Habían pasado ya cuatro años de nuestro último viaje al extranjero. Tras visitar consecutivamente París, Roma y Londres, las últimas escapadas «nacionales» a Burgos y Segovia ocuparon los veranos anteriores al de este 2014. Desde abril habíamos planeado con mimo nuestra escapada a Florencia, que aprovecharíamos para visitar otras dos joyas entre las ciudades italianas: Pisa y Venecia.
La partida estaba prevista para el lunes, 8 de agosto. Algo antes de las ocho de la mañana cogíamos el coche para desplazarnos a Manises y dejarlo en el parking. Bueno, más que llegar al parking, la «Srta. Garmin» nos condujo presta y veloz al propio aeropuerto…
Ya en la terminal, tocaba facturar. Nuestro primer vuelo con Ryanair. Maletas pesadas y medidas para que no hubiera problema. La espera de rigor y, a la hora prevista, volando rumbo a Pisa (el aeropuerto de Pisa es el más grande de la Toscana), donde llegamos pasadas las tres de la tarde, junto a nuestras dos maletas, sanas y salvas.
La primera cola para sacar los tickets del bus que nos llevaría a la estación de ferrocarril Pisa Centrale. Si, bus, aunque en nuestra exhaustiva preparación del viaje habíamos planeado hacer este desplazamiento en ferrocarril. La estación ferroviaria se encuentra en un lugar bastante céntrico y muy adecuado para empezar el paseo por la ciudad.
Tras dejar el equipaje en consigna, dejamos la estación a nuestra espalda y seguimos por Viale Gramci hasta legar a Corso Italia, la calle comercial por excelencia y una de las más concurridas del centro de Pisa. Proseguimos hasta llegar al Ponte di Mezzo en el río Arno, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, en el que se celebra anualmente la Batalla del Puente, un torneo popular que disputan los dos barrios de la cuidad separados por el río.

Caminábamos sin rumbo por las hermosas callejuelas de la ciudad. Así encontramos la Piazza dei Cavalieri, antiguo centro de la ciudad, que ahora acoge edificios centenarios de gran valor histórico: además del Palacio de los Caballeros, sede de la Scuola Normale Superiore (una de las universidades más prestigiosas de Italia) en la plaza se encuentra también el Palazzo dell’Orologio vinculado a una curiosa leyenda. El Palazzo fue construido sobre los restos de la «Torre de la Fame», (torre del hambre) famosa por haber sido ser el lugar de reclusión del Conde Ugolino della Gherardesca.
Como narra la «Divina Comedia», el conde Ugolino fue encarcelado en la Torre en la que se le dejó morir de hambre junto a sus hijos y nietos, y casi al final de su agonía, los niños le rogaron que comiera de su propia carne y el conde, ya preso de la locura, se alimentó de sus descendientes.
Pasando bajo el arco del Palazzo dell’Orologio, giramos a la derecha en Via Santa Maria, sede de varias universidades.
En nuestro afán por llegar a la celebérrima Piazza dei Miracoli nos habíamos olvidado de que, debido al horario del vuelo, estábamos sin comer. Y sin beber… Viendo ya a lo lejos la parte superior de la Torre de Pisa paramos a tomar un botellín de agua y nuestro primer «gelato» en tierras italianas. Delicioso, por cierto.
Y llegamos a la Piazza dei Miracoli. Este complejo monumental incluye el Duomo (cuya puerta principal entre sus numerosos elementos decorativos incluye un lagarto que se considera por parte de todos los “pisanos” el amuleto de la ciudad que da buena suerte a todos aquellos que lo tocan), el impresionante baptisterio, el cementerio monumental y la famosa Torre de Pisa, que debe su notoria inclinación a un hundimiento del terreno acaecido durante el inicio de su construcción.


La Torre inclinada de Pisa es el campanario de la Catedral. Está considerada como una de las Siete Maravillas de la Edad Media. Lo más característico es su inclinación. Empezó a inclinarse cuando empezaron las obras en 1174, bajo la dirección de Bonanno Pisano, debido al terreno arenoso. De hecho, el Baptisterio también está inclinado ligeramente hacia la catedral y otras tres torres también.


Tiene una altura de 56,70 metros y la inclinación máxima alcanzada es de 4,60 metros. La base se divide en arcos; en la parte intermedia hay seis logias y la parte superior tiene arcadas con siete campanas, cada una con una nota diferente.


Hay que reconocer que nos habríamos perdido una verdadera maravilla si en el aeropuerto de Valencia hubiéramos comprado los billetes para el autobús directo de Pisa a Florencia. Merece la pena recrearse en esta joya arquitectónica, y en todo el complejo de la piazza.

El Baptisterio de Pisa es el más grande de Italia, tiene una altura de 55 metros y un diámetro que supera los 35 metros. Empezó a construirse en 1152 por el arquitecto Diotislavi, pero no se terminó por completo hasta 1363. Trabajó Nicola Pisano y luego Cellino di Nave y Zimbelino Bolognese. Se construyó, después de la Catedral y antes de la Torre, en estilo románico y se terminó en estilo gótico. Consta de cuatro puertas, pero la principal es la que queda orientada a la Catedral. En el interior se puede ver la pila bautismal y el púlpito de Nicola Pisano del s. XIII.

La Catedral de Pisa es una obra maestra del románico pisano. Se inició en el año 1063 por el arquitecto Buschetto. Tiene forma de cruz latina, con una gran cúpula y un ábside muy amplio. La fachada que vemos a día de hoy se llevó a cabo dos siglos después por el arquitecto Reinaldo. Destacan las cinco órdenes de arcos y las tres puertas de bronce, que no son las originales realizadas por Bonanno puesto que se destruyeron en un incendio en 1595.

Las puertas que vimos son obra de Mocchi, Tacca y Francavilla, todos de la escuela de Giambologna. El interior consta de cinco naves, donde destacan las columnas con capiteles corintios, el techo artesonado, el mosaico del ábside y el fantástico púlpito de Giovanni Pisano de principios del s. XIV.


El tiempo no pasaba contemplando estas maravillas, pero todavía quedaba regresar a la estación y coger un tren que nos llevara hasta Florencia, hacer el checking in en el hotel, darse una más que merecida ducha y dar el primer paseo por la ciudad, además de cenar…
Volvimos a la estación callejeando de nuevo. Recogimos el equipaje y compramos nuestros biglietto. Tras validarlos nos subimos al tren que estaba a punto de partir e hicimos un apacible viaje (nos habíamos ganado el descanso) hasta la estación de Santa Maria Novella en Florencia.















