Martes, 2 de agosto. Buen día para madrugar. El objetivo era llegar a Sintra antes de que pusieran las calles. Y casi lo conseguimos. En esta ocasión el desayuno no fue tan pausado. Sobre las ocho y media cogimos el coche y salimos de Lisboa rumbo a Sintra.
Aparcar en las inmediaciones del Palácio da Pena parecía misión imposible. Pero no lo era para los madrugadores visitantes. De hecho, dejamos el coche a escasos veinte metros de la puerta de acceso. Tras sacar en un cajero la entrada conjunta para el Palacio y el Castelo dos Mouros y una espera bajo la niebla en la que se sumergía Sintra fuimos los primeros en acceder al recinto cuando éste abrió sus puertas a las diez de la mañana en punto.

El Parque y el Palacio de la Pena son la expresión máxima del Romanticismo del siglo XIX en Portugal y constituyen el marco más importante del Paisaje Cultura de Sintra – Patrimonio Mundial.


Sobre las más altas cimas de la sierra de Sintra se alza el espectacular Palácio da Pena, ecléctica mezcolanza arquitectónica construida en el siglo XIX para Fernando de Sajonia, Coburgo y Gortha, marido de la Reina María II.


El palacio se levantó sobre las ruinas de un monasterio jerónimo del siglo XVI, que a su vez había ocupado el lugar de una capilla dedicada a Nossa Senhora da Pena.


Fernando contrató al arquitecto alemán Von Eschwege para que diseñara un edificio lleno de excentricidades y rodeado de jardines. Cuando en 1910 se proclamó la República, el palacio de transformó en museo, conservándose tal y como lo dejara la familia real.
La exuberante puerta de entrada nos recibió con sus torrecillas almenadas. Los edificios del palacio están pintados con los colores originales: rosa y amarillo.


Los azulejos de la facha principal presentan un modelo geométrico morisco que también es utilizado en la Fuente de los Pajaritos. El arco del Tritón está decorado con inscrustaciones neomanuelinas y lo vigila una feroz criatura marina.


El claustro, decorado con azulejos de pintorescos diseños, pertenece al antiguo monasterio y está revestido con azulejos hispano-árabes.


Ya en el interior, en el vestíbulo encontramos vidrieras traídas de Alemania, jarrones de porcelana china y cuatro figuras orientales que sostienen candelabros formando parte de su fastuosa decoración.




La capilla también es parte original del antiguo monasterio. El impresionante retablo y mármol y alabastro, del siglo XVI, fue tallado por Nicolau Chantrerène. En cada sección hay una escena de la vida de Cristo.


Tras la visita a este lugar de cuento de hadas nos dispusimos a recorrer el Parque de la Pena en un ambiente natural de rara belleza e importancia científica. El parque constituye un notable proyecto paisajístico que transformó una sierra casi sin vegetación en un arboreto que integra diversos jardines históricos. Ocupa aproximadamente ochenta y cinco hectáreas que gozan de especiales condiciones geológicas y climáticas.


Paseamos, siempre ascendiendo, mientras contemplábamos sus glorietas, monumentos y fuentes. Primero el Templo de las Columnas, un templete-mirante con vistas al palacio erguido en 1840 en el local de una capilla dedicada a San Antonio.

La Estatua del Guerrero, un bronce cuya autoría se atribuye a Ernesto de Rusconi en 1848. Representa un caballero medieval imaginario como parte integrante de la escenografía de pena.

Ascendimos hasta el alto de Santa Catarina, el mirador preferido de la Reina Doña Amélia, con el «trono da Rainha» tallado en la roca.

Más tarde llegados al Lago de la Concha. Y de ahí, pasando por la Capilla manuelina, llegamos al jardín de Camelias.






La fuente de los pajaritos, un pabellón de estilo islámico con una cúpula esférica con una inscripción en árabe, nos condujo al valle de los lagos, un conjunto de cinco lagos hacia donde confluyen todas las líneas del valle del parque.







Abandonamos el palacio por la Entrada de los Lagos, lo que nos permitió no tener que desandar el camino hasta el Castelo dos Mouros. Con todo, quedaba un exigente tramo de subida hasta su entrada.
Con vistas privilegiadas a la costa atlántica, las vegas y la sierra de Sintra, ocupa una posición estratégica fundamental en la defensa del territorio local y de los accesos marítimos a la ciudad de Lisboa.


Constituye una espectacular fortificación militar erigida aproximadamente en el siglo X por las poblaciones musulmanas que ocuparon la península ibérica. Conquistado por Alfonso Heriques en 1147, se alza por encima de la ciudad antigua como un centinela con sus murallas serpenteantes en lo alto de la sierra.
Tras entrar al recinto accedimos a la plaza de armas, el lugar más amplio del castillo, que permitía la concentración de la guarnición militar.
Sobre la Puerta de la Traición (una pequeña puerta de acceso al exterior en caso de fuga que también permitía el acceso del enemigo al interior) ondea una bandera diseñada para simbolizar el origen del castillo, con la palabra Sintra escrito en caracteres árabes.

A nuestro lado derecho quedaba la alcazaba, con la Torre del Homenaje, el lugar donde residían las autoridades civiles o eclesiásticas de la población. Representaba el último reducto de resistencia del castillo en aso de ataque enemigo.



Continuamos nuestro ascenso a la Torre Real, llamada así por tratarse de uno de los lugares en los que Don Fernando II pintaba. Desde allí disfrutamos de unas vistas privilegiadas del Palacio de la Pena.



Aunque exhaustos, disfrutábamos de la espectacularidad del paisaje y de la belleza de esta construcción de piedra antes de volver al coche y dirigirnos al casco antiguo de Sintra. Las inmediaciones del Palacio estaban totalmente congestionadas de vehículos en busca de una ansiada plaza de aparcamiento. No mienten los que recomiendan comenzar la visita cuanto antes mejor…















