Londres 2010 (3)

Volvimos al metro (Central line era la nuestra este día) hasta St. Paul’s, a pocos metros de la catedral de idéntico nombre, que surgió de las cenizas del gran incendio de Londres en el siglo XVII.

La entrada a la catedral se encuentra en la fachada oeste, entre las dos torres. En la derecha se sitúa el reloj Big Tom, de cinco metros de diámetro y cuyo minutero mide tres metros de longitud. La hora, la imposibilidad de hacer fotos en su interior y los más de 550 escalones necesarios para subir a la cúpula nos quitaron las ganas de visitarla en esta ocasión (no sería la única a lo largo de la jornada…).

Su cúpula, impresionante, es el legado de un genio revolucionario, el arquitecto Sir Christopher Wren. Esta joya arquitectónica se convirtió en símbolo del espíritu imbatible de Londres, al sobrevivir al Blitz de 1940-1941, en el que cayeron cerca de 27.000 bombas sobre la ciudad.

Tras un pequeño paseo por la City nos dirigimos al Milennium Brigde, puente colgante, peatonal y fabricado con acero que cruza el río Támesis. Su alineamiento es tal que ofrece una clara vista de la fachada sur de la Catedral de San Pablo, enmarcada por los soportes del puente. El diseño del puente fue elegido por concurso en 1996 por el concilio de Southwark. El diseño ganador fue muy innovador, y fue realizado por Arup, por Foster and Partners y por Sir Anthony Caro.

Al otro lado del puente del milenio se encuentra la Tate Modern, uno de los museos más recientes de Gran Bretaña, instalado en una antigua central eléctrica sorprendentemente reformada y en pleno corazón de South Bank.

Contemplamos su colección permanente, entre la que nos llamó la atención algunas obras de Cézane, Dalí, Matisse, Miró y Picasso, además de la sala dedicada a Andy Warhol.

Nos habíamos ganado una buena comida. Del refrigerio tomado en el British no quedaba ni una mísera caloría. Y encontramos un agradable lugar para comer junto al Shakespeares’s Globe, a orillas del Támesis, donde reponer fuerzas.

Tras la comida nos dirigimos al London Brigde dando un agradable paseo por la margen sur del río que nos permitió contemplar una réplica de la famosa fragata Cutty Shark y pasar por las inmediaciones de Vinopolis, un museo del vino cuya visita también dejamos para mejor ocasión (y van dos…).

Aunque la distancia que nos separaba de la Torre de Londres no era excesiva, las millas comenzaban a sentirse en nuestras piernas y nuestra one day travelcard estaba para algo. Así que buscamos la boca de metro más cercana y nos dirigimos a ella.

No era una buena hora para visitar este edificio fundado por Guillermo el Conquistador poco tiempo después de la conquista de 1066 y que ha sobrevivido a más de 900 años como palacio, prisión, lugar de ejecución, arsenal, antigua casa de la moneda y sede de las joyas de la Corona. Queda también para nuestra próxima visita a Londres…

El paseo por el exterior nos permitió contemplar las distintas partes de esta fortaleza (Tower Green, White Tower, Bloody Tower, el palacio medieval junto a Traitor’s Gate,…) y hacer alguna fotografía junto a los Beefeaters, entretenidos en dar alguna explicación a un viandante.

Queríamos patear Tower bridge, pero era de rigor tomarse un café en «Starbucks» e hidratarse. El tiempo nos estaba acompañando, pero también habíamos gastado gran cantidad energía y líquidos desde el desayuno.

Tras el merecido descanso nos dirigimos a Tower brigde y contemplamos las maravillosas vistas de Londres desde este privilegiado enclave. Pasado y presente unen sus manos a sus lados, con dos joyas de Norman Foster flanqueando la Torre de Londres y el Tower bridge, el edificio del ayuntamiento y la Torre Swiss Re.

Eran casi las seis de la tarde, hora local. Las nubes hacían acto de presencia, no así la lluvia…

Debíamos diriginos a nuestro próximo destino, que tenía hora fija de inicio. ¿Por qué tomar de nuevo el metro? Teníamos la ocasión de contemplar la ciudad desde un típico autobús de dos plantas y decidimos hacer la ruta del Nº 15 desde la Torre de Londres hasta nuestro destino …Picadilly Circus.

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Londres 2010 (2)

Ya nos avisó el «primo de Cristiano Ronaldo» que nos trasladó al hotel que en Londres la luz del sol aparecía muy pronto. Y tuve la ocasión de comprobarlo. Con todo, el descanso era necesario después de los vuelos del día anterior. Después de arreglarnos bajamos a desayunar, copiosamente, como suelo hacer cuando salimos de viaje, porque intuyo que la jornada será completita e intensa. Un acierto, pues al organizar el viaje pensaron en la agencia que sería mejor tomar algo en uno de los numerosos «Starbucks» que salpican la ciudad.

