del crepúsculo, mientras amenizaba la espera un futuro concursante de “La voz” con la única ayuda de su micrófono y su altavoz. Por cierto, ¿dónde andará el Dj del carrito de la compra que nos cruzamos en Hollywood Blvd. nuestra primera noche en LA?

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¿Y quién no se acordó, estando en Santa Mónica, de Pamela Anderson y David Hasselhoff, como cuando salían en estampida luciendo sus cuerpos bronceados? Esto es la esencia de Santa Mónica, para bien y para mal.

De camino al aparcamiento para regresar a la ciudad nos encontramos con la máquina de Zoltar ¿Quién no recuerda “Big”? La película, protagonizada por Tom Hanks, nos presentaba la historia de un niño de doce años cansado de que las chicas no le hicieran caso y de que sus padres le trataran como a un niño, y que deseaba ser mayor.

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La localización real es Playland, un parque de atracciones situado en la localidad de Rye, a unos 40 kilómetros de la ciudad de Nueva York, donde se rodaron las escenas de la película que tienen lugar en la feria, en las que el joven Josh pedía el deseo de hacerse mayor a la vieja máquina de Zoltar.

Aun a sabiendas de que no estábamos en el lugar original no dudamos en introducir un dólar en la máquina para desear a Zoltar volver a repetir esta excitante experiencia. Si alguien pidió como deseo el reencuentro con nuestros amigos Lali y Moisés, Zoltar tuvo que pensar “sus deseos son órdenes para mí”.

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De camino al Downtown de Los Angeles, en una de esas interminables caravanas que recuerda a la escena de la serie «Dos hombres y medio» en la que Charlie está en un atasco con su hermano Alan y se pone a cantar «Tequila», de Ritchie Valens, recibimos la llamada de Lali indicándonos que ya habían recogido el coche en la central de reservas y se dirigían a la ciudad. Quedamos con ellos en el Walt Disney Center Hall.

En Estados Unidos la concepción de ciudad es totalmente diferente a las ciudades europeas. De hecho, el centro acostumbra a ser un lugar de negocios donde solo hay vida los días laborables. Los fines de semana y los días festivos se convierten en zonas desérticas. Lejos de ser lugares históricos, en los centros de las ciudades americanas predomina un estilo moderno y contemporáneo.

A pesar de ello, no nos arrepentimos de visitar este lugar lleno de rascacielos, grandes edificaciones y frenética vitalidad.

Nuestra primera parada fue el Walt Disney Center Hall, situado en Gran Avenue, uno de los auditorios más importantes de la ciudad de Los Ángeles. Esta impresionante sala de conciertos tiene un aforo de 2.265 personas y entre otras funciones, es la sede de la Orquestra Filarmónica de Los Ángeles y el Coro Magistral de Los Ángeles. A pesar de que ya era de noche, nos deslumbró su gran construcción en metal, diseño de Frank Gehry.

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Fue financiado por la mujer de Walt Disney, que quería hacer un donativo a la ciudad para conmemorar a su difunto esposo, amante de la música. Su primer aporte económico fue en 1987, pero no se empezó su construcción hasta el 1992, cuando se consiguió recaudar el dinero suficiente. Al cabo de cuatro años se terminó la construcción, pero no se abrió al público hasta el año 2003.

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Tras pasar por Grand Park nos dirigimos a la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, de origen católica y de edificación contemporánea, ya que la antigua Catedral de Los Ángeles se destruyó con el terremoto de 1994. Esta nueva iglesia está formada por 12 pisos y tiene una capacidad de 3.000 personas.

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El Ayuntamiento de Los Ángeles (Spring Street) era nuestra próxima parada. Este emblemático edificio ha quedado registrado en infinidad de producciones cinematográficas, entre ellas la conocida película de Spiderman.

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Fue el primer rascacielos de la ciudad y se construyó en 1928. Tiene 32 plantas repartidas en sus 138 metros de altura. Hasta finales de los sesenta fue el edificio más alto de Los Ángeles, ya que, debido a los terremotos, no se atrevían a construir edificios más altos. En 1978 el Ayuntamiento fue elegido como Monumento Histórico Cultural de Los Ángeles.

