Nos quedaban a Carmen y a mí los pier pares por correr, y a por ellos fuimos en la madrugada de este sábado en San Francisco. De hecho, llegamos hasta AT&T Park, el estadio de los San Francisco Giants, junto a Giants Promenade. Fueron en total 7,75 kilómetros, en 41 minutos y 55 segundos, a un ritmo medio de 05:24 min/km y un ritmo máximo de 04:11 min/km. Espectacular ver amanecer con el San Francisco-Oakland Bay Brigde como telón de fondo.

Esa mañana debíamos estar a las nueve, ya desayunados, cogiendo los coches para aprovechar el día. Decidimos cambiar de local y terminamos en el Café Mason (320 Mason St), un sitio de esos donde te sirven el café en su mona jarrita conforme se te va acabando, acompañado de los famosos pancakes, o una estupenda tortilla, o un simple croissant.

Una vez en los coches (híbridos en esta ocasión, una agradable experiencia ponerse al volante de uno por primera vez), pusimos rumbo al Golden Gate, parando primero en Vista Point y en Battery Spencer después. Todo un espectáculo cruzar este mítico puente al volante de un vehículo…




Y qué decir de las vistas de la bahía de San Francisco y este imponente puente. No cabe duda de que es la postal de la ciudad, su máximo símbolo, un ícono del destino. Algo que no podíamos dejar de visitar, cruzar, fotografiar y, sobre todo, disfrutar…




Esta maravilla lleva el nombre del estrecho en el cual se encuentra construido, bautizado así por el capitán John C. Fremont allá por 1846 al recordarle un puerto de Estambul llamado Chrysoceras (Cuerno de Oro).



Su construcción duró poco más de cuatro años. Comenzó el 5 de enero de 1933 y el puente fue abierto al tráfico de vehículos el 28 de mayo de 1937. Tiene una longitud aproximada de 1.280 metros en su parte colgante sobre las aguas, se encuentra suspendido por dos torres de 227 metros de altura, cada una de las cuales cuenta con 600.000 remaches aproximadamente. Cuenta con seis carriles, tres en cada dirección, y otros especiales para peatones y bicicletas.

A la hora de elegir el color se seleccionó el naranja ya que combina bien con el entorno natural, dado que es un color cálido en consonancia con los de las masas de tierra en el ambiente, a diferencia de los colores fríos del cielo y el mar. También proporciona una mejor visibilidad para los buques en tránsito. Como curiosidad, la fórmula exacta para obtener ese tono es: Cian 0%, Magenta 69%, Amarillo 100% y Negro: 6%. La pintura protege al puente de alto contenido de sal en el aire que oxida y corroe los componentes de acero.


Muchas personas sueñan con que sus cenizas se arrojen desde el Golden Gate, algo inviable pues el artículo 219.3 del Código Penal de California dispone que cualquier persona que voluntariamente deje caer o lance un objeto desde cualquier puente es culpable de un delito menor.

Extasiados por la grandiosidad del Golden Gate pusimos rumbo a Muir Woods, que se encuentra a tan solo 15 kilómetros del puente. Era sábado, y muchos visitantes y lugareños habían decidido disfrutar de este maravilloso enclave, dada la afluencia de vehículos con la que nos encontramos. Al tratarse de fin de semana los parking adyacentes estaban abarrotados, por lo que tuvimos que dejar el coche tirado en una cuneta a más de un kilómetro de la entrada. Luego comprobaríamos que esta circunstancia no significaba que el parque estuviera lleno a rebosar, puesto que encontramos numerosos caminos en sus alrededores para realizar rutas de senderismo.
Corría el año 1905 cuando un hombre de negocios llamado William Kent y su esposa decidieron comprar los terrenos donde hoy se asienta el Parque Nacional de Muir Woods, al norte de San Francisco, con el objetivo de proteger un área de gran valor natural que representaba la estampa de la antigua costa californiana, repleta de secoyas antes del siglo XIX.

De los terrenos que compraron, 295 acres fueron donados al gobierno, que luego formaron parte del nuevo Parque Nacional en 1908. Su nombre, Muir Woods, se debe al conservacionista John Muir, muy amigo de la familia Kent.

Revisando el mapa de la entrada decidimos hacer la ruta hasta el puente 4, de apenas cuatro kilómetros. Para la próxima vez que volvamos habrá que plantearse una ruta más larga, tal vez con final en el Pacífico.






Alguien podría pensar que el paseo por el bosque es realmente monótono, porque no hay más que árboles y árboles, pero vaya pedazo de árboles. Estas secuoyas (redwood) pueden vivir más de 2.000 años, aunque en el parque solo encontraríamos ejemplares con hasta 600 años. Su altura llega hasta los 115 metros y pueden llegar a tener un diámetro de 6 metros. Son, a veces, confundidas con sus parientes, las secuoyas gigantes (las de Yosemite…).




