Cantabria, País Vasco 2018 (2)

A diferencia de lo que ocurrió en la Costa Oeste, esta vez las zapatillas para correr estuvieron dentro de la maleta desde el principio. A las seis y media de la mañana estábamos listos para recorrer la playa de Laredo “del Puntal a punta”. No llovía a esa hora, pero al salir del hotel la sensación era, claramente, de frío. Nada que ver con las temperaturas que acompañaban nuestras sesiones de running por la mota del río a diario.

Acompañados de la brisa, e intuyendo el mar a nuestro lado, pues las dunas lo ocultaban en buena parte del recorrido, llegamos hasta el Parque de los Tres Pescadores, en el centro de Laredo, para volver hasta nuestro lugar de partida y un poco más lejos, hasta el Puntal de Laredo. Una saludable manera de comenzar una mañana que, de momento, despertaba con nubes pero sin lluvia.

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Tras el desayuno y la entrega de los «regalos sorpresa» pusimos rumbo a Bilbao, al que llegamos en menos de una hora tras recorrer los algo más de sesenta kilómetros que la separan de Laredo. Después de alguna vuelta de más para dejar el coche en el parking, junto al Ayuntamiento, y antes de la visita al Guggenheim teníamos tiempo para pasear por el Casco Viejo, el núcleo de la ciudad, contemplando en primer lugar el Teatro Arriaga.

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Cuando se fundó la Villa de Bilbao, hace más de 700 años, sus habitantes vivían del regadío y la pesca, y la Ría empezaba ya a conformarse como la mejor vía de comunicación con el exterior. El corazón de ese Casco Viejo estaba rodeado de murallas y formado por tres calles paralelas. Tiempo después se hizo necesario derribar las murallas y trazar cuatro calles más perpendiculares a la Ría que, junto con las tres primeras, componen lo que hoy se conoce como las Siete Calles.

Desde el año 1979, esta zona es peatonal, convirtiéndose en un figurado centro comercial de 240.000 metros cuadrados, con cientos de establecimientos comerciales, bares y restaurantes. En el recuerdo, la mayor catástrofe que ha sufrido la ciudad de Bilbao, las inundaciones de 1983, que asolaron el casco histórico hasta destruirlo por completo. Pese a la devastación, el Casco Viejo logró resurgir y convertirse en una de las zonas más turísticas y comerciales de la ciudad.

El Casco Viejo, con calles de nombres prácticos como Lotería, Correo, Perro o Pelota, es una red comercial intensa en la que todavía se encuentran establecimientos tradicionales y muchos bares, “segunda residencia de los hombres bilbaínos” en expresión del novelista Pedro Ugarte.

Obligada era la visita a la catedral gótica de Santiago, el edificio más antiguo del Casco Viejo, que recuerda la era de las peregrinaciones mientras la plaza Nueva acoge a otros peregrinos, los txikiteros, que se refugian bajo sus arcadas en días de lluvia.

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La Catedral de Santiago en Bilbao se encuentra en el centro del Casco Viejo de la villa, en la plaza que lleva el mismo nombre en honor al patrón de Bilbao: El Apóstol Santiago el Mayor. Esta Catedral, que también es Basílica Menor, forma parte de la peregrinación del Camino de Santiago, específicamente del ramal de la costa.

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Es un templo gótico edificado entre el último cuarto del siglo XIV y principios del siglo XVI, por lo que es uno de los edificios más antiguos de la ciudad. La fachada principal y la torren datan del siglo XIX y fueron diseñadas por el arquitecto Severino de Achúcarro, presentando un estilo neogótico. Fue edificado en el mismo punto donde se había establecido la primera ermita de la villa abdicada al apóstol Santiago y que ya existía antes del año 1300, año de fundación de Bilbao.

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A pesar de sus pequeñas dimensiones (51,5 m de largo, 22,3 m de ancho, 22,5 de alto en la nave mayor y 1.100 m² de superficie) es de una gran belleza por sus rasgos góticos, el detalle del pórtico, la Puerta Principal, la Puerta del Ángel o Puerta de los Peregrinos y la portada meriodional, sus naves, triforios y vitrales. Además destacan su Capilla Mayor, el Coro, el Claustro y la Cripta construida sobre la ermita original y sus 15 capillas consagradas.

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Una vez terminada la visita nos dirigimos por la Calle Somera hasta el Mercado de la Ribera, ubicado junto a la Ría de Bilbao, una referencia comercial para toda Bizkaia. Desde sus comienzos, en el siglo XIV, ha convertido sus alrededores en un importante entramado económico-social.

De ahí nos acercamos al núcleo primitivo de Bilbao para visitar la iglesia y el puente de San Antón, tan antiguos que figuran en el escudo de la ciudad.

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Casi trescientos años antes de que se levantara la primera iglesia en este lugar ya existía en el mismo un almacén de mercancías, construido sobre una roca junto al vado de la Ría por el que cruzaban las caravanas cargadas con lana procedente de Castilla, así como un pequeño puerto. Cuando en 1300 Don Diego López de Haro otorgó Carta Puebla a la villa la antigua lonja fue incorporada al recinto urbano, delimitado por una potente muralla que servía tanto de defensa como para proteger de inundaciones.

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Los cimientos de esa muralla han sido excavados y resultan visibles al visitante en la parte del altar, donde también se aprecian restos de la cabecera de primera iglesia. También se han recuperado restos del antiguo cementerio que albergó el interior de la iglesia desde sus orígenes hasta el siglo XIX.

