Pisa, Florencia, Venecia 2014 (9)

El tren abandonó puntual la estación de Santa Maria Novella. Dos horas más tarde llegábamos a la estación de Santa Lucia, en Venecia…

Asentada sobre una laguna, el hechizo de Venecia reside en la infinidad de canales que conforman su geografía. En sus más de mil trescientos años de historia, la ciudad ha pasado por diversas vicisitudes. Su momento de máximo esplendor corresponde a la Edad Media, cuando las naves venecianas surcaban todos los rincones del Mediterráneo oriental, comerciando con los más diversos puertos, trayendo a Europa los productos más preciados. El león de san Marcos se convertía en seña de identidad de una ciudad en máximo apogeo.

Será en este momento cuando se construyan los principales edificios: los palacios, las iglesias, la basílica. Se creaba entonces la imagen de una ciudad sobre las aguas, aguas surcadas por las típicas góndolas, de las que Thomas Mann dijo: «son negras como ninguna otra cosa en este mundo, con la excepción de los ataúdes«.

Al salir de la estación nos encontramos un paisaje totalmente nuevo. El Gran Canal, el gentío, los vaporettos, las góndolas, los taxis acuáticos… En uno de ellos nos dirigiríamos, surcando gran parte del Canal, a nuestro hotel, con embarcadero privado.

Ese primer paseo es mágico. Poco a poco te vas haciendo una idea de la complejidad de la ciudad de Venecia, un compacto conjunto formado por 118 islas muy cercanas entre sí que se unen gracias a más de 150 canales. Una franja arenosa la separa del mar Adriático, permitiendo el paso por tres puntos: el Porto Malamocco, el Porto di Chioggia y el Porto di Lido.

Los canales, tanto naturales como artificiales, son navegables y están balizados por postes. La profundidad media de la laguna es bastante escasa y en la mayoría de las zonas no sobrepasa los 2 metros de profundidad.

En la laguna encontramos una insólita mezcla de agua dulce y salada que se renueva constantemente gracias a las corrientes y las mareas, movimientos que permiten la purificación de las aguas, tanto de la laguna como de los canales. Las zonas que reciben el aporte constante de agua fresca forman la llamada laguna viva, mientras que el resto constituye la laguna muerta. En el mar Adriático las mareas se producen cada seis horas, llegando al mismo tiempo a los tres pasos naturales de la laguna, frenando las aguas dulces el paso de la corriente salada, penetrando ésta de manera pausada.

A pesar de estas difíciles condiciones medioambientales, los venecianos consiguieron aprovechar las particularidades del terreno para crear una floreciente república con un buen número de señas de identidad, entre las que destacan sus espectaculares edificios.

Los estratos superiores de los islotes donde se levantan no ofrecían la suficiente garantía para alzar la mayoría de las edificaciones, por lo que antes de iniciar la construcción sería necesario realizar obras de cimentación. Para ello se consolida el terreno clavando largas estacas de madera sobre la que se construye una sólida plataforma con tablones, para nivelar la estructura.

En la cimentación de la iglesia de la Salute se clavaron «un millón, ciento seis mil y seiscientos cincuenta y siete estacas de roble, aliso y alarce, largos una media de cuatro metros. Esta obra duró casi dos años y dos meses. Sobre la empalizada se construyó una espesa balsa de tablones de roble y alarce bien unidos y trabados entre sí». Otro ejemplo; los cimientos que sostienen el puente de Rialto son doce mil estacas.

Una vez instalados en el Hotel Saturnia & International (Via XXII Marzo) y vestidos para la ocasión, comenzamos nuestra visita a la ciudad. No podíamos perder ni un segundo. Poco más de 300 metros nos separaban de Piazza San Marcos. Menos de cinco minutos a pie atravesando el Campo San Moise.

Al entrar en la plaza de San Marcos teníamos la impresión de que “íbamos a contemplar una de las plazas más famosas del mundo”. Y no nos defraudó. La luz del sol del atardecer inundaba la plaza, dándole un aspecto casi mágico. Teníamos la Basílica de San Marcos y su Campanile ante nosotros, y el Palacio Ducal.

Giramos y disfrutamos de la armonía visual que ofrecen los edificios que circundan esta enorme plaza sobre una ciudad sin tierra, recordando las preciosas estampas de Canaletto. Sobraban los andamios que entorpecían la visión completa de la basílica, eso sí. Pero era algo que no podíamos evitar y que no enturbiaba el misticismo de aquel momento.

Nos dirigimos a las dos columnas de la plaza que constituyen el acceso para quien llega del mar. La columna de la parte del Palacio Ducal sostiene al león alado, símbolo de San Marcos, patrono y protector de la ciudad. Del lado de la Biblioteca Marciana se encuentra San Teodoro, primer protector de Venecia.

Antiguamente el espacio entre las dos columnas era el sitio destinado a las ejecuciones e incluso actualmente los venecianos evitan supersticiosamente atravesar el espacio entre ellas.

En 1902 la caída del campanario modificó temporalmente la estructura de la plaza. Se decidió inmediatamente reconstruirlo, siguiendo el lema «como era, donde estaba«. Antiguo faro de navegación, es una poderosa torre de 99 metros de altura.

Paseamos por el cercano Puente de los Suspiros, sin duda uno de los más populares de Venecia. Antonio Contino lo construyó en el año 1602 para unir los tribunales de justicia y las prisiones del Palacio Ducal con el edificio de las Prisiones Nuevas. El nombre por el que actualmente se le conoce se hizo popular en el siglo XIX, durante el periodo romántico y se debe a Lord Byron, quien consideraba que los presos que por el puente cruzaban suspiraban al saber que perdían la libertad, siendo su última oportunidad de contemplar la luz del día y la libertad antes de ingresar en los calabozos.

Divisábamos al fondo el Puente de la Paja, que pone en comunicación el muelle de la piazetta de San Marcos con la Riva degli Schiavoni, por la que paseábamos perdiendo la noción del tiempo.

Pero era hora de cenar. Nos adentramos en el barrio de Castello por canales, puentes y callejuelas, con poca luz ya. En una pequeña trattoria de nombre algo turístico (Dream Planet) tomamos un par de pizzas con unas cervezas. Mientras cenábamos nos percatamos de que no íbamos identificados, merced al «clasicismo» de nuestro hotel veneciano. Para algunos detalles parecía anclado en el pasado, como los robustos muros y estancias del palazzo que lo albergaba.

Decidimos volver al hotel para recoger nuestros documentos identificativos, cruzando de nuevo la Plaza de San Marcos. Todas las orquestas estaban ya instaladas en los distintos cafés que la surcan, para deleite de clientes y viandantes, y las distintas melodías inundaban la plaza.

Salimos de nuevo a la calle y empezamos a andar en dirección contraria hacia el «sestiere» del Dorsoduro, el barrio bohemio y el punto de encuentro de los estudiantes venecianos. Cruzando varios canales fuimos atravesando sucesivamente Campiello Santa Maria ZobenigoCampo San MaurizioCampo Santo Stefano.

Teníamos ante nosotros uno de los cuatro puentes que cruzan el Gran Canal: el  Ponte dell’Accademia (esa misma tarde habíamos podido contemplar otros dos, el Puente de los Descalzos -junto a la estación de Santa Lucía- y el Puente Rialto). Originariamente construido en hierro, en 1854, fue reemplazado posteriormente por un puente de madera.

Seguimos paseando hasta que nos encontramos de nuevo con la laguna. Habíamos llegado a la Igleisa de Santa Maria del Rosario y teníamos enfrente la isla de Giudecca.

Decidimos volver al hotel. El día había sido intenso, traslado incluido, y a la mañana siguiente nos tocaba visitar todas las joyas de la ciudad.

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (8)

Último día de julio. Última mañana en Florencia. Sin la prisa de días anteriores, terminamos de preparar el equipaje y bajamos a desayunar. Más tarde, hicimos el check out y dejamos las maletas en consigna, pues partíamos en tren de alta velocidad a Venecia a las cuatro y media de la tarde.

Aunque nos quedaban algunas cosas por ver (siempre hay que dejarse algo para la próxima ocasión), la idea era moverse por la ciudad donde nuestros pasos nos encaminaran, sin planos ni «navegador móvil«.

Nos dirigimos a la parada de Leopolda, esta vez para tomar la línea C3 que nos conduciría, tras cruzar el Arno, a la parada de Bardi, a escasos metros del Ponte Vecchio, que cruzamos por última vez.

Nuestro destino era el Museo Galileo, situado en la Piazza de’ Giudici, a las espaldas de la Galleria degli Uffizi. El Museo Galileo conserva los únicos instrumentos inventados y construidos por Galileo que han llegado hasta nosotros. Destacan por su especial importancia los dos telescopios y la lente objetiva del telescopio con el que el científico pisano descubrió los satélites de Júpiter.

En el Museo se encuentran también las valiosísimas colecciones científicas de las Casas de Medici y de Lorena. La nueva denominación adoptada por el Museo en 2010 conserva como subtítulo su anterior nombre (Istituto e Museo di Storia della Scienza), pero enfatiza la importancia que tiene la herencia galileana para las actividades y el perfil cultural de esta institución.

El recorrido de la exposición reconstruye el contexto histórico y cultural en el que se fueron formando las colecciones de las Casa de Medici y de Lorena, los ambientes en los que estuvieron conservadas, las aspiraciones de sus coleccionistas y las actividades de los científicos que desempeñaron un papel protagonista en ellas.

En torno a la figura emblemática del científico pisano, el Museo Galileo reconstruye la historia de las iniciativas científicas de Florencia y Toscana, una historia que pone de manifiesto los importantes vínculos con las más avanzadas actividades de investigación a escala internacional. Durante siglos, las Casas de Medici y de Lorena ofrecieron protección y estímulo a científicos de gran talento, protagonistas de algunos de los más importantes logros teóricos y prácticos de la ciencia moderna.

