Al salir de la trattoria pudimos comprobar que amenazaba lluvia. Nuestros augurios se convirtieron pronto en realidad. Primero una ligera llovizna, que dio paso a un chaparrón en toda regla. Nos dirigimos a la Galleria della Accademia, uno de los lugares de referencia para apreciar la pintura de los siglos precedentes al Renacimiento en Florencia y especialmente toda la obra escultórica de Miguel Angel.
Teníamos «entradas sin cola» para las cuatro de la tarde y andábamos refugiándonos como podíamos bajo los techos de los edificios y rechazando las ofertas de paraguas que nos hacían los muchos vendedores ambulantes que pululaban por doquier.
Al llegar a la Accademia nos cobijamos en el Conservatorio de Música de la ciudad, anexo a la galería. En un instante en el que la lluvia arreció canjeamos nuestra reserva por las entradas y accedimos antes de la hora fijada sin problema.
Nada más entrar nos cautivó la obra maestra de Miguel Angel: el David, una escultura de mármol blanco de 5,17 metros de altura que representa a David antes de enfrentarse con Goliat. Y es que la escultura te hipnotiza, haciendo que dejes todo el resto de la rica colección de arte que alberga la galería para más tarde.

La escultura fue realizada entre 1501 y 1504 en los talleres de la Opera del Duomo. Al finalizar fue trasladada a la Piazza della Signoria. Para protegerla de los fenómenos meteorológicos fue trasladada a la Academia en 1873.

El David posee un gran dramatismo que nos hace intuir un cambio de estilo y nos introduce en el Barroco.



La verdad es que nos recreamos en la escultura. Lo merece. Tras contemplarla por primera vez y hacer las innumerables fotografías de rigor, encontramos un banco muy cerca de ella donde pudimos seguir disfrutando del momento mientras escuchábamos una audioguía con una exhaustiva descripción de la obra.



Otra de las obras que podemos apreciar es un boceto excelente de la Piedad de Palestrina.

En sus diferentes salas pudimos contemplar pinturas de diversos autores como Fra Bartolomeo, Filippino Lippi, El Perugino y Albertini, que corresponden al periodo del siglo XIV en Florencia. También de Rosselli y de Botticelli (La Virgen del Mar o La Virgen y el Niño con San Juan y otros ángeles). Giovanni da Milano y su Piedad, T. Daddi y su Escena de la Vida de Cristo y Andrea de Cione. Y en una de las última salas nos encontramos con Pontormo, Ghirlandaio, Bronzino,… con obras de mediados del siglo XVI.



Mención aparte merece la llamada galería de los Cautivos donde se recogen todas las obras con el tema de cautivos que Miguel Angel dejó sin acabar. Estas obras fueron en principio proyectadas para ser colocadas en la tumba del papa Julio II, de Roma. La sala está decorada con tapices de la zona de Florencia y de Bruselas de los siglos XVI-XVIII. Junto a estas estatuas inacabadas se halla la de San Mateo que se encuentra en la misma fase de desarrollo y que iba a ser ubicada en la fachada de la catedral florentina.

Terminamos la visita a la planta baja contemplando el “Rapto de las Sabinas”, del escultor flamenco Giambologna, una espléndida escultura en mármol hecha en 1582 (tercera representación de la misma figura) destinada a la Loggia dei Lanzi en la Piazza della Signoria.

Tras visitar las salas de la primera planta salimos a la calle. Había dejado de llover. Nos dirigimos a la plaza del Duomo entre el gentío que poblaba las calles de Florencia. Un gelato y una botella de agua fueron nuestra recompensa ante la Iglesia de Santa Maria Novella, cerrada ya a esa hora de la tarde. Nos contentamos con admirar su exterior y nos dirigimos al hotel, esta vez en tranvía (T1) hasta Porta al prato, la parada más cercana al mismo.


Nos habíamos ganado un descanso. Eso sí, no duraría mucho, pues teníamos proyectado asistir a un concierto de la Orquestra da Camera Fiorentina en el patio del Museo Nazionale del Bargello, cuya hora de inicio estaba fijada para las nueve de la noche.


Poco antes de las ocho ya estábamos en camino de nuevo hacia el corazón de Florencia. De nuevo en el «microbús» de la línea C2, esta vez hasta el mismísimo Palazzo Bargello. Nos quedaba el tiempo justo para tomar algo. Y en esta ocasión el Yelow bar sí que estaba abierto, al contrario que la noche anterior.
Nos recibieron muy amablemente y nos situaron en una mesita justo al lado del lugar donde una chica no paraba de preparar pasta fresca, lista para ser cocinada y servida. Sin duda, uno de los encantos del restaurante. De hecho, todos los que entraban al local eran guiados hasta ese lugar y recibían la consiguiente explicación de la elaboración de la pasta.

Un par de pizzas y dos cervezas. Medianas en esta ocasión, que ya controlábamos las medidas. El rápido servicio hizo que llegáramos con tiempo de sobra al concierto que bajo el nombre de «Musica dal grande schermo» interpretaría la orquesta de cámara florentina bajo la batuta del prestigioso director Giuseppe Lanzetta, con Alessandro Silvestro a la trompeta y Alessio Cioni al piano.

Una bella colección de fragmentos de bandas sonoras de películas tan conocidas como «La vida es bella«, «Por un puñado de dólares«, «Érase una vez en América«, «El gatopardo«, «Cinema Paradiso«, «El padrino«, «La misión«, «La strada«, «Amacord» y «Ocho y medio«, compuestas por Piovani, Morricone y Rota. Unas agradables melodías en un marco incomparable.

La lluvia hizo acto de presencia cuando se acercaban los bises. Como a primera hora de la tarde, primero una ligera llovizna, y luego un chaparrón, chaparrón. No llovía, diluviaba. Nos refugiamos en las partes cubiertas del patio mientras la orquesta seguía tocando su repertorio, más contemporáneo ahora (Frank Sinatra, Louis Armstrong…).

Pudimos contemplar todas las obras escultóricas del patio mientras los músicos recogían sus instrumentos. A ver quién era el guapo que salía a la calle. Al final no nos quedó más remedio. Cerraban.
Llovía menos, pero llovía. Al final compramos un paraguas al cuarto o quinto vendedor ambulante que nos lo ofreció. También estaban preparados para la lluvia nocturna. Coger un taxi se convirtió en «misión imposible». Viajaban de un lado a otro de Florencia a una velocidad endiablada. Creo que todos teníamos el mismo objetivo.
No nos quedó más remedio que caminar bajo la lluvia hasta la estación de ferrocarril para tomar el tranvía de vuelta al hotel, al que llegamos con una auténtica sopa. Una forma muy «pasada por agua» de terminar el día.















