Callejeando de nuevo por el Casco Viejo de Bilbao nos acercamos a la Plaza Nueva, la primera plaza construida en la ciudad en 1849.
Inicialmente se llamó Plaza de Fernando VII en conmemoración de la visita que este rey hizo a Bilbao. En ella funcionaron importantes instituciones públicas, entre las que estaba el edificio principal del Gobierno de Bizkaia, lo que convirtió a la plaza en el centro cívico y comercial de la ciudad.

Podemos describir la plaza como una planta cuadrada rodeada de tres pisos con balcones, sostenidos por 64 arcos separados por columnas dóricas. En el centro de la Plaza estuvo la estatua del fundador de Bilbao, Don Diego López de Haro, que fue trasladada a la Plaza Circular. Anteriormente hubo una magnífica fuente de juegos de agua, compuesta de dieciocho surtidores que arrojaba agua a unos siete metros de altura.

La Plaza Nueva era el punto perfecto para terminar un recorrido por la hermosa Villa y para probar los típicos pintxos. Los probamos en el Café Bar Bilbao, fundada en el año 1911 y restaurada en 1992; en el Bar Sorginzulo y terminamos en Zezen Gorri el recorrido “pintxero” por Bilbao.




Un paseo por las calles del centro y la ría nos condujo al parking. Cogimos el coche y, cruzando el Puente de la Salve y despidiéndonos del Guggenheim, abandonamos el centro de la ciudad.

Nuestro próximo destino era Getxo, un municipio a orillas del mar Cantábrico formado por Las Arenas, Romo, Algorta, Neguri y Santa Maria de Getxo. Getxo representa históricamente la suma de dos ámbitos diferentes: el campesino en torno a la iglesia de Santa María, y el marinero cerca del puerto de Algorta.


Aparcamos en las inmediaciones del Puente Colgante o Puente de Bizkaia que es, desde el 13 de julio de 2006 el único monumento de Euskadi incluido en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, y el único incluido dentro de la categoría de Patrimonio Industrial de todo el Estado. Fue el primer puente transbordador del mundo y lleva funcionando desde su inauguración, en 1893.


El puente colgante permite el paso de pasajeros y vehículos desde la orilla derecha del Nervión en Las Arenas a la izquierda de Portugalete. Llama la atención por su construcción en hierro y su gran parecido con la Torre Eifiel. Corresponde a un diseño conjunto entre el arquitecto vizcaíno Alberto de Palacio y el ingeniero-constructor Ferdinad Ardonin, discípulo del mismísimo Eifiel.



Las obras comenzaron el 4 de agosto de 1890 y su inauguración al público tuvo lugar tres años después, el 28 de julio de 1893, en medio de un fuerte temporal. Con sus 63 metros de altura y 160 metros de longitud funciona los 365 días del año y las 24 horas del día como servicio de transbordador de pasajeros y vehículos. Dos de aquellos pasajeros fuimos nosotros, que cruzamos el Nervión de Getxo, donde se encuentra la maquinaria, a Portugalete, y de Portugalete a Las Arenas instantes después.

Decidimos, de regreso a Laredo, visitar Castro Urdiales. Nos costó trabajo convencer a la Señorita Garmin de que no queríamos utilizar el transbordador para dirigirnos a nuestro destino…
Castro Urdiales es una preciosa localidad situada en el extremo más oriental de Cantabria, muy cerca de Vizcaya, que junto a Laredo, Santander, Santillana del Mar y San Vicente de la Barquera forma parte de la vía secundaria del Camino de Santiago que recorría la costa del Cantábrico.

La primera imagen que contemplamos ya merece la visita. A orillas del mar, dominando la bahía y protegido por los Picos de Europa que presiden las verdes montañas de la Cordillera Cantábrica.
Comenzamos la visita por su conjunto monumental, también conocido como Puebla Vieja, que fue declarado Conjunto Histórico Artístico en el año 1978. Su estampa más emblemática, que parece una postal, es el conjunto que forman la iglesia de Santa María de la Asunción, el castillo-faro que se encuentra junto a ella, el puente medieval y las ruinas de la iglesia románica de San Pedro.

La impresionante iglesia de Santa María de la Asunción, con trazas de catedral, es el mejor ejemplo del gótico clásico que encontramos en todo el Cantábrico.

Comenzó a edificarse a principios del siglo XIII, bajo el mandato del rey Alfonso VIII de Castilla, que repobló y fortificó las villas de esta costa, y sus trabajos se prolongaron hasta el siglo XV.




Destaca la imagen gótica de piedra policromada de Santa María la Blanca, del siglo XIII, el lienzo del “Cristo de la Agonía”, atribuido a Francisco de Zurbarán, y El Cristo crucificado, en madera y tamaño natural, del siglo XIV.

El Castillo de Santa Ana está en el cerro de Santa María y en su tiempo estaba unido a la Iglesia formando parte de la fortificación de Castro Urdiales. Se comenzó a construir en el siglo XIII hasta el siglo XIX y representa uno de los pocos castillos medievales conservados de la región. Fue un punto clave para la defensa de la villa. En 1853 se construyó el Faro que por su ubicación dentro del castillo es muy pintoresco.



Castro Urdiales combina el encanto de un pueblo pesquero con su pasado ilustre como uno de los destinos estivales preferidos de la burguesía cántabra y vizcaína. A nuestro paso por la antigua Flavióbriga romana, que sirvió de origen a esta villa medieval, encontramos sus casas con balconadas de madera, el Ayuntamiento y edificaciones de finales del siglo XIX y principios del XX como la Casa de los Chelines.



Por cierto, visitábamos Castro Urdiales un 16 de julio. Y no podemos olvidar que habíamos empezado el día felicitando a una María del Carmen…
La Virgen del Carmen es la patrona de los marineros y, como no podía ser de otra forma, en Castro Urdiales goza de gran devoción.
Todos los años, un día como hoy, 16 de julio, la imagen de La Virgen es sacada en procesión a pié desde la Iglesia de Santa María hasta La Escala del Rey del Parque Amestoy donde es embarcada.

Tras la nave que porta a la Virgen van todas las embarcaciones del puerto en procesión marinera, ocupados por multitud de castreños.



Los barcos van engalanados y adornados con ramos de flores, se realiza una ofrenda floral al mar en honor de los marineros fallecidos y, posteriormente, la imagen de La Virgen es devuelta a la iglesia, donde se celebra una misa en su honor.



Embargados por la emoción, asistimos al recorrido de la Virgen por el puerto, disfrutando de aquella oportunidad que nos había proporcionado el azar, pues la visita a Castro Urdiales no entraba en el cronograma inicial de visitas. Todo un acierto pasar aquella tarde en esta bonita localidad.



Todavía tuvimos tiempo de bajar a la playa al llegar a Laredo, aunque esta vez no apetecía tanto el baño como la tarde anterior. Tras pasar un agradable rato en la orilla nos pusimos de tiros largos pues había que celebrar el Santo de aquel día como la ocasión merecía, gastronómicamente hablando.
Volvimos al Bar Revellón, pues en nuestra primera visita dejamos pendiente probar unas espectaculares navajas y los percebes de la zona, que venían precedidos por su fama. Junto a las rabas que ya degustamos el día anterior, disfrutamos de la cena, regada por unas copas de Albariño.

Un paseo por un desierto Laredo antes de dirigirnos al hotel para descansar. Nos esperaba al día siguiente (vaya novedad) una intensa jornada…















