Atravesábamos el SoHo para dirigirnos hacia nuestro nuevo destino, el Memorial del 11S, construido en homenaje a las víctimas de los ataques del World Trade Center, un oasis de tranquilidad localizado en el corazón de New York que pretende recordar el pasado y llenar de esperanza el futuro.

Accedimos a la zona junto a la Capilla de St Paul. Abierta en el año 1766, ya en 1776 se salvó de su primera amenaza, un incendio que arrasó Manhattan y destruyó más de 500 estructuras. Sant Paul se salvó esta vez gracias a la intervención de los ciudadanos que durante toda la noche, y acarreando agua desde el río Hudson, la arrojaron sobre el edificio para que este no acabase siendo pasto de las llamas.

Esta pequeña iglesia, la más antigua de Manhattan, permaneció intacta después de los atentados del 11-S a pesar de que cayeron un total de 7 edificios y muchos otros sufrieron importantes daños.

Junto a ella se encuentra The Oculus, un complejo diseñado por Santiago Calatrava en el World Trade Center, formado por la estructura de mismo nombre, que recuerda a un pájaro o a un esqueleto, en el exterior, junto a los monumentos del World Trade Center.

También por el World Trade Center Transportation Hub, una megaestación subterránea donde confluyen varias líneas de metro y el PATH, el tren de New Jersey. Y, por último, el Westfield World Trade Center, un centro comercial subterráneo donde se pueden encontrar decenas de tiendas de las mejores marcas.


El memorial cuenta con un museo dedicado a las víctimas de los atentados. La colección del museo cuenta con más de 10.000 objetos entre los que se incluyen los testimonios de algunos supervivientes, objetos pertenecientes a las víctimas, material recuperado de entre los escombros y numerosos elementos que ilustran la masacre.



Sobre el lugar que ocupaban las Torres Gemelas se encuentran asentadas dos enormes fuentes sobre las que desembocan llamativas cascadas artificiales. En los paneles de los laterales de las fuentes se pueden ver los nombres de los fallecidos en el trágico acontecimiento.



También cuenta con 400 robles que le aportan un carácter vivo y siempre cambiante. Entre los árboles hay uno que destaca especialmente, se trata de “El árbol superviviente”, un árbol que sobrevivió a la catástrofe y se ha conservado en la zona como símbolo de la supervivencia y el renacimiento.

Todavía sobrecogidos por la visita al memorial abandonamos la Zona 0 para dirigirnos a la zona financiera de Wall Street. Teníamos el tiempo justo para la comida antes de salir hacia el muelle Battery Park, donde tomaríamos el ferry hacia Liberty Island. Comimos en el Cafe Exchange, un peculiar local situado en plena Avenida Broadway que funciona como un buffet libre en el que la comida se cobra ¡¡al peso!!

El local se encontraba junto a la Iglesia Trinity Church, consagrada en 1846, una estructura neogótica diseñada por Richard Upjohn, que fue el edificio más alto de la ciudad hasta la llegada de los rascacielos.


Antes de llegar a Battery Park atravesamos Bowling Green, que ocupa el mismo lugar en el que en 1626 el holandés Peter Minuit comprara la isla de Manhattan a los indios. Este parque data de 1733, por lo que es considerado como el más antiguo de la ciudad. Este espacio triangular fue acondicionado en origen para jugar a los bolos, de ahí su nombre (bowling). La verja de hierro que rodea el parque es la original y es lo único que queda después de que en 1776, tras la declaración de la Independencia, el parque fuera arrasado. Es aquí donde comienza la avenida más larga de Nueva York y que era utilizado como sendero por los indios: Broadway.

Tal vez por ello se encuentra junto a parque el Museo Nacional de los Indios Americanos, ubicao en el edificio de la antigua aduana. Inaugurado en 1994 y gestionado por la Institución Smithsonian, está dedicado a la presentación y preservación de la cultura, pasada y contemporánea, de los indios de América.


