Habíamos decidido volver al Yelow Bar y probar esa deliciosa pasta fresca que vimos elaborar in situ la noche anterior. Tras sentarnos, volvió a atendernos Bianca, con la que terminaríamos trabando una relación de espontánea amistad.
Insalata mediterranea, tagliolini panna e prosciutto y spaghetti all’a scoglio, regado con unas copas de Brunello di Montalcino, recomendación expresa de un buen compañero de trabajo. No nos defraudó. Sería nuestro «restaurante de cabecera» en Florencia, por su estratégica situación, por el amable y eficaz servicio… y por la propia cocina.

A la salida tuvimos la ocasión de contemplar de nuevo el Palazzo Barguello a la luz del día. También hicimos la foto de rigor ante el Tribunale ordinario di Firenze, que no puede faltar en nuestros viajes. Nos dirigíamos al Pallazo Pitti por un itinerario que ya nos era habitual: Piazza della Signoria, Galleria degli Uffizi y… Ponte Vecchio.
Volvíamos al Ponte Vecchio, una de las imágenes más conocida y representativa de la ciudad. Sus orígenes se remontan al año 1345, lo que le convierte en el puente de piedra más antiguo de Europa.


En los siglos XV y XVI sus casas colgantes estuvieron ocupadas por carniceros y matarifes pero, cuando la corte se mudó al Palacio Pitti, Fernando I ordenó cerrar las tiendas por el mal olor. Desde entonces las tiendas han sido ocupadas por joyeros y orfebres.
Otro detalle curioso de la época fue la construcción del Corredor Vasariano, el corredor que recorre la parte este del puente desde el Palazzo Vecchio hasta el Palazzo Pitti, utilizado para su huida por los protagonistas de «Inferno«.
El influyente banquero Luca Buonacorso Pitti sería el promotor del Palazzo Pitti en la segunda mitad del siglo XIV, encargando el proyecto a Filippo Brunelleschi, aunque será Luca Fancelli quien se encargue definitivamente de los trabajos. Se trataba del primer palacio externo a las murallas de la ciudad, planteándose una obra en estilo renacentista, una fábrica reducida respecto al edificio actual. Se proyectó un palacio sobrio y armónico, en el que se integran elementos clásicos de orden dórico, jónico y corintio, otorgando a la piedra un papel fundamental. Sucesivas ampliaciones dotarán al palacio del aspecto actual, que le convierten en una de los edificios más impresionantes de Florencia, con su fachada de más de 200 metros de largo al pie de una colina.
La participación de los Pitti en una de las conjuras contra los Médici provocaría la interrupción de los trabajos, hasta que hacia el año 1550 el gran duque Cosme I lo adquirió para instalar en él su residencia familiar, abandonando el Palazzo Médici. Ocho años más tarde encargó a Bartolomeo Ammannati los trabajos de reforma; se sustituyeron las techumbres antiguas por una balaustrada, abrió las arcadas en los muros de la planta baja y proyectó el patio y la fachada que mira a los jardines.
Ya en el siglo XVII Giulio y Alfonso Parigi ampliaron más la fachada; entre 1764 y 1819, Giuseppe Ruggieri añadía los pórticos perpendiculares a la plaza. El gran duque Fernando I será el encargado de dotar de un aspecto regio al edificio en su decoración, empleando a grandes artistas como Pietro da Cortona.
En la actualidad, el Palazzo Pitti alberga un amplio número de museos: la Galería Palatina, el Museo degli Argenti (con excelentes muestras de orfebrería y joyas), el Museo de la Porcelana, la Galería de Arte Moderno (en la que están representados los mejores artistas italianos desde el siglo XIX), la Galería del Vestido y el Museo de Carrozas.
Nuestra visita abarcó los más importantes de todos ellos: la Galleria Palatina y la Galleria di Arte Moderna, además de contemplar la exposición temporal dedicada a Jacopo Ligozzi («Pittore Universalissimo«).
La parte más importante de la colección conservada en la Galería Palatina está repartida en las seis salas que forman la fachada del Palacio Pitti y en las de la parte trasera, que formaban en el ala norte, el apartamento de invierno de los grandes duques Médicis. Caídas en desuso, estas salas se utilizaron para exponer, desde finales del siglo XVIII, las pinturas más importantes (por entonces cerca de 500) del palacio Pitti, en gran parte procedentes de la colección de la familia Médicis.
Fue Cosme I quien formó, hacia 1620, lo que sería el núcleo de la colección. Su hijo, Fernando II, lo incrementó y lo trasladó a las salas de la primera planta, decoradas por Pietro da Cortona y Ciro Ferri. También el cardenal Leopoldo, hermano de Fernando II, contribuyó sobremanera al enriquecimiento de la colección, así como también Cosme III y su primogénito, el príncipe Fernando, a quien se debe la adquisición de importantes pinturas flamencas, retablos provenientes de varias iglesias toscanas y obras extraordinarias de los períodos renacentista y barroco.
