Portugal 2016 (6)

Cambio de mes. Lunes, 1 de agosto. Por lo general, una fecha en la que solíamos retornar de viaje. En esta ocasión, era el elegido para recorrer el barrio de la Alfama lisboeta y el resto de lugares de interés de la ciudad.

Después del (relativo) madrugón del día anterior nos lo tomamos con más calma. Ya sabíamos cómo y a dónde dirigirnos para tomar el tranvía 28 que nos subiría al castillo. Tras el pausado desayuno, y con nuestra tarjeta de transporte recargada con su abono diario la tarde anterior, tomamos el metro en Marqués de Pombal hasta Chiado-Baixa (línea azul), donde realizamos un trasbordo a la línea verde para apearnos en Martim Moniz.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando comprobamos que, sin ser todavía las diez de la mañana, la cola para tomar el tranvía daba para varios de ellos. Vista la experiencia del día anterior la decisión se tomó rápidamente: subir andando al Castillo, algo que no nos cogía de sorpresa por ser un clásico en nuestras andanzas por el mundo.

Sin ayuda de planos ni móvil comenzamos a ascender por las callejuelas de la Alfama, imaginándonos que la ascensión al castillo resultaría agotadora. Sin embargo, el azar nos condujo a las inmediaciones del Mercado do Chão do Loureiro, en el que se ubica el segundo tramo del Elevador del Castillo de San Jorge, que conecta la Baixa con los alrededores del castillo.

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No mentiremos. Hay que reconocer que es una muy buena forma de ahorrarnos el esfuerzo de subir a pie hasta Alfama si estamos por esta zona. Cómoda, rápida y gratuita, qué más se puede pedir.

Salimos a la Calçada do Marquês de Tancos, ya a pocos pasos del Castillo. En Costa do Castelo encontramos un par de alas de ángel pintadas en un zócalo que sirvieron para descansar mientras tomábamos una fotografía. Finalmente, la Rúa de Santa Cruz do Castelo nos condujo a este último.

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 El Castelo de San Jorge es un monumento nacional que forma parte de la zona noble de la antigua ciudadela medieval (alcazaba) integrada por el castillo, las ruinas del antiguo palacio real y parte de una zona residencial para las élites.

Empezamos la visita por su mirador que, gracias a su excepcional emplazamiento, sobresale entre los miradores de Lisboa por las vistas únicas y majestuosas de las que nos permite disfrutar.

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También contemplamos los vestigios del antiguo palacio real de la alcazaba. También la zona del Jardín Romántico, donde pudimos ver algunos elementos arquitectónicos que formaban parte de la antigua residencia real. El palacio quedó muy damnificado por el terremoto de Lisboa de 1755.

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Continuamos la visita al castillo, de época islámica, una fortificación construida a mediados del siglo XI ubicado en la zona de más difícil acceso de la cima de la colina y que aprovecha las escarpas naturales al norte y al oeste.

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El castillo tenía como función albergar a la guarnición militar y, en caso de cerco, a las élites que vivían en la alcazaba (ciudadela). No tenía, por tanto, función residencial como ocurre en otros castillos europeos. Conserva 11 torres, de las cuales destacan la del Homenaje, la del Archivo, la del Palacio, la de la Cisterna y la de San Lorenzo, situada a mitad de la pendiente.

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En la segunda plaza se encuentran los restos de antiguas construcciones y una cisterna. Aún es visible en este atrio, en la muralla norte, una pequeña puerta denominada Puerta de la Traición, que permitía la entrada y salida de mensajeros secretos si era necesario.

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El acceso a las torres y al camino de ronda o adarve se realiza a través de tres tramos de escaleras adosados al parapeto de la muralla, uno en el primer atrio y dos en el segundo.

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El yacimiento arqueológico es un conjunto de restos que dan testimonio de tres periodos significativos de la historia de Lisboa. Las primeras ocupaciones conocidas (siglo VII aC), las ruinas de la zona residencial de época islámica (mediados del siglo I) y las ruinas de la última residencia palatina de la antigua alcazaba (destruida por el terremoto de 1755).

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Por último, en la Torre del Archivo se ubica la cámara oscura, un sistema óptico de lentes y espejos que permite examinar minuciosamente la ciudad en tiempo real, sus monumentos y zonas más emblemáticas, el río y el bullicio propio de Lisboa, en una vista que abarca 360º. Sin duda, los veinte minutos de espera merecieron la pena.

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Al salir continuamos la vista al barrio de Alfama. Dada la inclinación de las calles, resultaba fácil comenzar el recorrido desde la parte alta y descender, paseando por el laberinto de callejuelas y descubriendo rincones pintorescos y viejas iglesias, al mismo tiempo que disfrutábamos de vistas panorámicas desde terrazas como la de Miradouro de Santa Luzia.

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Nuestros pasos nos dirigieron a la Sé. Destruida por tres temblores de tierra en el siglo XIV y por el terremoto de 1755, ha sido restaurada varias veces a lo largo de su historia. La catedral actual es una mezcla de diferentes estilos arquitectónicos.La fachada, con dos campanarios almenados y un espléndido rosetón, conserva el sólido aspecto románico.

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 El oscuro interior es sencillo y austero, y apenas recuerda la exuberante ornamentación encargada por el rey João V en la primera mitad del siglo XVIII. Más allá de la nave románica, el deambulatorio cuenta con nueve capillas góticas.

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Antes de comer contemplamos la Casa dos Bicos, decorada con piedras en forma de diamante (bicos), construida en 1523. La fachada es una adaptación de un estilo muy popular en Europa en el siglo XVI. Hoy es la sede de la Fundación José Saramago.

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Habíamos decidido comer en el Mercado da Ribeira, en Cais do Sodré, tras las recomendaciones de una paisana el día anterior en el Monasterio de los Jerónimos. Aunque parecía que estaba cerca de la Praça do Comercio, en la que nos encontrábamos, coger al vuelo un autobús que se dirigía a Cais do Sodré fue una magnífica idea.

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Siguiendo el concepto de los mercados-gourmet que tan de moda se han puesto también en España en los últimos años, el Mercado de la Ribeira acoge pequeñas filiales de algunos de los mejores restaurantes de Lisboa, varios con estrella Michelín.

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En las mesas corridas del Mercado da Ribeira puedes sentarte con comida de cualquier puesto. Cada uno pide los platos que le gusten en cada puesto y se los lleva a cualquiera de las mesas para comer.

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En esta primera visita optamos por Monte Mar, de los dueños del Monte Mar de la Playa de Guincho, uno de los mejores restaurantes de la zona de Cascais. Un par de platos de arroz con pulpo y unas gambas al ajillo de entrante regados con un par de cervezas, una de ellas tirada por la viajera.

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Lo que más nos gustó del Mercado da Ribeira es el concepto, cómo está organizado el consumo de los platos: la parte central cuenta con mesas de madera corridas que se comparten entre todos los puestos, por lo que es un lugar genial para ir con amigos o en pareja y que cada uno disfrute del tipo de comida que prefiera sin tener que cambiar de local.

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Al salir nos dirigimos a la Igreja do Carmo. Tomamos el metro en Cais do Sodré hasta Chiado-Baixa (línea verde), desembocando en la Rúa Garrett de nuevo, la principal calle comercial del Chiado (de hecho, se aprovechó para hacer alguna que otra compra), junto A Brasileira y a la librería más antigua del mundo, por lo menos la primera de entre todas las que aún están en funcionamiento. La librería Bertrand fue fundada en 1732, así que lleva ya más de dos siglos y media de historia. Se creó en el barrio de Chiado, en la calle Loreto, pero tras el terremoto de Lisboa se trasladó a su actual emplazamiento.

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El Museo Arqueológico del Carmen está instalado en las ruinas de la antigua Iglesia del Convento de Santa María del Carmen, fundada en 1389 por D. Nuno Álvares Pereira. Esta iglesia destacó como uno de los más hermosos templos góticos de Lisboa hasta el terremoto de 1755, que provocó grandes daños en el edificio y destruyó casi todo su patrimonio religioso-artístico.

Las obras de reconstrucción, ya en un estilo neogótico experimental, se iniciaron en 1756, siendo definitivamente suspendidas en 1834, de resultas de la extinción de las órdenes religiosas en Portugal, quedando las naves y el transepto sin cobertura y las capillas inacabadas.

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El edificio aún conserva estructuras y elementos primitivos (siglos XIV-XV), entre los que figuran las portadas sur y oeste, así como la zona de la antigua cabecera de la iglesia.

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El Museo Arqueológico guarda y expone importantes piezas escultóricas procedentes de antiguos edificios en ruinas de las casas monásticas extinguidas en 1834 y elementos integrantes del propio templo, descubiertos entre los escombros. Ha ido incorporando a lo largo del tiempo un conjunto de piezas de gran valor que integra obras desde la Prehistoria a la Edad Contemporánea.

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Junto a la iglesia se encuentra un pasadizo que une Largo do Carmo con el Elevador de Santa Justa, 32 metros por encima de su base. Era una gran oportunidad para visitarlo y no la desperdiciamos.

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Este ascensor neogótico fue construido a principios del siglo XX por el arquitecto francés Raoul Mesnier du Ponsard, un aprendiz de Eiffel. Realizado en acero y embellecido con filigranas, es uno de los elementos más extravagantes de la Baixa.

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Accedimos al extremo superior de la torre, ocupado por un mirador, por una estrecha escalera de caracol.

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La altura nos permitió disfrutar de unas espléndidas vistas del centro de Lisboa, incluidos Rossio, la Baixa, el castillo en la colina de enfrente, el río y las cercanas ruinas de la iglesia do Carmo.

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De camino a São Roque contemplados una casa levantada en 1864 en Largo Rafael Bordalo Pinheiro, cuya fachada, decorada de azulejos, representa las alegorías de la Ciencia, la Agricultura, la Industria y el Comercio.

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La sencilla fachada de São Roque esconde un rico interior. La iglesia fue fundada a finales del siglo XVI por los jesuitas.

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En 1742, João V encargó la construcción de la capilla de San Juan Bautista, que fue realizada en Roma. Tras recibir la bendición papal en la iglesia de Sant’Antonio de Portoghesia, fue desmantelada y enviada a Lisboa en tres barcos.

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Entre los muchos azulejos de la iglesia, los más antiguos e interesantes son los de la tercera capilla a la derecha, fechada a mediados del siglo XVI y dedicada a San Roque, protector de las plagas. Otros elementos de la iglesia son las pinturas del techo, que representan escenas del Apocalipsis, y la sacristía.

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Tras la visita nos dimos por satisfechos por lo contemplado (y andado) en la jornada. Dirigimos nuestros pasos hasta la estación de Chiado-Baixa hasta Marqués de Pombal y al hotel.

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Era ya más de media tarde. No habían muchas ganas de volver a la ciudad esa noche. ¿Por qué no repetir unas fries y unas cervezas en el bar del hotel? Pareció una brillante idea.

Una suculenta tempura de camarones se incorporó al menú. Unas risas rememorando «El milagro de P. Tinto» hicieron que pasáramos una agradable velada. Había que descansar. Esperaba otro madrugón para visitar una de las joyas del viaje: Sintra.