Atravesando por última vez la Piazzale degli Uffizi volvimos a la Piazza della Signoria y por la Via dei Calzaiuoli llegamos a la Iglesia de Orsanmichele (San Miguel del Huerto). Un monasterio carolingio denominado San Michele in Orto ocupaba en el siglo VIII el lugar donde se alza este edificio de planta cuadrangular y dos pisos. En 1290 Arnolfo di Cambio era el encargado de levantar la Logia de los Granos que estaba destinada a servir de granero en caso de carestía o sitio de la ciudad. El nuevo edificio fue destruido casi por completo, víctima de un incendio, por lo que se construyó una nueva logia en 1337, siendo Talenti el encargado de los trabajos, en colaboración con Neri di Fioravante y Benci di Cione.

La ubicación en uno de los pilares de la logia de una imagen de la Virgen, considerada milagrosa por el pueblo florentino, hizo que el edificio se convirtiera en uno de los lugares habituales de oración, por lo que se tornó en santuario de las corporaciones gremiales de la ciudad, añadiéndose dos pisos más. Las galerías del piso superior fueron cerradas en 1380, siendo sustituidas por vidrieras que iluminaran el espacio interior, aligerándose los pilares que sustentaban la construcción con una serie de nichos, obra de Michelozzo y Donatello.

En estos nichos se ubicaron los santos protectores de las diferentes «Artes» florentinas, un total de siete mayores y catorce menores. En el lado este se encuentran las esculturas de San Juan Bautista, de Ghiberti; Santo Tomás, de Verrochio; y el San Lucas, de Giambologna. En el lado norte se hallan San Pedro, de Donatello; San Felipe de Nanni di Banco; los Cuatro santos coronados, del mismo escultor y San Jorge, de Donatello. En el lado oeste están San Mateo y San Esteban, obras de Ghiberti, y San Eligio, de Nanni di Banco. En el lado sur se ubican San Marcos, de Donatello; San Jaime, de Lamberti; la Virgen de las Rocas, de Tudesco; y el San Juan Evangelista, de Baccio de Montelupo. Situados encima de las arcadas se encuentran medallones de terracota representando los blasones de las diferentes «Artes», piezas realizadas por Luca della Robbia.

En el interior el espacio está dividido en dos naves, ubicándose en la derecha el ciborio de Andrea Orcagna, admirable obra de inspiración gótica realizado en mármol con lapislázuli y mosaico de oro, tabernáculo que cobijaba la imagen milagrosa de la Virgen, pintura que fue destruida por el fuego y sustituida por la actual Madonna delle Grazie, realizada en 1366 por Bernardo Daddi.

Nos dirigimos ahora a la Piazza della Repubblica, cuyo origen debemos buscarlo en el antiguo foro romano, levantándose en la zona oeste un templo, consagrado a las tres divinidades romanas, llamado el Capitolium. Posteriormente se construyeron algunas importantes mansiones en época medieval y era la sede del Mercato Vecchio, uno de los centros más concurridos de la ciudad. En el siglo XIX, los urbanistas no dudaron en derribar todas las edificaciones de esta zona para edificar una plaza abierta.

De camino a la Via dè Tornabuoni visitamos el Palazzo Strozzi, uno de los símbolos de la arquitectura renacentista, cuya construcción fue promovida por Filippo Strozzi, miembro de una de las más ricas e influyentes familias florentinas que cometieron el error de enfrentarse a los Médici, teniendo que refugiarse en Lyon para rehacer su amplia fortuna. El Palazzo Strozzi sigue el modelo del Palacio Médici de Michelozzo, apareciendo como una pequeña fortaleza en el centro de la ciudad. En el interior, el espacio se distribuye alrededor de un patio realizado por Il Cronaca, espacio porticado en sus cuatro lados.

En la Piazza Santa Trinita pudimos visitar la Chiesa di Santa Trinita. En su interior encontramos un espacio sereno y sencillo, dividido en tres naves con dos series de cinco capillas a cada lado. Entre las obras maestras que conserva la basílica destacan una Anunciación de Lorenzo Monaco; los frescos de la capilla Sassetti, realizados por Domenico Ghirlandaio, con escenas de la vida de san Francisco; o la Adoración de los pastores del altar de dicha capilla, obra también de Ghirlandaio.

De nuevo junto al Arno. Desde el Ponte Santa Trinita admiramos, ahora sí, por última vez el Ponte Vecchio.

Volvimos a la famosísima Via dè Tornabuoni, que lleva el nombre de la antigua y afamada familia de Florencia unida a los Médici a través del matrimonio. Dos de los miembros más interesantes de la familia eran mujeres.

Lucrezia Tornabuoni, famosa por su conocimiento sobre política y literatura, era una de ellas. A la edad de 17 años se casó con Piero de Médici. Escribía laudi, sonetos y trianari en idioma vernáculo. Algunos de sus poemas y una antología de cartas fueron publicadas antes de su muerte; e incluso el gramático Agnolo Poliziano se refirió a ella y sus escritos.

La segunda gran mujer extremadamente hermosa de esta familia fue Giovanna degli Albizi. A los 17 se casó con el primo de Lorenzo el Magnífico, Lorenzo Tornabuoni. Su tumba se encuentra hoy en la Cappella Tornabuoni en la Basilica di Santa Maria Novella. Ambas mujeres fueron incluidas en la obra Visitazione de Domenico Ghirlandaio, en una de las escenas del ciclo cuyo tema es San Juan el Bautista.

La calle más glamorosa de la ciudad no sólo está dedicada al encanto de la moda. También es un recordatorio de aquella poderosa familia de la cual estas dos maravillosas mujeres dejaron su marca indeleble de belleza y elegancia. Nuestro destino no era ninguna de las famosísimas casas de moda (no falta ninguna), sino Tiffany & Co. En Londres (Harrods) nos trataron muy amablemente… pero salimos sin lo que andábamos buscando. Cuatro años más tarde, en Florencia, no podíamos volver a dejar pasar esta oportunidad. Y no lo hicimos.

En la Piazza degli Antinori nos encontramos la Chiesa dei Santi Michele e Gaetano, cerrada a esas horas de la mañana. Por la Via dei Rondinelli llegamos a la Via dei Cerretani (con la Plaza del Duomo al fono) y en ella pudimos visitar la Chiesa di Santa Maria Maggiore, una de las más antiguas de la ciudad.

Fundada antes del siglo XI, con claro estilo románico, fue reconstruida en estilo gótico en la segunda mitad del siglo XIII. Recibió el nombre de “la Mayor” porque era la iglesia más grande dedicada a la Virgen María antes de la construcción de la Catedral de Santa María del Fiore. Su interior es muy sencillo, tiene planta de modelo cisterciense, con tres naves divididas por arcos apuntados, y presbiterio con tres capillas. Su aspecto actual se debe a las profundas intervenciones de restauración realizadas en el siglo XX.

Posee importantes obras de arte, entre las que destaca un bajorrelieve de La Virgen con el Niño, de origen poco claro, aunque se cree bizantino. Además, en la Capilla Mayor, podemos ver interesantes frescos con episodios de la historia de Herodes, que muestran la masacre de inocentes, y que fueron realizados a partir del final del siglo XIV. Una de las curiosidades que encierra es la tumba de Salvino degli Armati, desde hace años erróneamente considerado como el inventor de los lentes. También se halla enterrado en la iglesia, el maestro de Dante, Brunetto Latini.

Llegamos a la Basílica de San Lorenzo, para la que Brunelleschi creó una planta de cruz latina que, a pesar de ser espacialmente longitudinal, produce un cierto efecto visual de centralización en la zona del transepto al penetrar en esa zona la luz de la linterna de la cúpula. El fallecimiento de Brunelleschi motivó que Antonio Manetti se encargara de los trabajos pero la fachada no se llegó a concluir por lo que se pensó en Miguel Angel para llevar a cabo este proyecto. Continuas rivalidades entre los canteros impidieron que el plan se pusiera en marcha, quedando inacabada.

Al fondo del crucero derecho encontramos la Sacristía Vieja, construida entre 1420 y 1429 por Brunelleschi y decorada por Donatello unos años más tarde. De este mismo autor son los paneles de bronce que decoran las puertas de las dos pequeñas capillas que se abren a la sacristía, veinte escenas en las que se representan los Diálogos entre los Mártires, entre los Apóstoles y entre los Padres de la Iglesia.

En la Sagrestia Vecchia se encuentran los sarcófagos de dos de los hijos de Cosme el Viejo -enterrado también en este templo-, obras de Verrochio, y el sarcófago de Giovanni di Bicci y su esposa, fundadores de la dinastía. En la Capilla Martelli está el monumento funerario de Donatello.

La Sacristía Nueva fue diseñada por Miguel Angel y es la capilla funeraria que alberga las tumbas de la generación joven de los Médici, pero forma parte del conjunto de las Capillas Mediceas, que visitamos a continuación. Las Capillas Mediceas sirven como mausoleo particular a los miembros más jóvenes de la familia Médici. Consta de tres recintos: la Capilla de los Príncipes, la Capilla del Tesoro y la Sacristía Nueva. La Capilla de los Príncipes fue construida en 1604 siguiendo los diseños de Giovanni de Médici, hijo natural de Cosme I, finalizándose en 1929. Presenta una planta octogonal cubierta con cúpula, siguiendo las normas del neoclasicismo. Las paredes de la capilla se cubren con mármoles incrustados de piedras preciosas mientras que la cúpula está decorada con frescos realizados por Pietro Benvenuti en 1828.

En este lugar se hallan enterrados los grandes duques de Toscana, realizados los sarcófagos en granito egipcio, jaspe verde de Córcega y granito oriental. Los de Fernando I y Cosme II se coronan con estatuas de bronce dorada salidas del taller de Fernando Tacca. El conjunto se completa con un altar de piedras duras.

Pero el espacio más interesante del conjunto es la Sacristía Nueva. El promotor de este proyecto serán el cardenal Giulio de Médici, futuro papa Clemente VII, y León X. En 1520 encargan a Miguel Angel la realización de los diseños, empezando los trabajos en marzo de ese año. Los problemas políticos que Florencia vivó en los años siguientes y la instauración de la República provocaron la interrupción de las obras durante diez años, retomando el propio Miguel Angel el proyecto, que sería acabado por su discípulo Vasari en 1546.

