Portugal 2016 (2)

Viernes, 29 de julio. Era nuestro último día en Oporto y había que aprovecharlo. Desayunamos «opíparamente» en el hotel (un gran buffet, variadísimo y completo, muy recomendable) antes de dirigimos a nuestro primer objetivo de la mañana, la Sé.

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A ella accedimos directamente y no bajando hasta la estación para subir después a la catedral, aprovechando para contemplar algunos de los escasos fragmentos que se conservan de la muralla fernandina, llamada así por Fernando I, y que fue construida en el siglo XVI.

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Construida como iglesia fortaleza en los siglos XI y XII, la catedral se ha modificado en numerosas ocasiones. Del siglo XII se conserva un rosetón en la fachada oeste. En la pequeña capilla se ve un retablo de plata salvado de la invasión francesa de 1809 por un falso muro construido para ocultarlo.

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La mayor parte de la catedral es barroca, aunque la estructura de la fachada y el cuerpo de la iglesia son románicos, y el claustro y la capilla de San Juan Evangelista son de estilo gótico. En su interior, las grandes columnas hacen que aumente la sensación de estrechez y altura de la nave central. Se trata de una decoración muy sobria y las paredes están desnudas, exceptuando el altar mayor y algunas capillas de estilo barroco.

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El crucero da acceso a los claustros del siglo XIV y a la Capela de Sáo Vicente. La escalinata del siglo XVII es obra de Niccola Nasoni. Los paneles de azulejos relatan la vida de la Virgen y las Metamorfosis de Ovidio. Los universitarios de Oporto aprovecharon para hacernos una fotografía junto a ellos.

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Al salir paseamos por el Terreiro da Sé, una amplia plaza abierta en cuyo centro se ubica una columna que era utilizada para colgar a los criminales, pudimos disfrutar de unas vistas privilegiadas de la ciudad, del río Duero y de las bodegas que se encuentran a su vera.

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Por una escalinata accedimos a la Iglesia de San Lorenzo dos Grilos, que comenzó a construirse en el siglo XVI pero no se vio terminada hasta el siglo XVIII. Aunque es una iglesia que no destaca por su tamaño, su sencillez hace que sea una visita agradable ya que, a diferencia de la mayoría de las iglesias de Oporto, siempre decoradas de forma excesiva, la Iglesia de los Grilos tiene las paredes prácticamente desnudas, dejando a la vista la gran cantidad de piedras que componen la iglesia.

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Callejeamos por el concurrido Barredo, un barrio que parece no haber cambiado desde la Edad Media, donde los balcones de las casas se asoman a la empinada colina formando un laberinto de antiguas callejuelas, hasta llegar a la Rúa Ferreira Borges, en la que se ubica el Palacio da Bolsa. Tuvimos suerte porque faltaban pocos minutos para la siguiente visita guiada y, además, sería en español (como anécdota, el primero que compra la entrada para una visita elige el idioma de la misma).

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Los comerciantes de la ciudad edificaron la Bolsa en 1842. Este Tribunal do Comercio, donde se defendía el derecho mercantil en oporto, posee gran interés histórico.

En el interior de este edificio Neoclásico encontramos al inicio de la visita el gran patio central, o Patio de las Naciones, cubierto por una estructura de vidrio que deja entrar una gran cantidad de luz en el palacio.

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Tras subir por una preciosa escalera de granito y mármol, en la segunda planta recorrimos varias habitaciones: la Sala Dorada, cubierta con pan de oro; la Sala de las Asambleas Generales, con un estucado que asemeja estar cubierta con madera; y la más espectacular, la Sala Árabe, un gran salón con galería de más de 300 metros cuadrados, decorado con arabescos azules y dorados, que se inspira en la Alhambra de Granada.

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La Iglesia de San Francisco está anexa al Palacio y a ella nos dirigimos. Los frailes franciscanos comenzaron a construirla en el año 1245. Más tarde tuvo que ser reformada tras el incendio que destruyó el antiguo claustro y parte de la iglesia. Aunque los orígenes de esta iglesia son románicos, posteriormente fue transformada al estilo gótico y más tarde adquirió decoración barroca.

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Comenzamos la visita por las catacumbas, escondidas bajo el suelo de la Iglesia, un lugar donde se encuentran enterrados muchos de los hermanos de la orden de los franciscanos así como algunas de las familias nobles de la ciudad.

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El interior de la iglesia tiene tres naves revestidas con tallas doradas, en las que se cree que se emplearon más de 300 kilos de polvo de oro. Tanto es el oro que reviste la iglesia que, años atrás, fue cerrada al culto por ser demasiado ostentosa para la pobreza que la rodeaba.
En la nave lateral izquierda se encuentra uno de los mayores atractivos de la iglesia, el Árbol de Jesé, una escultura de madera policromada considerada una de las mejores del mundo en su género.

