El tren abandonó puntual la estación de Santa Maria Novella. Dos horas más tarde llegábamos a la estación de Santa Lucia, en Venecia…
Asentada sobre una laguna, el hechizo de Venecia reside en la infinidad de canales que conforman su geografía. En sus más de mil trescientos años de historia, la ciudad ha pasado por diversas vicisitudes. Su momento de máximo esplendor corresponde a la Edad Media, cuando las naves venecianas surcaban todos los rincones del Mediterráneo oriental, comerciando con los más diversos puertos, trayendo a Europa los productos más preciados. El león de san Marcos se convertía en seña de identidad de una ciudad en máximo apogeo.
Será en este momento cuando se construyan los principales edificios: los palacios, las iglesias, la basílica. Se creaba entonces la imagen de una ciudad sobre las aguas, aguas surcadas por las típicas góndolas, de las que Thomas Mann dijo: «son negras como ninguna otra cosa en este mundo, con la excepción de los ataúdes«.
Al salir de la estación nos encontramos un paisaje totalmente nuevo. El Gran Canal, el gentío, los vaporettos, las góndolas, los taxis acuáticos… En uno de ellos nos dirigiríamos, surcando gran parte del Canal, a nuestro hotel, con embarcadero privado.
Ese primer paseo es mágico. Poco a poco te vas haciendo una idea de la complejidad de la ciudad de Venecia, un compacto conjunto formado por 118 islas muy cercanas entre sí que se unen gracias a más de 150 canales. Una franja arenosa la separa del mar Adriático, permitiendo el paso por tres puntos: el Porto Malamocco, el Porto di Chioggia y el Porto di Lido.
Los canales, tanto naturales como artificiales, son navegables y están balizados por postes. La profundidad media de la laguna es bastante escasa y en la mayoría de las zonas no sobrepasa los 2 metros de profundidad.
En la laguna encontramos una insólita mezcla de agua dulce y salada que se renueva constantemente gracias a las corrientes y las mareas, movimientos que permiten la purificación de las aguas, tanto de la laguna como de los canales. Las zonas que reciben el aporte constante de agua fresca forman la llamada laguna viva, mientras que el resto constituye la laguna muerta. En el mar Adriático las mareas se producen cada seis horas, llegando al mismo tiempo a los tres pasos naturales de la laguna, frenando las aguas dulces el paso de la corriente salada, penetrando ésta de manera pausada.
A pesar de estas difíciles condiciones medioambientales, los venecianos consiguieron aprovechar las particularidades del terreno para crear una floreciente república con un buen número de señas de identidad, entre las que destacan sus espectaculares edificios.
Los estratos superiores de los islotes donde se levantan no ofrecían la suficiente garantía para alzar la mayoría de las edificaciones, por lo que antes de iniciar la construcción sería necesario realizar obras de cimentación. Para ello se consolida el terreno clavando largas estacas de madera sobre la que se construye una sólida plataforma con tablones, para nivelar la estructura.
En la cimentación de la iglesia de la Salute se clavaron «un millón, ciento seis mil y seiscientos cincuenta y siete estacas de roble, aliso y alarce, largos una media de cuatro metros. Esta obra duró casi dos años y dos meses. Sobre la empalizada se construyó una espesa balsa de tablones de roble y alarce bien unidos y trabados entre sí». Otro ejemplo; los cimientos que sostienen el puente de Rialto son doce mil estacas.
Una vez instalados en el Hotel Saturnia & International (Via XXII Marzo) y vestidos para la ocasión, comenzamos nuestra visita a la ciudad. No podíamos perder ni un segundo. Poco más de 300 metros nos separaban de Piazza San Marcos. Menos de cinco minutos a pie atravesando el Campo San Moise.
Al entrar en la plaza de San Marcos teníamos la impresión de que “íbamos a contemplar una de las plazas más famosas del mundo”. Y no nos defraudó. La luz del sol del atardecer inundaba la plaza, dándole un aspecto casi mágico. Teníamos la Basílica de San Marcos y su Campanile ante nosotros, y el Palacio Ducal.