Salimos del hotel en dirección a Queensway, una bulliciosa calle llena de comercios, restaurantes, pubs y oficinas de cambio. En una de ellas cambiamos por primera vez nuestros euros por las libras y peniques del lugar. En la estación de Bayswater adquirimos nuestras one day travelcard, una fenomenal forma de moverte por Londres, tanto en metro como en autobús, en una ciudad en la que el transporte público funciona como ya quisieran otras. El vendedor nos convenció para que esperáramos quince minutos en tomar el tren, con lo que nos ahorrábamos casi seis libras.

Y aprovechamos ese tiempo para visitar Notting Hill, un barrio donde destacan sobremanera las fachadas de sus casas (de distintos colores y siempre relucientes), sus parques y jardines; y llegar a Portobello Road, una larga calle que acoge una diversidad de tiendecitas la mar de curiosas. Aunque no era día de mercado, el paseo mereció la pena.

Tomamos «The Tube» hasta la parada más próxima al British Museum y seguimos callejeando, aprovechando para hacer alguna llamada telefónica pendiente.

Intentar visitar el Museo Británico en un día es misión imposible. Tampoco se trataba de pasar unos días en Londres y no poder visitar el resto de la ciudad. Por ello, para disfrutar de este museo nos propusimos no intentar verlo todo de una sola vez y ser un poco selectivos.

Comenzamos la visita por la Great Court, una espectacular explanada, con un techo de vidrio sobre el patio central del museo, aprovechando para ojear brevemente la maravillosa Reading Room que antiguamente albergaba la British Library.

Sin más dilación retrocedimos en el tiempo al entrar en las galerías egipcias, empezando por la impresionante piedra Rosetta con sus tres tipos de escritura (griego en la parte inferior, jeroglíficos egipcios en la superior y una forma demótica entre los dos).

 Tras disfrutar de una de las mejores colecciones de antigüedades egipcias sin ningún género de dudas, con féretros exquisitamente decorados, momias, joyas, el sarcófago dorado de Henutmehyt, la caja de Ginger, la cabeza de granito de Ramsés II,…

… pasamos a visitar las galerías asirias, con las puertas del Palacio de Khorsabad de entrada al palacio de Sargón II como mejor muestra, un maravilloso ejemplo de los enormes relieves de toros alados con cabezas humanas que guardaban el palacio.

Si la galería de esculturas egipcias y las asirias nos habían sorprendido, ¡qué se puede decir de la colección de arte griego! Para empezar, la imponente reconstrucción  del monumento  de las Nereidas descubierto en Janto te deja, literalmente, con la boca abierta.

Y después accedes a la Sala de las Esculturas del Partenón, donde admiras los polémicos mármoles de Elgin, llamados así en honor a Lord Elgin, el diplomático británico que los trajo a Inglaterra en 1816.

La mayoría de ellos pertenecen a un friso del siglo V aC, que formaba parte del Partenón y que representa la procesión en honor a Atenea, la diosa de la ciudad.

Habíamos contemplado parte de los objetos de la planta baja. Nos dirigimos a la primera planta donde tuvimos la oportunidad de detenernos en las galerías egipcias, con impactantes momias en perfecto estado de conservación, en la Galería Weston de la Gran Bretaña romana, que encierra el tesoro de Mildenhall, y la sala dedicada a la Alta Edad Media, en la que se exponen gran cantidad de objetos anglosajones del siglo VII encontrados en el barco funerario de Sutton Hoo.

Un refrigerio dentro del propio museo, perfectamente acondicionado para su visita, gratuita, además, como todos los londinenses, y ojeadas rápidas a otras partes del mismo.

El comienzo de nuestra estancia en Londres había sido espectacular. Salimos del museo que, sin duda, alberga una de las colecciones más importantes del mundo satisfechos de la visita. El día no había hecho más que empezar.

Del British, de nuevo al metro. Pero ya lo contaremos en otra ocasión …

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Londres 2010 (1)

Si hace tres años nos escapamos unos días a Barcelona coincidiendo con el campamento de ASTRADE (para ver la ciudad y visitar a nuestro buen amigo Valentín), hace dos nos atrevimos con un viaje a París aprovechando la estancia de Sara en Fundamifp, y el año pasado visitamos Roma en compañía de Iku y Valentín, en esta ocasión nuestro destino fue Londres (una verdadera pena que motivos laborales hayan impedido que nos acompañaran Iku y Valentín en esta ocasión). Como siempre, quiero empezar este post con un especial y sincero agradecimiento a todas las personas que se quedan aquí velando por si ocurre alguna contingencia. No quiero dejar a nadie en el tintero y no daré nombres, pero si leéis estas líneas seguro que sabéis bien quiénes sois.

Tras dejar a Sara en Águilas volvimos a Alcantarilla, donde nos esperaba Juan Carlos para llevarnos al aeropuerto de El Altet, con la suficiente antelación para facturar sin prisas y embarcar a la hora fijada en el avión, si el tiempo y los controladores aéreos lo permitían. Teníamos escaso tiempo para el transbordo en la T4 de Barajas.

