Portugal 2016 (y 9)

Miércoles, 3 de agosto. Era el día fijado para la vuelta. Amanecíamos por última vez en Lisboa. Tocaba preparar el equipaje antes de bajar a desayunar. Esta vez, en el restaurante de la primera planta. Tras el desayuno cogimos el coche e introducimos en el navegador como destino Alcantarilla.

Dejamos Lisboa tras cruzar el Puente 25 de Abril que nos había acompañado estos últimos días para tomar primero la A2 y después la A6 dirección España.

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Tendríamos que cruzar el Alentejo, que ocupa casi la tercera parte de Portugal, extendiéndose desde el Tajo hasta el Algarve, con sus grantes planicies, doradas por el tripo y plateadas por los olivos, sus casas blancas, sus megalitos y sus castillos.

Y qué mejor que la antigua ciudad de Évora, en el corazón del Alentejo, con su excepcional centro histórico, para despedirnos de Portugal.

La localidad amurallada de Évora alcanzó gran esplendor con los romanos y floreció durante la Edad Media como centro artístico y cultural. Popular residencia de los reyes portugueses, cayó en desgracia tras la anexión de Portugal a España en 1580. Su influencia se debilitó aún más cuando se cerró la Universidad jesuita en el siglo XVIII. En 1986, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad.

Dejamos el coche (al sol) fuera del recinto amurallado, en las cercanías del Aqueduto da Água da Prata, construido entre 1531 y 1537 por el arquitecto local Francisco de Arruda. En su origen llevada el agua hasta la Praça do Giraldo. Sin embargo, se vio damnificado en el siglo XVI durante las guerras de restauración con España, aunque se conserva un tramo de 9 kilómetros de largo.

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Pudimos admirar el conjunto de calles de Évora, apiñadas entres sus murallas romanas, medievales y del siglo XVI, que nos condujeron al templo romano, erigido en los siglos II o III dC y dedicado, según se cree, a la diosa Diana.

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Se usó como depósito de armas, teatro y matadero antes de ser rehabilitado en el año 1870.

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Nos acercaremos a continuación hasta la Sé de Évora, la mayor catedral gótica de Portugal. Empezó a construirse en 1186, se consagró en 1204 y se completó en 1250. El románico da paso al gótico en esta construcción semejante a una fortaleza, cuyas torres conceden a la fachada una curiosa asimetría. A ambos lados del pórtico hay unas magníficas estatuas del siglo XIV de los apóstoles.

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Comenzamos la visita subiendo a la cubierta, desde se dominaba toda la ciudad y la planicie que la rodea.

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También el claustro, al que accedimos más tarde, que data de 1325. En él, las estatuas de los evangelistas observan desde cada esquina.

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El altar mayor, del siglo XVIIII, y el presbiterio de mármol son de J.F. Ludwing, el arquitecto del monasterio de Mafra. El pórtico renacentista, en el crucero norte, es de Nicolau Chanterène.

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Desde la catedral, un paseo por las tiendas de artesanía de la Rúa 25 de Outubro nos condujo a la Praça da Giraldo, la animada plaza mayor cuyos arcos recuerdan el dominio árabe. En uno de sus extremos se encuentra la Iglesia de San Antonio.

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Seguimos paseando por sus calles de vuelta al coche. Una vez que volvimos a tomar la autopista A6 sólo nos quedaba llegar a casa. Aprovechamos para repostar combustible nada más cruzar la frontera, en Badajoz.

Nos desplazábamos ahora por la Autovía de Extremadura (A5). Después de pasar por Mérida comprobamos que la Stra. Garmin, en su afán de proporcionarnos sólo autovías y/o autopistas en el camino de vuelta, nos acercaba mucho a Madrid. Sin embargo, la N-430 nos conducía directamente a Ciudad Real.

Después de nuestro último viaje a Toledo, conocíamos la ruta que transcurría por autovía de Manzanares a La Roda y Ciudad Real conectaba también por autovía con ella. Así que optamos, desobedeciendo sus indicaciones («recálculo»), por la carretera nacional. Suponía un ahorro de aproximadamente cien kilómetros, aunque después calculamos que en tiempo no supondría mucho menos dada la característica de esta vía.

Comimos en el Restaurante Acueducto Gran Ruta, en el Km 131 de la N-430, en el término municipal de Acedera, Badajoz.

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Tras la comida continuamos viaje primero hasta Ciudad Real, que atravesamos sin acercarnos mucho al centro de la ciudad, y después hasta La Roda, donde hicimos la parada de rigor en los viajes hacia la capital para reponer algo de buen queso manchego.

El trecho que quedaba hasta casa era más que conocido. Recorrimos los 190 kilómetros que nos faltaban hasta Alcantarilla con las últimas luces de la tarde y llegamos a nuestro destino sobre las nueve de la noche, tras recorrer 908 kilómetros en esta última jornada para hacer un total de 2.373 kilómetros en total.

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