Disfrutábamos de las vistas de unos preciosos valles y de un paisaje tan diferente al de nuestro entorno más cercano, dominado por el color verde. Y el gris, no lo olvidemos, pues el tiempo seguía amenazando lluvia constantemente.

Hicimos una breve parada en el camino para contemplar, desde los miradores del Poeta y el Collado, el río Nansa antes de que la Señorita Garmin, pasando de autovías y carreteras nacionales, nos llevara por bellas carreteras secundarias a San Vicente de la Barquera.

La puebla vieja de San Vicente es un conjunto monumental plagado de interesantes edificios que le han merecido la declaración como bien de interés cultural de Cantabria desde 1987. Nos llamó la atención uno de sus puentes, otro de los signos de identidad de esta villa, el de la Maza, con 28 ojos, que fue construido por mandato de los Reyes Católicos en el siglo XVI.

Un ligero paseo nos condujo a su centro urbano para visitar sus edificios más significativos, entre los que se encuentra el Castillo del rey, del siglo XIII y uno de los pocos que se conservan en la cornisa cantábrica; la Torre del Preboste; el hospital de la Concepción y la iglesia de Santa María de los Ángeles.


Nuestro próximo destino era Comillas, una pequeña villa con multitud de bellas casonas, pertenecientes la mayoría de ellos a los indianos que regresaron tras hacer fortuna en América, y con preciosas playas de las que no pudimos disfrutar por no disponer de tiempo ni por permitirlo el tiempo. Cuestión de tiempo, todo sea dicho…
Tuvimos suerte de poder aparcar sin dar excesivas vueltas porque, a diferencia de Laredo o Santoña, Comillas sí que presentaba un aluvión de visitantes a esa hora del día. Nos dirigimos, en primer lugar, al Palacio de Sobrellano, pero las visitas eran guiadas y la próxima se iniciaba a las seis y media de la tarde. Si nos organizábamos bien, podíamos aprovechar el tiempo que faltaba y regresar para la misma. Y la jugada salió redonda…

Más tarde, en la visita al Palacio, entenderíamos por qué Comillas se convirtió, casi, en capital nacional del modernismo, gracias a Antonio López y López, que terminaría recibiendo el título de Marqués de Comillas. Al quedar huérfano de padre, pasó todo tipo de miserias durante su infancia y a los 14 años marchó a América a probar ventura, haciendo fortuna, y de qué manera.
Además, a su regreso a España, su hija primogénita desposó con el empresario catalán Eusebi Güell, el más importante mecenas de Gaudí y que encargaría al genial arquitecto catalán varias de sus obras más famosas. Es así como Antonio López se pone en contacto con el modernismo catalán y con sus más destacados protagonistas.
Aunque Antonio López se instaló en Barcelona tras regresar de Cuba, siempre tuvo presente su población natal. Por ello, encargó la construcción de uno de los palacios privados más espectaculares de toda la Península, el Palacio de Sobrellano, patrocinó la creación de un fabuloso Seminario, también de estilo modernista, e incluso alzó un precioso panteón familiar, donde el marqués y su familia están enterrados.
Fue Alfonso XII, rey de España, quien otorgó a Antonio López el título de Primer Marqués de Comillas como agradecimiento a las ayudas financieras prestadas durante las distintas guerras de independencia de Cuba.
Antonio López se puso en contacto con los mejores exponentes del modernismo catalán, de manera que esta tarde estábamos a punto de visitar algunas obras de Lluís Domènech i Montaner y Antoni Gaudí, entre otros.
Gaudí dejó su impronta en esta población en el que es conocido como Capricho de Gaudí y que en su momento recibió el nombre de Villa Quijano, pues fue Máximo Díaz de Quijano, un joven abogado encargado de llevar los asuntos legales del marqués, el que encomendó al entonces joven arquitecto el diseño de su palacete.

El Capricho fue una de las primeras obras que firmó Gaudí quien, según parece, no llevaba los trabajos sobre el terreno. En él ya encontramos algunos de los elementos que harían de Gaudí el más grande de los arquitectos del modernismo catalán: el uso de la madera, las cerámicas, el predominio de la curva, el hierro forjado…




La villa disponía de unas siete estancias en la planta baja que se disponen alrededor de un invernadero. Una solución bien curiosa. En el desván del primer piso se encontraban las zonas de servicio. Actualmente es ocupado por una colección de muebles gaudinianos procedentes de otros lugares.



Teníamos tiempo de visitar el casco viejo de Comillas. Justo en la plaza en la que se localiza el Ayuntamiento encontramos la Fuente de los Cuatro Caños, alzada como homenaje a Joaquín del Piélago, hijo político de López por haberse casado con su hija Luisa y promotor de la canalización de las aguas en Comillas durante los últimos años del siglo XIX. Es esta otra de las obras diseñadas por Domènech i Montaner en Comillas.

Nos acercamos a la Iglesia Parroquial de San Cristóbal, que fue físicamente construido por sus propios habitantes, quienes reservaron, durante los años que duraron las obras, un día a la semana para trabajar en el proyecto después de la escena ocurrida con el administrador del Duque de Infantado en la antigua iglesia que se erguía en el acantilado de la playa de los Muertos (el actual cementerio). También su coste fue compartido por todo el pueblo.

De planta cuadrangular y cabecera rectangular, con tres naves e imponente torre prismática, de cuatro alturas, rematada en el siglo XVIII con una balaustrada y acabada en un pináculo piramidal, está realizada en piedra de mampostería con sillería en los contrafuertes, en los esquinales y en los cercos de los vanos.

