Los “papeles de May” habían dado su fruto esa mañana, y disfrutamos de un agradable paseo por los principales rincones de Los Angeles. La comida también había sido estupenda y la tarde, qué decir de la tarde…
Aunque antes de la salida el que escribe había puesto sus peros a las visitas a las playas de Los Angeles (“playas hay en todos lados, hasta en Murcia”), nunca agradecerá bastante que Ana y May decidieran ver atardecer en Santa Mónica.

Sin duda es una de las ciudades más bonitas de la zona. Principalmente, su pier, algo indispensable para el viajero. Se trata de una construcción de madera en la que se localiza un pequeño parque de atracciones y muchos restaurantes y tiendas.


Santa Mónica es el final de la mítica Ruta 66, que comienza en Chicago y que se utilizó en su origen como vía de escape para la gran crisis de los años 20, cuando los habitantes de las ciudades industrializadas del este, marcharon a tierras del oeste para buscar su “American Dream”. No faltaban ganas entre los presentes de hacer enterica la famosísima ruta, aunque nos tuvimos que conformar con comprar algún regalito pensando en los nuestros. Pendiente queda…

Santa Mónica es una ciudad costera situada en el océano Pacífico, a 30 minutos del centro de Los Angeles. Bueno, a media hora sin atascos, pues tuvimos que soportar una elevada densidad de tráfico a esas primeras horas de la tarde de un típico sábado californiano.


Realmente es la playa de Los Ángeles, y aunque dicen que es fácil cruzarse con algún famoso en alguno de sus caros restaurantes, con quien nos cruzamos nosotros en el muelle fue con Lucía y sus amigos. El mundo es un pañuelo…

Llegamos al final del embarcadero entre el bullicio de gente que recorría el muelle y se adentraba en el parque de atracciones contiguo. Allí esperamos la hora del crepúsculo, mientras amenizaba la espera un futuro concursante de “La voz” con la única ayuda de su micrófono y su altavoz. Por cierto, ¿dónde andará el Dj del carrito de la compra que nos cruzamos en Hollywood Blvd. nuestra primera noche en LA?









¿Y quién no se acordó, estando en Santa Mónica, de Pamela Anderson y David Hasselhoff, como cuando salían en estampida luciendo sus cuerpos bronceados? Esto es la esencia de Santa Mónica, para bien y para mal.
De camino al aparcamiento para regresar a la ciudad nos encontramos con la máquina de Zoltar ¿Quién no recuerda “Big”? La película, protagonizada por Tom Hanks, nos presentaba la historia de un niño de doce años cansado de que las chicas no le hicieran caso y de que sus padres le trataran como a un niño, y que deseaba ser mayor.

La localización real es Playland, un parque de atracciones situado en la localidad de Rye, a unos 40 kilómetros de la ciudad de Nueva York, donde se rodaron las escenas de la película que tienen lugar en la feria, en las que el joven Josh pedía el deseo de hacerse mayor a la vieja máquina de Zoltar.
Aun a sabiendas de que no estábamos en el lugar original no dudamos en introducir un dólar en la máquina para desear a Zoltar volver a repetir esta excitante experiencia. Si alguien pidió como deseo el reencuentro con nuestros amigos Lali y Moisés, Zoltar tuvo que pensar “sus deseos son órdenes para mí”.

De camino al Downtown de Los Angeles, en una de esas interminables caravanas que recuerda a la escena de la serie «Dos hombres y medio» en la que Charlie está en un atasco con su hermano Alan y se pone a cantar «Tequila», de Ritchie Valens, recibimos la llamada de Lali indicándonos que ya habían recogido el coche en la central de reservas y se dirigían a la ciudad. Quedamos con ellos en el Walt Disney Center Hall.
En Estados Unidos la concepción de ciudad es totalmente diferente a las ciudades europeas. De hecho, el centro acostumbra a ser un lugar de negocios donde solo hay vida los días laborables. Los fines de semana y los días festivos se convierten en zonas desérticas. Lejos de ser lugares históricos, en los centros de las ciudades americanas predomina un estilo moderno y contemporáneo.
A pesar de ello, no nos arrepentimos de visitar este lugar lleno de rascacielos, grandes edificaciones y frenética vitalidad.
Nuestra primera parada fue el Walt Disney Center Hall, situado en Gran Avenue, uno de los auditorios más importantes de la ciudad de Los Ángeles. Esta impresionante sala de conciertos tiene un aforo de 2.265 personas y entre otras funciones, es la sede de la Orquestra Filarmónica de Los Ángeles y el Coro Magistral de Los Ángeles. A pesar de que ya era de noche, nos deslumbró su gran construcción en metal, diseño de Frank Gehry.

Fue financiado por la mujer de Walt Disney, que quería hacer un donativo a la ciudad para conmemorar a su difunto esposo, amante de la música. Su primer aporte económico fue en 1987, pero no se empezó su construcción hasta el 1992, cuando se consiguió recaudar el dinero suficiente. Al cabo de cuatro años se terminó la construcción, pero no se abrió al público hasta el año 2003.

