Cambio de mes. Lunes, 1 de agosto. Por lo general, una fecha en la que solíamos retornar de viaje. En esta ocasión, era el elegido para recorrer el barrio de la Alfama lisboeta y el resto de lugares de interés de la ciudad.
Después del (relativo) madrugón del día anterior nos lo tomamos con más calma. Ya sabíamos cómo y a dónde dirigirnos para tomar el tranvía 28 que nos subiría al castillo. Tras el pausado desayuno, y con nuestra tarjeta de transporte recargada con su abono diario la tarde anterior, tomamos el metro en Marqués de Pombal hasta Chiado-Baixa (línea azul), donde realizamos un trasbordo a la línea verde para apearnos en Martim Moniz.
Cuál fue nuestra sorpresa cuando comprobamos que, sin ser todavía las diez de la mañana, la cola para tomar el tranvía daba para varios de ellos. Vista la experiencia del día anterior la decisión se tomó rápidamente: subir andando al Castillo, algo que no nos cogía de sorpresa por ser un clásico en nuestras andanzas por el mundo.
Sin ayuda de planos ni móvil comenzamos a ascender por las callejuelas de la Alfama, imaginándonos que la ascensión al castillo resultaría agotadora. Sin embargo, el azar nos condujo a las inmediaciones del Mercado do Chão do Loureiro, en el que se ubica el segundo tramo del Elevador del Castillo de San Jorge, que conecta la Baixa con los alrededores del castillo.

No mentiremos. Hay que reconocer que es una muy buena forma de ahorrarnos el esfuerzo de subir a pie hasta Alfama si estamos por esta zona. Cómoda, rápida y gratuita, qué más se puede pedir.
Salimos a la Calçada do Marquês de Tancos, ya a pocos pasos del Castillo. En Costa do Castelo encontramos un par de alas de ángel pintadas en un zócalo que sirvieron para descansar mientras tomábamos una fotografía. Finalmente, la Rúa de Santa Cruz do Castelo nos condujo a este último.

El Castelo de San Jorge es un monumento nacional que forma parte de la zona noble de la antigua ciudadela medieval (alcazaba) integrada por el castillo, las ruinas del antiguo palacio real y parte de una zona residencial para las élites.
Empezamos la visita por su mirador que, gracias a su excepcional emplazamiento, sobresale entre los miradores de Lisboa por las vistas únicas y majestuosas de las que nos permite disfrutar.


También contemplamos los vestigios del antiguo palacio real de la alcazaba. También la zona del Jardín Romántico, donde pudimos ver algunos elementos arquitectónicos que formaban parte de la antigua residencia real. El palacio quedó muy damnificado por el terremoto de Lisboa de 1755.


Continuamos la visita al castillo, de época islámica, una fortificación construida a mediados del siglo XI ubicado en la zona de más difícil acceso de la cima de la colina y que aprovecha las escarpas naturales al norte y al oeste.


El castillo tenía como función albergar a la guarnición militar y, en caso de cerco, a las élites que vivían en la alcazaba (ciudadela). No tenía, por tanto, función residencial como ocurre en otros castillos europeos. Conserva 11 torres, de las cuales destacan la del Homenaje, la del Archivo, la del Palacio, la de la Cisterna y la de San Lorenzo, situada a mitad de la pendiente.


En la segunda plaza se encuentran los restos de antiguas construcciones y una cisterna. Aún es visible en este atrio, en la muralla norte, una pequeña puerta denominada Puerta de la Traición, que permitía la entrada y salida de mensajeros secretos si era necesario.

El acceso a las torres y al camino de ronda o adarve se realiza a través de tres tramos de escaleras adosados al parapeto de la muralla, uno en el primer atrio y dos en el segundo.

El yacimiento arqueológico es un conjunto de restos que dan testimonio de tres periodos significativos de la historia de Lisboa. Las primeras ocupaciones conocidas (siglo VII aC), las ruinas de la zona residencial de época islámica (mediados del siglo I) y las ruinas de la última residencia palatina de la antigua alcazaba (destruida por el terremoto de 1755).

Por último, en la Torre del Archivo se ubica la cámara oscura, un sistema óptico de lentes y espejos que permite examinar minuciosamente la ciudad en tiempo real, sus monumentos y zonas más emblemáticas, el río y el bullicio propio de Lisboa, en una vista que abarca 360º. Sin duda, los veinte minutos de espera merecieron la pena.



Al salir continuamos la vista al barrio de Alfama. Dada la inclinación de las calles, resultaba fácil comenzar el recorrido desde la parte alta y descender, paseando por el laberinto de callejuelas y descubriendo rincones pintorescos y viejas iglesias, al mismo tiempo que disfrutábamos de vistas panorámicas desde terrazas como la de Miradouro de Santa Luzia.


Nuestros pasos nos dirigieron a la Sé. Destruida por tres temblores de tierra en el siglo XIV y por el terremoto de 1755, ha sido restaurada varias veces a lo largo de su historia. La catedral actual es una mezcla de diferentes estilos arquitectónicos.La fachada, con dos campanarios almenados y un espléndido rosetón, conserva el sólido aspecto románico.


El oscuro interior es sencillo y austero, y apenas recuerda la exuberante ornamentación encargada por el rey João V en la primera mitad del siglo XVIII. Más allá de la nave románica, el deambulatorio cuenta con nueve capillas góticas.




Antes de comer contemplamos la Casa dos Bicos, decorada con piedras en forma de diamante (bicos), construida en 1523. La fachada es una adaptación de un estilo muy popular en Europa en el siglo XVI. Hoy es la sede de la Fundación José Saramago.