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Decidimos cenar en el Grand Central Market, junto al mítico Edificio Bradbury de Los Angeles, sito en el 304 de South Broadway, una de las pocas muestras de arquitectura anterior al siglo XX que es mundialmente reconocida en esta ciudad por la influencia que la cultura cinematográfica desarrollada desde Hollywood tiene en el resto del mundo.

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El edificio Bradbury es único no sólo por su espectacular escalera proyectada, sino también por sus ascensores hidráulicos acristalados que dan acceso a las diferentes plantas de oficinas. Estas estructuras sirven para animar el movimiento a través de la sección del volumen; un efecto visual integrado por el filtrado de la luz a través de los rellanos de las escaleras y la oscilación de las cabinas de ascensores. A modo de contraste, el exterior del edificio es tradicional, construido con una mezcla de piedra arenisca y recubrimiento de ladrillo.

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Un hito turístico de primer orden al que no pudimos entrar para ver su espectacular patio, bañado por la luz cenital que le da una atmósfera particular.

Este carismático edificio ha sido un escenario recurrente para múltiples películas de Hollywood. Diversos directores han aprovechado este fotogénico lugar para generar exotismo, misterio y también ese glamour tan apropiado para las historias de gánsters y asesinatos. Su reconocible atrio central ha servido de fondo a muchísimas películas, desde que se utilizará en 1942 en la película de Henry Hathaway, “China Girl”, para representar el espacio del Hotel Royal en Mandalay, Birmania. Más de diez películas posteriores han utilizado sus espacios para representar los escenarios de las respectivas tramas. Como la que protagonizaría Jack Nicholson en la película “The Wolf” (1994).

Y, sin lugar a dudas, la más mítica, “Blade Runner” (la original, no la “Blade Runner 2049“, estrenada este mismo año). Una de las escenas más impactantes de la película es aquella en que el líder replicante va a visitar a su creador en su propia casa, que reside en la última planta de un edificio de estilo victoriano que se presenta decrepito e inmerso en penumbras amenazadoras…. el edificio Bradbury.

Justo enfrente teníamos el Grand Central Market. Valía la pena pasar, pues nos gustaban los mercados pintorescos, y no sólo por verlo un poco o sacar alguna foto a los letreros de neón, sino porque apetecía tomar algo después de la intensa tarde. Comida elaborada (entre el fast-food americano y el mexicano pasando por la china o tailandesa), golosinas, frutos secos, fruta…

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Nuestros compañeros ya habían llegado al Downtown y preguntaban por el lugar de encuentro, que habíamos cambiado del Walt Disney Center Hall al mercado en el que nos encontrábamos. Mientras yo iba a su encuentro por un camino ellos llegaban por otro pero, al fin, el grupo estaba completo. Una gran noticia para redondear aquel bonito día en LA.

Faltaba poco para el cierre y estaba a rebosar, por lo que salimos al exterior y nos sentamos en los bancos de Horse Thief BBQ, degustando nuestra cena mientras contábamos las anécdotas y los detalles de las peripecias de los dos grupos, separados hasta ese momento.

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Ya puestos al día, pusimos el contador a cero. Antes de regresar al hotel decidimos hacer una visita al Observatorio Griffith, para contemplar las impresionantes vistas de la ciudad de noche, desconociendo que sus accesos cerraban a las diez.

Habría que ver este magnífico escenario a la luz del día. Nuestra segunda jornada de viaje tocaba a su fin. Hora de descansar, si se podía…

Poca justificación necesita la referencia cinéfila de esta entrada, la mítica “Blade Runner” de 1982. Magistral en su desarrollo, brillante en su formato e inquietante en su trasfondo, Ridley Scott nos deleita con un film insuperable, sublime, adulto.

La cinta transcurre en Los Angeles, en noviembre del año 2019 (nos hemos adelantado un par de años…) En un futuro de neón, publicidad ubicua y vapores masticables, Harrison Ford persigue, por una deshumanizada y mestiza megalópolis, unas máquinas con ansias de inmortalidad.