El proyecto inicial contaba con cuatro tumbas destinadas a guardar los restos de Lorenzo el Magnífico; su hermano Giuliano de Médici (asesinado en la conjura de los Pazzi); Lorenzo, el duque de Urbino; y Giuliano, el duque de Nemours: los dos «Magnifici» y los dos «Capitani«. Pero sólo se completaron dos de las tumbas del proyecto, las dedicadas a los dos Capitanes.

A la izquierda del altar se encuentra el Sepulcro de Lorenzo, el duque de Urbino, definido por Vasari como «Il Pensieroso» por su actitud reflexiva. Le acompañan las figuras del Crepúsculo y la Aurora.

Enfrente se encuentra la tumba de Giuliano, el triunfo de la vida, representado con su coraza y su bastón de mando; a sus pies se encuentran representadas las alegoría de la Noche y el Día.

La única decoración del conjunto, a excepción de las tumbas, se encuentra en la Virgen con el Niño, grupo escultórico también realizado por Miguel Angel ocupando actualmente el lugar del sepulcro de los «Magnifici«, acompañada por las estatuas de los santos patrones de la familia Médici: San Cosme a la derecha, obra de Montorsoli (1537) y San Damián a la izquierda, realizado por Raffaele da Montelupo (1531).

Contemplamos los exteriores del Palazzo Medici Riccardi de camino, de nuevo, a la Plaza del Duomo. Teníamos que comer más temprano que otros días y volvíamos al Yellow Bar, paseando ahora por las calles adyacentes a la plaza (Via dello Studio, Via del Corso).

Un pequeño callejón daba a la Chiesa Santa Margherita dei Cerchi y la Casa de Dante (ubicada en pleno corazón florentino, entre la Iglesia de San Martino y la Piazza dei Donati), casi nuestras últimas visitas en la ciudad.

No podíamos marchar sin probrar los tagliolini con le vongole, que estuvieron precedidos de un buen affeittato misto. De postre, tiramisú. Nos despedimos de Bianca, que nos dio algunas indicaciones sobre Venecia, y a la que le deseamos unas felices vacaciones en su último día de trabajo.

Era hora de regresar al hotel, recoger el equipaje y dirigirnos a la estación. Decidimos hacerlo, a modo de despedida, en nuestra particular línea C2. Lo cogimos en la parada cercana al Palazzo Bargello (Ghibellina), de cuya escalera nos despedimos después de prometer que volveríamos para visitar su colección pictórica y escultórica, sabiendo que antes o después llegaríamos a Leopolda. Fue después, porque hicimos el recorrido completo del autobús y volvimos a pasar por el centro de la ciudad.

A las tres y media estábamos en Santa Maria Novella, con tiempo más que de sobra (para no perder la costumbre) para coger el tren que nos conduciría a Venecia.

Florencia no nos había defraudado, todo lo contrario. Planificando el viaje y viendo tanto que visitar parecía imposible encajarlo en los días que íbamos a estar, pero el resultado final ha superado todas las expectativas. Habíamos disfrutado de arte, mucho arte: pintura, escultura, arquitectura. Y habíamos disfrutado de una preciosa ciudad a pie de obra, de sus calles y rincones, y de su gente.

Una experiencia inolvidable que quedará siempre en el recuerdo…

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (7)

Habíamos decidido volver al Yelow Bar y probar esa deliciosa pasta fresca que vimos elaborar in situ la noche anterior. Tras sentarnos, volvió a atendernos Bianca, con la que terminaríamos trabando una relación de espontánea amistad.

Insalata mediterranea, tagliolini panna e prosciutto y spaghetti all’a scoglio, regado con unas copas de Brunello di Montalcino, recomendación expresa de un buen compañero de trabajo. No nos defraudó. Sería nuestro «restaurante de cabecera» en Florencia, por su estratégica situación, por el amable y eficaz servicio… y por la propia cocina.

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A la salida tuvimos la ocasión de contemplar de nuevo el Palazzo Barguello a la luz del día. También hicimos la foto de rigor ante el Tribunale ordinario di Firenze, que no puede faltar en nuestros viajes. Nos dirigíamos al Pallazo Pitti por un itinerario que ya nos era habitual: Piazza della Signoria, Galleria degli Uffizi y… Ponte Vecchio.

Volvíamos al Ponte Vecchio, una de las imágenes más conocida y representativa de la ciudad. Sus orígenes se remontan al año 1345, lo que le convierte en el puente de piedra más antiguo de Europa.

En los siglos XV y XVI sus casas colgantes estuvieron ocupadas por carniceros y matarifes pero, cuando la corte se mudó al Palacio Pitti, Fernando I ordenó cerrar las tiendas por el mal olor. Desde entonces las tiendas han sido ocupadas por joyeros y orfebres.

Otro detalle curioso de la época fue la construcción del Corredor Vasariano, el corredor que recorre la parte este del puente desde el Palazzo Vecchio hasta el Palazzo Pitti, utilizado para su huida por los protagonistas de «Inferno«.

El influyente banquero Luca Buonacorso Pitti sería el promotor del Palazzo Pitti en la segunda mitad del siglo XIV, encargando el proyecto a Filippo Brunelleschi, aunque será Luca Fancelli quien se encargue definitivamente de los trabajos. Se trataba del primer palacio externo a las murallas de la ciudad, planteándose una obra en estilo renacentista, una fábrica reducida respecto al edificio actual. Se proyectó un palacio sobrio y armónico, en el que se integran elementos clásicos de orden dórico, jónico y corintio, otorgando a la piedra un papel fundamental. Sucesivas ampliaciones dotarán al palacio del aspecto actual, que le convierten en una de los edificios más impresionantes de Florencia, con su fachada de más de 200 metros de largo al pie de una colina.

La participación de los Pitti en una de las conjuras contra los Médici provocaría la interrupción de los trabajos, hasta que hacia el año 1550 el gran duque Cosme I lo adquirió para instalar en él su residencia familiar, abandonando el Palazzo Médici. Ocho años más tarde encargó a Bartolomeo Ammannati los trabajos de reforma; se sustituyeron las techumbres antiguas por una balaustrada, abrió las arcadas en los muros de la planta baja y proyectó el patio y la fachada que mira a los jardines.

Ya en el siglo XVII Giulio y Alfonso Parigi ampliaron más la fachada; entre 1764 y 1819, Giuseppe Ruggieri añadía los pórticos perpendiculares a la plaza. El gran duque Fernando I será el encargado de dotar de un aspecto regio al edificio en su decoración, empleando a grandes artistas como Pietro da Cortona.

En la actualidad, el Palazzo Pitti alberga un amplio número de museos: la Galería Palatina, el Museo degli Argenti (con excelentes muestras de orfebrería y joyas), el Museo de la Porcelana, la Galería de Arte Moderno (en la que están representados los mejores artistas italianos desde el siglo XIX), la Galería del Vestido y el Museo de Carrozas.

Nuestra visita abarcó los más importantes de todos ellos: la Galleria Palatina y la Galleria di Arte Moderna, además de contemplar la exposición temporal dedicada a Jacopo LigozziPittore Universalissimo«).

La parte más importante de la colección conservada en la Galería Palatina está repartida en las seis salas que forman la fachada del Palacio Pitti y en las de la parte trasera, que formaban en el ala norte, el apartamento de invierno de los grandes duques Médicis. Caídas en desuso, estas salas se utilizaron para exponer, desde finales del siglo XVIII, las pinturas más importantes (por entonces cerca de 500) del palacio Pitti, en gran parte procedentes de la colección de la familia Médicis.

Fue Cosme I quien formó, hacia 1620, lo que sería el núcleo de la colección. Su hijo, Fernando II, lo incrementó y lo trasladó a las salas de la primera planta, decoradas por Pietro da Cortona y Ciro Ferri. También el cardenal Leopoldo, hermano de Fernando II, contribuyó sobremanera al enriquecimiento de la colección, así como también Cosme III y su primogénito, el príncipe Fernando, a quien se debe la adquisición de importantes pinturas flamencas, retablos provenientes de varias iglesias toscanas y obras extraordinarias de los períodos renacentista y barroco.

Empezamos nuestra visita por la Galería de las Estatuas, en la que se hallan esculturas antiguas provenientes de la Villa Médicis de Roma, y por la sala denominada del Castagnoli. El ala contigua, llamada del Volterrano, albergó el apartamento de las grandes duquesas desde la época de Cosme II de Médicis; en ese apartamento murió la última representante de la familia, Anna Maria Luisa, que legó al pueblo florentino su extensa colección de obras arte.

La disposición de las obras de la Galería Palatina sigue los criterios estéticos típicos de las galerías de cuadros del siglo XVII. Los estupendos marcos tallados forman un conjunto orgánico y armonioso con los motivos ornamentales de las bóvedas, logrando el ideal de unidad de las artes que era el objetivo de la estética barroca.

Posteriormente la Galería fue ampliada cuando los Saboya, en 1915, donaron todo el edificio al patrimonio público, con lo cual fue posible duplicar el número de cuadros expuestos. Las obras expuestas actualmente provienen, en gran parte, de las viviendas privadas de los numerosos miembros de la familia Médicis. Abundan las obras maestras: la Virgen con el Niño y episodios de la vida de Santa Ana, de Filippo Lippi, datable hacia 1450; la Virgen con el Niño y San Juan Bautista niño, de Rafael (hacia 1516) y, del mismo artista, Mujer con velo; San Juan Bautista niño, de Andrea del Sarto (1523); y célebres retratos de Tiziano, Veronese y Tintoretto.

La Galería de Arte Moderno está ubicada en la última planta del Palacio Pitti. Muchas de las salas que componen el espacio expositivo fueron decoradas en el siglo XIX, en tiempos de los últimos grandes duques de Lorena, Fernando III y Leopoldo II. Creada en 1914 gracias a un acuerdo entre el Estado italiano y el ayuntamiento de Florencia, la Galería fue inaugurada en 1924.

