La bahía de San Francisco fue descubierta por los españoles que llegaron a América en busca de nuevas tierras y riquezas. La zona fue originalmente habitada por distintas tribus amerindias y después por europeos, estableciendo distintas misiones religiosas y un poblado que bautizaron como Yerba Buena. Más adelante sería llamado San Francisco, en honor a las misiones franciscanas que se llevaron a cabo en ese lugar con el fin de cristianizar a los indígenas que habitaban la zona.

El estado de California, originalmente bajo dominio español, pasó a formar parte de México tras su independencia en el año 1822. Posteriormente se independizó de este y se declaró parte de Estados Unidos en 1847. Un año después, la “fiebre del oro” californiana benefició enormemente al poblado de San Francisco, trayendo consigo un periodo de crecimiento económico y social que la convirtió en una de las ciudades más grandes e importantes de la costa oeste del país.
Este crecimiento supuso la implantación de nuevas tecnologías (ferrocarril y tranvía), propiciando aún más el crecimiento demográfico de la ciudad y la numerosa inmigración asiática que todavía hoy enriquece a la ciudad con esa diversidad cultural que la caracteriza.
En el siglo XX, San Francisco tuvo un impresionante crecimiento, a pesar del terremoto de 1906, que destruyó completamente la ciudad. En la década de los treinta se construyó el que más tarde se convertiría en el principal icono de la ciudad: el puente Golden Gate.

Durante la Segunda Guerra Mundial la ciudad tuvo una gran importancia como embarcadero naval para aquellos navíos que se dirigían a combatir en el Pacifico. Finalizada la guerra, fue en San Francisco donde se celebró la conferencia que daría lugar a la creación de la Organización de las Naciones Unidas.
A finales del siglo XX, San Francisco se habría convertido en una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos, siendo hasta el día de hoy, uno de los centros cultural, tecnológico y financieros más conocidos de California.

Y hoy amanecíamos nosotros en San Francisco. Quién nos lo iba a decir. El día antes, desayunando en el Cañón, habíamos realizado la reserva para visitar la isla de Alcatraz, a las diez de la mañana. Habíamos quedado, a las nueve, para desayunar en el Starbucks de Powell con O’Farrell.

Se barajaban diversas opciones para llegar al Embarcadero, concretamente al Pier 33, donde se cogía el ferry para visitar la prisión de Alcatraz. Podíamos ir andando (por Market St y Sansome St) o en transporte público (cogiendo la línea F del tranvía, que recorría Market St hasta el puerto de San Francisco, para recorrer después los pier impares, a la izquierda del puerto, desde el 1 al 33).


Para darle más emoción a la visita, decidimos optar por una alternativa intermedia. Cogimos el tranvía, recorrimos Market St… y nos bajamos en el puerto, a la altura del Pier 1.

La milla, casi, que separaba el pier 33 del 1, que la recorriera cada uno como quisiera… sabiendo que el embarque se cerraba a las 9’55 horas.

Manos a la obra. Unos corriendo, otros andando deprisa, otros a su ritmo… incluso algunos en taxi. Lo cierto es que el grupo, al completo, embarcó en el ferry y puso rumbo a “La Roca”.

Alcatraz fue la isla con el primer faro de la costa oeste estadounidense, construido a mediados del siglo XIX para guiar a los barcos en el Pacífico. Más tarde, fue un fuerte con fines defensivos y un centenar de cañones listos para proteger a California de cualquier ataque marítimo. También fue una reserva natural de pelícanos, de los que heredó el nombre.


Pero su fama se cimentó en los años en que este peñasco frente a la bahía de San Francisco albergó una prisión federal de alta seguridad y fue hogar forzado de algunos de los gansgters más temidos de Estados Unidos.

Entre 1934 y 1963 fue el centro de reclusión modelo al que se trasladaba a criminales considerados demasiado peligrosos para otras cárceles del continente, con el fin de enseñarles a comportarse tras las rejas.


Ubicada en un islote árido y rocoso en el Pacífico Norte, la primera fortificación de Alcatraz fue construida alrededor de 1850 y usada como prisión militar. Las autoridades consideraban que su aislamiento era garantía suficiente para coartar cualquier intento de fuga: imposible llegar vivo a la costa sin perecer a causa de las corrientes y las bajas temperaturas de las aguas.



Hacia 1912, allí se levantaba el edificio de cemento reforzado más grande del mundo. Pero fue en 1933 cuando selló su reputación como una cárcel diferente: se convirtió en “prisión de prisiones”, recibiendo a la población carcelaria que resultaba demasiado indisciplinada para otros centros de detención en Estados Unidos.





La peor de las reglas en vigor, según se recoge de las experiencias de sus habitantes, era la de guardar extremo silencio: los reclusos sólo podían conversar durante los recreos de fin de semana. Y aquellos que mostraban mala conducta eran enviados al llamado “Agujero”, un espacio subterráneo en el que un castigado podía pasar semanas enteras.



