Portugal 2016 (1)

Tras viajar los dos últimos años a Europa (Florencia-Venecia en 2014 y Praga-Budapest en 2015), los ánimos (algunos de ellos) no estaban esta vez para esperas en aeropuertos y vuelos en avión. Por ello, el destino de nuestra escapada ha seguido siendo europeo pero peninsular, cambiando las esperas y los vuelos por kilómetros y kilómetros de autovía (ya conoces el anuncio… ¿te gusta conducir?).

A las seis menos cuarto de la mañana del 28 de julio ya estábamos en camino hacia Oporto. Según los cálculos, 972 kilómetros, que luego serían algunos más. El primer inconveniente vino de la mano de la “Señorita Garmin”. Confiábamos en ella más que nunca y por este motivo habíamos actualizado toda la cartografía (la última vez que la utilizamos para ir a Jumilla casi terminamos en Lobosillo). Una vez en funcionamiento comprobamos que no sabía ni dónde estaba. Le llevó lo suyo situarse correctamente y comenzar a marcarnos nuestra ruta hacia Portugal.

Del “¿paramos en La Roda?” (interrogación) pasamos al “paramos a treinta kilómetros de Salamanca” (afirmación) es un abrir y cerrar de ojos. Llegamos a Ciudad Rodrigo (lugar donde teníamos previsto comer) mucho antes de la hora de comer, lo que nos obligó a cambiar de planes. Planeamos comer en Aveiro a costa de desviarnos algo de nuestra ruta hacia Oporto y a pesar de que teníamos pensado visitar “la Venecia portuguesa” el día de nuestro traslado a Lisboa.

Sabíamos que nuestra entrada a Portugal se realizaría por la autopista A25, de peaje electrónico (qué gran invento de nuestros vecinos portugueses), y habíamos estudiado varias veces el tema. También sabíamos que el “Easytoll” se adquiría en el área de servicio de Alto de Leomil. Pero lo que no sabíamos es que se encontraba a nueve kilómetros de la frontera ya en territorio portugués.

Tras llegar a Fuentes de Oroño (en España) y pasar a Vilar Formoso (ya en Portugal) cogimos la autovía y aquí vino la primera frase para el recuerdo de este viaje: “Nos hemos metido”, dadas las reticencias del conductor a meterse en la autopista sin solucionar el tema del peaje.

Tras ganar una hora al cruzar la frontera llegamos a Aveiro a buena hora para comer. Dejamos el coche en el parking del centro comercial “Forum” por su cercanía a la Praça Humberto Delgado, en pleno centro de la ciudad, junto al canal central.

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Aveiro es una pequeña población, importante puerto de mar en el pasado. Sus salinas fueron creadas por la condesa de Mumadona en el año 959 dC. En el siglo XV era una próspera localidad gracias a la sal y a los bacalhoeiros que pescaban el bacalao en Terranova. Cuando las tormentas enarenaron el puerto en 1575, su riqueza se desvaneció de la noche a la mañana y la ciudad languideció junto a una insalubre laguna, la ría. Hasta el siglo XIX no recuperó su antigua prosperidad y en la actualidad es una ciudad industrial. La ría y sus canales le dan su personal carácter.

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Tras pasear por la orilla del canal central, donde navegaba un buen número de góndolas a esa hora del día, nos dirigimos al centro de la ciudad y decidimos (no todos) comer cochinillo (una de las pocas veces que tomamos carne en todo el viaje) en un restaurante de la Praça 12 de Julho, cerca de la Igreja da Vera Cruz.

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Después de la comida nos dirigimos por la Rua de Coimbra a la Praça da Republica, que data del siglo XVI, en la que se encuentra el Ayuntamiento (Paços do Concelho) y la Igreja da Misericordia, con su fachada de azulejos que enmarca en un espléndido pórtico marienista.

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Cogimos el coche (tras solventar el misterio de la ficha verde del parking) para llegar de una vez a nuestro destino original. La Stra. Garmin nos condujo al hotel (NH Boutique Porto Batalha) con una gran maestría pero tuvimos que dar una pequeña vuelta por Oporto debido a que la Plaça da Batalha estaba totalmente fortificada con carriles de tranvía y pivotes de metal.

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Tras el checking in decidimos darnos una sesión de spa en las instalaciones del hotel. Un baño turco y un relajante chapuzón en la piscina sirvieron para descansar cuerpo y mente después de 1.010 kilómetros de viaje.