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Portugal 2016 (5)

Domingo, 31 de julio. Primer día completo en la capital lisboeta. Belém y el Parque de las Naciones eran nuestros destinos para ese día, para lo que tendríamos que desplazarnos en coche por la ciudad.

Como dice el refrán, «al que madruga Dios le ayuda». Esa buena costumbre que tenemos de madrugar nos evitó un buen rato de espera para visitar el Monasterio de los Jerónimos. Tras el desayuno cogimos el coche y sobre las nueve y media nos encontrábamos en la Praça Império después de haber aparcado en sus inmediaciones.

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La taquilla no abría hasta las diez pero podíamos visitar mientras tanto la Iglesia, que presenta una planta en cruz latina, estando las tres naves a la misma altura, reunidas por una única bóveda con múltiples nervaduras.

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En la entrada se encuentra el coro bajo en el que se sitúan la Capilla Bautismal, la Capilla del Señor de los Pasos y los túmulos del navegador Vasco de Gama y del poeta Luís Vaz de Camões, ambos del siglo XIX, de la autoría de Costa Mota.

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La capilla mayor fue mandada reconstruir por Doña Catarina, esposa de Don João III, en 1571, sustituyendo la original, en estilo manuelino. En ella están sepultados Don Manuel y Doña María en un lado y Don João II y Doña Catarina en otro.

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Tras ser los primeros en adquirir la entrada (conjunta para el Monasterio y la Torre de Belém, otro acierto), comenzamos la visita al Real Monasterio de Santa María de Belém, o de los Jerónimos, mandado construir por el rey Don Manuel I, habiendo sido comenzadas las obras el 6 de enero de 1501.

Y la comenzamos por su claustro, de doble piso abovedado y planta cuadrangular, cuya originalidad reside en la combinación de símbolos religiosos, regios y elementos naturalistas que lo transforman en el mejor ejemplo del estilo manuelino.

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En su planta baja se sitúan las doce puertas de los antiguos confesionarios. El confesor entraba por el claustro y el penitente por la Iglesia, quedando separados por una reja de hierro.

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También la Sala del Capítulo, originalmente pensada para las reuniones capitulares de los monjes, aunque nunca fue utilizada para dicha finalidad. Se terminó en el siglo XIX para acoger perpetuamente los restos mortales de Alesandre Herculano.

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En el ángulo noreste del claustro se yergue una fuente con un león en el centro que era utilizada como lavamanos de los monjes, razón por la cual se sitúa al lado del Antiguo Refractorio.

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El refractorio, construido entre 1517 y 1518 por Leonardo Vaz, posee una bóveda decaída y con múltiples nervaduras. Gruesos cordones de piedra cercan la sala cuyas paredes están revestidas por azulejos del siglo XVIII representando escenas de la Vida de José en Egipto.

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Tras la visita nos dirigimos por la Praça do Império hacia el Monumento a los Descubrimientos.

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El Padrão dos Descubrimientos, de aspecto angular y ubicado a la orilla del río, se levantó en 1960 para celebrar el 500 aniversario de la muerte de enrique el Navegante. Con una altura de 52 metros, Salazar lo mandó construir en honor a los marinos, a los reyes que ofrecieron su mecenazgo y a todos los que participaron en los descubrimientos.

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Tiene forma de carabela, con el escudo de armas de Portugal en ambos lados y la espada de la casa real de Avis sobre la puerta. Lo cierto es que no pudimos admirar como se merece este monumento por encontrarse de reforma.

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Sí que contemplamos la enorme aguja de navegación tallada en el suelo que se encuentra al lado norte del monumento, regalo del presidente de Sudáfrica en 1960. El planisferio central, adornado con galeones y sirenas, muestra las rutas de los descubridores en los siglos XV y XVI.

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Recorrimos a pie la distancia que nos separaba de la Torre de Belém, Patrimonio de la Humanidad, al igual que el Monasterio de los Jerónimos. A esa hora de la mañana la cola para comprar las entradas era impresionante. Por suerte, había una cola reservada a los que ya la habían adquirido…

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Entre 1515 y 1521, Manuel I mandó levantar esta torre defensiva en medio del río. Antiguamente era el punto de embarque para los navegantes que partían a descubrir nuevas rutas marítimas, por lo que esta joya manuelina se ha convertido en símbolo de la expansión de Portugal.

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El exterior de la torre está ricamente decorado: piedras talladas imitando cordajes, balcones abiertos, atalayas moriscas y almenas con forma de escudos.

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El salón gótico debajo de la terraza, antiguo almacén de armas y prisión, es austero, pero las habitaciones privadas merecen ser visitadas por la bella arquería y el panorama que desde ellas se contempla.

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La torre en sí tiene cinco pisos y termina en una terraza. Las plantas se comunican únicamente por una pequeña escalera de caracol en la que tuvimos que esperar un buen rato para bajar por el poco respeto a los semáforos de los visitantes.

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Con tanta visita había que reponer fuerzas y pensamos hacerlo de una forma muy lisboeta. Cerca del Monasterio de los Jerónimos se encuentra los Pasteis de Belém, una pastelería especializada en elaborar el dulce más típico de la ciudad. Esta confitería tiene los Pasteis de Belém como marca registrada, así que en el resto de Lisboa se conocen como Pasteis de nata.

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Antes de comer decidimos, ya que ese día nos desplazábamos en nuestro vehículo, realizar una visita al Parque das Nações, la ubicación original de la Expo’98. Con una arquitectura contemporánea, atracciones dirigidas a la familia y espacios modernos, este parque ha renovado la orilla este que, hasta 1990, fue una zona industrial.

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Lo cierto es que ahora presenta un aspecto casi fantasmal. Contemplamos desde fuera la estación de Oreinte, diseñada por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Tuvimos que andar un largo trecho y sortear varios espacios vallados hasta llegar a la orilla del Tajo y a un enorme pabellón donde se ubicaban varios restaurantes de todo tipo.

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Había llegado, por tanto, la hora de comer. Y elegimos el  Restaurante D’ Bacalhau, pues el que tomamos en Oporto ya era historia. Degustamos unas riquísimas tiras de bacalhau frito c/ arrox de feijão y una espetada de garoupa c/ espianfres e broa para reponer las fuerzas gastadas durante la jornada.

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Tras la comida llegamos hasta la Torre Vasco da Gama, el edificio más alto de Lisboa, que alberga un hotel. Y casi al puente Vasco da Gama, que con sus 17 km es el más largo de Europa. Fue terminado para la citada Exposición Universal de 1998.

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A pesar de la distancia que separa el Parque de las Naciones del hotel llegamos a este en un suspiro. El calor apretada y ya estábamos bastante morenos por el sol que habíamos tomado por la mañana. Decidimos tomarnos un descanso antes de proseguir nuestra visita una vez que bajara un poco el sol.

Nos dirigíamos de nuevo a la Baixa pero no estábamos dispuestos a recorrer de nuevo a pié los dos kilómetros de la Avenida de la Libertad. Por ello, en la estación de metro de Marqués de Pombal adquirimos la Viva viagem, una tarjeta de contacto recargable para movernos en metro, autobús o tranvía.

Hicimos el trayecto hasta Baixa-Chiado (línea azul) y callejeamos por las calles peatonales circundantes a la Rúa Augusta.

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Nuestro destino era la Plaza da Figueira, pegada a Rossio, menos espectacular pero con gran vida social, sobre todo en verano. Y el motivo no era otro de que de ella partía el tranvía 28 que nos conduciría al día siguiente al Castelo de São Jorge.

Pronto llegamos a la plaza, pero el inicio de la ruta del tranvía no se encontraba precisamente en ella. Nos dirigimos a una parada próxima y esperamos un buen rato hasta que al ver un autobús que ocupaba los raíles del tranvía comprendimos que estábamos en el lugar equivocado.

Desistimos de la idea de tomar el tranvía y seguimos paseando. Al llegar a la Praça do Martim Moniz (al norte de Baixa) apareció el tranvía y vimos una enorme cola que esperaba para tomarlo. Aunque llegaron dos, fueron insuficientes para la multitud.

Tras ver los horarios de paso y comprobar que faltaban escasos diez minutos para que volviera a pasar decidimos esperar. Fíate tú de los horarios de paso. Tras una hora en la que la cola fue haciéndose cada vez más larga aparecieron de nuevo los tranvías. Las que habíamos evitado por la mañana en Belém las hacíamos ahora por el dicho trenecito. Menos mal que nos echamos unas risas mientras esperábamos, pensando incluso en el gran negocio que los Hermanos Sevilla estaban dejando pasar por dedicarse a otros menesteres como el tren de la bruja en vez de gestionar la línea 28 del tranvía de Lisboa.

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Menuda cara se le quedó al personal, incluidos nosotros, cuando el primer tranvía aceleró al acercarse a las primeras personas que hacían cola y pasaba de largo. Más de uno pensó que la espera no había servido de nada. Con el segundo hubo más suerte y hasta pudimos sentarnos. Aunque sentarse es un problema, porque hace imposible bajarse del tranvía en cualquier parada que no sea la última.

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Debido a la gran cantidad de subidas y bajadas que hay a lo largo de la línea, sólo los clásicos tranvías Remodelado, originalmente puestos en circulación en los años 30, son capaces de desplazarse por las inclinadas vías. Estos tranvías, que en cualquier otra ciudad estarían en un museo, forman parte integrante de la red de transporte público de Lisboa, y un paseo en el tranvía 28 es una actividad agradable y muy recomendada de la que disfrutar para cualquier persona que visite Lisboa.

El tranvía 28 es la ruta de tranvía más larga que hay en Lisboa, y el recorrido realiza un bucle por la parte este de Baixa, Graça y Alfama antes de encaminarse al oeste, en dirección a Estrela y Campo Ourique. En el primer tramo del viaje el tren serpentea por el distrito de Alfama y pasa por delante de la Catedral Sé y el mirador de Santa Luzia. El tramo entre el mirador de Santa Luzia y el distrito de Baixa es el más concurrido.

Desde Baixa, atraviesa el distrito de cines y teatros de Chiado y el distrito de la vida nocturna de Barrio Alto, donde conseguimos bajarnos del tranvía. Este trayecto de más de media hora había sido suficiente para nosotros. A pesar de los bancos son de madera, de que las vías del tranvía parecen parte de una montaña rusa y de los potentes frenos mandan a los pasajeros rodando por el pasillo, no podíamos decir que la experiencia no hubiera merecido la pena.

No había excesivas ganas de cenar. Pero una cervecita sí que apetecía. Decidimos tomarla en el bar del hotel. La estación de metro Chiado-Baixa estaba muy cercana (en las inmediaciones de A Brasileira) y en poco tiempo desembarcamos en Marqués de Pombal. Eso sí, la última cuesta desde la plaza hasta el hotel se hacía más pesada cada vez que la subíamos.

Realmente nos sorprendió, agradablemente, el bar. Las cervezas fueron acompañadas por unas fries estupendas con su correspondiente mostaza, ketchup y mayonesa, además de los “petiscos” o “cuberto”, los platos que nos ponían sobre la mesa antes de comenzar la comida en los restaurantes, una costumbre portuguesa, que aquí eran una gentileza del hotel.