Para la historia han quedado todas esas frases míticas: «He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…«

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Costa Oeste 2017 (2) – Pretty woman

La emoción por la llegada a Los Angeles había permitido que nos mantuviéramos despiertos hasta altas horas, teniendo en cuenta el tiempo que había transcurrido desde nuestra salida de Murcia, pero a más de uno le afectó a la hora de dormir, despertándose todavía “a la hora de España”, o vete tú a saber a la hora de dónde, con el recuerdo del “pelazo” del recepcionista. Dado que nuestro próximo destino era Las Vegas, se cruzaban apuestas sobre si era natural o no.

Las zapatillas para correr estuvieron dentro y fuera de la maleta en varias ocasiones. Al final se quedaron dentro, a costa de sacar una americana para las ocasiones que se presentaran de vestir elegantemente. Bendita hora. Esa mañana, antes de las siete de la mañana, corríamos por el paseo de la fama mientras amanecía sobre la ciudad. Una experiencia inolvidable para un runner aficionado que se repetiría en días sucesivos.

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Bajamos antes de la hora acordada para el desayuno, lo que nos permitió visitar las instalaciones del hotel y pasear por N Highland Ave hasta llegar a los alrededores de Highland Camrose Park.

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Ya todos juntos nos dirigimos de nuevo hacia Hollywood Blvd para desayunar. Cuando viajas a Los Angeles llegas con la inmediata intención de ir a ver esta famosa avenida, que ahora recorríamos a la luz del día. En el tramo de esta avenida comprendido entre la calle Gower y la Avenida La Brea se concentran el famoso teatro Kodak, lugar donde cada año se celebra la entrega de los premios Oscar, y, sobre todo, el Paseo de la Fama.

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En nuestro paseo por este tramo volvíamos a vislumbrar las grandes baldosas donde se van sucediendo las famosas estrellas con los nombres de famosos artistas de espectáculos. Además de prestigiosos actores y directores de cine, pudimos ver estrellas en homenaje a artistas del mundo del teatro, la televisión, la radio y la música.

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Fue en 1958 cuando Oliver Weismuller, un artista californiano contratado para rediseñar esta avenida, propuso la idea de llenar la acera de estrellas. Desde entonces hasta la actualidad se han instalado más de 2.200 estrellas.

En esta misma zona de la avenida, junto al Teatro Chino, aprovechamos para realizar las primeras compras y, justo enfrente, para desayunar.

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Decidimos volver al hotel para coger el coche paseando por Sunset Blvd. Cuando subíamos por N Highland Ave divisamos a lo lejos Hollywood Sign, el famoso letrero gigantesco situado en una colina conocida como Monte Lee, que forma parte del Parque Griffith, en el distrito de Hollywood Hills.

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Para intentar fotografiarlo mejor nos adentramos en Selma Ave antes de volver a Hollywood Blvd.

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Los forofos de La La Land plantearon la posibilidad de ver el mural “You Are the Star”, que se creó en 1983, situado en el paseo de la Fama de Hollywood, en Wilcox Ave con Hollywood Blvd, la parte exterior del Lipton’s Restaurant, el lugar donde Mia ve tocar el piano por primera vez a Sebastian. Y lo conseguimos, mientras buena parte del grupo disfrutaba de las tiendas del bulevar, incluida una de pelucas…

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Ya en la tanqueta nos dirigimos hacia Beverly Hills, disfrutando del espléndido día.

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Dejamos el coche en N Beverly Dr (“Beverly doctor”, traducción literal) y nos dirigimos a pie hacia Rodeo Dr, encontrándonos frente al Regent Beverly Wilshire, el hotel donde se alojaba Edward en “Pretty Woman”. Paseamos por Via Rodeo observando sus establecimientos.

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El tiempo discurría plácidamente y se acercaba la hora de comer. De vuelta al hotel paseamos por Beverly Canon Gardens y, sin quererlo, nos encontramos con las oficinas de los estudios Metro Goldwyn Mayer.

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El lugar elegido para la comida era Farmers Market Place, una zona de puestos de comida, de restaurantes, vendedores de alimentos preparados, y mercados de productores de Los Ángeles, inaugurado en julio de 1934, situado junto a la CBS Television City.

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Nos sentamos en un par de mesas junto a Lotería Grill y a un espectacular puesto de cervezas. De este último elegimos y acertamos con la Casa Azul (no era tarea fácil). Y del primero elegimos y acertamos con las quesadillas, los tacos y los nachos.