Llegamos a tiempo para la visita al Palacio de Sobrellano y a la contigua Capilla-Panteón. El palacio fue mandado construir por Antonio López como residencia estival en el momento que la familia residía en Barcelona. Fue Joan Martorell el arquitecto encargado del diseño del palacio aunque la práctica totalidad de artesanos que tomaron parte en el mismo, ya fuera para el diseño y manufactura de vidrieras o elementos decorativos, eran también catalanes. Incluso parte del mobiliario llevaría la firma de Antonio Gaudí.

Se trata de un palacete básicamente neogótico, aunque a menudo se adscribe al movimiento modernista. Y es que este movimiento bebió frecuentemente de fuentes medievalistas, incluido el goticismo.



Se distribuye en tres plantas, de altos techos y fastuosa decoración, con una entrada principal fabulosa que permite la distribución, a derecha e izquierda, de las estancias de la planta baja y con una escalera también bellísima que permite acceder a la primera planta. La segunda, sin embargo, era la dedicada al servicio.

Contemplamos el mobiliario, la tracería de las formas neogóticas, los techos, las vidrieras y las fabulosas pinturas de salón más importante de este palacio, donde se representan algunos de los momentos más importantes en la vida del Marqués de Comillas.



Junto al Palacio de Sobrellano se localiza la también neogótica Capilla-Panteón, concebida como una catedral a pequeña escala, dotada de girola. Cumple la función de mausoleo familiar pero también de templo donde celebrar oficios en su interior. Su construcción es anterior al Palacio. El proyecto se realizó en julio de 1878 y el edificio fue consagrado el 28 de agosto de 1881, durante la visita de Alfonso XII y la reina María Cristina a la villa de Comillas.


El mausoleo, situado en la girola, alberga los monumentos funerarios de la familia. El panteón dedicado a la memoria de su hermano, Claudio López y López, y su esposa, Benita Díaz de Quijano, muestras las estatuas de la “Plegaria” y la “Resignación” de José Llimona. El panteón de Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, muestra el excepcional Cristo yacente del escultor Agapito Vallmitjana; y el panteón de Antonio López López, primer Marqués de Comillas, y su esposa, María Luisa López Bru, muestra un relieve de Venancio Vallmitjana, diseñado por Joan Martorell.

Entre la ornamentación interior destaca el altar, realizado en los talleres de Francisco Paula Isaura y Fragas. El juego lumínico proporcionado por las vidrieras polícromas de Eudald Ramon Amigó que resaltan sobre los robustos muros laterales de la capilla. El sitial, los reclinatorios y los bancos fueron diseñados por Antonio Gaudi.



Contemplamos a lo lejos la Antigua Universidad Pontificia de Comillas y actual centro CIESE. Se trata de otro de los grandes lugares cuya edificación se debe al empeño de Antonio López en devolver a Comillas parte de lo que la vida le había regalado. En este caso, su idea era la de alzar una obra pía destinada a la enseñanza para niños pobres que serían becados.

Ya en el coche, buscando la salida hacia Santander, nos encontramos el Cementerio de Comillas, situado en lo alto de otra de las colinas de la localidad y asentado sobre las ruinas de las antiguas ruinas góticas de la que fuera iglesia de la población.

Las obras de ampliación se deben a Lluís Domènech i Montaner e incluye varios mausoleos francamente bellos. Una de las obras más célebres es la escultura del Ángel Extermindor, obra de Joan Llimona, que fue inicialmente diseñado para el mausoleo del hijo primogénito del Marqués de Comillas aunque finalmente fue donado al pueblo.

Ángel Pérez, amigo de Antonio López, donó un prado en otra de las colinas de Comillas para que fuera alzado un monumento dedicado al más importante de los hijos de la población. Se trata de otra obra cuyo diseño se atribuye al genio de Domènech i Montaner y que pudimos contemplar también en la lejanía.

Al final, para salir de Comillas tuvimos que visitar sus playas y volver al centro, pues era el camino marcado para dirigirnos a Santander. Una vez allí, dimos un paseo por la que es, sin duda, su calle más emblemática y transitada, el Paseo de Pereda, declarado Bien de Interés Cultural, en la categoría de Conjunto Histórico, en 1985.

Situado en el centro urbano, alberga un largo paseo paralelo a línea del muelle, y llega hasta Puertochico, permitiendo contemplar a lo largo del mismo todo el esplendor de la bahía de Santander.

En él se encuentran muchos edificios históricos y señoriales del siglo XVIII principios del XX, destacando especialmente por su monumentalidad y envergadura el que se destina a sede central del Banco Santander.

Otro atractivo importante del lugar, son los jardines de Pereda. Tanto el paseo como los jardines fueron dedicados al novelista cántabro José María de Pereda. Los actuales jardines se levantan sobre el antiguo puerto de la ciudad y sus muelles mercantiles y se caracterizan por las arboladas que sirven de refugio desde septiembre a marzo a miles de pequeños estorninos, típicos del invierno de Santander.
Nos acercamos a la Catedral de Santander. En realidad, el actual edificio son dos iglesias superpuestas de estilo gótico. La inferior, construida en el primer tercio del siglo XIII, es la parroquia del Cristo. La superior se construyó durante dicho siglo y ha tenido que ser reconstruida y ampliada, pues en 1941 Santander sufrió un incendio que afectó a esta parte de la Catedral.


Era difícil entender que tomáramos algo aquella noche después de la (copiosa) comida en Casa Jandro. Pero habrá que aclarar que uno de los motivos para visitar Santander aquel día era volver (uno) y conocer (otra) Casa Lita, un bar que dispone de aproximadamente trescientos pinchos diferentes, entre fríos y calientes, elaborados al día y con materia prima de la mejor calidad, todo un deleite para el paladar. Y no defraudó…


Al final llovió, de nuevo, camino de Laredo. Realmente, parecía que estaba instalada allí la galerna del Cantábrico.















