Portugal 2016 (5)

Domingo, 31 de julio. Primer día completo en la capital lisboeta. Belém y el Parque de las Naciones eran nuestros destinos para ese día, para lo que tendríamos que desplazarnos en coche por la ciudad.

Como dice el refrán, «al que madruga Dios le ayuda». Esa buena costumbre que tenemos de madrugar nos evitó un buen rato de espera para visitar el Monasterio de los Jerónimos. Tras el desayuno cogimos el coche y sobre las nueve y media nos encontrábamos en la Praça Império después de haber aparcado en sus inmediaciones.

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La taquilla no abría hasta las diez pero podíamos visitar mientras tanto la Iglesia, que presenta una planta en cruz latina, estando las tres naves a la misma altura, reunidas por una única bóveda con múltiples nervaduras.

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En la entrada se encuentra el coro bajo en el que se sitúan la Capilla Bautismal, la Capilla del Señor de los Pasos y los túmulos del navegador Vasco de Gama y del poeta Luís Vaz de Camões, ambos del siglo XIX, de la autoría de Costa Mota.

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La capilla mayor fue mandada reconstruir por Doña Catarina, esposa de Don João III, en 1571, sustituyendo la original, en estilo manuelino. En ella están sepultados Don Manuel y Doña María en un lado y Don João II y Doña Catarina en otro.

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Tras ser los primeros en adquirir la entrada (conjunta para el Monasterio y la Torre de Belém, otro acierto), comenzamos la visita al Real Monasterio de Santa María de Belém, o de los Jerónimos, mandado construir por el rey Don Manuel I, habiendo sido comenzadas las obras el 6 de enero de 1501.

Y la comenzamos por su claustro, de doble piso abovedado y planta cuadrangular, cuya originalidad reside en la combinación de símbolos religiosos, regios y elementos naturalistas que lo transforman en el mejor ejemplo del estilo manuelino.

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En su planta baja se sitúan las doce puertas de los antiguos confesionarios. El confesor entraba por el claustro y el penitente por la Iglesia, quedando separados por una reja de hierro.

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También la Sala del Capítulo, originalmente pensada para las reuniones capitulares de los monjes, aunque nunca fue utilizada para dicha finalidad. Se terminó en el siglo XIX para acoger perpetuamente los restos mortales de Alesandre Herculano.

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En el ángulo noreste del claustro se yergue una fuente con un león en el centro que era utilizada como lavamanos de los monjes, razón por la cual se sitúa al lado del Antiguo Refractorio.

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El refractorio, construido entre 1517 y 1518 por Leonardo Vaz, posee una bóveda decaída y con múltiples nervaduras. Gruesos cordones de piedra cercan la sala cuyas paredes están revestidas por azulejos del siglo XVIII representando escenas de la Vida de José en Egipto.

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Tras la visita nos dirigimos por la Praça do Império hacia el Monumento a los Descubrimientos.

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El Padrão dos Descubrimientos, de aspecto angular y ubicado a la orilla del río, se levantó en 1960 para celebrar el 500 aniversario de la muerte de enrique el Navegante. Con una altura de 52 metros, Salazar lo mandó construir en honor a los marinos, a los reyes que ofrecieron su mecenazgo y a todos los que participaron en los descubrimientos.

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Tiene forma de carabela, con el escudo de armas de Portugal en ambos lados y la espada de la casa real de Avis sobre la puerta. Lo cierto es que no pudimos admirar como se merece este monumento por encontrarse de reforma.

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Sí que contemplamos la enorme aguja de navegación tallada en el suelo que se encuentra al lado norte del monumento, regalo del presidente de Sudáfrica en 1960. El planisferio central, adornado con galeones y sirenas, muestra las rutas de los descubridores en los siglos XV y XVI.

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Recorrimos a pie la distancia que nos separaba de la Torre de Belém, Patrimonio de la Humanidad, al igual que el Monasterio de los Jerónimos. A esa hora de la mañana la cola para comprar las entradas era impresionante. Por suerte, había una cola reservada a los que ya la habían adquirido…

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Entre 1515 y 1521, Manuel I mandó levantar esta torre defensiva en medio del río. Antiguamente era el punto de embarque para los navegantes que partían a descubrir nuevas rutas marítimas, por lo que esta joya manuelina se ha convertido en símbolo de la expansión de Portugal.

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El exterior de la torre está ricamente decorado: piedras talladas imitando cordajes, balcones abiertos, atalayas moriscas y almenas con forma de escudos.

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El salón gótico debajo de la terraza, antiguo almacén de armas y prisión, es austero, pero las habitaciones privadas merecen ser visitadas por la bella arquería y el panorama que desde ellas se contempla.

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La torre en sí tiene cinco pisos y termina en una terraza. Las plantas se comunican únicamente por una pequeña escalera de caracol en la que tuvimos que esperar un buen rato para bajar por el poco respeto a los semáforos de los visitantes.

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Con tanta visita había que reponer fuerzas y pensamos hacerlo de una forma muy lisboeta. Cerca del Monasterio de los Jerónimos se encuentra los Pasteis de Belém, una pastelería especializada en elaborar el dulce más típico de la ciudad. Esta confitería tiene los Pasteis de Belém como marca registrada, así que en el resto de Lisboa se conocen como Pasteis de nata.

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Antes de comer decidimos, ya que ese día nos desplazábamos en nuestro vehículo, realizar una visita al Parque das Nações, la ubicación original de la Expo’98. Con una arquitectura contemporánea, atracciones dirigidas a la familia y espacios modernos, este parque ha renovado la orilla este que, hasta 1990, fue una zona industrial.