Cuenta con más de dos mil obras que brindan una visión bastante completa de la pintura toscana entre los siglos XVIII y XX. También forman parte de la colección obras pictóricas representativas de otras escuelas italianas, además de obras de pintores extranjeros. Entre las obras de finales del siglo XVIII se pueden admirar las de pintores neoclásicos como Pietro Benvenuti y de escultores como Antonio Canova. En cuanto a la pintura romántica, están representados, entre otros, Francesco Hayez y Francesco Sabatelli; la escultura de ese período está representada por Giovanni Dupré.

A espaldas del Palazzo Pitti se abren los impresionantes Jardines de Bóboli. Pero la amenaza de lluvia, los poco cómodos zapatos que uno de los viajeros habían elegido para ese día y el hecho de no disponer del tiempo necesario para recorrerlos completamente y sin prisa, motivó que pospusiéramos su visita para nuestra próxima estancia en Florencia (interesa recordar que la monedita se coló por la ranura de la pila que reposa a los pies del porcellino). En esta ocasión nos contentamos con divisar desde el palazzo uno de los lugares más importantes del jardín, el antiguo anfiteatro, en cuyo centro se encuentra un obelisco egipcio que fue llevado desde la Villa Médici en Roma.

Cuando salimos del Pallazo Pitti había finalizado el horario de visita de prácticamente todos los lugares que nos quedaban por visitar. Teníamos pendientes un par de compras (una bonita tarjeta para una pareja de novios muy especiales y una sudadera para otra persona muy especial). Decidimos subir a la Piazzale Michelangelo, uno de los mejores miradores de Florencia, desde cuya cima pudimos contemplar la ciudad en todo su esplendor.

Aunque se recomienda subir en autobús y bajar después caminando, subimos caminando desde la orilla sur del río Arno, para no perder la costumbre. En la plaza, además de una réplica en bronce del David de Miguel Angel, encontramos un quiosco donde comprar una botella de agua que mitigara el esfuerzo de la ascensión.

Aunque el día estaba nublado, las vistas de la ciudad desde este emplazamiento son espectaculares.

Comenzaba a caer una fina lluvia. Decidimos volver al hotel para tomar algo y preparar el equipaje (al día siguiente abandonábamos Florencia). Ahora sí que cogimos el autobús que, tras un agradable paseo por los barrios menos céntricos de la ciudad, nos condujo a Santa Maria Novella. Nuestro tranvía de costumbre nos llevó al hotel.

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (6)

Amanecía en Florencia el miércoles, 30 de julio. No era necesario madrugar tanto, pero queríamos estar a primera hora en la Piazza del Duomo para comenzar nuestra visita. Tras el desayuno tomamos ya el habitual C2 (de Leopolda hasta Pecori).

Desde hace 1.600 años, la vida religiosa de los florentinos tiene su centro en la Piazza del Duomo, que se prolonga hacia el oeste con la Piazza San Giovanni. En este lugar surgen, como elementos más significativos, el Baptisterio dedicado a San Juan Bautista, la Catedral de Santa María del Fiore (con los vestigios de la iglesia de Santa Reparata) y el Campanario de Giotto.

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La plaza de la Catedral fue creciendo a través de los siglos al servicio de la Iglesia y de la ciudad. A finales del siglo XIII, el lugar (inicialmente un pequeño cementerio que rodeada el Baptisterio) empezó a tomar la forma y las dimensiones actuales por causa de las mismas exigencias de espacios públicos que determinaron la ampliación del cerco de murallas y la construcción del Palazzo della Signoria y de iglesias monumentales tales como Santa Maria Novella, Santa Croce y la misma Catedral. Más tarde, en el siglo XIX, la plaza fue ampliada ulteriormente con la demolición de la parte anterior de la Casa de los Canónigos y del Palacio Arzobispal.

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Con los biglietti para visitar «il grande museo del Duomo» nos dirigimos al acceso exterior que permitía visitar la más significativa de todas las obras de Filippo Brunelleschi: la cúpula de Santa María de Fiore.

Brunelleschi se enfrentó en esa obra al reto que supone trabajar sobre algo ya hecho. No sólo existía ya el Campanile de Giotto sino que de la catedral, en la que había trabajado Arnolfo di Cambio, tan sólo quedaba por hacer la cúpula, de la que incluso las medidas estaban ya dadas. Después del concurso celebrado en 1418 para adjudicar el proyecto de la nueva cúpula, ésta fue encargada a Ghiberti y a Brunelleschi. Los mismos artífices volvieron a concursar en 1436 para la realización de la linterna, pero en ambos casos el triunfador fue Brunelleschi. En 1436 se acabó la cúpula y fue bendecida oficialmente por el papa Eugenio IV, pero la linterna, diseñada también por Brunelleschi, no se acabó hasta 1464.

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Tras la cola de rigor accedimos a la catedral por la Puerta de la Mandorla y comenzamos la ascensión de los 463 escalones, de múltiples tipos y diferentes formas, que separan el mirador de la entrada a ras de suelo.

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En un momento de la misma nos encontramos en la parte que mejor permitía apreciar la decoración realizada entre 1572 y 1579 por Giorgio Vasari y Federico Zuccari, tomando como tema iconográfico el Juicio Final. Realmente impresionantes estos 3.600 metros cuadrados de superficie pintada al fresco que, por suerte, se contemplan tanto a la subida como a la bajada, para mayor deleite del «osado» que emprende esta imprescindible visita.

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El último tramo de la subida se realiza casi vertical entre las bóvedas interior y exterior, confluyendo los visitantes que suben con los que bajan.

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Eso sí, las vistas de la ciudad de Florencia desde el mirador son, sencillamente, espectaculares.

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Salimos a la calle por la Puerta de los Canónigos, en el ala en la que se sitúa el Campanile. Nos contentamos con admirar su exterior, un monumento en sí mismo, con más de 84 metros de altura. Otros 412 escalones hubieran sido demasiado para esa mañana y ya habíamos gozado de las vistas de Florencia.

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Fue Giotto quien inició su construcción en los últimos momentos de su vida, continuando las obras Andrea Pisano -es el autor de los dos pisos con ventanas geminadas- y finalizándolas Francesco Talenti en 1359, creador de las grandes ventanas de los pisos superiores. Destaca sobremanera su rica decoración escultórica, con 56 relieves en las dos fajas superpuestas y 16 estatuas de tamaño natural en las hornacinas, obras de grandes maestros florentinos de los siglos XIV y XV como el citado Andrea Pisano y sus colaboradores Donatello y Lucca della Robia.

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Nos pusimos en la cola que esta vez daba acceso al interior de la Catedral por la puerta izquierda de su fachada principal. Tercera en el mundo por su tamaño, fue proyectada en 1296 por Arnolfo di Cambio en formas gótico-toscanas. El grandioso conjunto está entre los más significativos y antiguos testimonios del gótico toscano, elegante y sobrio en lo arquitectónico y admirable en la finísima decoración con mármoles polícromos.

La última parte de la iglesia en ser realizada fue la fachada principal, ejecutada según proyecto de Emilio de Fabris entre 1871 y 1887, en un estilo neogótico que recuerda el gótico del Campanile y de las portadas laterales de la Catedral.

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Esta construcción en 3 naves separadas por pilastras compuestas parece ser que se elevó sobre la antigua basílica de Santa Reparata tal y como lo han demostrado unas recientes excavaciones. En el interior de la Catedral causa una profunda impresión la vastedad del espacio y la sobriedad de la decoración. La rica policromía del exterior se transforma aquí en una sencillez que acentúa las dimensiones titánicas de la iglesia. Muy distinto, no cabe duda, al rico interior de la Catedral de Pisa.

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Llama la atención un colosal reloj colocado encima de la puerta mayor, pintado por Paolo Ucello en 1443. Se trata de un «reloj litúrgico» que calcula las 24 horas a partir de la puesta de sol del día anterior.

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Entre el segundo pilar y el tercero, en la parte sur del templo, encontramos una escalera que nos condujo a las excavaciones de Santa Reparata, la antigua Catedral. Pudimos admirar allí los restos de las construcciones romanas sobre las que fue edificada Santa Reparata en el siglo V, una parte de la pavimentación en mosaico paleocristiana y elementos de las sucesivas reconstrucciones y ampliaciones hasta la segunda mitad del siglo XIV, cuando la iglesia fue reemplazada por Santa Maria del Fiore.

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Habíamos leído en alguna web preparando nuestro viaje que no merecía la pena visitar el Baptisterio de San Juan que se encuentra, frente al Duomo y junto al Campanille, en el centro neurálgico de Florencia. Realmente fue un gran acierto no hacer caso de tal recomendación.

Se trata de uno de los edificios más antiguos de la ciudad, levantado sobre los restos de una construcción romana que dio paso a una iglesia. Algunos restos de este primitivo templo se incluyeron en la edificación, iniciada hacia el siglo V y concluida en el siglo XI. Presenta planta octogonal, convirtiéndose en un excelente ejemplo de la arquitectura románica de la región. Cada uno de los lados se organiza en la parte superior con arquerías de tres arcos en los que se insertan ventanas; el ático es un añadido del siglo XIII, al igual que el cubrimiento en forma piramidal. En esta centuria también se construyó un ábside rectangular en el lado oeste, denominado «scarsella«.

Tareas de mantenimiento y limpieza, suponemos, nos impidieron admirar su exterior, decorado con bandas blancas y verdes de mármol y pilares con bandas horizontales al igual que los demás monumentos de la plaza. En las fachadas norte, sur y este se abren tres monumentales pórticos cerrados con sus respectivas puertas de bronce.

La puerta sur se debe a Andrea Pisano, ejecutada hacia 1330; se divide en 28 compartimentos en los que se narran escenas de la vida de San Juan Bautista, así como alegorías de las Virtudes, cardinales y teologales, cada una de las escenas encuadradas de manera cuadrilobulada, siguiendo la tradición gótica.

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La puerta norte es el resultado de un concurso organizado en 1401 en el que participaron los más notables artistas de la ciudad. El vencedor fue Ghiberti, ejecutando una estructura que repite las características de la puerta anterior, aunque estilísticamente se aprecian novedades importantes. El tema trata sobre diferentes episodios de la vida y pasión de Cristo.

