La noche del 12 al 13 de agosto vio como tres tormentas cruzaban las inmediaciones de Aínsa, una de ellas bastante virulenta. Habría que esperar a mejor ocasión para disfrutar de las lágrimas de San Lorenzo.
Esa mañana amaneció con un cielo totalmente nublado. Sin embargo, después del desayuno, se abrieron varios claros y nos animamos a no perder la mañana hasta que llegara la hora de comer en Aínsa con nuestros sobrinos Aramar y David.
De las diferentes opciones de senderismo que teníamos optamos por los miradores de Revilla sobre la garganta de Escuaín, para poder admirar las paredes de Castillo Mayor.
Tras coger el coche, tomamos la A-138 y giramos en una carretera estrecha señalizada hacia Tella, la Ruta de las Ermitas, la Garganta de Escuaín y los Miradores de Revilla.
Después de unos 5,7 kilómetros la carretera se bifurca, tomando dirección Revilla, a la izquierda. Al final de esta estrechísima carretera, a unos 6,6 kilómetros, está el pueblo de Revilla. En la entrada del pueblo hay un pequeño rellano para aparcar, donde dejamos el coche.
La senda sigue una faja sobre el río Yaga, con muy poco desnivel, aunque el terreno estaba muy húmedo como consecuencia de las lluvias caídas esa noche. En sus primeros metros pasa junto a los muros de antiguas terrazas de cultivo. Después de algunos minutos de marcha, sin perder ni ganar altura se llega al barranco de Consusa.
Atravesamos su cauce y un poco más allá encontramos un pequeño collado enmarcado a su izquierda por un gran peñasco, que antiguamente era el lugar donde la gente de Revilla acudía para comunicarse cuando era necesario con los de Escuaín.
Continuamos y nos encontramos el primer mirador, situado a 1.200 metros de altitud y totalmente encharcado, desde donde podemos contemplar espectaculares vistas de la Garganta de Escuaín. En el fondo de la garganta podíamos ver el río Yaga. En el lado opuesto, el Castillo Major coronaba las laderas y a la izquierda se levantaban los picos de la Cotiella.
Al ver a la derecha unas paredes rojizas y extraplanadas nos salimos del camino para ver los restos de la ermita de San Lorenzo, que en la actualidad está en ruinas, pero en la roca quedan numerosas inscripciones y símbolos religiosos.
Más tarde encontramos una señal que marcaba el camino hacia Revilla. Tomamos la senda que continuaba hacia arriba. Después la subida en fuerte pendiente a través un bosque llegamos a una zona abierta, La Loresa, con unas fabulosas vistas sobre la garganta del rio Yaga y de las montañas.
Al final llegamos al segundo mirador, con una vista espectacular sobre la confluencia del barranco de Angonés y la garganta del río Yaga. Al fondo se distingue la cascada de la Fuente de Escuaín. La Sierra de Revilla se levanta encima del barranco de Angonés.
Desde estos miradores podemos admirar el curioso fenómeno de la inversión térmica que se produce en estos cañones del Alto Aragón, donde las encinas y las hayas han cambiado los «papeles» pues las primeras se hallan en las zonas altas y las segundas en las zonas bajas al resguardo de la humedad y el sombreado microclima que producen las altas paredes.
Retrocedimos sobre nuestros pasos y regresamos al aparacamiento.
Al llegar de nuevo a la primera bifurcación giramos a la izquierda en dirección a Tella. Antes de llegar nos encontramos con el dolmen de Tella (dolmen Losa La Campa o Piedra Vasar).
Situado en la parte noroeste de la planicie, se erige este dolmen de cámara simple rectangular abierta al sureste, que presenta una curiosa asimetría entre sus piedras de roca caliza, lo que provoca un interesante efecto dinámico.

Está compuesta por una losa de cubierta y seis ortostatos laterales situados uno en los lados este y oeste y dos en cada lado norte y sur. En la abertura tiene otra pequeña losa a modo de entrada.

Tella es un pueblo de alta montaña esculpido en piedra y losa, a 1. 380 m de altitud. Su caserío está trazado en torno a una calle principal mirando al sur para aprovechar las máximas horas de sol, al norte protegido por un murallón rocoso para protegerse del viento.