La población carcelaria en Alcatraz se mantuvo siempre por debajo de la capacidad máxima del recinto. En promedio, albergó entre 260 y 275 prisioneros, apenas el 1% del total de reclusos a nivel federal. Pero fueron los personajes tras las rejas los que ayudaron a cimentar la leyenda, grandes nombres del crimen organizado en la era de la Gran Depresión.

Los arquitectos pensaron Alcatraz como una prisión inexpugnable, de cercas electrificadas, alambres de púa y torretas con custodios armados. Pero nada impidió que decenas de reclusos intentaran la huida: los registros oficiales dan cuenta de 14 intentos a lo largo de casi tres décadas, que involucraron a 36 personas. 23 de ellos fueron recapturados, seis murieron de bala durante la fuga y otros dos, ahogados. Pero otros cinco jamás fueron hallados. Las autoridades los catalogan de “desaparecidos”, aunque los más escépticos sugieren que podrían haber tenido éxito en sus empresas.

Los intentos de fuga más elaborados ocurrieron a mediados de los años cuarenta. Uno de ellos, en 1945, fue casi exitoso. Con ropas militares robadas y documentos falsificados, un recluso logró abordar una embarcación militar y llegar a atierra, pero en el último momento las autoridades notaron que su uniforme era distinto al de los demás y procedieron a detenerlo.

En 1946 se frustró la huida más violenta en el historial del centro, en la llamada “batalla de Alcatraz”. Seis reclusos consiguieron armas de fuego, mataron a dos vigilantes e hirieron a otros 18, pero no lograron escapar.


Los dos últimos intentos tuvieron lugar en 1962 y sellaron el final de Alcatraz como prisión, hace 55 años. Primero, dos reclusos huyeron sin dejar rastros, salvo algunas pertenencias halladas en la cercana Angel Island, y fueron registrados en los informes como “presuntamente ahogados”. Más tarde, otros dos lograron vencer los barrotes y salir por una cocina en el subsuelo, aunque fueron interceptados en las aguas aledañas a la isla.
Junto a los intentos de fuga, los costos operativos de Alcatraz forzaron su cierre en 1963. El Departamento de Justicia calculó que se necesitaba una inversión de cinco millones de dólares para reparar las instalaciones erosionadas por el salitre, sumada al presupuesto de casi diez dólares al día por cada prisionero, muy por encima del de otras penitenciarías.
Tras su clausura oficial, la isla no quedaría deshabitada por mucho tiempo: un grupo de activistas indígenas, reunidos en la organización “Aborígenes de todas las tribus”, tomó control del lugar y se propuso instalar una escuela y un centro cultural. Se atribuían derechos históricos sobre el peñón, donde en el siglo XIX se había confinado a jefes tribales rebeldes al gobierno estadounidense.
El proyecto estuvo marcado por las limitaciones económicas, en especial por los altos costos de hacer llegar provisiones y herramientas a la isla, por rencillas internas y un gran incendio de lo que quedaba de las instalaciones, que hicieron que el presidente Nixon ordenara su desalojo en 1971.
Hoy es uno de los destinos más visitados desde San Francisco y recibe alrededor de 1,3 millones de turistas al año. Nosotros, hoy, habíamos sido uno de ellos. Y habíamos aprovechado la ocasión para contemplar San Francisco, su Downtown, sus empinadas calles, su bahía y sus puentes desde el mar. Algo que quedará durante mucho tiempo en nuestras retinas.








La representación de Alcatraz en el imaginario popular ha sido alimentada por las películas de Hollywood, no siempre fieles a los hechos recogidos por historiadores y documentalistas. Alcatraz no fue la “prisión maldita” de Estados Unidos que muchos libros y películas retratan. De hecho, muchos prisioneros consideraban que las condiciones de vida, como el tener celdas individuales, eran superiores a las de otras prisiones federales.
Una de las más recordadas es “Fuga de Alcatraz” (1979), película protagonizada por Clint Eastwood y concentrada en el antepenúltimo intento de fuga. La película sugiere que tuvieron éxito en su empresa, aunque no existen evidencias de que hayan logrado nadar hasta la costa del continente.
Más recientemente, la cárcel fue el escenario de “La roca” (1996), un filme con Nicholas Cage, Sean Connery y Ed Harris. Se trata de un previsible, aunque trepidante, cine de acción situado en la mítica prisión de Alcatraz, con espectaculares escenas en una historia realmente entretenida.
En ella, Francis Hummel pretende que se indemnice a las familias de los soldados muertos en misiones secretas. Tras robar 16 misiles equipados con gas venenoso, toma Alcatraz y amenaza con lanzarlos sobre San Francisco. Para resolver la situación, el FBI envía a la isla a un especialista en armamento biológico y al único fugado de la famosa prisión.
