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Nada más apropiado que este simpático cartel junto a los ascensores de subida a la habitación del hotel…

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Portugal 2016 (4)

Tras abandonar el hotel nos dirigimos a la Plaza del Marqués de Pombal, nuestro punto de inicio y de finalización de la mayor parte de los trayectos por Lisboa.

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Esta rotonda es un nudo de comunicaciones y al lado se encuentra el parque de Eduardo VII, anexo al Intercontinental. En su interior se hallan los invernaderos conocidos como la Estufa Fría.

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Tomamos la Avenida de la Liberdade, un enorme boulevard, que nos acercaba a la Baixa mientras nos conducía, a lo largo de un par de kilómetros, a Restauradores, una plaza de grandes dimensiones con un obelisco que conmemora la independencia de Portugal de España en el siglo XVI. En ella se encuentra un edificio curioso, el teatro Orion Eden que, aunque conserva su fachada original, alberga un hotel.

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También divisamos el Elevador da Gracia, con una buena cola a esa hora de la tarde, que más tarde contemplaríamos desde su extremo superior, y que facilita el acceso al Barrio Alto, en las inmediaciones del Mirador San Pedro de Alcántara.

Prácticamente al lado se encuentra la Plaza del Rossio (o plaza Don Pedro IV), repleta de terrazas, como la del Café Nicola, una de las cafeterías más emblemáticas, y con edificios tan destacados como el Teatro Nacional, la iglesia de Santo Domingo o la estación de tren de Rossio.

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En vez de dirigirnos a la Plaza Figueira y tomar la elegante calle peatonal Rúa Augusta que, a través de un Arco de Triunfo, adentra en la Plaza del Comercio, tomamos otra de las calles gremiales que cruzan la Rúa Augusta, la Rúa Aurea. Esto nos permitió contemplar el elevador de Santa Justa, también abarrotado de visitantes en espera de subir a su parte más elevada.

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Llegamos a la plaza del Comercio. Abierta al Tajo y llena de soportales es una plaza donde destacan la figura ecuestre de José I y el arco de entrada que da acceso a la Rúa Augusta. Divisábamos por vez primera el Puente 25 de abril, que en los próximos días cumpliría sus cincuenta años de edad.

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Muy cerca se encuentra la plaza del Municipio con un rollo o pelourinho donde se colgaba a los condenados para dar ejemplo al resto de ciudadanos.

Estábamos en el Chiado y nos dirigíamos al Barrio Alto. Estos barrios combinan callejuelas empinadas con monumentos, museos, teatros y una agitada vida nocturna que incluye pubs, restaurantes y algunas de las principales casas do fado.

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Paseando tranquilamente encontramos antiguas librerías que huelen a polvo, tiendas de vinilos, galerías y boutiques de ropa artesanal. Sin darnos cuenta nos encontrábamos ante el café A Brasileira, uno de los más tradicionales y emblemáticos. En la terraza, la estatua del poeta Pessoa cobra un protagonismo especial.

Nos sentamos a descansar un poco y a intentar situarnos, pues andábamos un poco desubicados. No diremos que lo conseguimos del todo, pues el plano que llevábamos no tenía el suficiente nivel de detalle. Tras continuar la marcha nos encontramos ante la Iglesia de San Roque.

Cuando nos ofrecieron la posibilidad de cena con fado en el Café Luso supimos que nos encontrábamos en el barrio Alto, uno de los principales centros de ocio nocturno de la ciudad. No era nuestra idea para esa noche, pero nos dejamos llevar por su ambiente bohemio mientras buscábamos un lugar para cenar.

Al final nos sentamos en el Restaurante Cocheira Alentejana, en Tv. do Poço da Cidade, donde tomamos unas sardinas a la plancha y pulpo, regado con cerveza y un par de copas de vino verde.

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Tras la cena seguimos callejeando por el barrio, ya muy concurrido, para volver a la Iglesia de San Roque. Teníamos claro que no íbamos a desandar el camino de esa tarde para volver al hotel, por lo que decidimos buscar una ruta alternativa.

En nuestro camino de vuelta divisamos de nuevo el Elevador da Gracia, ahora en su parte alta, y el Mirador San Pedro de Alcántara, que nos ofrecía unas espectaculares vistas nocturnas de Lisboa.

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Caminábamos por la Rúa Dom Pedro V primero y por la Rúa da República después, pasando ante el Museo Nacional de Historia Natural y el Jardín Botánico. Ahora sí con ayuda del plano llegamos al hotel, no sin antes pasar ante la puerta de la Federación Portuguesa de Fútbol, que debería haber estado de celebración unos días antes por la victoria de Portugal en la Eurocopa celebrada este verano.

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Para ser el primer contacto con Lisboa no había estado mal. Una buena caminata y una visión bastante completa de los principales barrios de la ciudad, que volveríamos a visitar con más detenimiento en los próximos días. Tocaba descansar.

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Portugal 2016 (3)

Sábado, 30 de julio. Es de las primeras veces que nuestro viaje ha coincidido con fin de semana. Tocaba traslado de Oporto a Lisboa. Otro estupendo desayuno nos dio fuerzas para el checking out. Tras sacar el coche del parking, donde había descansado de la paliza de viaje del jueves, en pocos minutos estábamos en la autopista A1.

La idea inicial era dirigirnos a Aveiro esa mañana, pero ya la habíamos visitado de camino a Oporto. Coimbra, por lo tanto, era el objetivo. Cuna de seis reyes y sede de la Universidad más antigua de Portugal, Alfonso Henriques, primer rey de Portugal, decidió en 1139 desplazar hasta aquí la capital, honor que retuvo hasta 1256.

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Tras dejar el coche en las inmediaciones del Ponte de Santa Clara, sobre el Mondago, nos dirigimos a Largo da Portagem, tomando la Rúa Ferreira Borges, flanqueada por tiendas, bares, restaurantes y pastelerías.

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El restaurado Arco de Almedina, del siglo XI, es la entrada al casco antiguo de Coimbra. Junto a él, la Torre de Anto, cuyos ventanales renacentistas y medallones son del taller del siglo XVI Jean de Rouen.

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Ascendíamos por un laberinto de empinadas callejuelas hasta la colina, en las que se abundan las repúblicas, residencias de estudiantes desde la Edad Media.

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Pronto nos encontramos frente al pórtico de una de las dos catedrales de Coimbra, la Sé Velha, a la que accedimos. La catedral vieja ha estado siempre, desde época visigótica, enclavada en el mismo lugar. De la basílica anterior (del siglo X) destruida en 1117, apenas queda una piedra votiva fundacional que pudimos ver en el interior del templo.

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El que hoy visitamos es una construcción iniciada en 1162 por el obispo Miguel Salomáo, con el apoyo del ya citado primer rey de Portugal. La iglesia, que era abierta al culto en 1184, fue construida en estilo románico, según el proyecto del Maestro Roberto, arquitecto francés, y es una auténtica “iglesia fortaleza”.

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Iniciamos la visita por su claustro, obra excepcional del estilo gótico primero, iniciada en fecha próxima al año 1218 y costeada con fondos personales del rey de Portugal, Alfonso II.
Tras la foto de rigor de los universitarios de Coimbra, admiramos sus rosetones, todos diferentes, así como los capiteles de las columnas.

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En su interior se encuentra la Capilla de Santa María y la Capilla que fue de Santa Catalina y después de San Nicolás. También la losa sepulcral del obispo Alfonso de Castelo Branco y el túmulo de Sesnando, primer gobernador de Coimbra.

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En el interior de la catedral, pilares cuadrados condujeron nuestra visita por la nave hacia la Capilla Mayor, magnífico retablo de transición entre los siglos XV y XVI, de estilo gótico final flamígero. Se trata de un trabajo el retablo sobre el altar, obra de artesa encomendado por el obispo Jorge de Almedia a los maestros flamencos Olivier de Gand y Jean d’Ypres.

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Junto a ella, la Capilla del Santísimo Sacramento, de estilo renacentista, fechada en 1566, obra magistral de Juan de Rouen. Su retablo está considerado como una verdadera acta del concilio de Trento.

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Todavía quedada un buen tramo de subida hasta la Universidad de Coimbra. Existe cierto consenso al considerar el 1 de marzo de 1290 como la fecha de la fundación de la Universidad. Los “Estudios Generales” se alternaron entre las dos principales ciudades de aquel entonces, Coimbra y Lisboa Después de tres siglos deambulando, en el año 1537, Don Juan III establece la Universidad definitivamente en Coimbra.

La Porta Férrea, construida en 1634 y flanqueada por figuras que representan las distintas facultades, nos dio acceso al espectacular Patio das Escolas en el que se ubica la Rectoría, la Capilla de San Miguel y la Biblioteca Joanina, además del campanario, símbolo de la Universidad.

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Entrando en el Patio podemos ver en el lado derecho, la Via Latina (balcón de columnas y alteradas en la segunda mitad del siglo XVIII).

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En el centro de la Via Latina hay unas escaleras rematadas con un frontón. En el centro se puede observar un medallón con figura de D. José I.

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A través de ella Via Latina se accede a la Rectoría y sus dependencias, reformuladas en gran parte, en la Reforma Pombalina de 1772 durante el rectorado de D. Francisco de Lemos.

En ella se encuentra la Sala de los Capelos, la principal sala de Universidad de Coimbra, donde se realizan las más importantes ceremonias de la vida académica. Seguramente fue el primitivo salón del Palacio restaurado por el mestre Marcos Pires.

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A mediados del siglo XVII, la Sala de los Capelos fue definitivamente transformada por el mestre constructor António Tavares. En el inicio del siglo XVIII, hubo nuevas obras dirigidas por Gaspar Ferreira que restauró las coberturas y reforzó las paredes, cerrando ventanas, balcones y puertas manuelinas.

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La pintura del techo es de la autoría de Jacinto Pereira da Costa. Todas las otras obras de pintura son de cerca del año de 1655, por Inácio da Fonseca y Luís Alvares.

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Antes de volver al patio contemplamos la Sala do Exame Privado, donde se realizó la primera reunión entre el rector y los profesores en 1537. En ella pudimos ver distintos cuadros con retratos de los rectores pasados de la Universidad y los emblemas de las facultades.

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A continuación accedimos a la Capilla de San Miguel, construida por el Infante D. Henrique, que acompañó la trasferencia efectiva de la Universidad para Coimbra. Cuando la Universidad adquirió el Palacio Real de la Alcazaba, adquirió igualmente la Capilla, manteniéndola bajo privilegio real.

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El revestimiento con azulejos de la capilla-mor data de 1613, así como el altar-mor. El interior ha sido totalmente revestido con azulejos de tipo “alfombra”. Todos los ejemplares cerámicos han sido fabricados en Lisboa en el siglo XVII.

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El órgano barroco con la caja decorada con motivos chinos, similares a los que se pueden observar en las estantes de la Biblioteca Joanina, es autoría de Gabriel F. da Cunha en 1737. Contiene cerca de 2.000 tubos y fue una compra patrocinada por D. João V.

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Teníamos fijada la visita a la Biblioteca Joanina a las 13’20 horas. Quedaba algo de tiempo para descansar e hidratarnos.

