Domingo en New York. De camino a Harlem, hicimos una primera incursión en Carl Schurz Park, en el Upper East Side, un bonito parque a orillas del río, ideal para dar un paseo en pareja o hacer un picnic si el clima lo permite.

En él se encuentra la Mansión Gracie, la residencia oficial del alcalde de New York desde 1942. La casa fue construida en 1799 en la ribera del East River, a la altura de la calle 88. El actual alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, es el décimo mandatario que reside allí.

Algunos de sus predecesores, como Michael Bloomberg, prefirieron residir durante su mandato en sus propios domicilios. El primer alcalde que vivió en la Mansión Gracie fue Fiorello La Guardia. La Mansión Gracie fue incluida en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1975 y entre 1924 y 1936, la casa fue sede del Museum of the City.

La historia de Harlem es muy interesante, aunque parezca que posee tintes trágicos. Todo empezó en 1626, cuando los holandeses bautizaron la zona como “Nieuw Haarlem” (Nuevo Haarlem). A finales del siglo XIX estaba considerado como un barrio muy chic y aún hoy se pueden ver muchas casas bonitas. Pasado un tiempo muchos afroamericanos fueron del sur hacia Harlem en busca de trabajo.
Harlem es conocido por su historia musical y hay mucho que hacer y ver en cuanto a música se refiere. Tal vez por ello visitamos en primer lugar ilustre Apollo Theatre en la 125th Street entre Frederic Douglas y 7th Avenue.

Fue durante sus Noches Amateurs, unconcurso de talentos emergentes realizado cada miércoles desde 1934, donde se descubrieron fenómenos del show business como Ella Fitzgerald, James Brown, los Jackson Five y Stevie Wonder.

Tan importante es este lugar, que en junio de 2009, cuando muere Michael Jackson, las multitudes concurrieron a sus puertas y alrededores, convirtiéndolo en un panteón para llorar y honrar al artista que recibió en el Apollo sus primeros aplausos.

Frente al Teatro Apollo nos detuvimos para saludar y hacernos fotos con un verdadero artista del barrio, Franco “El Grande”. Nacido en Panamá, pero desde 1958 muy identificado con el barrio de Harlem, este artista urbano llegó a codearse con otros grandes como James Brown, Nat King Cole y Mohamed Alí, participando en muchas películas que se rodaron en la ciudad.



Actualmente conocido como el “Picasso de Harlem”, es la persona que se encarga de pintar los murales y entablar conversación con los muchos turistas que visitan la calle 125, más conocida como Blvd. Martin Luther King Jr.

Nuestro siguiente punto de interés era el City College de Nueva York, en Convent Avenue, entre las calles 135 y 140, con su interesante campus de estilo gótico.


Nos encontrábamos ahora en Washington Heights, la zona delimitada por las West 155th Street y la 200th Street. La atracción turística más famosa es la Morris-Jumel Mansion, un bonito edificio, hogar de George Washington en el otoño de 1776.

Accedimos a la mansión por Sylvan Terrace, con su calle adoquinada y sus peculiares casas. En 1882, la zona -rural hasta entonces- pasó a convertirse en residencial gracias a James E. Ray, un magnate de bienes raíces que encargó la construcción de 20 casas uniformes. Cada una tiene una entrada de 11 escaleras y se distinguen por sus colores amarillo claro, verde militar y ladrillo.

Harlem es un sector de la ciudad básicamente poblado por ciudadanos afroamericanos. Un barrio en el que se alzan diferentes iglesias bautistas donde escuchar buenos coros y participar de la celebración de una misa Gospel, cosa que nosotros hicimos en la Greater File Chapel Baptist Church (505-507 W 155th St). Llamará la atención de los viajeros el aspecto de los fieles quienes se visten de fiesta, con sus mejores ropas para asistir a la misa. Colores vivos, sombreros y zapatos.