Giramos y disfrutamos de la armonía visual que ofrecen los edificios que circundan esta enorme plaza sobre una ciudad sin tierra, recordando las preciosas estampas de Canaletto. Sobraban los andamios que entorpecían la visión completa de la basílica, eso sí. Pero era algo que no podíamos evitar y que no enturbiaba el misticismo de aquel momento.
Nos dirigimos a las dos columnas de la plaza que constituyen el acceso para quien llega del mar. La columna de la parte del Palacio Ducal sostiene al león alado, símbolo de San Marcos, patrono y protector de la ciudad. Del lado de la Biblioteca Marciana se encuentra San Teodoro, primer protector de Venecia.
Antiguamente el espacio entre las dos columnas era el sitio destinado a las ejecuciones e incluso actualmente los venecianos evitan supersticiosamente atravesar el espacio entre ellas.
En 1902 la caída del campanario modificó temporalmente la estructura de la plaza. Se decidió inmediatamente reconstruirlo, siguiendo el lema «como era, donde estaba«. Antiguo faro de navegación, es una poderosa torre de 99 metros de altura.
Paseamos por el cercano Puente de los Suspiros, sin duda uno de los más populares de Venecia. Antonio Contino lo construyó en el año 1602 para unir los tribunales de justicia y las prisiones del Palacio Ducal con el edificio de las Prisiones Nuevas. El nombre por el que actualmente se le conoce se hizo popular en el siglo XIX, durante el periodo romántico y se debe a Lord Byron, quien consideraba que los presos que por el puente cruzaban suspiraban al saber que perdían la libertad, siendo su última oportunidad de contemplar la luz del día y la libertad antes de ingresar en los calabozos.
Divisábamos al fondo el Puente de la Paja, que pone en comunicación el muelle de la piazetta de San Marcos con la Riva degli Schiavoni, por la que paseábamos perdiendo la noción del tiempo.
Pero era hora de cenar. Nos adentramos en el barrio de Castello por canales, puentes y callejuelas, con poca luz ya. En una pequeña trattoria de nombre algo turístico (Dream Planet) tomamos un par de pizzas con unas cervezas. Mientras cenábamos nos percatamos de que no íbamos identificados, merced al «clasicismo» de nuestro hotel veneciano. Para algunos detalles parecía anclado en el pasado, como los robustos muros y estancias del palazzo que lo albergaba.
Decidimos volver al hotel para recoger nuestros documentos identificativos, cruzando de nuevo la Plaza de San Marcos. Todas las orquestas estaban ya instaladas en los distintos cafés que la surcan, para deleite de clientes y viandantes, y las distintas melodías inundaban la plaza.
Salimos de nuevo a la calle y empezamos a andar en dirección contraria hacia el «sestiere» del Dorsoduro, el barrio bohemio y el punto de encuentro de los estudiantes venecianos. Cruzando varios canales fuimos atravesando sucesivamente Campiello Santa Maria Zobenigo, Campo San Maurizio y Campo Santo Stefano.
Teníamos ante nosotros uno de los cuatro puentes que cruzan el Gran Canal: el Ponte dell’Accademia (esa misma tarde habíamos podido contemplar otros dos, el Puente de los Descalzos -junto a la estación de Santa Lucía- y el Puente Rialto). Originariamente construido en hierro, en 1854, fue reemplazado posteriormente por un puente de madera.
Seguimos paseando hasta que nos encontramos de nuevo con la laguna. Habíamos llegado a la Igleisa de Santa Maria del Rosario y teníamos enfrente la isla de Giudecca.
Decidimos volver al hotel. El día había sido intenso, traslado incluido, y a la mañana siguiente nos tocaba visitar todas las joyas de la ciudad.


