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La Casa de la Librería, una obra prima del Barroco, fue edificada bajo patrocinio de D. João V y se designa como Biblioteca Joanina en homenaje a su autor.

Diseñada como un paralelepípedo dispuesto en altura (para superar la diferencia de altura), que se adjunta a la misma altura de la Capilla, abre para el patio el piso principal, al que corresponden las salas nobles, y al cual se accede por un portal monumental, como un arco del triunfo, flanqueado de columnas jónicas y en el medio un opulento escudo real.

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En su interior contemplamos una sucesión de tres grandes salas que se comunican, revestidas de estanterías exhaustivamente decoradas con motivos chinos. Tienen un fondo alternado de verde, rojo y negro realizados por Manuel da Silva que produce, simultáneamente, un efecto de armonía y variedad, con lo cual contribuye también el impacte decorativo del piso y del techo y las opulentas alegorías al triunfo de la Universidad, diseñados por António Simões Ribeiro y Vicente Nunes.

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Dotada de ejemplares de las más raras colecciones bibliográficas, la Biblioteca Joanina presenta una grande variedad de colecciones de los siglos XVI, XVII y XVIII que representan de lo que mejor se producía en la Europa culta de esos tempos.

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Según cuentan, los libros cuentan con un aliado en el combate diario por la conservación. En el interior de la biblioteca habita una colonia de murciélagos, que, durante la noche, se va alimentando de los diversos insectos que por aquí aparecen, manteniendo todos estos volúmenes a salvo de sus ataques.

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Se nos había echado encima la hora de comer. El copioso desayuno de Oporto se había esfumado y comer donde teníamos pensado, en el centro de Coimbra, suponía hacerlo muy tarde. Casi por azar descubrimos el comedor universitario de la Facultad de Derecho. No nos pareció mala idea. No había bacalao pero el menú era variado y la comida resultó estar bastante bien.

Tras ella, nos dirigimos a la Sé nova. Una boda (con dron) impidió una visita más extensa y pausada. Esta iglesia fue fundada por los jesuitas en 1598. Aunque la orden fue suprimida por el marqués de Pombal en 1759, la iglesia se convirtió en sede episcopal en 1772.

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Abandonamos el casco antiguo de nuevo por el Arco de Almedina. Pronto accedimos a la Praça do Comercio, en una de cuyas esquinas se alza la Iglesia de Sáo Tiago.

La Rúa Ferreira Borges nos condujo a la Praça 8 de Maio y a la Iglesia de Santa Cruz, en la que están enterrados los dos primeros monarcas de Portugal, Alfonso Henriques y Sancho I.

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Fundados en 1131, la iglesia y el monasterio de Santa Cruz son ricos ejemplos de la escuela de escultura de la ciudad en el siglo XVI. Los relieves de Nicolau Chantreréne y Jean de Rouen adornan el Portal da Majestade de la iglesia, diseñado por Diogo de Castilho en 1523. La sala capitular es de estilo manuelino, como el Claustro do Siléncio y las sillas del coro, tallas en 1518.

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Nos quedaba visitar la otra orilla del Mondago, donde se ubican los dos conventos de Santa Clara, y a ella nos dirigimos.

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De ellos nos centramos en el Convento de Santa Clara-a-Velha, el lugar donde se enterró a la reina Isabel, mujer de Dom Dinis. Por las continuadas inundaciones que sufrió durante siglos, el convento se trasladó a un nuevo edificio, el Convento de Santa Clara-a-Nova.

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El convento inundado fue recuperado a finales del siglo XX. Llama mucho la atención lo bien conservado que está un edificio que estuvo parcialmente sumergido.

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Si queríamos aprovechar algo de tarde en el primer contacto con la capital lisboeta había que iniciar la partida. Pronto nos encontramos de nuevo en la A1 y recorrimos el trayecto que nos separaba de Lisboa, accediendo al hotel fácilmente gracias a las diligentes indicaciones de la Stra. Garmin.

Llegamos al InterContinental Lisbon pasadas las cinco de la tarde. Tras acomodarnos en nuestra habitación nos preparamos para patear Lisboa.

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Portugal 2016 (2)

Viernes, 29 de julio. Era nuestro último día en Oporto y había que aprovecharlo. Desayunamos «opíparamente» en el hotel (un gran buffet, variadísimo y completo, muy recomendable) antes de dirigimos a nuestro primer objetivo de la mañana, la Sé.

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A ella accedimos directamente y no bajando hasta la estación para subir después a la catedral, aprovechando para contemplar algunos de los escasos fragmentos que se conservan de la muralla fernandina, llamada así por Fernando I, y que fue construida en el siglo XVI.

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Construida como iglesia fortaleza en los siglos XI y XII, la catedral se ha modificado en numerosas ocasiones. Del siglo XII se conserva un rosetón en la fachada oeste. En la pequeña capilla se ve un retablo de plata salvado de la invasión francesa de 1809 por un falso muro construido para ocultarlo.

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La mayor parte de la catedral es barroca, aunque la estructura de la fachada y el cuerpo de la iglesia son románicos, y el claustro y la capilla de San Juan Evangelista son de estilo gótico. En su interior, las grandes columnas hacen que aumente la sensación de estrechez y altura de la nave central. Se trata de una decoración muy sobria y las paredes están desnudas, exceptuando el altar mayor y algunas capillas de estilo barroco.

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El crucero da acceso a los claustros del siglo XIV y a la Capela de Sáo Vicente. La escalinata del siglo XVII es obra de Niccola Nasoni. Los paneles de azulejos relatan la vida de la Virgen y las Metamorfosis de Ovidio. Los universitarios de Oporto aprovecharon para hacernos una fotografía junto a ellos.

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Al salir paseamos por el Terreiro da Sé, una amplia plaza abierta en cuyo centro se ubica una columna que era utilizada para colgar a los criminales, pudimos disfrutar de unas vistas privilegiadas de la ciudad, del río Duero y de las bodegas que se encuentran a su vera.

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Por una escalinata accedimos a la Iglesia de San Lorenzo dos Grilos, que comenzó a construirse en el siglo XVI pero no se vio terminada hasta el siglo XVIII. Aunque es una iglesia que no destaca por su tamaño, su sencillez hace que sea una visita agradable ya que, a diferencia de la mayoría de las iglesias de Oporto, siempre decoradas de forma excesiva, la Iglesia de los Grilos tiene las paredes prácticamente desnudas, dejando a la vista la gran cantidad de piedras que componen la iglesia.

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Callejeamos por el concurrido Barredo, un barrio que parece no haber cambiado desde la Edad Media, donde los balcones de las casas se asoman a la empinada colina formando un laberinto de antiguas callejuelas, hasta llegar a la Rúa Ferreira Borges, en la que se ubica el Palacio da Bolsa. Tuvimos suerte porque faltaban pocos minutos para la siguiente visita guiada y, además, sería en español (como anécdota, el primero que compra la entrada para una visita elige el idioma de la misma).

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Los comerciantes de la ciudad edificaron la Bolsa en 1842. Este Tribunal do Comercio, donde se defendía el derecho mercantil en oporto, posee gran interés histórico.

En el interior de este edificio Neoclásico encontramos al inicio de la visita el gran patio central, o Patio de las Naciones, cubierto por una estructura de vidrio que deja entrar una gran cantidad de luz en el palacio.

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Tras subir por una preciosa escalera de granito y mármol, en la segunda planta recorrimos varias habitaciones: la Sala Dorada, cubierta con pan de oro; la Sala de las Asambleas Generales, con un estucado que asemeja estar cubierta con madera; y la más espectacular, la Sala Árabe, un gran salón con galería de más de 300 metros cuadrados, decorado con arabescos azules y dorados, que se inspira en la Alhambra de Granada.

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La Iglesia de San Francisco está anexa al Palacio y a ella nos dirigimos. Los frailes franciscanos comenzaron a construirla en el año 1245. Más tarde tuvo que ser reformada tras el incendio que destruyó el antiguo claustro y parte de la iglesia. Aunque los orígenes de esta iglesia son románicos, posteriormente fue transformada al estilo gótico y más tarde adquirió decoración barroca.

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Comenzamos la visita por las catacumbas, escondidas bajo el suelo de la Iglesia, un lugar donde se encuentran enterrados muchos de los hermanos de la orden de los franciscanos así como algunas de las familias nobles de la ciudad.

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El interior de la iglesia tiene tres naves revestidas con tallas doradas, en las que se cree que se emplearon más de 300 kilos de polvo de oro. Tanto es el oro que reviste la iglesia que, años atrás, fue cerrada al culto por ser demasiado ostentosa para la pobreza que la rodeaba.
En la nave lateral izquierda se encuentra uno de los mayores atractivos de la iglesia, el Árbol de Jesé, una escultura de madera policromada considerada una de las mejores del mundo en su género.

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Sin darnos cuenta volvíamos a encontrarnos en la Plaça da Ribeira. Decidimos hacer entonces el crucero de los seis puentes. A las doce y media embarcamos en el San Telmo para navegar por el Duero desde el puente de Arrábida, el más largo de la ciudad, situado junto a la desembocadura del río, hasta el puente de Freixo, situado en el extremo este de Oporto, en un agradable y relajante paseo.

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Además de los anteriores, cruzamos el puente de Don Luis I (del siglo XIX y con 385 metros, el más espectacular y conocido de Oporto), el puente del Infante don Enrique (construido en 2003), el puente de María Pía (diseñado por Théophile Seyrig, socio de Gustave Eiffel, en 1873) y el puente de Sao Joao (solo para trenes).

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Y como no solo de puentes vive el hombre, durante el paseo también disfrutamos de las mejores vistas de Oporto, incluido el Ascensor da Ribeira, y Vila Nova de Gaia.

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Tras desembarcar comprobamos que era hora de comer. Pero en Portugal parece que es costumbre comer temprano y todos los restaurantes de la plaza (incluido el turístico Chez Lapin) estaban a rebosar a esta hora del día. Cubiertas, de momento, las necesidades de bacalao, nos dirigimos a una coqueta pizzería, Dona Antónia, en la Rúa do Infante D. Henrique, que habíamos avistado por la mañana al finalizar la visita a la Iglesia de San Francisco, donde repusimos fuerzas para continuar la jornada vespertina.

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Tras la comida decidimos dirigirnos andando a Vila Nova de Gaia. Para ello tuvimos que atravesar a pie el Ponte de Dom Luis I para llegar hasta Vila Nova de Gaia, desembocando en la Avenida de Diogo Leite, paralela al río, donde todas las bodegas se suceden durante varios cientos de metros.

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Casi habíamos olvidado la idea de visitar una de ellas, obligada para los turistas que llegan a Oporto. Habíamos planeado la visita a la más que conocida Ferreira, pero la visita al Palacio da Bolsa nos había metido en la cabeza el nombre de uno de sus grandes presidentes, dueño a la vez de las bodegas Cálem. Y a ella, la primera con la que te encuentras, nos dirigimos.

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Había prevista una visita guiada en español para unos cuarenta minutos más tarde y decidimos hacerla para que no nos faltara nada de lo “más típico”. Aprovechamos para pasear por la orilla del río contemplando las vistas de Oporto desde el otro lado y para tomar un refrescante helado pues, aunque no hacía excesivo calor, sí que padecíamos un sol de justicia.

