Casi el 98% de las entradas de este blog relatan nuestros viajes por el mundo. Ese es su principal objetivo. Pero los viajes suponen la punta del iceberg de nuestra existencia cotidiana. El resto no se cuenta. Se vive. En la portada se dice que este es un blog personal. Hoy quiero empezar este relato con una reflexión personal. Nuestras andanzas por Milán comienzan en la próxima foto. Ahí podéis dirigiros si queréis saber cómo nos fue por tierras italianas.
Partíamos un 2 de abril. No es una fecha cualquiera para nosotros. Es el día que se conmemora el Día Mundial de la Concienciación sobre el Autismo, algo que, por los avatares del destino, nos incumbe muy directamente. Otros dos detalles me hicieron reflexionar durante el transcurso del viaje. En Como se sentó al lado de nuestra mesa una madre con su hijo, dependiente. Pensé que estaban solos y valoré el mérito de aquella mujer que se sentaba a comer con su hijo y que estaba pendiente de él hasta lo más mínimo. Al rato llegó el padre, y entonces valoré el papel de aquella familia. El otro detalle pertenece al viaje de vuelta. En el avión viajaba un bebé de escasos meses en brazos de su madre, junto a su padre y hermanos. Estas dos circunstancias, comer en un restaurante o realizar un viaje en familia, que pueden ser cotidianas para muchos, son imposibles para otros. Y se añoran. Más cuando tú las realizas en ausencia de tu ser más querido.
Por eso viajar puede llegar a convertirse en una especie de terapia. Viajas, pero lo haces acompañado de preocupación y de tristeza. A ratos consigues disfrutar el momento, porque te convences de que hasta tú te mereces un par de días de descanso y disfrute, más que nada para recargar las baterías que te permitan seguir con el día a día que te espera a la vuelta, y que no durará dos días, sino muchas semanas y meses. Así es la vida.
Las actuales condiciones económicas no favorecen precisamente que las administraciones cuiden como se merecen a las personas dependientes, por desgracia. La incertidumbre se convierte en una preocupación más que añadir a los problemas diarios. Y cada vez cuesta más trabajo planificar una salida. Y eso hace que se intente aprovechar cualquier mínimo resquicio, cuando se puede… Así surgió este viaje.
Como siempre, es obligado comenzar con un especial y sincero agradecimiento a todas las personas que han cuidado de nuestra princesa como si fuéramos nosotros mismos, algo que hacen estando nosotros fuera o no. Tenéis todo nuestro agradecimiento y reconocimiento. INFINITAS GRACIAS.
Nuestra aventura por la Costa Oeste ha cambiado nuestra forma de viajar. Puesto que lo hacíamos en escasas ocasiones, siempre hemos preferido que alguien con experiencia organizara todos los detalles, desde el alojamiento hasta el desplazamiento, incluidos los traslados…
Tras haber reservado vuelos, hoteles e incluso alquilar vehículos por cuenta propia (y me refiero en muchos casos a los compañeros de viaje, que conste), nos decidimos por hacer lo mismo en esta ocasión.
Esta vez no nos llevó tanto tiempo preparar el equipaje por la corta duración del viaje. En la madrugada del 2 de abril tomamos rumbo a Alicante, dejando el coche en un parking de larga estancia cercano al aeropuerto. A las cinco de la mañana estábamos facturando el equipaje y preparados para, a las siete, tomar el avión que nos conduciría a Milán, al aeropuerto de Malpensa más concretamente.


Tras coger el equipaje nos dirigimos a la estación de tren anexa, con el tiempo exacto de sacar los billetes y tomar el que nos conduciría a la estación de Milán Cadorna, que tanto visitaríamos en los días sucesivos.