Al este, frente al Duomo, se abre la Puerta del Paraíso (llamada así por Miguel Angel según Vasari), ejecutada también por Ghiberti. El artista consagró 25 años de su vida a la ejecución de esta obra y en diez espacios representa diferentes escenas del Antiguo Testamento. En el marco se alternan retratos de artistas de la época con figuras de profetas y sibilas.

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Escribe Dan Brown en «Inferno» que dice la leyenda que al entrar en el Baptisterio de San Juan es físicamente imposible no levantar la mirada. Tengo que darle la razón…

El interior del baptisterio recuerda, por su amplitud, al Panteón de Roma. La amplitud responde a las necesidades del edificio, que debía albergar grandes cantidades de visitantes ya que el bautismo sólo se administraba dos veces al año. Las paredes están decoradas con mármoles polícromos y los suelos se cubren de mosaicos, realizados en el año 1209. El mismo material se emplea para cubrir la cúpula.

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Este trabajo fue iniciado en el siglo XIII por artistas llegados de Venecia, finalizándose en la centuria siguiente, siendo mosaístas florentinos quienes acabaron los trabajos, entre ellos el propio Cimabue.

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El asunto de la decoración de la cúpula se inscribe en la representación del Creador con escenas del Génesis y de las vidas de Cristo, José y San Juan Bautista. En el ábside se representa el Juicio Final.

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En el centro del Baptisterio se hallaba la antigua fuente bautismal cercada por una valla octagonal (en la actualidad ha perdido ese lugar para alojarse en un lateral). En la ficción, un excelente lugar para ocultar la máscara funeraria de Dante Alighieri…

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Desde la pila bautismal mirando hacia la cúpula, el creyente veía la imponente figura de Cristo que domina los mosaico, y bajo sus pies a los muertos que resucitan: es el Juicio Universal.

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Habíamos terminado una completísima visita al conjunto del Duomo. Era el momento de sentarse en un banco de la plaza para hidratarse y comer la ya habitual fruta de media mañana.

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Después del breve descanso nos dirigimos hacia la Piazza di Santa Croce. Tomamos primero la Via dell’Oriuolo y posteriormente la Via Giuseppe Verdi y pronto nos encontramos en la piazza, con la Basilica di Santa Croce al fondo.

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Fuera de las murallas, en el barrio de los tintoreros y los curtidores, los religiosos franciscanos erigieron su iglesia, que pronto se convirtió en uno de los centros de reunión para los florentinos. Inicialmente fue una pequeña capilla dedicada a la Santa Cruz pero en 1228 fue ampliada por primera vez, debido a la masiva afluencia de público que se acercaba para oír a los seguidores de san Francisco de Asís. Una nueva reforma, esta vez en 1294, otorga el aspecto actual al templo, siendo Arnolfo di Cambio el encargado de la dirección de las obras.

Presenta una planta de cruz latina, con tres naves de pilastras octogonales que sostienen grandiosos arcos ojivales, flanqueando el altar mayor cinco capillas. La fachada está realizada en mármol blanco de Carrara con recuadros de mármol verde, obra neoclásica de Nicolò Matas construida entre 1853 y 1863.

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En el interior de la iglesia pudimos admirar un buen número de obras de arte entre las que destacan el púlpito de mármol, realizado por Benedeto da Maiano en 1476; la tumba de Miguel Angel, obra de Vasari, decorada con esculturas alusivas a la Arquitectura, la Escultura y la Pintura; la tumba del poeta Vittorio Alfieri, levantada por Canova en 1810; la tumba de Leonardo Bruni, realizada por Bernardo Rossellino; la tumba de Carlo Marsuppini, humanista y secretario de la República florentina, considerada la obra maestra de Desiderio da Settignano; la lápida sepulcral de Ghiberti y la más buscada por el que escribe: la tumba de Galileo.

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También se encuentra en el interior de la basílica la Capilla Baronceli-Giugni, decorada por Tadeo Gaddi con frescos de la vida de la Virgen, así como una capilla, a la derecha del coro, decorada por Giotto con escenas de las vidas de San Francisco y San Juan Bautista.

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En el exterior se encuentra la Capilla Pazzi, construida por Brunelleschi entre 1429 y 1444. Brunelleschi también es el autor del diseño del claustro, construido en 1453. Al fondo de levanta el campanario, obra de Baccani en 1865.

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Cuando abandonamos la basílica decidimos hacer un alto en el camino y comer. Tomamos Borgo dei Greci y, atravesando la Piazza di San Firenze, llegamos a la Via del Proconsolo.

Está claro que una de las mejores cosas que se puede hacer para disfrutar de Florencia es pasear por sus calles, apreciando sus increíbles monumentos, sus edificaciones y sus hermosas plazas. Y muchísimo mejor si es muy bien acompañado…

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (5)

Al salir de la trattoria pudimos comprobar que amenazaba lluvia. Nuestros augurios se convirtieron pronto en realidad. Primero una ligera llovizna, que dio paso a un chaparrón en toda regla. Nos dirigimos a la Galleria della Accademia, uno de los lugares de referencia para apreciar la pintura de los siglos precedentes al Renacimiento en Florencia y especialmente toda la obra escultórica de Miguel Angel.

Teníamos «entradas sin cola» para las cuatro de la tarde y andábamos refugiándonos como podíamos bajo los techos de los edificios y rechazando las ofertas de paraguas que nos hacían los muchos vendedores ambulantes que pululaban por doquier.

Al llegar a la Accademia nos cobijamos en el Conservatorio de Música de la ciudad, anexo a la galería. En un instante en el que la lluvia arreció canjeamos nuestra reserva por las entradas y accedimos antes de la hora fijada sin problema.

Nada más entrar nos cautivó la obra maestra de Miguel Angel: el David, una escultura de mármol blanco de 5,17 metros de altura que representa a David antes de enfrentarse con Goliat. Y es que la escultura te hipnotiza, haciendo que dejes todo el resto de la rica colección de arte que alberga la galería para más tarde.

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La escultura fue realizada entre 1501 y 1504 en los talleres de la Opera del Duomo. Al finalizar fue trasladada a la Piazza della Signoria. Para protegerla de los fenómenos meteorológicos fue trasladada a la Academia en 1873.

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El David posee un gran dramatismo que nos hace intuir un cambio de estilo y nos introduce en el Barroco.

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La verdad es que nos recreamos en la escultura. Lo merece. Tras contemplarla por primera vez y hacer las innumerables fotografías de rigor, encontramos un banco muy cerca de ella donde pudimos seguir disfrutando del momento mientras escuchábamos una audioguía con una exhaustiva descripción de la obra.

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Otra de las obras que podemos apreciar es un boceto excelente de la Piedad de Palestrina.

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En sus diferentes salas pudimos contemplar pinturas de diversos autores como Fra Bartolomeo, Filippino Lippi, El Perugino y Albertini, que corresponden al periodo del siglo XIV en Florencia. También de Rosselli y de Botticelli (La Virgen del Mar o La Virgen y el Niño con San Juan y otros ángeles). Giovanni da Milano y su Piedad, T. Daddi y su Escena de la Vida de Cristo y Andrea de Cione. Y en una de las última salas nos encontramos con Pontormo, Ghirlandaio, Bronzino,… con obras de mediados del siglo XVI.

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Mención aparte merece la llamada galería de los Cautivos donde se recogen todas las obras con el tema de cautivos que Miguel Angel dejó sin acabar. Estas obras fueron en principio proyectadas para ser colocadas en la tumba del papa Julio II, de Roma. La sala está decorada con tapices de la zona de Florencia y de Bruselas de los siglos XVI-XVIII. Junto a estas estatuas inacabadas se halla la de San Mateo que se encuentra en la misma fase de desarrollo y que iba a ser ubicada en la fachada de la catedral florentina.

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Terminamos la visita a la planta baja contemplando el “Rapto de las Sabinas”, del escultor flamenco Giambologna, una espléndida escultura en mármol hecha en 1582 (tercera representación de la misma figura) destinada a la Loggia dei Lanzi en la Piazza della Signoria.

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Tras visitar las salas de la primera planta salimos a la calle. Había dejado de llover. Nos dirigimos a la plaza del Duomo entre el gentío que poblaba las calles de Florencia. Un gelato y una botella de agua fueron nuestra recompensa ante la Iglesia de Santa Maria Novella, cerrada ya a esa hora de la tarde. Nos contentamos con admirar su exterior y nos dirigimos al hotel, esta vez en tranvía (T1) hasta Porta al prato, la parada más cercana al mismo.

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Nos habíamos ganado un descanso. Eso sí, no duraría mucho, pues teníamos proyectado asistir a un concierto de la Orquestra da Camera Fiorentina en el patio del Museo Nazionale del Bargello, cuya hora de inicio estaba fijada para las nueve de la noche.

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Poco antes de las ocho ya estábamos en camino de nuevo hacia el corazón de Florencia. De nuevo en el «microbús» de la línea C2, esta vez hasta el mismísimo Palazzo Bargello. Nos quedaba el tiempo justo para tomar algo. Y en esta ocasión el Yelow bar sí que estaba abierto, al contrario que la noche anterior.

Nos recibieron muy amablemente y nos situaron en una mesita justo al lado del lugar donde una chica no paraba de preparar pasta fresca, lista para ser cocinada y servida. Sin duda, uno de los encantos del restaurante. De hecho, todos los que entraban al local eran guiados hasta ese lugar y recibían la consiguiente explicación de la elaboración de la pasta.

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Un par de pizzas y dos cervezas. Medianas en esta ocasión, que ya controlábamos las medidas. El rápido servicio hizo que llegáramos con tiempo de sobra al concierto que bajo el nombre de «Musica dal grande schermo» interpretaría la orquesta de cámara florentina bajo la batuta del prestigioso director Giuseppe Lanzetta, con Alessandro Silvestro a la trompeta y Alessio Cioni al piano.

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Una bella colección de fragmentos de bandas sonoras de películas tan conocidas como «La vida es bella«, «Por un puñado de dólares«, «Érase una vez en América«, «El gatopardo«, «Cinema Paradiso«, «El padrino«, «La misión«, «La strada«, «Amacord» y «Ocho y medio«, compuestas por Piovani, Morricone y Rota. Unas agradables melodías en un marco incomparable.

