Cantabria, País Vasco 2018 (6)

La última noche y el último amanecer en Laredo. Hora de ultimar el equipaje y desayunar para salir hacia nuestra próxima base de operaciones: Zumaia. Eso sí, pensábamos aprovechar el traslado, aunque esperábamos que esta y las jornadas siguientes no fueran tan intensas como las precedentes, pues la escapada al norte había empezado con fuerza.

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Volvimos a cruzar Bilbao para dirigirnos a una de las “joyas” del viaje, San Juan de Gaztelugatxe.

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En un solo día nuestros ojos contemplarían los dos escenarios que, fusionados y reconvertidos, conforman Rocadragón, la fortaleza ancestral de la Casa Targaryen donde nació en medio de la impresionante tormenta que le dio nombre Daenerys, La que no arde, Rompedora de cadenas, Madre de dragones: Zumaia y San Juan Gaztelugatxe.

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Daenerys “de la Tormenta” por fin regresa a Poniente. A vista de dragón, emocionada y escoltada por Tyrion Lannister, Varys, Missandei y Gusano Gris, desembarca en la playa de Zumaia. Un flysch inconfundible dota a la escena de la ruda pero majestuosa esencia de la sempiterna fortaleza. Pero el arenal no es más que la antesala. Tras unas colosales puertas incrustadas en la piedra y custodiadas por dos dragones de pura roca se abre la escalera de San Juan de Gaztelugatxe para ascender a una fortificación digna de su nombre. Y allí, en lo alto, la Sala Principal y la Cámara de la Mesa Pintada desde donde la Madre de Dragones planeará la conquista del Trono de Hierro.

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Pero San Juan de Gaztelugatxe no es un mero decorado. Es fe, naturaleza y magia. El mejor remando de paz en medio de la bravura del mar.

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Forma parte de la historia de Bermeo, de los pescadores… y de cualquiera. Una vez que se visita no se olvida.

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Esa campana que hoy dicen que nos da suerte, era la que antiguamente avisaba de que alguien atravesaba su puerta, o de que había tempestad. Ha sido testigo o confidente de muchas tragedias, pero también ha visto desde el punto más bello imaginable la relación de un pueblo con el mar.

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Es, además, un entorno natural protegido, por su biodiversidad marina y terrestre y su innegable valor paisajístico.

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Un bello sendero desciende en fuerte desnivel desde Urizarreta a la base de la península donde, tras cruzar un curioso puente de tres arcos, deja paso a los 241 escalones que hay que ascender para alcanzar la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Según cuenta la leyenda, el santo únicamente necesitó de tres pasos para llegar desde Bermeo a la ermita.

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Los rituales religiosos de Gaztelugatxe van intrínsecamente unidos al mar. Dentro de la ermita se pueden ver objetos colgados: maquetas de barcos, pinturas, fotos… Son ofrendas que hacen los marineros y pescadores al santo como agradecimiento de que sus embarcaciones estén protegidas.

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La isla de Akatx es el santuario de un gran tesoro ya que es el hábitat del pájaro de las tormentas (Hydrobates pelagicus). No es fácil divisar este pájaro nocturno diminuto a no ser cuando hay tormenta, ya que se acerca a la costa a por protección. En Akatx hay un cierto número de olivos salvajes, reminiscencias de un clima mucho más suave.

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El sendero realmente es bello, y el paisaje inigualable, así como la experiencia de la subida a la ermita; pero te deja casi exhausto. No olviden estas palabras los lectores, porque las recordarán cuando visiten San Juan de Gaztelugatxe, una visita que hay que hacer.

Siguiendo la línea de costa que nos acompañaría todo el día llegamos a Bermeo, uno de los pueblos pesqueros más emblemáticos de la costa vasca. Paseamos, y descansamos, en su animado puerto viejo, sobre el que se sitúa la torre Ercilla, que acoge el Museo del Pescador, uno de los pocos museos de todo el mundo exclusivamente dedicado a la vida y el trabajo de los pescadores.

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Pasamos por Mundaka, otro pequeño y encantador pueblo marinero, referente en el mundo surfero por su “ola izquierda”, una de las diez mejores del mundo.

Comimos en Elantxobe, un singular pueblo pesquero que fue creciendo como pudo en la la ladera este de cabo Ogoño. El perfil de Elantxobe parece ser el de una cascada de tejados y de calles empinadas que protegen un pequeño puerto.

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La vista desde el puerto de Elantxobe es hermosa por su excepcionalidad y gracia natural, que ha integrado sin grandes problemas la arquitectura al perfil del terreno. Sus calles, que serpentean por la peña esconden rincones y edificaciones con carácter propio, como la iglesia de San Nicolás de Bari.

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Tras la comida era el momento de llegar a nuestro hotel en Zumaia. No dudamos del itinerario marcado por la Señorita Garmin que, de nuevo, eligió un bonito, aunque revirado, recorrido por la costa vasca que nos llevó a, literalmente, atravesar el centro urbano de poblaciones como Lekeitio, Ondarroa, Mutriku y Deba.

Una vez en Zumaia, instalados en el hotel, con su privilegiadísima ubicación, era el momento de tomarse un respiro. A pesar de que “lucía el sol”, la “opción playa” tenía más contras que pros, y eso que la de Itzurun estaba a nuestros pies.

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Por ello, la elegida fue el “Circuito Talaso de Puesta en Forma” del hotel, un recorrido marino ideal para personas, como nosotros, que buscaban un momento de relajación.

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Piscinas, jacuzzis, saunas, contrastes,…, logrando a través de chorros y temperaturas efectos relajantes y tonificantes. Un espacio donde se aúnan los beneficios del agua de mar de Itzurun, rica en yodo, con la puesta en forma.

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Tras el spa, teníamos el tiempo justo para llegar al centro de Zumaia y reservar nuestra visita en barco al flysch del día siguiente. Era el momento de visitar el casco histórico, en el que destaca la Iglesia de San Pedro, levantada tras la fundación de la villa en 1347. El exterior tiene el aspecto austero de una fortaleza.

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Cerca de ella se encuentra la Casa-palacio de Olazábal, construida por Juan de Olazábal, secretario del rey Felipe IV y contador general del Consejo Supremo de la Inquisición. Lo más llamativo de este edificio del siglo XVII es su fachada principal, construida en sillería de arenisca. En ella se disponen la entrada y los balcones de hierro forjado de la planta noble. Jalonando el balcón central se sitúan dos bellos escudos del linaje de los Olazábal, tallados en piedra caliza.

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El nivel gastronómico de la cena bajó bastante al que traíamos de días anteriores. Se ve que veníamos muy mal acostumbrados. Teníamos tiempo, y luz, para tener nuestra primera aproximación al flysch.

El sendero para llegar al espectacular acantilado del flysch se inicia en la Ermita de San Telmo, ubicada en su borde, sobre la playa de Itzurun.

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La primera referencia escrita sobre ella data del año 1540. Su santo titular es patrono de marineros, razón por la que, desde el siglo XVII, esta ermita fue sede de la Cofradía de Mareantes de San Telmo. Hoy es una de las imágenes más fotografiadas de la costa vasca, sobre todo ahora que ha sido escenario de la boda de los protagonistas de “Ocho apellidos vascos”.

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Llegar al final de este acantilado es una experiencia inenarrable. La belleza del flysch se confunda con la del mar, a la que se suma la del atardecer. Algo difícil de olvidar…

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Regresamos al cercano hotel con más ganas de flysch, ganas que dejamos para el día siguiente.

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