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Sin darnos cuenta volvíamos a encontrarnos en la Plaça da Ribeira. Decidimos hacer entonces el crucero de los seis puentes. A las doce y media embarcamos en el San Telmo para navegar por el Duero desde el puente de Arrábida, el más largo de la ciudad, situado junto a la desembocadura del río, hasta el puente de Freixo, situado en el extremo este de Oporto, en un agradable y relajante paseo.

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Además de los anteriores, cruzamos el puente de Don Luis I (del siglo XIX y con 385 metros, el más espectacular y conocido de Oporto), el puente del Infante don Enrique (construido en 2003), el puente de María Pía (diseñado por Théophile Seyrig, socio de Gustave Eiffel, en 1873) y el puente de Sao Joao (solo para trenes).

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Y como no solo de puentes vive el hombre, durante el paseo también disfrutamos de las mejores vistas de Oporto, incluido el Ascensor da Ribeira, y Vila Nova de Gaia.

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Tras desembarcar comprobamos que era hora de comer. Pero en Portugal parece que es costumbre comer temprano y todos los restaurantes de la plaza (incluido el turístico Chez Lapin) estaban a rebosar a esta hora del día. Cubiertas, de momento, las necesidades de bacalao, nos dirigimos a una coqueta pizzería, Dona Antónia, en la Rúa do Infante D. Henrique, que habíamos avistado por la mañana al finalizar la visita a la Iglesia de San Francisco, donde repusimos fuerzas para continuar la jornada vespertina.

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Tras la comida decidimos dirigirnos andando a Vila Nova de Gaia. Para ello tuvimos que atravesar a pie el Ponte de Dom Luis I para llegar hasta Vila Nova de Gaia, desembocando en la Avenida de Diogo Leite, paralela al río, donde todas las bodegas se suceden durante varios cientos de metros.

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Casi habíamos olvidado la idea de visitar una de ellas, obligada para los turistas que llegan a Oporto. Habíamos planeado la visita a la más que conocida Ferreira, pero la visita al Palacio da Bolsa nos había metido en la cabeza el nombre de uno de sus grandes presidentes, dueño a la vez de las bodegas Cálem. Y a ella, la primera con la que te encuentras, nos dirigimos.

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Había prevista una visita guiada en español para unos cuarenta minutos más tarde y decidimos hacerla para que no nos faltara nada de lo “más típico”. Aprovechamos para pasear por la orilla del río contemplando las vistas de Oporto desde el otro lado y para tomar un refrescante helado pues, aunque no hacía excesivo calor, sí que padecíamos un sol de justicia.

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A la hora fijada realizamos la visita. La bodega cuenta con un pequeño museo propio, en el que comienza la visita guiada, donde conocimos la región del Duero y cómo se produce el vino en esta empresa, además de su historia a lo largo de dos siglos. Después visitamos las propias bodegas donde envejecen los vinos, protegidos de la luz y del aire. Por último, realizamos la degustación de dos de sus vinos, un Oporto Tawny y otro White.

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Decidimos volver a descansar al hotel antes de concluir nuestra visita a la ciudad por la noche. Y qué mejor ocasión que tomar el famoso Funicular dos Guindais, que comunica la Ribeira, a la orilla del río, y el barrio de Batalha, situado en la parte alta de Oporto. Durante el corto recorrido pudimos contemplar el Puente de Luis I, la muralla medieval de Oporto y la gran cantidad de bodegas que llenan de encanto la orilla del río Duero, una de las cuales acabábamos de visitar.

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Preparados de nuevo para salir nos dirigimos ahora a las concurridas calles de la zona alta de la ciudad. Dejando la Rúa 31 de Janeiro a mano izquierda llegamos a la Rúa Santa Catarina, una de las principales arterias comerciales de la ciudad. Avanzando por ella encontramos el afamado Café Majestic. Bajando ahora por la Rúa de Fernándes Tomás vimos los exteriores del Mercado do Bolhao, cerrado a estas horas de la tarde. La rúa Formosa nos condujo a la Avenida de los Aliados y decidimos intentar la visita a la Librería Lello e Irmao, muy concurrida por turistas y curiosos a esta hora del día, la del cierre, encontrándose además en obras.

Buen momento para tomar una copa de vino acompañada de una no muy copiosa cena antes de volver al hotel. Había que dejar casi recogido el equipaje pues a la mañana siguiente abandonábamos esta bonita y acogedora ciudad.

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