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Lo cierto es que ahora presenta un aspecto casi fantasmal. Contemplamos desde fuera la estación de Oreinte, diseñada por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Tuvimos que andar un largo trecho y sortear varios espacios vallados hasta llegar a la orilla del Tajo y a un enorme pabellón donde se ubicaban varios restaurantes de todo tipo.

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Había llegado, por tanto, la hora de comer. Y elegimos el  Restaurante D’ Bacalhau, pues el que tomamos en Oporto ya era historia. Degustamos unas riquísimas tiras de bacalhau frito c/ arrox de feijão y una espetada de garoupa c/ espianfres e broa para reponer las fuerzas gastadas durante la jornada.

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Tras la comida llegamos hasta la Torre Vasco da Gama, el edificio más alto de Lisboa, que alberga un hotel. Y casi al puente Vasco da Gama, que con sus 17 km es el más largo de Europa. Fue terminado para la citada Exposición Universal de 1998.

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A pesar de la distancia que separa el Parque de las Naciones del hotel llegamos a este en un suspiro. El calor apretada y ya estábamos bastante morenos por el sol que habíamos tomado por la mañana. Decidimos tomarnos un descanso antes de proseguir nuestra visita una vez que bajara un poco el sol.

Nos dirigíamos de nuevo a la Baixa pero no estábamos dispuestos a recorrer de nuevo a pié los dos kilómetros de la Avenida de la Libertad. Por ello, en la estación de metro de Marqués de Pombal adquirimos la Viva viagem, una tarjeta de contacto recargable para movernos en metro, autobús o tranvía.

Hicimos el trayecto hasta Baixa-Chiado (línea azul) y callejeamos por las calles peatonales circundantes a la Rúa Augusta.

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Nuestro destino era la Plaza da Figueira, pegada a Rossio, menos espectacular pero con gran vida social, sobre todo en verano. Y el motivo no era otro de que de ella partía el tranvía 28 que nos conduciría al día siguiente al Castelo de São Jorge.

Pronto llegamos a la plaza, pero el inicio de la ruta del tranvía no se encontraba precisamente en ella. Nos dirigimos a una parada próxima y esperamos un buen rato hasta que al ver un autobús que ocupaba los raíles del tranvía comprendimos que estábamos en el lugar equivocado.

Desistimos de la idea de tomar el tranvía y seguimos paseando. Al llegar a la Praça do Martim Moniz (al norte de Baixa) apareció el tranvía y vimos una enorme cola que esperaba para tomarlo. Aunque llegaron dos, fueron insuficientes para la multitud.

Tras ver los horarios de paso y comprobar que faltaban escasos diez minutos para que volviera a pasar decidimos esperar. Fíate tú de los horarios de paso. Tras una hora en la que la cola fue haciéndose cada vez más larga aparecieron de nuevo los tranvías. Las que habíamos evitado por la mañana en Belém las hacíamos ahora por el dicho trenecito. Menos mal que nos echamos unas risas mientras esperábamos, pensando incluso en el gran negocio que los Hermanos Sevilla estaban dejando pasar por dedicarse a otros menesteres como el tren de la bruja en vez de gestionar la línea 28 del tranvía de Lisboa.

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Menuda cara se le quedó al personal, incluidos nosotros, cuando el primer tranvía aceleró al acercarse a las primeras personas que hacían cola y pasaba de largo. Más de uno pensó que la espera no había servido de nada. Con el segundo hubo más suerte y hasta pudimos sentarnos. Aunque sentarse es un problema, porque hace imposible bajarse del tranvía en cualquier parada que no sea la última.

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Debido a la gran cantidad de subidas y bajadas que hay a lo largo de la línea, sólo los clásicos tranvías Remodelado, originalmente puestos en circulación en los años 30, son capaces de desplazarse por las inclinadas vías. Estos tranvías, que en cualquier otra ciudad estarían en un museo, forman parte integrante de la red de transporte público de Lisboa, y un paseo en el tranvía 28 es una actividad agradable y muy recomendada de la que disfrutar para cualquier persona que visite Lisboa.

El tranvía 28 es la ruta de tranvía más larga que hay en Lisboa, y el recorrido realiza un bucle por la parte este de Baixa, Graça y Alfama antes de encaminarse al oeste, en dirección a Estrela y Campo Ourique. En el primer tramo del viaje el tren serpentea por el distrito de Alfama y pasa por delante de la Catedral Sé y el mirador de Santa Luzia. El tramo entre el mirador de Santa Luzia y el distrito de Baixa es el más concurrido.

Desde Baixa, atraviesa el distrito de cines y teatros de Chiado y el distrito de la vida nocturna de Barrio Alto, donde conseguimos bajarnos del tranvía. Este trayecto de más de media hora había sido suficiente para nosotros. A pesar de los bancos son de madera, de que las vías del tranvía parecen parte de una montaña rusa y de los potentes frenos mandan a los pasajeros rodando por el pasillo, no podíamos decir que la experiencia no hubiera merecido la pena.

No había excesivas ganas de cenar. Pero una cervecita sí que apetecía. Decidimos tomarla en el bar del hotel. La estación de metro Chiado-Baixa estaba muy cercana (en las inmediaciones de A Brasileira) y en poco tiempo desembarcamos en Marqués de Pombal. Eso sí, la última cuesta desde la plaza hasta el hotel se hacía más pesada cada vez que la subíamos.

Realmente nos sorprendió, agradablemente, el bar. Las cervezas fueron acompañadas por unas fries estupendas con su correspondiente mostaza, ketchup y mayonesa, además de los “petiscos” o “cuberto”, los platos que nos ponían sobre la mesa antes de comenzar la comida en los restaurantes, una costumbre portuguesa, que aquí eran una gentileza del hotel.

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Nada más apropiado que este simpático cartel junto a los ascensores de subida a la habitación del hotel…

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