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A la hora fijada realizamos la visita. La bodega cuenta con un pequeño museo propio, en el que comienza la visita guiada, donde conocimos la región del Duero y cómo se produce el vino en esta empresa, además de su historia a lo largo de dos siglos. Después visitamos las propias bodegas donde envejecen los vinos, protegidos de la luz y del aire. Por último, realizamos la degustación de dos de sus vinos, un Oporto Tawny y otro White.

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Decidimos volver a descansar al hotel antes de concluir nuestra visita a la ciudad por la noche. Y qué mejor ocasión que tomar el famoso Funicular dos Guindais, que comunica la Ribeira, a la orilla del río, y el barrio de Batalha, situado en la parte alta de Oporto. Durante el corto recorrido pudimos contemplar el Puente de Luis I, la muralla medieval de Oporto y la gran cantidad de bodegas que llenan de encanto la orilla del río Duero, una de las cuales acabábamos de visitar.

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Preparados de nuevo para salir nos dirigimos ahora a las concurridas calles de la zona alta de la ciudad. Dejando la Rúa 31 de Janeiro a mano izquierda llegamos a la Rúa Santa Catarina, una de las principales arterias comerciales de la ciudad. Avanzando por ella encontramos el afamado Café Majestic. Bajando ahora por la Rúa de Fernándes Tomás vimos los exteriores del Mercado do Bolhao, cerrado a estas horas de la tarde. La rúa Formosa nos condujo a la Avenida de los Aliados y decidimos intentar la visita a la Librería Lello e Irmao, muy concurrida por turistas y curiosos a esta hora del día, la del cierre, encontrándose además en obras.

Buen momento para tomar una copa de vino acompañada de una no muy copiosa cena antes de volver al hotel. Había que dejar casi recogido el equipaje pues a la mañana siguiente abandonábamos esta bonita y acogedora ciudad.

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Portugal 2016 (1)

Tras viajar los dos últimos años a Europa (Florencia-Venecia en 2014 y Praga-Budapest en 2015), los ánimos (algunos de ellos) no estaban esta vez para esperas en aeropuertos y vuelos en avión. Por ello, el destino de nuestra escapada ha seguido siendo europeo pero peninsular, cambiando las esperas y los vuelos por kilómetros y kilómetros de autovía (ya conoces el anuncio… ¿te gusta conducir?).

A las seis menos cuarto de la mañana del 28 de julio ya estábamos en camino hacia Oporto. Según los cálculos, 972 kilómetros, que luego serían algunos más. El primer inconveniente vino de la mano de la “Señorita Garmin”. Confiábamos en ella más que nunca y por este motivo habíamos actualizado toda la cartografía (la última vez que la utilizamos para ir a Jumilla casi terminamos en Lobosillo). Una vez en funcionamiento comprobamos que no sabía ni dónde estaba. Le llevó lo suyo situarse correctamente y comenzar a marcarnos nuestra ruta hacia Portugal.

Del “¿paramos en La Roda?” (interrogación) pasamos al “paramos a treinta kilómetros de Salamanca” (afirmación) es un abrir y cerrar de ojos. Llegamos a Ciudad Rodrigo (lugar donde teníamos previsto comer) mucho antes de la hora de comer, lo que nos obligó a cambiar de planes. Planeamos comer en Aveiro a costa de desviarnos algo de nuestra ruta hacia Oporto y a pesar de que teníamos pensado visitar “la Venecia portuguesa” el día de nuestro traslado a Lisboa.

Sabíamos que nuestra entrada a Portugal se realizaría por la autopista A25, de peaje electrónico (qué gran invento de nuestros vecinos portugueses), y habíamos estudiado varias veces el tema. También sabíamos que el “Easytoll” se adquiría en el área de servicio de Alto de Leomil. Pero lo que no sabíamos es que se encontraba a nueve kilómetros de la frontera ya en territorio portugués.

Tras llegar a Fuentes de Oroño (en España) y pasar a Vilar Formoso (ya en Portugal) cogimos la autovía y aquí vino la primera frase para el recuerdo de este viaje: “Nos hemos metido”, dadas las reticencias del conductor a meterse en la autopista sin solucionar el tema del peaje.

Tras ganar una hora al cruzar la frontera llegamos a Aveiro a buena hora para comer. Dejamos el coche en el parking del centro comercial “Forum” por su cercanía a la Praça Humberto Delgado, en pleno centro de la ciudad, junto al canal central.

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Aveiro es una pequeña población, importante puerto de mar en el pasado. Sus salinas fueron creadas por la condesa de Mumadona en el año 959 dC. En el siglo XV era una próspera localidad gracias a la sal y a los bacalhoeiros que pescaban el bacalao en Terranova. Cuando las tormentas enarenaron el puerto en 1575, su riqueza se desvaneció de la noche a la mañana y la ciudad languideció junto a una insalubre laguna, la ría. Hasta el siglo XIX no recuperó su antigua prosperidad y en la actualidad es una ciudad industrial. La ría y sus canales le dan su personal carácter.

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Tras pasear por la orilla del canal central, donde navegaba un buen número de góndolas a esa hora del día, nos dirigimos al centro de la ciudad y decidimos (no todos) comer cochinillo (una de las pocas veces que tomamos carne en todo el viaje) en un restaurante de la Praça 12 de Julho, cerca de la Igreja da Vera Cruz.

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Después de la comida nos dirigimos por la Rua de Coimbra a la Praça da Republica, que data del siglo XVI, en la que se encuentra el Ayuntamiento (Paços do Concelho) y la Igreja da Misericordia, con su fachada de azulejos que enmarca en un espléndido pórtico marienista.

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Cogimos el coche (tras solventar el misterio de la ficha verde del parking) para llegar de una vez a nuestro destino original. La Stra. Garmin nos condujo al hotel (NH Boutique Porto Batalha) con una gran maestría pero tuvimos que dar una pequeña vuelta por Oporto debido a que la Plaça da Batalha estaba totalmente fortificada con carriles de tranvía y pivotes de metal.

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Tras el checking in decidimos darnos una sesión de spa en las instalaciones del hotel. Un baño turco y un relajante chapuzón en la piscina sirvieron para descansar cuerpo y mente después de 1.010 kilómetros de viaje.

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A las seis de la tarde estábamos listos y preparados para comenzar nuestra visita a la ciudad. De todos es sabido que nuestros primeros contactos con las ciudades que visitamos están caracterizados por la “avidez”. Avidez de ver y ver calles y monumentos.

Teníamos el tiempo justo para dirigirnos a la Igreja dos Clérigos y su monumental torre, un inconfundible punto de referencia de la ciudad, aunque todavía no la controlábamos más que en plano y en Google maps. Sin embargo, comprobamos que el centro de Oporto era fácil de recorrer (eso sí, bajando y subiendo calles para ser la primera vez) y la encontramos sin dificultad.

La Hermandad de los Clérigos nació en 1707, fruto de la unión de tres Cofradías de Oporto, para ejercer obras de piedad y de caridad. En 1753 se invitó al arquitecto italiano Nicolau Nasoni para diseñar y construir la nueva sede, iniciándose el trabajo en 1754.

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La iglesia, construida el conjunto en el siglo XVIII, entre 1732 y 1749, es parte de la obra más emblemática de Nasoni. Se distingue por su nave elíptica y su altar principal, en el que predomina un trono de mármol policromado, coronado por la estatua de la patrona, Nuestra Señora de la Asunción.

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Nasoni fue capaz de combinar brillantemente granito, mármol y dorado, haciendo de la iglesia y de todo su conjunto arquitectónico uno de los templos más bellos de función barroca.

La Torre de los Clérigos abrió sus puertas en 1763, convirtiéndose en el campanario más alto de Portugal y uno de los edificios más altos del país, con más de 75 metros de altura. En el siglo XIX era disparado un mortero desde la torre para anunciar el mediodía a la ciudad, y servía también como un punto de referencia para guiar a los barcos que llegaban al Duero. Fue además telégrafo comercial y punto estratégico para luchas militares y políticas.

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Tras subir sus 240 escalones de la torre disfrutamos de las primeras fantásticas vistas de Oporto y de Vila nova de Gaia en un recorrido que se extiende desde el río hasta el mar.

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Nos dirigimos a continuación a la Igreja do Carmo, ejemplo típico del portugués barroco diseñada por el arquitecto José Figueiredo Seixas. La iglesia se construyó entre 1750 y 1768, y una de sus características más destacables es el panel de azulejo azul de una de sus paredes exteriores. Creado por Silvestro Silvestri describe la legendaria fundación de la orden carmelita como una comunidad de ermitaños del Monte Carmelo en Israel.

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De vuelta al centro, un moderno centro comercial nos privó de pasear por la rúa das Carmelitas, en cuyo número 144 se encuentra la Librería Lello e Irmao, una librería de ensueño, según cuentan, que ha servido de escenario para rodar algunas escenas en películas como Harry Potter.

Nuestros pasos nos condujeron a la Avenida dos Aliados, que recorrimos completamente hasta la Camara Municipal.

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De ahí a la Estación de Sáo Benito, emplazada sobre un antiguo monasterio. En su interior pudimos contemplar los espléndidos murales de azulejos de Jorge Colaço que representan escenas históricas, de los transportes y de las fiestas rurales.

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Estábamos en la parte alta de la ciudad y decidimos dirigirnos a la Plaça da Ribeira, en la orilla del Duero. Las calles por las que bajábamos nos condujeron al Jardim do Infante Dom Henrique en cuyas inmediaciones se ubican el Palacio da Bolsa y Sáo Francisco, que visitaríamos al día siguiente.

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Nuestro primer contacto con el Duero nos permitió contemplar todas las bodegas de Vila Nova de Gaia y un sinfín de coquetos restaurantes casi sobre el río.

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También contemplamos por primera vez el Ponte de Dom Luis I, una de las estampas más conocidas de Oporto.

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Admiramos por primera vez el entorno de la concurrida plaza antes de sentarnos a comer (el cochinillo y la ensalada habían pasado a mejor vida hace ya algún tiempo).

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El objetivo estaba claro: bacalao. Lo tomamos al horno en Terreiro, al lado de la Casa do Infante, a escasos metros del río.

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Ya repuestos, quedaba una bonita subida para bajar la cena hasta el hotel, recorriendo las principales calles del centro de Oporto.

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Para ser el primer día no había estado mal. Tocaba descansar que al día siguiente nos esperaba una larga e interesante jornada.

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Aínsa-Sobrarbe 2015 (y 3)

La noche del 12 al 13 de agosto vio como tres tormentas cruzaban las inmediaciones de Aínsa, una de ellas bastante virulenta. Habría que esperar a mejor ocasión para disfrutar de las lágrimas de San Lorenzo.

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Esa mañana amaneció con un cielo totalmente nublado. Sin embargo, después del desayuno, se abrieron varios claros y nos animamos a no perder la mañana hasta que llegara la hora de comer en Aínsa con nuestros sobrinos Aramar y David.