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Allí pasamos un buen rato, disfrutando de la comida, mientras planeábamos qué hacer por la tarde. Lucía nos dejó para visitar la ciudad con un buen amigo suyo. Ya la noche anterior, en el traslado del hotel al aeropuerto, tuvimos noticias de Lali y Moisés y sabíamos que volaban a Los Angeles vía Londres. En esos momentos estarían aterrizando y estábamos en contacto con ellos para quedar en cuanto salieran del aeropuerto, cogieran el coche y se dirigieran a la ciudad.

Nuestro próximo destino estaba ya elegido: las playas de Santa Mónica.

La elección cinéfila para esta segunda entrada es obvia, “Pretty Woman”, una de las comedias románticas por excelencia, estrenada en 1990, una entretenida sucesión de sonrisas y suspiros que arrasó en todas las taquillas, encumbró a su pareja protagonista, distanció aún más a crítica y público y se convirtió (en su momento) en la película preferida de miles de jóvenes de todo el mundo.

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Costa Oeste 2017 (1) – Superdetective en Hollywood

Comenzaba el relato de nuestro viaje a New York comentando que nunca un viaje planificado con tanta antelación estuvo más en el aire que ese, y por motivos de peso. Y la historia ha vuelto a repetirse. El viaje a la Costa Oeste de Estados Unidos, gestado allá por la primavera de este mismo año, ha pendido de un hilo hasta horas antes de partir, y de nuevo por causas más que justificadas, aún por resolver.

Por todo ello, no podemos empezar este post, como siempre, sin un especial y sincero agradecimiento a todas las personas que nos han animado a realizarlo y que han cuidado de nuestra princesa como si fuéramos nosotros mismos, y de los que han velado por si ocurría alguna contingencia. Todos sabéis bien quiénes sois. INFINITAS GRACIAS.

Agradecimiento que extendemos a nuestros compañeros de viaje, que lo han hecho posible y lo han convertido en una experiencia inolvidable. Ana, Alberto, Arturo, Jose, Lali, Moisés, Carmen y Lucía. GRACIAS.

Los asiduos a este blog observaréis una novedad respecto a viajes anteriores. Más allá del habitual “Costa Oeste 2017 (1)”, cada entrada irá acompañada de un título de película en consonancia con lo relatado. La visita a la meca del cine así lo justifica.

Esta vez preparamos el equipaje con algunas horas más de antelación. En la madrugada del 1 de diciembre tomamos un taxi que nos condujo a la estación del Carmen para trasladarnos en Talgo a Barcelona, lugar de inicio de esta aventura. Siete horas de viaje que, por suerte, pasaron casi sin darnos cuenta, emocionados por lo que viviríamos en los próximos días.

A la hora estipulada, sin retraso, llegamos a Barcelona-Sants y sin salir de la estación cogimos el cercanías que nos llevaría a la terminal T2 del Aeropuerto de El Prat, a la que llegamos antes de las tres de la tarde, con casi tres horas de antelación a la salida de nuestro vuelo.

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Todo iba sobre ruedas, y nos felicitábamos por ello, ajenos a lo que esa misma tarde nos esperaba… Era la hora de embarcar. La facturación transcurría sin problemas aparentes hasta ese maldito pasaporte, primero por su rotura y después por sus errores, cuando parecía “desfacido el entuerto”.

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En esos momentos tensos habíamos conocido a nuestros compañeros de viaje, todavía con la esperanza de que todo se solucionara.

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Con mucho pesar nos dirigíamos al control de seguridad dejando en tierra a las “almas” por parte murciana de este viaje, lamentando el desagradable incidente y deseando que se reunieran con nosotros prontamente para que todo transcurriera como se había planeado, tras dedicar mucho tiempo y dedicación a su exitoso final.

El vuelo DY7109 de Norwegian, un Boeing 787-8 (jet bimotor), tenía que salvar los casi diez mil kilómetros que separan Barcelona de Los Angeles en algo más de doce horas.

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Con frecuencia cometemos el error de pensar automáticamente en una línea recta que une los aeropuertos de origen y destino, alejándonos de la realidad, pues la distancia más corta entre ambos no es la línea recta, debido a que sobre una superficie esférica la línea más corta entre dos puntos es el arco de círculo máximo que los une.