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La lluvia hizo acto de presencia cuando se acercaban los bises. Como a primera hora de la tarde, primero una ligera llovizna, y luego un chaparrón, chaparrón. No llovía, diluviaba. Nos refugiamos en las partes cubiertas del patio mientras la orquesta seguía tocando su repertorio, más contemporáneo ahora (Frank Sinatra, Louis Armstrong…).

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Pudimos contemplar todas las obras escultóricas del patio mientras los músicos recogían sus instrumentos. A ver quién era el guapo que salía a la calle. Al final no nos quedó más remedio. Cerraban.

Llovía menos, pero llovía. Al final compramos un paraguas al cuarto o quinto vendedor ambulante que nos lo ofreció. También estaban preparados para la lluvia nocturna. Coger un taxi se convirtió en «misión imposible». Viajaban de un lado a otro de Florencia a una velocidad endiablada. Creo que todos teníamos el mismo objetivo.

No nos quedó más remedio que caminar bajo la lluvia hasta la estación de ferrocarril para tomar el tranvía de vuelta al hotel, al que llegamos con una auténtica sopa. Una forma muy «pasada por agua» de terminar el día.

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (4)

Salimos de la Galeria degli Uffizi y regresamos a la contigua Piazza della Signoria. En ella se alza, majestuoso, el Palazzo Vecchio, austera construcción del siglo XIII (fue construido entre 1299 y 1314 para lugar de residencia y trabajo de los funcionarios de la república). posiblemente realizada por Arnolfo di Cambio.

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El edificio presenta planta romboidal y se corona con una torre de 95 metros, la más alta de Florencia.

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En la entrada del Palacio pudimos observar dos grandes estatuas. A la izquierda, la copia del David de Miguel Ángel (la original nos esperaba esa misma tarde en la Galería dell’Academia). A la derecha, Hércules y Caco (obra de Baccio Bandinelli).

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La primitiva función del Palazzo era albergar al gobierno de la ciudad, al Consejo de la Signoria, de ahí su primer nombre. Pero en el siglo XVI dejó de desempeñar esta función, en el momento en que los Médici fueron nombrados duques de Toscana y trasladaron su residencia al Palazzo Pitti. Desde este instante, el Palazzo cambió de denominación, pasando a llamarse Vecchio. Al exterior aún presenta el aspecto de fortaleza que identifica estos palacios góticos italianos, pero en el interior se han producido importantes reformas, especialmente la llevada a cabo por Vasari en el siglo XVI.

Tras pasar el umbral del solemne edificio llegamos al patio de Michelozzo, construido en 1470, en cuyo centro se encuentra una fuente de pórfido coronada por una estatua de bronce de Verrocchio. Michelozzo lo diseñó tomando como referencia el «cortille» del Palazzo Medici. La decoración de las columnas y las paredes es obra de Vasari, al igual que los frescos que decoran las bóvedas. El patio fue decorado con motivo de la boda entre el príncipe Giovanni de Medici y Juana de Austria en el año 1565. Ya que la novia pertenecía a la familia Habsburgo, las paredes están adornadas con vistas de las ciudades del Imperio. La escalera que parte de esta estancia también es obra de Vasari y nos conduce a los Apartamentos monumentales.

Y esas salas monumentales fueron nuestro primer destino tras adquirir los biglietti. El Salone dei Cinquecento fue construido por Simone del Pollaiolo en 1495, a instancias de Savonarola, para albergar las reuniones del Consejo de la República, compuesto por 500 miembros, de ahí su nombre. Vasari será el encargado de decorar la sala con frescos sobre la historia de la ciudad. Posteriormente, este espacio será utilizado por los grandes duques como lugar de audiencias. En la sala se conserva una estatua de Miguel Ángel destinada a la tumba de Julio II: el Genio victorioso.

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El Studiolo de Francisco I es una de las joyas del palacio. Esta sala era el gabinete de trabajo del gran duque y fue decorada por Vasari con una serie de composiciones alegóricas que simbolizan el dominio del hombre sobre los elementos naturales.

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De camino al segundo piso nos encontramos con otra importante referencia a nuestro «acompañante» Dan Brown: la máscara funeraria de Dante. En «Inferno», ya en el interior del palacio, en un pasaje del libro Marta Álvarez le dice a Sienna que «la máscara mortuoria de Dante está a la vuelta de esa esquina». Se exhibe en un estrecho espacio llamado l’andito que, en esencia, es un corredor que une dos salas más grandes. La máscara está dentro de una vieja vitrina que la mantiene oculta hasta que uno se encuentra a su altura. Por esta razón, muchos visitantes pasan de largo sin ni siquiera verla. No fue ese nuestro caso. Cierto es que te la encuentras sin darte cuenta, pero sí que la vimos.

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Después visitamos el apartamento y la sala de los Elementos, una serie de salas dedicadas a dioses romanos, los apartamentos de Eleonora de Toledo (en los que destaca la Sala Verde y la capilla, decorada por Bronzino), la Sala de Audiencias y la Sala de las Flores de Lis, donde se recuerdan los lazos entre Florencia y Francia, conservando el bronce de Judith y Holofernes realizado por Donatello en 1457, pieza que fue situada en 1495 ante el Palazzo Vecchio para celebrar el triunfo de la nueva república.

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Un camino de ronda nos condujo a lo alto de la torre, donde pudimos disfrutar de unas excelentes vista de la ciudad. Pasamos delante del «alberghettino«, donde fueron encerrados Cosme el Viejo y Savonarola, entre otros ilustres presos.

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Hora de comer. Queríamos hacerlo en la Trattoria Mario (Via Rosina, 2). Abandonamos la Piazza della Signoria por la Via Vacchereccia y al torcer a la derecha en la Via Calimala nos encontramos de nuevo en la Loggia del Mercato Nuovo.

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Era el momento de cumplir con el ritual del «porcellino«. Este bronce, conocido como el Cerdito, obra del escultor Pietro Tacca, es una réplica del original que se conserva en el Palazzo Pitti, si bien se trata a su vez de una copia helenística de un tercero de mármol que se halla en la Galería degli Uffizi.

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Según la leyenda, tocar su hocico nos dará fortuna. Para ello, debemos meter una moneda en la boca del jabalí, por donde sale el agua. Si la moneda cae dentro de la pila que reposa a sus pies y se cuela por la ranura tendremos suerte en abundancia. También existe la creencia de que si vas a Florencia y quieres regresar, debes tocar el hocico. Sea como sea, deciros que la moneda ¡¡ entró !!

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Avanzamos por Via Caminala dejando a nuestra izquierda la Piazza della Republica. Su continuación (Via Roma) nos condujo a la Piazza San Giovanni, centro neurálgico de la ciudad. Tomamos Borgo San Lorenzo. Al final de esta callejuela se encuentran la Basilica di San Lorenzo y el Palazzo Medici Ricardi, que visitaríamos los días siguientes. Seguimos callejeando hasta llegar a la trattoria, en las inmediaciones del Mercato di San Lorenzo.

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No tuvimos que esperar mucho para sentarnos. Aunque habían cuatro o cinco personas en la puerta del local esperando, pasamos al interior para indicar que queríamos una «mesa para dos«. Tras tomar nota, nos indicaron que no nos alejáramos mucho. Y al cabo de un par de minutos compartíamos mesa y mantel con un par de chicos japoneses con los que coincidiríamos en varias ocasiones durante nuestra visita a Florencia. No nos pilló de sorpresa, pues habíamos leído que la trattoria era pequeña y se comía codo con codo con otras personas. En esta ocasión, fue «mesa para cuatro«.

El servicio es simpático y eficiente. La chica que nos atendió nos ofreció diversos primeros platos y, por supuesto, una de las especialidades de la casa: «la bistecca alla Fiorentina«, al peso, que cortaban prácticamente delante tuyo, pues la cocina estaba a un metro escaso de nuestra mesa.

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No lo dudamos. Un par de platos de pasta fresca con carne y un buen bistec. 900 gramos pesó la criatura. Todo acompañado de una jarra de vino tinto de la casa, que resultó ser un exelente Chianti, «bueno. bonito y barato«)

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La «bistecca alla Fiorentina» se merece un buen primer plano. Por cierto, exquisita. Aunque casi nos echan del local cuando pedimos que la carne estuviera bien hecha. No os extrañéis: a nuestros compañeros de mesa casi les disparan cuando pidieron ketchup para sus patatas fritas.

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Un sitio que merece la pena visitar y recordar. Había sido un buen colofón para la mañana de nuestro primer día completo en Florencia. Pero aún quedaba mucho de ese día para ver y disfrutar…

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (3)

Amanecía nuestro primer día en Florencia (y tanto que amanecía). Las seis y media de la mañana y ya en pie. Había que desayunar y llegar al centro. La verdad es que se desayuna muy bien en los hoteles europeos, por lo menos en los que nosotros nos hemos alojado. Y este no le andaba a la zaga.

Listos para comenzar un completo día. Pero no andando. Nos decantamos por hacer nuestro primer viaje en autobús (C2, Leopolda) hasta las inmediaciones de la Piazza del Duomo (Pecori). Empezábamos a controlar cómo conseguir los biglietti y cómo validarlos (con el tiempo llegaríamos a controlarlo realmente bien…).

A la altura de la Piazza San Giovanni tomamos la Via Roma que nos condujo a la Piazza della Republica y, más tarde, a la Loggia del Mercato Nuovo (con su famosa Fontana dell Porcellino, a la que volveríamos más tarde) antes de encontrarnos de nuevo con la Piazza della Signoria con las primeras luces del día.

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Pudimos apreciar con todo lujo de detalle la Logia dei Lanzi pues, como siempre, habíamos llegado con tiempo más que suficiente a nuestra cita con el operador que nos debía entregar las entradas «sin colas» para la galería.