Tras las ya habituales compras en el duty free el vuelo salió con retraso, algo más de media hora. Asumible. El vuelo fue corto y nos permitió recorrer toda la terminal andando, cosa que no sucedería a la vuelta (no adelantemos acontecimientos), aunque ya estaba embarcando el pasaje cuando llegamos a la puerta correspondiente.

La salida del avión de Barajas también se produjo con cierto retraso y la aproximación a Heathrow me dejó noqueado para el resto del día. Un descenso interminable, quince minutos esperando que algún avión despejara la «plaza de aparcamiento» (palabras textuales del comandante de la nave) y, si faltaba algo, un «finger» que no encaja. Mas la UK border y la espera del equipaje en la cinta.

Por lo menos el traslado del aeropuerto al hotel fue rápido y sólo la noche nos impidió ver algo de nuestro destino. Llegamos al hotel (The Caesar), muy confortable y recomendable para turistas españoles. Te sientes como en casa. Algo tarde para salir o tomar un tentempié en el mismo hotel, por lo que nos tuvimos que conformar con el room service. Había que descansar. Se avecinaba una terrorífica jornada bajo la implacable guía de May, dispuesta a ver todos los museos, monumentos y musicales de Londres…

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Roma 2009 (y 6)

Comenzaba nuestro último día en Roma, y había que aprovecharlo. Esa misma tarde tomaríamos sendos aviones con destino a Barcelona y Alicante (vía Madrid). Tras desayunar y quedar como todas las mañanas iniciamos nuestra ruta en dirección a Santa María la Mayor, con su baldaquino de columnas de pórdido rojo y bronce de Ferdinando Fuga y su Capella Paolina, de cuyo techo caen cada año cientos de pétalos blancos en conmemoración del «milagro de la nieve«.

Seguimos pateando la ciudad, ya alejados del centro turístico, para dirigirnos a San Juan de Letrán, catedral de Roma, a la que accedimos por su fachada norte, añadida por Domenico Fontana en 1.586 y desde cuya galería superior el Papa otorga su bendición. En esta Piazza di San Giovanni se encuentra el obelisco egipcio más antiguo de Roma.

Además de contemplar su baptisterio, de forma octogonal, y el altar papal, baldaquino gótico donde tan sólo el Papa puede celebrar misa, paseamos por sus claustros, construidos por la familia Vassalletto alrededor de 1220, admirando sus columnas gemelas en espiral y sus mosaicos de mármol.

Abandonamos la iglesia por su entrada principal en la fachada este, encaminándonos a la Porta Asinaria, una de las puertas de la muralla Aureliana.

Y en tan noble marco pudimos jugar a una de nuestras aficiones semanales: la Lotterie Nazionali, aunque con parecido resultado que en suelo patrio.

Decidimos tomar el metro para visitar Villa Borghese.

Y menuda caminata que nos dimos para terminar sin poder contemplar la villa de los Medici.

Era la hora de la despedida. Valentín e Iku tomaban el avión antes que nosotros y se quedaron en las cercanías de su hotel. A May le quedaban un par de iglesias que ver. Tras dos intensos días y tres noches decíamos «hasta luego» a nuestros amigos, hasta una próxima ocasión, no sabemos cuándo, pues paparajote es menos asiduo de las tierras murcianas últimamente, «no sabemos por qué«, o sí. Partimos hacia la Basílica de Santa María degli Angeli e dei Martiri, junto a la Plaza de la República.

La dedicación a los mártires hace referencia al dato que afirma la hagiografía cristiana, según el cual las termas de Diocleciano fueron construidas con el trabajo de cristianos hechos esclavos. El edificio fue diseñado en 1562 por Miguel Ángel sobre la base del aula central de las Termas, a solicitud de papa Pío IV.

Al igual que en París, nuestro último día nos tenía reservada una curiosidad científica. Si el año pasado fue el péndulo de Foucalt del Panteón, esta vez era la Meridiana, el Gran reloj de sol de Francesco Bianchini, situado bajo el crucero de Santa María de los Ángeles, construido sobre base del diseño original de Miguel Ángel, que fue solicitado por el papa Clemente XI e inaugurado el 6 de octubre de 1.702.

Su fin era, más allá de competir con el reloj semejante entonces existente en San Petronio en Bolonia, demostrar la exactitud del Calendario Gregoriano y determinar la fecha de la Pascua en el modo más coherente posible con los movimientos del Sol y la Luna.

Funge como gnomon el agujero por el cual la luz solar, al cénit, cae en un punto variable y medido por la línea de bronce de cerca de 45 metros de largo trazada en el suelo. La llegada de las estaciones es representada por las figuras de las señales zodiacales incrustadas en mármol y dispuestas a lo largo de la línea. En un extremo se encuentra la señal de Cáncer, que representar el solsticio de verano, y en el otro la de Capricornio, que representa el solsticio de invierno.

Ese día el sol no faltó a su cita, y a las 13 h 15 min 32 s estaba en el lugar indicado, todavía cercano al signo de Cáncer por la proximidad con el solsticio de verano.

