Atravesamos de nuevo la Plaza de San Marcos de camino al Palacio Ducal, máxima expresión de la vida republicana y del poder político, residencia del dux, sede del gobierno también con funciones judiciales. Unas curiosas nubes cubrían la ciudad a esa temprana hora de la mañana.
Las logias con pequeñas columnas y arcos ojivales están sostenidas por el pórtico en la planta baja, cuyo aspecto actual, más bajo, obedece al realce de la pavimentación para combatir la elevación de las aguas.
Dañado por reiterados y dramáticos incendios, adolece de las irremediables pérdidas de ciclos pictóricas. A pesar de esto, la visita a este grandioso complejo nos hizo viajar a tiempos extraordinarios, nos hizo respirar el clima de la época. Cada detalle nos evocaba la sucesión de los dux, el esplendor de sus lugares, la serie infinita de artistas involucrados.
Los nombres nos transportaban al pasado. La Sala de los Scarlatti remite a las togas que llevaban los consejeros cuando esperaban con impaciencia al dux. Otros espacios definen a los sujetos representados o los objetos expuestos: la sala de los Mapas, de los Filósofos, de los Retratos…
El Anticollegio expresa el glorioso rostro del ritual: los personajes ilustres que esperan ser admitidos para ver al dux. Otros espacios toman el nombre de las magistraturas más elevadas y de los organismos de poder más insignes: Sala del Consejo de los Diez, de la Quarantia, del Consejo Mayor.
En esta última se reunía el Parlamento de la Serenísima. Aquí están conservados 76 retratos de dux que resumen la historia de Venecia, incluido el de Marin Faliero, acusado de alta traición, cuyo retrato pudimos comprobar que estaba cubierto por una tela negra.
Reconstruido después del incendio de 1577 en el que murió de un ataque al corazón el dux Sebastiano Venier, el salón fue decorado por artistas como Veronés, Bassano, Palma el Joven y Tintoretto, autor de Paraíso, el cuadro al óleo más grande del mundo.
Desde la Sala de las Cuatro Puertas accedimos a la Sala del Senato, llamada también sala de Pregadi, porque el dux «rogaba» a los miembros que participaran a las reuniones. En este lugar se tomaban decisiones de política exterior, como el nombramiento de nuevos embajadores. Rica y solemne, con espléndidas taraceas y dorados, la sala acoge obras de Tintoretto y Palma el Joven.
En la armería pudimos observar armaduras y todo tipo de armas, desde las más clásicas hasta complejas armas de fuego.
Terminamos la visita termina con la prisión atravesando el famoso Puente de los Suspiros que, construido en estilo barroco en el siglo XVII, da acceso a los calabozos y los pozos húmedos (pozzi) del palacio.
Abandonamos el Palacio por la llamada Puerta de la Carta, que sirve de acceso principal al edificio, tras admirar la escalinata de los gigantes, el lugar donde se celebraba durante siglos la elección del dux.
Fue construida entre 1484 y 1501 por Antonio Rizzo y más tarde decorada con dos enormes estatuas de Marte y Neptuno, obra de Sansovino (1554). El dux salía a la cima, recibía el cuerno ducal, el típico gorro y pronunciaba el «Promissione«, con la que se comprometía a defender la República.
Al salir del Palacio Ducal ya se había iniciado el horario de visita de la basílica, algo que pudimos comprobar rápidamente por la cola que se había formado ante su puerta principal. Mientras esperábamos a entrar pudimos observar la Torre dell’Orologio. Mauro Codussi será el encargado de su construcción, entre los años 1496 y 1499. La parte inferior del edificio está constituida por un arco de triunfo sobre el que se encuentra el reloj que marca las horas, las fases solares y lunares y los signos del zodiaco. Sobre el reloj se abre una hornacina que guarda la estatua en bronce de la Virgen. El león de san Marcos ocupa la parte superior de la torre, ante una pared decorada con piedras azules y doradas que asemeja un cielo estrellado.
El edificio se remata con la campana de bronce que da las horas, golpeada por dos personajes llamados los «moros» aunque en realidad se trata de dos pastores oscurecidos por la pátina que se aplicó al bronce de que están hechos. La campana no suena a la hora exacta: cinco minutos antes de la hora exacta suena el moro viejo (el tiempo pasado), cinco minutos después de la hora justa suena el moro joven (el tiempo futuro).
Accedimos a la Basílica de San Marcos, sin duda el monumento más importante de la ciudad, templo de vida civil y de fe religiosa. Durante aproximadamente mil años ha tenido la función de Capilla Ducal dependiendo directamente del dux, hasta que en 1807 se convirtió en la sede del Patriarca de Venecia y catedral de la ciudad.