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También había tiempo para contemplar los exteriores del Palazzo Vecchio, que visitaríamos más tarde. Dan Brown nos había acompañado en nuestros viajes a París («El código Da Vinci«) y a Roma («Ángeles y demonios«) y no iba a ser menos en esta ocasión. Tenía curiosidad por encontrar la pequeña puerta que daba a la Via della Ninnabase por la que Robert Langdon y Sienna Brooks consiguieron salir del Palazzo Vecchio. No fue difícil localizarla. Desde luego, estaba claro que el autor de «Inferno» se documentaba de maravilla para sus novelas, como también pudimos comprobar más tarde en Venecia.

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Ya teníamos las entradas en nuestro poder. Había llegado el primer «momento del arte«. La Galeria degli Uffizi nos esperaba. Entre los mayores museos del mundo, esta galería es una de las más antiguas de Europa según la concepción moderna de museo. Fue creada por la familia Médici en el siglo XV. Pronto se dedicó a pinacoteca, especializada en Renacimiento. La construcción respondía a las necesidades de la familia Médici. Asentada en Florencia, vivía en el Palazzo Vecchio. Insuficiente para todas las actividades de estos poderosos nobles, se encargó a Giorgio Vasari, pintor y teórico del Renacimiento, la construcción de este edificio. El cliente fue Cosme I Médici, que quería ubicar en ella la sede de los oficios de la Magistratura del Estado. Esta dedicación es la que da nombre a la galería. El edificio está entre el Palazzo Vecchio y el Palazzo Pitti, por lo que el proyecto original se reforma para unir ambos.

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Francisco I, hijo de Cosme, hizo sus propias remodelaciones, otorgando a la galería un ambiente más espectacular y escenográfico que práctico. De resultas de las modificaciones, en 1574, a la muerte de Vasari, el edificio aún no se había terminado, por lo que se llamó a Alfonso Parigi y Bernardo Buontalenti para rematarlo. Éste último fue el autor de la preciosa Puerta de las Súplicas. Inaugurado al fin en 1581, todos los eruditos e intelectuales de la época lo citan elogiosamente por su modernidad y audacia.

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Nuestra primera parada antes de acceder a las distintas salas fue el Corredor que, desde 1996, ha vuelto a adquirir, casi por completo, el aspecto que Francisco I le había dado a finales del siglo XVI.

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Bajo los techos con decoraciones grotescas se hallan los retratos más antiguos de la Serie Giordiana dedicados a hombres ilustres de todas las épocas y países. A lo largo de las paredes se alterna bustos y esculturas antiguas de la colección medicea.

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Las Escuelas que encuentran representación en la galería son en su mayor parte italianas. Las obras más antiguas, del Trecento, son por orden de importancia la Madona Rucellai de Duccio, la Madona d’Ognissanti de Giotto, la delicadísima Anunciación de Simone Martini o una sofisticada y cortesana Adoración de los Magos pintada sobre tabla por Gentile da Fabriano.

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En el Quattrocento están representados los más grandes maestros. Tuvimos ocasión de contemplar una de las tres versiones de la Batalla de San Romano de Paolo Ucello y la Virgen con Niño y dos ángeles de Fra Filippo Lippi.

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Las salas dedicadas a Boticelli, obtenidas en 1943 de la parte alta del Teatro mediceo, acogen al mayor número de obras del pintor del mundo. El recorrido artístico de Boticelli se representa aquí con obras de escenas sagradas y profanas: desde las primeras, todavía bajo la influencia de Filippo Lippi, Verrocchio y Pollaiolo, a las que fueron concebidas en el entorno intelectual mediceo, hasta los cuadros místicos de su madurez.

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Varias obras conocidas en todo el mundo (Retrato de joven con medalla, La calumnia, Nacimiento de VenusLa Virgen del MagnificatPalas y el centauro, La Primavera…) se encontraban ante nuestros ojos.

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Otras ascendencias culturales de la época están representadas aquí por Ghirlandaio, sensible a la pintura flamenca, presente en estas salas con el gran Tríptico Portinari de Hugo Van der Goes.

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La sala 15 está dedicada a Leonardo e inicia la colección de grandes genios del Cinquecento. Las obras (Bautismo de Cristo, Anunciación), iluminadas desde arriba por una gran claraboya, reflejan sobre todo las etpas de la primera producción en Florencia de Leonardo, desde sus comienzos en el taller de Verrocchio hasta su partida a Milán en 1482.

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Seguimos visitando innumerables salas (De los mapas geográficos, de las Matemáticas, Tribuna, Gabinete de las Miniaturas) antes de acceder al segundo y al tercer corredor.

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En la sala dedicada a Miguel Ángel pudimos contemplar el Tondo Doni (Sagrada Familia con San Juan niño), considerado el cuadro más importante y enigmático del siglo XVI, el único testimonio pictórico de Miguel Ángel que se conserva en Florencia y, probablemente, el único pintado sobre un soporte móvil que se le pueda atribuir con certeza.

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La Sala de Níobe alberga un grupo de esculturas antiguas encontradas durante el siglo XVI en un viñedo en Roma, cerca del laterano, y que evocaba el mito de Níobe, aniquilada con sus hijos por Apolo y Diana (Nióbida corriendo, 150 aC).

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También encontramos en ella el enorme lienzo del Triunfo, de Peter Paul Rubens, devuelto recientemente a los Uffizi después de su restauración.

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En las siguientes salas contemplamos más obras del Renacimiento italiano, alemán y flamenco (Francesco delle opere, de Perugino).

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En la cabecera del Tercer Corredor, hacia la Loggia de los Lanzi, se halla el célebre Jabalí romano (copia en mármol de un original en bronce helenístico) junto al Laoconte de Baccio Bandinelli, primera copia al natural del grupo helenístico encontrado en Roma en 1506 (las tres esculturas fueron restauradas en 1994).

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Al final de la segunda planta nos encontramos con la cafetería, que posee una impresionante terraza con unas vistas espectaculares de la parte superior del Palazzo Vecchio. Buena escusa para descansar, beber y comerse una manzana para reponer fuerzas.

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¡¡ No se vayan todavía, aún hay más !!

Bajamos a la primera planta para empezar a visitar las Salas de los españoles, de los holandeses y de los flamencos. Cuadros de Goya (Retrato de María Teresa, condesa de Chinchón), El Greco, Velázquez, Rembrandt o Rubens, entre muchos otros.

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Sin pausa, pasamos a las nuevas salas rojas (ala oeste), contemplando diversas esculturas y varias pinturas de Andrea del Sarto (Virgen de las Arpías), Rosso Fiorentino (Amorcillo músico, Virgen con el Niño y santos -Virgen del Spedalingo-), Pontormo (Retrato de Cosme el Viejo), Vasari, Allori, Bronzino, Rafael (Virgen del Jilguero, León X con los cardenales Julio de’Medici y Luigi de’Rossi) y Ghirlandaio (Tabla pintada para cubrir un retrato valioso).

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Después de contemplar una interesante exposición temporal (Puro semplice e naturale, nell’arte a Firenze tra Cinque e Seicento) finalizamos nuestra visita a la galería con las salas dedicadas a Tiziano (Flora, Venus de Urbino) y Caravaggio (Medusa, Baco, Sacrificio de Isaac).

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Había llegado del momento de abandonar este templo del arte, no sin haber comprado algún recuerdo antes de la salida. Sólo queda decir que este relato es un simple resumen de los cientos de obras de arte con las que pudimos deleitarnos en unas horas aquel 29 de julio de 2014…

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Próxima parada: Palazzo Vecchio.

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (2)

Realmente nuestro viaje desde Pisa hasta la estación de Santa Maria Novella en Florencia fue apacible. A lo largo del trayecto pudimos deleitarnos con el paisaje, verde a más no poder, algo que nos extrañó.

Habíamos organizado el desplazamiento desde la estación al hotel de mil y una maneras. Pero una cosa son los proyectos sobre mapa y/o plano y otra la realidad. Cuando salimos de la estación y pisamos suelo florentino, cargados con nuestras dos maletas nos encontramos un tranvía en la puerta. Esa misma noche pudimos comprobar que nos hubiera dejado a cien metros del hotel… pero era el primer día y lo que tocaba era: andar.

Unos quince minutos nos llevó llegar al Hotel NH Firenze. Al hacer el checking in nos comentaron que nos esperaban para el día anterior. Cosas de las centrales de reservas. Los momentos de incertidumbre tuvieron su pequeña recompensa, pues nos dieron una suite muy cómoda y acogedora.

Media hora más tarde estábamos en la calle, duchados y cambiados, para empezar a patear la ciudad. El hotel estaba algo alejado del centro de la ciudad, pero llevábamos todo el día con el desayuno, un helado y un botellín de agua…

Ahora cogimos ese tranvía que habíamos descartado a nuestra llegada y que nos llevó al mismo destino: la estación de ferrocarril. Nos pusimos a andar. Nuestro destino era el Restaurante Fiaschetteria Nuvoli, en la Piazza dell’olio, muy cerca de la Piazza del Duomo. Pasamos frente a la Iglesia de Santa María Novella y caminado por la Via Dei Cerretani tuvimos nuestra primera visión de la catedral de Santa Maria del Fiore y todo el conjunto arquitectónico de la plaza.

Cuando llegamos ya no servían cenas. Aunque nos invitaron amablemente a tomar una copa de vino, nuestros estómagos necesitaban algo sólido. Era muy tarde y nuestras posibilidades de cenar disminuían de manera exponencial. Próxima parada: Yellow bar (Via del Proconsolo, 39). Cerrado.

Al final una ensalada y una pizza en la Trattoria Le Mossacce (Via del Proconsolo, 55) calmaron nuestro apetito. Y nuestra sed. Llevaba toda la tarde en Pisa diciendo que acabaría la noche con una refrescante cerveza. Al final fue con un «cervezón», pues todavía no controlábamos los «tamaños» de las bebidas en Italia y me atreví con una «grande«.

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Eran más de las once cuando terminamos de cenar. Nuestra primera cena en Florencia. Habíamos paseado (raudos, eso sí) por la Piazza del Duomo, habíamos pasado al lado del Baptisterio, de la catedral, del campanario de Giotto… y habíamos cenado en frente del Palazzo Bargello.