Y de la estación al metro para dirigirnos al hotel. Teníamos prevista la entrada a las dos de la tarde. Y aunque sólo eran las diez de la mañana, la idea era dejar el equipaje en la consigna del hotel para comenzar a visitar la ciudad.
Como ya se verá, fue un éxito comprar un par de abonos de 24 horas, válido como su nombre indica durante las 24 horas siguientes a su validación, lo que nos permitía utilizar todo tipo de transporte hasta el día siguiente a esa misma hora. De Cadorna FN a Duomo (línea M1), un trasbordo y a Missori (línea M3). Lo necesario para salir justo enfrente del hotel Dei Cavalieri (Piazza Giuseppe Missori, 1), en pleno centro de Milán.
No dejamos el equipaje en consigna, puesto que nos dieron nuestra habitación y nos instalamos en ella mucho antes de la hora prevista, lo que nos evitaba tener que volver al hotel y disfrutar de la ciudad ipso facto. Ya en la calle nos dirigimos al Duomo, siguiendo el plan previsto. El tiempo acompañaba. Día soleado, sin viento y, como se suele decir, ni frío ni calor.
Impresiona acceder a la Plaza del Duomo, punto de obligada visita para los de la ciudad, donde pueden apreciar la majestuosidad de importantes edifícios asi como el ir y venir de sus habitantes.

Construido desde hace más de siete siglos, este lugar es el centro vital de toda la ciudad, con una superficie de 17.000 metros cuadrados y forma rectangular. La creación de la plaza se dio por medio de Azzone Visconti, arquitecto que tenía en mente la idea de realizar un espacio para la actividad comercial, creando este lugar entre la Basílica de Arengo, de S. Maria Maggiore y de Santa Tecla.

Tanto en el lado norte como en el lado sur, se puede apreciar un conjunto de edificios diseñados por Mengoni desde el año 1876. Por el lado oeste se puede apreciar la estatua del famoso Victor Manuel II.


Bajo la plaza se encuentran los pilares de dos de las representaciones católicas de la época en Italia, los cimientos de la Basílica de Santa Tecla y el Battisterio di San Giovanni Alle Fonti, las cuales aparecieron cuando se creaba el metro de Milán.

La estructura más vieja de la plaza del Duomo es la Basílica de San Ambrosio, que se construyó antes del siglo V. Posteriormente, se edificó una basílica a su lado que, habiendo sido arrasada por un violento incendio, fue reemplazada por la actual catedral. La primera piedra del imponente Duomo se colocó en el año 1386.

La construcción de este edificio llevó más de 400 años. Durante este tiempo, hubo períodos en los que se detuvo el trabajo por falta de dinero e ideas, y otros en los que se trabajó intensamente. Dado el largo tiempo de trabajo y la evolución de los estilos arquitectónicos a lo largo de los años, en esta catedral podemos encontrar numerosos estilos que se mezclan para formar un edificio bellísimo y cargado de identidad.

Para que el trabajo estuviera bien organizado se creó la famosa «Venerable Fábrica del Duomo«, que era una institución que se encargaría de ordenar el trabajo y que hizo posible que este continuara a lo largo de los siglos. La misma se encargaría tanto del proceso de extracción del mármol, como de su transporte, colocación, y todo lo relacionado con el diseño y el mantenimiento de esta mole: la segunda catedral gótica más grande del mundo (la primera, es la de Sevilla).

Goza de una arquitectura bastante particular, con algunos rasgos propios de las estructuras francesas de Bourges. Es posible que esta particularidad se deba a uno de los arquitectos que más se implicó en la construcción del edificio fue Nicolás de Bonaventure, un fiel apasionado del estilo gótico, impronta que se encuentra en todas sus creaciones.

La obra se concluyó en 1805, gracias a la intercesión de Napoleón Bonaparte, quien aseguró que el gobierno francés se encargaría de pagar el coste. Aunque el reembolso del dinero nunca se hizo, se irguió una estatua de Napoleón y, finalmente, el Duomo tuvo la fachada que se merecía.

Algunos años después se construyeron los arcos y chapiteles y se les dio el toque final a las vidrieras y estatuas. Las ventanas mayores de esta iglesia se dice que son las más grandes de todo el mundo y, a decir verdad, sea o no así, son impresionantes. También se hizo un trabajo de remodelación, que concluyó en el año 2008.


