Todos tenemos sueños que queremos cumplir…
Es obvio que los más transcendentales están íntimamente unidos a nuestro entorno más cercano: la felicidad de nuestros seres queridos, lo mejor para nuestros hijos, tener un trabajo digno.
Otros no son tan trascendentes: viajar, ganar una jornada del Supermanager, ver a Ismael Serrano en concierto, escalar el Everest…
Cada uno tiene sus propios sueños. Y nosotros estábamos a punto de cumplir uno de ellos, tal vez de los no tan trascendentes, pero sueño al fin y al cabo.
No fue fácil encontrar tres días para poder realizar este viaje. No fue fácil una ciudad a la que volar desde Alicante y poder aprovechar la mayor parte de ese escaso tiempo. Y, para terminar, la carambola a tres bandas sería que hubiera representación en el Teatro alla Scala. Pero en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, la suerte estaba de nuestro lado.
El 3 de abril tenía lugar la primera representación de Don Pasquale, de Gaetano Donizetti, en La Scala de Milán, posiblemente el teatro de ópera más famoso del mundo. Por lo menos, el teatro de ópera con el que nosotros habíamos «fantaseado» una y otra vez con visitar.
Y ahí estábamos. Como dos niños con zapatos nuevos, más contentos si cabe, ilusionados con la experiencia que íbamos a vivir esa misma tarde-noche.
Ni la llovizna que amenazaba con caer impidió nuestro paseo desde el hotel al teatro, construido en el lugar que ocupaba antes la iglesia Santa Maria alla Scala, que dio su nombre al teatro. La iglesia fue desconsagrada y demolida, y en un período de dos años Pietro Marliani, Pietro Nosetti y Antonio y Giuseppe Fe completaron la construcción del nuevo edificio. Fue inaugurado el 3 de agosto de 1778, con el nombre de Nuovo Regio Ducal Teatro alla Scala, con la ópera L’Europa riconosciuta, de Salieri.

La estructura original fue renovada en 1907, cuando se cambió al diseño actual. En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos dañaron seriamente el teatro. Fue reconstruido y reestrenado el 11 de mayo de 1946 con un concierto memorable dirigido por Arturo Toscanini.

El teatro fue cerrado entre el 19 de enero de 2002 y noviembre de 2004 para su restauración. En esta ocasión el proyecto fue diseñado por el arquitecto Mario Botta. Durante ese período la compañía se trasladó al Teatro degli Arcimboldi.

La restauración fue controvertida porque los que velaban por la preservación del teatro temían que se perdieran los detalles históricos. La decisión más controvertida fue demoler toda el área posterior al escenario para crear una zona de servicio «moderna y funcional, digna de uno de los más importantes teatros del mundo», como se argumentó.

Una vez en el interior del edificio, tengo que confesar que el momento de acceder al teatro emociona, hace que casi se derrame alguna lágrima y se erice la piel. Estás en La Scala, el templo de la ópera. Habíamos podido darnos el capricho de disfrutar de una ópera en Milán y seguro iba a ser una noche muy especial.











Bajo la dirección musical de Riccardo Chailly y con Davide Livermore como director de escena; Davide Livermore y Giò Forma al frente de la escenografia y con un espectacular equipo artístico formado por Ambrogio Maestri (Don Pasquale), Rosa Feola (Norina), René Barbera (Ernesto) y Mattia Olivieri (Malatesta), Don Pasquale plantea una reflexión contemporánea sobre los procedimientos de la ópera bufa derivada de Carlo Goldoni: una trama intemporal en un ambiente cotidiano.

La escena se centra en cuatro personajes: el dominante y descabellado Don Pasquale, los enamorados Ernesto y Norina, y el Doctor Malatesta, en su tradicional papel de regidor y comentador de las intrigas.


Donizetti buscó una reforma de la ópera cómica equiparable a la que había transformado el melodramma serio italiano; para ello, ideó una comedia de costumbres sociales en la que procedimientos de sólida raigambre, como los dúos bufos y los finales en forma de rondó, apareciesen junto a nuevas ideas musicales que potenciaran la caricatura y la comicidad de los personajes.




Entre los numerosos dúos destacan el interpretado por Norina y el Doctor Malatesta, que funge como final del acto primero, así como la disputa entre Norina y Don Pasquale al inicio del acto tercero. Otra innovación, que acoge una de las tendencias de mayor peso en el melodramma serio a partir de los años cincuenta, consiste en otorgar a la orquesta la primacía del discurso musical y en consecuencia de la configuración melódica: en virtud de un uso muy diferenciado de los instrumentos, que comentan cada suceso sobre el escenario, los diálogos parecen surgir como conversaciones espontáneas, mientras que las voces se adaptan a las ideas musicales preexistentes en la orquesta.


El componente grotesco, una de las señas de identidad del género bufo dieciochesco, recibe asimismo una atención muy singular por parte de Donizetti, al poner de manifiesto la irregularidad de los versos, la perturbación del ritmo, las aceleraciones precipitadas e incluso cierta ironía enunciada desde la orquesta sobre los momentos sentimentales de la trama.


Epígono conclusivo de un género en su época de último estertor, Don Pasquale se estrenó el 3 de enero de 1843 en el Théâtre-Italien de París, lejos de una Italia que volvía la espalda a los géneros cómicos a favor de los colores sombríos de los dramas de Bellini y del joven Verdi. En su humanización compasiva de los personajes cómicos disolvía Donizetti los estereotipos de un género caduco y con ello ponía un encomiable punto final al ímpetu bufo que había transformado la ópera durante todo el siglo anterior.


Disfrutamos de la representación, descanso incluido, paladeando cada acto, cada aria, de la orquesta, de las voces, de la escenografía, con el secreto deseo de que no fuera la primera y la última vez que disfrutábamos de una noche como aquella.

Extasiados por la experiencia que acabábamos de vivir volvíamos tranquilamente al hotel, cruzando la Galleria Vittorio Emanuele II, la Piazza del Duomo… en aquella bonita noche milanesa. Una noche para no olvidar en mucho tiempo.

