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A la hora fijada aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles (LAX). De nuevo habíamos cumplimentado el Form 6059B, comúnmente llamado el Formulario azul, que nos había ofrecido la tripulación. Antes de llegar a la zona de recogida de maletas tuvimos que pasar el control de pasaportes como corresponde a cualquier ciudadano extranjero que entre con visado de turista, estudiante, gente de negocio, etc. Un agente hizo que May se “saltara” el segundo control y por unas horas pensamos que no habían visado su pasaporte a la entrada al país, con las consecuencias que ello podría traer consigo…

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Los ocho viajeros tomamos la lanzadera que nos trasladaría a la central de reservas de vehículos del aeropuerto, sin saber muy bien cómo realizaríamos el traslado a la ciudad, pues teníamos serias dudas de poder retirar uno de los dos coches contratados, como así fue. Al final, la reserva inicial de Alberto pudo ser cambiada (¡¡ gracias !!) por un SUV (Sport Utility Vehicles) marca Ford que más que un coche parecía una tanqueta, imprescindible para trasladar no sólo ocho personas sino todo su voluminoso equipaje, más por parte de unos que de otros.

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Hora de tomar contacto por primera vez con la ciudad de camino al Best Western Hollywood Plaza Inn (2011 N Highland Ave), saboreando los kilómetros que lo separan del aeropuerto. A pesar de la hora (pasada la medianoche de California), del tiempo que llevábamos de viaje, de las dos horas que habíamos tardado en salir del aeropuerto, de no haber respetado el horario de comidas, la cercanía de Hollywood Boulevard nos incitaba a lanzarnos a la calle.

Nos encontrábamos en Hollywood, el barrio más conocido dentro Los Ángeles, y recorríamos su famoso paseo de la fama donde se encuentra el famoso teatro chino Gauffman y el teatro antes conocido como Kodak y que ahora se llama Dolby (Surround) Theatre, que es donde tiene lugar la ceremonia de entrega de los premios Óscar.

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Es evidente que el paseo de la fama y sus estrellas y el cine Capitán son de visita obligada, más de noche, aunque recorríamos el paseo con un cierto regusto a glamour decadente, donde se mezcla la cienciología, los spidermans y supermans cobrando por hacerse selfies y las estrellas de conocidos y no tan conocidos actores de Hollywood. Puro show.

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Eran casi las dos de la madrugada cuando nos sentamos en el Snow White Café, después de barajar distintas opciones para cenar algo. Tarde. El Yogi Dog contiguo nos permitió tomar unos sabrosos perritos calientes antes de irnos a la cama aquel casi interminable día.

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Por cierto, la película escogida para esta primera entrada es “Superdetective en Hollywood”, que lanzó en 1984 al estrellato internacional a Eddie Murphy. Fue un enorme éxito de taquilla, recaudando 234 millones de dólares. Incluso en la actualidad todavía sigue siendo la segunda película de la historia del cine, tras «Titanic», con mayor número de fines de semana liderando la taquilla norteamericana y la segunda película de la historia con más semanas consecutivas en el top10 de dicha taquilla, tras “ET».

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New York 2017 (y 9)

Tras desayunar terminamos de preparar el equipaje. Una vez ultimado, bajamos a la recepción del hotel para dejarlo en consigna. Disponíamos de una buena parte del día para disfrutar de la ciudad, pues habíamos decidido regresar sobre las cuatro y media de la tarde para esperar, sin problemas, el traslado al aeropuerto.

Nos acompañaba el tiempo en nuestro último día en Manhattan. Más que calor, se podía decir que hacía, incluso, un poquito de fresco. Nuestro primer destino era el MoMA, cuyas puertas abrían a las diez y media de la mañana.

De nuevo en la Quinta Avenida… El recorrido ya era habitual para nosotros y nos movíamos por esta descomunal arteria mundialmente famosa como si de la Gran Vía de Murcia se tratara. El Rockefeller center a la izquierda, la Catedral de San Patricio a la derecha…

Tiendas y más tiendas. Incluso alguna de ellas, exclusiva de la ciudad (y de los “dutty free” de los aeropuertos), una buena excusa para algunas compras de última hora. El agradable paseo nos llevó a las puertas de la Trump tower y, junto a ella, la joyería Tiffany de la Quinta Avenida.