Nuestro paseo nos condujo, casi sin querer, a la Piazza della Signoria, espectacular de noche y de día. Durante el Imperio Romano, la plaza contaba con una instalación termal. A principios de la Edad Media las termas desaparecieron y la plaza fue tomada paulatinamente por artesanos. La plaza adoptó su forma actual a mediados del siglo XIII y fue pavimentada a finales del siglo XIV. Siempre ha estado muy unida al poder civil. Pudimos contemplar la Fuente de Neptuno, construida por Bartolomeo Ammannati y sus discípulos no fue muy apreciada en sus comienzos, y la estatua ecuestre de Cosme I, obra de Giambologna en 1594.

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Además de ser la plaza más bonita de Florencia, es uno de los lugares con más vida de la ciudad. Esa noche, una orquesta deleitaba a los florentinos y a la ingente cantidad de turistas en un escenario muy particular; la Logia dei Lanzi (también llamada Logia della Signoria). Un auténtico museo al aire libre, pues en sus soportales se encuentran diversas esculturas como El Rapto de las Sabinas o Perseo con la cabeza de Medusa.

Atravesando los exteriores de la Galeria degli Uffizi llegamos al Arno, contemplando por vez primera el Ponte Vecchio, espectacular a esa hora de la noche.

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Lo cruzamos y llegamos hasta la explanada del Palazzo Pitti, mezclándonos con la muchedumbre que a esas horas de la noche disfrutaba de un maravilloso paseo por el corazón de Florencia.

Había llegado el momento de regresar al hotel. Para ser el primer día (y como suele ser costumbre en nuestros viajes), ya estaba bien. Para qué buscar un taxi. Un paseo por la ribera del Arno nos condujo hasta el mismo.

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No quedaba mucho tiempo para descansar. Al día siguiente nos esperaba un completísimo día que comenzaba con la visita a la Galeria degli Uffizi a las nueve de la mañana.

Pero eso ya es otra historia…

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Pisa, Florencia, Venecia 2014 (1)

Habían pasado ya cuatro años de nuestro último viaje al extranjero. Tras visitar consecutivamente París, Roma y Londres, las últimas escapadas «nacionales» a Burgos y Segovia ocuparon los veranos anteriores al de este 2014. Desde abril habíamos planeado con mimo nuestra escapada a Florencia, que aprovecharíamos para visitar otras dos joyas entre las ciudades italianas: Pisa y Venecia.

La partida estaba prevista para el lunes, 8 de agosto. Algo antes de las ocho de la mañana cogíamos el coche para desplazarnos a Manises y dejarlo en el parking. Bueno, más que llegar al parking, la «Srta. Garmin» nos condujo presta y veloz al propio aeropuerto…

Ya en la terminal, tocaba facturar. Nuestro primer vuelo con Ryanair. Maletas pesadas y medidas para que no hubiera problema. La espera de rigor y, a la hora prevista, volando rumbo a Pisa (el aeropuerto de Pisa es el más grande de la Toscana), donde llegamos pasadas las tres de la tarde, junto a nuestras dos maletas, sanas y salvas.

La primera cola para sacar los tickets del bus que nos llevaría a la estación de ferrocarril Pisa Centrale. Si, bus, aunque en nuestra exhaustiva preparación del viaje habíamos planeado hacer este desplazamiento en ferrocarril. La estación ferroviaria se encuentra en un lugar bastante céntrico y muy adecuado para empezar el paseo por la ciudad.

Tras dejar el equipaje en consigna, dejamos la estación a nuestra espalda y seguimos por Viale Gramci hasta legar a Corso Italia, la calle comercial por excelencia y una de las más concurridas del centro de Pisa. Proseguimos hasta llegar al Ponte di Mezzo en el río Arno, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, en el que se celebra anualmente la Batalla del Puente, un torneo popular que disputan los dos barrios de la cuidad separados por el río.

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Caminábamos sin rumbo por las hermosas callejuelas de la ciudad. Así encontramos la Piazza dei Cavalieri, antiguo centro de la ciudad, que ahora acoge edificios centenarios de gran valor histórico: además del Palacio de los Caballeros, sede de la Scuola Normale Superiore (una de las universidades más prestigiosas de Italia) en la plaza se encuentra también el Palazzo dell’Orologio vinculado a una curiosa leyenda. El Palazzo fue construido sobre los restos de la «Torre de la Fame», (torre del hambre) famosa por haber sido ser el lugar de reclusión del Conde Ugolino della Gherardesca.

Como narra la «Divina Comedia», el conde Ugolino fue encarcelado en la Torre en la que se le dejó morir de hambre junto a sus hijos y nietos, y casi al final de su agonía, los niños le rogaron que comiera de su propia carne y el conde, ya preso de la locura, se alimentó de sus descendientes.

Pasando bajo el arco del Palazzo dell’Orologio, giramos a la derecha en Via Santa Maria, sede de varias universidades.

En nuestro afán por llegar a la celebérrima Piazza dei Miracoli nos habíamos olvidado de que, debido al horario del vuelo, estábamos sin comer. Y sin beber… Viendo ya a lo lejos la parte superior de la Torre de Pisa paramos a tomar un botellín de agua y nuestro primer «gelato» en tierras italianas. Delicioso, por cierto.

Y llegamos a la Piazza dei Miracoli. Este complejo monumental incluye el Duomo (cuya puerta principal entre sus numerosos elementos decorativos incluye un lagarto que se considera por parte de todos los “pisanos” el amuleto de la ciudad que da buena suerte a todos aquellos que lo tocan), el impresionante baptisterio, el  cementerio monumental  y la famosa Torre de Pisa, que debe su notoria inclinación a un hundimiento del terreno acaecido durante el inicio de su construcción.

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La Torre inclinada de Pisa es el campanario de la Catedral. Está considerada como una de las Siete Maravillas de la Edad Media. Lo más característico es su inclinación. Empezó a inclinarse cuando empezaron las obras en 1174, bajo la dirección de Bonanno Pisano, debido al terreno arenoso. De hecho, el Baptisterio también está inclinado ligeramente hacia la catedral y otras tres torres también.

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Tiene una altura de 56,70 metros y la inclinación máxima alcanzada es de 4,60 metros. La base se divide en arcos; en la parte intermedia hay seis logias y la parte superior tiene arcadas con siete campanas, cada una con una nota diferente.

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Hay que reconocer que nos habríamos perdido una verdadera maravilla si en el aeropuerto de Valencia hubiéramos comprado los billetes para el autobús directo de Pisa a Florencia. Merece la pena recrearse en esta joya arquitectónica, y en todo el complejo de la piazza.

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El Baptisterio de Pisa es el más grande de Italia, tiene una altura de 55 metros y un diámetro que supera los 35 metros. Empezó a construirse en 1152 por el arquitecto Diotislavi, pero no se terminó por completo hasta 1363. Trabajó Nicola Pisano y luego Cellino di Nave y Zimbelino Bolognese. Se construyó, después de la Catedral y antes de la Torre, en estilo románico y se terminó en estilo gótico. Consta de cuatro puertas, pero la principal es la que queda orientada a la Catedral. En el interior se puede ver la pila bautismal y el púlpito de Nicola Pisano del s. XIII.

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La Catedral de Pisa es una obra maestra del románico pisano. Se inició en el año 1063 por el arquitecto Buschetto. Tiene forma de cruz latina, con una gran cúpula y un ábside muy amplio. La fachada que vemos a día de hoy se llevó a cabo dos siglos después por el arquitecto Reinaldo. Destacan las cinco órdenes de arcos y las tres puertas de bronce, que no son las originales realizadas por Bonanno puesto que se destruyeron en un incendio en 1595.

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Las puertas que vimos son obra de Mocchi, Tacca y Francavilla, todos de la escuela de Giambologna. El interior consta de cinco naves, donde destacan las columnas con capiteles corintios, el techo artesonado, el mosaico del ábside y el fantástico púlpito de Giovanni Pisano de principios del s. XIV.

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El tiempo no pasaba contemplando estas maravillas, pero todavía quedaba regresar a la estación y coger un tren que nos llevara hasta Florencia, hacer el checking in en el hotel, darse una más que merecida ducha y dar el primer paseo por la ciudad, además de cenar…

Volvimos a la estación callejeando de nuevo. Recogimos el equipaje y compramos nuestros biglietto. Tras validarlos nos subimos al tren que estaba a punto de partir e hicimos un apacible viaje (nos habíamos ganado el descanso) hasta la estación de Santa Maria Novella en Florencia.

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Burgos 2011 (y 5)

Amanecía un nuevo día a orillas del Arlanzón. El equipaje estaba casi preparado a falta de los últimos retoques. Las obras de la N-I nos obligaron a madrugar algo más de la cuenta para estar sin problemas en Madrid antes de las doce del mediodía. Un café rapidito y al coche…

Llegamos a la capital sobre las once y cuarto. Una vez dejado el coche en el parking nos decidimos por llegar paseando hasta Sol, protagonista de tantas noticias en los últimos tiempos, pasando por delante del Congreso de los Diputados.

El buillicio en la plaza era inmenso. Creo que todos los que pasan por Madrid en los últimos días la tienen como parada obligatoria. Si a esto sumas la JMJ11…

Regresamos con tiempo de sobre al Thyssen. Teníamos la visita concertada y ya nos habíamos ido una vez del museo sin ver la exposición esa misma semana. Última foto delante de Neptuno, para los aficionados atléticos…

La primera parte de la exposición explora los grandes temas de la creación de Antonio López en las últimas décadas, señalando a la vez la continuidad y el contraste con la etapa anterior a 1990. Estos temas se reducen esencialmente a tres: la ciudad, el árbol y la figura humana, en correspondencia con tres medios artísticos fundamentales: la pintura, el dibujo y la escultura.

La segunda parte de la exposición viene a ser una mirada retrospectiva hacia su carrera, presentando su evolución desde sus orígenes hasta su primera madurez. El acento descansa en la figura humana, que en otro tiempo dominó la pintura de nuestro artista.

Tras el buen sabor de boca que nos dejó la exposición decidimos salir rápidos de Madrid y comer en ruta. De un tirón hasta Honrubia. Comida, compra de productos típicos manchegos (muy buenos los quesos, por cierto) y en casa a media tarde sin novedad.

Había que prepararse para el sábado…

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