Tras pasar por Grand Park nos dirigimos a la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, de origen católica y de edificación contemporánea, ya que la antigua Catedral de Los Ángeles se destruyó con el terremoto de 1994. Esta nueva iglesia está formada por 12 pisos y tiene una capacidad de 3.000 personas.



El Ayuntamiento de Los Ángeles (Spring Street) era nuestra próxima parada. Este emblemático edificio ha quedado registrado en infinidad de producciones cinematográficas, entre ellas la conocida película de Spiderman.

Fue el primer rascacielos de la ciudad y se construyó en 1928. Tiene 32 plantas repartidas en sus 138 metros de altura. Hasta finales de los sesenta fue el edificio más alto de Los Ángeles, ya que, debido a los terremotos, no se atrevían a construir edificios más altos. En 1978 el Ayuntamiento fue elegido como Monumento Histórico Cultural de Los Ángeles.

Decidimos cenar en el Grand Central Market, junto al mítico Edificio Bradbury de Los Angeles, sito en el 304 de South Broadway, una de las pocas muestras de arquitectura anterior al siglo XX que es mundialmente reconocida en esta ciudad por la influencia que la cultura cinematográfica desarrollada desde Hollywood tiene en el resto del mundo.



El edificio Bradbury es único no sólo por su espectacular escalera proyectada, sino también por sus ascensores hidráulicos acristalados que dan acceso a las diferentes plantas de oficinas. Estas estructuras sirven para animar el movimiento a través de la sección del volumen; un efecto visual integrado por el filtrado de la luz a través de los rellanos de las escaleras y la oscilación de las cabinas de ascensores. A modo de contraste, el exterior del edificio es tradicional, construido con una mezcla de piedra arenisca y recubrimiento de ladrillo.

Un hito turístico de primer orden al que no pudimos entrar para ver su espectacular patio, bañado por la luz cenital que le da una atmósfera particular.
Este carismático edificio ha sido un escenario recurrente para múltiples películas de Hollywood. Diversos directores han aprovechado este fotogénico lugar para generar exotismo, misterio y también ese glamour tan apropiado para las historias de gánsters y asesinatos. Su reconocible atrio central ha servido de fondo a muchísimas películas, desde que se utilizará en 1942 en la película de Henry Hathaway, “China Girl”, para representar el espacio del Hotel Royal en Mandalay, Birmania. Más de diez películas posteriores han utilizado sus espacios para representar los escenarios de las respectivas tramas. Como la que protagonizaría Jack Nicholson en la película “The Wolf” (1994).
Y, sin lugar a dudas, la más mítica, “Blade Runner” (la original, no la “Blade Runner 2049“, estrenada este mismo año). Una de las escenas más impactantes de la película es aquella en que el líder replicante va a visitar a su creador en su propia casa, que reside en la última planta de un edificio de estilo victoriano que se presenta decrepito e inmerso en penumbras amenazadoras…. el edificio Bradbury.
Justo enfrente teníamos el Grand Central Market. Valía la pena pasar, pues nos gustaban los mercados pintorescos, y no sólo por verlo un poco o sacar alguna foto a los letreros de neón, sino porque apetecía tomar algo después de la intensa tarde. Comida elaborada (entre el fast-food americano y el mexicano pasando por la china o tailandesa), golosinas, frutos secos, fruta…


Nuestros compañeros ya habían llegado al Downtown y preguntaban por el lugar de encuentro, que habíamos cambiado del Walt Disney Center Hall al mercado en el que nos encontrábamos. Mientras yo iba a su encuentro por un camino ellos llegaban por otro pero, al fin, el grupo estaba completo. Una gran noticia para redondear aquel bonito día en LA.
Faltaba poco para el cierre y estaba a rebosar, por lo que salimos al exterior y nos sentamos en los bancos de Horse Thief BBQ, degustando nuestra cena mientras contábamos las anécdotas y los detalles de las peripecias de los dos grupos, separados hasta ese momento.

Ya puestos al día, pusimos el contador a cero. Antes de regresar al hotel decidimos hacer una visita al Observatorio Griffith, para contemplar las impresionantes vistas de la ciudad de noche, desconociendo que sus accesos cerraban a las diez.
Habría que ver este magnífico escenario a la luz del día. Nuestra segunda jornada de viaje tocaba a su fin. Hora de descansar, si se podía…
Poca justificación necesita la referencia cinéfila de esta entrada, la mítica “Blade Runner” de 1982. Magistral en su desarrollo, brillante en su formato e inquietante en su trasfondo, Ridley Scott nos deleita con un film insuperable, sublime, adulto.
La cinta transcurre en Los Angeles, en noviembre del año 2019 (nos hemos adelantado un par de años…) En un futuro de neón, publicidad ubicua y vapores masticables, Harrison Ford persigue, por una deshumanizada y mestiza megalópolis, unas máquinas con ansias de inmortalidad.
Para la historia han quedado todas esas frases míticas: «He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…«
