Habíamos decidido comer en el Mercado da Ribeira, en Cais do Sodré, tras las recomendaciones de una paisana el día anterior en el Monasterio de los Jerónimos. Aunque parecía que estaba cerca de la Praça do Comercio, en la que nos encontrábamos, coger al vuelo un autobús que se dirigía a Cais do Sodré fue una magnífica idea.

Siguiendo el concepto de los mercados-gourmet que tan de moda se han puesto también en España en los últimos años, el Mercado de la Ribeira acoge pequeñas filiales de algunos de los mejores restaurantes de Lisboa, varios con estrella Michelín.

En las mesas corridas del Mercado da Ribeira puedes sentarte con comida de cualquier puesto. Cada uno pide los platos que le gusten en cada puesto y se los lleva a cualquiera de las mesas para comer.

En esta primera visita optamos por Monte Mar, de los dueños del Monte Mar de la Playa de Guincho, uno de los mejores restaurantes de la zona de Cascais. Un par de platos de arroz con pulpo y unas gambas al ajillo de entrante regados con un par de cervezas, una de ellas tirada por la viajera.

Lo que más nos gustó del Mercado da Ribeira es el concepto, cómo está organizado el consumo de los platos: la parte central cuenta con mesas de madera corridas que se comparten entre todos los puestos, por lo que es un lugar genial para ir con amigos o en pareja y que cada uno disfrute del tipo de comida que prefiera sin tener que cambiar de local.


Al salir nos dirigimos a la Igreja do Carmo. Tomamos el metro en Cais do Sodré hasta Chiado-Baixa (línea verde), desembocando en la Rúa Garrett de nuevo, la principal calle comercial del Chiado (de hecho, se aprovechó para hacer alguna que otra compra), junto A Brasileira y a la librería más antigua del mundo, por lo menos la primera de entre todas las que aún están en funcionamiento. La librería Bertrand fue fundada en 1732, así que lleva ya más de dos siglos y media de historia. Se creó en el barrio de Chiado, en la calle Loreto, pero tras el terremoto de Lisboa se trasladó a su actual emplazamiento.

El Museo Arqueológico del Carmen está instalado en las ruinas de la antigua Iglesia del Convento de Santa María del Carmen, fundada en 1389 por D. Nuno Álvares Pereira. Esta iglesia destacó como uno de los más hermosos templos góticos de Lisboa hasta el terremoto de 1755, que provocó grandes daños en el edificio y destruyó casi todo su patrimonio religioso-artístico.
Las obras de reconstrucción, ya en un estilo neogótico experimental, se iniciaron en 1756, siendo definitivamente suspendidas en 1834, de resultas de la extinción de las órdenes religiosas en Portugal, quedando las naves y el transepto sin cobertura y las capillas inacabadas.




El edificio aún conserva estructuras y elementos primitivos (siglos XIV-XV), entre los que figuran las portadas sur y oeste, así como la zona de la antigua cabecera de la iglesia.




El Museo Arqueológico guarda y expone importantes piezas escultóricas procedentes de antiguos edificios en ruinas de las casas monásticas extinguidas en 1834 y elementos integrantes del propio templo, descubiertos entre los escombros. Ha ido incorporando a lo largo del tiempo un conjunto de piezas de gran valor que integra obras desde la Prehistoria a la Edad Contemporánea.

Junto a la iglesia se encuentra un pasadizo que une Largo do Carmo con el Elevador de Santa Justa, 32 metros por encima de su base. Era una gran oportunidad para visitarlo y no la desperdiciamos.

Este ascensor neogótico fue construido a principios del siglo XX por el arquitecto francés Raoul Mesnier du Ponsard, un aprendiz de Eiffel. Realizado en acero y embellecido con filigranas, es uno de los elementos más extravagantes de la Baixa.

Accedimos al extremo superior de la torre, ocupado por un mirador, por una estrecha escalera de caracol.

La altura nos permitió disfrutar de unas espléndidas vistas del centro de Lisboa, incluidos Rossio, la Baixa, el castillo en la colina de enfrente, el río y las cercanas ruinas de la iglesia do Carmo.




De camino a São Roque contemplados una casa levantada en 1864 en Largo Rafael Bordalo Pinheiro, cuya fachada, decorada de azulejos, representa las alegorías de la Ciencia, la Agricultura, la Industria y el Comercio.


La sencilla fachada de São Roque esconde un rico interior. La iglesia fue fundada a finales del siglo XVI por los jesuitas.



En 1742, João V encargó la construcción de la capilla de San Juan Bautista, que fue realizada en Roma. Tras recibir la bendición papal en la iglesia de Sant’Antonio de Portoghesia, fue desmantelada y enviada a Lisboa en tres barcos.


Entre los muchos azulejos de la iglesia, los más antiguos e interesantes son los de la tercera capilla a la derecha, fechada a mediados del siglo XVI y dedicada a San Roque, protector de las plagas. Otros elementos de la iglesia son las pinturas del techo, que representan escenas del Apocalipsis, y la sacristía.

Tras la visita nos dimos por satisfechos por lo contemplado (y andado) en la jornada. Dirigimos nuestros pasos hasta la estación de Chiado-Baixa hasta Marqués de Pombal y al hotel.

Era ya más de media tarde. No habían muchas ganas de volver a la ciudad esa noche. ¿Por qué no repetir unas fries y unas cervezas en el bar del hotel? Pareció una brillante idea.
Una suculenta tempura de camarones se incorporó al menú. Unas risas rememorando «El milagro de P. Tinto» hicieron que pasáramos una agradable velada. Había que descansar. Esperaba otro madrugón para visitar una de las joyas del viaje: Sintra.

















