Costa Oeste 2017 (5) – Ocean’s 11

Salimos del Observatorio Griffith a la hora de comer, aunque el tardío desayuno invitaba a seguir la visita a Los Angeles en este, nuestro último día en la ciudad.

Nos dirigimos a Venice Beach, al sur de Santa Mónica. Esta comunidad nació en 1905, desarrollada por el excéntrico millonario Abad Kinney, quien modeló la ciudad como Venecia, su ciudad italiana favoritas, pudiendo disfrutar brevemente de sus canales antes de poner rumbo al aeropuerto.

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Hoy en día, Venice es más famosa por los extravagantes caminos a lo largo de su icónico paseo marítimo, donde artistas y vendedores callejeros crean una escena inolvidable con personajes locales y representaciones.

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Tan metidos estábamos ya en este ambiente que incluso se demandaban nuestros servicios como fotógrafos para inmortalizar la presencia en esta peculiar playa…

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A esa hora de la tarde había mucho ajetreo a lo largo del Ocean Front Walk, el “paseo” de Venice Beach. Numerosos artistas callejeros -entre músicos y cantantes, hasta acróbatas y magos- intentaban entretener a las multitudes.

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En Muscle Beach observamos a los culturistas y fanáticos del fitness, esculpiendo sus músculos en máquinas al aire libre, sin saber a ciencia cierta si estaban entrenando o simplemente, exhibiendo sus cuerpos a todo (y toda) aquel (aquella) que se detenía a ver el espectáculo.

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Y es que el deporte es una actividad muy popular aquí. Contemplamos gran cantidad de pistas de voleibol y de baloncesto en la playa y sus alrededores, sin olvidar el largo paseo para practicar ciclismo y patinaje que se extiende desde Venice Beach hasta Santa Mónica.

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En el cruce entre Pacific Ave y Windward Ave se encuentra el famoso cartel de Venice. También pudimos disfurtar de uno de los atractivos de Venice Beach, al margen de su gran ambiente callejero, sus grafitis.

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Paseábamos a lo largo del paseo marítimo bajo las palmeras cuando una muchedumbre llamó nuestra atención.

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Realmente, el ambiente en Venice es realmente espectacular…. artistas, bailarines, músicos… y gente de todo tipo. Alberto fue reclutado para formar parte del show. El que escribe rehusó amablemente la invitación, pues no se puede decir que el baile sea su fuerte.

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El espectáculo se alargaba y la hora de partir hacia el aeropuerto se acercaba. Teníamos que “rescatar” a Alberto si queríamos divisar los canales con tiempo suficiente para dejar los coches en la central de reservas primero y facturar después.

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Ya en el aeropuerto, con los pasajes en la mano, recordamos que no habíamos comido. Tomamos algo en la zona de embarque y, viniendo de un vuelo de más de doce horas, realizamos uno bastante más plácido de cuarenta y cinco minutos de Los Angeles a Las Vegas.

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Plácido si exceptuamos el aterrizaje, bastante violento, no sabemos por qué. Después de las dos horas que nos costó abandonar el aeropuerto de Los Angeles, en este vuelo interno todo se hizo muy deprisa. Antes de que nos diéramos cuenta habíamos recogido el equipaje y nos dirigíamos a recoger los coches contratados.

Al salir a la calle entendimos el porqué de la violencia del aterrizaje. Menudo huracán nos recibió en Las Vegas. La lanzadera de turno nos trasladó al lugar donde debíamos recoger los vehículos. Una vez cargado el equipaje nos dirigimos al Excalibur Hotel & Casino (3850 S Las Vegas Blvd), extasiados por la luz que emitía la “ciudad del pecado”, que se autodefine como «fabulosa» en el cartel luminoso que desea la bienvenida a sus treinta y tres millones de visitantes anuales, diez de los cuales observaban absortos este majestuoso espectáculo.

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Ya instalados dimos una vuelta por el casino del hotel. Tomando una cerveza decidimos que no podíamos recorrer la enorme distancia que nos separaba de este rincón del mundo y no jugar a la ruleta en Las Vegas. Al fin y al cabo, tan solo teníamos que poner las fichas en alguna casilla y esperar a que la bolita dictara su veredicto.

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En esta primera noche fuimos Arturo y yo los que nos lanzamos al ruedo. Con cincuenta dólares en fichas y una apuesta mínima de diez de ellos empezó el espectáculo en una mesa en la que coincidimos con una chica que parecía tener muy buena suerte. De hecho, decidimos repetir sus apuestas las primeras ocasiones.

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Sabíamos que no dejaba de ser un mero entretenimiento y que era muy probable que perdiéramos el dinero tarde o temprano y así nos lo tomamos, como una diversión, No nos importaba que la banca tuviera mucha ventaja, más que en la mayoría de otros juegos. No nos íbamos a ganar la vida jugando a la ruleta y disfrutamos el momento degustando, además, una cerveza, la única cortesía que tuvo la casa…

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Tras dar una vuelta por las mesas de póker decidimos irnos a descansar repitiendo esa popular frase de “lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, aquí donde la diversión empieza cuando el sol se esconde y las luces de las avenidas, edificios y casinos…

Seguro que más de uno está esperando que la película de esta entrega sea la protagonizada por la pareja Esteso-Pajares, en la que van al bingo y acaban ludópatas perdidos. Una pseudopelícula que, vista con amigos, puede llegar a ser hilarante. No ganó la Palma de Oro en Cannes -ni siquiera fue- pero, sin duda alguna, es la obra maestra del cine «casposo».

Nos quedamos con Ocean’s Eleven (Ocean’s 11), la original de 1960, protagonizada por algunos de los grandes de aquella época (Frank Sinatra,  Dean Martin,  Sammy Davis Jr.,  Peter Lawford y Angie Dickinson, entre otros).

Una comedia de intriga en la que once amigos, compañeros de armas en la II Guerra Mundial planean robar, en una sola noche, cinco de los mayores casinos de Las Vegas. Nosotros éramos diez, y nuestro objetivo era simple y llanamente seguir disfrutando de esta maravillosa aventura por la Costa Oeste.

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