El punto culminante en nuestra corta visita es Cathedral Grove, un lugar donde en un estrecho espacio de terreno se concentran docenas de secuoyas. Curiosamente, en 1996 una secuoya de 800 años se derrumbó en este lugar sin causar grandes daños y, a día de hoy, se puede observar en el lugar donde cayó, dado que no ha sido retirada, debido a que el árbol en descomposición es rico en nutrientes, sirve de anidamiento para animales,…













Después de salir del parque y de las compras de rigor decidimos que Sausalito sería un buen lugar para comer, y a esta pequeña población, situada justo enfrente de la península de San Francisco, al otro lado de la bahía, nos dirigimos.

Sausalito es un remanso de paz. Parece que solamente existe una calle principal por la que transitan los coches (y la mayoría de los turistas). Pero aquí todo es fotogénico: embarcaderos de madera con bonitos barcos amarrados, casas de ensueño que conservan un aire añejo y decenas de tiendas de cosas rarísimas.



Pero habíamos venido a comer… y no veíamos ningún lugar donde hacerlo. La siempre dispuesta Ana tuvo la feliz idea de preguntar a un lugareño, que nos recomendó acercarnos a Bar Bocce (1250 Bridgeway, Sausalito), y a los lugareños siempre hay que hacerles caso.
La verdad es que la hora de comer hacía ya un buen rato que había comenzado, y el local estaba a rebosar. Cuarenta y cinco minutos para conseguir una mesa para diez. O pedir la comida y tomárnosla a pie de playa. Mejor plan imposible.

Hay que ver qué ratico más bueno pasamos en Sausalito, en aquel remanso de paz, con nuestras pizzas y nuestras cervezas en mano, y con esos postres que quitan el sentío…




Aunque muchos piensas que «el romanticismo ha muerto«, qué mejor ocasión que para celebrar, por adelantado, un aniversario…


Había que dejar el coche antes de las siete de la tarde, y hacia el centro nos dirigimos, cruzando de nuevo el Golden Gate. Ya en tierra intentamos hacer una reserva para esa noche en Puccini & Pinetti, un restaurante italiano al que le habíamos echado el ojo en unas cuantas ocasiones. Imposible.
Por suerte, nos dieron mesa en John’s Grill (63 Ellis St), y allí quedamos a las nueve y cuarto para nuestra cena de gala, y de despedida, en San Francisco, en un salón privado en el tercer piso de este peculiar restaurante, un “clásico” del New York Steak, que fue degustado por varios de los comensales.







Una gran cena y una gran velada como colofón a un extraordinario viaje por la Costa Oeste, que quedará en nuestras retinas durante mucho tiempo.




La elección no había sido al azar. “El Halcón Maltés”, una película emblemática que transcurre en el San Francisco de los años treinta, tiene como protagonista la estatuilla de un halcón hecha de metal que representa el sueño americano, la ambición de conseguir riqueza, fama, poder y realización personal.
En el John’s Grill de San Francisco había una réplica de la figura del atrezzo que el dueño había comprado en una subasta. No se trataba de la figura original usada en la película, que era de un metal tan pesado que casi le rompió un dedo a Humphrey Bogart cuando le cayó en el pie durante el rodaje.

El dueño del restaurante compró esta copia para recordar a Dashiell Hammet, el autor de la novela “El halcón maltés”, que iba a comer regularmente a este restaurante. La noticia de su robo causó gran conmoción en la ciudad y el artículo de John Koopman relatando el robo fue, para gran sorpresa del autor y el periódico, uno de los más leídos del San Francisco Chronicle durante meses.
Esta figura, que era una copia de yeso y no de metal, fue robada del restaurante en febrero de 2007. A pesar de la recompensa de 25.000 dólares que ofrecía el dueño, la figura no apareció. Y por ello se hizo una nueva copia, que es la que nosotros contemplamos esa noche en el John´s Grill: la copia, de la copia, de la copia de la figura del atrezzo de una película, que era una fantasía basada en otra fantasía, la novela de Dashiell Hammet, que tenía como protagonista a su detective, otra fantasía, el personaje Sam Spade.
Más contentos que unas castañuelas por nuestro hallazgo salimos del local. El camarero que, amablemente, nos atendió esa noche nos recomendó un local de moda para terminar la velada, The Starlight Room, situada en la planta 21 del Kimpton Sir Francis Drake Hotel, que cuenta con espectáculos en directo y vistas de 360º a la ciudad. Sólo dos valientes, Alberto y Moisés, disfrutaron del espectáculo.
“El halcón maltés” (1941) es, obviamente, la película de la entrada. Dirigida por John Huston y con un reparto encabezado por Humphrey Bogart y Mary Astor, con tres nominaciones al Oscar (mejor película, actor secundario y guión).
Todo un clásico del cine negro, uno de los mejores ejemplos de historia melodramática llena de acción y suspense contada de forma cinematográfica. Desplegando un misterio intrigante y entretenido, la película muestra su excelencia en el guion, la dirección, las actuaciones y el montaje.
