Tras la comida nos acercamos a la Piazza Barberini, donde degustamos un helado que se había hecho de rogar, y que nos tomamos sentados en la Fontana delle Api, una fuente de Bernini decorada con abejas, el emblema de sus mecenas, los Barberini.

Una última visita: la iglesia de Santa Maria della Vittoria.

La joya de esta iglesia barroca es la capilla Cornaro, en forma de teatro. En el centro del escenario se halla otra conocida escultura de Bernini, el Éxtasis de Santa Teresa.

Pudimos admirar el contraste entre la representación de Santa Teresa y el ángel, en mármol blanco purísimo, y los rayos del sol en bronce amarillo, y notar las expresiones, los gestos y la suavidad con que Bernini representó esta controversial obra.

Se acercaba el final de nuestro corto pero intenso viaje. Retomamos el camino hacia el hotel donde en pocos minutos nos recogerían para el traslado al aeropuerto. En dicho trayecto pudimos admirar desde la distancia el Palacio de la «Civiltá del Lavoro«, llamado vulgarmente el «Coliseo cuadrado» por su forma y sus 216 aberturas, una de las joyas arquitectónicas que esperamos que también contemplara nuestro amigo Valentín.

Algunas compras en Fiumicino y el primer vuelo a Madrid. Una hamburguesa en la T4 y el segundo vuelo hasta Alicante, donde tomamos tierra cerca de la una de la madrugada. Cogimos el coche y un paseito hasta Alcantarilla. Quedaba poco tiempo para descansar antes de recoger al bombón.

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Roma 2009 (5)

Tras la comida dimos un pequeño paseo por el barrio (del Trastevere) que abandonamos por la Piazza Belli, y nos encaminamos a Santa María en Cosmedin, una de las joyas de la Roma medieval, edificada sobre las ruinas de un templo dedicado probablemente a Hércules, y que cuenta con uno de los más bellos campanarios de estilo románico existentes en Roma. 

Lo que no dicen las guías y desconocíamos, por lo tanto, es que en su austero interior se encuentran las reliquias de San Valentín, casualidades de la vida.

A la izquierda del pórtico se conserva una máscara de mármol, llamada Bocca della Verità. Durante mucho tiempo el pueblo creyó que, quienquiera que dijese una mentira, si introducía la mano en la boca de la máscara, ésta reconocería al mentiroso y le apresaría la mano para siempre jamás. Nosotros tuvimos suerte ese día…

Visita obligada era el Templo de la Fortuna Viril, aunque no fue de tal divinidad, sino que probablemente estaba dedicado a la Mater Matuta. Remonta al siglo I aC y ofrece un bellísimo ejemplo de arquitectura greco-itálica de los tiempos republicanos. Por si acaso, la foto también era obligada…

Nuestra desesperada búsqueda de un helado con el que mitigar el calor de la tarde nos llevó a la Piazza Venezia. Todavía nos quedaron ganas de de buscar y visitar Il Gesù, la primera iglesia jesuítica, y contemplar el rasgo más llamativo de su decoración interior, el fresco del techo: el grandioso Triunfo del Nombre de Jesús de Giovanni Battista Gaulli.

Concebida por vez primera en 1551 por San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, el Gesù fue también el hogar del General Superior de la Compañía de Jesús hasta la supresión de la orden en 1773.

Era mediatarde. Buena hora para tomarse un merecido y reconfortante descanso. Por la noche nos esperaba el ambiente romano de la Isla Tiberina.

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Roma 2009 (4)

Iniciábamos nuestra segunda jornada en Roma. Excesivamente desayunados, con buen ánimo (qué remedio, con el palizón que nos esperaba…) y perfectamente orientados en la ciudad, no dimos un paso de más para llegar a la basílica de San Pedro in Vinculis, eregida por Eudosia, hija de Teodosio el Joven, para conservar las cadenas de las cuáles se había servido Herodes para encadenar a San Pedro.

La verdad es que todo el mundo visita esta iglesia para ver el Moisés, la célebre estatua con la que Miguel Ángel llevó la escultura moderna al máximo de la magnificencia. Su imponente y majestuosa figura se destaca en el centro de la tumba del Papa Julio II, que le encargó al famoso artista su mausoleo.

A la salida nos dirigimos a uno de los mayores prodigios de la civilización romana: el Coliseo.

De forma elíptica, medía en su diámetro más largo 187 metros y en el más corto 155. En el exterior había tres órdenes de arcos, sostenidos, respectivamente, por columnas dóricas, jónicas y corintias. El cuarto piso de los cuatro que consta, que tiene un muro en el exterior, lo añadió Alejandro Severo.

