Corría el año 1994 cuando hicimos nuestro último viaje a los Pirineos. Desde entonces, en los últimos cuatro años había tenido la oportunidad, por motivos laborales, de regresar a la comarca del Sobrarbe y conocer un poco más estos maravillosos parajes. Era el momento de rememorar viejos tiempos y pasar esta segunda semana de agosto en Aínsa.
Toda la semana previa a nuestra salida habíamos estado pendientes de la previsión meteorológica, que daba lluvia y tormentas para la mayor parte de los días. Por este motivo, modificamos la previsión inicial de visitar Alquézar el jueves y decidimos parar en este maravilloso enclave de camino a Aínsa.
A las seis de la mañana estábamos en ruta. Hicimos una parada en Teruel y, de aquí, a Alquézar, a donde llegamos cerca de la una de la tarde. Nos costó más de una vuelta poder aparcar del gentío que a esas horas del día visitaba la villa.
Desde el mirador “Sonrisa al viento” obtuvimos la primera visión panorámica de la monumental villa de Alquézar y del último tramo del profundo cañón del río Vero, antes de que sus aguas, tras abandonar la Sierra de Guara, se adentren en las fértiles y dulces tierras del Somontano.
En lo más alto de una roca solitaria rodeada por profundos barrancos, se alza la inexpugnable fortaleza, levantada por los reyes cristianos después de haber sido arrebatada a los musulmanes en el siglo XI. A comienzos del siglo IX, Jalaf ibn Rasid levantó sobre la peña un primer castillo, con el fin impedir que la resistencia cristiana del vecino condado de Sobrarbe accediera a la Barbitanya. Estas sierras prepirenaicas representaron durante mucho tiempo una verdadera frontera entre dos culturas, dos religiones. El nombre de Alquézar también se remonta al origen árabe de la villa, pues deriva del topónimo al-Qasr, «la fortaleza».
Tras ser conquistada por el rey Sancho Ramírez en el 1067, fue posible repoblar las laderas situadas en las faldas del castillo, aunque no comenzaría hasta el 1100, cuando Barbastro pasó a poder de los cristianos. El trazado del casco urbano, adaptado a las curvas de nivel y protegido de los rigores climáticos, todavía conserva la estructura medieval originaria.
Para llegar al inicio de la ruta de las Pasarelas del Vero paseamos por la Calle Pedro Arnal Cavero, antiguamente llamada Calle Mayor, que nos introduce en el conjunto medieval de Alquézar. Es uno de los tres ejes vertebrales que recorren longitudinalmente el pueblo, al que derivan otras calles transversales más estrechas y escalonadas permitiendo una comunicación más fluida a los diferentes puntos del pueblo.
Todavía se conservan varios «callizos», o pasos cubiertos sobre las calles, como recuerdo de tiempos pasados en los que era necesario aprovechar al máximo el limitado espacio en una villa densamente poblada.
La Calle Dragones desemboca en la antigua Plaza Mayor, hoy llamada de Mosén Rafael Ayerbe. Se trata de una hermosa y recoleta plaza porticada, bajo cuyos soportales, unos con arcos de medio punto y otros adintelados, se situaban los comerciantes y artesanos que vendían sus productos venidos de las tierras llanas y de las montañas.
La ruta de las Pasarelas del Vero permite recorrer el último tramo del majestuoso cañón del Vero. Siguiendo el sendero perfectamente acondicionado es también posible descubrir fuentes, azudes, molinos y puentes, que ilustran el intenso aprovechamiento del agua del río Vero a su paso por Alquézar desde la época medieval.
El recorrido senderista parte de la Plaza Mayor de Alquézar. Desde ella nos dirigimos a la calle que lleva a la Colegiata y descendimos por la rampa de piedra existente en el primer desvío a la izquierda.
Pronto, encontramos las primeras pasarelas de madera que bajan encajonadas entre la Peña Castibián, a la izquierda, y los Muros de la Colegiata, a la derecha. Un total de siete tramos de pasarelas facilitan el descenso hasta el Vero.
Durante el recorrido es posible disfrutar de la belleza del Barranco de la Fuente, caracterizado por sus numerosos covachos y una vegetación adaptada a la humedad y frescura propia de estas gargantas.
Destaca entre otras especies la Ramonda myconi (“orella de onso”), una especie herbácea y perenne perteneciente a la familia de las gesneriáceas. Es endémica del Pirineo y Prepirineo. Se trata de una planta relicta de la Era Terciaria. Ha sido llamada “planta revividora”, pues es capaz de rebrotar después de su total desecación, gracias a un mecanismo bioquímico que permite la transformación de un azúcar especial, la rafinosa, en sacarosa, que impide la muerte celular.