De las diferentes opciones de senderismo que teníamos optamos por los miradores de Revilla sobre la garganta de Escuaín, para poder admirar las paredes de Castillo Mayor.

Tras coger el coche, tomamos la A-138 y giramos en una carretera estrecha señalizada hacia Tella, la Ruta de las Ermitas, la Garganta de Escuaín y los Miradores de Revilla.

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Después de unos 5,7 kilómetros la carretera se bifurca, tomando dirección Revilla, a la izquierda. Al final de esta estrechísima carretera, a unos 6,6 kilómetros, está el pueblo de Revilla. En la entrada del pueblo hay un pequeño rellano para aparcar, donde dejamos el coche.

La senda sigue una faja sobre el río Yaga, con muy poco desnivel, aunque el terreno estaba muy húmedo como consecuencia de las lluvias caídas esa noche. En sus primeros metros pasa junto a los muros de antiguas terrazas de cultivo. Después de algunos minutos de marcha, sin perder ni ganar altura se llega al barranco de Consusa.

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Atravesamos su cauce y un poco más allá encontramos un pequeño collado enmarcado a su izquierda por un gran peñasco, que antiguamente era el lugar donde la gente de Revilla acudía para comunicarse cuando era necesario con los de Escuaín.

Continuamos y nos encontramos el primer mirador, situado a 1.200 metros de altitud y totalmente encharcado, desde donde podemos contemplar espectaculares vistas de la Garganta de Escuaín. En el fondo de la garganta podíamos ver el río Yaga. En el lado opuesto, el Castillo Major coronaba las laderas y a la izquierda se levantaban los picos de la Cotiella.

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Al ver a la derecha unas paredes rojizas y extraplanadas nos salimos del camino para ver los restos de la ermita de San Lorenzo, que en la actualidad está en ruinas, pero en la roca quedan numerosas inscripciones y símbolos religiosos.

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Más tarde encontramos una señal que marcaba el camino hacia Revilla. Tomamos la senda que continuaba hacia arriba. Después la subida en fuerte pendiente a través un bosque llegamos a una zona abierta, La Loresa, con unas fabulosas vistas sobre la garganta del rio Yaga y de las montañas.

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Al final llegamos al segundo mirador, con una vista espectacular sobre la confluencia del barranco de Angonés y la garganta del río Yaga. Al fondo se distingue la cascada de la Fuente de Escuaín. La Sierra de Revilla se levanta encima del  barranco de Angonés.

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Desde estos miradores podemos admirar el curioso fenómeno de la inversión térmica que se produce en estos cañones del Alto Aragón, donde las encinas y las hayas han cambiado los «papeles» pues las primeras se hallan en las zonas altas y las segundas en las zonas bajas al resguardo de la humedad y el sombreado microclima que producen las altas paredes.

Retrocedimos sobre nuestros pasos y regresamos al aparacamiento.

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Al llegar de nuevo a la primera bifurcación giramos a la izquierda en dirección a Tella. Antes de llegar nos encontramos con el dolmen de Tella (dolmen Losa La Campa o Piedra Vasar).

Situado en la parte noroeste de la planicie, se erige este dolmen de cámara simple rectangular abierta al sureste, que presenta una curiosa asimetría entre sus piedras de roca caliza, lo que provoca un interesante efecto dinámico.

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Está compuesta por una losa de cubierta y seis ortostatos laterales situados uno en los lados este y oeste y dos en cada lado norte y sur. En la abertura tiene otra pequeña losa a modo de entrada.

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Tella es un pueblo de alta montaña esculpido en piedra y losa, a 1. 380 m de altitud. Su caserío está trazado en torno a una calle principal mirando al sur para aprovechar las máximas horas de sol, al norte protegido por un murallón rocoso para protegerse del viento.

Contemplamos su ermita románica y el museo dedicado al oso de las cavernas. No había tiempo para la ruta de las ermitas, un bonito paseo circular que sale y termina en la Iglesia de San Martín (siglo XVI) en Tella. Nos contentamos con ver a lo lejos la ermita de San Juan y Pablo enclavada bajo la peña del mismo nombre, consagrada en 1019.

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Volvimos al hotel para cambiarnos de ropa y dirigirnos a Aínsa. Las retenciones que provoca el cruce de calles sito en esta localidad llegaban hasta al hotel. Nos armamos de paciencia y conseguimos llegar al parking situado junto al Castillo fortaleza algo después de la una y media del mediodía.

Aramar y David ya nos esperaban allí. Teníamos tiempo de pasear por las calles de Aínsa antes de comer. Lo hicimos en primer lugar por el Paseo o Camino de Ronda y, más tarde, por la Plaza Mayor y las calles del casco antiguo, que parten de la Plaza y se unen, antes de llegar a la puerta del recinto amurallado, en la plaza de San Salvador, donde todavía se aprecian los restos de la iglesia de San Salvador (siglo XI) y la fachada de casa Latorre que alberga el Museo de Oficios y Artes Tradicionales.

Salimos al mirador del Cinca para observar el paisaje y la ubicación de Aínsa sobre el río, con el embalse de Mediano al fondo.

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Siguiendo la calle Mayor pudimos observar varias fachadas importantes (casa Arnal, casa Bielsa), mientras que en la calle Pequeña (o Santa Cruz) encontramos edificaciones más modestas y la iglesia de Santa María.

Nos dirigimos al restaurante donde habíamos efectuado la reserva. Sentados en la mesa, pudimos disfrutar no sólo de la comida sino de la buena compañía de la familia, compartiendo vivencias y experiencias pasadas y presentes.

Tras abandonar el restaurante David tuvo la brillante idea de dar un paseo que ayudara a bajar la copiosa comida. Y el destino elegido no podía ser mejor: la Cruz Cubierta, situada a 1,5 kilómetros aproximadamente del castillo.

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Se trata de un pequeño templete circular construido en 1655. En su interior, sobre un altar, está la carrasca coronada con la cruz; que conmemora la  reconquista de Aínsa, en el lugar donde, según la leyenda de “La Morisma”, se libró la batalla.

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Aquí, en este lugar, sobre el año 724 sucedió un hecho extraordinario que fue cantado por trovadores y convertido en leyenda medieval que hoy conocemos: “En los albores de la reconquista, Garci Ximeno, un pequeño rey procedente de Jaca, reclutó cristianos montañeses con la intención de tomar la villa de L’Aínsa y expulsar a los musulmanes. Sobre estos campos que veis hubo gran estruendo y derramamiento de sangre y cundo los cristianos en inferioridad manifiesta perdían la poca moral que les quedaba, de repente apareció una cruz de fuego sobre una carrasca (encina), la cual enardeció a los que aún resistían y amedrentó a los musulmanes que finalmente tuvieron que rendirse y entregar la plaza”.

El mundo medieval, necesitado de ídolos, ha gustado de cantar épicos acontecimientos con héroes incluidos, construyendo así un mundo fascinante y misterioso. La historia de esta batalla conocida como “La Morisma” se fue transmitiendo oralmente y escenificando, incluso con el apoyo económico de La Corona a partir del siglo XVII.

Originariamente era más sencillo, con sólo 4 columnas, pero en 1655 se levantó este templete circular (peristilos) para honrar el simbolismo de esta leyenda que no sólo es blasón de L’Aínsa y de la Comarca de Sobrarbe, sino que la carrasca y la cruz también ocupan el primer cuartel del escudo de Aragón.

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De vuelta al aparcamiento nos despedimos de Aramar y David, celebrando haber podido coincidir tan alejados de nuestros respectivos domicilios. Regresamos al hotel, y como era demasiado tarde para la piscina, pasamos el resto de la tarde descansando y preparando el equipaje para el regreso.

A la mañana siguiente tocaba madrugar. Terminar de recoger, colocar el equipaje en el coche y desayunar. Antes de las nueve estábamos en camino. De nuevo parada en Teruel y a las cuatro de la tarde ya habíamos recorrido los 750 kilómetros que, aproximadamente, separan Alcantarilla de Aínsa.

Había finalizado nuestro recorrido por el Sobrarbe.

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12 de agosto. Amanecía un soleado día en el Sobrarbe. Desde la habitación se contemplada un bonito amanecer sobre la Peña Montañesa. Eso sí, a una hora más prudencial que en Praga o Budapest.

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Desayunamos pronto y cogimos el coche en dirección primero a Bielsa y después al Parador del Monte Perdido.

Tras dejar el coche en el parking de la Pradera de Pineta (situado a la cota 1.280 m) tomamos la pista que en suave ascensión nos llevó en unos 45 minutos hasta el puente sobre el río Cinca, situado a la cota 1.420 m. Durante este tramo del recorrido de unos dos kilómetros y un desnivel de 140 m, pudimos ir contemplando las numerosas cascadas que se precipitan por el Circo de Pineta, como las cascadas del Barranco de la Tormosa, y que desembocan en el río Cinca, eje central del Valle de Pineta.

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Proseguimos el recorrido por la pista en dirección a los Llanos de La Larri. La pista discurría cómodamente a la sombra de hayedos y con apenas desnivel. Pronto llegamos a las cascadas del Barranco de Montaspro y algo más adelante al puente y cascadas del puente sobre el Barranco de La Larri.

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Continuamos por la pista hasta llegar a una valla ganadera desde donde el camino comienza decididamente a ganar altura hasta llegar a los Llanos de La Larri, una extensa y verde pradera de más de 1,3 kilometros de longitud y una anchura media de 300 m.

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Teníamos una panorámica general del antiguo circo glaciar de Pineta (la última glaciación cuaternaria fue hace sólo unos 10.000 años). La misma zona de la Larri constituye un antiguo valle glaciar colgado. Los valles, hoy en día, aparecen muy retocados por la acción fluvial, aunque todavía se pueden observar morfología típicas en «U», hombreras glaciares y depósitos morrénicos.

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Desde La Larri y hacia el Suroeste, pudimos ver el glaciar relicto (en realidad se trata de un pequeño circo de nieves perpetuas), ya en los confines del Parque Nacional de Ordesa y de Monte Perdido. También pudimos observar la complicada tectónica del lugar, con pliegues y fallas que afectan a los relieves alpinos («de la orogenia alpina», y desarrollada durante el terciario).

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Este punto constituye un buen mirador desde el que observar las paredes de Pineta y sus picos cimeros (las Tres Marías), el collado de Añísclo, el macizo de las Tres Sorores o Monte Perdido y el puerto de la Lera.

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Recorrimos los llanos tranquilamente hasta el fondo del valle, en donde las aguas del barranco de La Larri, provenientes de los lagos de la Munia rompen en varias cascadas que merece la pena contemplar.

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Como valores naturales de esta ruta cabe destacar el interesante hayedo pirenaico, caracterizado por la abundancia de elementos botánicos de carácter pirenaico. En estos parajes, unos botánicos ingleses descubrieron en 1979 una preciosa orquídea llamada «zapatito de dama» (Cipripedium calceolus) de la que se creía desaparecida de nuestra flora. Esta planta está considerada como amenazada y tan sólo se ha localizado en los Pirineos dentro de los valles de Ordesa, Tena y Pineta.

Decidimos no regresar a la Pradera de Pineta por la pista por la que ascendimos y, una vez sobrepasada la Cascada de La Larri, tomamos una senda a la izquierda que descendía paralela al salto de agua.