Si el Coliseo que ha llegado hasta nuestros días es una maravilla, el del año 80, cuando se terminó y estaba en la plenitud de su gloria, debería ser sencillamente impresionante, majestuoso, con sus mármoles y estatuas, sus muros, sus pórticos…

Nos pudimos recrear en su historia pues para evitarnos la cola de entrada adquirimos unas audioguías que nos contaban los aspectos fundamentales de su construcción y estructura. También aprovechamos para hacer algunas fotos de esas de «middle for the body and the rest for the building» que nos acompañaron durante todo el día. Aquí podéis contemplar dos de los mejores ejemplos (no serán las únicas):

 Tras salir del Coliseo nos dirigimos a un collado histórico romano, el Palatino, que se asoma sobre el Foro. Fue la cuna de Roma pues aquí se fundó la primera urbe cuadrada y la residencia de los reyes. Salvo el Estadio de Domiciano, la casa de Livia y el Palacio de los Flavios, cuesta imaginarse el conjunto de domus que en otros tiempos ocuparon esta colina.

Más tarde, accedimos al Foro Romano, centro de la vida civil y económica de Roma en la época republicana, a través del Arco de Tito, que el Senado levantó después de la muerte del emperador, como recuerdo de la conquista de Jerusalén. Caminamos por la Vía Sacra contemplando los restos de la inmensa Basílica de Majencio, llamada también de Constantino, el Templete redondo de Rómulo, el Templo de Venus y Roma y el de Vesta.

Todavía nos quedaba por contemplar parte de este impresionante conjunto monumental. Observábamos ávidos las guías deseosos de conocer la historia del suelo que pisábamos en esos momentos.

La Basílica Julia, el Templo de Saturno, la Columna de Foca, última memoria clásica del Foro y el imponente y rico hasta parecer recargado Arco de Septimio Severo, levantado en honor de Septimio y de sus dos hijos Caracalla y Geta, fueron pasando uno a uno ante nuestra vista.

A la salida del foro nos esperaba el Capitolio, dedicado en el pasado a los dioses de Roma y meta de las entradas triunfales de los generales victoriosos, hoy sede del ayuntamiento de Roma. La plaza del Capitolio fue diseñada por Miguel Ángel para el Papa Pablo III. El Palacio Senatorio, al fondo de la plaza, fue construido sobre las antiguas ruinas del Tabularium. Salimos de la plaza por la impresionante y magnífica escalera, llamada Cordonata, realizada según los planos que Miguel Ángel ideó para la entrada triunfal del emperador Carlos V, en 1.536.

Se acercaba la hora de comer y reponer fuerzas de la intensa jornada matutina. Todavía tuvimos tiempo de contemplar el Teatro de Marcelo y atisbar la roca que se cree la Rupe Tarpea, desde lo alto de la cual fue despeñada la traidora Tarpea y, desde aquel día, todos los traidores de Roma.

Nos asomamos sobre el Tíber y divisamos la Isla Tiberina, a la que accedimos a través del Puente Fabricio. El Puente Cestio nos permitió volver a la ciudad, al Trastevere.

Esta vez las chicas acertaron con el lugar para comer, un coqueto restaurante en el que degustamos una más que copiosa comida.

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Roma 2009 (3)

Después de la comida nos dirigimos a los Museos Vaticanos, un mundo en sí mismo. Nos habían avisado de «infinitas colas» para entrar y Valentín había sacado con antelación las entradas por internet pero comprobamos que era otra leyenda urbana.

Antes de la hora prevista ingresamos en los amplios patios y galerías que unen el palacio Belvedere con los otros edificios de Bramante.

Había mucho que ver antes de llegar a las estancias de Rafael y a la Capilla Sixtina. Nada más y nada menos que un conjunto fantástico y grandioso de edificios con más de 11.000 habitaciones, salones, museos, galerías, capillas, corredores, patios y jardines, ricos en tesoros de arte de todo género.

Pronto dimos con la Cortile della Pigna, una enorme piña de bronce, parte de una antigua fuente romana que una vez estuvo en el patio del antiguo San Pedro.

Tras visitar el impresionante museo egipcio nos adentramos en el museo Chiaramonti primero y en el Pío-Clementino mas tarde. 

Seguíamos nuestro lento devenir hacia la Capilla Sixtina, pero antes tuvimos ocasión de maravillarnos con las salas y galerías de Rafael, sobre todo con la gran obra de arte que representa la celebración del pensamiento y ciencia humanos: la Escuela de Atenas.

Cuando llegamos a la Capilla Sixtina mis sentidos estaban a punto de saturarse de tanto arte, aunque me reavivó esta en tiempos severa y casi desnuda capilla convertida por obra y gracia del Papa Sixto IV en una preciosa pinacoteca de la pintura del Renacimiento italiano entre los siglos XV y XVI: Perugino, Botticelli, Guirlandaio, Cosimo Roselli …

… Y Miguel Ángel, que pintó el techo de la capilla por encargo de Julio II de mayo de 1.508 a noviembre de 1.512. La dificultad que representaba la amplitud y la desnudez de las superficies de la bóveda fueron brillantemente superados por este genio al sobreponer a la arquitectura real una estructura arquitectónica diseñada en la que colocó, con maravillosos efectos tridimensionales, los distintos elementos figurativos. Impresionante esta maravilla del arte incluso para un profano y para las condiciones de la visita: sin casi luz y con un gentío que la abarrota en cualquier momento del día.

