Biescas 2018

El bautizo de nuestro primer sobrino nieto, Mario, era el motivo de nuestro viaje relámpago a Biescas, la puerta de entrada al Valle de Tena y punto de conexión entre la comarca de Jacetania y el Sobrarbe, visitado varias veces este último por nosotros.

Biescas se ubica en el entorno natural con pequeñas elevaciones que sirven de antesala a las altas cumbres. Su arquitectura es algo que te deja con la boca abierta. Sus edificaciones son la típica casa del pirineo, en la que destacan las chimeneas troncocónicas que pueden rematar en un espantabrujas. Las solanas y los pequeños ventanales son elementos arquitectónicos que destacan la belleza de estas casas en piedra.

Quien lea estas líneas pensará que nos teletransportamos y que, por arte de magia, aparecimos en Biescas en las primeras horas de aquella tarde. No, terminada la jornada laboral tuvimos que recorrer los más de 700 kilómetros que separan Alcantarilla de Biescas, con una única parada, ya convertida en típica, en Teruel.

Nuestro hotel tenía spa y no habíamos preparado el vestuario adecuado (alguno). Una buena excusa para callejear por sus calles y buscar una tienda donde adquirir un traje de baño (qué fino).

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Nuestros pasos nos dirigieron a la Plaza Mayor, en la que se encuentra el Ayuntamiento, un conjunto urbano de sabor montañés que constituye además el centro neurálgico de la Villa. Un lugar para ver y dejarse ver.

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La colocación del casco urbano es estirada y paralela al río Gállego, que divide a la localidad en dos: al Oeste, el Barrio de San Pedro, zona de ensanche y nuevas construcciones, y al Este, el del Salvador, a su vez formado por el Barrio Alto o “La Peña” y el Barrio Bajo, donde se sitúan los comercios y la administración.

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Llevábamos como “objetivo secundario” conseguir algunas latas de paté de L’Ainsa y buscábamos dónde adquirirlas. El móvil nos dirigía al Museo de la Torraza, la antigua Casa de los Acín, una Casa-Torre del siglo XVI.

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Encontramos también la iglesia de San Pedro Apóstol, de origen románico.

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Volvíamos rápidos al hotel porque nos esperaban para subir a Hoz de Jaca y había que prepararse.

Más tarde nos internábamos en el Valle de Tena, por la carretera de Francia, encontramos el Embalse de Búbal, entrada natural a Hoz de Jaca, que guarda todo el encanto y tipismo de una aldea pirenaica. Allí nos esperaba la familia.

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Hoz de Jaca, con sus 1.270 metros de altitud, colgado sobre el pantano de Búbal, constituye un balcón sobre sus aguas. Nos encaminamos a un espectacular mirador desde donde se puede contemplar prácticamente todo el valle, siendo además el punto de partida de la tirolina doble más larga de Europa.

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Pudimos, por lo tanto, observar la torre desde la que se da el salto hasta recorrer los 950 metros que la separa de la torre de llegada. El recorrido aéreo permite contemplar el valle desde una perspectiva nueva, volando sobre el pantano y descendiendo hasta 115 metros en el aterrizaje. Volveremos para realizar este espectacular vuelo sobre el Valle de Tena.

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Pasamos buena parte de la tarde y noche en el Restaurante El Mirador. El primer partido de España en el Mundial era una buena excusa para tomarse una cerveza delante del televisor. Allí mismo cenamos, teniendo la oportunidad de degustar, entre otros platos, un riquísimo guiso de jabalí.

Hora de regresar a Biescas y descansar. Quedaba un intenso día por delante y un no menos espectacular viaje de vuelta.

Teníamos que madrugar si queríamos aprovechar la mañana, que comenzamos primero en el gimnasio y después en el spa. Tras el ejercicio salimos a la calle para desayunar en un concurrido bar del centro.

Cogimos el coche para dirigirnos a la Ermita de San Bartolomé de Gavín. Abandonamos Biescas en dirección a Ordesa. Una vez pasado el pueblo de Gavín, tras salir de un túnel y cruzar el barranco de San Bartolomé, una corta pista asfaltada a nuestra izquierda apta para todo tipo de vehículo nos condujo a la ermita, solitario resto de lo que debió de ser la parroquia de un desaparecido pueblo.

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Su construcción se data entre 1050 y 1060 y de la misma solo se conservaba la torre y una pequeña porción del muro sur. A partir de lo que restaba se reconstruyó su planta por los propios vecinos de Gavín encabezados por su párroco.

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La edificación se realizó con sillarejo apenas desbastado a base de unos cuantos golpes de martillo. Esta arcaica forma de modelar la materia prima se viene utilizando en la zona desde la época prerrománica hasta nuestros días. Y ello se debe a la abundante disponibilidad de material que los afloramientos eocénicos de los «flysch» del Gállego.

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La torre que contemplábamos es una auténtica sucesión superpuesta de estilos que delatan el cambio en la forma de interpretar el arte sacro medieval. La decoración de rosetones a base de dovelas completando círculos, enmarcadas entre dos molduras horizontales y a su vez enmarcadas por sendas molduras cuadrangulares es única en el románico altoaragonés. Por encima, ventanales de tres vanos, formados con columnitas de despiece en rodajas y coronadas por arcos de herradura.

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Maravillados por la visita y disgustados por el escaso tiempo del que disponíamos para disfrutar del entorno volvíamos a Biescas, con el tiempo justo para comprar los productos típicos de la zona que veníamos buscando, vestirnos para el bautizo y hacer el check out.

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De camino contemplamos desde el coche la Ermita de Santa Elena, Patrona de Biescas y de todo el Valle de Tena. Construida en el siglo XVII, en su pradera se encuentra un Dolmen del periodo Neolítico y muy cerca se sitúa la Morrena y Garganta de Santa Elena, donde se visita a las «Señoritas de Arás», llamadas también Chimeneas de Hadas, que son unas espectaculares formaciones morfológicas del terreno que visitaremos cuando volvamos a tirarnos en la tirolina.

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Llegamos a Hoz de Jaca con el tiempo justo para hacer alguna foto delante de las montañas, todavía nevadas, que la rodean. El bautizo fue corto, pero emotivo. Y el protagonista, como no podía ser de otro modo, fue Mario.

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La celebración unió a los allegados para el acto bautismal seguida de una comida en el Resaturante Saborea, ubicado en el Hotel Tierra de Biescas, en el que nos habíamos alojado.

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Allí degustamos la innovadora propuesta gastronómica diseñada por el chef Toño Rodríguez, quedando gratamente satisfechos de los platos que componían el menú.

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Tras la sobremesa llegaba la hora de las despedidas. Había que coger el coche y regresar.
Todavía tuvimos tiempo de visitar una carnicería de Biescas para no volver de vacío… A las siete de la tarde nos sentamos en el coche con los mismos más de 700 kilómetros por recorrer.

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La misma parada en Teruel, aunque nos encontramos el restaurante “El Milagro” cerrado. Tomamos algo en la siguiente área de servicio y, de ahí, a Alcantarilla, a la que llegamos sobre las dos de la madrugada. Cansados, pero satisfechos por haber asistido al bautizo de nuestro querido Mario y por regresar sin incidencias notables para pasar el domingo con nuestra princesa.

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