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Se trata de un sendero serpenteante y empinado (más estrecho y con un desnivel más pronunciado que por el otro recorrido), aunque más espectacular. El sol se filtra entre los árboles y el brillo del agua adquiere más relevancia.

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Mientras descendíamos nos encontramos con los diferentes y espectaculares saltos de agua. Poco a poco el sino del agua se hace más intenso y la bajada gana en intensidad para todos los sentidos. Los hayedos, las rocas y el agua hacen que el esfuerzo sea más llevadero.

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Hora de comer. Paramos en Bielsa, pero al final decidimos volver a Aínsa, comiendo de nuevo en un restaurante de la Plaza Mayor. Ni gota de agua. A cambio, un sol de justicia y un calor al que llevábamos acostumbrados todo el verano.

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A pesar de la hora, decidimos terminar de ver Aínsa, comenzando por el Castillo Fortaleza. La parte más antigua de este es la Torre del Homenaje, construida sobre restos árabes en el s XI y rodeada de un recinto amurallado donde se refugiaban los habitantes de la villa en caso de peligro.

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El primitivo recinto fue sufriendo diversos cambios a lo largo de los siglos. El aspecto actual de la fortaleza responde a la política de fortificación de Felipe II (siglo XVII) y sigue los mismos criterios que la Ciudadela de Jaca. Para su construcción se derribaron unas 70 casas del extremo occidental del pueblo.

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En el interior los muros están reforzados por arquerías elevadas con arcos de medio punto, de evidente sabor románico a pesar de datar del siglo XVII y, cuya función es la de sostener el Paseo o Camino de Ronda. La única puerta da a la Plaza Mayor, que hasta no hace muchos años estaba precedida por un foso, ahora cegado, que se salvaba mediante el correspondiente puente levadizo.

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Hoy en día, en la Torre del Homenaje se encuentra el Eco-museo o Albergue de la fauna; en la torre noreste la Oficina Comarcal de Turismo y en la torre sureste El Centro de interpretación del Geoparque de Sobrarbe.

Visitamos a continuación la Iglesia de Santa María de Aínsa, cuya construcción data de finales del siglo XI y mitades del siglo XII, puesta bajo la advocación de Santa María. Claro ejemplo del románico del Alto Aragón, destaca por su sobriedad decorativa.

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Es un templo de una nave de planta rectangular, dividida en tres tramos por sencillas pilastras adosadas a la pared, terminada en su cabecera por un ábside semicircular y a sus pies se sitúa el coro alto, al que se accede desde la torre. En el altar hay empotrado un crismón del siglo XI, procedente de la Iglesia de San Salvador, una talla románico-gótica del siglo XIV de la Virgen, dorada y policromada que aparece sedente, con el Niño sentado en sus rodillas, ambos coronados y en actitud de bendecir. Esta talla procede del pueblo de Tricas.

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La portada principal, en el muro meridional, está compuesta por 5 arquivoltas sobre cuatro parejas de columnas, capiteles y basas decoradas de manera arcaica. Se da la circunstancia que alguno de ellos presenta un grupo de letras en posición invertida que, en conjunto, formarían una leyenda que no ha podido descifrarse; posiblemente fueran basas de un templo anterior, seguramente del siglo XI, y que fueron reutilizadas como capiteles al construirse éste. Sobre la portada hay empotrado un pequeño crismón.

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Bajo el ábside hay una cripta que sirve para salvar el desnivel del terreno, descubierta durante la restauración del templo, con 18 columnas, de las cuales 6 son exentas y 12 adosadas al muro; algunos de estos capiteles ha sido renovados y llevan una “R” grabada. Las bóvedas, totalmente arruinadas, han sido rehechas en su totalidad y hoy son de arista, a partir de hormigón armado y ladrillo.

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Adosado a la iglesia encontramos el claustro, de planta irregular, con tres lados románicos y dos góticos, datados en los siglos XIV-XV.

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Y a los pies está la torre, fechada en el siglo XI. Tenía doble función religioso-militar dado su óptimo emplazamiento y su considerable altura (30 m), que la hacen excepcional para su época. Adopta la forma de un prisma cuadrado, con muros de más de un metro de espesor. Interiormente se halla dividida en cinco cuerpos que no se señalan en el exterior, pues las cuatro impostas que en él se advierten son meramente decorativas y no se corresponden con la separación de dichos cuerpos.

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Realizadas las compras de rigor de productos típicos de la zona, regresamos al hotel. Quedaba tiempo para bajar a la piscina y relajarse del esfuerzo realizado durante el día. Aunque la idea original era cenar en Boltaña, la comida había sido copiosa y decidimos picar algo en el propio hotel.

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Corría el año 1994 cuando hicimos nuestro último viaje a los Pirineos. Desde entonces, en los últimos cuatro años había tenido la oportunidad, por motivos laborales, de regresar a la comarca del Sobrarbe y conocer un poco más estos maravillosos parajes. Era el momento de rememorar viejos tiempos y pasar esta segunda semana de agosto en Aínsa.

Toda la semana previa a nuestra salida habíamos estado pendientes de la previsión meteorológica, que daba lluvia y tormentas para la mayor parte de los días. Por este motivo, modificamos la previsión inicial de visitar Alquézar el jueves y decidimos parar en este maravilloso enclave de camino a Aínsa.

A las seis de la mañana estábamos en ruta. Hicimos una parada en Teruel y, de aquí, a Alquézar, a donde llegamos cerca de la una de la tarde. Nos costó más de una vuelta poder aparcar del gentío que a esas horas del día visitaba la villa.

Desde el mirador “Sonrisa al viento” obtuvimos la primera visión panorámica de la monumental villa de Alquézar y del último tramo del profundo cañón del río Vero, antes de que sus aguas, tras abandonar la Sierra de Guara, se adentren en las fértiles y dulces tierras del Somontano.

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En lo más alto de una roca solitaria rodeada por profundos barrancos, se alza la inexpugnable fortaleza, levantada por los reyes cristianos después de haber sido arrebatada a los musulmanes en el siglo XI. A comienzos del siglo IX, Jalaf ibn Rasid levantó sobre la peña un primer castillo, con el fin impedir que la resistencia cristiana del vecino condado de Sobrarbe accediera a la Barbitanya. Estas sierras prepirenaicas representaron durante mucho tiempo una verdadera frontera entre dos culturas, dos religiones. El nombre de Alquézar también se remonta al origen árabe de la villa, pues deriva del topónimo al-Qasr, «la fortaleza».

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Tras ser conquistada por el rey Sancho Ramírez en el 1067, fue posible repoblar las laderas situadas en las faldas del castillo, aunque no comenzaría hasta el 1100, cuando Barbastro pasó a poder de los cristianos. El trazado del casco urbano, adaptado a las curvas de nivel y protegido de los rigores climáticos, todavía conserva la estructura medieval originaria.

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Para llegar al inicio de la ruta de las Pasarelas del Vero paseamos por la Calle Pedro Arnal Cavero, antiguamente llamada Calle Mayor, que nos introduce en el conjunto medieval de Alquézar. Es uno de los tres ejes vertebrales que recorren longitudinalmente el pueblo, al que derivan otras calles transversales más estrechas y escalonadas permitiendo una comunicación más fluida a los diferentes puntos del pueblo.

Todavía se conservan varios «callizos», o pasos cubiertos sobre las calles, como recuerdo de tiempos pasados en los que era necesario aprovechar al máximo el limitado espacio en una villa densamente poblada.

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La Calle Dragones desemboca en la antigua Plaza Mayor, hoy llamada de Mosén Rafael Ayerbe. Se trata de una hermosa y recoleta plaza porticada, bajo cuyos soportales, unos con arcos de medio punto y otros adintelados, se situaban los comerciantes y artesanos que vendían sus productos venidos de las tierras llanas y de las montañas.

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La ruta de las Pasarelas del Vero permite recorrer el último tramo del majestuoso cañón del Vero. Siguiendo el sendero perfectamente acondicionado es también posible descubrir fuentes, azudes, molinos y puentes, que ilustran el intenso aprovechamiento del agua del río Vero a su paso por Alquézar desde la época medieval.

El recorrido senderista parte de la Plaza Mayor de Alquézar. Desde ella nos dirigimos a la calle que lleva a la Colegiata y descendimos por la rampa de piedra existente en el primer desvío a la izquierda.

Pronto, encontramos las primeras pasarelas de madera que bajan encajonadas entre la Peña Castibián, a la izquierda, y los Muros de la Colegiata, a la derecha. Un total de siete tramos de pasarelas facilitan el descenso hasta el Vero.

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Durante el recorrido es posible disfrutar de la belleza del Barranco de la Fuente, caracterizado por sus numerosos covachos y una vegetación adaptada a la humedad y frescura propia de estas gargantas.

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Destaca entre otras especies la Ramonda myconi (orella de onso”), una especie herbácea y perenne perteneciente a la familia de las gesneriáceas. Es endémica del Pirineo y Prepirineo. Se trata de una planta relicta de la Era Terciaria. Ha sido llamada “planta revividora”, pues es capaz de rebrotar después de su total desecación, gracias a un mecanismo bioquímico que permite la transformación de un azúcar especial, la rafinosa, en sacarosa, que impide la muerte celular.

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Es una planta herbácea con las hojas, densamente pilosas y sésiles, se disponen en una roseta basal. Las hojas son ovales a elípticas-espatuladas, contundentes con grueso borde serrado con muescas y arrugas en la parte inferior.

Al llegar al lecho del Vero, visitamos la Cueva de Picamartillo, situada en la margen izquierda del río, frente a la desembocadura del Barrando de la Fuente.

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El camino prosigue río abajo, a través de una espectacular pasarela metálica instalada en la pared rocosa. Más tarde encontramos la vieja presa y, tras recorrer un nuevo tramo de pasarelas metálicas, la antigua central hidroeléctrica de Alquézar. Una badina de un profundo azul turquesa invita al baño y al descanso.

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Desde aquí, el camino se aparta del río para serpentear entre antiguos olivares hasta dar con el camino que lleva al pueblo de Alquézar, en las inmediaciones de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel.

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Sobre un templo anterior, que fue derribado, se comenzó a construir el actual en 1681 y finalizado en 1708. Es una obra de carácter popular en la que llama poderosamente la atención la robustez y sobriedad del exterior, así como el armonioso juego de volúmenes y tejadillos, lo que dificulta adivinar que se trata de un edificio barroco. Por el contrario, el interior de la nave cubierta con bóveda de cañón y lunetos sí que se ajusta a dicho estilo artístico. La práctica totalidad de los retablos y otros objetos litúrgicos que poseía fueron destruidos en la Guerra Civil española, lo que explica la escasa decoración interior. Tan sólo pudo conservarse la parte superior del gran retablo mayor de estilo barroco.

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Habíamos comido junto a la presa, y el esfuerzo del camino de regreso a Alquézar bien se merecía un agua y un café en la Calle Nueva.

Tras el descanso nos dirigimos a la majestuosa Colegiata de Santa María la Mayor. El origen del conjunto se encuentra en una fortificación árabe construida en el siglo IX y encargada por Jalaf ibn Rasid, con motivo de las luchas contra los carolingios que ocuparon el condado de Sobrarbe.