Todavía tuvimos tiempo de recrearnos con la Pinacoteca Vaticana, desde los primitivos artistas italianos y bizantinos, pasando por Giotto, Fray Angélico, Rafael, Leonardo da Vinci, Ticiano y otros tantos. Comentario aparte merece la Transfiguración que Rafael no terminó por su repentina muerte en 1.520 a los treinta y siete años de edad, cuadro éste que estuvo expuesto en la Capilla Sixtina durante los funerales del artista.

Después de deambular por la Biblioteca Vaticana y por otra cantidad ingente de salas abandonamos a media tarde esta impresionante colección de arte a media tarde por la espectacular Escalera elíptica, realizada por Giuseppe Momo en 1.932.

Volvimos a las cercanías de la plaza de San Pedro para comprar algunos souvenirs y tomarnos un helado. Más tarde tomamos el metro para visitar la Piazza del Popolo, es amplia y abierta, de una perfecta forma elíptica, con su obelisco egipcio que termina en forma piramidal ubicado en el centro y sus “iglesias gemelas” de Santa María in Montesanto y Santa María dei Miracoli. Ni los andamiajes impiden admirar su prodigiosa simetría.

Accedimos a la plaza a través de la Porta del Popolo, una de las antiguas puertas que conformaban la muralla Aureliana.

A la izquierda se encuentra la iglesia de Santa María del Popolo, de origen barroco, que alberga en su interior la pequeña Capilla Chigi, descrita en el libro de “Ángeles y Demonios” como el Primer altar de la ciencia (el altar terreno).

Una gran lona nos impidió observar todos los detalles descritos en el libro: la cúpula, adornada por las numerosas estrellas, los 7 planetas del sistema solar, la representación de los signos zodiacales, las 4 estaciones del año, los 4 elementos naturales; Entre las ventanas, pinturas que representan la creación y el pecado original, y sobretodo las 2 enormes pirámides de mármol que se encuentran a los lados. En el centro de la capilla, en el mosaico en el suelo, el famoso “Hueco del diablo”, que representa a la muerte alada. Nos quedamos sin ver la famosa escultura de Bernini “Habacuc y el Ángel” y el dedo del ángel, indicando la dirección hacia el próximo Altar de la ciencia.

Tras bajar por la vía del Corso y transitar por la conocida via Condotti llegamos a la populosa Piazza di Spagna, repleta de gente. Era buena hora para descansar, poco tiempo, de la intensa jornada, y quedar para cenar.

Por primera vez, May y yo hicimos el camino desde el «Internazionale» al «Internacional». Transitando por la via Sistina tuvimos ocasión de ver la Fontana del Tritoni, de Bernini, como no, en la Piazza Barbaerini, el Palazzo Barberini y las cuatro fuentes en la encrucijada de las vias delQuirinale, Sistina, Quattro Fontane y XX Settembre.

Quedamos con Iku y Valentín para cenar en el entorno de la Plaza de España. Tras alguna incertidumbre por el sitio exacto donde habíamos concertado la cita, cenamos en un pequeño restaurante con una botella de lambrusco «amable» y el antipasto de rigor. Valentín pagó la cena, y con ella cumplió su apuesta de nuestra liga privada del Supermanager. No fue una comida en Florencia, pero fue una maravillosa cena en Roma, maravillosa más por la compañía que por los manjares que degustamos.

Después, un paseo por las calles de Roma nos condujo a la Fontana di Trevi, que pudimos contemplar iluminada. Era hora de descansar. Nos esperaba al día siguiente, para el que quedaban escasas horas, el Imperio Romano.

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Roma 2009 (2)

Cuando a las cinco y media de la mañana May «me invitó a levantarme para que me afeitara» no sabía si estaba en Roma o si, por el contrario, me encontraba en San Petesburgo, mas que nada por el cambio horario. Pasado el susto inicial aproveché para dormir lo que quedaba hasta las siete y media antes de arreglarnos para bajar a desayunar, copiosamente, como suelo hacer cuando salimos de viaje, porque intuyo que la jornada será completita e intensa.

Cuando Valentín e Iku llegaron al «Internacional» comenzamos nuestra visita a la ciudad por la colina del Quirinal, admirando la fachada del Palazzo del Qurinale y las gigantescas estatuas de Cástor y Pólux ubicadas en la piazza junto a uno de los innumerable obeliscos y una de las innumerables fuentes.

De ahí a la Fontana di Trevi no hay más de cinco minutos, eso si aciertas a bajar por la escalinata que teníamos a nuestros pies. Pero todavía no nos orientábamos muy correctamente y hacía poco que habíamos comenzado a caminar. Estábamos ávidos de ver cosas, de ahí que diéramos más de una vuelta hasta localizarla, lo que nos permitió admirar el Palazzo Colonna, la Piazza Venezia y la gran columna de Trajano.

Pero al final dimos con la fuente más conocida de Roma, evitando, eso sí, imitar a Anika Ekberg y a Marcello Mastroianni en aquella memorable escena de La dolce vita.

Eso sí, arrojamos las monedas de rigor, por lo que tal vez comentemos en este mismo blog nuestra vuelta a la ciudad.

