Tras desayunar terminamos de preparar el equipaje. Una vez ultimado, bajamos a la recepción del hotel para dejarlo en consigna. Disponíamos de una buena parte del día para disfrutar de la ciudad, pues habíamos decidido regresar sobre las cuatro y media de la tarde para esperar, sin problemas, el traslado al aeropuerto.
Nos acompañaba el tiempo en nuestro último día en Manhattan. Más que calor, se podía decir que hacía, incluso, un poquito de fresco. Nuestro primer destino era el MoMA, cuyas puertas abrían a las diez y media de la mañana.
De nuevo en la Quinta Avenida… El recorrido ya era habitual para nosotros y nos movíamos por esta descomunal arteria mundialmente famosa como si de la Gran Vía de Murcia se tratara. El Rockefeller center a la izquierda, la Catedral de San Patricio a la derecha…
Tiendas y más tiendas. Incluso alguna de ellas, exclusiva de la ciudad (y de los “dutty free” de los aeropuertos), una buena excusa para algunas compras de última hora. El agradable paseo nos llevó a las puertas de la Trump tower y, junto a ella, la joyería Tiffany de la Quinta Avenida.


Nos dirigimos al MoMA para sacar las entradas por adelantado y evitar, en la medida de lo posible, las colas que se forman en las primeras horas de la mañana.

El Museo de Arte Moderno de Nueva York (Museum of Modern Art) es, probablemente, uno de los mejores museos de arte moderno del mundo. Situado justo al lado de Central Park, abrió sus puertas al público el 7 de noviembre de 1929, y fue fundado por los filántropos estadounidenses Lillie P. Bliss, Cornelius J. Sullivan, y John D. Rockefeller, Jr. como una institución educativa cuya misión era «ayudar a la gente a entender, utilizar y disfrutar de las artes visuales de nuestro tiempo».

Cuando el Museo de Arte Moderno comenzó a exponer sus obras, gran parte del público de aquella época despreciaba el cubismo y el arte abstracto, porque chocaban con las líneas directrices que hasta ese momento marcaban la pauta del «verdadero arte». Sin embargo, la respuesta del público fue muy entusiasta, y en el transcurso de los siguientes diez años el Museo se trasladó tres veces a ubicaciones temporales cada vez más grandes, hasta que en 1939 el museo finalmente abrió sus puertas en el edificio que todavía ocupa en el centro de Manhattan.

Es considerado uno de los santuarios del arte moderno y contemporáneo del mundo, constituyendo una de las mejores colecciones de obras maestras. El museo dispone de una colección de 150.000 pinturas, esculturas, dibujos, grabados, fotografías, modelos arquitectónicos, dibujos y objetos de diseño, y más de 22.000 películas.

En su interior, el MoMA alberga obras maestras de la pintura como “Noche estrellada”, de Van Gogh, “Broadway Boogie Wogie”, de Piet Mondrian, “Las señoritas de Avignon”, de Picasso, “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí, y obras de artistas norteamericanos de primera fila como Jackson Pollock, Andy Warhol y Edward Hopper. El MoMA posee además importantes colecciones de diseño gráfico, diseño industrial, fotografía, arquitectura, cine e impresos.




De las primeras vanguardias del siglo XX, el MoMA conserva obras clave de Pablo Picasso, Marc Chagall, Kandinsky, Mondrian, Henri Matisse, etc. Tiene un Jardín de Esculturas con obras Auguste Rodin, Alexander Calder, Louise Nevelson, Pablo Serrano y Aristide Maillol, además de una sala de cine.






Habíamos desistido en su momento de visitar Macy’s y volvíamos a hacerlo ahora con los almacenes Century21. Apetecía más un agradable paseo por el sur de Central Park, bullicioso como nunca a esta hora de la mañana.



Salimos del parque por la Merchant’s gate, justo en Columbus Circle, donde pudimos ver la estatua de Colón, erigido en 1892 para conmemorar el 400 aniversario del viaje del explorador para las Américas.


Columbus Circle es uno de los principales lugares de interés de New York. Además del Time Warner center, en la parte norte se encuentra la Trump World Tower y la bola del mundo, réplica de la que se erigió en la Feria Mundial de New York de 1964, la Unisphere, que ya pudimos ver el Corona Park de Queens.

Tomamos la Avenida Broadway en dirección a Times Square, disfrutando del paseo por la ciudad. Habíamos barajado la posibilidad de tomar el metro para recorrer buena parte del trayecto, pero suponía una maravillosa oportunidad de transitar por este maravilloso escenario de cine como unos neoyorquinos más. Y no la íbamos a desperdiciar por nada del mundo.


El bullicio habitual de Time Square era aún mayor a esta hora del mediodía. Algo tendría que ver el show que había montado una conocidísima marca de refrescos (sí, esa del anuncio del millón de dólares) que incluía una degustación gratuita de sus productos que nos vino muy bien, por qué negarlo.



No era mala hora para comer y elegimos un italiano que nos habían recomendado por varios canales, Tony’s. Eso sí, un italiano “sin pizzas”, pero con una pasta espectacular.


Volvimos a la calle y seguimos descendiendo por Broadway. Poco a poco nos íbamos despidiendo de los emblemas de la ciudad. La parte posterior del Empire State, por ejemplo. Avanzábamos, despacio, hacia el Flatiron, otro edificio del que había que despedirse.



Aprovechamos Madison Square Park, en sus inmediaciones, para descansar un poco mientras tomábamos un delicioso helado.
Hasta aquí habíamos llegado. Era el momento de regresar al hotel para iniciar el viaje de vuelta, aunque todavía quedaba tiempo para hacer algunas compras y ver la fachada principal del Empire State mientras ascendíamos por la Quinta Avenida. También para despedirnos del Chrysler, que nos había dado cobijo toda la semana…

El traslado al aeropuerto fue más pesado que el inicial, no sólo porque suponía la finalización del viaje, sino por el tráfico a esa hora de la tarde. Una vez salvados los controles de seguridad en el aeropuerto esperamos pacientes para embarcar y abandonar el país, con algo de retraso.
No es que se hiciera muy pesado el vuelto, para ser transoceánico. El hecho de ser un vuelo nocturno y conseguir conciliar el sueño tuvo bastante que ver. En un abrir y cerrar de ojos estábamos en la T4S de Barajas y algo más de media hora más tarde en el autobús que nos conduciría a Murcia, unos minutos antes de las once de la mañana.
Una breve parada en La Roda y, a las cinco de la tarde de un diez de agosto, “aterrizábamos” en Murcia, con algo más de calor del que habíamos pasado durante toda esa semana en New York.
El punto final a un viaje largamente esperado. Si todos nuestros destinos han sido seleccionados con cariño, New York era la guinda, esa excusa para celebrar un cumpleaños significado, un aniversario, cualquier motivo era bueno.
Eso sí, siempre puede encontrarse cualquier otra excusa para volver……..