Sobre la base de la antigua línea ferroviaria elevada que se construyó en los años treinta con el fin de desarrollar el lado oeste de Manhattan, se levanta el parque High Line. En su origen, las vías del tren se elevaron a una altura de 10 metros para proteger la zona más industrial de Manhattan y evitar tanto atascos como accidentes. El tráfico de trenes cesó en 1980 y los terrenos quedaron desocupados.

No fue hasta 2006 cuando se reinició la actividad para su rehabilitación como un espacio urbano inspirado en el concepto de agri-tectura (una tendencia que fusiona aspectos de la agricultura y la arquitectura). La remodelación de la primera fase, finalizó en 2009. A partir de entonces, se continuó una segunda fase hasta la calle 34.


Recorrimos algo menos de los dos kilómetros del actual parque, pues accedimos a la High Line por unas escaleras situadas a la altura de la calle 30, lo que nos permitió tener otra visión de Manhattan, pues se va metiendo entre los edificios, está algo elevado sobre la calle y te permite ver preciosas vistas de New York y sus rascacielos.

La High Line pasa justo al lado de los Chelsea Piers, el antiguo puerto de Chelsea, lugar al que tenía que haber llegado el famoso Titanic, y que ha sido reconvertido en un conjunto de clubs deportivos y gimnasio que se encuentra en la 11th Avenue. Justo al lado, en la calle 18, podemos ver el edificio de la IAC, diseñado por Frank Gehry.

Se acercaba la hora de comer y el destino elegido era Chelsea Market, situado en la 9th Avenue con la 15th St, ubicado en una antigua fábrica de Nabisco, en la que se inventaron las famosas galletas Oreo.

En un increíble ejercicio de rehabilitación, la antigua fábrica se ha convertido en un precioso edificio de oficinas, y en las plantas más bajas se sitúa el mercado donde puedes comprar todo tipo de cosas y parar a comer o cenar. Parecía obligado, de tanta referencia, comer la famosa langosta de Maine, y qué mejor lugar que The lobster place, uno de esos sitios que da gusto visitar por sus puestos repletos de pescados y mariscos, limpios y preparados para llevar.



Un helado de postre y a darse una vuelta por el complejo admirando ciertos detalles que han dejado de la antigua fábrica y aprovechando para visitar algunas de sus exclusivas tiendas.

De pronto, caímos en que nos encontrábamos a “quince minutos” del 401 de Bleecker Street, en el West Village, una dirección famosa por albergar Magnolia Bakery, en el que dos amigas de instituto comenzaron a elaborar cupcakes en el otoño de 1996, aunque ahora es una franquicia ya que tiene varias tiendas por Nueva York, Los Ángeles, incluso Dubai.


Es obvio que parte de esta fama la ha conseguido gracias a escenas tan míticas como la de “Sexo en Nueva York”, donde Carrie se come un cupcake sentada junto a Amanda en la puerta de esta pastelería. También ha aparecido en películas como “El diablo viste de Prada” o en varias revistas de moda como “Vanity Fair” y “Marie Claire”.

Teníamos algo de tiempo para pasear por el SoHo. Caminando por Broadway desde la calle Houston hasta Canal St. Encontramos otra de las zonas donde se concentran las compras con tiendas de todo tipo, algunas más alternativas que dan fama a este barrio bohemio. Zapaterías, ropa, decoración…

Buscábamos un mural del que habíamos oído mucho hablar, del granadino El Niño de las Pinturas, y lo encontramos sobre la fachada del hotel City Rooms NYC, de la calle Lafayette, a la entrada de Chinatown, inspirado en los versos de “Poeta en Nueva York”.

Chinatown y Little Italy son famosas por la venta de bolsos y relojes (la mayoría imitaciones de las grandes marcas) y souvenirs de New York. Una buena ocasión para contemplar los decorados originales de la segunda parte de la saga de “El padrino”, aunque parece que Robert De Niro encontraría alguna dificultad en rememorar el escenario inicial…


No cabe la menor duda de que el puente de Brooklyn es uno icono de New York y uno de los puentes más famosos del mundo. Cruzarlo a pie era obligatorio en nuestra visita a la ciudad, utilizando para ello su amplia plataforma peatonal.