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Nos dirigimos al MoMA para sacar las entradas por adelantado y evitar, en la medida de lo posible, las colas que se forman en las primeras horas de la mañana.

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El Museo de Arte Moderno de Nueva York (Museum of Modern Art) es, probablemente, uno de los mejores museos de arte moderno del mundo. Situado justo al lado de Central Park, abrió sus puertas al público el 7 de noviembre de 1929, y fue fundado por los filántropos estadounidenses Lillie P. Bliss, Cornelius J. Sullivan, y John D. Rockefeller, Jr. como una institución educativa cuya misión era «ayudar a la gente a entender, utilizar y disfrutar de las artes visuales de nuestro tiempo».

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Cuando el Museo de Arte Moderno comenzó a exponer sus obras, gran parte del público de aquella época despreciaba el cubismo y el arte abstracto, porque chocaban con las líneas directrices que hasta ese momento marcaban la pauta del «verdadero arte». Sin embargo, la respuesta del público fue muy entusiasta, y en el transcurso de los siguientes diez años el Museo se trasladó tres veces a ubicaciones temporales cada vez más grandes, hasta que en 1939 el museo finalmente abrió sus puertas en el edificio que todavía ocupa en el centro de Manhattan.

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Es considerado uno de los santuarios del arte moderno y contemporáneo del mundo, constituyendo una de las mejores colecciones de obras maestras. El museo dispone de una colección de 150.000 pinturas, esculturas, dibujos, grabados, fotografías, modelos arquitectónicos, dibujos y objetos de diseño, y más de 22.000 películas.

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En su interior, el MoMA alberga obras maestras de la pintura como “Noche estrellada”, de Van Gogh, “Broadway Boogie Wogie”, de Piet Mondrian, “Las señoritas de Avignon”, de Picasso, “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí, y obras de artistas norteamericanos de primera fila como Jackson Pollock, Andy Warhol y Edward Hopper. El MoMA posee además importantes colecciones de diseño gráfico, diseño industrial, fotografía, arquitectura, cine e impresos.

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De las primeras vanguardias del siglo XX, el MoMA conserva obras clave de Pablo Picasso, Marc Chagall, Kandinsky, Mondrian, Henri Matisse, etc. Tiene un Jardín de Esculturas con obras Auguste Rodin, Alexander Calder, Louise Nevelson, Pablo Serrano y Aristide Maillol, además de una sala de cine.

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Habíamos desistido en su momento de visitar Macy’s y volvíamos a hacerlo ahora con los almacenes Century21. Apetecía más un agradable paseo por el sur de Central Park, bullicioso como nunca a esta hora de la mañana.

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Salimos del parque por la Merchant’s gate, justo en Columbus Circle, donde pudimos ver la estatua de Colón, erigido en 1892 para conmemorar el 400 aniversario del viaje del explorador para las Américas.

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Columbus Circle es uno de los principales lugares de interés de New York. Además del Time Warner center, en la parte norte se encuentra la Trump World Tower y la bola del mundo, réplica de la que se erigió en la Feria Mundial de New York de 1964, la Unisphere, que ya pudimos ver el Corona Park de Queens.

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Tomamos la Avenida Broadway en dirección a Times Square, disfrutando del paseo por la ciudad. Habíamos barajado la posibilidad de tomar el metro para recorrer buena parte del trayecto, pero suponía una maravillosa oportunidad de transitar por este maravilloso escenario de cine como unos neoyorquinos más. Y no la íbamos a desperdiciar por nada del mundo.

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El bullicio habitual de Time Square era aún mayor a esta hora del mediodía. Algo tendría que ver el show que había montado una conocidísima marca de refrescos (sí, esa del anuncio del millón de dólares) que incluía una degustación gratuita de sus productos que nos vino muy bien, por qué negarlo.

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No era mala hora para comer y elegimos un italiano que nos habían recomendado por varios canales, Tony’s. Eso sí, un italiano “sin pizzas”, pero con una pasta espectacular.