La grandeza de Venecia se ha reflejado siempre en el enriquecimiento de su Basílica: fue embellecida en el curso de los siglos con objetos valiosísimos y obras de arte procedentes de los sitios más remotos. En su cripta se colocaron en 1094 las reliquias de San Marcos. Con el paso del tiempo se perdieron varias veces hasta que se volvieron a encontrar milagrosamente en la cripta durante la restauración de 1811. Actualmente están en el relicario del Altar Mayor.
Nuestro primer destino fue el museo de la basílica, que nos permitió admirar de cerca los techos y mosaicos de la catedral, las obras del propio museo y ver las esculturas originales de los Caballos de San Marcos, cuatro maravillosos cuatro caballos de bronce bañados en oro que se encontraban en el hipódromo de Constantinopla y fueron obtenidos como botín en la cuarta cruzada.
Las réplicas de estos caballos se encuentran en la Logia dei Cavalli, el balcón abierto a la Plaza de San Marcos, que ofrece unas vistas de la plaza, del Palacio Ducal, de la Torre del Reloj y del Canal sencillamente espectaculares.
Dentro de la basílica, fundamentalmente bizantina en su concepción arquitectónica, lucen los mosaicos, que son su elemento decorativo natural. En éstos se representan historias basadas en la Biblia, figuras alegóricas, acontecimientos de la vida de Cristo, de la Virgen, de San Marcos y de otros santos. Los mosaicos, en los que predomina el oro, revisten por más de 8.000 metros cuadrados las paredes, las bóvedas y las cúpulas.
Habíamos concluido nuestra visita a los dos edificios más notorios y emblemáticos de la Plaza de San Marcos, admirable encrucijada de poder político, funciones religiosas e identidad civil y cultural. Bella como pocas…
Encaminamos nuestros pasos hacia las Galerías de la Academia, conjunto monumental sede de la Escuela Grande de Santa María de la Caridad, una de las cofradías laicas más antiguas de Venecia. Forman parte de ella también la iglesia del mismo nombre, Santa María, y el monasterio de los canónicos Lateranenses, realizado por Andrea Palladio.
Pero antes aprovechamos para disfrutar de las maravillosas vistas del Gran Canal y de la ciudad desde el Ponte dell’Accademia.
El museo acoge la colección más importante de artistas venecianos y vénetos, desde Bellini, Giorgione (La tempestad), Veronés, Tintoretto, Tiziano o Tiepolo, a los pintores de vistas del siglo XVII.
Salimos de la galería con intención de llegar hasta la punta de la aduana, similar a la proa de una nave, que divide el Gran Canal y la Giudecca. Desde ella teníamos unas vistas impresionantes del conjunto arquitectónico de la plaza de San Marcos a un lado y de la Isla de San Giorgio Maggiore al otro.
Se encuentran en esta última la iglesia proyectada por Palladio, el convento de los benedictinos y la sede de la Fundación Ciri, que se ha ocupado de su restauración. La isla fue donada en 982 por el dux Tribuno Memmo al monje benedictivo Giovanni Morosini, que decidió sanear el área.
Desde aquí también pudimos contemplar, a lo lejos, el Redentor, en el lado norte de la isla de la Giudecca, nacida como consecuencia del cumplimiento de un voto por parte de los venecianos durante la terrible peste que entre 1575 y 1576 provocó la muerte de, aproximadamente, un tercio de los habitantes de la ciudad.
Nos encontrábamos ahora frente a la Iglesia de Santa María de la Salud. Venecia fue atacada varias veces, y con resultados desastrosos, por terribles pestes. Con ocasión de la epidemia de 1630 los venecianos prometieron a la Virgen que construirían en su honor una iglesia, a cambio de la salvación. En 1631, cesada la peste, se erigió esta iglesia, según el proyecto de Baldassarre Longhena.
Decidimos volver al centro. Quedaba un largo trecho, pues teníamos que desandar el camino que nos había traído desde la plaza de San Marcos. Pasamos junto al palazzo que acoge la Colección Peggy Guggenheim, legada por Marguerite Guggenheim con la condición de que las obras de arte se mantuviesen juntas y expuestas en Venecia.
Por casualidad, pasamos junto a un embarcadero donde un traghetto (góndolas que se utilizan para cruzar el Gran Canal por algunos lugares donde no existe ningún puente) nos transportó al Campiello Santa Maria Zobenigo en un abrir y cerrar de ojos.



























