Callejeando llegamos al Panteón, gloria de Roma.

Su pórtico, sus puertas de bronce, su solemne cúpula, sus capillas, en una de las cuales se encuentra la tumba en la que yacen los restos mortales de Rafael, hacen de él el más perfecto de entre los monumentos clásicos existentes en Roma.

Nuestro próximo destino era Piazza Navona con sus tres magníficas fuentes, entre las que destaca la Fontana dei Fiumi, la fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, soporte de su obelisco, más famoso si cabe tras los «ángeles y demonios» de Dan Brown, que parece como si nos siguiera en nuestros viajes, el año pasado en París y este en Roma.

La plaza, única en su género, debe su forma a la antigua pista de carreras del Estadio de Domiciano y destaca por su asombrosa decoración propia del barroco romano.

Tras visitar la iglesia de Sant’Agnese in Agone, construida en el lugar donde, según la tradición, la virgen, desnudada antes del martirio, fue envuelta por los bellísimos cabellos crecidos milagrosamente, May, Iku y Valentín buscaban en el plano el mejor camino para llegar a la plaza de San Pedro.

Y ese camino nos llevó hasta el Tíber, a la altura del Ponte Umberto, frente al Palacio de Justicia, una de nuestras visitas clásicas.

Bajamos hasta su orilla ascendiendo de nuevo a la altura del Ponte. S. Angelo, construido en el 134 aC por Adriano para acceder a su entonces Mausoleo, con balaustres y estatuas de la escuela de Bernini. Lo cruzamos para contemplar el Castillo del Santo Ángel, coronado por el célebre Arcángel en bronce de Werschaaffelt.

Tiempo para hacer algunas fotos antes de entrar en el Estado sobrerano del Vaticano.

Accedimos a la Ciudad del Vaticano a través de la Via della Conciliazione que desemboca en la plaza de San Pedro, proyectada por Bernini entre 1656 y 1667, y a su obra más grandiosa, la Columnata.

Como seguro que no nos leen, podemos escribir que gracias a May nos ahorramos cerca de una hora de cola para entrar a la basílica.

Nada más entrar, en la primera capilla de la nave derecha pudimos admirar la Piedad, una de las obras más bellas de Miguel Ángel.

Sosteniendo la majestuosa Cúpula, también de Miguel Ángel, cuatro pilastras con cuatro grandes estatuas. Destaca la de San Longín, de Bernini, a cuya derecha está la célebre estatua en bronce de San Pedro.

Sobre el altar mayor, se eleva el fantástico Baldaquino de Bernini, sostenido por cuatro columnas en forma de espirar, hecho con el bronce sacado del Panteón. Debajo de esta altar se halla la tumba de San Pedro. Detrás, la Cátedra de San Pedro, en la que se incluye la antigua silla de madera de la primera basílica, identificada, gracias a estudios recientes, como el trono de Constantino.

Era el momento de la comida, pues desconocíamos la cola que nos esperaba por la tarde en nuestra visita a los Museos Vaticanos. No nos alejamos mucho de la plaza de San Pedro, y lo pagamos con gusto, incluido el servicio.

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Roma 2009 (1)

Si hace dos años nos escapamos unos días a Barcelona coincidiendo con el campamento de ASTRADE -para ver la ciudad y visitar a nuestro buen amigo Valentín- y el año pasado nos atrevimos con un viaje a París aprovechando la estancia de Sara en Fundamifp, en esta ocasión nuestro destino fue Roma, la ciudad eterna. Como siempre, quiero empezar este post con un especial y sincero agradecimiento a todas las personas que se quedan aquí velando por si ocurre alguna contingencia. Sabiendo que dejo alguna en el tintero, no puedo dejar de citar a Mª Eugenia, Almudena y «Mimi», cuyo apelativo cariñoso no le acompaña con el cuerpo («con cariño»).

Tras dejar a nuestro bombón en Águilas partimos raudos hacia Alicante a recoger algunas pruebas pendientes del susodicho dulce. Comimos en Alicante y todavía nos dio tiempo a hacer algunas compras antes de llegar al aeropuerto de El Altet, con la suficiente antelación para facturar sin prisas y embarcar a la hora fijada en el avión. La duración del vuelo fue menor de la esperada y en un abrir y cerrar de ojos estábamos en Madrid, donde tuvimos tiempo de admirar la T4 antes de embarcar, ahora rumbo a nuestro destino final, Roma. Traslado raudo al hotel (desconozco la cantidad de radares que saltaron de Fiumicino a la ciudad) y, durante el camino, la primera «anécdota» del viaje.

Los fieles (escasos) al blog ya conocéis que este viaje lo hicimos acompañados de Valentín e Iku. En los preparativos del viaje, la cibernética hizo que mientras nosotros reservábamos el Hotel Internacional Plaza, nuestros amigos lo hicieran en el Hotel Internazionale. Parece lo mismo pero no lo es.