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En 1064, tras la toma de Barbastro por el rey Sancho Ramírez, la fortaleza pasa a manos cristianas y se establece una guarnición militar y una comunidad religiosa. Se construyen varias edificaciones, militares y defensivas unas, y religioso otras. El conjunto está rodeado por una muralla de doble lienzo almenado y protegido por varios torreones; uno de ellos utilizado posteriormente por la colegiata como campanario.


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La lluvia no apareció. Habíamos disfrutado de una preciosa ruta y de una villa medieval de gran encanto. Era el momento de poner rumbo a Aínsa e instalarnos en el Hotel Peña Montañesa, a dos kilómetros de Aínsa, en Labuerda. Llegamos a él a tiempo de disfrutar de un reconfortante baño en su piscina y del sol de media tarde del Pirineo oscense.

Al caer la tarde nos acercamos a Aínsa para tener el primer contacto con la villa y cenar en el entorno de su plaza Mayor. Paseando por las viejas calles de la villa (declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1965) disfrutamos del calor de sus gentes y de la belleza de un entorno con claro sabor medieval.

Sus viejas calles, su castillo (S. XI – XVII), la muralla y sus puertas, la plaza Mayor, la iglesia de Santa Maria (S. XII), declarada Monumento Nacional, o las fachadas de casa Arnal (siglo XVI) y casa Bielsa (siglo XVI-XVII), son un resumen pétreo de la idiosincrasia de una villa con fuerte personalidad y con un patrimonio cultural fascinante.

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A 589 metros de altitud, Aínsa (capital de la comarca del Sobrarbe) posee una situación privilegiada entre el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, el Parque Natural de los Cañones y la Sierra de Guara y el Parque Natural Posets-Maladeta.

La plaza Mayor parece datar de los siglos XII y XIII, los de mayor auge de la villa. Sus dimensiones y su carácter medieval la convierten en una de las más bellas de España y, posiblemente, la única que conserva sus construcciones originales.

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El elemento más característico son sus porches. Su estilo es tipicamente románico, con arcos de medio punto, aunque hay algunos ojivales, de modo que es difícil encontrar dos arcos iguales.

Las casas de la plaza son de estructura parecida y sus tejados originalmente de losa han sido sustituidos por teja árabe. Bajo los porches de la plaza se encuentran dos prensas de vino comunales.

El resto de viviendas se articulan en torno a dos calles que partiendo de la plaza Mayor, se fusionan en la Placeta del Salvador, la Calle Mayor (también llamada Gonzalo I) y la Calle de Santa Cruz.

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Praga, Budapest 2015 (y 8)

1 de agosto. Volvíamos a casa, no en el mejor día (¡¡primero de agosto!!), pero el calendario marca los días a su libre albedrío. Antes de bajar a desayunar, por última vez, a orillas del Danubio, terminamos de preparar el equipaje.

Nos recogían a las dos y cuarto para trasladarnos al aeropuerto de Budapest, circunstancia esta que nos dejaba prácticamente toda la mañana libre. De lo poquito que nos quedaba por ver de la ciudad, la Colina de San Gerardo (monte Gellért, Gellérthegy) era la elegida.

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Habíamos evaluado varias combinaciones de transporte público para llegar a su cima, aunque al final optamos por la de siempre: “un ratito a pie y otro caminando”. Sus 235 metros garantizaban el panorama más encantador de Budapest.

San Gerardo, nacido en Venecia, se encontraba al servicio del reye San Esteban. El rey le encargó la educación de su hijo, el príncipe Emerico, que hizo un voto de castidad y lo mantuvo aún de casado. Después de su temprana muerte, Gerardo recibió el rango de obispo, conviertiendo a miles de húngaros a la fe cristiana. Según la leyenda, murió martirizado en 1406, en la colina que más tarde recibió su nombre.

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La escultura del mártir (Szent Gellért Monument), levantando en su mano derecha la cruz y bendiciendo así la ciudad, se encuentra por encima de la catarata que fluye frente a la cabecera del puente Elisabeth.

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Continuamos ascendiendo, no sin esfuerzo, por un pequeño sendero asfaltado entre la vegetación. Pronto descubrimos unas bonitas panorámicas del Danubio y de Pest… y de nuestro hotel.

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Llegamos a la cima de la colina, dominada por la Ciudadela, la fortaleza levantada por los reyes Habsburgo para vigilar a los húngaros que en ocasiones se rebelaban contra ellos.

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Encontramos aquí una escultura visible desde cualquier punto de la ciudad: una estatua de bronce sobre un pedestal de 26 metros que representa una figura femenina levantando una hoja de palma, el Monumento a la Libertad.

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Es una ironía por parte de la historia que la escultura fuera erigida en 1947, en honor y gloria a las tropas soviéticas que liberaron Hungría. Los mismos que luego se quedarían hasta 1989. Budapest mantuvo el monumento, pero como homenaje a todos aquellos que dieron su vida por la libertad de Hungría.

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Lo que contemplábamos desde aquí, el Barrio del Castillo y las dos orillas del Danubio, son parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987.

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Descendimos de este gigantesco parque en el corazón de la ciudad también paseando, atravesando avenidas con bonitas casas rodeadas de una masa ingente de vegetación y desembocando en Móricz Zsigmond körtér.

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La avenida Bartók Béla descendía hacia el Danubio, justo en el enclave en el que se encuentra el Hotel Géllert.

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Este hotel-balneario fue construido en estilo modernista sobre las fuentes de aguas termales, conocidas ya en el siglo XV. Fue inaugurado en 1918 y en breve tiempo ampliado con una piscina de olas artificiales y otra de aguas efervescentes, ambas cosas inauditas en su tiempo.

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Muy cerca, divisamos la Capilla en la Roca, marcada por una simple cruz blanca. La orden de los Paulinos, la única orden religiosa fundada por húngaros, estableció esta capilla dentro de la gruta natural de la colina.

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Volvíamos a Pest cruzando el Danubio por el Puente de Libertad, el tercer puente construido en Budapest, de acuerdo con el proyecto de János Feketeházy. El rey Ferenc József inició las obras en 1896 golpeando con un martillo a un elemento de la construcción de metal y poco tiempo después el puente unió los barrios meridionales de la capital. El fragmento de la construcción donde había golpeado el Habsburgo fue tapado con una placa de vidrio con iniciales F.J. Es el puente más corto de Budapest, resaltando por su color verde. A las entradas por ambos lados está adornado por los turules, los pájaros simbólicos del estado húngaro.

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Durante la II guerra mundial este puente también quedó destruido por el ejército enemigo, pero el fragmento histórico de la construcción se conservó sin daños. Por desgracia, en el caos de la posguerra alguien lo robó y hasta hoy nadie sabe, dónde está escondido. Al acabar las obras de reconstrucción el gobierno decidió crear una copia de los tornillos golpeados con el martillo por el palatino, pero esa también desapareció pocos días después de colocarla. Entonces el jefe de las obras decidió montar una copia más, pero está vez nadie menos él sabe, donde se encuentra.

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Volvíamos a encontrarnos frente al Mercado Central, un bonito edificio del siglo XIX muy frecuentado por oriundos de la capital húngara y por turistas. Al ser sábado estaba abarrotado, ya que es el día que más trasiego de visitantes registra, pues el domingo cierra. En el piso de abajo pudimos ver multitud de puestos de alimentación como los que hay en cualquier otro mercado.

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El colorido de las verduras y las frutas colocadas con mucho mimo entran inmediatamente por los ojos. También resultan curiosos los puestos de carne. Muchos de los puestos están enfocados al turismo y en ellos podemos adquirir algunos productos típicos como la paprika, el paté de oca y el afamado vino Tokaji. En el piso superior se dan cita todas las tiendas de recuerdos, salvo un pasillo que es le dedicado a los puestos de comida típica húngara.

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Salimos del mercado y descansamos un momento mientras pensábamos qué hacer hasta la hora de la comida. Si nos dábamos prisa teníamos tiempo de acercarnos a la Gran Sinagoga de Budapest. Y hacia allí nos dirigimos.

La Sinagoga (Zsinagóga) ubicada en la calle Dohány está considerada como la más grande de Europa, con más de tres mil asientos, y la segunda más grande del mundo tras la de Nueva York. Fue construida a mediados del siglo XIX, en estilo romántico mezclado con elementos bizantinos y moriscos, en el mismo lugar donde una vez se encontró la casa natal de Theodor Herzl.

La Sinagoga se terminó en solo cuatro años. Sus dimensiones y su decoración interior representan claramente el papel importante que jugaba la burguesía judía en la vida cultural y económica de Hungría en el siglo XIX.

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Otra de las paradojas que tiene la Gran Sinagoga de Budapest es que posee un cementerio en su exterior, algo que no ocurre en ningún otro lugar del mundo porque va en contra de la tradición judía. El motivo de esta excepción es que en ese mismo punto aparecieron los cuerpos amontonados de los judíos asesinados y abandonados a su suerte en el gueto de Budapest.

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En su patio exterior pudimos ver el Árbol de la Vida, un sauce llorón de acero que tiene en cada una de sus hojas el nombre de un judío asesinado durante el Holocausto.

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Seguimos paseando hasta la plaza Vörösmarty y, en nuestra última visita a la Casa Gerbeaud, compramos algunos chocolates y bombones para los que habían quedado en casa.

Se acercaba la hora del traslado al aeropuerto y había que comer algo ligero (tampoco había transcurrido mucho tiempo desde el desayuno). Un Mc Donald en plena Váci utca fue la solución.

Con los florines que nos sobraron compramos en un supermercado cercano al hotel algunas bebidas, un vino topkapi 3 puttonyos y un par de espumosos de la región.

Agotamos nuestros últimos instantes en Budapest disfrutando de un paseo en el Paseo del Danubio (Dunakorzó) aledaño al Marriot. Al primer punto que llegamos fue a la estatua de la Princesa del Danubio, Dana Kiskirálylany, o el Duende de Budapest, una niña que representa a una de las princesas que vivió en Budapest en la época del imperio Austro-Húngaro. Esta pequeña estatua apoyada en una barandilla, es obra del artista Laszlo Marton, que se inspiró en su hija para realizarla.

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De regreso al hotel, recogimos el equipaje de la consigna y realizamos las últimas compras. Con algo de antelación salimos hacia al aeropuerto, al que llegamos a las dos y media de la tarde. Mientras facturábamos el equipaje pudimos comprobar que la salida de nuestro vuelo, inicialmente prevista para las 16,45 horas, se preveía para las siete de la tarde.

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Poco que contar de la espera en el aeropuerto. Tras tomar un tentempié, embarcamos y despegamos de Budapest después de las siete y media, para aterrizar en Madrid pasadas las diez y media de la noche. Con algo de incertidumbre por una huelga de personal recogimos nuestras maletas y, conforme a lo esperado, nos trasladaron al Hotel Avant Aeropuerto, donde teníamos el coche.

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A las doce nos pusimos en camino y unas horas más tarde llegábamos sin novedad a casa. Nuestro viaje a las ciudades imperiales de Praga y Budapest había finalizado…

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