Los trece kilómetros de acantilados del geoparque mundial UNESCO de la Costa Vasca, a lo largo de los municipios de Mutriku, Deba y Zumaia, guardan una espectacular formación de capas de roca llamada flysch que, a modo de una gran enciclopedia, nos muestras más de sesenta millones de años de la historia de la Tierra.

Aquella mañana decidimos cambiar la sesión de running por una buena caminata por el flysch, primero por los acantilados y después por la playa, con la ermita de San Telmo como testigo.

Flysch es el nombre que recibe una formación de capas rocosas de origen sedimentario con unas características determinadas, paleontológicas (fósiles) o litológicas (composición mineral, geometría).





En un flysch se alternan capas de rocas duras (calizas, pizarras o areniscas) con capas de materiales blandos (margas y arcillas) de modo que la erosión desgasta más fácilmente las capas blandas y deja expuestas las capas duras.





Las capas duras, al quedar expuestas, son también erosionadas, al tiempo que dan algo de protección a las capas blandas. Se trata de un proceso de erosión diferencial y el resultado a la vista es como el de una tarta de milhojas.





El origen de la formación de las capas es el acúmulo sedimentario de materiales de diferente densidad en el fondo oceánico, de forma laminar, que por determinados fenómenos geológicos han aflorado a superficie, donde son erosionados.


Después del desayuno cambiamos la indumentaria de “explorador” por la de “refinado visitante” para desplazarnos hasta Zarautz. El tramo de carretera entre Zumaia y Zarautz, con vistas a la mar y a viñedos de txakolí, es realmente una maravilla para ir en coche.
Y a medio camino se encuentra Getaria, patria de un marinero ilustre, Juan Sebastián Elcano, pero también de Balenciaga, modisto internacional.

Por el monumento al primero comenzamos nuestra visita, inaugurado el 10 de octubre de 1924, obra de los arquitectos Aguirre y Azpiroz y del escultor Victorio Macho. Representa un gran mascarón de proa, inspirado en la “Victoria de Samotracia”, y recrea la heroica gesta del ilustre navegante.



Sus concurridas calles nos condujeron a la Iglesia de San Salvador, considerada como una de las grandes joyas góticas del País Vasco, que desde 1985 ostenta el título de Monumento Nacional.




Construida en los siglos XIV y XV sobre el emplazamiento de un primitivo templo, posee tres naves y, debido a la inclinación del terreno sobre el que se asienta, la planta del templo se halla cuesta arriba.




Desde la balaustrada del puerto contemplamos el monte San Antón, conocido popularmente como “Ratón de Getaria”. Hasta el siglo XV fue una isla, pero quedó unido al pueblo mediante un istmo artificial. Fue atalaya para la caza de la ballena, así como importante baluarte defensivo de la villa, en el que se emplazaban varias baterías.


Aprovechamos la visita a Getaria para adquirir víveres para la cena, pues la comida se esperaba “contundente”. Txakolí tinto, Idiazábal, paté… sin olvidarnos de las anchoas de Santoña.















