Amanecía lo que para aquellas fechas y aquellas latitudes era un “día radiante”. Y repetimos el circuito de la mañana anterior, finalizando la sesión de running con un baño en el Cantábrico que no tiene precio, uno de esos pequeños caprichos que rara vez puede darse uno. Un buen presagio del intenso e interesante día que nos esperaba por Cantabria.
Después del desayuno cogimos el coche para empezar a recorrer los más de doscientos kilómetros previstos para esta jornada, dirección a Santillana del Mar y el cercano Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira.

La historia del museo tiene su origen en la creación de una Junta de Administración en 1924. El primer edificio al servicio de la cueva de Altamira fue una casa montañesa construida para exponer y conservar los objetos hallados en las excavaciones y para servir de vivienda a su primer guarda.

El creciente número de visitantes desde mediados del siglo XX hizo necesaria la construcción de una nueva sede y en los años setenta se construyeron tres pabellones para la recepción de visitantes. Fue en 1979 cuando se creó el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira por parte del Ministerio de Cultura. El fin fue constituir un instrumento científico y administrativo para la mejor gestión y conservación de la cueva de Altamira.

La sede actual del museo se inauguró el 17 de julio de 2001, en un edificio proyectado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg. La protección de la cueva de Altamira fue el principal condicionante para su ubicación, concepción y construcción.
El Museo está dedicado a la conservación, la investigación y la difusión de la Cueva de Altamira y la Prehistoria. Su sede actual, inaugurada, con su Neocueva, ofrece una prodigiosa reproducción científica de Altamira.

Este proyecto permite a visitantes como nosotros conocer el contexto prehistórico arqueológico del lugar, al tiempo que se han podido mejorar las condiciones de conservación de la cueva original que, para los interesados, posee un régimen de acceso controlado y limitado que consiste en una visita a la semana para cinco personas de 37 minutos de duración bajo un estricto protocolo de indumentaria e iluminación, y con un recorrido y tiempos de permanencia definidos para cada zona de la cueva.
Esta visita tiene lugar todos los viernes a las 10:40 horas y pueden participar en el procedimiento de selección las personas mayores de 16 años que se encuentren visitando el museo entre las 9:30 y las 10:30 horas de ese mismo día.

Altamira es enormemente rica en muestras de arte paleolítico, las cuales se distribuye por casi toda la cueva, siendo el vestíbulo y la denominada cola de caballo (galería final de la cueva), las zonas de mayor concentración. La Sala de los Policromos, sin duda el panel más conocido del Arte Paleolítico mundial y que ha sido denominada la Capilla Sixtina del arte cuaternario, contiene un gran conjunto de bisontes, aproximadamente una veintena, de gran tamaño y generalmente bicromos y grabados. Junto a ellos, y con las mismas técnicas de realización, hay una gran cierva, dos caballos y varios signos, entre ellos grandes claviformes en rojo con protuberancia central.


También aparecen en la sala algunas manos en negativo moradas, varios caballos y bisontes en negro y un gran conjunto de grabados con ciervos, signos y varios antropomorfos. En las galerías del interior, y en la sala central, son muy frecuentes las grabados naturalistas, representando sobre todo ciervos y caballos y las pinturas negras de animales y signos. En la conocida como cola de caballo, destacan las conocidas máscaras, realizadas aprovechando las protuberancias de la roca y pintadas en negro. Además, hay un gran grupo de cuadrangulares en negro, ciervas incisas y varios grupos más de grabados y pinturas negras naturalistas.



Altamira contiene santuarios de varias épocas. Los motivos más antiguos parecen ser los del interior de la cavidad, que irían del Solutrense Superior al Magdaleniense Arcaico. Los polícromos se sitúan en torno al 14.500 antes del presente (Magdaleniense inferior).



Finalizamos nuestra visita con tiempo suficiente (gracias a que conseguimos acceder a la Neocueva a una hora bastante anterior a la que inicialmente nos asignaban y teníamos reservada) para desplazarnos a la Cueva El Soplao, a unos 45 kilómetros de Altamira.

Al llegar, la gran afluencia de visitantes nos hizo desistir de adelantar la visita, prevista para la una y media. Teníamos tiempo suficiente de contemplar las vistas de los Picos de Europa (si las nubes lo permitían) cercanos y de realizar algunas compras antes de acceder a la cueva.

La cueva guarda en su interior un auténtico paraíso natural conformado por impresionantes formaciones con grandes superficies tapizadas de aragonitos, falso techo, estalactitas, estalagmitas y especialmente elípticas o excéntricas que desafían la ley de la gravedad y que provocan todo tipo de juego de luces y sombras, sensaciones, colores y olores.

Para facilitar el acceso se ha construido un tren minero, que después de recorrer unos 400 metros, deja al visitante en la entrada de la misma cueva para el inicio del recorrido. Abandonando el tren a la entrada de la cueva, ya bajo el subsuelo, se recorren unos 60 metros a través de una antigua galería minera que se dirige a la cueva propiamente dicha, donde disfrutamos de unas maravillosas formaciones a lo largo de unos 1.500 metros de recorrido dentro de la cueva, cuya longitud total es de más de 20 kilómetros de galerías.

La abundante y compleja diversidad de formaciones excéntricas que atesora es lo que realmente hace de esta cueva una cavidad única, ya que, si bien se encuentran en otras cavidades, nunca con la abundancia, belleza y espectacularidad de ésta.



No podemos olvidar las pisolitas, más conocidas como perlas de las cavernas. Estas curiosas formaciones deben su nombre a su similitud con las perlas de las otras. En la cueva se presentan como mantos cubriendo una superficie de varios metros, o a modo de nidos, pero nunca aisladas.




Especial mención merece el denominado falso suelo, una zona considerada como la Capilla Sixtina del mundo subterráneo, por su grandiosidad, disposición y conservación. Es en realidad una galería baja cuyo techo se encuentra tapizado de increíbles excéntricas de aragonito. El suelo de esta galería es, en realidad, el techo (o falso techo) de una pequeña sala inferior y se da la circunstancia de que este suelo-techo se encuentra roto en dos puntos, creándose dos ventanas desde las que es posible ver el techo de excéntricas desde la sala inferior.

Además de su valor geológico, la cueva y su entorno albergan un excepcional patrimonio de arqueología industrial minera. La actividad minera también ha dejado su huella en el espacio exterior: castilletes, hornos de calcinación, lavaderos y talleres. Las labores mineras se orientaron a la extracción de blenda y galena, dos de las mejores menas para la obtención de zinc y plomo, respectivamente.

Habíamos planeado comer en Celis después de la visita a la cueva, en el corazón del Valle del Nansa, una zona que realmente se merece mucho más tiempo para su disfrute del que disponíamos. El lugar elegido fue Casa Jandro, un sitio que sorprende, de esos de comida de cuchara de toda la vida, con unas más que generosas raciones, tanto que si nos descuidamos nos sobra hasta la cena.

Pedimos de primero un cocido montañés, plato típico de la zona, y unas aluvias con venado. Después de ellos, sólo fuimos capaces de compartir un solomillo de jabalí al tostadillo de Potes y un arroz con leche con los cafés.

