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A las seis de la tarde estábamos listos y preparados para comenzar nuestra visita a la ciudad. De todos es sabido que nuestros primeros contactos con las ciudades que visitamos están caracterizados por la “avidez”. Avidez de ver y ver calles y monumentos.

Teníamos el tiempo justo para dirigirnos a la Igreja dos Clérigos y su monumental torre, un inconfundible punto de referencia de la ciudad, aunque todavía no la controlábamos más que en plano y en Google maps. Sin embargo, comprobamos que el centro de Oporto era fácil de recorrer (eso sí, bajando y subiendo calles para ser la primera vez) y la encontramos sin dificultad.

La Hermandad de los Clérigos nació en 1707, fruto de la unión de tres Cofradías de Oporto, para ejercer obras de piedad y de caridad. En 1753 se invitó al arquitecto italiano Nicolau Nasoni para diseñar y construir la nueva sede, iniciándose el trabajo en 1754.

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La iglesia, construida el conjunto en el siglo XVIII, entre 1732 y 1749, es parte de la obra más emblemática de Nasoni. Se distingue por su nave elíptica y su altar principal, en el que predomina un trono de mármol policromado, coronado por la estatua de la patrona, Nuestra Señora de la Asunción.

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Nasoni fue capaz de combinar brillantemente granito, mármol y dorado, haciendo de la iglesia y de todo su conjunto arquitectónico uno de los templos más bellos de función barroca.

La Torre de los Clérigos abrió sus puertas en 1763, convirtiéndose en el campanario más alto de Portugal y uno de los edificios más altos del país, con más de 75 metros de altura. En el siglo XIX era disparado un mortero desde la torre para anunciar el mediodía a la ciudad, y servía también como un punto de referencia para guiar a los barcos que llegaban al Duero. Fue además telégrafo comercial y punto estratégico para luchas militares y políticas.

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Tras subir sus 240 escalones de la torre disfrutamos de las primeras fantásticas vistas de Oporto y de Vila nova de Gaia en un recorrido que se extiende desde el río hasta el mar.

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Nos dirigimos a continuación a la Igreja do Carmo, ejemplo típico del portugués barroco diseñada por el arquitecto José Figueiredo Seixas. La iglesia se construyó entre 1750 y 1768, y una de sus características más destacables es el panel de azulejo azul de una de sus paredes exteriores. Creado por Silvestro Silvestri describe la legendaria fundación de la orden carmelita como una comunidad de ermitaños del Monte Carmelo en Israel.

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De vuelta al centro, un moderno centro comercial nos privó de pasear por la rúa das Carmelitas, en cuyo número 144 se encuentra la Librería Lello e Irmao, una librería de ensueño, según cuentan, que ha servido de escenario para rodar algunas escenas en películas como Harry Potter.

Nuestros pasos nos condujeron a la Avenida dos Aliados, que recorrimos completamente hasta la Camara Municipal.

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De ahí a la Estación de Sáo Benito, emplazada sobre un antiguo monasterio. En su interior pudimos contemplar los espléndidos murales de azulejos de Jorge Colaço que representan escenas históricas, de los transportes y de las fiestas rurales.

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Estábamos en la parte alta de la ciudad y decidimos dirigirnos a la Plaça da Ribeira, en la orilla del Duero. Las calles por las que bajábamos nos condujeron al Jardim do Infante Dom Henrique en cuyas inmediaciones se ubican el Palacio da Bolsa y Sáo Francisco, que visitaríamos al día siguiente.

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Nuestro primer contacto con el Duero nos permitió contemplar todas las bodegas de Vila Nova de Gaia y un sinfín de coquetos restaurantes casi sobre el río.

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También contemplamos por primera vez el Ponte de Dom Luis I, una de las estampas más conocidas de Oporto.

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Admiramos por primera vez el entorno de la concurrida plaza antes de sentarnos a comer (el cochinillo y la ensalada habían pasado a mejor vida hace ya algún tiempo).

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El objetivo estaba claro: bacalao. Lo tomamos al horno en Terreiro, al lado de la Casa do Infante, a escasos metros del río.

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Ya repuestos, quedaba una bonita subida para bajar la cena hasta el hotel, recorriendo las principales calles del centro de Oporto.

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Para ser el primer día no había estado mal. Tocaba descansar que al día siguiente nos esperaba una larga e interesante jornada.

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