El Brooklyn Bridge es uno de los tres puentes que unen Manhattan con Brooklyn: Brooklyn Bridge, Manhattan Bridge y Williamsburg Bridge. Cuando fue inaugurado en 1883, con sus 1825 metros de longitud, se convirtió en el puente colgante más largo del planeta. También marcó pauta al ser el primer puente suspendido por cables de acero, un adelanto definitivo en la ingeniería del siglo XIX.

Su construcción estuvo en manos de cerca de 600 obreros inmigrantes, quienes debieron trabajar en condiciones muy peligrosas, especialmente aquellos que trabajaban en los cajones de madera armados bajo el agua para construir los cimientos de la torre.

Algunos de ellos fallecieron por el síndrome de descompresión o “enfermedad de los buzos”. Esto sin contar aquellos accidentes ocurridos durante el armado de los cables de acero a gran altura. El mismo ingeniero del puente, Washington Roebling, quedó postrado en cama por el síndrome de descompresión, limitándose a supervisar las obras desde la ventana de su apartamento en Brooklyn y con la ayuda de su esposa quien hacía las veces de enlace con los constructores.

En el cine, al igual que el Empire State, el Puente de Brooklyn es uno de los primeros objetivos de Godzilla y cualquier otro monstruo, invasores extraterrestres, meteoritos y demás…


Son tantas las películas en que lo hemos visto que no tiene sentido enumerarlos. Aunque sí hay una escena que nos encanta recordar, y es la escena final de “Gangs of New York”, de Martin Scorsese, una línea del tiempo de Nueva York donde el puente perdura a través de los años. Eso es el Brooklyn Bridge, el siglo XIX catapultado al siglo XXI.
La experiencia había resultado gratísima, pero la tarde todavía guardaba alguna que otra sorpresa. Atardecía y nos dirigíamos a DUMBO, del inglés Down Under Manhattan Bridge Overpass, un distrito de New York situado en la orilla del East River, perteneciente al barrio de Brooklyn. Aunque durante muchos años fue una zona portuaria bastante degradada, en lo últimos años se ha puesto muy de moda, sobre todo entre artistas, y se ha llenado de edificios reconstruidos y galerías de arte, creándose ahora una zona en donde es un deleite pasear mientras observamos Manhattan.
Desde la pasarela peatonal del puente de Brooklyn cogimos a la izquierda unas escaleras que desembocaban primero en Prospect St y después en Washington St. Las vistas del puente de Manhattan entre los edificios, con el Empire State bajo sus arcos, que nos íbamos encontrando en nuestro paseo eran espectaculares. Con todo, lo mejor estaba todavía por llegar, pues apenas se vislumbraban los edificios de Manhattan y no se podía ver el puente de Brooklyn.

Y llegamos a Main Street Park… donde las vistas del puente de Brooklyn, Lower Manhattan y el Pier 17 desde el otro lado del East River son, sencillamente, espectaculares, más si cabe a esa hora de la tarde.









Nos podrían haber traído allí la cena para no tener que interrumpir el momento (las famosas pizzerías Grimaldi’s y Juliana’s estaban a pocos pasos), pero había que continuar. Eso sí, disfrutamos del lugar como se merecía.

Seguimos caminando hacia el puente de Brooklyn, acercándonos al Empire Fulton Ferry Park, desde donde tenemos acceso a un bonito embarcadero donde la ciudad ha instalado un precioso carrusel antiguo.

Esta vez sí, pudimos tomar un delicioso helado de la Brooklyn Ice Cream Factory mientras seguíamos disfrutando de las vistas tanto del puente de Brooklyn como del de Manhattan. Sin duda, uno de los momentos más especiales de toda nuestra estancia en New York.





























































































































































































































































































































