Portugal 2016 (8)

También Sintra estaba atiborrada de coches y de visitantes a esta hora del día. Nos pareció impensable intentar aparcar en el centro y comer, por lo que, pacientemente, nos dirigimos a la Quinta da Regaleira, que constituye uno de los monumentos más sorprendentes y enigmáticos del Paisaje Cultural de Sintra.

Está situado en el elegante recorrido que unía el Pazo Real con el palacio y campo de Seteais, dentro de los límites del centro histórico. Entre 1898 y 1912 Carvalho Monteiro la transformó en su lugar predilecto, otorgándole las características actuales.

Comenzamos nuestro recorrido por sus jardines y pronto nos encontramos con el Lago de la Cascada, cuya base parecía poder ser visitada.

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Sin saber a dónde nos dirigíamos, avanzamos a oscuras por una gruta que desembocada en la parte inferior del Pozo Iniciático, una «torre invertida» que se hunde cerca de 27 metros en el interior de la tierra, con acceso a través de una monumental escalinata en espiral.

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Se plantea como un espacio de consagración, de connotaciones herméticas y alquímicas, donde se intensifica la relación entra la tierra y el cielo.

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Tras ascender la escalinata hasta la parte superior y salir a la superficie comenzamos ahora a descender hasta el Portal de los Guardianes, en el que nos adentramos por una nueva galería hasta llegar, de nuevo, al pozo iniciático, ahora en su plano intermedio.

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Ahora nos dispusimos a descender por la escalinata hasta su base pero en vez de volver a salir al lago de la cascada otro túnel nos condujo hasta el Pozo Imperfecto, que recorrimos en sentido ascendente.

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Seguíamos paseando y pronto llegamos a la Gruta del Oriente, que resultó ser un nuevo acceso a los túneles de aquel maravilloso recorrido subterráneo que comunicaba entre sí ambos pozos.

La Fuente y la Torre de la Regaleira y la Gruta de Leda fueron el preámbulo de nuestra visión del Palacio de la Regaleira, pero antes de visitar este último hicimos un alto en el camino en la cafetería de la quinta, más que necesario para continuar la visita.

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Tras el breve descanso nos dirigimos a la capilla, neomanuelina, que exhibe un rico programa iconológico cuyo tema central es el ciclo mariano y de Cristo, con mención especial para las escenas de la Anunciación y la Coronación de María. La cripta tiene un acceso subterráneo que la une al palacio.

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El palacio, residencia de veraneo de la familia Carvalho Monteiro, fue concebido en estilo neomanuelino. En la exhuberante decorativa participaron varios artistas de gran mérito como António Gonçalves, João Machado, José de Fonseca, Costa Motta y Rodrigo de Castro, en las canterías, y Julio de Fonseca, en la talla de madera.

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El piso nobre (planta baja) presenta salas cuya decoración se inspira en los periodos manuelino, renacentista y barroco. Allí se encuentran el porche, el vestíbulo de la escalera, la sala de caza y la sala del renacimiento.

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En el primer piso, más intimista, se concentraban los dormitorios y los espacios reservados a la familia, como las salas de estudio y de los juguetes y la sala Lusiada.

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En el ángulo sur del segundo piso destaca la volumetría de la sala octogonal. Además de esta sala y del despacho, este piso se destinaba a algunos cuartos y zonas de ordenación.

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La torre neomedieval del tercer piso incluía espacios reservados al propietario, como el despacho, con unión directa a su laboratorio y a las terrazas. Por último, la terraza panorámica, rematada por ocho pináculos profusamente decorados con figuras naturalistas y fantásticas, ofrece una espectaculares vistas del Palácio da Pena y del Castelo dos Mouros.

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Abandonamos la quinta muy satisfechos de la visita. Sintra, declarada Paisaje Cualtural Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995, no nos había defraudado. Nos quedaba otro paseíto hasta el coche (en esta ocasión no habíamos tenido tanta suerte y encontramos aparcamiento casi a un kilómetro de la entrada) antes de retomar el camino de regreso a Lisboa.

Pero antes nos dirigimos a Cascais, una pequeña localidad costera situada a apenas 30 kilómetros de Lisboa. Atravesar este antiguo pueblo de pescadores sin bajar del coche nos impidió visitar su casco antiguo y sus playas. Sin embargo, sí que pudimos contemplar el océano Atlántico desde la Boca do Interno, donde el mar sube y llena las ensenadas y grietas que hay en las rocas, haciendo un ruido terrorífico y salpicando a gran altura.

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De vuelta al hotel nos preparamos para nuestra última noche en Lisboa. Teníamos pendiente un par de cosas. La cena en el Mercado da Ribeira … y el fado.

Tras recargar nuestras tarjetas de transporte con un par de viajes cada una de ellas nos dirigimos a Cais do Sobré siguiendo el trayecto que ya se había convertido en habitual para nosotros.

Ya en el mercado, decidimos probar la cocina de la chef Marlene Vieira. Nos decantamos por el menú degustación de ocho platos, cuatro fríos y cuatro calientes, que resultó ser muy adecuada.

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Tras descartar la cena con concierto de fado, tan solo nos quedaba la opción del fado vadio en el barrio de la Alfama o la Tasca do Chico en el Barrio Alto. Un poco alejadas las dos, por cierto. Por este motivo optamos por la oportunidad que nos brindaba el mercado en su piso superior. Más que nada para que no se dijera que visitábamos Lisboa y no disfrutábamos de estas canciones tristes y llenas de melancolía que forman parte de la ciudad desde el siglo XIX.

Volvimos al hotel. El viaje tocaba a su fin y había que empezar a preparar el equipaje para el regreso a casa.

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