Es una planta herbácea con las hojas, densamente pilosas y sésiles, se disponen en una roseta basal. Las hojas son ovales a elípticas-espatuladas, contundentes con grueso borde serrado con muescas y arrugas en la parte inferior.
Al llegar al lecho del Vero, visitamos la Cueva de Picamartillo, situada en la margen izquierda del río, frente a la desembocadura del Barrando de la Fuente.
El camino prosigue río abajo, a través de una espectacular pasarela metálica instalada en la pared rocosa. Más tarde encontramos la vieja presa y, tras recorrer un nuevo tramo de pasarelas metálicas, la antigua central hidroeléctrica de Alquézar. Una badina de un profundo azul turquesa invita al baño y al descanso.
Desde aquí, el camino se aparta del río para serpentear entre antiguos olivares hasta dar con el camino que lleva al pueblo de Alquézar, en las inmediaciones de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel.
Sobre un templo anterior, que fue derribado, se comenzó a construir el actual en 1681 y finalizado en 1708. Es una obra de carácter popular en la que llama poderosamente la atención la robustez y sobriedad del exterior, así como el armonioso juego de volúmenes y tejadillos, lo que dificulta adivinar que se trata de un edificio barroco. Por el contrario, el interior de la nave cubierta con bóveda de cañón y lunetos sí que se ajusta a dicho estilo artístico. La práctica totalidad de los retablos y otros objetos litúrgicos que poseía fueron destruidos en la Guerra Civil española, lo que explica la escasa decoración interior. Tan sólo pudo conservarse la parte superior del gran retablo mayor de estilo barroco.
Habíamos comido junto a la presa, y el esfuerzo del camino de regreso a Alquézar bien se merecía un agua y un café en la Calle Nueva.
Tras el descanso nos dirigimos a la majestuosa Colegiata de Santa María la Mayor. El origen del conjunto se encuentra en una fortificación árabe construida en el siglo IX y encargada por Jalaf ibn Rasid, con motivo de las luchas contra los carolingios que ocuparon el condado de Sobrarbe.

En 1064, tras la toma de Barbastro por el rey Sancho Ramírez, la fortaleza pasa a manos cristianas y se establece una guarnición militar y una comunidad religiosa. Se construyen varias edificaciones, militares y defensivas unas, y religioso otras. El conjunto está rodeado por una muralla de doble lienzo almenado y protegido por varios torreones; uno de ellos utilizado posteriormente por la colegiata como campanario.
La lluvia no apareció. Habíamos disfrutado de una preciosa ruta y de una villa medieval de gran encanto. Era el momento de poner rumbo a Aínsa e instalarnos en el Hotel Peña Montañesa, a dos kilómetros de Aínsa, en Labuerda. Llegamos a él a tiempo de disfrutar de un reconfortante baño en su piscina y del sol de media tarde del Pirineo oscense.
Al caer la tarde nos acercamos a Aínsa para tener el primer contacto con la villa y cenar en el entorno de su plaza Mayor. Paseando por las viejas calles de la villa (declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1965) disfrutamos del calor de sus gentes y de la belleza de un entorno con claro sabor medieval.
Sus viejas calles, su castillo (S. XI – XVII), la muralla y sus puertas, la plaza Mayor, la iglesia de Santa Maria (S. XII), declarada Monumento Nacional, o las fachadas de casa Arnal (siglo XVI) y casa Bielsa (siglo XVI-XVII), son un resumen pétreo de la idiosincrasia de una villa con fuerte personalidad y con un patrimonio cultural fascinante.
A 589 metros de altitud, Aínsa (capital de la comarca del Sobrarbe) posee una situación privilegiada entre el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, el Parque Natural de los Cañones y la Sierra de Guara y el Parque Natural Posets-Maladeta.
La plaza Mayor parece datar de los siglos XII y XIII, los de mayor auge de la villa. Sus dimensiones y su carácter medieval la convierten en una de las más bellas de España y, posiblemente, la única que conserva sus construcciones originales.
El elemento más característico son sus porches. Su estilo es tipicamente románico, con arcos de medio punto, aunque hay algunos ojivales, de modo que es difícil encontrar dos arcos iguales.
Las casas de la plaza son de estructura parecida y sus tejados originalmente de losa han sido sustituidos por teja árabe. Bajo los porches de la plaza se encuentran dos prensas de vino comunales.
El resto de viviendas se articulan en torno a dos calles que partiendo de la plaza Mayor, se fusionan en la Placeta del Salvador, la Calle Mayor (también llamada Gonzalo I) y la Calle de Santa Cruz.

















