Una mañana de 1989 los neoyorquinos se despertaron con la presencia de una escultura de bronce de 3,5 toneladas, que representaba a un toro, frente al edificio de la Bolsa de Nueva York (The Charging Bull). La obra del escultor italiano Arturo DiModica fue intentada retirar por el ayuntamiento, pero debido a la presión social, fue trasladada hasta Bowling Green y colocada en su extremo norte, formando parte de la decoración de esta zona.


Era el momento de tomar el ferry a Liberty Island y Ellis Island desde Battery Park. El agradable paseo nos permitió divisar la zona financiera de Manhattan de una manera sorprendente.

La Isla Ellis (adquirida por Samuel Ellis en 1776) fue famosa por convertirse en la principal aduana de la ciudad entre 1892 y 1954. Se calcula que unos 12 millones de inmigrantes, llegados sobre todo desde Europa (italianos, alemanes, irlandeses, polacos…), pasaron por allí antes de ser aceptados en los EEUU.
La “Libertad iluminando el mundo“, más conocida como “Estatua de la Libertad”, fue un regalo de Francia a los Estados Unidos para conmemorar los 100 años de la Declaración de Independencia y afianzar la amistad franco-estadounidense. La obra fue encargada al escultor Frédéric Auguste Bartholdi, quien a su vez confió la estructura interna al conocido Gustave Eiffel. Su construcción llevó unos 5 años y tuvo que ser divida en 350 piezas para poder hacer la travesía en barco desde Le Havre hasta New York.



Tras cuatro meses de ensamblaje, la Estatua de la Libertad fue inaugurada el 28 de octubre de 1886 en Liberty Island, a unos 3 km de la ciudad. Aunque se entregó 10 años más tarde de lo previsto (el centenario de la Independencia se celebró en 1876), la Estatua fue muy bien acogida por el pueblo estadounidense y pronto se convirtió en un símbolo patrio. Desde 1984 es Patrimonio de la Humanidad.



La Estatua de la Libertad mide 93 m desde la antorcha hasta el suelo (de los cuales 46 m son de la propia escultura y el resto del enorme pedestal). Son nada más y nada menos que 204 toneladas de cobre y acero. Pudimos acercarnos hasta ella todo lo que quisimos para admirar su imponente estampa.




El viaje de vuelta a Battery Park nos permitió, otra vez, deleitarnos con el “skyline” de la gran manzana, con su gran magnetismo, que hace que dirijas la mirada hacia él una y otra vez.

Ya en tierra nos dirigimos a la zona financiera de Wall Street, donde se encuentra el famoso New York Stock Exchange (Bolsa de Nueva York). Justo en un lateral de este edificio se sitúa el Federal Hall y el monumento a Washington, que fue donde se constituyó el primer congreso de Estados Unidos y donde fue elegido George Washington como primer presidente de Estados Unidos.


En Wall Street tomamos por primera vez el metro, que nos condujo rápidamente al hotel, pues paramos en la estación Grand Central Terminal.

Aunque teníamos pensado para esa noche acercarnos al 230 Rooftop Bar, hubo cambio de planes. El Ellen’s Stardust Diner (1650 Broadway) fue nuestro destino final.

Y no, no elegimos este restaurante por su comida, típicamente americana, con platos de pollo, carne a la barbacoa, hamburguesas, bocadillos, etc. La verdadera excusa para atravesar sus puertas (la cola para sentarse en una mesa daba la vuelta a la manzana) es el espectáculo, ambientado en un bar de los años 50 y con sus camareros vestidos para la ocasión, amenizando la velada con un montón de canciones, nuevas y antiguas. Si pisas por primera vez el país, como era nuestro caso, y buscas una experiencia 100% friki-americana, no me imagino un lugar mejor al que ir.


Al encontrarse tan cerca de Times Square, tuvimos que volver a atravesar sus luminosas calles de vuelta al hotel. Times Square, de día o de noche, nunca defrauda…
