Contemplamos su ermita románica y el museo dedicado al oso de las cavernas. No había tiempo para la ruta de las ermitas, un bonito paseo circular que sale y termina en la Iglesia de San Martín (siglo XVI) en Tella. Nos contentamos con ver a lo lejos la ermita de San Juan y Pablo enclavada bajo la peña del mismo nombre, consagrada en 1019.
Volvimos al hotel para cambiarnos de ropa y dirigirnos a Aínsa. Las retenciones que provoca el cruce de calles sito en esta localidad llegaban hasta al hotel. Nos armamos de paciencia y conseguimos llegar al parking situado junto al Castillo fortaleza algo después de la una y media del mediodía.
Aramar y David ya nos esperaban allí. Teníamos tiempo de pasear por las calles de Aínsa antes de comer. Lo hicimos en primer lugar por el Paseo o Camino de Ronda y, más tarde, por la Plaza Mayor y las calles del casco antiguo, que parten de la Plaza y se unen, antes de llegar a la puerta del recinto amurallado, en la plaza de San Salvador, donde todavía se aprecian los restos de la iglesia de San Salvador (siglo XI) y la fachada de casa Latorre que alberga el Museo de Oficios y Artes Tradicionales.
Salimos al mirador del Cinca para observar el paisaje y la ubicación de Aínsa sobre el río, con el embalse de Mediano al fondo.
Siguiendo la calle Mayor pudimos observar varias fachadas importantes (casa Arnal, casa Bielsa), mientras que en la calle Pequeña (o Santa Cruz) encontramos edificaciones más modestas y la iglesia de Santa María.
Nos dirigimos al restaurante donde habíamos efectuado la reserva. Sentados en la mesa, pudimos disfrutar no sólo de la comida sino de la buena compañía de la familia, compartiendo vivencias y experiencias pasadas y presentes.
Tras abandonar el restaurante David tuvo la brillante idea de dar un paseo que ayudara a bajar la copiosa comida. Y el destino elegido no podía ser mejor: la Cruz Cubierta, situada a 1,5 kilómetros aproximadamente del castillo.
Se trata de un pequeño templete circular construido en 1655. En su interior, sobre un altar, está la carrasca coronada con la cruz; que conmemora la reconquista de Aínsa, en el lugar donde, según la leyenda de “La Morisma”, se libró la batalla.
Aquí, en este lugar, sobre el año 724 sucedió un hecho extraordinario que fue cantado por trovadores y convertido en leyenda medieval que hoy conocemos: “En los albores de la reconquista, Garci Ximeno, un pequeño rey procedente de Jaca, reclutó cristianos montañeses con la intención de tomar la villa de L’Aínsa y expulsar a los musulmanes. Sobre estos campos que veis hubo gran estruendo y derramamiento de sangre y cundo los cristianos en inferioridad manifiesta perdían la poca moral que les quedaba, de repente apareció una cruz de fuego sobre una carrasca (encina), la cual enardeció a los que aún resistían y amedrentó a los musulmanes que finalmente tuvieron que rendirse y entregar la plaza”.
El mundo medieval, necesitado de ídolos, ha gustado de cantar épicos acontecimientos con héroes incluidos, construyendo así un mundo fascinante y misterioso. La historia de esta batalla conocida como “La Morisma” se fue transmitiendo oralmente y escenificando, incluso con el apoyo económico de La Corona a partir del siglo XVII.
Originariamente era más sencillo, con sólo 4 columnas, pero en 1655 se levantó este templete circular (peristilos) para honrar el simbolismo de esta leyenda que no sólo es blasón de L’Aínsa y de la Comarca de Sobrarbe, sino que la carrasca y la cruz también ocupan el primer cuartel del escudo de Aragón.
De vuelta al aparcamiento nos despedimos de Aramar y David, celebrando haber podido coincidir tan alejados de nuestros respectivos domicilios. Regresamos al hotel, y como era demasiado tarde para la piscina, pasamos el resto de la tarde descansando y preparando el equipaje para el regreso.
A la mañana siguiente tocaba madrugar. Terminar de recoger, colocar el equipaje en el coche y desayunar. Antes de las nueve estábamos en camino. De nuevo parada en Teruel y a las cuatro de la tarde ya habíamos recorrido los 750 kilómetros que, aproximadamente, separan Alcantarilla de Aínsa.
Había finalizado nuestro recorrido por el Sobrarbe.







