Vamos, que nos supuso un agradable paseo por las mañanas y por las noches para empezar nuestras visitas por la ciudad. Quince minutos por la Via Sistina, más parecido a una calle de San Francisco que a otra cosa. Pero el paseo era bastante agradable, y tranquilo.

Al llegar al hotel nos esperaban Valentín e Iku. El tiempo imprescindible para dejar el equipaje y cenar en un restaurante cercano tras una acertada recomendación de la agradable recepcionista del hotel. Fue el inicio del «antipasto». Una de los descubrimientos (ya comentaremos otros que surgieron a lo largo de los siguientes días) del vocabulario italiano, que todos hablábamos con una inusitada fluidez, vamos, como si hubiéramos pasado media vida en Roma.

Todavía nos dio tiempo a tomarnos unas aguas frizantes y unas flojas cervezas antes de retornar a nuestros respectivos alojamientos. Había que descansar. Se avecinaba una terrorífica jornada bajo la implacable guía de May, dispuesta a ver todas las iglesias de Roma, plazas, fuentes y demás…

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París 2008 (y 5)

Nuestro último día en París amaneció cubierto y pasó poco tiempo antes de que empezara a lloviznar. Tras hacer las maletas y desayunar volvimos a la habitación y aprovechamos el primer parón de la lluvia para salir a pasear. Pasaban a recogernos a las 17:00 horas y todavía quedaban lugares por ver. Dejamos el equipaje en consigna y cogimos el metro sin dilación.

Una vez en la Isla de la Cité nos dirigimos al Palacio de Justicia, que alberga la Conciergerie y la Sainte-Chapelle, que Luis IX hizo edificar para conservar las reliquias de la pasión de Cristo (la más conocida de ellas es la corona de espinas). Impresionantes sus esculturas y vidrieras, en número de quince, que cuentan la historia de la humanidad a lo largo de 1.113 escenas.

Seguía lloviendo cuando la abandonamos, paseando por los alrededores de Notre-Dame. Tuvimos la oportunidad de visitar la torre Saint Jacques, cerca del Ayuntamiento, la isla de San Luis y el barrio Latino.

Nuestros pasos nos condujeron al Panthéon, iglesia en tiempos de Luis XV y edificio civil desde 1.885. Al margen de grandioso orden arquitectónico, algo llamó mi atención.

Me encontraba en el lugar donde 157 años antes (el 26 de marzo de 1.851) Foucault fue capaz de convencer a sus contemporáneos de la evidencia del motivimiento de rotación de la Tierra. «Vous êtes invités á venir voir tourner la terre …» («Están ustedes invitados a ver girar a la Tierra …»). Con estas palabras, invitó a los científicos de su época a contemplar los resultados de un revolucionario experimento que proporcionaba pruebas del giro de la Tierra visto desde la propia Tierra.

Dentro del domo del Panthéon suspendió un péndulo de 67 metros de largo del que colgaba una bala de cañón de 28 kg, prestando gran atención a que el cable fuera perfectamente simétrico. Colocó un estilete debajo de la bala y esparció arena en el potencial camino de ésta. Separó la bala hacia un lado y la sujetó con una cuerda hasta que estuvo perfectamente quieta. Quemó la cuerda y el péndulo empezó a oscilar dejando una huella en la arena. A los pocos minutos la huella en la arena inicial se empezó a ensanchar. El experimento fue un éxito. La Tierra giraba «bajo» el péndulo. En otoño de 1.995 la esfera de hierro original que utilizó Foucault fue desempolvada y colgada de nuevo del domo del Panthéon, donde pudimos contemplarla.

Tras la subida a la cúpula (una buena ascensión, con más de doscientos peldaños) bajamos a la cripta, donde descansan muchos franceses notables (Descartes, Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola, Louis Braille, …).

Nos costó bastante encontrar a María y Pierre Curie, y en el camino encontramos otros nombres tantas veces estudiados en la carrera.

A la salida comimos en el Boulevard St-Michel y rumbo al hotel tuvimos la oportunidad de visitar los jardines de Luxemburgo y la famosa fuente de Médicis. Nos acercamos en metro a la zona del hotel. Sólo quedaba tiempo para tomarse un capuccino en la brasserie Olympia.

Con una puntualidad exquisita nos recogieron del hotel y en veinte minutos estábamos en el aeropuerto de Orly, algo menos organizado que el de El Altet, todo hay que decirlo. Tras facturar, las últimas compras en el duty free y el embarque. Tuvimos que esperar tanto para confirmar la reserva de nuestro viaje en la agencia que cuando lo hicimos sólo podíamos regresar en business class, y la verdad es que se agradece. Perfectamente atentidos por el personal de a bordo y bien cenados, tras nuestro aperitivo, llegamos a Alicante, algunos hasta con cazadora vaquera. El contraste era total, de la lluvia al bochorno. Pero es lo que tenemos.

Y aquí acaba la historia en cinco fascículos de una escapada a París. Todo salió bien, recogimos a Sara en perfectas condiciones y nos dimos este pequeño capricho que espero que se repita en próximas ocasiones, visitando otros lugares de interés.

F I N

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