El Duomo de Milán es un edificio complejo arquitectónicamente hablando: con matices del gótico tardío, el gótico francés y el renacentista, lo que lo vuelve único en el mundo y de obligatoria visita para cualquier persona que pisa la ciudad.


Queríamos ver el interior de la Catedral y subir a la terraza panorámica. La cola para el acceso a esa hora de la mañana, cerca de las once, era ya inmensa. En vez de sacar los tickets normales decidimos sacar la «Fast-Track A» con el objetivo de reducir los tiempos de espera y las colas. He dicho bien, reducir, no eliminar. Hasta para el «ticket sin colas» hay que hacer cola.
Como se anuncia, el Fast-Track Ticket nos permitió acceder a una línea de control de seguridad reservada y llegar a las Terrazas del Duomo, en ascensor, en un tiempo menor al que nos hubiera costado con la entrada estándar. Eso sí, tras el pago del correspondiente suplemento.



Lo normal es subir a azoteas y terrazas para disfrutar de las vistas. Pero en el caso de la terraza de la catedral de Milán el motivo de la subida es el propio edificio: las agujas, los arbotantes y el resto de elementos arquitectónicos del gótico, vistos desde un lugar privilegiado.





Nada menos que 135 agujas, cada una coronada por una estatua, se elevan hacia al cielo desde lo alto de la catedral de Milán. Un bosque de columnas construido para ser visto desde la distancia, y desde abajo. Pero con un nivel de detalle tal que, cuando subes hasta la terraza, no puedes evitar quedarte boquiabierto.






Son varios los niveles de terraza/azotea en la catedral de Milán. Desde los laterales en los que pasear bajo los arbotantes sobre los techos de las naves laterales, hasta el nivel superior. El más grande, en el que llegan a ofrecerse conciertos de música clásica, es el más alto de todos y se encuentra sobre el techo de la nave central.


Bajo la atenta mirada de la Madonnina, a 108,5 metros de altura sobre la plaza, uno se encuentra en el paraíso de la arquitectura gótica: un muestrario perfecto de la pericia de sus constructores.

Tras descender de la terraza, de nuevo en ascensor y tras la cola de rigor, accedimos al interior de la catedral, formada por cinco naves, una central y dos laterales de cada lado. Una de las características más llamativas de la principal es su altura: más de 45 metros; lo que le da un aspecto imponente a todo el recinto.

Se encuentra fabricada de ladrillo recubierto con mármol de color rosa y de un aspecto rotundamente macizo. Un elemento que se destaca de su cúpula es la Madonnina, una estatua de cobre dorado diseñada por Carlo Pellicani e inaugurada en 1774.





Entre los monumentos más destacables del Duomo podemos mencionar la Estatua de Bartolomé el Apóstol, de Marco da Agrate, el Sarcófago del arzobispo Diego Hualde y el de Gian Giacomo Medici di Marignano.

Además no podemos dejar de mencionar el altar de mármol que se encuentra decorado al mejor estilo renacentista, con estatuas doradas de bronce. En la cripta se encuentra la Capilla de San Carlos Borromeo, en la que se conservan sus restos.


Bajo el Duomo se pueden visitar las excavaciones arqueológicas en las que se muestran los restos de la Catedral de Santa Tecla y las ruinas de un baptisterio cristiano del siglo IV. En el centro del baptisterio se encuentran los restos de una gran pila bautismal octogonal en la que se dice que San Ambrosio bautizó a San Agustín en el año 387.


Nos quedaba por visitar el Museo del Duomo y la Iglesia de San Gottardo, pero llevábamos tres horas de visita en la catedral y alguno estaba con un mísero café desde las tres de la mañana. Era hora de comer.
Il Mercato del Duomo, en plena Piazza del Duomo, puede que no sea precisamente una buena opción si se busca una experiencia gastronómica de valor. Sin embargo, es un buen lugar para hacer un alto, comer algo rápido y seguir recorriendo esta bella ciudad. Comida para todos los gustos, cuanto más pisos subes más sube el precio por su oferta gastronómica. Optamos por un buen trozo de pizza y un exquisito tiramisú.
















