Granada 2018 (1)

¿Y si nos vamos de escapada de dos días por España? La mayor parte de las referencias turísticas de este blog son lo que podríamos denominar “grandes viajes”. Así denominábamos en el instituto a las actividades extraescolares que implicaban pasar una noche fuera. Aquí son alguna más y, con frecuencia, implican viajar en avión a los destinos implicados.

París, Roma, Londres, Florencia-Venecia, Praga-Budapest, Portugal, New York, Costa Oeste… Todos han tenido su hueco en este blog. Otras “pequeñas escapadas” no han sido merecedoras de ello, de momento. Sí lo fueron Burgos (2011) o el Sobrarbe (2014). Con el relato de estas 40 horas en Granada pretendemos recuperar poco a poco estas “pequeñas escapadas” que supusieron, en su momento, un paréntesis en el día a día rutinario.

Granada está a tiro de piedra. Menos de 300 kilómetros. Menos de tres horas en coche. Es de esos lugares especiales que dejan huella en todo aquel que se anima a ir por allí. Y nosotros ya nos hemos animado en más de una ocasión.

Entre ellas, merece la pena recordar nuestra visita en 1987, acompañados de Toñi, Charo y los «Juanantonios«. Siempre quedará la anécdota de la subida al Puerto de la Mora en aquel R-4. La visita a La Alhambra. La subida a Sierra Nevada. Buena compañía para unos días memorables.

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La siguiente visita, en 1989, fue más negra y convulsa. Almuñecar y Nerja fueron los otros destinos de aquella ocasión.

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Ese mismo año fue testigo de mis tres nuevas estancias en Granada, claves en mi devenir profesional, con el IES «Virgen de las Nieves» como auténtico protagonista.

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Años más tarde volvíamos para asistir a la boda de mi compañero Rafa. El tiempo justo para patear sus calles antes de continuar viaje a Cáceres y Mérida.

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Esta vez, la escapada granaína empezaba con anécdota. Una vez decididos a realizarla, pensamos realizar una visita nocturna a la Alhambra. Pues manos a la obra. Al ordenador, mejor dicho. «Alhambra Experiencias». Sonaba bien. Visita nocturna a Palacios Nazaríes y visita a los jardines a la mañana siguiente. En un abrir y cerrar de ojos, reservado…

Reservado para el miércoles anterior a nuestra estancia en Granada… Llama por teléfono (extraño, alguien te atiende en domingo) para que te digan que no se permite el canje de fecha y que no se devuelve el importe de la entrada con menos de cinco días de antelación del de realización de la visita. Pero envía un correo electrónico a donde yo te diga…

Lo envías y la respuesta es la misma. Pero envía un correo electrónico al departamento de devoluciones.

Lo envías y la respuesta es todavía más contundente: «El usuario debe asegurarse, antes de tramitar la compra, de la exactitud y adecuación de los datos introducidos«. «No poder asistir o cometer un error al adquirir las entradas no son motivos que permitan su devolución«. «La presentación de este impreso no garantiza la devolución del importe de las entradas«.

Para qué presentar el impreso de solicitud de la devolución…. Aparte de la lógica aplastante de las respuestas recibidas, resulta cuanto menos «chocante» que en la sociedad de la información y de la comunicación, el error humano ya no sea admisible. Antes se decía que el hombre era el único animal que tropezaba dos veces en la misma piedra. Ahora, si tropiezas, no te devuelven el dinero.

Terminamos la jornada laboral y emprendimos el viaje. Parada en Venta Quemada para comer. La siempre copiosa comida en este lugar amenazaba la primera etapa de la ruta de la tapa granadina, pero se ha convertido en un clásico en nuestros viajes al sur de España.

Llegábamos a Granada temprano. Realmente, el viaje no llega a las tres horas (sin contar tiempo extra para comer). La Señorita Garmin nos sacó muy pronto de la autovía A-92. Me extrañó pero le hice caso. Ella siempre busca el camino más corto. Aunque ese camino no atienda a las indicaciones de la Policía local de Granada de no circular por determinadas vías del centro de la ciudad.

El hotel estaba en pleno centro y a él llegamos por la puerta grande, atravesando toda la Gran Vía, posiblemente la zona más restringida al tráfico de toda la ciudad. Era eso o empezar a dar vueltas. Y allá que nos lanzamos. Sólo nos faltó saludar a la cámara mientras nos grababan. Confiamos en el personal del hotel para que nos quiten la consiguiente multa. De momento, no ha llegado a casa ninguna notificación…

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El Hotel Marquis Issabel’s está ubicado en una de las plazas mas emblemáticas de Granada, junto al monumento de la Reina Isabel I de Castilla, La Católica. Aunque el viaje no había sido muy largo ni cansado, poder relajarse en el coqueto spa antes de salir a patear la ciudad siempre viene bien.

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Es algo que siempre se agradece en un hotel. Lo disfrutamos en Oporto, por ejemplo, y lo echamos de menos en Lisboa, en un hotel de cinco estrellas. Esos pequeños detalles son para tenerlos muy en cuenta a la hora de planificar un viaje, y más en época estival.

Para no perder la costumbre (Florencia, Praga, New York,…), al salir a la calle llovía. Era el momento de ampliar nuestra colección de «paraguas del mundo«. Eso sí, fue comprarlo y dejar de llover a los cinco minutos.

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Siempre es agradable pasear por Granada. Había que abrir el apetito después de la comida, y recorríamos las calles aledañas a la catedral, la Plaza de Bib-Rambla…

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Primera parada en «Tocateja», para abrir boca. El Cunini todavía no había abierto sus puertas y teníamos la visita nocturna a la Alhambra.

Sí. Después del incidente de la «Alhambra Experiencias», un día antes de la partida volvimos a la carga y reservamos la visita nocturna al Generalife (imposible a los Palacios Nazaríes). Lo dicho, el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra…

Muy cerca de la Plaza de la Pescadería encontramos «El Pescaito de Carmela». Recordamos que la chica del hotel nos había recomendado para cenar el Restaurante Carmela y nos decidimos a entrar. Las tortitas de camarones que nos pusieron hicieron que no nos arrepintiéramos de la decisión.

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Siempre habíamos subido a la Alhambra a pie, por la singular Cuesta de Comares. Pero no era el momento. Más cuando una cómoda línea de microbuses te deja en la puerta misma de la Alhambra en un abrir y cerrar de ojos. Otra gran decisión.

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La visita nocturna a los jardines y el Palacio del Generalife terminó siendo un acierto. Y es que La Alhambra nunca defrauda. Tiene algo mágico, místico, que te envuelve y te abruma.

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El sonido del agua, el olor de las flores. El pensar en las mil y una historias que se han vivido en aquellos jardines y palacios.

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Si de día la visita es única, de noche es imprescindible.

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Esta residencia de verano de los Califas del reino Nazarí de Granada armoniza perfectamente los elementos de Tierra, Agua y Aire.

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Extasiados por la paz y la tranquilidad de aquel momento nos decidimos, ahora sí, a bajar a pie por la susodicha Cuesta de Gomares.

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Estábamos, raudos y veloces, de nuevo en el centro de la ciudad. ¿Por qué no probar el «corte» que nos habían recomendado en Los Italianos?

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¿Cola para tomar un helado? Sí. «Algo tendrá el vino cuando lo bendicen«. Terminó convirtiéndose en una buena costumbre para terminar cualquier comida o cena en la ciudad.

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