Empezamos nuestra visita por la Galería de las Estatuas, en la que se hallan esculturas antiguas provenientes de la Villa Médicis de Roma, y por la sala denominada del Castagnoli. El ala contigua, llamada del Volterrano, albergó el apartamento de las grandes duquesas desde la época de Cosme II de Médicis; en ese apartamento murió la última representante de la familia, Anna Maria Luisa, que legó al pueblo florentino su extensa colección de obras arte.
La disposición de las obras de la Galería Palatina sigue los criterios estéticos típicos de las galerías de cuadros del siglo XVII. Los estupendos marcos tallados forman un conjunto orgánico y armonioso con los motivos ornamentales de las bóvedas, logrando el ideal de unidad de las artes que era el objetivo de la estética barroca.
Posteriormente la Galería fue ampliada cuando los Saboya, en 1915, donaron todo el edificio al patrimonio público, con lo cual fue posible duplicar el número de cuadros expuestos. Las obras expuestas actualmente provienen, en gran parte, de las viviendas privadas de los numerosos miembros de la familia Médicis. Abundan las obras maestras: la Virgen con el Niño y episodios de la vida de Santa Ana, de Filippo Lippi, datable hacia 1450; la Virgen con el Niño y San Juan Bautista niño, de Rafael (hacia 1516) y, del mismo artista, Mujer con velo; San Juan Bautista niño, de Andrea del Sarto (1523); y célebres retratos de Tiziano, Veronese y Tintoretto.
La Galería de Arte Moderno está ubicada en la última planta del Palacio Pitti. Muchas de las salas que componen el espacio expositivo fueron decoradas en el siglo XIX, en tiempos de los últimos grandes duques de Lorena, Fernando III y Leopoldo II. Creada en 1914 gracias a un acuerdo entre el Estado italiano y el ayuntamiento de Florencia, la Galería fue inaugurada en 1924.
Cuenta con más de dos mil obras que brindan una visión bastante completa de la pintura toscana entre los siglos XVIII y XX. También forman parte de la colección obras pictóricas representativas de otras escuelas italianas, además de obras de pintores extranjeros. Entre las obras de finales del siglo XVIII se pueden admirar las de pintores neoclásicos como Pietro Benvenuti y de escultores como Antonio Canova. En cuanto a la pintura romántica, están representados, entre otros, Francesco Hayez y Francesco Sabatelli; la escultura de ese período está representada por Giovanni Dupré.
A espaldas del Palazzo Pitti se abren los impresionantes Jardines de Bóboli. Pero la amenaza de lluvia, los poco cómodos zapatos que uno de los viajeros habían elegido para ese día y el hecho de no disponer del tiempo necesario para recorrerlos completamente y sin prisa, motivó que pospusiéramos su visita para nuestra próxima estancia en Florencia (interesa recordar que la monedita se coló por la ranura de la pila que reposa a los pies del porcellino). En esta ocasión nos contentamos con divisar desde el palazzo uno de los lugares más importantes del jardín, el antiguo anfiteatro, en cuyo centro se encuentra un obelisco egipcio que fue llevado desde la Villa Médici en Roma.
Cuando salimos del Pallazo Pitti había finalizado el horario de visita de prácticamente todos los lugares que nos quedaban por visitar. Teníamos pendientes un par de compras (una bonita tarjeta para una pareja de novios muy especiales y una sudadera para otra persona muy especial). Decidimos subir a la Piazzale Michelangelo, uno de los mejores miradores de Florencia, desde cuya cima pudimos contemplar la ciudad en todo su esplendor.
Aunque se recomienda subir en autobús y bajar después caminando, subimos caminando desde la orilla sur del río Arno, para no perder la costumbre. En la plaza, además de una réplica en bronce del David de Miguel Angel, encontramos un quiosco donde comprar una botella de agua que mitigara el esfuerzo de la ascensión.
Aunque el día estaba nublado, las vistas de la ciudad desde este emplazamiento son espectaculares.

Comenzaba a caer una fina lluvia. Decidimos volver al hotel para tomar algo y preparar el equipaje (al día siguiente abandonábamos Florencia). Ahora sí que cogimos el autobús que, tras un agradable paseo por los barrios menos céntricos de la ciudad, nos condujo a Santa Maria Novella. Nuestro tranvía de costumbre nos llevó al hotel.


