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El actual templo se construyó entre 1546 y 1548 en estilo gótico, aunque su bella portada es renacentista y el campanario, barroco. El interior alberga interesantes obras de Luis Paret, Manuel Losada o Guiot de Beaugrant, autor del hermoso retablo plateresco.

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Continuamos por el Arenal hasta llegar al Ayuntamiento y continuamos por el paseo de Uribitarte, que discurre paralelo a la ría y une el puente del Ayuntamiento con el Museo Guggenheim.

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A lo largo del recorrido disfrutamos de diversas esculturas y edificaciones curiosas, como el emblemático puente Zubizuri, diseñado por Santiago Calatrava.

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Se acercaba la hora de nuestra visita al museo, y antes había que admirar el impresionante edificio.

En algún post anterior ya he comentado que Dan Brown nos «ha acompañado» en alguno de nuestros viajes: París (“El código Da Vinci“), Roma (“Ángeles y demonios“), Florencia-Venecia (“Inferno”). No iba a ser menos en esta ocasión. La descripción que el autor hace del Guggenheim y sus obras es digna de elogio. Desde luego, está claro que se documenta de maravilla para sus novelas, y «Origen» es, sin la menor duda, otra prueba de ello.

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En el exterior, en la zona junto a la ría, encontramos a “Mamá”, la araña gigante del Guggenheim diseñada por la escultora Louise Borgoise, la Fuente de Fuego de Yves Klein “apagada”, pues sus cinco fuentes desprenden sus llamaradas de fuego por la noche, y Niebla, de Fujiko Nakaya, un espectáculo de vapor.

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El Guggenheim de Bilbao es el museo de arte contemporáneo diseñado por Frank Gehry. Fue construido entre los años 1993 y 1997 como parte del plan de urbanismo Bilbao Ría 2000, desarrollado con la finalidad de recuperar y reacondicionar aquellas áreas que sufrieron el declive industrial de finales de los 80, y fue inaugurado el 18 de octubre de 1997.

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El innovador y llamativo edificio es ya en sí mismo una increíble obra de arte. Gehry creó una obra arquitectónica, una escultura a gran escala, que está compuesta por más de 33.ooo delgadísimas planchas de titanio, piedra caliza y vidrio, dispuestas en una serie de formas curvilíneas que logran un gran impacto visual.

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El edificio visto, desde la ría, aparenta tener la forma de un barco rindiendo homenaje a la ciudad portuaria en la que se inscribe. Sus paneles brillantes se asemejan a las escamas de un pez recordándonos las influencias de formas orgánicas presentes en muchos de los trabajos de Gehry. Visto desde arriba, sin embargo, el edificio posee la forma de una flor. El acabado rugoso del material de las láminas cambia de tonalidad según la atmósfera, el clima, la luz del día…

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Su colección permanente está constituida por piezas significativas del arte contemporáneo, entre las que figuran algunas de las obras más destacadas de la segunda mitad del siglo XX.

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La primera planta alberga Fragmentos de contemporaneidad, que acerca al público las últimas tendencias. La materia del tiempo es la reflexión más completa de Richard Serra en torno a la fisicidad el espacio y la naturaleza en la escultura.

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Constituida por siete esculturas que se unieron a Serpiente, la obra se encuentra instalada en la sala más grande del edificio.

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La exposición Obras maestras de la Colección del Guggenheim nos permite apreciar el luminoso lienzo Sin título, de Mark Rothko, frente a La gran Antopometría azul de Yves Klein o la imagen icónica de Marilyn Monroe repetida una y otra vez por Andy Warhol, junto a obras llenas de expresividad de Rauschenberg y Cy Twonbly.

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En el aspecto escultórico destacan las piezas de los maestros vascos Eduardo Chillida y Jorge Oteiza, junto a grandes nombres del arte europeo y americano.

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El Museo acoge durante estos meses la exposición Arte y China después de 1989: El teatro del mundo, una revisión del arte experimental del país asiático que comprende el período más transformador de la historia reciente.

Impresionante la obra de Joana Vasconcelos, que presenta Soy tu espejo, un conjunto de espectaculares obras de una de las creadoras portuguesas más influyentes. Utiliza muy diversos elementos de la vida cotidiana, como electrodomésticos, azulejos, tejidos, botellas, medicamentos, utensilios de cocina…

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Con ellos construye imágenes impactantes, lúdicas y directas, que aluden a asuntos sociopolíticos, abordando temas que abarcan desde la inmigración hasta la violencia de género.

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Por último, Chagall. Los años decisivos, 1911-1919, representa una inmersión en la fase de mayor evolución artística del pintor ruso-francés. En 1911 se produjo una decisiva ruptura en la vida del joven Chagall al comenzar una estancia de tres años en parís, donde crearía un conjunto de obras con numerosas reminiscencias del arte popular ruso y de su cultura familiar.

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En 1914, la Primera Guerra Mundial sorprendió a Chagall durante una breve visita a su tierra, donde la situación le mantendría confinado durante ocho años y le conduciría a una fase de búsqueda personal que se reflejará en muchas de las pinturas y obras sobre papel realizadas en aquella época.

Puppy”, un simpatiquísimo perro de flores a gran escala, diseñado por Jeff Koons, nos despidió del museo, que admiramos por última vez desde las inmediaciones del Puente de La Salve.

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Se acercaba la hora de comer y tomamos el tranvía hasta la parada Teatro Arriaga.

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