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Volvimos a la calle y seguimos descendiendo por Broadway. Poco a poco nos íbamos despidiendo de los emblemas de la ciudad. La parte posterior del Empire State, por ejemplo. Avanzábamos, despacio, hacia el Flatiron, otro edificio del que había que despedirse.

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Aprovechamos Madison Square Park, en sus inmediaciones, para descansar un poco mientras tomábamos un delicioso helado.

Hasta aquí habíamos llegado. Era el momento de regresar al hotel para iniciar el viaje de vuelta, aunque todavía quedaba tiempo para hacer algunas compras y ver la fachada principal del Empire State mientras ascendíamos por la Quinta Avenida. También para despedirnos del Chrysler, que nos había dado cobijo toda la semana…

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El traslado al aeropuerto fue más pesado que el inicial, no sólo porque suponía la finalización del viaje, sino por el tráfico a esa hora de la tarde. Una vez salvados los controles de seguridad en el aeropuerto esperamos pacientes para embarcar y abandonar el país, con algo de retraso.

No es que se hiciera muy pesado el vuelto, para ser transoceánico. El hecho de ser un vuelo nocturno y conseguir conciliar el sueño tuvo bastante que ver. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en la T4S de Barajas y algo más de media hora más tarde en el autobús que nos conduciría a Murcia, unos minutos antes de las once de la mañana.

Una breve parada en La Roda y, a las cinco de la tarde de un diez de agosto, “aterrizábamos” en Murcia, con algo más de calor del que habíamos pasado durante toda esa semana en New York.

El punto final a un viaje largamente esperado. Si todos nuestros destinos han sido seleccionados con cariño, New York era la guinda, esa excusa para celebrar un cumpleaños significado, un aniversario, cualquier motivo era bueno.

Eso sí, siempre puede encontrarse cualquier otra excusa para volver……..

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New York 2017 (8)

Washington, la capital de Estados Unidos, es una ciudad que se resume en una ruta de 6,5 kilómetros que empieza en el Cementerio Nacional de Arlington y acaba en el Capitolio. Un paseo inolvidable, recomendable para todo aquel que viaje alguna vez a Estados Unidos.

La pregunta es obvia: ¿es posible visitar Washington en un día? La respuesta, afirmativa, implica la consideración de que es una experiencia que merece mucho la pena. Aunque es obvio que la capital de Estados Unidos merece más de un día de estancia, en nuestro caso no era posible, pues el desplazamiento se enmarcaba dentro de nuestro viaje a New York. Con todo, aunque el día acabó en la fachada del Capitolio, se echó de menos la visita a este insigne edificio, es la visita a su interior, con la Sala Nacional de las Estatuas, la Whispering Gallery y la Biblioteca del Congreso.

El día había empezado muy pronto, y poco después de las seis de la mañana ya estábamos en ruta, bajo la lluvia, que nos acompañaría la mayor parte de la jornada. Nos aguardaban algo más de cuatro horas de viaje, con una parada a medio camino, en Delaware, para desayunar a la ida y tomar un café a la vuelta. En el desplazamiento atravesaríamos varios estados y cruzaríamos varios caudalosos ríos, además de pasar muy cerca de ciudades como Filadelfia y Baltimore.

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Ya en Washington, después de cruzar el Potomac y vislumbrar algunos de los más emblemáticos edificios de la capital, Pentágono incluido, nos dirigimos al Cementerio Nacional de Arlington. La vista de las tumbas en el cementerio sencillamente impresiona, aunque se trate de una imagen que hemos visto infinidad de veces por televisión. Allí descansan los militares estadounidenses que participaron en todas las guerras que libró el país, desde la Guerra de la Independencia, hasta los recientes conflictos de Afganistán e Irak. También podemos ver el lugar en el que descansa el presidente John Fitzgerald Kennedy y su familia. La tumba de JFK está acompañada por una “llama eterna”.

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De camino al National Mall, donde se encuentran algunos de los principales atractivos de la ciudad (el Monumento a Lincoln, el Memorial de la Guerra de Korea, el Monumento de los Tres Soldados y el Memorial de la Guerra de Vietnam), pasamos por el monumento a Iwo Jima, tributo al Cuerpo de la Marina de los Estados Unidos, el US Marine Corps War Memorial, una estatua en honor a una foto de prensa en la batalla de Iwo Jima que posteriormente se supo que era un montaje.

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El Lincoln Memorial es un edificio de corte ¿romano? ¿griego? que guarda una de las estatuas más famosas de la ciudad, la del decimosexto presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, obra de Daniel Chester. Un templo construido para una sola estatua, lo que da fe del hecho de que sea uno los presidentes más importantes del país.

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Teníamos delante de nosotros la Reflecting Pool, piscina reflectante, y relajante. Se podrían pasar horas y horas admirando esta imagen. De hecho, la imagen de la piscina con el Obelisco de fondo es una de las más fotografiadas de los Estados Unidos.

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Algo habrá tenido que ver una de las escenas más recordadas de la película “Forrest Gump”… Las emociones que se sienten al encontrase en ese lugar son indescriptibles.

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El Washington Monument, un obelisco de gigantescas proporciones, puede observarse desde muchos puntos de la ciudad. Impresiona por su altura y también por su solemnidad.

Dejando el Lincoln Memorial Reflecting Pool a nuestra izquierda fuimos hasta la estatua de los tres soldados (The three soldiers). Realizada en bronce, conmemora la lucha de los soldados estadounidenses en la guerra de Vietnam.

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Recorríamos ahora las calles de Washington DC pasando por la Reserva Federal, las sedes de la OEA y la Cruz Roja Internacional.

Fue en este preciso momento cuando se puso a llover con fuerza. “La madre de todos los aguaceros” nos cayó justo cuando nos encontramos delante de la Casa Blanca, que pudimos ver a una distancia más que aceptable. Ignoro si el Palacio de la Moncloa podrá verse más cerca que lo que estábamos de la residencia de los Trump.

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Calados hasta los huesos nos dirigíamos al Capitolio, la última visita prevista antes de la comida, pasando por delante del Teatro Ford (escenario del asesinato de Lincoln) y la sede del FBI. Sin embargo, en una acertada decisión, nos dirigimos al Museo Nacional del Aire y del Espacio, cuya visita estaba prevista justo antes del regreso a New York. Las opciones para comer dentro del museo eran varias: McDonald o McDonald. Elegimos McDonald. Tampoco estuvo tan mal, que conste.

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Al disponer de poco tiempo, como era nuestro caso, había que seleccionar muy bien qué museo visitar de la ingente cantidad de museos, la mayoría con entrada gratuita, que hay a ambos lados del Mall.

Nosotros nos decantamos por el Museo Nacional del Aire y del Espacio. Es muy llamativo y espectacular ya que contiene la mayor colección de aviones y naves espaciales del mundo. El que esté interesado por la historia de la aviación debe acudir sí o sí a este museo, como también aquel amante de la conquista espacial, ya que se pueden contemplar piezas como el módulo del Apolo 11, que sirvió para llevar a cabo la primera misión tripulada a la Luna.

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El Smithsonian National Air and Space Museum es muy extenso y una visita exhaustiva llevaría demasiado tiempo ya que, además, cuenta con varios simuladores en los que poder experimentar el pilotaje de una nave. No obstante, la sala dedicada a la aviación durante la segunda guerra mundial (con los Supermarine Spitfire Mk VII, el  Messerschmitt Bf 109G-6 o el Mitsubishi A6M Zero), el “Spirit of St. Louis” o el “Wright Flyer” de 1903 de los Hermanos Wright… son irrenunciables, se cuente con el tiempo que se cuente.

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Sin olvidar sus interesantes tiendas, repartidas por todo el museo, tanto por los objetos relacionados directamente con la NASA como aquellos más típicos de un museo de ciencias al uso.

La decisión de postergar la visita al Capitolio fue acertada. A la salida del museo había cesado la lluvia y pudimos disfrutar de unas últimas vistas espectaculares del Capitolio para dejar esta imagen en la retina.

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El Capitolio se empezó a construir en 1793, como punto clave en el gran proyecto de creación de la ciudad de Washington. Este edificio es la sede de las cámaras legislativas de Estados Unidos, albergando tanto el Congreso como el Senado.

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…antes del viaje de vuelta, de tomar algo para cenar y de dejar casi listo el equipaje para el regreso.

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